martes, 14 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 19

Pero sus insultos volvieron a perseguirla en aquel momento. ¿Sería eso lo que de verdad pensaba de ella?


–Tenemos una química poco ordinaria, Paula. Sería una locura no disfrutarla mientras dure.


Y tomó su mano para que se levantara, rodearle la cintura y besarla en el cuello. Ella se estremeció con una necesidad imposible de disimular, pero encontró la fuerza para poner las manos en su pecho desnudo y empujar.


–Pedro, por favor, no.


–¿Por qué no? –sonrió–. Si puedo oler lo mucho que todavía me deseas.


Se apretó el cinturón del albornoz, consciente de su desnudez y de la facilidad con que podía poner su propio cuerpo en contra suya. Pero no se sentía solo herida e insultada, sino idiota. Se estaba riendo de su inocencia. Eso lo comprendía. Había sido una inocente de marca mayor al dejarse llevar a la cama sin tan siquiera pensar en las consecuencias, y entregarle su virginidad sin darse cuenta de cuánto poder le estaba confiriendo.


–Creo que deberías irte –le dijo, y la rabia la ayudó a controlar sus nervios.


Su sonrisa se apagó.


–¿Qué tontería es esta, Paula? –preguntó, e intentó acariciarle la mejilla, pero ella retrocedió.


–Necesito pensar.


Sabía por experiencia que siempre había un precio que pagar por tomar la salida fácil.


–¿Qué tienes que pensar? Ahora eres mía, y necesitas atención médica y una casa. Es la mejor solución.


–La mejor solución para tí, querrás decir –replicó en un azote de ira–. No quiero ser tu mantenida.


–¿Mi mantenida? –se burló–. ¿Pero qué significa eso?


-Que serías mi dueño.


–Me ocuparía de tí, pero no sería tu dueño –contestó, haciendo un esfuerzo por controlar su temperamento–. Vivirías en Château Alfonso, pero serías libre de salir cuando quisieras.


–¡Es que mi casa es esta, Pedro, y no quiero irme de aquí! No quiero que la derribes solo por el hecho de que puedes hacerlo. Soy consciente de que tu situación con André era complicada, pero me dejó a mí La Maison. Puedes quedarte con las viñas. Seguro que hay un modo de impugnar el testamento de André para que eso cambie, pero yo no puedo permitir que derribes su casa. Se lo debo.


En cuanto mencionó el nombre de André, supo que se había equivocado. Su expresión se volvió tormentosa y una determinación de acero congeló su mirada.


–Tú a ese bastardo no le debes nada. Te utilizó para llegar hasta mí, y si no eres capaz de verlo, es que eres más inocente de lo que las pruebas demuestran. Y no voy a cambiar de opinión respecto a esta casa. Le dije que la tiraría abajo en cuanto él estuviera bajo tierra, y es lo que voy a hacer.


–¿Se lo dijiste? –se sorprendió–. ¿Cuándo se lo dijiste?


Ahora lo veía todo claro: Su determinación no tenía nada que ver con el negocio, sino con una necesidad de vengarse de un hombre muerto.


–Hace años.


–¿Cuántos? –preguntó, horrorizada. ¿La habría seducido deliberadamente, o habría sido real la explosión de calor que habían sentido? Igual, acostarse con ella en casa de André solo unas horas después de su entierro había sido otro modo de vengarse del hombre que lo había explotado y rechazado. ¿La habrían utilizado tanto André como su hijo?–. ¿Hace diez? ¿Cinco? ¿Dos?


–¿Qué importa eso? –espetó. El acero en su voz quedaba muy lejos de las llamas en su mirada–. Me has entregado tu virginidad, así que cualquier lealtad que tuvieras hacia él ya no significa nada.


–Esto no tiene que ver con mi lealtad hacia André. Tiene que ver con tu sed de venganza.


–Esta conversación es una locura. André está muerto, y tú necesitas un sitio en el que vivir porque La Maison de la Lune pronto va a desaparecer, lo cual significa que tienes que madurar y dejar de decir tonterías.


Antes de que pudiera procesar su respuesta, Pedro salió del baño, se arrancó la toalla y comenzó a vestirse. Aún no se había abrochado la camisa cuando volvió hasta ella y, poniéndole una mano en la mejilla, la besó en los labios. Su boca traidora se abrió para él, y su cuerpo empezó a derretirse aun cuando tenía las manos puestas en su abdomen intentando hallar la fuerza para resistirse. Cuando por fin se separaron, los dos jadeaban y se notaban los pezones de Paula debajo de la bata.


–Tu cuerpo sabe que me perteneces aun cuando tú no eres consciente de ello –dijo, rozándole uno–. Cuando estés preparada para enfrentarte a la realidad, te estaré esperando.


Y Paula se quedó clavada en el sitio hasta que oyó cerrarse la puerta principal. Entonces se acercó a la ventana, a pesar de que le temblaban las piernas, y le vió subirse al coche y alejarse en la noche mientras sus palabras se repetían una y otra vez en su cabeza. «Tu cuerpo sabe que me perteneces». No era una amenaza, sino una promesa. Se había metido en la guarida del lobo pero, a diferencia de Caperucita Roja, ella no estaba segura de ser lo bastante lista o fuerte para volver a salir antes de que Pedro Alfonso la devorase.

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