martes, 14 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 18

 –Si hay… –Paula suspiró–. Si hay consecuencias, puedo ocuparme.


Lo dijo sin mirarlo directamente, y Pedro sintió que su acostumbrado cinismo volvía. Por muy inocente que pudiera parecer, no iba a confiar en que una mujer se ocupara de las consecuencias, como había dicho con toda frialdad. Él era un hombre rico y, aunque ella desconociera las verdaderas razones por las que su padre había querido casarse, el hecho seguía siendo que se había casado con un hombre al que no amaba. ¿Y si se había hecho la idea de que también a él podía atraparlo en un matrimonio?


–Si hay consecuencias, es tanto responsabilidad mía como tuya – respondió–. Creo que la mejor solución es que te vengas a vivir a Château Alfonso. Puedo concertarte una cita con un médico lo antes posible para asegurarnos de que el embarazo, si lo hay, no siga su curso.


Ella levantó la cabeza y sus ojos azules brillaron como zafiros. Lo cierto era que iba a ser una amante magnífica. No solo era exquisita y sorprendentemente franca, sino que no podía recordar haber deseado tanto a otra mujer. Solo pensar en todas las cosas que podía enseñarle y el placer que podían compartir mientras lo hacía logró que toda la sangre se le concentrara en la entrepierna. Pero entonces la oyó decir algo totalmente absurdo:


–¿Me estás ofreciendo un trabajo? ¿De ama de llaves? Es… Es increíble, y así se solucionarían nuestros problemas –respondió, esperanzada, mientras él buscaba el modo de sacarla de su error–. Estaría encantada de renunciar a mis derechos sobre las tierras de De la Mare si reconsideraras tus planes de demoler La Maison. Sé que necesitas la tierra, pero debe haber un modo de salvar…


–No te estoy ofreciendo trabajo, y mis planes para la casa no van a cambiar –la interrumpió con impaciencia–. No necesito un ama de llaves – sentenció, y al ver la esperanza morir en su mirada, se sintió como si le hubiera dado de patadas a un gatito–. Y tú no vas a necesitar un trabajo porque vas a disfrutar de una generosa asignación.


–Pero… ¿Por qué me vas a pagar si no voy a trabajar para tí?


Desde luego, aquello era completamente ridículo. No podía ser tan inocente. Era imposible.


–Paula –suspiró–, no te voy a pagar por nada. Simplemente me voy a ocupar de mantenerte mientras seas mi amante.


-¿Tu amante? –exclamó, horrorizada. 


El ofrecimiento no solo era descarado sino insultantemente pragmático. Como si fuera perfectamente razonable ofrecerle un dinero a una mujer por acostarse con ella. Quizás fuera perfectamente racional en el mundo en el que vivía él. ¿Qué sabía ella de esas esferas, de ese mundo de fiestas lujosas, de bailes elegantes y soirées carísimas que tenían lugar en enormes yates en la Costa Azul, o en los grandes hoteles de Londres, o las arenas blancas de las Bahamas? Puede que a las mujeres con las que salía, glamurosas modelos y actrices, les pareciera perfectamente bien que Alfonso pagara siempre la factura. Además, ellas nunca dependerían de su generosidad porque tenían dinero propio, estatus, contactos, conocían perfectamente aquel mundo extraño y su forma de funcionar. Pero, en el caso de alguien como ella, que había tenido que luchar para conseguir cualquier mínima dignidad y respeto, ¿Cómo no iba a quedar comprometida por semejante acuerdo? Y no solo comprometida, sino transformada en una propiedad porque, sin trabajo, sin disponer de modo alguno para pagarse sus propios gastos, dependería por completo de él. Sería de su propiedad.


–Sí –contestó Pedro, frunciendo el ceño–. Ma maîtresse. Mi amante. Lo he dicho bien.


–Sí, pero yo no puedo… Yo no quiero ser tu amante –le respondió, más avergonzada aún que cuando se encontró desnuda bajo su cuerpo.


–¿Por qué no?


¿Es que no se daba cuenta de lo insultante que era su proposición? Hacía poco rato que la había acusado de ser una furcia, un insulto que ella había pasado por alto cuando supo de su relación con Pierre y de por qué tanta determinación en conseguir las tierras de De la Mare. Si algo comprendía bien era cómo te hacía sentir esa clase de rechazo: insignificante, enfadado, vulnerable, herido. Ella misma había sentido todas aquellas emociones siendo una niña, cuando esperaba que su padre fuese a verla, hasta que descubrió qué quería decir su silencio: Que las promesas que le había hecho en las escaleras del centro de acogida de Westminster eran solo mentiras para que se fuera sin oponer resistencia con la señora que salió a buscarla.

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