Siendo realista, sabía que lo más probable era que no, era ridículo lo contenta que estaba con ese último avance. No cambiaba nada. No probaba nada. Pero el corazón bailaba en su pecho y apenas podía contener la sonrisa que amenazaba con dibujarse en su rostro. Pero debía tener cuidado, se dijo a sí misma mientras Pedro rellenaba su taza. No debía cometer el error de creer que lo que hacían era permanente. Con él era imposible una relación a largo plazo. Aunque pudiera cambiar sus sentimientos contradictorios sobre el compromiso y el amor, imposiblemente profundos, sexo aparte, ella estaba tan lejos de su tipo habitual como era posible. Bajar la guardia y enamorarse de él sería un billete de ida a la decepción y la desesperación. Tenía que vivir el presente y aprovecharlo al máximo.
—¿Qué te apetece hacer hoy? —preguntó él, leyéndole la mente.
El cuerpo de Paula quería volver a la cama porque, a pesar de todos los esfuerzos por saciarlo, el deseo ardía en su interior tan fuerte como siempre. Pero su cabeza pensaba que tal vez ayudaría salir fuera. Los últimos días, aunque gloriosos, habían sido intensos. No era de extrañar que hubiera perdido el sentido de la perspectiva. Regresar al mundo exterior podría darle la dosis de realidad que necesitaba para seguir centrada. Además, necesitaba un cuaderno de dibujo nuevo.
—Ya que estamos de vacaciones —observó ella, segura de que un cambio de aires era lo que necesitaba para mantener los pies en el suelo—, y hace una década que no viajaba al extranjero, me gustaría conocer la isla.
Aquella tarde, mientras observaba a Paula recorrer las ruinas de piedra caliza de un asentamiento del siglo XI a.C., Pedro concluyó que la idea de explorar había sido excelente. Si no lo había sugerido él mismo era solo porque, por primera vez en años, no pensaba con el cerebro. En ausencia de sexo, había podido concentrarse mejor en su plan de obtener respuestas sobre ella. Entre la miríada de detalles, extrañamente fascinantes, que había descubierto camino del yacimiento arqueológico de la antigua Thera, destacaba que llevaba mechas solo porque le gustaban los colores. Se había puesto el pequeño piercing de diamantes en la nariz para celebrar su primera venta y los pendientes porque, ¿Por qué no? Y vivía y trabajaba en Londres, en un luminoso estudio comprado con el dinero heredado de su madre. Llevaban una hora deambulando por las ruinas abandonadas de templos y casas con suelos de mosaico. Los grafitis milenarios eran fascinantes. Las vistas del mar, espectaculares. El teléfono de Pedro no había sonado ni una vez, una novedad que no sabía si le alegraba o inquietaba.
—Ojalá hubiera traído los pasteles —Paula se protegió los ojos del sol mientras, de pie sobre una roca demasiado elevada y cerca del borde del acantilado para gusto de Pedro, contemplaba el escarpado paisaje—. La profundidad y la intensidad de los colores podrían convencer al retratista más acérrimo para hacerse paisajista.
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