–Sí, pero necesitamos celebrarlo para que pueda presentarte como mi esposa. Hay una capilla aquí que se ha preparado para el evento y el personal de cocina ha preparado un banquete nupcial en el gran salón.
¿Un banquete?
–Pero yo…
–No te preocupes. La estilista me ha asegurado que hay un vestido adecuado en tu guardarropa.
¿Ah, sí? ¿Sería uno de los muchos que se había probado? ¿Por qué nadie le había dicho que era un vestido de boda? Le presentó a algunos de sus empleados de más tiempo, a los que Paula saludó con un apretón de manos y unas palabras en su escueto francés. Todo aquello le estaba resultando verdaderamente surrealista. El château era impresionante de arriba abajo. Salones y estancias de mobiliario antiguo y con una selección de piezas modernas. Una escalera en curva por la que ascendieron al primer piso y, al llegar a una serie de habitaciones espaciosas, luminosas y también maravillosamente amuebladas –sus habitaciones, al parecer–, le presentó a la obstetra y a dos enfermeras que había hecho desplazarse desde París.
–Espera, Pedro –dijo cuando vió que se daba la vuelta–. ¿Va a haber mucha gente en el banquete?
–Solo algunos dignatarios locales, amigos y colegas. No más de cien en total.
¿Cien personas? Empezaba a sentirse enferma, pero él se echó a reír.
–No te preocupes –dijo, intentando calmarla y poniendo la mano en su mejilla–. Habrá terminado antes de que te des cuenta.
¿Y entonces, qué? ¿Consumarían el matrimonio? No es que esa cuestión la obsesionara… Demasiado. «Deja de preocuparte por el sexo. Asistir a un banquete nupcial con cien personas ya es bastante inquietante».
–Pero yo… Yo no tengo experiencia en esa clase de eventos – respondió.
–No te asustes, Paula –la besó en la frente–. Mi asistente, Juan, ha invitado a Gabriel Caron para que asista por tu parte, así que habrá un rostro familiar. Y como esposa mía, tienes que ir acostumbrándote a esa clase de eventos.
¿Ah, sí? No tenía ni idea de que esperase que se comportara como una esposa real. Pensaba que simplemente iba a vivir allí hasta que naciera el bebé.
–Pero… Es que yo…
Ya no le dió más explicaciones. Se limitó a acercarse a ella y besarla en la boca, silenciándola. El beso empezó delicado, pero fue cobrando firmeza, fuerza, persuasión. Ella respondió con pasión por instinto, y el deseo sepultó su cuerpo con sus olas ondulantes e imparables. Jadeaba, temblaba de necesidad.
–No tengas miedo, Paula. No me separaré de tí en cuanto la ceremonia empiece –dijo, mirándola con tanta intensidad que su mirada parecía quemar.
Y se quedó en la puerta de sus habitaciones viendo cómo se alejaba mientras la pasión que con tanta facilidad despertaba en ella seguía sacudiendo su cuerpo. Una cosa sí era segura: Tener a Pedro a su lado en la ceremonia, no iba a calmarle los nervios ni lo más mínimo.
–Ta femme est très belle, Pedro.
Sergio, su padrino y capataz de la finca, hizo aquel comentario en voz baja, y Pedro se dió la vuelta con el Cannon de Pachelbel como telón de fondo. Paula avanzaba por el pasillo central de la capilla, del brazo de Gabriel Caron, la cabeza baja, concentrada en avanzar con cuidado con aquel sencillo pero maravilloso vestido de seda cuyo color pasaba del dorado al rosa a la luz de cientos de velas. Su melena rubia iba peinada en bucles, adornados con flores azules del color de sus ojos. No llevaba velo. El aire se le volvió sólido en los pulmones, un calor le invadió el cuerpo como un fuego salvaje y el orgullo y el sentido de posesión fueron como la ola de la marea. «Mía».
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