jueves, 26 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 41

 —Hay cosas peores —había contestado ligeramente a la defensiva.


—También hay cosas mejores.


No queriendo discutir, la había sentado en su regazo, dando por finalizada la conversación durante una hora. Sin embargo, las observaciones de Paula habían dado en el clavo. Su responsabilidad era aplastante, implacable y agotadora, y estaba harto de tener que apagar fuegos constantemente. ¿Y si, para variar, dejaba que sus hermanos se ocuparan de su madre?, pensó mientras su desconcertado hermano esperaba una respuesta al otro lado de la línea. Seguro que juntos podrían resolverlo. No tenía por qué ser él a quien Luciana y los demás acudieran siempre en busca de ayuda. ¿Por qué no podía delegar? Federico, teóricamente su segundo al mando, siempre le pedía que soltara las riendas. Estaría encantado de asumir más responsabilidades, aunque fuera temporalmente. De hecho, Pedro podría poner en práctica la nueva estrategia en ese mismo instante. Si instruía a su hermano para que llevara el timón durante un tiempo, podría permanecer en la isla con Paula, que aún disponía de unas semanas libres antes de viajar a Italia para su siguiente encargo. 


Si él se liberaba de responsabilidades externas, podría centrarse por completo en conocer a esa mujer. Federico tenía razón. Su comportamiento no era propio de él, pero los dos últimos días habían demostrado que el mundo giraba, aunque él no estuviera al mando las veinticuatro horas del día, y hacía años que no se tomaba un respiro. Nunca había abandonado el deber por el placer, y no dejaría el barco sin capitán. Solo que, durante unos días, ese capitán no sería él. No tenía por qué sentirse incómodo. Federico era muy competente y, aún más importante, estaría entusiasmado. Sería capaz de manejar todos los aspectos del negocio que exigían la atención del CEO. Y era lo bastante duro como para enfrentarse a Ana en caso necesario. Además, él tampoco iba a implicarse tanto con Paula, aunque existiera la posibilidad, que no existía. No le gustaba el nivel de caos del compromiso emocional, y ella no era en absoluto su idea de compañera de vida. Si llegaba a casarse, sería con alguien como él, alguien que no trastornara su existencia y que no esperara de él más de lo que estaba dispuesto a dar. Los polos opuestos se atraían, pero no eran felices. No había más que ver a sus padres. Su matrimonio había sido como un choque de trenes, caracterizado por los gritos de su madre y la frialdad de su padre, aunque los seis hijos que habían engendrado indicaban que no siempre había sido así. Pedro prefería una unión equilibrada, de respeto mutuo y compañerismo, a la pasión y el hielo. Pero había pasado más de una década cuidando de su familia y, pensándolo seriamente, se merecía pensar solo en sí mismo y, en el fondo, ansiaba disfrutar de un poco de diversión contenida e inofensiva. No era un capricho. Sabía lo que quería, y lo que hacía. Todo iría bien.


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