No iba a desaparecer durante un mes, solo estaría fuera de la oficina cuarenta y ocho horas máximo. Había estado en viajes de negocios más largos. Era improbable que ocurriera un desastre en tan poco tiempo y, si ocurría, siempre estaba al teléfono. Sus empleados, sus clientes, la junta directiva, nadie tenía por qué saber lo que hacía cuando no estaba en su despacho. Si Paula estaba de acuerdo, era un plan excelente desde el punto de vista personal y profesional, lo mejor de ambos mundos.
—Debería irme —suspiró su diosa, despegándose de él con una prometedora desgana.
—¿Eso quieres? —Pedro la tumbó boca arriba y la inmovilizó contra la cama.
La mirada esmeralda se encontró con la de él y el pulso en la base del cuello se agitó aceleradamente. Paula sacudió la cabeza, los colores de su cabello cálidos bajo el sol del atardecer, y él sintió un alivio absurdamente abrumador al saber que ella tampoco estaba saciada.
—Ahora mismo, no.
—Entonces no lo hagas.
Por supuesto que Paula aceptaría quedarse. Su única respuesta era «Sí, sí, sí». Abandonar Santorini, y a Pedro, había sido la única nota amarga de un magnífico fin de semana. No estaba preparada para irse. No solo había descubierto las maravillas del sexo, también estaba viviendo la aventura y la pasión de las que Ana le había hablado y que tanto había envidiado. El jet privado… La hermosa finca con su resplandeciente piscina infinita y la playa de guijarros… El guapo y enigmático multimillonario que la quemaba cada vez que la miraba, que le enseñaba fuegos artificiales y paciencia, lo que hiciera falta… ¿Por qué iba a querer renunciar a eso? No tenía nada urgente a lo que regresar. Su siguiente encargo no empezaría hasta pasado un tiempo. El puñado de compromisos sociales que tenía en la agenda eran fácilmente cancelables y el vecino que visitaba a su padre cada dos días la mantenía informada. Le quedaban unas dos semanas antes de que la realidad la golpeara con su dolor, pero para entonces ya habría desaparecido. Nadie había sido testigo del trauma que sufría cuando tenía la regla y nadie lo sería jamás. En esos momentos se sentía vulnerable, débil, una ruina. Pensar en la intimidad emocional que supondría tener a alguien presente le generó un nudo en la garganta y le revolvió el estómago. Leo, con sus tres hermanas, aseguraba que no se inmutaba por las cosas de chicas, pero incluso a él le impresionaría, y ella quería que la recordara como brillante y fuerte, como un momento loco y colorido en su, por lo demás, ordenada vida. Dispondría de poco más de una semana para jugar a ser Cenicienta, fingir que su vida no estaba gobernada por la endometriosis, pero era infinitamente mejor que la nada que había esperado.
—Mañana es lunes —observó ella—. ¿No tienes que trabajar?
—No necesito estar en la oficina. Podré quedarme uno o dos días más sin que la empresa implosione.
¿Solo uno o dos días más? Decepcionante. Insuficiente. Pero tal vez podría desplegar sus nuevas artimañas para persuadirle de que lo reconsiderara. Parecía estar de humor para cambiar de planes y, con el subidón que sentía ella, todo era posible.
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