jueves, 19 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 4

 -Madame De la Mare, gracias por recibirnos en un momento tan difícil.


¿Recibirnos? Paula saludó con una inclinación de cabeza al abogado de André en la puerta de la casa, una hora después del funeral.


–Me alegro de verlo, Gabriel. ¿Viene… Alguien más?


En aquel mismo instante, el coche que había visto en el cementerio se detuvo allí, y Pedro Alfonso bajó de él. Había dejado los vaqueros y la camiseta desaliñada y llevaba unos pantalones de diseño y una camisa blanca de lino remangada. Traía el pelo oscuro mojado, como si acabara de ducharse y afeitarse, pero seguía pareciendo indómito e intimidante. Tampoco llevaba gafas de sol, con lo que su mirada era todavía más devastadora que cuando en el cementerio la miró de arriba abajo. Menos mal que ya no llevaba aquel vestido tan sugerente, aunque deseó haberse puesto algo más formal que los pantalones cortos y la fina camisola de algodón que llevaba. Marcel iba con relativa frecuencia por allí, en particular en las últimas semanas, para ver a André, pero Alfonso no era un amigo, o siquiera un conocido.


–Bon soir, madame De la Mare. Gabriel me ha pedido que asista, siguiendo la voluntad de su marido –la saludó, con apenas una leve inclinación de cabeza.


Paula contuvo un estremecimiento de inquietud, y la sensación que le provocaba y que se había negado a desaparecer. En el cementerio no se había dado cuenta de lo grande que era. De tan anchos que eran sus hombros, bloqueaban la luz del final del atardecer. Apenas le llegaba al cuello. ¿Por qué habría querido André que estuviera presente? No tenía sentido. El testamento era solo una formalidad, una oportunidad de pagarle los salarios que le debía, ¿No? ¿Es que Alfonso ya había comprado la propiedad? ¿Sería posible? ¿Tendría que abandonar la casa aquella misma noche? ¿Y por qué no podía controlar aquella sensación líquida que partía de lo más hondo del cuerpo? Aquello era peor que verle de lejos en el cementerio. De cerca, Pedro Alfonso era una fuerza de la naturaleza, y parecía haberse hecho con el control de sus sentidos. No quería invitarlo a pasar a su casa, a su santuario, pero teniéndolos allí, en la puerta, no tenía opción, y volvió a sentirse indefensa como cuando era niña y le decían que iba a tener que irse con una nueva familia.


–Ya… Por favor, pasen.


Las pisadas de Alfonso sonaron en el suelo de piedra de la granja, y un perfume caro a sándalo se mezcló con el aroma salado que ya llenaba sus sentidos. Se hizo a un lado sintiéndose como Caperucita Roja asaltada por el lobo. Sin esperar a que se lo ofreciera, o a que le diera cualquier otra explicación, le vió seguir pasillo adelante hasta el salón de las visitas que quedaba al fondo de la casa, donde Cara había dispuesto un almuerzo ligero para Gabriel y ella. El temblor de inquietud y un inexplicable calor se vieron aumentados por un golpe de ira. ¡Aquella no era todavía su casa! ¿Y cómo narices la conocía tan bien? ¿Acaso habría estado antes allí? Desde luego André no se lo había mencionado en ningún momento. André estaba obsesionado con él, pero ella siempre había dado por sentado que se debía a que Alfonso Corporation llevaba años asfixiando las tierras de De la Mare, pero en aquel momento dudó. ¿Sería su enemistad por algo más personal? Otra razón más para desconfiar. Alfonso se quedó plantado en mitad de la estancia, y su tamaño la hizo parecer pequeña. Estaba de espaldas a la mesa de carnicero hecha de bloques de madera en la que había dispuesto una pequeña variedad de quesos, una barra de pan y una bandeja de fruta, y le vió contemplar el viñedo a través de la ventana. El sol se había puesto hacía media hora, pero quedaba suficiente luz para ver aquellos troncos retorcidos y antiguos que eran el legado de De la Mare. Su postura era dominante, como si ya estuviese examinando su propiedad, pero al mismo tiempo se le veía tenso, casi como si fuera un tigre a punto de atacar.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 3

Sus curvas se movían sinuosas en aquel vestido vintage, mientras que el sol rojizo de la tarde arrancaba destellos dorados al pelo rubio que se había recogido en un moño despeinado. Alguien le había dicho que el viejo se había buscado un ama de llaves, y se esperaba que fuera joven y guapa, pero no tanto como para poder ser su nieta. ¿Cuántos años tendría? Veintipocos. Unos diez menos que él. Y cuarenta menos que De la Mare. ¿Es que el viejo no conocía la vergüenza? A pesar de su aparente juventud, estaba convencido de que le había prestado algo más que ayuda. Seguro que De la Mare se la habría metido en la cama, como había hecho con tantas otras. Además, parecía su tipo. Caliente y fácil. Pero un pulso de deseo y un respeto a regañadientes fue lo que experimentó, en lugar del desprecio que habría preferido, al verla salir del cementerio manteniendo la cabeza bien alta. ¿Qué tenía aquella mujer para haberlo cautivado nada más verla? Puede que fuese el rubor que le había teñido las mejillas cuando le miró los pechos que aquel vestido tan ajustado revelaba. O quizás fuera porque no había estado con ninguna mujer desde hacía tres meses. O por el cansancio, después de haberse levantado antes del amanecer. Fuera cual fuese la razón, no le gustaba. Ahora que De la Mare había muerto por fin, estaba decidido a reclamar lo que era suyo por derecho, y no iba a dejarse distraer por las sobras que había dejado.


–Su premura es un poco impropia, señor Alfonso –contestó el abogado–. Monsieur De la Mare ha fallecido hace apenas unos días.


–Esto son negocios. No hay nada personal –mintió sin dificultad–. Quiero estar informado en cuanto se ponga en venta la propiedad.


Ya había esperado bastante para hacerse con ella. No había querido negociar con el viejo bastardo, pero se aseguró de que nadie intentase comprársela mientras vivía.


–No es tan sencillo. Esta noche nos reuniremos en La Maison de la Lune para dar lectura al testamento. De hecho, me alegro de que esté usted aquí, porque así no tengo que convocarle. Monsieur De la Mare pidió su asistencia.


–¿Qué?


Pedro centró su atención en el abogado. De todos modos, la chica ya se había ido, e intentó ocultar la sorpresa y la absurda esperanza. Sabía que no habría nada para él en aquel testamento.


–Monsieur De la Mare pidió su comparecencia dos días antes de fallecer, antes de redactar su testamento.


–¿Por qué ha hecho testamento? No tenía nada más que deudas, y ningún heredero al que dejárselas, según tengo entendido.


«O ninguno que él quisiera reconocer». Una bilis amarga le subió por la garganta, y tuvo que tragársela como tantas veces desde que era un crío y su madre lo ataba a la cama para impedir que saliera corriendo bosque través para llegar a La Maison de la Lune en un intento desesperado por ver al hombre que no quería verlo.


–¿No lo sabe? –preguntó el abogado, sorprendido.


–¿Qué? Ayer llegué de un viaje de negocios por Italia y he pasado en las viñas todo el día.


–Mademoiselle Chaves, el ama de llaves de La Maison, y Monsieur De la Mare se casaron hace tres días, y ahora ella es su viuda.


La amargura fue como un cuchillo que le clavaran en las tripas al ver el rostro de su madre en el recuerdo, frágil, exhausta, la mañana en que él dejó Burdeos con solo quince años, espoleado por la humillación y el ultraje.


–Merde –murmuró. 


Así que aquella zorrita inglesa no solo se había acostado con De la Mare, sino que había conseguido seducir al viejo bastardo para que hiciera lo que ninguna otra mujer había conseguido: que le pusiera una alianza en el dedo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 2

Alfonso cerró la puerta del Jeep y echó a andar sobre la tierra reseca hacia la tumba con una confianza suprema. Desde luego no parecía estar de luto. Sintió que enrojecía al notar su mirada en ella, aun detrás de las gafas de aviador, examinando el vestido retro que había encontrado en el mercado el día anterior. Le quedaba un poco apretado, pero con su falda de vuelo, el talle marcado y el corte en forma de reloj de arena le pareció elegante. Ella nunca llevaba vestidos. André decía que su uniforme de trabajo eran pantalones cortos y camiseta, pero aquel día había querido tener un aspecto elegante por él. Y aquel vestido lo lograba, o al menos eso pensaba, hasta que la mirada de Alfonso le abrasó la piel, haciendo que se sintiera insultada y excitada al mismo tiempo, más expuesta que elegante. Pero no se dirigió a ella sino a Gabriel Caron, el abogado de André, a quien susurró algo al oído. El sacerdote concluyó por fin y le hizo entrega de una pequeña pala, y se dió cuenta de lo que le apretaba el vestido al agacharse para cargarla con un poco de tierra.


–Dale un beso a Simone de mi parte –dijo en voz baja al dejar caer la tierra.


Esforzándose por contener la emoción que le agarrotaba la garganta, dió media vuelta y se alejó de las tumbas de los De la Mare para dirigirse colina abajo a La Maison de la Lune. Oyó comentarios en voz baja al pasar por delante de algunas de las personas que habían acudido a despedirse de André, pero nadie se le acercó. Una vez Gabriel le entregase el cheque del dinero que André le había prometido, tenía que empezar a recoger sus cosas y a pensar en qué iba a hacer. No iba a tener mucho tiempo, sobre todo si Alfonso compraba la tierra. Exigiría que se marchase rápidamente, y quería estar preparada para que no la presionaran y la presencia de Alfonso allí, con su ropa de trabajo, daba a entender que no se iba a parar en ceremonias. ¿Dónde ir? ¿A París? ¿A Londres? ¿A Madrid, quizás? Nunca había estado en España. Intentaba que aquella nueva aventura despertara su entusiasmo, pero lo único que sentía era cansancio. Y tristeza. Decidió que no iba a hacer el equipaje aquella noche. Aquella noche iba a recordar a su amigo, a su esposo. Cuando Gabriel se hubiera marchado, se sentaría en la terraza con una copa del magnífico tinto de André a disfrutar del mágico atardecer en el viñedo del que se había enamorado. El viñedo que había llegado a ser un raro oasis de calma y serenidad en el caos de su vida nómada. Sintió la mirada de Alfonso con la intensidad de un láser al pasar por delante de él para salir del cementerio, y una inquietante picazón de necesidad le erizó el vello del cuerpo, dejando un peso en su bajo vientre. Era rico, un famoso seductor que exudaba un magnetismo animal que sería difícil de ignorar por cualquier mujer. Y en su caso aún más, dado que tenía muy poca experiencia con los hombres. Siendo niña de acogida, había aprendido a pasar desapercibida. Siempre era mejor que no repararan en ella si quería poder quedarse un poco más. Ya en la adolescencia, había sido un marimacho, decidida a huir del estereotipo de chica a la que nadie quería en busca de amor. Por Dios, si aún era virgen… Gracias a su existencia sin raíces, una vez abandonó el programa de acogida, nunca había permanecido en un lugar el tiempo necesario para construir una relación significativa, aparte de con André, claro. Pero André, a pesar de su matrimonio de última hora, era cuarenta años mayor que ella y un hombre frágil, no una fuerza de la naturaleza en pleno apogeo. Lo bueno era que no lo conocía en persona y que no iba a tener necesidad de conocerlo, de modo que aquella sensación tan… Desconcertante, pasaría. A no mucho tardar, Alfonso sería el propietario del viñedo de doscientos años de antigüedad que producía los mejores caldos de la región, y de la hermosa y vieja casa de piedra que había sido su primer hogar. Pero aquella noche, las viñas y La Maison de la Lune eran suyas, y no necesitaba el permiso de Alfonso ni de ningún otro para disfrutarlas.


–¿Cuándo estará la finca en el mercado? –preguntó Pedro Alfonso al abogado de André de la Mare mientras veía cómo la chica, el ama de llaves, la enfermera o cuidadora o lo que diablos fuera, pasaba de largo sin tan siquiera mirarlo.

Una Noche Inolvidable: Capítulo 1

Paula permanecía de pie junto a la tumba, escuchando el panegírico en francés del sacerdote y contemplando las hectáreas de viñedo de Alfonso Corporation que se extendían por la colina como un patchwork. No lo entendía todo porque su francés no era perfecto, pero se sentía triste y aturdida por el fallecimiento de su jefe, André de la Mare, dueño de la pequeña viña en la que estaban. Bueno, no era solo su jefe, sino su marido, aunque le resultaba ridículo llamarlo así. Por su edad podría haber sido su abuelo, y solo llevaban casados tres días cuando falleció. Ahora, era su viuda. «Cásate conmigo, Paula. Ten compasión de un viejo que no quiere morir solo». El pequeño grupo que componían los amigos y asociados de André la miraban mientras ella contemplaba cómo el sol se escondía tras la cresta de la colina, y podía oír sus pensamientos: Cazafortunas, oportunista, zorra. Pero ni así iban a lograr que se sintiera culpable por haber aceptado la proposición de André. Él le había dicho que el viñedo tendría que venderse, de modo que lo único que iba a recibir tras su breve matrimonio era un pequeño legado recogido en su testamento y que cubriría los salarios que le adeudaba y que no había podido pagarle. En los últimos tiempos, había sido más una cuidadora que un ama de llaves: Lo bañaba, le daba de comer, lo ayudaba a vestirse y, cada mañana, lo sentaba en la silla de ruedas y lo llevaba a contemplar sus amadas vides. Por la tarde, mantenían conversaciones interminables sobre lo humano y lo divino: Desde Simone Signoret, su estrella del cine francés favorita, a las últimas noticias sobre Pedro Alfonso, el magnate dueño de las tierras que rodeaban el viñedo de André, mucho más pequeño; un hombre que, según él, llevaba años intentando sacarlo del negocio.


Había sido su compañera, su amiga. Su relación nunca había sido sexual, aunque jamás permitiría que André sintiera la humillación de que los demás se enterasen. Habían llegado a un acuerdo: Si se casaba con él, podría pagarle tras su muerte los salarios que le adeudaba, y ella necesitaba ese dinero para poder asentarse después en algún lugar. El dolor de la pérdida y el que provocaba la ansiedad le contrajeron el pecho. Iba a echarle mucho de menos, pero aún más añoraría La Maison de la Lune, la casa que había llegado a ser su hogar. Había pasado en aquella granja decrépita los últimos once meses, frotando los suelos de piedra hasta hacerlos brillar, limpiando el polvo de los muebles ajados, aprendiendo a manejar la temperamental lavadora, sembrando un huerto para reducir gastos. Era la primera vez que permanecía tanto tiempo en el mismo sitio; la primera que se sentía tan segura y a gusto, y le dolía más que nunca saber que tendría que marcharse de allí en breve. Suspiró. Ya debería estar acostumbrada. ¿Por qué entonces le resultaba tal difícil aquella vez? ¿Sería porque se estaba haciendo mayor? Había cumplido veintiuno dos semanas atrás. 


Entornó los ojos al ver un monovolumen negro acercándose por la pista de tierra que conducía al cementerio de la familia. Otro conocido de André dispuesto a juzgarla, seguro. Pero cuando el coche se detuvo, reparó en que el logo de Alfonso iba impreso en el costado del Jeep. Un hombre alto y fuerte, vestido con vaqueros desgastados y una holgada camiseta blanca se bajó de él. Lo reconoció de inmediato, aunque no se conocían y nunca lo había visto así vestido. Solo con esmoquin y trajes de diseño, en fotos en la red y en las revistas. Pedro Alfonso, el millonario vecino de André. Y el soltero más codiciado de Francia, según Paris Match. ¿Qué narices hacía el rival de André en su funeral? Su jefe hablaba de él con frecuencia, pero siempre con desprecio y una inquina sorprendente. Ella quería a André, que siempre había sido encantador y paternal con ella, pero su odio hacia Alfonso mostraba un lado suyo que nunca había llegado a comprender. Cada vez que tenían algún problema en el viñedo, ya fuera un pequeño incendio, una inundación primaveral, la marcha de algún empleado, culpaba a Alfonso, como si fuera personalmente responsable de cuanto había salido mal a lo largo de los años. Ella intentaba no dar alas a ese odio, a pesar de que era cierto que la Alfonso Corporation había comprado toda la tierra que rodeaba a la finca De la Mare, pero nunca había intentado comprarle su pedazo de tierra a André. Verlo allí le hizo preguntarse si no tendría razón. ¿Habría estado esperando su muerte para dar el asalto?

Una Noche Inolvidable: Sinopsis

Pedro Alfonso es el nombre que se hallaba en boca de todos, pero él a su vez solo tenía un nombre en la suya: ¡Paula Chaves! No podía creerse que una simple ama de llaves hubiera heredado su viñedo, pero enfrentarse a aquella belleza inglesa no iba a ser fácil.



La inocente Paula no dudaba de que Pedro era sinónimo de problemas, ¡Y que quedaba completamente fuera de su alcance! Desde luego, no estaba dispuesta a entregarle su nuevo hogar en bandeja de plata. Pero, cuando el deseo explotó entre ambos, ella tuvo que preguntarse qué era lo que de verdad quería él: ¿La herencia que por derecho le correspondía… O a ella?

martes, 17 de marzo de 2026

Retrato: Epílogo

 Tres años después



Durante dos años, Pedro pasó bastante tiempo en hospitales. Con inmenso coraje, Paula se había enfrentado a sus demonios y los había vencido, sometiéndose a la operación que los médicos recomendaban. Sin embargo, ella se había negado a renunciar a los clientes que ya tenía apalabrados. Además, el nuevo negocio de Pedro requería toda su atención, porque los yates de lujo no se diseñaban, construían y alquilaban solos. La primera operación se produjo doce meses después de que aceptara casarse con él, dos semanas después la sencilla boda. Antes, durante y después de esa operación, y las siguientes, él había permanecido a su lado. Estaba junto a ella cuando se dormía, y cuando despertaba. No había sido fácil, pero cada momento del tormento vivido juntos había merecido la pena porque, aunque el dolor no había desaparecido completamente, Paula ya no sufría atrozmente cada cuatro semanas. Sonreía y funcionaba, y la felicidad que eso le producía a Pedro era inmensa. El ala del hospital privado de Atenas no le era familiar, aunque las desgarradoras emociones sí. Terror, impaciencia, esperanza. ¿Qué pasaba ahí dentro?, se preguntó mientras consultaba el reloj. ¿Por qué tardaban tanto?


—¿Señor Alfonso?


—¿Sí? —Pedro giró en redondo, casi chocando con el médico.


—Ya puede pasar.


No necesitó que se lo repitieran. Abrió de un empujón la puerta de la habitación de Paula y la encontró tumbada en la cama, exhausta, más encantadora que nunca.


—¿Estás bien? —preguntó Pedro, el corazón dándole un vuelco.


Los ojos de Paula brillaban, su sonrisa era amplia. La mirada de Pedro se posó en el bulto que sujetaba en los brazos y se le hizo un nudo en la garganta.



—Acércate a conocer a nuestra preciosa niña.








FIN

Retrato: Capítulo 59

Con él a su lado, tendría el valor necesario para someterse a las operaciones. Haría todo lo posible por mejorar su calidad de vida, por los dos, para aumentar la posibilidad de tener hijos. Ella no era su padre. Pedro tenía razón: Ella era fuerte y resiliente. Y sí, podría pasarles algo, pero también podría no pasarles. Mejor amar y perder que no haber amado nunca. Quizá el dolor constante era un precio que su padre estaba dispuesto a pagar por el amor vivido. ¿Qué podía hacer? ¿Sería demasiado tarde para intentar convencer a Pedro de que el pasado no tenía por qué repetirse? Si intentaba hablar con él, ¿Se alegraría de verla o se horrorizaría? Paula estaba tan sumida en su mísera confusión que casi no oyó el timbre. Cuando lo hizo, se cubrió la cabeza con una almohada, esperando a que quienquiera que fuera se marchara, pero no se marchó. Con un profundo suspiro, se levantó y caminó hacia la puerta.


—¿Sí?


—¿Paula? Soy Pedro.


¿Alucinaba? ¿Lo había conjurado con la fuerza de sus sentimientos? A menudo él era capaz de leer su mente, pero la telepatía no cruzaba continentes. ¿Qué hacía allí? Pulsó temblorosa el botón de la puerta y calculó que tendría un minuto para arreglarse, insuficiente, pero al menos su ropa estaba limpia y el pelo recién retocado. Abrió la puerta. Las pisadas en las escaleras imitaban su atronador pulso. Y ahí estaba, corpulento, tan atractivo que la dejó sin aliento, y qué bueno era verlo.


—Pedro —saludó ella mientras la nostalgia que había pasado un mes tratando de negar casi acabó con lo que quedaba de sus rodillas—. ¿Qué haces aquí? Tienes un aspecto horrible.


—¿Puedo pasar? —él la miró, ojeroso, el rostro afilado, como si hubiera adelgazado.


—Por supuesto —Paula se hizo a un lado y cerró la puerta tras él— . ¿Quieres tomar algo?


—No, gracias —Pedro se volvió hacia ella, la intensidad de su mirada dejándola clavada en el sitio—. ¿Cómo estás?


¿Cómo debía responder? El rostro de Pedro no delataba sus pensamientos. No había tenido tiempo de prepararse, pero era valiente.  Había conseguido exhibir su trabajo, que la invitaran a la boda del año, perseguirlo  por la pista de baile y convencerlo para una aventura de una noche. Cuando sabía lo que quería, iba a por ello.


—Creía que bien —contestó ella con la boca seca—. Pero acabo de darme cuenta de que no. ¿Y tú?


—Lo mismo.


La cabeza de Paula le daba vueltas. El corazón latía con fuerza. ¿Había esperanza?


—La semana que viene viajo a Milán, pero no estoy tan emocionada como debería.


—He dimitido.


—¿Dimitido? —Paula parpadeó sorprendida.


—Federico es el nuevo CEO de Alfonso Kallis.


—¿Qué? ¿Por qué?


—Estoy harto de hacer cosas que no quiero hacer —Pedro la miraba como si no existiera nada más que ella—. Harto de vivir según normas que no me hacen feliz.


—Entiendo —observó ella, sin entender nada—. ¿Qué vas a hacer?


—Aún no lo he decidido.


—Eso debe preocuparte.


—Debería, ¿Verdad? —él sonrió—. Pero no es así. Me siento liberado. Como si me hubieran quitado el peso del mundo de encima.


—Entonces has hecho bien.


—Creo que sí. ¿Y sabes qué sí me hace feliz?


Paula no sabía nada y le costaba seguir la conversación.


—¿Navegar?


Él negó con la cabeza.


—Tú.


—¿Qué? —ella lo miró, aturdida.


—Tú me haces feliz, Paula —Pedro dió un paso hacia ella—. Cuando estoy contigo, no querría estar en ningún otro sitio. Cuando no estoy contigo, solo pienso en tí. Estoy enamorado de tí. Creo que me enamoré la tarde en que no conseguí sobornarte para que no expusieras el etrato de mi madre. A pesar de lo que pudiéramos pensar, has resultado ser exactamente mi tipo. Me equivoqué al temer a las emociones. He dado demasiado valor al control. Quiero forjar mi propio camino. Y me gustaría hacerlo contigo.


Pedro esperaba una respuesta, pero Paula no podía hablar. Sus pensamientos giraban demasiado deprisa. Lo que acababa de oír… Era todo lo que había deseado.


—¿Estás seguro? —consiguió al fin preguntar.


—Nunca he estado tan seguro de nada.


—Quizá no pueda tener hijos.


—Lo sé. Solo te quiero a tí. Creo en nosotros y quiero ese futuro que podríamos tener, sea como sea. Sé que el amor te aterroriza y lo entiendo. He venido para convencerte de que lo reconsideres.


—No te molestes —contestó ella, acortando la distancia que los separaba.


—¿Por qué no? —él palideció.


Paula tomó sus manos entre las suyas y las apretó con fuerza.


—Porque el amor ya no me aterroriza. Bueno, algo sí, pero llevo demasiado tiempo viviendo con miedo de algo que probablemente nunca sucederá. Viviendo con un dolor que podría ser mucho menor. No quiero seguir encadenada al pasado, Pedor. Quiero mirar al futuro y te quiero a tí en él —respiró hondo—. Porque yo también te amo.


—¿De verdad? —Pedro recuperó el color y sus ojos se clavaron en los de ella.


—Totalmente —Paula se perdió en su mirada, en el calor de su cuerpo—. Eres todo lo que nunca me atreví a soñar, lo que pensé que nunca podría tener. Quiero reír, discutir, envejecer contigo. Lo quiero todo.


—Entonces será mejor que te cases conmigo.


Cuando él la estrechó sonriente entre sus brazos, la alegría desbordó a Paula, mareándola, inflamando su corazón de pura felicidad.


—Sí, por favor —ella le ofreció la más brillante de las sonrisas y levantó la cabeza para que la besara.

Retrato: Capítulo 58

En esas fotos no parecía nada, y estaba harto de hablar de ello.


—Creía que querías hablar de negocios —Pedro miró a Federico con dureza.


—Así es.


—¿Y bien?


—¿De verdad disfrutas dirigiendo la empresa? —preguntó su hermano, sin inmutarse por la mirada—. Porque yo sí, y estaría encantado de ocuparme permanentemente.


¿Qué demonios? Eso no iba a ocurrir. Pedro no iba a abdicar de las responsabilidades que su padre le había dado.


—Estoy bien —insistió Pedro con un fuerte dolor de cabeza—. Todo está absolutamente bien.



Pero, una semana después, tuvo que admitir que algo iba muy mal. No dormía. No comía. Y su comportamiento en la oficina había empeorado. Federico le había ordenado que permaneciera en casa antes de que todos abandonaran la empresa y, a pesar de no gustarle recibir órdenes, había aceptado a regañadientes. Desgraciadamente, eso le proporcionaba demasiado tiempo libre mientras reproducía en bucle la conversación de la terraza con Federico. Nunca se había planteado dimitir. No continuar con el legado de su padre sería una traición. Pero mientras se dirigía a la cocina para prepararse el cuarto café del día, y solo eran las nueve de la mañana, se preguntó si no estaría demasiado implicado para ser objetivo. ¿Qué pensaría alguien de fuera? ¿Qué pensaría Paula? Ella sería la primera en aconsejarle hacerse a un lado y nombrar a Federico CEO, y tendría razón. Porque mientras simplemente soportaba el cargo, su hermano lo había disfrutado. Tenía un don con la gente, estaba motivado y era brillante. Siempre había sido el mejor hombre para ese trabajo. También era irritantemente perceptivo porque, aunque a Leo le gustaba creer que rara vez pensaba en Paula, la verdad era que estaba en su cabeza todo el maldito tiempo. La echaba de menos más de lo que creía posible. ¿Podría haberse enamorado de ella? No. Imposible… Pero al repasar todas las razones por las que ella no le convenía, pudo refutarlas todas. Un pelo sin mechas y las orejas sin adornos le parecían aburridos. Lejos de temer su influencia, deseaba escuchar sus opiniones. Él no era destructivo como su madre, ni débil como su padre. No temía a las emociones. Los días que habían pasado en Santorini, se había sentido vivo por primera vez en años. Ella le hacía sentir invencible. El mundo no se derrumbaría si él no lo controlaba las veinticuatro horas del día. Y en cuanto al legado de su padre, lo preservaría poniendo a la mejor persona al mando. Los muros que rodeaban su corazón se derrumbaron. Amaba a Paula, comprendió con una sacudida que le robó el aliento de los pulmones y drenó sus fuerzas tan bruscamente que tuvo que buscar a tientas una silla. Probablemente la amaba desde que ella le había plantado cara junto a la piscina la tarde en que se conocieron. ¿Por qué si no la había perseguido cuando todo su ser clamaba en contra? Lo había disfrazado de culpa, pero en el fondo era solo deseo. Pensar en su vida sin ella, sombría, sin color, vacía, le helaba los huesos. Contar los días que faltaban para que pasara por otro período sola, le horadaba el pecho. Quería protegerla, amarla hasta el día de su muerte. ¿Qué podía hacer? ¿Se lo permitiría ella?




Desde su regreso a Londres, Paula había dado gracias a su buena estrella por haber escapado de la poderosa y destructiva órbita de Pedro. Decidida a relegar a la historia su estancia en Santorini, a borrarla de su mente, llenó su agenda de visitas a su padre y reuniones con amigos. Se abasteció de pinturas, se hizo nuevas mechas violetas y actualizó su página web para incluir el retrato de Selene y las buenísimas críticas que había generado. No pensó en él. No se preguntó qué estaría haciendo o cómo se encontraría, ni leyó los artículos de sociedad que le había enviado una amiga. Tampoco repasó los cuadernos, llenos de dibujos suyos, que había guardado en el fondo de un cajón. Y cuando el período volvió a asomar, no deseó que le dieran un masaje en la espalda o le prepararan un baño. Se limitó a hacer las cosas como siempre las había hecho. Todo iba bien. Sin incidentes, como ella quería. El sol brillaba y Londres estaba precioso. Estaba atareada preparando el viaje a Milán para pintar a una de las condesas italianas que había conocido en el banquete, y entusiasmada por volver al trabajo. Hasta que una mañana, un mes después de su regreso, mientras buscaba un lápiz en el cajón, vió un dibujo suelto de Pedro tumbado en la cama en Santorini, y sintió un golpe en el estómago. Porque nada iba bien, de hecho, iba terriblemente mal. Aferrándose al dibujo, el dolor acuchillándole el pecho, se dejó caer en el sofá y se hizo un ovillo. Las lágrimas que había conseguido mantener a raya rodaron por sus mejillas. ¿A quién estaba engañando? La vida podía ser tranquila y segura, pero no era lo que ella quería. El sol brillaba y la ciudad bullía, pero sobre su cabeza se cernía una nube negra. Pensar en Milán y el trabajo era todo menos emocionante. Lo echaba de menos, más de lo que había creído posible. Echaba de menos su sonrisa y cómo la miraba, como si intentara descubrir sus miedos y esperanzas. Lo deseaba con todas sus fuerzas, y no solo porque le hubiera dado placer, aventura y cuidado de ella. Le encantaba hablar y discutir con él. Los días que habían vivido como pareja habían sido los mejores de su vida. No había mantenido su corazón a salvo. Había estado en peligro desde que lo había conocido. Si su relación hubiera sido puramente física, como ella había creído tan tontamente, no habría deseado cosas que no debía desear. No habría cometido imprudencias. Se habría esforzado por evitarlo, pero se había enamorado perdidamente de él. Era un desastre. Porque Pedro no sentía lo mismo por ella. No la quería. Se preocupaba por ella, o se había preocupado, pero no la amaba. Qué ironía haber superado los obstáculos que la habían atormentado durante años enamorándose de alguien no disponible. No había escapado con suerte, y debería haberse quedado y luchar. Por él. Por ellos. Debería haberle convencido de que era la adecuada para él. Porque lo era. Sobre el papel eran una pareja dispar, pero en realidad tenían mucho en común. Eran ambiciosos, motivados, víctimas de las circunstancias. Cada uno tenía un progenitor fallecido y otro que no merecía el título. Ella nunca sería lo bastante elegante y sofisticada, pero se entendían.

Retrato: Capítulo 57

 —¿Qué quieres decir?


—¿De verdad tienes que volver a Atenas?


—Sí. Federico me mandó un mensaje anoche. Hay problemas con la fusión.


—¿Entonces no es porque los últimos días fueran un poco… No sé… Viscerales?


—Para nada —contestó él con tal convicción que ella tuvo que creerlo—. Nunca pienses eso. Que sepas que estoy impresionado por tu fuerza y resistencia.


—De acuerdo —Paula sintió un extrañamente abrumador alivio. 


—¿Cuándo quieres irte?


Ella resistió el impulso de decirle que nunca, pero no podía cambiar de opinión. Tenía que ser fuerte. Así que ignoró el extraño dolor en el pecho y la opresión en la garganta.


—Estoy lista para irme ya —aseguró con firmeza.



El viaje de regreso a Atenas no pudo ser más diferente del de ida. La tensión era palpable, y no hubo champán en el avión. No intercambiaron largas miradas ardientes llenas de promesas de pasión y aventura. Apenas se miraron. En cuanto embarcaron, Pedro se pegó al teléfono mientras Paula miraba por la ventanilla, reprimiendo las peligrosas emociones. El corazón le latía acelerado y la cabeza vibraba por la presión, pero contaba los minutos y mantenía la boca cerrada. Al aterrizar, desembarcaron en silencio. Ella no se arrojó en sus brazos para darle un último beso. No se derrumbó ni le suplicó que la convenciera de que estaba equivocada. Se despidió con frialdad, giró sobre sus talones y se marchó en dirección contraria, recordándose a sí misma que había tenido mucha suerte.


—¿Qué pasa?


Tres semanas después del regreso de Pedro a la ciudad, Federico salió a la terraza del ático de Pedro en Atenas y dejó dos botellas de cerveza sobre la mesa.


—No pasa nada —murmuró Pedro, deslizando el pulgar por una de las botellas, deseando que fuera tan fácil deslizarse a través del caos de sus pensamientos.


—Desde que volviste de Santorini, pareces un oso con jaqueca —su hermano se sentó—. Tienes a todo el mundo aterrorizado, especialmente a tu ayudante. Dice que nunca te había visto así. Asegura que me prefería a mí, y eso significa que las cosas están muy mal.


—Unas semanas duras —respondió Pedro, evitando la mirada de su hermano—. A veces pasa.


—A tí no —respondió Federico—. Y no han sido tan duras.


Federico tenía razón. Normalmente, cuando surgía un problema en el trabajo, Pedro aumentaba el control hasta que pasaba, y gracias a su hermano, tenía muy poco que hacer para ponerse al día. Pero estaba nervioso y descentrado. Su método habitual para concentrarse no parecía funcionar.


—¿Qué es esto? —preguntó, señalando la cerveza—. ¿Una intervención?


—Sí, de todos. Queremos saber qué pasa.


¿Sus hermanos habían hablado de él? Eso tampoco le gustaba.


—No sé de qué están hablando —espetó Pedro, esperando en vano que su hermano lo dejara estar.


—Paula Chaves—contestó Federico.


Pedro se quedó paralizado. Encajó la mandíbula y apartó los recuerdos que asaltaron su mente. No quería pensar en ella. Cada vez que lo hacía, la cabeza le daba vueltas. Pero su hermano esperaba una respuesta.


—¿Qué pasa con ella?


—¿Estás enamorado de ella?


—No seas ridículo —el corazón de Pedro se aceleró.


—Ví las fotos —insistió Federico—. Todo el mundo las vió.


Pedro se estremeció.


—Silvana dijo que se notaba en tu mirada.


—Silvana se equivoca.


—La besaste la noche de la boda de Luciana —señaló Federico—. Nunca te había visto hacer eso.


Bueno, había perdido la cabeza momentáneamente. Pero ya la había recuperado. La fusión iba por buen camino. Ricardo tenía a su madre bajo control. El statu quo se había restablecido. Ni siquiera había tenido que implicarse. Al anunciar su intención de regresar a casa, Paula se lo había puesto inesperadamente fácil. Sentirse rechazado era absurdo. En el aeropuerto, al verla alejarse, había sentido alivio. Ella tenía el potencial de sacar lo peor de él. Había tenido mucha suerte.


—Fue un bache —aseguró—. Pero se acabó.


—Qué pena. 


—¿Qué sabrás tú de eso?


—Muy poco. Nuestros padres no fueron un buen ejemplo. Pero mira a Luciana y Ariel. El amor es hermoso. En esas fotos parecías feliz y relajado.

martes, 10 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 56

Al contrario de lo que Paula esperaba, a pesar del dolor no se le había escapado lo magnífico que había estado Pedro. Había hecho exactamente lo que había prometido. Había sido la paciencia y el apoyo personificados, una torre de fuerza, y no se había inmutado cuando ella le había vomitado encima, como le había advertido. Ya recuperada, mirando al techo en la oscuridad, los pensamientos revoloteando en su cabeza imposibilitando el sueño, veía que todo lo que había temido podría hacerse realidad. Pedro era complejo e intrigante, atento y hermoso, y lo que sentía por él estaba volviéndose peligroso. A pesar de sus esfuerzos por evitarlo, sospechaba que ya se había comprometido emocionalmente con él. ¿Por qué había cedido y pedido el baño y el masaje en la espalda si no? Quería decirle que dejara el trabajo y comprara un barco. Quería agarrar a Selene por los hombros y darle una buena sacudida para que madurara. Pensó en el período siguiente, deseando tenerlo a su lado. Pero jamás podría ser. Si se quedaba más tiempo, esos imprudentes sentimientos se volverían más profundos, y no podía arriesgarse. ¿Y si se permitía amarlo y le ocurría algo? La destrozaría. ¿Y si, a pesar de su certeza de que no ocurriría, Pedro se enamoraba de ella? Decía que le importaba. La había visto en su peor momento y no había huido. Era posible que no fuera tan impermeable al amor como creía, y sucumbir a las emociones que negaba, podría destruirlo. Lamentaba profundamente no haber sido más fuerte, no haber resistido. Nunca debía haberse dejado convencer por sus argumentos. La posibilidad de un desengaño amoroso era inmensa e inaceptable. Pero aún no era tarde para rectificar. Solo tenía que poner fin a la aventura. Lo echaría de menos, su compañía y el sexo, por supuesto, pero era mejor marcharse mientras pudiera. La seguridad de su bienestar emocional dependía de la fuerza de su determinación y, mientras finalmente caía en un agitado sueño, se prometió que, por grande que fuera la batalla que presentara Leo, por muy despiadadamente que bloqueara sus protestas, ella no vacilaría. Por mucho que tuviera que luchar contra él, y posiblemente contra sí misma, por la mañana se iría.



Paula despertó temprano, con los ojos arenosos y el pecho comprimido. Se levantó y recogió sus cosas, que se había llevado a la habitación de invitados, ignorando la voz en su cabeza que se lamentaba y el extraño dolor en su corazón. Marcharse era lo correcto, lo único que podía hacer, se recordaba a sí misma una y otra vez. No tenía elección si quería evitar sufrir. Preparada para la batalla, bajó las escaleras con su maleta. Encontró a Pedro en la cocina, sentado a la mesa, tomando café. Parecía agotado. Tenso. Distante. Como si aquello fuera tan duro para él como para ella.


—Buenos días —saludó gruñón.


Ante la extraña falta de expresión en su voz, Paula sintió un escalofrío, pero no quiso preguntarse el motivo. No podía distraerse. Debía centrarse en el objetivo.


—Buenos días.


—¿Café?


—No, gracias.


—¿Cómo te encuentras?


—Mucho mejor.


—Me alegra oírlo.


—Gracias por tu apoyo.


—No hay de qué —Pedro sonrió sin humor.


Se hizo un silencio gélido, durante el cual ella solo oía el retumbar de su corazón. Cuando Pedro abrió la boca para hablar, Paula se anticipó, necesitando hablar antes de perder el valor.


—Me gustaría irme a casa ahora —balbuceó apresuradamente.


—¿Qué? —sobresaltado, Pedro dejó caer la taza sobre la mesa. 


—Esto ha sido muy divertido —Paula respiró hondo—, bueno, los últimos días no, claro. Pero la vida real me llama. Necesito saber de mi padre. Tengo asuntos que arreglar antes de empezar a trabajar en mi próximo encargo y me tengo que retocar las mechas.


—¿En serio?


—Sí.


—De acuerdo —Pedro frunció el ceño y luego asintió.


¿Estaba de acuerdo? ¿Sin más? ¿Sin protestar?


—¿En serio? —preguntó ella, totalmente aturdida por el cambio de actitud de él.


—Yo también debería volver al trabajo —contestó él, levantándose—. He descuidado el negocio durante más tiempo del que pretendía. Demasiado.


—Es culpa mía —señaló Paula con remordimiento por no haber sido lo bastante fuerte como para vencer la tentación y marcharse como había planeado—. Lo siento.


—No lo sientas —Pedro llevó la taza al fregadero—. No es culpa tuya.


—Te quedaste por mí.


—No te dí muchas opciones.


—¿También te vas por mí?


Pedro se volvió. Su mirada chocó con la de ella, aguda, inquisitiva, y ella deseó no haber dicho nada. No era el momento de mostrar debilidad, aunque, por alguna razón, necesitaba saberlo. 

Retrato: Capítulo 55

Con el corazón acelerado, Pedro lo abrió. El enlace lo llevó a una página que, supuestamente, pertenecía a una publicación con inclinación hacia los cotilleos de famosos. El tema de la página era él. O más concretamente, Paula y él. A pesar de la cálida noche, se le heló la sangre mientras leía el artículo. Las fotos que lo acompañaban, de gran nitidez, mostraban a ambos en el yate, practicando snorkel, saltando al mar, en la cubierta. También había fotos de las empinadas escaleras, las termas y la taberna. 


Cinco minutos después, durante los que había encontrado una docena de páginas similares con las mismas fotos y los mismos titulares con signos de exclamación, la vista se le nublaba y le costaba respirar. ¿Cómo había sucedido?, se preguntó mientras las náuseas se apoderaban de su estómago. ¿Cómo no se había dado cuenta de la presencia de las cámaras? Todo el mundo parecía querer saber quién era ella. ¿Había encontrado por fin el amor el soltero más codiciado y escurridizo de Europa? Si alguien tenía información sobre la misteriosa mujer del pelo de colores y múltiples piercings, que hiciera clic «aquí». Las especulaciones eran odiosas. La invasión de su intimidad, ferozmente protegida, y de la de ella, lo enfurecía. Eran pasto de habladurías, el pasado picante de su madre también había salido a relucir, todo lo que había intentado evitar. Pero esa vez, él era el culpable. Se había acostumbrado al llamativo aspecto de Paula y había perdido el sentido de la perspectiva. Había sido imprudentemente descuidado. No había considerado que tenía una imagen de fuerza, control y nula vulnerabilidad que mantener, y un negocio y una familia que proteger. ¿Cómo había podido ser tan débil? Paula no era responsabilidad suya, pero eso no le había detenido. Había disfrutado demostrándole que el sexo podía ser bueno para ella. La primera vez en la isla, cuando ella había reído con abandono y alegría, se había sentido dueño del mundo. Desde entonces, se había comportado impulsivamente, pidiéndole que se quedara, poniendo a Federico al frente de la empresa y jugando a ser pareja mientras hacían turismo. Cuando hablaban, él a menudo sin filtro alguno, escuchaba atentamente lo que ella decía. Sus observaciones le habían hecho cuestionarse cosas que siempre había aceptado como ciertas. Ella había desarrollado una influencia sin precedentes sobre él, y él ni siquiera se había dado cuenta.


En cuanto a la razón por la que había decidido jugar a ser enfermero, estaba completamente perdido. Era otro ejemplo de una decisión espontánea y desacertada. No tenía ninguna obligación de ayudar. Como ella le había dicho, estaba acostumbrada a arreglárselas sola. No tenía por qué desear quitarle el dolor absorbiéndolo él. Como Paula gestionara su salud no era de su incumbencia, y el embriagador placer que había sentido cuando ella le había pedido que le preparara un baño y le frotara la espalda, reflejo de una confianza que él había deseado, era tan injustificado como inoportuno. Poco a poco, día a día, había caído bajo su hechizo, comprendió con un sudor frío bañándole la piel. En algún momento, el piercing de la nariz, los pendientes y el pelo habían dejado de molestarle. Ya no podía, ni quería, imaginarla de otro modo. Era perfecta, tal como era. Su teléfono volvió a sonar y él lo tomó con las manos temblorosas, insoportablemente tenso.


Federico: Menos mal que pude salvar la fusión, ¿Eh?


¿Qué fusión? ¡Esa fusión! Para la que había volado a Nueva York. La que añadiría miles de millones a la cuenta de resultados de la empresa, pero en la que no había pensado en días. ¿Qué demonios había ido mal? ¿Y cuándo fue la última vez que pensó en la empresa? Tenía los pulmones tan contraídos que respirar le resultaba difícil. ¿Cuándo había dejado de preocuparle cómo le iba a Federico al timón? ¿Cómo había podido abandonar tan fácilmente sus principios, los valores con los que había vivido su vida desde hacía más de una década? Estaba completamente fuera de control. Tenía que parar, todo, antes de volverse esclavo de Paula. Antes de convertirse en alguien que no quería ser, dominado por las emociones y el egoísmo, esclavo de la pasión y la volatilidad. Tenía que recuperar lo que quedara de la vida que conocía, antes de que se destruyera para siempre. Ella se había recuperado. Las vacaciones habían terminado. Ellos habían terminado.

Retrato: Capítulo 54

 —¿Por qué no?


Tenía que hacerle ver que no le iba a permitir complacer su complejo de héroe.


—Cuando murió mi madre, mi mundo se desmoronó, pero poco a poco fui recomponiéndolo. Mi padre no. La quería tanto que perderla lo destrozó. No vive. Solo existe. No está ahí para mí. No voy a poner a nadie más en esa posición si algo me pasara.


—No me voy a enamorar de tí.


—¿Estás seguro? —Paula sintió una opresión en el pecho.


—Muy seguro —Pedro asintió.


—Porque no soy el tipo de mujer que te gusta.


—No solo eso. He visto lo destructivo que puede ser el amor y la falta de control que conlleva. No permitiré que me pase a mí. No seré tan débil.


—Pero yo podría enamorarme de tí —ella deseó tener su confianza.


Por un momento él solo frunció el ceño.


—De acuerdo —dijo él tras considerar aquella idea tan inoportuna—. No te frotaré la espalda ni te prepararé baños. No me acercaré a tí si no quieres. Pero hazme una lista y te conseguiré lo que necesites. Puedo proporcionarte comida y bebida. Lo que no puedo hacer es dejarte marchar sola y sufriendo. No es el hombre que soy, ni quiero ser.


—No se trata de tí sino de mí.


—Tú no quieres ir a un hotel, ¿Verdad?


Ella se imaginó en una habitación pequeña y desconocida, sola, y el dolor que palpitaba en la boca de su estómago, todavía más emocional que físico, era tan fuerte que disipó sus inhibiciones.


—No —admitió con un suspiro.


—Elige una de las habitaciones libres —Pedro aprovechó la vulnerabilidad que ella había expuesto—. Mantén la puerta cerrada. Mándame un mensaje si necesitas algo. Apenas notarás que estoy aquí.


Las defensas de Paula, debilitadas por el dolor, saber lo que estaba por llegar y el anhelo que intentaba reprimir, no eran rivales para argumentos tan persuasivos. En el fondo, no quería irse. Deseaba que la cuidaran, por una vez, y Pedro le ofrecía su apoyo. Él era suficientemente fuerte para afrontar los siguientes días. Ella no cometería el error de pensar que su ayuda era algo más. Estaría demasiado centrada en gestionar el dolor como para pensar. Y cuando acabara, se iría y no volvería a verlo jamás, como debía ser.


—¿Vas a rebatir cada uno de mis argumentos? —preguntó ella mientras se rendía a lo inevitable.


—Sí —contestó Pedro con una fugaz sonrisa.


—De acuerdo.



Cinco largos días después, Pedro se sentó en la terraza y contempló la noche oscura, cálida y tranquila. Las luces parpadeaban a lo lejos. Las olas lamían suavemente la playa. Pero la cabeza le palpitaba con fuerza y el estómago se retorcía. Al ofrecerle ayuda a Paula, la idea de que estuviera sola y sufriendo resultaba insoportable, la necesidad de tenerla cerca demasiado fuerte, no había imaginado la profundidad de su sufrimiento. Jamás iba a olvidar su imagen, encogida en agonía sobre la cama. Había resultado inesperadamente angustioso. No entendía cómo lo soportaba ella sola, mes tras mes. Era increíblemente dura, pero el desgaste mental debía ser enorme. Él solo lo había vivido cinco días, intermitentemente, y había sido horrible. Su angustia lo había golpeado de lleno. Nadie merecía vivir con esa incomodidad y, cuando ella se sintió lo bastante bien como para levantarse un par de horas, él le preguntó si no había nada para aliviar sus síntomas.


—La píldora anticonceptiva haría las cosas más llevaderas —había contestado ella—, pero podría provocar un coágulo de sangre arterial, como el que sufrió mi madre. No me atrevo a exponerme a lo mismo. Iba a ser una intervención sencilla, pero reaccionó mal a la anestesia, y murió.


—¿Y la cirugía? —había preguntado Pedro, consciente de la influencia del pasado en su presente.


—Me han dicho que, en mi caso, leve, aunque el dolor sea insoportable, los síntomas disminuirían considerablemente. También aumentaría las posibilidades de tener familia, cosa que me gustaría en algún momento. Pero la idea de la anestesia me aterroriza. ¿Y si yo tampoco despierto? ¿Qué le pasaría a mi padre? Mira —Paula había extendido una mano temblorosa—. Solo mencionarlo y entro en pánico. Y no es solo una operación. Podría necesitar varias.


Pedro le había tomado la mano hasta que dejó de temblar, ansioso por investigar sobre la anestesia y prometerle el mejor tratamiento médico que el dinero pudiera pagar. ¿Debería animarla a operarse?, se preguntó. Sus miedos debían ser muy profundos para preferir el dolor. Su teléfono emitió un pitido para indicar la llegada de un mensaje. Era de Federico.


Federico: Ahora entiendo por qué tenías tantas ganas de tomarte unas vacaciones.


Pedro frunció el ceño y respondió:


Pedro: ¿Qué quieres decir?


La respuesta de su hermano fue un enlace que, al parecer, le había enviado su hermana Tamara con orden de no disparar al mensajero.

Retrato: Capítulo 53

Paula ignoró la oleada de emoción que se apoderó de ella por la maldita injusticia de la vida, y parpadeó furiosa para contener el ardor de las lágrimas mientras maldecía a las hormonas responsables de todo. Siempre había sabido que su aventura tenía fecha de caducidad. Lo había pasado muy bien, había sido todo lo que él había prometido y todo lo que ella había esperado, pero se había acabado. Tenía que centrarse en alejarse de Pedro antes de que la encantadora burbuja estallara. Así pues, se levantó de la tumbona, recogió sus cosas y se dirigió al interior. Él la encontró metiendo la ropa en la maleta abierta sobre la cama mientras ignoraba con determinación el ligero dolor que no tardaría en intensificarse.


—¿Qué haces? —preguntó él, inmóvil en la puerta, con una margarita recién hecha en cada mano.


La sorpresa en su voz rebotó en Paula, que resistió la tentación de vaciar la maleta y rogarle que la abrazara y la besara hasta que se pasara el dolor. 


—Tengo que irme.


—¿Por qué?


—Ha sido divertido, pero se acabó.


—¿Qué pasa, Paula? —Pedro frunció el ceño y dejó las bebidas sobre una cómoda.


—Nada —contestó ella, echando la bata de seda rosa al montón—. Tengo que irme.


—Estás muy pálida. Es evidente que te pasa algo.


Pedro se acercó con una expresión de preocupación que ella no quería. Corrió al cuarto de baño antes de que él pudiera alcanzarla, tomarla en brazos y pulverizar su determinación. Él era demasiado perspicaz. Tampoco iba a tragarse la mentira, comprendió mientras recogía sus cosas de aseo. Tenía que ser sincera.


—He empezado a sentir calambres —contestó, evitando su mirada— . Me duele la pelvis. El periodo es inminente.


—¿Y?


—Y va a ser horrible. Me volveré una ruina miserable. No quiero que me veas así. Me marcho. 


—¿Adónde?


—Tengo que hacer compra y luego buscar un hotel —Paula lamentó no haber estado más pendiente del calendario.


—¿Quién cuidará de tí?


—Nadie —contestó ella, ignorando una punzada en el corazón—. Estoy acostumbrada. Sé cuidarme sola.


—¿Quién te frotará la espalda y te preparará un baño? —Pedro cruzó los brazos sobre el pecho, con la mandíbula encajada, obstinado y decidido.


—Estaré bien —aseguró Paula—. Siempre lo estoy.


—Quédate. Yo podré hacer las dos cosas.


Durante una fracción de segundo, Paula se lo imaginó. Sonaba maravilloso. Luego pensó en su dignidad y en el riesgo que corrían los muros que rodeaban su corazón.


—No —sacudió la cabeza con fuerza y reprimió una punzada de anhelo—. Es demasiado íntimo. Demasiado embarazoso. Probablemente te vomitaría encima.


—No tienes que hacerlo sola —insistió Pedro—. No este mes, al menos. Dime qué puedo hacer. Me aseguraré de que tengas lo que necesites. 


—Sigues queriendo resolver mis problemas.


—No me gusta ver sufrir a la gente que me importa.


—¿Yo te importo? —ella lo miró fijamente, sintiendo una sacudida en el corazón.


—Me acuesto contigo. Hago turismo contigo. Claro que me importas.


—Entiendo —Paula frunció el ceño.


—¿Tan malo es querer ayudarte? —preguntó él.


—Muy malo —los cuidados, saber que podría desearlo otro mes, y otro… Nada de eso era bueno.


—¿Por qué?


—No quiero un caballero de brillante armadura —contestó ella, tanto para sí misma como para él—. Si me quedo, me verás en mi peor momento. Si te permito frotarme la espalda y prepararme baños, podría olvidar que esta aventura solo será temporal, y eso no puede suceder.

jueves, 5 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 52

Los sentaron a una mesa en un rincón, con vistas al mar. Era muy pequeña, y la colocación de las sillas, ideal para apreciar las vistas, creaba un ambiente demasiado íntimo para dos personas que no mantenían más que una brevísima aventura. Pero Leo no pidió un cambio de mesa y ella, desde luego, no iba a objetar. Aceptaría todo el contacto que pudiera conseguir. Cuando sus rodillas chocaron bajo la mesa, ella sintió una descarga de mil voltios. Su olor la mareó. Su proximidad le hizo desear inclinarse hacia él y suspirar. Pero Paula permaneció donde estaba y consultó el menú. No entendió ni una palabra.


—¿Pides por mí?


—¿Qué te gustaría?


Le gustaría apreciar el romanticismo del lugar y la puesta de sol color mandarina, mirarlo a los ojos y tomarle la mano. Le gustaría escarbar en su alma hasta averiguar todo lo que había que saber sobre él. Le gustaría compartir con él sus sueños y esperanzas, inseguridades y miedos, los rasgos distintivos de una relación de verdad. Poder superar los obstáculos emocionales y físicos que salpicaban su vida, ser su tipo y que su aventura no terminara. Pero, desgraciadamente, nada de eso estaba en el menú.


—¿Qué recomiendan?


—Los calamares tienen fama.


—Entonces me gustarían.


Paula había vivido de prestado y el idilio estaba a punto de implosionar. Tumbada junto a la piscina la tarde siguiente, una familiar punzada le atravesó el abdomen. Por un momento permaneció inmóvil, confusa, alarmada, con el corazón acelerado. No podía ser. Nunca había sido muy regular, pero era demasiado pronto. Debía ser una indigestión. Con una mueca de dolor y un nauseabundo calambre en el estómago, consultó el calendario en el móvil. ¿El doce? ¿Llevaba allí diez días? ¿Cómo era posible? Solo iba a quedarse una semana. No era difícil entender por qué había perdido la noción del tiempo, absorta en su aventura con Pedro, pero aún deberían faltarle unos cuantos días más. Por eso había atribuido su hinchazón a la buena comida y a un mejor vino, y su cansancio a la falta de horas de sueño. Cómo había pasado por alto señales tan evidentes cuando llevaba más de once años así, mes tras mes, no importaba. Lo importante era reaccionar. Y rápido. No podía permitir que él la viera pasar por lo que estaba a punto de ocurrir. Sería brutal, emocional e íntimo. No quería parecer débil y vulnerable delante de él. Y si él quería ayudar… No la dejaría ni una pizca de dignidad.

Retrato: Capítulo 51

No dejaban de ocurrírsele cosas que decirle. Se giraba, esperando encontrarlo a su lado, y sentía una puñalada de decepción al darse cuenta de que no estaba. Era ridículo. Con un padre ausente, emocional y físicamente, y sin novio junto al que acurrucarse en el sofá, llevaba años haciendo todo sola. Pero probablemente debido a la cantidad de tiempo que había pasado con Pedro, se había acostumbrado a su compañía. Se había hecho una idea de cómo sería tener una pareja y, aunque no fuera real, aunque sería tonta si insistiera en ello, le resultaba emocionante. Terminó el agua con gas, en la cafetería donde se había refugiado del calor, con la cabeza repleta de ideas excitantes, posiblemente imprudentes, pero imparables. No había nada malo en dejarle acompañarla si él quería. Mientras recordara que no eran pareja, que su aventura tenía que terminar pronto, mantendría la calma. No corría peligro de enamorarse de él. Nada había cambiado al respecto. Su corazón seguiría a buen recaudo.


—Reúnete conmigo al pie de la escalera de Karavolades en media hora —le dijo por teléfono, ignorando la vocecilla de alarma que resonaba en su cabeza—. Te invito a comer.



Pedro había pasado la mañana merodeando por la villa, preguntándose qué estaría haciendo Paula. Debería haber ido tras ella. Si su sentido común no le hubiera recordado en el último momento que debía respetar su necesidad de espacio, lo habría hecho. También debería haber disfrutado de la soledad. El tiempo a solas le permitiría reagruparse y reconstruir sus defensas. Pero la villa estaba extrañamente vacía y aburrida sin ella. Se había acostumbrado a tenerla cerca, con su pelo y sus joyas. Para su desconcierto, no estaba agradecido de que se hubiera ido. Estaba molesto. El teléfono sonó dos veces, pero cuando vió que no era ella, sino Daphne, que acababa de regresar de la luna de miel, y Zander, lo ignoró. Pero nada más colgar la tercera llamada, salía por la puerta. La escalera de Karavolades, de más de quinientos peldaños, era empinada, sinuosa y repleta de burros. ¿Llevaba Paula un sombrero para protegerse del intenso sol? ¿Qué zapatos calzaba? No había pasamanos y la piedra podía ser engañosamente resbaladiza. No se paró a pensar en las preguntas personales que surgirían durante el almuerzo y después. No se detuvo a analizar el absurdo placer y puro alivio que sintió ante la invitación. Se subió al coche y arrancó.



En los días siguientes, Pedro llevó a Paula a las aguas termales del pequeño islote deshabitado de Palea Kameni y a las arenas negras de la playa de Kamari. Le dió a conocer el aromático souvlaki y las delicias dulces, cremosas y con sabor a natillas de galaktoboureko. Una noche vieron una película en griego. Él se pegó a ella para traducirle, pero su proximidad la desconcentró tanto que apenas se enteró de nada. Paula no se arrepintió de haberlo invitado a comer y a hacer turismo después. Cada vez que se volvía para hablar con él, allí estaba, provocándole un sobresalto de placer. Afortunadamente, su hosquedad había desaparecido, de hecho, estaba muy hablador. Le contó más cosas sobre sus hermanos y su relación con sus padres. Sobre las competiciones de vela en las que había participado de joven y sobre su trabajo. Aferrándose a su costumbre de hacer hablar al otro, aunque él no fuera un cliente que ella estuviera pintando, evitó tener que hablar ella. Esa noche, Pedro la había llevado a una pequeña, pero abarrotada, taberna. La amplia terraza estaba a pocos metros de las cristalinas aguas azules. El color de la balaustrada de madera pintada y de las mesas y sillas hacía juego con el cielo azul. El sol poniente se reflejaba en las cegadoras paredes blancas del restaurante y las buganvillas rosas descendían por los montantes de la pérgola. Era rústico y encantador. Días atrás, le habría sorprendido la elección. Se habría imaginado que un CEO multimillonario con problemas de control y aficionado al orden preferiría un entorno más formal para cenar. Pero últimamente había visto más al hombre que debía haber sido antes.

Retrato: Capítulo 50

Descubrir que estaba solo en la cama no mejoró su estado de ánimo. ¿Dónde estaba ella? ¿La había vuelto a ahuyentar con la melancolía en la que había caído por la tarde? ¿Se había hartado de sus gruñidos monosilábicos y había regresado a su casa en mitad de la noche? Algo desagradable se deslizó por su estómago… Hasta que ella salió del baño envuelta en una toalla y una nube de vapor perfumado de rosas.


—Buenos días —saludó él, con voz somnolienta, aunque parte de su anatomía despertó rápidamente.


—Buenos días —respondió ella distraídamente mientras recogía su ropa.


Dejó caer la toalla, elevando las esperanzas de Pedro, pero luego empezó a vestirse. Quizás el turismo ya no fuera una opción, pero él no había puesto fin a nada más.


—¿Qué haces?


—Vestirme.


—Ya lo veo —Leo frunció el ceño—. ¿Por qué?


—Porque mi taxi llegará en cualquier momento.


Pedro se incorporó como un rayo, con el pulso acelerado y la mente a mil por hora. ¿Se iba?


—¿Adónde vas?


—Pensé en visitar las Tres Campanas de Fira —Paula se colocó las gafas de sol—. Luego ya veré qué me apetece hacer.


—¿Qué? —Pedro sacudió la cabeza para despejarse.


—Voy a hacer turismo —contestó ella—. Te dije que quería ver más de la isla.


—¿Tú sola?


—Sí.


—Iré contigo —Leo apartó la sábana y se giró para levantarse.


—No hace falta —contestó Paula, alarmada—. No estamos soldados.


Pedro no estaba dispuesto a permitirle vagar sola por ahí. ¿Y si le pasaba algo? Era su invitada, su responsabilidad.


—No hablas griego —fue la excusa que se le ocurrió mientras ella se calzaba unos zapatos planos.


—Tengo una aplicación. Me las arreglaré.


—No sabes adónde vas. Te podrían timar.


—Me arriesgaré.


—Me gustaría acompañarte.


—Y a mí tener un poco de espacio —ella dejó caer su teléfono en el bolso y lo miró fríamente—. Luego nos vemos.



El taxi dejó a Paula en la famosa iglesia conocida por su cúpula azul, espectaculares vistas y las tres campanas. Pasó una hora explorándola, y luego las calles de los alrededores. Sin embargo, por agradable e interesante que resultara la experiencia, no le dio el respiro que buscaba. Había previsto pasar un rato a solas, aclarar sus pensamientos y librarse del anhelo de saber más sobre Pedro. No había previsto echarlo de menos.

Retrato: Capítulo 49

 —Sería comprensible que siguieras enfadado.


—Lo sería. Pero no lo estoy. Encuentro a mi madre frustrante y agotadora, nada más.


—Claro —contestó ella secamente, como si supiera algo que él ignoraba.


—¿Qué? —murmuró Pedro, incapaz de seguir soportando el escrutinio.


—Tienes muchas cosas en la cabeza.


Así era. Y tenía que mantenerlas encerradas. No había pasado años negando sus emociones solo para darles rienda suelta por una pregunta pertinente. Pondría fin a esa tontería. Paula y él no eran pareja. En la cama era donde mejor funcionaban, y era ridículo haberle consentido más. Solo le había dejado el mando durante los dos primeros días, pero ella parecía seguir aferrada a él y tenía que acabar.


—¿Sabes qué pienso? —preguntó Pedro, guardando las botellas vacías de cerveza en la nevera.


—¿Que sería estupendo una siesta en el camarote? —la mirada de


Paula se clavó en la boca de Pedro.


—No —contestó él, resistiéndose a la tentación de aceptar, estando tan nervioso. Sería una locura, malo e increíblemente peligroso—. Pienso que es hora de regresar.



Pedro no era el único que tenía muchas cosas en la cabeza. Su confesión ocupó los pensamientos de Paula durante el trayecto de regreso. ¿Cómo había soportado tantos años el estrés de hacer un trabajo para el que no se sentía preparado? No podía ni imaginárselo, aunque finalmente comprendía su necesidad de control y orden y su deseo de intimidad, y las difíciles decisiones que había tenido que tomar. La supresión de su auténtico yo para hacer el trabajo y proteger a los demás no parecía muy saludable, pero ¿quién era ella para juzgar? Evitaba operaciones que le aliviarían los síntomas de la endometriosis por un miedo que sabía era improbable que se materializara. Estaba tan atrapada en el pasado como él. Era una pena que hubiera puesto fin al día, pero entendía por qué las sonrisas habían desaparecido y Pedro estaba tenso al timón. Ella lo había empujado a hablar, y no le había gustado. Le daría un respiro, como había hecho él cuando ella lo había necesitado. Tampoco a ella le iría mal. Quería saber más del hombre que había tras la fachada, saberlo todo, pero no era una opción. Le haría bien pasar un rato sola para reforzar la distancia emocional que quería mantener, y que estaba amenazada.


—¿Cuál es el plan para mañana? —preguntó tras regresar a la villa.


—No hay ninguno —fue la contundente respuesta, lo que permitía a Paula idear el suyo propio.


Pedro se despertó malhumorado, los acontecimientos del día anterior impidiéndole dormir bien. Sus sueños habían sido agitados. Sobre todo, ese en el que se estiraba en un sofá, con la cabeza en el regazo de Paula, mientras le contaba todo y ella le acariciaba suavemente el pelo.

martes, 3 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 48

Lo único que ocultaba Pedro era una intensa irritación por estar atado de pies y manos, y una creciente preocupación por el torrente de palabras que intentaban salir de su boca. No entendía por qué. No tenía intención de desahogarse, de quedar expuesto, vulnerable y débil. Nunca había buscado comprensión ni simpatía, mucho menos de una fuerza potencialmente destructiva como Paula. No sabía por qué había empezado a hablar de su relación con su padre. Nunca lo hacía, ni siquiera con sus hermanos. Pero ella lo miraba como si tratara de ver su alma y él no podía apartar la mirada, por mucho que lo intentara. Cuanto más tiempo pasaba, más temblaban sus defensas y menos recordaba por qué escondía sus cartas. A medida que se perdía en la mirada infinita de ella, tenía la inquietante sensación de que no solo había bajado la guardia, la había perdido.


—Bien —contestó él con inquietud mientras su escudo protector se hacía añicos y las palabras salían a borbotones—. Se me da bien, pero el papel no me encaja. No me crezco bajo presión. No disfruto viajando por continentes o atravesando husos horarios. La responsabilidad de tener decenas de miles de empleados me resulta insoportable, y saber que, si no estoy atento, todo se hundirá, me obsesiona.


—¡Vaya! —exclamó Paula algo aturdida.


—Tú preguntaste.


—Esa no es la imagen que das.


—Gracias a Dios. Claro que no.


—¿Por eso priorizas tanto el control?


—Sí. Me ha ayudado a superar momentos difíciles —la muerte de su padre… La enfermedad de su hermana… Heredar el negocio…


—Pensé que temías parecerte demasiado a tu madre.


—Eso también —admitió él—. Ella es salvaje y egocéntrica, y a veces hace daño con su desconsideración. No solo comparto sus genes, en mi adolescencia me comportaba como ella.


—¿El barco que estrellaste?


—Acababa de descubrir por la prensa que tenía una aventura con el padre de mi mejor amigo.


—Debió ser horrible.


Peor que horrible. Había desatado una tormenta de dolor y vergüenza, frustración e ira que no había sabido gestionar. 


—No fue solo esa vez —continuó Pedro—. Perdí innumerables amigos. El barco era suyo. Una mañana, durante las vacaciones de verano, salí solo y me estrellé contra las rocas. Tenía dieciséis años. Estaba enfadado. Funcionó. Ya no estoy enfadado.


—¿Estás seguro de eso?


—Absolutamente —Pedro asintió.


Era lo único de lo que estaba seguro. El accidente, imprevisto e instintivo, le había afectado mucho. Tras el rescate, su padre le había dicho, aunque no le había hecho falta, que su comportamiento cada vez más imprudente no era aceptable. No estaba dispuesto a renunciar a la navegación, de modo que renunció a las emociones. Si no permitía que nada lo afectara, no tendría el impulso de reaccionar. No habría más pérdida de control, ni más daños. Simple.

Retrato: Capítulo 47

 —¿Nunca consideró a nadie más?


—Es tradición familiar, el hijo mayor hereda automáticamente —Pedro sacudió la cabeza.


—Eso debió de presionarte mucho.


—Nunca hubo ninguna duda ni discusión al respecto —contestó él, sin confirmarlo ni negarlo—. Siempre fue un hecho consumado.


—No me extraña tu resentimiento.


—¿Resentimiento? —él le lanzó una mirada penetrante.


—A veces se nota cuando hablas de tu familia —Paula asintió—. Totalmente comprensible. Eras muy joven. Como dijiste una vez, la curva de aprendizaje fue empinada. Debiste hacer muchos sacrificios.


—Ninguno que no estuviera dispuesto a hacer —contestó él—. No podía defraudar a mi padre. En los negocios, exigía e imponía respeto, y yo se lo daba con creces. En los cinco años siguientes a la fusión de las dos empresas, duplicó el balance. Profesionalmente, iba a ser difícil seguir sus pasos.


—Pero tú los sigues, ¿No?


—Lo intento, aunque a veces con mucho esfuerzo.


—¿Qué quiere decir eso?


A pesar del calor, a Pedro se le heló la sangre al darse cuenta de que había revelado más de lo que pretendía. ¿Se le había subido el calor a la cabeza? ¿Había pasado demasiado tiempo bajo el agua, casi sin oxígeno? ¿Estaba borracho? ¿O simplemente le había sorprendido descubrir que, si Paula se había dado cuenta, no era tan bueno controlando sus emociones como suponía? Algo tenía que explicar el desliz, pero no volvería a ocurrir. La emoción de navegar de nuevo había anulado su cautela. El manto de calma le había dado una falsa sensación de seguridad. Imprudentemente, se había relajado y bajado la guardia. Pero la volvería a subir, porque no podía permitir que la inquietantemente y perspicaz Paula y el caos que la acompañaba lo afectara. La apasionada relación que tenían era un acuerdo temporal. Ella nunca sería la persona indicada para él.


—Nada —Pedro desvió la mirada hacia el horizonte e ignoró una extraña sensación de decepción.


—Vuelves a mostrarte evasivo.


—Y tú entrometida.


—Solo siento curiosidad por el hombre con el que me acuesto desde hace cinco días —contestó ella con fingida ligereza—. He respondido a todas tus preguntas. Pero tú evitas las mías. ¿Qué ocultas?


—Nada —solo cosas que no tenía intención de compartir con ella. Con nadie.


—Demuéstralo.


—No necesito demostrar nada.


—Entonces compláceme.


—Tampoco necesito hacer eso.


—Entonces sí ocultas algo —ella lo miró con expresión triunfal.

Retrato: Capítulo 46

No había podido apartar los ojos de él mientras pilotaba el barco. Lo único automatizado era el mecanismo del ancla. No era un yate para relajarse mientras los ordenadores lo hacían todo. En cuanto subieron a bordo, Pedro entró en acción. Mientras ella se acomodaba, consciente de que sería de poca ayuda, él saltaba de la cubierta a la cabina, familiarizándose con el barco y realizando algunas comprobaciones. Convencido de que todo estaba en orden, se pusieron en marcha y, a partir de ese momento, apenas había parado, ya fuera al timón, oteando el horizonte o reaccionando al batir de las velas con impresionante maestría. Podía aparentar ser frío y controlado, aunque hacía tiempo que ella no veía esa faceta suya, pero era evidente que le apasionaba navegar. Apenas había dejado de sonreír en toda la mañana y estaba más relajado de lo que ella nunca hubiera imaginado posible. Paula no pudo evitar preguntarse si estaban donde estaban por algo que ella había dicho, y eso, además del físico y la fuerza de él, la calentó sin que tuviera nada que ver el sol que la secaba, tumbada en la cubierta de proa junto a Pedro, sentado con los codos apoyados en las rodillas, mirando al horizonte.


—Gracias —murmuró ella, aletargada tras el buceo y la comida, con los ojos entrecerrados.


—Ha sido un placer volver a ponerme al timón.


—No creo que la costa de Santorini sea lo mismo que el Atlántico con sus vientos huracanados.


—No —Pedro asintió y sacó de la nevera las dos últimas botellas de cerveza—, pero no importa. El viento en tu pelo y el agua en tu cara es suficiente, sin importar las aguas o el tiempo que haga. Donde haya un horizonte amplio, sentirás la libertad de poder ir en cualquier dirección.


¿Era consciente Pedro de lo melancólico que sonaba? ¿Hablaba solo de navegar?


—Habrá pasado mucho tiempo, pero pareces muy a gusto a bordo.


—Navego desde que aprendí a caminar.


—¿Y por qué lo dejaste?


—No tuve más remedio.


Paula entendía que hubiera dejado la competición al hacerse cargo de la empresa, pero ¿no podría haber seguido por diversión? No debería insistir, no era asunto suyo. Sin embargo, las preguntas la habían acosado desde que salieron de Antigua Thera el día anterior, y de algo tendrían que hablar. La conversación no tenía por qué llevar a una intimidad emocional no deseada. Solo sentía curiosidad sobre qué le movía.


—¿Por qué es tan importante para tí el deber?


Pedro bebió un trago de cerveza antes de responder, como si necesitara armarse de valor.


—Mi padre no era un hombre fácil —comenzó con ironía—. Era débil con mi madre, y podía ser frío y distante, pero pasaba mucho tiempo conmigo, hablando del negocio. De niño, me llevaba a menudo a las oficinas de Londres o Atenas. Solía presentarme como «El futuro jefe», y aunque sonaba a broma, todos sabían que era verdad.


Retrato: Capítulo 45

No le había pasado desapercibido cómo había esquivado sus preguntas más inquisitivas. O el rastro de resentimiento en su voz que creyó percibir, y no por primera vez. ¿Cuál era la historia? Porque sin duda había una. Desde que se habían conocido, Pedro le había dejado claro muchas veces que, para él, el deber estaba por encima de todo lo demás, pero claramente no se sentía cómodo con ello. Tenía la sensación de que él estaba haciendo un trabajo que realmente no quería. Como ella, su vida parecía limitada por las circunstancias. Tal vez, como ella, la idea de cambiar esas circunstancias le parecía demasiado arriesgada. La pregunta, demasiado personal para ser abordada, cuya respuesta no era de su incumbencia, era ¿Por qué? ¿Por qué había hecho llevar un yate por la noche para poder salir con Paula por la mañana? Leo no tenía ni idea. Hacía años que no navegaba, desde que, tras la muerte de su padre, comprendió que su nuevo trabajo lo absorbía todo. Pero la ilusión con que ella le había preguntado si tenía un barco había sido respondida con un inesperado anhelo que le había perseguido durante el regreso a la casa, hasta que se le ocurrió que uno de los puntos clave de las vacaciones, sin duda, era poder hacer cosas para las que normalmente no se tenía tiempo.


El yate estaba amarrado a una boya de la cala. Después de desayunar, cargados con bolsas y una nevera, Paula y él bajaron hasta el embarcadero, donde estaba amarrado el bote. Pedro la ayudó a subir y le puso el chaleco salvavidas antes de colocarse el suyo. Luego encendió el motor con ansias de poner sus manos sobre el timón, de sentir la cálida y suave madera bajo sus pies descalzos. La adrenalina se apoderó de él ante la perspectiva de pasar todo el día en el mar. Su cabeza se llenó de recuerdos de lo mucho que lo había amado, de lo mucho que había confiado en poder alejarse en el agua cuando había necesitado escapar de la volátil relación de sus padres siendo un adolescente enfadado. Y mientras surcaban las cálidas aguas del Egeo en dirección a la elegante embarcación blanca, que lo llamaba como una sirena, el caos de los últimos días se disipó bajo un familiar y bienvenido manto de calma. Él navegó hasta una bahía perfecta para bucear y soltó el ancla. Paula nunca había buceado, otra cosa más que le enseñaría a hacer. Seguramente, ella no prestó toda la atención debida al paraíso submarino… No había hombre tan irresistiblemente atractivo como Pedro. El mar turquesa y los peces de colores brillantes que nadaban a su alrededor no eran rival para esos hombros fuertes, muslos poderosos, y una destreza en el agua que resultaba irresistible. 

jueves, 26 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 44

 —Te ayudaré a bajar.


—Gracias —ella le dedicó una sonrisa más brillante que el sol, que, tratándose de Grecia en julio, era mucho decir.


—¿Cómo te convertiste en artista? —preguntó él, seguro de que el inmenso alivio que había sentido al apartarla del peligro era normal.


—Apenas tuve elección. Es lo único que sé hacer. Mi único sobresaliente en la escuela fue en arte.


—¿Por qué?


—Por mi enfermedad, faltaba mucho a clase. El calendario de exámenes no era mi amigo.


—¿Nadie se dió cuenta?


—Éramos dos mil alumnos —contestó ella secamente, mientras volvían sobre sus pasos y se alejaban del acantilado—. Trescientos en mi curso. No existía la atención personalizada. Yo solo era una de tantas que pasaban desapercibidas.


Pedro trató de imaginarse algo así en el internado de élite de Inglaterra al que había asistido desde los ocho hasta los dieciocho años, y fracasó.


—¿Y tu padre?


—Desconsolado. Pero no importa —ella hizo un gesto desdeñoso con la mano, que hacía sospechar de lo contrario—. Nunca iba a poder mantener un trabajo convencional con la cantidad de bajas por enfermedad que tendría que pedir, así que no necesitaba ninguna cualificación.


—¿Fuiste a la escuela de arte?


—No. He hecho cursos, pero soy, básicamente, autodidacta. Conseguí una colección de obras, mientras trabajaba de camarera, y luego me abrí camino a golpe de talonario hasta las exposiciones.


—Eres tenaz.


—He tenido que serlo —ella asintió con ironía—. No siempre he tenido éxito, pero, por suerte, a la gente parece gustarle lo que hago. Más aún, me gusta a mí. Mi trabajo es versátil y variado, y me encanta. No mucha gente puede decir lo mismo.


—Cierto.


—¿Y tú? —Paula le lanzó una perturbadoramente penetrante mirada—. ¿Te gusta tu trabajo, Pedro?


«No especialmente». La respuesta no era buena, pero él la ignoró como hacía cada vez que el resentimiento por su destino asomaba su fea y vergonzosa cara. No tenía sentido preguntarse qué habría pasado si se hubiese negado a abandonar la universidad a mitad de curso, si hubiera dado la espalda a todo aquello para lo que le habían preparado, y perseguido su sueño de ganar la America’s Cup. Era CEO de una de las mayores y más exitosas empresas privadas del mundo. Tenía riqueza y poder. No tenía derecho a envidiar a los demás por poder elegir su propio camino. La envidia era destructiva y era ridículo lamentar algo que nunca había sido posible.


—Soy extremadamente bueno en esto —contestó, extrañamente incapaz de mentir sobre ello con la fluidez habitual.


—Eso no responde a la pregunta.


—¿No?


—O tal vez sí —ella asintió comprensiva—. El deber es importante para tí.


—Me inculcaron mi destino desde mi más tierna infancia.


—¿Qué habrías hecho si hubieras podido elegir?


—Habría navegado —contestó Pedro sin dudarlo—. Competitivamente.


—¿Tienes un barco? 


—Ya no.


—Qué pena.


—¿Por qué?


—Podríamos haberlo sacado mañana.


Mientras Pedro se detenía a inspeccionar unas ruinas al borde del anfiteatro, Paula se sentó en una roca y sacó su flamante cuaderno de dibujo de la mochila. Tras varios irritantes intentos de plasmar el paisaje que se extendía ante ella, se dió por vencida y se puso las gafas de sol para observar al hombre con el que se acostaba, una visión infinitamente más fascinante.

Retrato: Capítulo 43

Siendo realista, sabía que lo más probable era que no, era ridículo lo contenta que estaba con ese último avance. No cambiaba nada. No probaba nada. Pero el corazón bailaba en su pecho y apenas podía contener la sonrisa que amenazaba con dibujarse en su rostro. Pero debía tener cuidado, se dijo a sí misma mientras Pedro rellenaba su taza. No debía cometer el error de creer que lo que hacían era permanente. Con él era imposible una relación a largo plazo. Aunque pudiera cambiar sus sentimientos contradictorios sobre el compromiso y el amor, imposiblemente profundos, sexo aparte, ella estaba tan lejos de su tipo habitual como era posible. Bajar la guardia y enamorarse de él sería un billete de ida a la decepción y la desesperación. Tenía que vivir el presente y aprovecharlo al máximo.


—¿Qué te apetece hacer hoy? —preguntó él, leyéndole la mente.


El cuerpo de Paula quería volver a la cama porque, a pesar de todos los esfuerzos por saciarlo, el deseo ardía en su interior tan fuerte como siempre. Pero su cabeza pensaba que tal vez ayudaría salir fuera. Los últimos días, aunque gloriosos, habían sido intensos. No era de extrañar que hubiera perdido el sentido de la perspectiva. Regresar al mundo exterior podría darle la dosis de realidad que necesitaba para seguir centrada. Además, necesitaba un cuaderno de dibujo nuevo.


—Ya que estamos de vacaciones —observó ella, segura de que un cambio de aires era lo que necesitaba para mantener los pies en el suelo—, y hace una década que no viajaba al extranjero, me gustaría conocer la isla.



Aquella tarde, mientras observaba a Paula recorrer las ruinas de piedra caliza de un asentamiento del siglo XI a.C., Pedro concluyó que la idea de explorar había sido excelente. Si no lo había sugerido él mismo era solo porque, por primera vez en años, no pensaba con el cerebro. En ausencia de sexo, había podido concentrarse mejor en su plan de obtener respuestas sobre ella. Entre la miríada de detalles, extrañamente fascinantes, que había descubierto camino del yacimiento arqueológico de la antigua Thera, destacaba que llevaba mechas solo porque le gustaban los colores. Se había puesto el pequeño piercing de diamantes en la nariz para celebrar su primera venta y los pendientes porque, ¿Por qué no? Y vivía y trabajaba en Londres, en un luminoso estudio comprado con el dinero heredado de su madre. Llevaban una hora deambulando por las ruinas abandonadas de templos y casas con suelos de mosaico. Los grafitis milenarios eran fascinantes. Las vistas del mar, espectaculares. El teléfono de Pedro no había sonado ni una vez, una novedad que no sabía si le alegraba o inquietaba.


—Ojalá hubiera traído los pasteles —Paula se protegió los ojos del sol mientras, de pie sobre una roca demasiado elevada y cerca del borde del acantilado para gusto de Pedro, contemplaba el escarpado paisaje—. La profundidad y la intensidad de los colores podrían convencer al retratista más acérrimo para hacerse paisajista.


Retrato: Capítulo 42

 —¿Sigues ahí? —preguntó Federico, devolviéndolo a la conversación.


—Sí.


—¿Y?


—Me estoy tomando un tiempo personal —contestó Pedro mientras apagaba el fuego de la cafetera.


—¿Qué?


—Unos días libres. Un descanso.


—¿Ahora?


—Sí.


—¿Por cuánto tiempo?


—No mucho. Te mantendré informado. Mientras tanto, tú estás al mando. Ya sabes qué hacer. No hace falta que me consultes nada, pero no me decepciones.


Pedro colgó antes de que Federico empezara a hacer preguntas que él era incapaz de responder, como si hubiera perdido completamente la cabeza. Buscó una bandeja, pero se detuvo al sentir un cosquilleo en la piel, indicativo de que Paula estaba cerca.


—¿Quién era? —preguntó ella, entrando en la cocina con el bikini negro y la bata de seda rosa que llevaba la tarde que la conoció, responsable de tantas noches de insomnio.


—Federico. 


—¿Problemas en Atenas?


Si había problemas, no sería en Atenas, sino allí, en el aparentemente insaciable deseo que sentía por ella, que alteraba su comportamiento y ponía su vida patas arriba.


—Al contrario.


—¿Qué quieres decir?


—¿Tendrías que estar en algún otro sitio?


—No —ella sacudió la cabeza.


—¿Algo que hacer?


—No.


—Pues, al menos durante unos días más, yo tampoco.


—No lo entiendo —Paula frunció el ceño—. Creía que nos íbamos esta tarde.


—He puesto a Federico al frente de la empresa unos días.


—¿Hablas en serio? —ella lo miró boquiabierta.


—Sí. —Pedro le tendió el plato de cruasanes y el cuenco de yogur.


—¿Por qué?


—Porque —contestó él mientras salía al patio con la bandeja y se preguntaba por qué no estaba preocupado por entregar el mando a Federico, o por el trastorno que Paula estaba causando en su vida—, necesito vacaciones.


Paula necesitó todo el desayuno para superar la impresión que le produjo el anuncio de Pedro. Sintió el golpe de cafeína al entrar en su torrente sanguíneo, imposible no sentirlo con el café que él  preparaba, pero apenas probó el delicioso cruasán o el cremoso yogur endulzado con aromática miel. ¿Habría sido ella la causa de su decisión de tomarse un descanso? ¿Habrían hecho magia sus artes femeninas? ¿Podría la conversación del día anterior haberle hecho replantearse su relación con la responsabilidad y sus hermanos?

Retrato: Capítulo 41

 —Hay cosas peores —había contestado ligeramente a la defensiva.


—También hay cosas mejores.


No queriendo discutir, la había sentado en su regazo, dando por finalizada la conversación durante una hora. Sin embargo, las observaciones de Paula habían dado en el clavo. Su responsabilidad era aplastante, implacable y agotadora, y estaba harto de tener que apagar fuegos constantemente. ¿Y si, para variar, dejaba que sus hermanos se ocuparan de su madre?, pensó mientras su desconcertado hermano esperaba una respuesta al otro lado de la línea. Seguro que juntos podrían resolverlo. No tenía por qué ser él a quien Luciana y los demás acudieran siempre en busca de ayuda. ¿Por qué no podía delegar? Federico, teóricamente su segundo al mando, siempre le pedía que soltara las riendas. Estaría encantado de asumir más responsabilidades, aunque fuera temporalmente. De hecho, Pedro podría poner en práctica la nueva estrategia en ese mismo instante. Si instruía a su hermano para que llevara el timón durante un tiempo, podría permanecer en la isla con Paula, que aún disponía de unas semanas libres antes de viajar a Italia para su siguiente encargo. 


Si él se liberaba de responsabilidades externas, podría centrarse por completo en conocer a esa mujer. Federico tenía razón. Su comportamiento no era propio de él, pero los dos últimos días habían demostrado que el mundo giraba, aunque él no estuviera al mando las veinticuatro horas del día, y hacía años que no se tomaba un respiro. Nunca había abandonado el deber por el placer, y no dejaría el barco sin capitán. Solo que, durante unos días, ese capitán no sería él. No tenía por qué sentirse incómodo. Federico era muy competente y, aún más importante, estaría entusiasmado. Sería capaz de manejar todos los aspectos del negocio que exigían la atención del CEO. Y era lo bastante duro como para enfrentarse a Ana en caso necesario. Además, él tampoco iba a implicarse tanto con Paula, aunque existiera la posibilidad, que no existía. No le gustaba el nivel de caos del compromiso emocional, y ella no era en absoluto su idea de compañera de vida. Si llegaba a casarse, sería con alguien como él, alguien que no trastornara su existencia y que no esperara de él más de lo que estaba dispuesto a dar. Los polos opuestos se atraían, pero no eran felices. No había más que ver a sus padres. Su matrimonio había sido como un choque de trenes, caracterizado por los gritos de su madre y la frialdad de su padre, aunque los seis hijos que habían engendrado indicaban que no siempre había sido así. Pedro prefería una unión equilibrada, de respeto mutuo y compañerismo, a la pasión y el hielo. Pero había pasado más de una década cuidando de su familia y, pensándolo seriamente, se merecía pensar solo en sí mismo y, en el fondo, ansiaba disfrutar de un poco de diversión contenida e inofensiva. No era un capricho. Sabía lo que quería, y lo que hacía. Todo iría bien.


martes, 24 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 40

 —De acuerdo —ella sonrió a los ojos oscuros y brillantes, entusiasmada por lo que podrían depararle las siguientes cuarenta y ocho horas y, ojalá, muchas más.


—Bien.


Con una sonrisa satisfecha, Pedro saltó de la cama, hizo una serie de llamadas, todas en griego, y luego envió a buscar las pertenencias de Paula, que llegaron a la mañana siguiente.


Dos días después, a media mañana, el teléfono de Pedro sonó por enésima vez. Él dejó la cafetera sobre el fuego y sacó el móvil del bolsillo trasero de sus pantalones cortos. Era Federico. Resistiendo la tentación de rechazar la llamada y seguir preparando el desayuno, se recordó a sí mismo que seguía teniendo responsabilidades y pulsó el botón verde.


—Pedro —habló su hermano, tras saludarse—. ¿Dónde diablos estás y qué haces exactamente?


—Estoy en Santorini —respondió él mientras sacaba de una caja los cuatro cruasanes recién hechos que acababa de comprar—. Trabajo desde casa.


—Eso dijo tu ayudante. Lo que quiero saber es por qué.


—¿Por qué no?


Hubo una pausa, durante la cual Pedro sacó un yogur de la nevera.


—¿Estás enfermo? —preguntó Federico, preocupado.


—Nunca me he sentido mejor. ¿Por qué lo preguntas?


—Porque hace años que no trabajas desde casa. O nunca, ahora que lo pienso.


—Siguiendo tus instrucciones —contestó Pedro, pensando en Paula, durmiendo en el piso de arriba—. Me estoy relajando. Sin dejar de trabajar. Tú pareces conseguirlo.


—Claro… ¿Qué pasa?


—No pasa nada —aseguró él mientras volcaba el yogur en un cuenco—. ¿Qué pasa contigo?


—Suenas raro.


—Y tú confuso.


—Lo estoy. Tú no eres así. ¿Cuándo vuelves?


Pedro debería haber respondido «Mañana a primera hora», ya que solo les quedaba esa tarde. Pero no le salían las palabras. Porque lo cierto era que no quería volver a la realidad aún. Quería prolongar aún más la mini escapada con Paula, y no solo por el sexo. Había cosas sobre ella que cada vez le interesaban más saber. Por ejemplo, cómo se había convertido en artista. Por qué había elegido esos colores para el pelo y a qué se debían tantos pendientes y el piercing. Quería descubrir sus esperanzas, sus sueños, sus miedos… Para recordar, en caso necesario, por qué ella no le convenía. Desde que llegaran a la isla para embarcarse en un maratón sexual, las conversaciones habían sido escasas, impersonales e intrascendentes. Sin embargo, el día anterior, durante un almuerzo ligero junto a la piscina, ella le había preguntado sobre el imperio Stanhope Kallis, y habían acabado hablando de la dinámica de su familia.


—¿Por qué tienes que hacerlo todo tú? —le había preguntado, llevándose un dolmades a la boca.


—¿A qué te refieres? —él eligió una aceituna, la lanzó al aire y la atrapó en su boca, lo que le valió una sonrisa radiante y un breve aplauso.


—Tienes cinco hermanos —había señalado ella—. Todos trabajáis en la empresa de una forma u otra. Todos son hijos de Ana y ya son adultos. No tienes que ser tú quien cargue con toda la responsabilidad.


—No —había admitido Pedro. Curiosamente, nunca se le había ocurrido antes—. Es verdad. Pero es un papel que siempre me estuvo destinado y lo he desempeñado durante años. Renunciar al control es difícil.


—Renunciaste para tener sexo conmigo. Podrías hacerlo por otras cosas si quisieras.


Podría, en teoría, pero…


—Lo que yo quiera es irrelevante.


—Yo daría lo que fuera por tener a alguien con quien compartir el cuidado de los hijos —había asegurado ella—. Eres un maniático del control.


Pedro había asentido. Sospechaba que compartía demasiados genes lamentables con su madre y que su éxito como CEO se debía más a su fuerza de voluntad que a un talento innato.

Retrato: Capítulo 39

No iba a desaparecer durante un mes, solo estaría fuera de la oficina cuarenta y ocho horas máximo. Había estado en viajes de negocios más largos. Era improbable que ocurriera un desastre en tan poco tiempo y, si ocurría, siempre estaba al teléfono. Sus empleados, sus clientes, la junta directiva, nadie tenía por qué saber lo que hacía cuando no estaba en su despacho. Si Paula estaba de acuerdo, era un plan excelente desde el punto de vista personal y profesional, lo mejor de ambos mundos.


—Debería irme —suspiró su diosa, despegándose de él con una prometedora desgana.


—¿Eso quieres? —Pedro la tumbó boca arriba y la inmovilizó contra la cama.


La mirada esmeralda se encontró con la de él y el pulso en la base del cuello se agitó aceleradamente. Paula sacudió la cabeza, los colores de su cabello cálidos bajo el sol del atardecer, y él sintió un alivio absurdamente abrumador al saber que ella tampoco estaba saciada.


—Ahora mismo, no.


—Entonces no lo hagas.


Por supuesto que Paula aceptaría quedarse. Su única respuesta era «Sí, sí, sí». Abandonar Santorini, y a Pedro, había sido la única nota amarga de un magnífico fin de semana. No estaba preparada para irse. No solo había descubierto las maravillas del sexo, también estaba viviendo la aventura y la pasión de las que Ana le había hablado y que tanto había envidiado. El jet privado… La hermosa finca con su resplandeciente piscina infinita y la playa de guijarros… El guapo y enigmático multimillonario que la quemaba cada vez que la miraba, que le enseñaba fuegos artificiales y paciencia, lo que hiciera falta… ¿Por qué iba a querer renunciar a eso? No tenía nada urgente a lo que regresar. Su siguiente encargo no empezaría hasta pasado un tiempo. El puñado de compromisos sociales que tenía en la agenda eran fácilmente cancelables y el vecino que visitaba a su padre cada dos días la mantenía informada. Le quedaban unas dos semanas antes de que la realidad la golpeara con su dolor, pero para entonces ya habría desaparecido. Nadie había sido testigo del trauma que sufría cuando tenía la regla y nadie lo sería jamás. En esos momentos se sentía vulnerable, débil, una ruina. Pensar en la intimidad emocional que supondría tener a alguien presente le generó un nudo en la garganta y le revolvió el estómago. Leo, con sus tres hermanas, aseguraba que no se inmutaba por las cosas de chicas, pero incluso a él le impresionaría, y ella quería que la recordara como brillante y fuerte, como un momento loco y colorido en su, por lo demás, ordenada vida. Dispondría de poco más de una semana para jugar a ser Cenicienta, fingir que su vida no estaba gobernada por la endometriosis, pero era infinitamente mejor que la nada que había esperado.


—Mañana es lunes —observó ella—. ¿No tienes que trabajar?


—No necesito estar en la oficina. Podré quedarme uno o dos días más sin que la empresa implosione.


¿Solo uno o dos días más? Decepcionante. Insuficiente. Pero tal vez podría desplegar sus nuevas artimañas para persuadirle de que lo reconsiderara. Parecía estar de humor para cambiar de planes y, con el subidón que sentía ella, todo era posible. 

Retrato: Capítulo 38

 —Suelo estar en Atenas preparando reuniones.


—¿Cómo la fusión en Nueva York?


—Sí, aunque esa mañana la pasé dando vueltas por el apartamento, sintiéndome culpable.


—Lo has compensado con creces —aseguró Paula, preguntándose vagamente por qué le resultaba tan difícil dibujar esos pies—. No sabía que experimentar fuera tan gratificante.


—¿Cómo te sientes?


Menuda pregunta. Renunciando al dedo gordo del pie, Paula trató de formular una respuesta. Las últimas treinta y seis horas habían sido increíbles. Una vez superados sus miedos y desatada la pasión, había sido insaciable. Tantas posiciones. Tanto placer. No todo lo que habían probado había funcionado para ella, pero no había resultado incómodo en absoluto. Leo había sido infinitamente paciente, disparando su confianza, y ella había empezado a sopesar los pros y los contras de las aventuras efímeras y cuidadosamente programadas.


—Increíble —ella no sabría resumir todas las emociones que se agolpaban en su organismo—. Aliviada. Agradecida. Optimista. Muy contenta de haber aceptado tu proposición.


—Me refería físicamente.


Paula se sonrojó. Había olvidado que el fin de semana era más importante para ella que para él.


—Estoy dolorida. Pero en el buen sentido. He descubierto músculos y una resistencia que no sabía que tuviera.


—¿Te duele?


—No.


—Bien.


—¿Y tú? —preguntó ella, necesitando saber si él encontraba su inexperiencia excitante o tediosa, si solo era una buena causa para su complejo de héroe o si realmente la encontraba tan irresistible como ella a él.


—¿Yo? —Pedro arqueó una ceja oscura.


Ella asintió.


—Me siento muy bien —contestó con una sonrisa seductora que, para alivio de ella, sugería que no se había limitado a practicar unos movimientos mecánicamente—. Ven, te lo demostraré.



Pedro se sentía muy bien, completamente satisfecho. El domingo por la tarde, comprendió que un fin de semana no bastaría, que necesitaba más tiempo con Paula. Quería más de ese sexo asombrosamente ingenioso, tan increíble como había anticipado, posiblemente incluso mejor. La primera vez había sido lenta y cuidadosa. Tras descubrir de lo que su cuerpo era capaz, empoderada, ella había abrazado la experimentación con un entusiasmo que él jamás habría imaginado. La facilidad y rapidez con que adquiría nuevas habilidades era impresionante. El brillante manejo de los pasteles no era el único talento de sus manos, y las cosas que hacía con la boca… Theos. Ella le había hecho perder el control, varias veces, algo nuevo para él, pero a pesar de su malestar inicial, no había motivo para preocuparse. Nadie había resultado herido y, hasta donde él sabía, el mundo no se había acabado. Y por eso no le importaba alargar el fin de semana un día o dos.