jueves, 27 de noviembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 20

Aquellas Navidades, como su madre se había ido de viaje con su nuevo marido, había claudicado al ruego de Luciana de que pasara esos días con ella en Dublín, en casa de su familia. Cuando Pedro, que estaba fuera, se había presentado de improviso en la fiesta del día de Navidad, Paula se puso hecha un manojo de nervios. La había fascinado el día que lo había conocido, unos años antes, cuando había acompañado a Luciana a visitar a su familia. Desde aquel día había vuelto a verlo de cuando en cuando, y con el paso de los años esa admiración se había convertido en un amor platónico de dimensiones monumentales. La noche de la fiesta era la primera vez en meses, tras acompañar a Luciana al funeral de su padre, que volvía a ver a Pedro, y lo había encontrado aún más guapo y carismático. Ella llevaba un vestido que le había prestado Luciana, demasiado corto y ajustado para su gusto, y se había pasado toda la velada evitando la mirada de él, y tirándose del vestido hacia abajo para taparse un poco los muslos. Cuando todos se habían retirado a descansar, a ella, que estaba agitada y no tenía ni pizca de sueño, no se le había ocurrido nada mejor que bajar a la biblioteca, donde había tenido la mala suerte de encontrarse a Pedro. Le había ofrecido una copa, y allí, a solas, mirándolo a los ojos, había ocurrido algo inesperado. De pronto había tenido la impresión de que, por primera vez, no estaba mirándola como a una chiquilla, sino como a una adulta, y aquella revelación la había desinhibido más que un vaso de vodka. Por primera vez en su vida había sentido confianza en sí misma, en sus armas de mujer, la clase de confianza que fingía todos los días para los fotógrafos y en la pasarela. Estaba cansada de fingir; quería saber cómo era tener de verdad esa confianza. Con esa recién descubierta confianza en sí misma, un impulso temerario se apoderó de ella: Dió un paso hacia Pedro, le dijo que lo deseaba, y lo besó.


En ese momento, al recordarlo diez años después, no pudo evitar contraer el rostro. ¿Cómo podía haber hecho algo así de estúpido? Pero el caso era que lo había hecho, lo había besado, y, cuando Pedro había respondido al beso, había tenido en ella el efecto del más potente afrodisíaco. La había atraído hacia sí y las llamas de la pasión la habían engullido por completo, haciendo que se apretara contra él. Solo cuando él había empezado a levantarle el vestido, había vuelto de golpe a la realidad. Se había quedado paralizada, porque ella no tenía ninguna experiencia, y sabía cuáles eran las intenciones de él, cuya erección había notado contra su vientre. Al ver su cara de susto él se había apartado de inmediato, agarrándola por los hombros, y la había mirado con ojos relampagueantes. Ella había bajado la vista, muerta de vergüenza, pero él la había tomado por la barbilla para que lo mirara a la cara, y le había preguntado con crudeza:


–¿Eres virgen, Paula?


Le dió un vuelco el corazón solo de recordarlo. Así, de un plumazo, su romanticismo había quedado hecho trizas. Humillada y con las mejillas ardiendo, le había contestado que sí. Él se había vuelto hacia la chimenea encendida, y había permanecido así largo rato, de espaldas a ella. Solo la respiración agitada de ambos rompía el silencio, y a Paula le palpitaban los oídos con los fuertes latidos de su corazón. Ella había hecho un esfuerzo por recobrar la compostura, un mínimo de dignidad ante el hecho, más que obvio, de que estaba rechazándola. Finalmente, Pedro se había girado de nuevo hacia ella, rígido y altivo, y le había dicho:


–Mira, Paula, no sé qué acaba de pasar, pero yo no voy por ahí tirándome a las amigas de mi hermana. No eres más que una niña; ¿En qué diablos estabas pensando?


A ella se le habían saltado las lágrimas. ¿Cómo podía ser tan injusto? Hacía solo un momento habían estado besándose como si no fuese a haber un mañana… Entonces se había preguntado si no habría malinterpretado su reacción, si no habría estado tan en las nubes que no se había dado cuenta de que él había estado intentando apartarla. De repente se había sentido terriblemente vulnerable. Tenía que protegerse de algún modo, y por eso había hecho de tripas corazón, y había puesto en práctica aquello en lo que la había instruido su madre durante años y que ella detestaba: ocultar sus emociones, mostrarse indiferente, distante.


–Mira, Pedro, no es para tanto. Yo solo quería… Solo quería besarte. Quería perder mi virginidad y… Bueno, como te conozco y pensé que…


Pedro había dado un paso atrás, como si lo hubiera disparado, y la había mirado de un modo gélido.


–¿Qué?, ¿Que te serviría porque estaba a mano y disponible? Ya veo que no te cortas –el rostro de Pedro se había tornado inescrutable, como una máscara de piedra–. ¿Sabes?, tiene gracia –murmuró–. Por un momento había creído que eras diferente a las demás… –sacudió la cabeza–. Pero las mujeres nunca dejan de sorprenderme. Incluso una virgen como tú… –tomó su chaqueta de la silla donde la había dejado, y en un tono tan frío que hizo a Paula estremecerse por dentro, añadió–: Búscate a un chico de tu edad. Será más comprensivo y más amable que yo –le levantó la barbilla, para que lo mirara–. Y, cuando hayas acabado con él, ten compasión con los que vengan después. Es evidente que vas camino de convertirte en una seductora consumada; me siento como si acabara de ver a la versión adulta de la mujer que un día serás.


Apenas una semana después de esas devastadoras palabras, antes de que pudiera remendar su maltrecha dignidad, se enteró por Luciana de que la ex novia sudamericana de Pedro, Estefanía, estaba embarazada y que él era el padre. Al poco empezaron a correr rumores de que volvían a estar juntos y de que iban a casarse, y unos meses después acabaron confirmándose.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 19

 –En el colegio de Catalina tienen que hacer unas reformas que no pueden posponer, y les han dado unos días de vacaciones. Nos vamos pasado mañana a nuestra casa de la Martinica, y me gustaría que nos acompañaras.


Paula se sintió palidecer. Dió un paso atrás y sacudió la cabeza.


–Sabes por qué te lo estoy pidiendo, Paula. Y debes saber que, si me dices que no, si insistes en volver mañana a Nueva York, no cambiará nada. No voy a dejarte escapar. No cuando hay asuntos pendientes entre nosotros. No cuando es algo que los dos deseamos –dijo poniéndole una mano en la mejilla.


De inmediato, una oleada de calor la invadió, y sintió como si el aire se cargara de electricidad. Pedro no iba a darse por vencido, pero ella no podía entregarle todo el control. Apartó su mano y volvió a retroceder.


–Me voy a la cama; mi vuelo sale a las once y tengo que estar un par de horas antes en el aeropuerto.


Pedro decidió cambiar de táctica.


–Estos días que he estado fuera, cuando he hablado por teléfono con Cata, la he notado mucho más relajada, y es gracias a tí.


A Paula se le encogió el corazón, pero volvió a sacudir la cabeza.


–Pedro, por favor, no sigas por ahí…


–Mira, Paula, me has hecho un favor enorme quedándote con Cata, y sé que ahora tienes unos días libres. Vamos, seguro que hace meses que no te tomas unas vacaciones de verdad. Esta mañana hablé con ella por teléfono y se lo comenté, y dijo que le encantaría que nos acompañaras. Si no te ha dicho nada es porque le pedí que no lo hiciera hasta que no hubiera hablado contigo. Consúltalo con la almohada y dame una respuesta por la mañana.


Su tono no admitía discusión. Era arrogancia en estado puro. Paula apretó los labios.


–Dátela tú; yo mañana me vuelvo a Nueva York –le espetó, y abandonó el salón, dejándolo con la palabra en la boca.


Pedro se quedó plantado un buen rato donde estaba, mirando la puerta abierta por la que había salido Paula. Aún se le hacía raro tenerla allí, en su casa, y haberla dejado al cuidado de Catalina. La había permitido adentrarse en un espacio de su intimidad, el de su familia y su hogar, que hasta entonces había sido terreno vedado para las mujeres con las que había salido. Y ni siquiera su ex mujer había tenido la omnipresencia que Paula estaba empezando a tener en su mente, ya fuera despierto o en sueños. Intentó racionalizar el momento en que el día anterior, estando en Nueva York en medio de una importante reunión, no había hecho más que distraerse, pensando en ella, y se le había ocurrido la brillante idea de invitarla a pasar esas vacaciones en la Martinica con Catalina y con él. No lo había hecho solo por su propio interés, se dijo. También lo había hecho por Cata. A medida que su hija crecía, estaba empezando a ser más consciente de que no contaba con un referente femenino sólido en su vida. Cuando le había mencionado su idea, la pequeña había reaccionado con un entusiasmo que hacía semanas que no había demostrado por nada. De hecho, el cambio que se había producido en ella en esos días lo había convencido de que dejarla con Paula había sido una buena decisión. Sin embargo, no podía negar que, a pesar de esa noble intención, a su repentino interés por que los acompañara subyacía otra mucho menos honorable: La quería en su cama, debajo de él. Al recordar el modo en que había reaccionado a su invitación, se preguntó si no estaría jugando al gato y al ratón con él, poniéndoselo difícil. O tal vez fuera una revancha por aquella vez que él la había rechazado, años atrás. Esos pensamientos le provocaron una punzada de decepción, aunque no habría sabido explicar por qué le dolía aceptar que Paula pudiese tener esa clase de comportamiento calculador cuando era lo que esperaría de cualquier otra mujer. ¿Acaso ella era diferente? 


Con la primera luz del alba entrando por la ventana y un nudo en el estómago, Paula miraba abstraída el techo, echada en la cama. Apenas había pegado ojo en toda la noche después de la increíble invitación de Pedro. ¡Que lo consultara con la almohada, le había dicho! ¡Como si siquiera tuviera que pensárselo! Ni de broma iba a ir a una isla tropical paradisíaca para darse un revolcón con él. Sin embargo, aunque lo tenía muy claro, en vez de estar serena por saber que la decisión correcta era decirle que no, se encontró recordando lo de aquella noche, diez años atrás. Por aquel entonces, a los dieciocho años, aunque ya llevaba un par de años viviendo en Londres y trabajando como modelo, no tenía seguridad en sí misma. Pero sí contaba con una ventaja: Desde muy niña había aprendido el arte de proyectar una imagen madura y digna, y la utilizaba como una armadura, para protegerse del mundo.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 18

Cuando los labios de Pedro tomaron los suyos, el efecto fue tan inmediato como acercar una cerilla encendida a un montón de yesca, y Paula se sintió húmeda de repente. Él había tomado su rostro entre ambas manos, y sus labios no le daban tregua, igual que su lengua, pero ella era tan insaciable como Pedro. Le rodeó el cuello con los brazos y enredó los dedos en su corto y sedoso cabello. El corazón le martilleaba contra las costillas cuando las manos de Pedro descendieron hasta sus nalgas para apretarla todavía más contra él. Poco después, esas mismas manos le desabrocharon la camisa, y pronto estuvieron rozando su piel, la curva de sus senos… No protestó. Impaciente por tocarlo a él también, le quitó la camisa, la arrojó a un lado y deslizó las manos por su torso desnudo. Los labios de Pedro abandonaron los suyos para dibujar a fuego un rastro de besos por su cuello. Kate se echó hacia atrás, apoyándose en el brazo de Pedro que le rodeaba la cintura, y la boca de él alcanzó la curva superior de uno de sus senos. Los pezones casi le dolían de lo excitada que estaba, y, cuando él tiró hacia abajo de una de las copas del sujetador para dejar el pecho al descubierto, se le cortó el aliento. Él lo tomó en su mano y frotó con el pulgar su pezón. Paula se mordió el labio inferior y bajó la vista.


–Precioso… –murmuró Pedro, devorando con los ojos el pecho desnudo con su sonrosada areola y el pezón endurecido.


Bajó la cabeza para tomar el pezón en su boca, y Paula profirió un largo gemido, a medio camino entre el tormento y el éxtasis, cuando empezó a succionarlo. Sin embargo, en medio de aquel delirio sensual su conciencia le recordó que aquello no debería estar pasando, que se había jurado que no iba a pasar. La mano de Pedro estaba ya a punto de desabrocharle los vaqueros, y tuvo que luchar contra el fiero deseo que la consumía.


–No… No, Pedro. Para –le dijo asiéndolo por los brazos para detenerlo.


Él la miró, jadeante, y con el fulgor del deseo en los ojos. Paula dejó caer las manos.


–No podemos hacer esto –le insistió, poniéndose de pie. Le temblaban las piernas y se sentía mareada–. ¿Y si Catalina llega a despertarse y nos pilla? –murmuró, dándole la espalda mientras se ponía bien el sujetador y se abrochaba la camisa.


–Eso no tendría por qué haber pasado. Si no me hubieses hecho parar, habríamos acabado enseguida –dijo Pedro–. Pero supongo que tienes razón; éste no es el momento ni el lugar.


Sus palabras no podrían haber sido más humillantes para Paula. ¿Eso era lo único en lo que había estado pensando?, ¿En un «Aquí te pillo, aquí te mato»?


–Sí, y no volverá a pasar –le espetó enfadada.


Pedro la agarró del brazo y la hizo girarse hacia él. Sus ojos relampagueaban.


–¿Cómo puedes decir eso después de lo que acaba de ocurrir?


Una expresión vulnerable asomó a los ojos de Paula, y esa mirada hizo que Pedro se diese cuenta de que aquello se le estaba yendo de las manos. Le soltó el brazo. La verdad era que, si no lo hubiese detenido, la habría hecho suya allí mismo, en el salón, como un adolescente que no podía esperar. ¿Qué había sido de Pedro, el seductor sofisticado?, ¿De su enfoque lógico y pragmático de tales asuntos? Había tenido que ser Paula quien le recordase que antes de nada debía pensar en su hija. Ella observó en silencio a Pedro, que estaba recogiendo su camisa del suelo para volver a ponérsela, y bajó la vista mientras se la abrochaba, haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas. Se sentía tan agitada como si hubiese habido un terremoto. ¿Cómo podía ser tan débil, cómo podía ser que él tuviese el efecto que tenía sobre ella?


–Paula…


Trató de recobrar la compostura antes de alzar la vista, y rogó por que su expresión no le dejara entrever el torbellino de emociones que se revolvían en su interior.


–No pretendía saltar sobre tí en cuanto entré por la puerta ni nada de eso…, Pero ya has visto lo que pasa cuando estamos juntos…


–Yo…


Las facciones de Pedro se endurecieron.


–No lo niegues, Paula. Por lo menos no lo niegues.


Paula apretó los labios. No, no podía negar la atracción que había entre los dos.


Pedro le dió la espalda y dió unos pasos por el salón antes de volver sobre ellos y ponerse frente a ella con el ceño fruncido.


–Iba a preguntártelo mañana, pero supongo que da igual que lo haga ahora.


–¿Preguntarme qué? –inquirió ella nerviosa.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 17

La tela de los pantalones de Pedro estaba estirada en torno a sus atléticos muslos, y un rastro de sedoso vello oscuro descendía desde el ombligo y se perdía bajo la hebilla del cinturón. Su torso también estaba cubierto de vello, y de pronto Kate sintió un impulso casi irresistible por saber cómo sería apretar contra su pecho sus senos desnudos. Con dedos algo temblorosos, abrió la caja de tiritas para sacar una, y rogó por que él no se diera cuenta de lo acalorada que estaba.


De lo que Pedro sí se había dado cuenta, era de la tentadora visión que le estaba ofreciendo, inclinada como estaba, de su escote. Por lo que podía entrever llevaba un sencillo sujetador blanco, y sus voluptuosos senos parecían increíblemente suaves y tenían una forma perfecta. El dulce perfume que llevaba lo asaltaba cada vez que se movía, y sus piernas parecían interminables con aquellos vaqueros. Cierta parte de su cuerpo estaba empezando a animarse. Si a Paula se le ocurriese bajar la vista… Apretó los dientes para intentar controlarse, y sintió como se tensaban los músculos de su mandíbula mientras las suaves manos de ella fijaban la tirita sobre la herida. Su cabello había caído hacia delante, y estaba haciéndole cosquillas en el estómago.


–Ya está –murmuró Paula, y a Pedro le pareció que le temblaba la voz.


La asió por los codos, atrayéndola un poco más hacia sí, y cerró un poco las piernas, para atraparla entre ellas. Paula abrió mucho los ojos, y el ver como se dilataban sus pupilas no hizo sino excitarlo más aún.


–Aún no… –le respondió con la voz ronca por el deseo–. Deberías besar la herida para que se cure pronto.


Paula se sentía como si estuviese ardiendo por dentro. No podía apartar sus ojos de los de Pedro; la atraían como un imán. El tiempo se detuvo. Estaba tan cerca de él… Si se moviese un poco hacia delante… No, tenía que parar aquella locura. Tenía que recordar que la había manejado como a una marioneta para que fuera a Madrid y seducirla. Tenía que recordar que se había prometido a sí misma que sería fuerte. No podía permitir que aquello ocurriera… Tragó saliva con dificultad.


–Pedro, ya no tienes cuatro años –le dijo, pero su voz sonó débil y patética.


–Me he clavado tu aguja –protestó él–. Es lo menos que puedes hacer por mí.


A Paula le latía el corazón tan deprisa que estaba segura de que él podría oírlo. Las manos que la asían por los codos permanecían firmes; no iba a soltarla. Y ella, que se notaba temblonas las piernas, temía perder el equilibrio si intentase apartarse de él. No recordaba haber vivido nunca un momento tan erótico. Con la garganta tan seca que parecía papel de lija, le dijo finalmente:


–Un beso… ¿Y me dejarás marchar?


Sin despegar sus ojos de los de ella, Pedro asintió. Paula bajó la vista a la tirita que acababa de colocarle. Entrelazó las manos a la espalda, como para no caer en la tentación de recorrer con sus manos los músculos de su firme estómago. Se inclinó, y vaciló cuando estaba solo a unos milímetros de la tirita. La piel aceitunada y tersa de Tiarnan parecía estar suplicando que la tocara, que la besara. Y seguro que sería cálida, muy cálida. Apretó los labios entreabiertos contra ella, justo encima de la tirita. Cuando oyó a Pedro aspirar por la boca, como excitado, no pudo contenerse y sacó la punta de la lengua para lamer su piel. Tenía un sabor algo salado, y una ráfaga de deseo se desató en su interior con la fuerza de una llamarada. Se moría por explorar el resto de su cuerpo… No, no podía hacer aquello. Sacando fuerzas de flaqueza logró erguirse, pero él la agarró por los brazos y, cuando tiró de ella hacia sí, la pilló desprevenida y perdió el equilibrio, precipitándose sobre él. Quedó a su merced, con el pecho aplastado contra su torso y, lo que era peor, con la erección más que evidente de Pedro contra su vientre.


–Dijiste que solo sería un beso –le recordó desesperada.


Pedro le rodeó la cintura con un brazo, atrayéndola aún más hacia sí, y le puso la mano libre en la nuca. Era su prisionera.


–Te mentí.

martes, 25 de noviembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 16

Paula sabía que estaba soñando, pero no quería despertarse. Era un sueño demasiado maravilloso: Unos labios estaban moviéndose suavemente sobre los suyos, tentadores, como tratando de empujarla a responder a aquel beso. Se dejó llevar, imaginándose que era Pedro quien la besaba. Era tan agradable que se le escapó un suspiro y entreabrió los labios. Le pareció oír un profundo gemido de aprobación, que pareció recorrer todo su cuerpo, haciendo que los pezones se le endurecieran. Cuando la lengua de su amante onírico se insinuó dentro de su boca para explorarla, sonrió, e hizo una atrevida incursión con la suya, enroscándola sensualmente con la de él mientras se arqueaba, pidiendo más. En medio del sueño recordó que estaba en Madrid, en casa de Pedro, esperando a que volviera de Nueva York, y como si esos pensamientos la devolvieran al mundo de la consciencia, de pronto se dió cuenta de que no estaba soñando, de que lo que estaba pasando era real. Abrió los ojos, con el corazón desbocado y la respiración agitada. Los ojos azules de Pedro estaban mirándola. Despegó sus labios de los de ella y levantó la cabeza. Paula, que tenía las manos en sus hombros, intentó apartarlo, aunque sin éxito.


–¿Qué crees que estás haciendo? –lo increpó furiosa.


Volvió a empujarlo, pero Pedro era como una roca. Sus labios se curvaron en una sonrisa petulante.


–Despertarte con un beso.


A Paula le ardían las mejillas.


–El que estuviera dormida no te da derecho a aprovecharte de mí.


Pedro la miró divertido.


–Paula, te aseguro que no… –le dijo incorporándose, pero de pronto dió un respingo, como un gato escaldado, y su rostro se contrajo de dolor–. ¿Qué diablos…? –masculló bajando la vista a algo que sostenía en su mano izquierda.


Paula bajó la vista también, y, al ver lo que era, no pudo evitar sonreír con malévola satisfacción. Para que aprendiera…, se dijo. Se incorporó también y le quitó de la mano el objeto en cuestión.


–Es una aguja de hacer punto –le señaló el suelo, donde yacía un ovillo de lana y la labor que había estado haciendo antes de que llegara. Debía de habérsele caído del regazo al quedarse dormida–. Estoy tejiéndole una rebequita a Martina, para dársela a Luciana y a Daniel como regalo de Navidad.


Pedro no parecía estar escuchándola; estaba mirando hacia abajo y tenía la mano derecha en el costado. Paula bajó la vista, y se dio cuenta de que tenía un pequeño desgarrón en la camisa y una mancha oscura.


–Pedro… Estás sangrando…


Él apretó los labios.


–Me la he clavado.


Presa del pánico, Paula le abrió la parte de abajo de la camisa de un tirón que hizo que saltaran un par de botones. La herida era solo una pequeña punción, pero seguía saliendo sangre, y al alzar la vista vió que Pedro se había puesto pálido. Demasiado asustada como para burlarse de él por su aversión a la sangre, fue al cuarto de baño a por el botiquín de primeros auxilios.


–No sabes cómo lo siento, Pedro… No me había acordado de que la aguja estaba ahí –murmuró cuando volvió a sentarse a su lado, mientras le desabrochaba el resto de la camisa.


Se notaba temblando por dentro del susto. Él se limitó a contestar con un gruñido, y Paula se puso a curarle la herida. Mientras se la limpiaba con algodón humedecido en alcohol, lo miró a hurtadillas y vió que le había vuelto el color, y que sus ojos brillaban divertidos.


–O sea que… ¿Haces punto? –le preguntó enarcando una ceja, como con incredulidad.


Ella esbozó una sonrisa.


–No es más que un entretenimiento, algo con lo que pasar el tiempo mientras espero mi turno cuando participo en un desfile, o cosas así.


–Ya. Porque leer un libro sería demasiado aburrido, supongo – la picó él.


Paula sonrió de nuevo.


–No podría hacer eso –bromeó–. Sería tirar por tierra el estereotipo de que las modelos tenemos la cabeza hueca.


Los dos cruzaron una mirada divertida, y de pronto Paula fue consciente de que Pedro estaba recostado en el sofá, con la camisa abierta y ese impresionante torso al descubierto. Distraída por esos pensamientos, apretó más de lo que pretendía el algodón, y él contrajo el rostro.


–Perdona –murmuró, levantando el algodón para ver si la herida había parado de sangrar.


Para su alivio, así era, y no parecía que la aguja hubiese llegado muy adentro. Y ya que su preocupación se había disipado, en lo único en lo que podía pensar en ese momento era en que estaba de pie entre las piernas abiertas de Pedro, e inclinada sobre su torso desnudo.


Curaste Mi Corazón: Capítulo 15

 –Lo único que hice fue sugerirle tu nombre a mi amigo, eso es todo –continuó Pedro, como si lo que había hecho fuese perfectamente razonable–. Quería que volviéramos a vernos para demostrarte que lo que te dije en San Francisco iba en serio. Y luego tenía la esperanza de que aceptaras cenar conmigo en Nueva York, darme una oportunidad.


Paula sacudió la cabeza.


–Mira, ya te lo he dicho: Me ofrezco a quedarme con Catalina hasta que vuelvas. Pero aparte de eso no…


Pedro le puso un dedo en los labios para interrumpirla.


–Piénsalo, ¿Quieres? Es lo único que te pido.


Paula lo miró largo rato a los ojos hasta que finalmente, sintiéndose débil, asintió levemente con la cabeza. Pedro pareció darse por satisfecho.


–Bien. Y gracias por ofrecerte a cuidar de Cata.


Le soltó la mano, dio un paso atrás, y señaló con un ademán la puerta de la casa para que entrara antes que él.


–Será mejor que volvamos dentro para decírselo a Cata y ponerte al corriente de los detalles de su rutina diaria.


Al entrar, Paula se sintió como si estuviera cruzando una línea y no hubiese vuelta atrás. Solo esperaba que en Nueva York Pedro conociera a alguna mujer que atrajera su atención y se olvidara de ella, porque temía no tener, a su regreso, la fuerza suficiente para resistirse a él.




Los ojos de Paula estaban cansados. Dejó lo que estaba haciendo, y se recostó en el sofá, cerrando los ojos un momento y apretándose el puente de la nariz con el pulgar y el índice. Estaba esperando a Pedro, que se suponía que tenía que llegar de un momento a otro. Había estado fuera tres días. Se había preparado mentalmente para mostrarse clara y firme. Tenía intención de salir para Nueva York a primera hora de la mañana. Lo único por lo que le daba pena marcharse era por la pequeña Catalina. Le había costado volver a ganarse su confianza. La había acompañado al colegio los tres días, habían desayunado y cenado juntas, había charlado con ella de todo un poco… Y por fin parecía que había conseguido empezar a romper el hielo. Esa noche, después de arroparla, cuando se había inclinado para darle el beso de buenas noches, la pequeña la había sorprendido rodeándole el cuello con los brazos y apretándose con fuerza contra ella. No hizo ningún comentario al respecto para no incomodarla, sino que esperó a que la niña se separara de ella y salió de la habitación con el corazón desbordante de emoción. Una emoción que no debería permitirse sentir, ni con la pequeña, ni con su padre. Y había otra cosa que la había sorprendido en esos días: Cómo, poco a poco, se había ido sintiendo cada vez más relajada. Tal vez fuera por el tiempo que hacía que no bajaba el ritmo, como le había dicho a su agente. Cosas tan sencillas como tomarse un café en una cafetería tras dejar a Catalina en el colegio y leer el periódico, le habían recordado cuánto hacía que no se dedicaba algo de tiempo a sí misma. Luciana la había llamado esa mañana y, cuando le había dicho que estaba en Madrid, en casa de su hermano, no le había pasado desapercibida la curiosidad de su amiga. Le sabía mal ocultarle nada, pero había preferido atribuir a una serie de meras coincidencias los hechos que la habían llevado a terminar allí. Sin embargo, no era ninguna coincidencia que estuviese acurrucada en aquel sofá, esperando a Tiarnan, ni tampoco que tuviese una sensación rara en el estómago, mezcla de la expectación y de los nervios…



Toda la casa estaba en silencio. Pedro ya había subido a ver a Catalina, que dormía plácidamente en su cama. En el salón solo se veía la tenue luz de una lámpara. Se detuvo en el umbral de la puerta y sus ojos se posaron en el sofá, donde estaba acurrucada Paula. Una sensación de satisfacción lo invadió. La alfombra amortiguaba sus pasos mientras avanzaba hacia ella. Estaba dormida, y el cabello le caía por encima de un hombro como una capa de brillante oro blanco. Los ojos de Pedro recorrieron su esbelta figura, enfundada en unos vaqueros descoloridos y una camisa de cuadros. Tenía los pies desnudos y las uñas pintadas con brillo. La chispa del deseo prendió al instante en él. Se quitó la chaqueta, la arrojó sobre una silla y se sentó junto a Paula. Apoyó el brazo en el respaldo del sofá y se inclinó sobre el rostro de ella, que estaba girado hacia él.


–Paula… –la llamó en un susurro. 


Pero ella no se movió. Estaba preciosa así, dormida, con las mejillas sonrosadas y la boca ligeramente fruncida en un gracioso mohín. No pudo resistir la tentación de inclinarse un poco más y apretar sus labios contra los de ella.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 14

Escrutó el rostro de Pedro, que se quedó mirándola en silencio. Sabía lo protector que era con su hija. ¿Acaso no confiaba en ella?, se preguntó dolida.


–No me importaría tener una excusa para disfrutar de unos días más en Madrid –añadió–, y pasar algo más de tiempo con Catalina.


Paula había vuelto a sorprenderlo al ofrecerse a quedarse con Catalina. Después de su divorcio, algunas de las mujeres con las que había estado le habían dado a entender que querrían conocer mejor a su hija para ganársela. Y, como con ellas, su primer impulso habría sido responder con una negativa al ofrecimiento de Paula, pero de inmediato se impuso la impresión de que a ella sí podía confiarle a su hija. Y eso también lo sorprendió. Ella vió que estaba sopesándolo, y aunque no sabía por qué, se sintió en la obligación de insistirle de nuevo.


–Venga, Pedro, no tienes otra elección. Es imposible que con tan poco tiempo encuentres a alguien de confianza con quien dejar a Cata.


Pedro sabía que tenía razón, y desde luego ella no era una extraña, pero… Paula estaba preguntándose qué estaría pensando él cuando de repente dió un paso hacia ella y la miró suspicaz, ladeando la cabeza.


–No estarás haciendo esto para evitarme, porque te he dicho que mañana voy a Nueva York, ¿Verdad, Paula? ¿O es que crees que ofreciéndote conseguirás hacerte un hueco en mi vida?


Paula apretó los puños, dolida e irritada por su arrogante suposición.


–No, Pedro. Lo creas o no, lo único que pretendo es ayudar.


La suspicacia asomó de nuevo a los ojos de él, que dió un paso más hacia ella y deslizó un dedo por su mejilla hasta llegar a la mandíbula. Paula reprimió el impulso de girar la cara hacia su mano y ronronear como un gato. ¿Cuándo se había vuelto tan sensible esa parte de su cuerpo?


–Bien –murmuró Pedro–, porque tenía pensado invitarte a cenar cuando estuviéramos en Nueva York. Ya hablaremos de eso cuando vuelva.


Fue a ella entonces a quien la asaltaron las sospechas. Se acordó de la repentina llamada de Jimena, diciéndole que le había conseguido una sesión de fotos en Madrid y que sabía que era precipitado, pero que era una buena oportunidad que no podía rechazar. Apartó la mano de Pedro de su rostro y lo miró airada.


–No habrás tenido nada que ver con que mi agente me enviara de improviso aquí para una sesión de fotos, ¿Verdad?


Pedro se cruzó de brazos y la miró con una sonrisa socarrona antes de encogerse de hombros.


–No… Exactamente.


Paula se cruzó de brazos también.


–¿Qué quieres decir?


Él entornó los ojos.


–Pues que puede que le hablara bien de tí al director de la marca Baudé, que resulta que es amigo mío. Sabía que estaba buscando una modelo con un perfil determinado…


Paula no se podía creer lo que estaba oyendo. Solo una semana después de que se encontraran en San Francisco, había conseguido arrastrarla por medio mundo hasta Madrid. Lo único que le había faltado era que la hubiesen envuelto en papel de regalo con un lazo rojo y la hubiesen dejado en la puerta de su casa.


–¿Cómo te atreves a utilizarme así? No soy un peón que puedas mover a tu antojo ni…


El irritado torrente de palabras de Paula se detuvo cuando Pedro la tomó de la mano y se le disparó el pulso.


–Paula, sabes que te deseo –le dijo–. Haré lo que sea para convencerte de ello y conseguir que admitas que tú también me deseas.


–Pero… pero… –balbució ella–. Eso es… Maquiavélico.


Pedro se acercó aún más a ella y se llevó su mano a los labios para depositar un beso en la cara interna de la muñeca.


–No, se llama deseo. Y es un deseo que llevo reprimiendo mucho, mucho tiempo…


–Pedro… –musitó ella–. De eso hace años… Y fue solo un beso… Además, ya no somos los mismos que éramos entonces…


–Entonces, ¿Por qué parece que fue ayer, y que fue más que un simple beso?


Sí, eso era lo que parecía, pero ella no había podido quitárselo de la cabeza, mientras que él se había casado y había tenido una hija. La había olvidado. Hasta ese momento. Lo que no sabía era por qué. ¿Porque estaba aburrido, o porque lo intrigaba lo que se había perdido? Paula intentó liberar su mano, pero él se negó a soltarla. Lo miró a los ojos, furiosa.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 13

Cuando le preguntó a su padre, con una vocecita educada, si podía levantarse de la mesa, Pedro frunció el ceño y le espetó:


–Apenas le has dicho dos palabras a Paula.


Paula sonrió a la pequeña y salió en su defensa.


–No pasa nada. Por mí puede irse si quiere. Recuerdo lo aburrido que era para mí, cuando tenía su edad, tener que escuchar las conversaciones de los mayores.


Catalina se levantó como impulsada por un resorte, arrastrando la silla, y salió corriendo. Pedro hizo ademán de ir tras ella, pero Paula lo retuvo, asiéndolo por el brazo.


–De verdad que no importa, Pedro; déjala.


Él volvió a sentarse y suspiró pesadamente.


–Cuando dejamos la casa que teníamos en las afueras y nos mudamos aquí, la matriculé en otro colegio –le explicó–. El cambio no le está resultando fácil, y ahora mismo me considera el enemigo público número uno.


Paula volvió a pensar en Estefanía, la ex de Pedro. Luciana nunca le había hablado de los motivos por los que había terminado su matrimonio. Claro que el divorcio de Pedro y el nacimiento de Catalina habían coincidido con una época muy difícil en la vida de Luciana, y lógicamente ella, como amiga, se había centrado en estar a su lado y tampoco había querido entrometerse. De pronto se abrió la puerta del comedor y entró una mujer de mediana edad con el rostro pálido y las facciones tensas. Parecía como si hubiera estado llorando. Al verla, Pedro se puso de pie.


–Ah, Viviana… Ésta es Paula, una vieja amiga –dijo–. Paula, ella es Viviana, la niñera de Catalina.


Paula se levantó y le tendió la mano. La mujer se acercó para estrechársela, y acertó a esbozar apenas una sonrisa trémula. Pedro pareció darse cuenta por fin de la agitación de la mujer.


–¿Qué ocurre, Viviana? ¿Le pasa algo a Cata?


La niñera sacudió la cabeza y los ojos se le llenaron de lágrimas.


–No, no es Catalina; es mi hijo. Ha tenido un accidente y lo han llevado al hospital. Lo siento mucho, señor Alfonso, pero tengo que ir allí; necesito estar con él.


Paula rodeó con el brazo los hombros de la mujer, y Pedro se apresuró a tranquilizarla.


–Faltaría más; le diré a Juan que te lleve. No te preocupes por nada, Viviana; yo me ocuparé de todo.


Paula la ayudó a preparar una maleta mientras Pedro iba en busca del chófer, y una media hora después estaban fuera, en la escalinata de la entrada, viendo como se alejaba el Mercedes conducido por el chófer con Viviana en el asiento de atrás. Pedro se pasó una mano por el cabello y suspiró.


–Lo siento –le dijo a Paula–. Te invité a un almuerzo tranquilo y al final…


Paula encogió un hombro.


–No importa; estas cosas no se pueden prever.


De pronto, el rostro de Pedro se ensombreció, y él maldijo entre dientes.


–¿Qué pasa? –inquirió ella.


–Que acabo de acordarme de que esta tarde, a última hora, tengo que estar en Dublín, para la asamblea general del comité que lleva el programa de asistencia social de Luciana. Le prometí que asistiría a las reuniones del comité en su lugar durante el tiempo que tenga que darle el pecho a Martina. Pero no puedo dejar a Catalina sola.


–Ah…


La reacción instintiva de Paula habría sido preguntarle si podía ayudar de alguna manera, pero ella también tenía que tomar un vuelo esa misma noche. Sabía lo importante que era para Luciana ese programa de asistencia social a jóvenes, pero…


–¿Y no podría ocuparse de ella Esmeralda?


Pedro sacudió la cabeza.


–Es mucho mayor de lo que parece. Además, su marido no está muy bien de salud y también tiene que hacerse cargo de él; no puedo pedirle que se haga cargo también de Paula.


–¿Y tu madre?


Sabía por Luciana que la señora Alfonso había vuelto a establecerse en su Madrid natal poco después de que ella se independizara.


–Está en el sur, en casa de mi tía, y se va a quedar allí hasta la primavera.


–Vaya…


–Sí. Y eso no es todo. Mañana se supone que tengo que volar a Nueva York para asistir a otra reunión con un senador, el alcalde y el director de uno de los bancos más importantes de la ciudad. Aunque quisiera, no podría cancelarlo.


A Paula le remordía la conciencia. Debería decir algo; no tenía ningún compromiso de trabajo esperándole a su regreso a Nueva York. Le había dicho a su agente, Jimena Harriday, que quería bajar el ritmo que llevaba y empezar a aceptar menos trabajos, pero Jimena, con la aspereza que la caracterizaba, le había dicho que no podía ser tan blandengue, y que lo único que le hacía falta era tomarse unas vacaciones. Así que, por primera vez en mucho tiempo, tenía por delante varias semanas en las que no tenía en su agenda… Absolutamente nada.


–Bueno –comenzó a decirle a Pedro–, la verdad es que yo no tengo nada que hacer durante las próximas… –se quedó callada. Mejor no darle demasiada información–. En fin, que ahora mismo estoy libre. Podría quedarme aquí y cuidar de Cata… Si te parece bien.

martes, 18 de noviembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 12

Cuando se bajaron del coche, al ver a Pedro sacar su maleta, Paula le preguntó con suspicacia:


–¿Por qué estás sacándola del maletero?


Pedro la miró divertido.


–Porque será Juan, mi chófer, quien nos llevará luego al aeropuerto.


–¿Y cómo sabes a qué hora tengo que estar yo allí?


Los labios de Pedro se arquearon en una sonrisa socarrona.


–Porque yo lo sé todo, Paula. Deja de preocuparte. No voy a abalanzarme sobre tí como un adolescente inmaduro. Puedes estar tranquila.


Justo entonces se abrió la puerta de la entrada, y al ver aparecer a una pequeña figura de cabello oscuro, Paula sintió que la embargaba la emoción y se olvidó de Pedro por un momento.


–¡Cata!


Avanzó hacia ella, ansiosa por darle un fuerte abrazo, pero vaciló al darse cuenta de que la niña no había salido corriendo a saludarla como solía hacer. Estaba allí de pie, con una expresión muy seria. Intuyendo que algo había cambiado para ella desde la última vez que se habían visto, comprendió que era mejor no agobiarla, y cuando llegó donde estaba se limitó a sonreírle e inclinarse para besarla en la mejilla. Se preguntaba qué le habría ocurrido para que se hubiera vuelto tan desconfiada.


–¡Cuánto has crecido desde la última vez que te ví, Cata! Estás hecha toda una señorita –le dijo, remetiendo un mechón del largo cabello de la niña tras su oreja–. Claro que ya tienes diez años.


Catalina se sonrojó. A Paula le pareció como si estuviera reprimiendo un impulso, no sabía muy bien de qué, pero finalmente solo balbuceó algo incoherente antes de darse media vuelta y entrar corriendo en la casa, sin duda para huir a su habitación. Se giró hacia Pedro, que tenía cara de circunstancias.


–Tienes que perdonarla; Cata está atravesando una fase difícil. Hace poco ha pasado una temporada con su madre, y eso siempre la deja descentrada.


Paula entendía qué quería decir. Estefanía Ríos, la ex de Pedro, nunca había sido una madre cariñosa.


–No pasa nada; no tienes que disculparte.


Cuando entraron en la casa, salió a recibirles al vestíbulo una mujer rolliza, que Pedro le presentó como Esmeralda, su empleada del hogar. Paula le estrechó la mano con una sonrisa y cruzó unas palabras amables con ella en su idioma. Él la miró sorprendido.


–Había olvidado que hablabas español.


Paula se encogió de hombros y se sonrojó ligeramente.


–Solo lo justo para entenderme con alguien.


Hacía unos años había pasado bastante tiempo trabajando allí, en España, y al regresar a Estados Unidos se había apuntado a clases de español para no perder lo que había aprendido. Pedro tuvo una breve charla con Esmeralda, y, cuando esta los dejó para volver a sus ocupaciones, se volvió hacia Paula y le dijo:


–Tenemos algo de tiempo antes del almuerzo; ven, te enseñaré la casa.


Dejaron el elegante vestíbulo, y pasaron a un inmenso comedor, con una mesa a la que podían sentarse veinte comensales. Cada vez estaba más deslumbrada, y hasta empezaba a sentirse algo intimidada, pero luego, cuando Pedro la condujo al salón, esa sensación disminuyó. Era una habitación muy confortable, con sofás que invitaban a sentarse, estanterías llenas de libros… Paula sintió una punzada en el pecho. Aquella habitación sí que daba la impresión de un verdadero hogar: Cálido y acogedor, con coloridas alfombras que vestían el suelo desnudo. En la parte de atrás de la casa había un idílico jardín donde el sol arrancaba destellos del agua de una piscina rodeada de árboles y arbustos. Era como un trozo del Paraíso en medio de una de las ciudades más cosmopolitas del mundo.


–Tienes una casa preciosa, Pedro.


Nada más pronunciar esas palabras, a Paula le pareció que debían de haber sonado como un cliché. ¿Cuántas mujeres habrían estado allí y le habrían dicho eso mismo? Pedro asintió distraído. Paula le lanzó una mirada, preguntándose qué estaría pensando, pero él ya había echado a andar de regreso a la casa, así que, después de admirar una última vez el deslumbrante y tranquilo jardín, fue tras él. Almorzaron en un comedor más pequeño y menos formal que estaba junto a la enorme cocina. Esmeralda iba y venía, sirviéndoles la comida, que estaba deliciosa, pero sus cálidas sonrisas no lograron disipar la tensión que había en el ambiente. Él estaba siendo encantador con ella, pero eso no hacía sino ponerla aún más nerviosa, y Catalina estaba muy callada, y respondía con monosílabos cuando intentaba sacarle conversación. Estaba empezando a darse cuenta de que no se trataba solo de una fase, como le había querido dar a entender Pedro; era algo más profundo. De hecho, casi no había comido nada.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 11

El día siguiente, a mediodía, Paula esperaba sentada a Pedro en el vestíbulo del hotel, hecha un manojo de nervios. Ya se había despedido de los miembros del equipo que habían trabajado con ella en la sesión de fotos. Todos tomaban un avión que salía esa misma mañana para Londres, donde les esperaba su próximo encargo. De pronto, como si hubiese tirado de ella un hilo invisible, levantó la cabeza y vió la silueta de Pedro en la puerta del hotel. Era una figura enorme, imponente. Se puso en pie torpemente mientras avanzaba hacia ella con aire orgulloso, seguro de sí mismo. Iba vestido con unos pantalones negros y una camisa blanca con el cuello abierto. Ella había dudado hasta el último minuto qué ponerse. Al final se había decidido por un sencillo vestido camisero de color azul oscuro, complementado con un pañuelo rojo anudado al cuello, y se había recogido el cabello en una coleta, para no dar la impresión de que tenía ningún interés por parecer atractiva. Al llegar junto a ella, él la tomó de ambas manos y se inclinó para besarla en las mejillas. El olor de su colonia la envolvió, y Paula sintió un cosquilleo en el vientre, el mismo que le quedó en las palmas de las manos cuando Pedro se las soltó.


–¿Dónde están tus maletas? –le preguntó, mirando a su alrededor.


Paula se esforzó por parecer calmada y distante.


–Solo tengo una; se la he dejado al conserje. Le he dicho que me pida un taxi para que me lleve luego al aeropuerto.


Pedro sacudió la cabeza y la tomó del codo para llevarla hasta la mesa de recepción.


–Eso no será necesario.


Desconcertada, Paula lo oyó dar órdenes al conserje para que no le pidiera ese taxi y fuera a por su maleta. Mientras el hombre iba a buscarla, Paula se giró furiosa hacia Pedro.


–¿Qué crees que estás haciendo?


Él se apoyó en la mesa de recepción con aire indiferente.


–Yo también tengo que tomar un vuelo esta tarde; puedo llevarte yo. Así podremos pasar más tiempo juntos.


De pronto, Paula se dió cuenta de algo. Se cruzó de brazos y lo miró suspicaz.


–¿Y Cata?, ¿Dónde está?


El conserje regresó con la maleta. Pedro le dió las gracias y la tomó, para luego asir de nuevo por el brazo a Paula, a quien no le quedó más remedio que seguirle.


–Aún no has contestado a mi pregunta –le recordó Paula ya fuera del edificio, mientras la llevaba hacia un todoterreno.


Al llegar al vehículo, Pedro la soltó para abrirle la puerta y se volvió hacia ella.


–Cata está en casa. Almorzaremos allí –respondió, en un tono que no admitía discusión.


A Paula le molestaba su comportamiento de macho dominante, y esa sensación de estar acorralada, pero subió al todoterreno y él, después de meter su equipaje en el maletero, se puso al volante y se alejaron de allí. No tardaron mucho en llegar a la casa de Pedro, en el barrio de Salamanca, uno de los más antiguos de la ciudad, con exclusivas tiendas y lujosas viviendas y hoteles. Él vivía cerca de un parque encantador, en un chalé de la calle Serrano, rodeado por una verja de hierro forjado. Durante el trayecto, había ido mirándolo todo impresionada. Madrid era una de sus ciudades favoritas; siempre lo había sido. Adoraba su historia, su energía, su cultura de cafés, y podía pasarse días enteros paseando por sus calles, perdiéndose por sus museos y sus galerías de arte. Incluso en ese momento, bien entrado el otoño, se veía a gente paseando al sol. Pedro dejó pasar a una mujer con un carrito de bebé y ella tuvo una visión repentina de lo que podría ser vivir allí, llevar esa vida, ser esa mujer. Le echó una mirada a Pedro mientras cruzaban las altas puertas de la entrada. Él jamás formaría parte de un sueño así. Luciana le había dicho que hacía mucho tiempo había dejado claro que no tenía el menor deseo de volver a casarse, y que, aunque nunca había querido tener niños, con Catalina ya había cubierto cualquier necesidad que hubiera podido sentir de ser padre.


–Bueno, pues ya estamos aquí –anunció.


Paula alzó la vista. La casa, rodeada de árboles y del cálido color de la arenisca, tenía una majestuosidad decadente, con sus contraventanas de madera y las jardineras de hierro forjado de los balcones, de las que asomaban flores de brillantes colores. Era una casa preciosa.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 10

 Madrid, una semana después



–Señorita Chaves, tiene una llamada –le informó la voz de la recepcionista del hotel cuando Paula descolgó el teléfono.


Casi se le escurrió el teléfono de la mano. Estaba segura de que era Pedro, y le subió una oleada de calor desde el vientre, como si estuviese en la habitación con ella.


–Gracias –murmuró sentándose en la cama.


Oyó un «Clic» en la línea, y a continuación la voz profunda y autoritaria de Pedro, que la hizo estremecerse por dentro.


–Hola, Paula.


Ella juntó las piernas y apretó el teléfono en su mano.


–Pedro… ¡Qué sorpresa! –murmuró con fastidio.


–¿A quién intentas engañar? Sabes que vivo a diez minutos de tu hotel, y Luciana me ha dicho que recibiste los mensajes que te mandé al móvil. Pero me imagino que has estado demasiado ocupada como para ponerte en contacto conmigo.


–Sí, hablé con ella esta mañana. Y sí, he estado muy ocupada.


–Ya. Bueno, he pensado que podríamos vernos ya que estás aquí.


Paula no se había esperado aquel trabajo de última hora en Madrid, donde Pedro tenía su residencia habitual, ni se había imaginado que sus caminos fueran a cruzarse de nuevo tan pronto. Pero lo había evitado todo el día, ignorando sus llamadas y sus mensajes, y por suerte pronto se iría de allí.


–Me temo que no va a ser posible. Mañana regreso a Nueva York.


–Lo sé. Mañana por la tarde, según me ha dicho Luciana – apuntó Pedro con retintín–. Así que tienes tiempo de sobra para que te invitemos a almorzar mañana.


–Mira, de verdad que lo siento, pero… –Paula se quedó callada al darse cuenta de que Pedro había hablado en plural.


–Cata me ha dicho que le gustaría verte.


La pobre excusa inventada que Paula iba a darle murió en sus labios. Aunque detestaba encontrarse entre la espada y la pared, sabía que Pedro nunca utilizaría a su hija para hacerle chantaje ni para manipularla. Ella había tenido bastante trato con la pequeña por su amistad con Luciana, aunque probablemente él no sabía cuánto. Su hermana y ella habían compartido departamento en Nueva York antes de que Luciana se casara, y Pedro, que iba con frecuencia a la ciudad porque su compañía tenía oficinas allí, le dejaba a la niña a su cuidado. Como tía, Luciana había sido un poco desastre, no se le había despertado el instinto maternal hasta el nacimiento de su hija, así que en esas ocasiones siempre había sido Paula quien se había ocupado de que Catalina comiera bien, de que estuviera abrigada, de arroparla y leerle cuentos antes de dormir… Luciana y ella la habían llevado muchas veces a Central Park, al cine, a tomar un helado…, Y Paula siempre había sentido una afinidad especial con la chiquilla de cabello castaño y expresión seria, a quien su madre prácticamente había abandonado tras divorciarse de Pedro.


–A mí también me encantaría volver a ver a Cata. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que la ví –contestó finalmente.


Tampoco iba a pasar nada por que almorzase con Pedro, se dijo. No iba a tratar de seducirla delante de Catalina. Y ella volvería a Nueva York solo unas horas después.


–Estupendo –murmuró él–. Pues pasaré a recogerte; quedamos en el vestíbulo del hotel sobre las doce. Hasta mañana.


Luego colgó, y aunque Paula estaba tratando de convencerse de que todo iría bien, tuvo el presentimiento de que no sería así.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 9

Pedro se había sonrojado, y había bajado la vista a su vaso antes de volver a mirarlo.


–Quiero muchísimo a Luciana; es como una hermana para mí y haría cualquier cosa por ella.


Él, que ya había apurado su vaso de whisky y lo había dejado a un lado, le había sonreído, y se habían quedado mirándose a los ojos, como hipnotizados. El aire parecía haberse cargado de electricidad; casi se palpaba la fuerte tensión sexual que había entre ellos. Pedro intentó negarlo, recobrar la cordura, pero el fuego le daba un brillo especial a la tersa piel de Paula, y no podía apartar la mirada de su curvilínea figura.


–Lo sé, y creo que tú sabes que yo siempre te he considerado también como una hermana –le había dicho con voz ronca.


Sabía que debía mantener las distancias con ella, pero lo único que quería hacer en ese momento era besarla hasta olvidarse de todo lo demás. Paula depositó con cuidado su vaso en la repisa de la estantería que tenía más cerca, y se acercó a él con los ojos brillantes.


–Pues yo no te veo como un hermano, y no quiero que tú me veas como una hermana.


Su excitación se disparó como un cohete. No podía creerse que Paula estuviera ahí de pie, frente a él, seduciéndolo. Ella dió un paso más hacia él, tomó su rostro entre ambas manos, se puso de puntillas, y apretó sus labios contra los suyos. Él le puso las manos en la cintura para apartarla, pero al sentir sus blandos senos aplastarse contra su pecho supo que era una batalla perdida. Nunca antes el deseo se había apoderado así de él, y aunque no comprendía lo que estaba pasando, se dejó llevar, haciendo el beso más profundo y saboreándola con la lengua. En cuestión de segundos la temperatura había subido varios grados en la biblioteca, y, si en ese momento ella no lo hubiese mirado nerviosa cuando empezó a levantarle el vestido, la noche habría acabado de un modo muy diferente a como acabó. Fue el ver esa expresión titubeante en sus ojos lo que le devolvió la cordura, lo que le hizo comprender que aún era virgen, y por eso la había rechazado.


Pedro volvió al presente. Le sorprendía lo vívidos que eran esos recuerdos a pesar de que habían pasado ya diez años. Si alguien le hubiese preguntado por su última noche de pasión, no habría sido capaz de recordarla con tanta claridad. Se apartó del ventanal y optó por hacer lo único que podría asegurarle que lograría dormir un mínimo de horas esa noche: Se dió una ducha fría y se juró que muy pronto tendría a Paula en su cama. Y, cuando eso hubiese ocurrido, aquellos recuerdos provocadores volverían donde debían estar: En el pasado.

jueves, 13 de noviembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 8

Pedro estaba de pie, con las manos en los bolsillos, frente al ventanal del salón de su lujosa suite, la mejor del hotel, pero no estaba admirando la vista. Lo único que podía ver en ese momento era su reflejo en el cristal, y la frustración escrita en su rostro. Lo atormentaba pensar que Paula estaría tumbada en una cama, unos cuantos pisos más abajo. Estaría más que dispuesto a dar la mitad de su fortuna por estar allí con ella. No recordaba que se le hubiese resistido jamás una mujer a la que hubiese deseado. Claro que era posible que estuviese jugando con él al gato y el ratón. Siendo solo un adolescente había aprendido lo manipuladoras que podían ser las féminas, cuando la ex mujer de un amigo de su padre lo había seducido. Sí, había aprendido mucho de las mujeres. De hecho, había sido su madre, fría y mártir, quien le había enseñado su primera lección. Había convertido la vida de su padre en un infierno. Infeliz, porque la había sacado de su soleada y bulliciosa España, para llevarla a la lluviosa Irlanda, su padre y él habían sufrido los cambios de humor que le provocaba ese descontento, y al final con su comportamiento había acabado empujando a su padre a los brazos de otra mujer, su secretaria.


Aunque también esta le había provocado quebraderos de cabeza a su padre. Pedro recordaba las veces que había acompañado a su padre a la oficina, y a hurtadillas los había visto juntos en su despacho, donde había oído a la joven secretaria coquetear con él y suplicarle que dejara a su madre y se casase con ella. También había presenciado las escenas de lágrimas e histeria, cuando él le había insistido en que no podía ser. Luego todo había dado un drástico vuelco, cuando ella se había quedado embarazada para forzar a su padre a tomar una decisión, y, tras una inesperada tragedia, se había visto obligado a ser cómplice de una terrible mentira durante años. Apartó de su mente aquellos sombríos recuerdos. Sí, de niño había sido testigo de demasiadas cosas, y conocía lo bastante bien a su padre como para saber que no había sido precisamente un angelito, pero las maquinaciones de su amante, y luego de la exesposa de aquel amigo suyo, lo habían vuelto suspicaz con las mujeres. Se había jurado que nunca se pondría a sí mismo a merced de una mujer, pero, a pesar de todo, de las lecciones que le había dado la vida, él también había caído atrapado en sus redes. Una sonrisa cínica asomó a las comisuras de sus labios. Incluso Paula a sus dieciocho años había intentado manipularlo, como las demás, porque había disfrazado su inocencia tras una fachada sofisticada que lo había engañado por completo hasta el momento en que la notó titubeante. La había creído experimentada, y había pensado que estaban al mismo nivel, que los dos sabían lo que estaban haciendo.


Desde luego esa era la impresión que le había dado aquella noche, diez años atrás. Era Navidad, y su hermana había invitado a Paula a la cena familiar en casa de sus padres. Después de la cena, cuando todos se habían retirado ya a descansar, él se había quedado leyendo en la biblioteca y, estando allí, de pronto se abrió la puerta y entró ella. En un primer momento se quedó aturdido al verla, pero le ofreció una copa y ella aceptó. Fuera llovía y hacía frío, pero la chimenea de la biblioteca estaba encendida, y sus llamas hacían brillar el cabello de Paula como oro bruñido. Llevaba un vestido de seda rojo oscuro corto, que ceñía sus senos y la curva de sus caderas, y dejaba al descubierto sus largas piernas.


Paula había tomado el vaso de whisky que le había ofrecido, y le había sonreído. Por primera vez, Pedro se permitió mirarla como miraría a una mujer, aunque a decir verdad apenas le había quitado los ojos de encima desde que había llegado esa tarde. Por supuesto que no era la primera vez que se fijaba en ella, tendría que estar ciego para no hacerlo, pero hasta entonces solo había visto en ella a una chica larguirucha que compartía risitas con su hermana y se sonrojaba cuando la miraba. Esa noche, sin embargo, se había encontrado con que ya no era una chiquilla; se había convertido en toda una mujer. Era un cambio que aún no se había producido en su hermana, pero lo cierto era que siempre había poseído un aire callado de dignidad y madurez, que contrastaba con el carácter revoltoso y efervescente de Luciana. Su hermana acababa de pasar por un periodo difícil tras la muerte, relativamente reciente, de su padre, y él había aprovechado la oportunidad para darle las gracias a Kate por haber estado a su lado y haberla ayudado.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 7

Aquellas palabras aplastaron la poca dignidad que le quedaba a Paula, que alzó la vista hacia él y mirándolo suplicante le pidió:


–Por favor, Pedro, apártate.


Él sacudió la cabeza.


–Te acompañaré a tu habitación. Yo también me alojo en este hotel.


Paula no se esperaba eso.


–Puedo ir yo sola; no necesito que me acompañes.


La voz de él se tornó dura como el acero.


–Te acompañaré –insistió–. ¿O vas a obligarme a que te saque de aquí en volandas y monte un espectáculo? –añadió enarcando una ceja.


Paula no dudó ni por un instante de que sería capaz de hacerlo. A Pedro nunca le había importado un comino lo que pudiera pensar la gente.


–No será necesario –masculló–. Puedes acompañarme a mi habitación, si insistes.


Por fin, Pedro se hizo a un lado para dejarla pasar, y, mientras él pagaba, Paula se dirigió a la salida del bar, tan tensa como la cuerda de un arco. Se reunió poco después con ella, que se había quedado esperándolo fuera, junto al ascensor. Cuando entraron en él y las puertas se cerraron, ella sintió como si el espacio se contrajera. Apretó el botón de su planta, y al ver que él no hacía lo mismo, lo miró irritada.


–¿A qué planta vas tú?


Pedro bajó la vista hacia Paula, que estaba mirándolo con el ceño fruncido. Era preciosa, toda fuego y lava bajo aquella fachada de mujer de hielo. Sus ojos relampagueaban, sus mejillas estaban sonrosadas, y su pecho subía y bajaba. Era evidente que estaba enfadada; muy enfadada. Él también lo estaba. Paula se le estaba resistiendo, y él era incapaz de pensar con claridad. Lo único que quería era parar el ascensor, rodearla con sus brazos y devorar su dulce boca. El beso que había conseguido gracias a la subasta había sido demasiado casto y demasiado breve. Pero no podía dejarse llevar por los impulsos. Tenía que ir despacio, con cuidado, o perdería para siempre la oportunidad de satisfacer su deseo. Paula se volvió y se cruzó de brazos, ofreciéndole sin querer una vista aún más tentadora de su escote. Estaba lanzándole un mensaje desesperado en silencio: «¡Aléjate de mí!». Por eso, mientras el ascensor subía, con una lentitud insoportable, eso fue exactamente lo que hizo: apartarse de ella. Se apoyó en la pared, y, cuando ella lo miró suspicaz, se metió las manos en los bolsillos, alzó la vista hacia el techo, y se puso a silbar.


Finalmente, el ascensor se detuvo, y Paula prácticamente salió corriendo cuando se abrió la puerta. Sacó del bolso la llave de su habitación mientras avanzaba por el pasillo, segura de que Pedro iba detrás de ella. Esa noche se había dado cuenta de hasta qué punto  podía ser implacable cuando quería algo, y aunque eso la intimidaba, también lo encontraba excitante. Llegó a la puerta y metió la llave en la cerradura con dedos temblorosos. Si pensaba que iba a invitarlo a pasar, estaba muy equivocado, se dijo, pero, cuando abrió la puerta y se giró, se encontró con que el pasillo estaba vacío. Por un instante tuvo la impresión, aterradora e irreal, de que todo lo que había ocurrido esa noche había sido producto de su imaginación. Pero entonces lo vió. Estaba apoyado en la puerta abierta del ascensor con aire despreocupado, mientras la bloqueaba con el pie para que no se cerrara.


–Buenas noches, Paula –le dijo con una breve inclinación de cabeza–. Me ha alegrado volver a verte. Que tengas dulces sueños.


Y dicho eso, se metió en el ascensor y la puerta se cerró. Paula se quedó boquiabierta, y su ira se desvaneció, dejándola desinflada como un globo. Entró en la habitación, cerró la puerta tras de sí, y se quedó con la espalda apoyada contra ella, en la oscuridad, durante un buen rato. El corazón le palpitaba deprisa y sentía un cosquilleo en la piel. Pero peor que eso era el deseo que la atormentaba, como una vieja herida que se hubiese vuelto a abrir. Maldito Pedro… Estaba jugando con ella, y se negaba a creer que fuese a alejarse de ella así, sin más, igual que ella no le habría dejado pasar a su habitación. Le había hecho daño en el pasado, y durante mucho tiempo había intentado hacerse creer a sí misma que no sentía nada por él, y no solo le había ocultado sus sentimientos a él, sino también a Luciana. No, tenía la sensación de que Pedro no iba a darse por vencido así como así, y ella cometería el peor error de su vida si dejara que la sedujese. Porque, si aún le quedaba algo de dignidad, era porque aquella noche, diez años atrás, no había llegado a acostarse con él.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 6

 –Estoy segura de que eso no es verdad –replicó. Tomó un sorbo de su vaso y volvió a dejarlo sobre la mesa antes de mirar de nuevo a Pedro–. Es más, aunque lo fuera, como te he dicho, yo no tengo ningún interés en repetirlo. Y menos aún para darte gusto. Si lo que necesitas es un entretenimiento, búscate a otra. Seguro que hay un montón de mujeres deseosas de tu atención. No me necesitas, y creo que no hace falta que te recuerde que aquella noche fuiste tú quien me rechazó.


A Pedro lo enervó que de repente mostrara tanta seguridad en sí misma, y ese recordatorio de lo torpe que había sido al rechazarla. La sonrisa de Paula casi le pareció burlona, como si sintiese lástima de él. Nunca había sido objeto de la lástima de nadie, ni quería serlo. Forzó una sonrisa y respondió:


–Te rechacé porque no tenías experiencia, porque eras demasiado joven, además de la mejor amiga de mi hermana – apretó la mandíbula–. Y lo que quiero es mucho más que una repetición de aquel beso. No busco una distracción, Paula; te quiero a tí.


La compostura de Paula se desmoronó al oírlo expresarse de ese modo, sin tapujos.


–No puede ser… ¿Estás diciendo que… que tú…?


–Que te deseo –dijo Pedro–. Sí, Paula, te deseo. Tanto como tú me deseas a mí.


–Yo no te deseo.


Pedro enarcó una ceja.


–¿Ah, no? Entonces, ¿Por qué estabas mirándome de ese modo en el bautizo? Parecía que estuvieras devorándome con los ojos. ¿Y por qué te estremeciste antes, cuando te besé después de la subasta?


Paula se puso roja como un tomate.


–Para ya. Nada de todo eso que estás diciendo es cierto. Aquello era demasiado cruel. ¿Cuánto más iba a seguir humillándola?


–Sí que lo es –insistió Pedro–. Estoy seguro de que en todos estos años no has olvidado aquella noche, ¿Verdad? ¿Es esa la razón por la que cada vez que nos encontramos me tratas de ese modo distante?


Ella se apresuró a sacudir la cabeza. La intuición de Pedro era apabullante.


–No seas ridículo. De eso hace una eternidad. Por… Por supuesto que lo he olvidado –balbució–. No eres el único hombre al que he besado desde entonces, Pedro. ¿Qué te creías?, ¿Que desde ese día he pasado las noches abrazada a mi almohada, soñando contigo?


Lo malo era que se había sentido tan mortificada después de aquella noche que, por despecho, se había lanzado a perder la virginidad lo antes posible, y eso había hecho que su primera vez fuese una espantosa decepción.


Pedro apretó los labios.


–Ni por un segundo habría pensado que en todos estos años no ha habido otros hombres en tu vida –le dijo.


Alargó su mano para tomar la de ella, y aunque Paula intentó apartarla, no se lo permitió. Estaba atrapada por su debilidad, y por una sensación culpable de euforia. El corazón le martilleaba contra las costillas.


–Pero dime, ¿Te ha hecho sentir alguno lo que sentiste conmigo solo con un beso? –le preguntó–. ¿Has deseado a alguno de esos hombres hasta el punto de que no podías pensar en otra cosa?


La sensación de euforia de Paula se disipó de inmediato, y frunció el ceño, irritada consigo misma, porque Pedro había vuelto a dar en el blanco. Apartó su mano y cerró el puño contra su pecho.


–¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a hacer suposiciones y juicios sobre mí, a preguntarme cosas que no tienes derecho a preguntar?


Pedro la miró fijamente.


–Ya lo creo que tengo derecho, porque es obvio que un beso no fue bastante. La tensión sexual que hay entre nosotros ha ido en aumento durante todos estos años, igual que la curiosidad por saber qué habría pasado si nos hubiésemos dejado llevar.


Entonces lo que iba en aumento era la ira de Paula, que le dió salida antes de que pudiera desvanecerse. Se levantó, con las piernas temblando, y lo miró con el mayor desprecio del que fue capaz. Pero Pedro se levantó también, empequeñeciéndola con sus casi dos metros de altura, y restando efectismo a su pose. Ella, que no estaba dispuesta a dejarse amedrentar, alzó la barbilla.


–¿Y cómo has llegado a esa conclusión? –le espetó desafiante–. ¿Has tenido una revelación o algo así? Y no me vengas con eso de que viste algo en mis ojos el día del bautizo, porque puedo asegurarte que, si viste algo, no fue más que lo que querías ver. No pienso convertirme en otra muesca en el poste de tu cama solo para satisfacer tu curiosidad.


Rodeó la mesa para marcharse, pero Pedro se interpuso en su camino. Paula vió por el rabillo del ojo que un par de personas estaban mirándolos.


–¿Te importaría apartarte? –le dijo a Pedro apretando los dientes–. Me estás bloqueando el paso.


–¿Hace falta que te recuerde que fuiste tú quien intentó seducirme aquella vez? –le dijo él con mucha suavidad–. Los dos sabemos que, si yo no hubiera parado, te habría arrebatado la virginidad sobre esa alfombra frente a la chimenea…

Curaste Mi Corazón: Capítulo 5

Dejó el vaso de whisky en la mesa, y se inclinó hacia delante para preguntarle con una mezcla de ira y desesperación:


–Pedro, ¿Vas a decirme a qué has venido? Los dos sabemos que…


–Los dos sabemos por qué estoy aquí –la cortó él en un tono acusador.


El pianista había terminado la pieza que estaba tocando, y las palabras de Pedro se quedaron como suspendidas en el silencio. El tiempo pareció detenerse un instante antes de que la música comenzara de nuevo. Paula trató de recobrar la compostura suficiente para fingir que no se había dado cuenta de que estaba refiriéndose a aquella noche de años atrás.


–No sé de qué me hablas.


Pedro apuró su vaso y lo dejó en la mesa con un golpe seco que hizo a Paula dar un respingo.


–Sabes perfectamente bien de lo que estoy hablando. Esa mirada tan explícita que me echaste en Francia, y lo que no ocurrió esa noche, hace diez años.


¡Ay, Dios…! Paula se sintió palidecer. Aquella era, oficialmente, su peor pesadilla. Tal y como se había temido, había intuido su debilidad en Francia, y, si por algo era conocido Pedro Alfonso, era por detectar los puntos débiles en los demás y aprovecharse de ellos sin piedad. Se obligó a mirarlo a la cara.


–De eso hace mucho tiempo, y tienes razón: No pasó nada.


¿Qué esperaba que le dijera?, pensó con amargura ¿«Si crees que aún te deseo, a pesar de lo humillante que fue que me rechazaras, estás en lo cierto»?


Pedro seguía inclinado hacia delante, intimidándola como un depredador.


–Yo no llamaría «Nada» a ese beso –murmuró con esa voz profunda que tenía–. Y esa mirada en la iglesia me dijo que eres tan consciente como yo de la tensión sexual que hay entre nosotros.


Paula sacudió la cabeza con vehemencia, como si con ello pudiese negar la realidad de los hechos. Sentía vergüenza por lo ingenua que había sido en su adolescencia, y la avergonzaba que incluso en ese momento, con la humillación pendiendo sobre ella como la espada de Damocles, tuviese mariposas en el estómago. ¿Por qué estaba sacando aquel tema después de tanto tiempo? ¿Acaso creía haber visto una invitación en sus ojos el día del bautizo? Irritada consigo misma, se apresuró a hablar para romper el silencio e intentar recobrar algo de dignidad.


–Como he dicho, Pedro, de eso hace mucho tiempo. Apenas lo recuerdo, y no tengo la menor intención de hablar de ello, ni de repetirlo. Yo era muy joven cuando pasó aquello.


«Y virgen», recordó Pedro. Por alguna razón, la idea de que, a diferencia de él, otros hombres sí la habían tocado y la habían poseído, hizo que se sintiera casi agresivo.


–Eres una mentirosa. ¿Y sabes qué te digo? Que es una lástima.


Paula se sintió como si le hubiese pegado un puñetazo en el estómago, dejándola sin aliento.


–Yo no miento –le espetó, y frunció el ceño al darse cuenta de lo que Pedro le había dicho–. ¿Y qué es una lástima?


Pedro volvió a recostarse en su asiento, poniéndola aún más nerviosa que si siguiera inclinado sobre la mesa.


–Digo que eres una mentirosa porque estoy seguro de que recuerdas cada segundo de aquel beso, igual que yo, y que es una lástima que no quieras que vuelva a ocurrir, porque a mí sí que me gustaría que volviera a ocurrir, y mucho.


Paula se irguió, y al hacerlo acudió a su mente el recuerdo de su madre, increpándola con voz estridente: «¡Paula, por el amor de Dios, siéntate derecha! No voy a consentir que me avergüences con tus malos modales. No te he educado para que te comportes así. Eres una señorita y no vas a dejarme en mal lugar delante de toda esta gente». Ya no tenía diez años; tenía veintiocho. Era una modelo de fama internacional, con éxito, independiente. Trató de centrarse en el momento actual, en lo que la rodeaba: La conocida melodía que estaba tocando el pianista, la penumbra del bar, las luces de la ciudad que parpadeaban a través del ventanal… La camarera pasó cerca de ellos, y Pedro le pidió otra ronda para los dos. Al poco rato volvió con las bebidas y se llevó los vasos vacíos. Cuando se hubo marchado, sacudió la cabeza y esbozó una sonrisa amarga.

martes, 11 de noviembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 4

Pedro tomó asiento frente a ella, se quitó la pajarita y se desabrochó el primer botón de la camisa. En sus labios se dibujó una sonrisa. Paula se esforzó por calmarse y mostrarse educada. Al fin y al cabo, era el hermano de su mejor amiga, y sin duda aquel encuentro no era más que fruto de la casualidad. No iba a ponerse a pensar en el pasado. Sonrió nerviosa, y le preguntó en un tono casual:


–¿Qué te trae por San Francisco?


Pedro entornó los ojos. Era evidente que Paula estaba intentando encerrarse de nuevo en su caparazón, poner distancia entre ambos, como había hecho durante años para desviar su atención y hacerle creer que no lo deseaba. Pero en ese momento sabía que no era así; podía notar su nerviosismo tras aquella máscara de mujer fría y distante. Reprimió el impulso de responderle: «Tú», y en vez de eso contestó encogiendo un hombro:


–Negocios. Esta mañana hablé con Luciana por teléfono, y mencionó que estabas aquí, por la subasta benéfica para la lucha contra el cáncer de la Fundación Buchanen –decidió que sería mejor no decirle que, al enterarse, había reservado habitación en el hotel, como ella–. En fin, el caso es que como estaba en la ciudad se me ocurrió pasar a saludarte. Y parece que llegué justo a tiempo.


A Paula le dió repelús solo de imaginarse que, en vez de él, hubiese ganado la puja Jorge Stephanides y la hubiese besado y manoseado. Giró la cabeza hacia el ventanal y, cuando, al hacerlo, se deslizó un mechón en su hombro desnudo, deseó haber subido directamente a su habitación. ¿Por qué habría tenido que ir allí? Se sentía vulnerable delante de Pedro con el vestido que llevaba. Sin embargo, puesto que no podía escapar, se obligó a volver de nuevo la cabeza hacia él para mirarlo.


–Sí, y no te he dado las gracias por eso –dijo. Y luego, dejándose llevar por la curiosidad que sentía, le preguntó–: ¿Cuánto has pagado al final?


–¿No lo recuerdas?


A Paula le ardían las mejillas cuando sacudió la cabeza, porque sabía muy bien por qué no lo recordaba.


–Setecientos cincuenta mil dólares –le contestó Pedro lentamente, como si estuviera saboreando las palabras–. Y cada centavo ha merecido la pena.


Pedro observó la reacción de Paula, que estaba mirándolo entre atónita y azorada. La luz de la vela que había sobre la mesa hacía brillar su piel de satén, y sus ojos acariciaron sus hombros desnudos y la curva superior de sus senos, que insinuaba el escote del vestido. Sintió que se excitaba, y se movió incómodo en su asiento. No estaba acostumbrado a que las mujeres tuvieran un efecto tan inmediato en él. Le gustaba ser quien tuviera el control, y con Paula parecía como si lo perdiera por completo. Había pagado más de medio millón de dólares, así, como si nada. A ella le parecía una cifra astronómica, pero sabía que para él no era más que calderilla, tan solo una fracción de lo que donaba cada año a la beneficencia.


–Al menos ha sido por una buena causa –murmuró con voz algo trémula.


La camarera reapareció en ese momento con lo que habían pedido, y después de servirles se retiró. Pedro tomó su vaso de whisky y lo levantó a modo de brindis.


–Ya lo creo; una muy buena causa –dijo.


Aunque tenía la inquietante impresión de que no estaban hablando de lo mismo, Paula le siguió la corriente y brindó con él. Cuando chocaron sus vasos, los dedos de ambos se rozaron, y de pronto los recuerdos de aquella noche, de diez años atrás, se arremolinaron en su mente. Sus brazos alrededor del cuello de Pedro, las lenguas de ambos enroscándose, las manos de él descendiendo hacia sus nalgas, apretándola contra sí para que pudiera sentir su erección… Acalorada, apartó la mano tan deprisa que un poco de su bebida se derramó. No se podía creer que estuviera pasando aquello; era algo a medio camino entre un sueño erótico y una pesadilla. Tomó un sorbo de whisky bajo la intensa mirada de Pedro, mientras rogaba por que no fuese capaz de entrever lo agitada que estaba. Él se echó hacia atrás en su asiento, y bebió con parsimonia antes de preguntarle:


–Bueno, ¿Y cómo te van las cosas?


Paula inspiró. No tenía por qué estar nerviosa, se dijo. Charlaría con él sobre cosas intrascendentes, y luego, cuando terminase su copa, se inventaría una excusa y se marcharía. Y no volvería a verlo hasta dentro de unos meses o, con un poco de suerte, quizás un año. Se obligó a sonreír, y, poniendo un tono despreocupado, contestó:


–Bien, ¡Estupendamente! ¿Verdad que fue precioso el bautizo de Martina? No me puedo creer lo grande que está ya. Y a Luciana y Daniel se los ve tan felices… ¿Has vuelto a verlos después? Yo he estado liadísima. Tuve que irme a Sudamérica justo después del bautizo. Volví hace solo unos días, y tomé otro vuelo para venir aquí esta noche, a la subasta benéfica, y…


Tuvo que hacer una pausa porque se estaba quedando sin aliento, y estaba pensando a toda prisa qué más podía decir, cuando Pedro se inclinó hacia delante y la interrumpió cuando iba a continuar.


–Paula… Para.


Aturdida, Paula abrió la boca y volvió a cerrarla. Era evidente que no podía engañarlo. Reprimió como pudo las lágrimas. Estaba jugando con ella, riéndose de ella porque sabía lo débil que era, como si siempre lo hubiese sabido. Quería gritarle que la dejara tranquila, que dejase que siguiese con su vida para hacer realidad su sueño de encontrar a alguien a quien amar, de formar una familia, de olvidarle por fin.


Curaste Mi Corazón: Capítulo 3

Y era lo que había ocurrido en el bautizo de Martina. Apretó los dientes, abochornada, de solo recordarlo. La había pillado mirándolo, y estaba segura de que había leído el deseo, más que evidente, en sus ojos. Solo había sido un instante, pero sabía que se había dado cuenta de en qué estaba pensando, y desde ese día había estado soñando cada noche con Pedro. Y todo porque creía haber visto la misma mirada en los ojos de él. Pero era imposible; tenía que haber sido cosa de su imaginación. Porque era evidente que no era su tipo. Apenas era consciente de lo que estaba diciendo el actor que había conducido la subasta. Pedro estaba cada vez más cerca, y sus ojos estaban fijos en ella. Estaba paralizada, como un ciervo deslumbrado por los faros de un coche. Él subió al estrado entre los aplausos y silbidos del público. Estrechó la mano del actor, y después de firmar un cheque por la cantidad que había ofrecido, se volvió hacia ella.


–Hola, Paula –la saludó con esa voz profunda y dolorosamente familiar, haciendo que el corazón le palpitara con fuerza–. No esperaba encontrarte aquí.


De algún modo, Paula logró encontrar su voz.


–Pedro… –balbució–. El que ha estado pujando desde el fondo… ¿Eras tú?


Él asintió sin apartar sus ojos de los de ella, y con un hábil movimiento que Paula no se esperaba, le puso las manos en los costados, dejando los pulgares a una distancia peligrosamente corta de sus senos. Tras años evitando cualquier contacto físico con él que fuera más allá del estrictamente necesario, como estrecharle la mano para saludarlo, se tambaleó un poco de la impresión, y levantó las manos en un acto reflejo, para agarrarse a lo que pudiera y no perder el equilibrio. El problema era que lo único a lo que pudo agarrarse fue a los brazos de Pedro. Los músculos se evidenciaban bajo la cara tela de la chaqueta, y Paula sintió una oleada de calor en el vientre. Alzó la vista impotente. Era como si el estado de aturdimiento en el que se encontraba hubiese inutilizado los mecanismos de defensa que solía usar con él. Era tan alto que tenía que levantar la cabeza para mirarlo, aun llevando tacones como en ese momento. La hacía sentirse pequeña, delicada. Cada segundo que pasaba parecía una eternidad.


–Creo que me debes un beso –murmuró Pedro.


Ella tragó saliva. ¿Cuánto había pagado por besarla? Con el shock de descubrir que era él  quien había estado pujando, no estaba segura de haber oído bien la cifra final. ¿Medio millón de dólares? Por algún motivo tenía la sensación de que quería mucho más que un beso.


Cuando la atrajo hacia sí e inclinó la cabeza, sintió que una oleada de calor subía por su cuerpo. Paula cerró los ojos en el instante en que la besó, y de pronto fue como si hubiera retrocedido diez años atrás en el tiempo, como si volviera a ser aquella adolescente que apretaba con ardor sus labios contra los de él. Se llevó un dedo tembloroso a los labios, que aún le cosquilleaban. Había sido un beso breve, y bastante casto, pero había sido como abrir la caja de Pandora. Los retuvieron para hacerles fotos y ella, que estaba aún mareada por el efecto de aquel beso, posó con una sonrisa forzada. Seguía sin comprender qué estaba haciendo allí, pero en cuanto terminaron las fotos no se quedó siquiera a conversar con él, sino que abandonó la sala a toda prisa. ¿Cómo podía ser?, se recriminó. ¿Cómo podía ser que, con todos los años que habían pasado, en vez de haberse vuelto inmune a él, siguiese consiguiendo desestabilizarla de esa manera? 


Había echado a andar sin saber a dónde iba, y cuando aminoró el paso se dio cuenta de que había llegado al bar del hotel que, con sus ventanales del suelo al techo, ofrecía una espectacular vista nocturna del centro de San Francisco. En el bar, casi desierto, reinaba un pacífico silencio, roto solo por las notas de jazz que tocaba un pianista en el rincón. Paula se sentó a una mesa junto al ventanal y al cabo de unos minutos se le acercó alguien. Alzó la vista, creyendo que sería el camarero, pero no lo era. Quien estaba plantado frente a ella era Pedro, que debía de haberla seguido. Sus ojos azules estaban fijos en ella, gélidos como el hielo. A Paula le dió un vuelco el corazón y se le pusieron sudosas las manos. Una camarera se acercó a ellos, y, cuando les preguntó qué querían tomar, Pedro le lanzó una mirada a Paula y le preguntó:


–¿Me dejas que te invite a un whisky?


Su acento irlandés le recordó a Paula que compartían sus raíces: Los dos eran medio irlandeses, y habían crecido en Irlanda. Asintió, sin saber qué otra cosa podía hacer, y la camarera se marchó.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 2

Volvió a centrar su atención en Paula, y Pedro tuvo la sensación de estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Y era extraño porque era una sensación que solía asociar a los negocios, no a un deseo insatisfecho. Quizá fuera porque finalmente se había permitido volver a pensar en ello, en aquel momento de diez años atrás, pero había sido como abrir las compuertas de una presa. No había ido más allá de un beso, pero estaba grabado a fuego en su memoria. Echar el freno aquella noche había requerido de todo su autocontrol y toda su fuerza de voluntad, y desde entonces la había considerado como un terreno vedado por varias razones: Por lo obsesionado que lo había dejado aquel beso, aunque jamás lo reconocería, porque entonces ella no era más que una chiquilla, y porque era la mejor amiga de su hermana. Aún recordaba cómo lo había mirado a los ojos, como si pudiese ver a través de ellos y llegar hasta su alma. Como si hubiese querido que él llegase también a la de ella. Había vuelto a mirarlo así hacía solo unas semanas, en el bautizo de su sobrina. Y de nuevo él había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para reprimir su deseo y permitir que volviera a esconderse en su caparazón. Pero en ese momento ella ya no era una niña, y estaba decidido a averiguar si lo que había visto en sus ojos significaba lo que creía. Una ráfaga de calor lo recorrió mientras la miraba. Llevaba un vestido corto de seda fucsia con escote palabra de honor, que resaltaba sus delicados hombros y su grácil cuello. La larga y exuberante melena rubia le caía en suaves ondas, enmarcando su rostro. Y aun desde el fondo de la sala, donde él estaba, destacaban como dos brillantes zafiros sus ojos azules. Reprimió el impulso posesivo de ir a bajarla del escenario y llevársela de allí en volandas, lejos de las miradas de toda aquella gente. Esa vez las cosas serían distintas, se juró a sí mismo. No dejaría que volviera a dejarlo con la miel en los labios, frustrado e insatisfecho, como en el bautizo. La seduciría… Y saciaría su deseo.


Volvió a centrar su atención en la subasta. Stephanides acababa de subir la puja de nuevo. No tenía intención de dejar que acercara siquiera sus labios a los de Paula, pero era evidente que se había encabezonado en ganar, sobre todo en ese momento que parecía que le habían informado de quién era el otro postor. El griego y él eran viejos adversarios. Pedro respondió mejorando su oferta, ajeno a las miradas de quienes lo rodeaban, y a los murmullos que especulaban sobre si de verdad era quien parecía ser. Finalmente, Jorge Stephanides se dió por vencido, sacudiendo la cabeza. Una embriagadora sensación de triunfo se apoderó de él. Era algo que hacía mucho tiempo que no experimentaba, porque estaba acostumbrado a conseguir con facilidad aquello que se proponía. Salió de la penumbra y avanzó por el pasillo para reclamar su premio, aunque el beso por el que había pujado no era lo único que pensaba cobrarse. 


No fue al oír el golpe del mazo que marcaba el fin de la subasta, cuando Paula se estremeció por dentro, sino al ver al hombre que avanzaba hacia el estrado con paso decidido. No se podía creer lo que veían sus ojos. Era imposible… No podía ser él… Pero sí que lo era; era Pedro Alfonso, más guapo y elegante que nunca, con un esmoquin negro que le sentaba como si estuviera hecho a medida. Las mejillas se le encendieron mientras lo recorría con la mirada, admirando sus anchos hombros, sus largas piernas, y ese porte atlético que denotaba su amor por el deporte. En esos momentos tenía algunas canas en las sienes, que le daban un aire de madurez y distinción y contrastaban con su tez, ligeramente aceitunada, herencia de su madre española. Sus facciones siempre le habían recordado a las de una escultura clásica: La mandíbula recia, el perfil orgulloso… Tenía una belleza viril. De hecho, era el hombre más viril que había conocido. Sin embargo, lo más cautivador de Pedro eran sus ojos, el signo más evidente de su ascendencia céltica por parte de su padre, que era irlandés. Eran unos ojos de un azul pálido, como si fueran de hielo, y cada vez que la miraba sentía que la atravesaban, que era capaz de ver más allá de la fachada distante con la que intentaba protegerse de él. Siempre se había esforzado por proyectar una imagen profesional de sí misma ante él, por guardar las distancias, porque temía que la más mínima vacilación por su parte pudiera dejarle entrever en un instante lo débil que era su capacidad de autocontrol.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 1

Un mes más tarde 


Hotel Four Seasons, en el centro de San Francisco.


Paula se sentía como un trozo de carne, más de lo habitual, pero hizo de tripas corazón y esbozó una sonrisa profesional mientras la puja continuaba. El incesante parloteo del conocido actor de cine que estaba dirigiendo la subasta la estaba poniendo nerviosa. A pesar de tener años de experiencia como modelo, se sentía tremendamente incómoda con todas las miradas fijas en ella.


–Veinticinco mil. Veinticinco mil dólares ofrece este caballero sentado aquí delante –estaba diciendo el actor en ese momento–. ¿Alguna puja más alta?


Paula contuvo el aliento al ver la sonrisa repulsiva del hombre al que iluminó el foco: Jorge Stephanides, un conocido magnate griego, dueño de una compañía naviera. Era bajo, calvo, gordo y viejo, y sus ojos ratoniles la devoraban. Solo le faltaba relamerse los labios. Por un instante, se sintió horriblemente vulnerable y sola, allí de pie bajo los focos, y un escalofrío la recorrió. Si no pujaba alguien más…


–¡Ah! Parece que tenemos a otro caballero interesado al fondo, y ofrece nada menos que treinta mil dólares.


Un profundo alivio inundó a Paula, que guiñó los ojos para intentar ver, a pesar de que las luces la deslumbraban, a quien fuera que acababa de subir la puja. Parecía que los técnicos de iluminación también estaban intentando encontrarlo. El haz de luz del foco móvil iba de un hombre a otro entre el público, pero todos se reían y agitaban la mano para dar a entender que no había sido ninguno de ellos. Parecía que el nuevo postor estaba decidido a permanecer en el anonimato. Bueno, fuera quien fuera no podría ser peor que tener que ser besada, delante de toda esa gente, por Jorge Stephanides.


–¡Vaya!, y ahora el seños Stephanides ofrece cuarenta y cinco mil dólares… ¡Las cosas se están poniendo interesantes! Vamos, amigos, veamos si hay alguien más dispuesto a rascarse un poco más el bolsillo. No pueden dejar pasar la oportunidad de besar a una señorita tan encantadora y a la vez donar para una causa benéfica tan noble.


A Paula volvió a darle un vuelco el estómago ante la determinación del magnate griego, pero el actor vió movimiento al fondo, entre las sombras.


–¡Cincuenta mil dólares ofrece nuestro postor misterioso! Señor, ¿Por qué no viene usted aquí delante para que podamos verle?


Nadie se movió y, sin saber por qué, a Paula se le erizó el vello de la nuca. El rostro de Stephanides, que se había vuelto para intentar ver a su oponente, se contrajo en una mueca casi cómica de indignación. Luego, cuando un hombre se acercó por el pasillo y se inclinó para susurrarle algo al oído, su rostro se ensombreció. Era evidente que acababan de ponerle al corriente de la identidad del misterioso postor. Stephanides gruñó y volvió a subir la puja. A cien mil dólares. A ella se le cortó el aliento al oír la exorbitante cifra y la sonrisa forzada en sus labios flaqueó. De pronto, la gente empezó a cuchichear al fondo de la sala, y el misterioso postor, con una calma abrumadora, subió la puja a doscientos mil dólares. Parecía que su calvario estaba lejos de terminar.


A Pedro Alfonso no le gustaba ser el centro de atención. De hecho, era la discreción personificada en todos los aspectos de su vida, tanto en lo que se refería a su fortuna, como a su trabajo, y por supuesto a sus asuntos personales. Tenía una hija de diez años, y aunque nunca había llevado la vida de un monje, tampoco exhibía a sus conquistas, cuidadosamente escogidas, en las revistas de papel cuché, como gustaban hacer otros multimillonarios divorciados. Y ninguna de las mujeres que habían pasado por su cama había ido por ahí contando sus intimidades. Compraba generosamente su silencio para que no se sintieran tentadas de traicionar su confianza, siempre las dejaba antes de que las cosas se complicasen, y se aseguraba de que su vida privada siguiese siéndolo. Precisamente por eso ninguna de esas mujeres había conocido a su hija, Catalina, porque no tenía intención de volver a casarse. Presentárselas a Cata sería darles unas confianzas que reservaba solo para su familia. Y, sin embargo, allí estaba, pujando en una subasta benéfica por un beso de Paula Chaves, una de las modelos con más caché del mundo. Era la primera vez en mucho tiempo que había decidido mandar a paseo la discreción. Deseaba a aquella mujer como jamás había deseado a ninguna, y aunque aquel deseo había estado forjándose durante años, solo en ese momento se había permitido reconocerlo y creer que podría saciarlo.

Curaste Mi Corazón: Prólogo

De pie junto a la pila bautismal de piedra, Paula Chaves miraba con cariño a su ahijada de dos meses, mientras el sacerdote derramaba el agua bendita sobre su coronilla. La ceremonia estaba celebrándose en la pequeña y antigua capilla de la propiedad en la que se alzaba el nuevo hogar de Luciana, su mejor amiga: Un impresionante château a las afueras de París. La misma capilla en la que nueve meses atrás se había celebrado su boda, en la que ella había tomado parte como dama de honor. Querría poder concentrarse en las palabras que estaba pronunciando el sacerdote, pero le resultaba difícil por culpa del hombre alto y guapo que tenía a su derecha: Pedro Alfonso. Era el hermano mayor de Luciana, y también había estado en la boda, ejerciendo de padrino.


Paula trató de acallar como pudo el dolor de su corazón. Detestaba que esos sentimientos tuvieran que aflorar precisamente en ese momento, estropeando una ocasión tan hermosa y especial. Pero ¿Cómo ignorar el dolor cuando aquel hombre era quien había aplastado sus ideales, esperanzas y sueños? Sin embargo, no podía culpar a nadie más que a ella misma. Si no se hubiese empeñado en… No, no iba a volver otra vez a entrar en ese bucle, se dijo atajando esos pensamientos. Hacía tanto de aquello que no podía creer que siguiese afectándole de ese modo, como si aún estuviese reciente. Normalmente, evitaba a Pedro por todos los medios, pero de allí no podía huir porque eran los padrinos de la pequeña. Resistiría. Si había sobrevivido al día de la boda también podría sobrevivir a aquello. Y luego se alejaría de él y confiaría en que algún día dejase de afectarle de esa manera. Claro que… ¿Cuánto tiempo llevaba esperando que eso ocurriera? Se notaba la mandíbula rígida de tenerla apretada, y la espalda tensa como las cuerdas de un violín. Intentó centrarse en Luciana y su marido, Daniel, que parecían ajenos a todo excepto a ellos mismos y a su hijita, Martina. Daniel la tomó con ternura de los brazos del sacerdote y, cuando Luciana y él se miraron con complicidad, Paula sintió celos de lo enamorados que se les veía. Encontrar el amor, formar una familia… Eso era lo que ella quería, lo que siempre había querido. Pedro se movió y su brazo rozó el suyo, haciéndola tensarse aún más. Contra su voluntad, alzó la vista hacia él; fue incapaz de contenerse. Se sentía atraída por él, como una polilla abocada a una muerte segura por el brillo irresistible de la llama de una vela.


Justo en ese momento, Pedro bajó la vista hacia ella, y a Paula le dió un vuelco el corazón y se le cortó el aliento. Él frunció ligeramente el ceño y la escrutó con la mirada, como si estuviera rebuscando en su alma, tratando de destapar sus secretos. La había mirado del mismo modo en la boda y le había costado un horror mantenerse serena e impasible. Sus ojos traidores descendieron a la boca de Pedro, delatándola. Se moría por que la besara, por que la estrechara entre sus brazos… Por que la mirara como Daniel miraba a Luciana. Nunca había deseado nada de todo aquello con otro hombre. Cuando levantó la vista se encontró con que aún estaba mirándola y supo que estaba perdida. Los sentimientos que despertaba en ella estaban alzándose como un tsunami y no podía disimularlos, atrapada como estaba por su mirada. Estaba segura de que podía leerlos en su rostro, y al ver oscurecerse sus ojos azules le flaquearon las piernas. Nunca la había mirado de un modo tan intenso, tan elocuente… Tenía que ser cosa de su imaginación. Lo que pasaba era que aquello la superaba y era tan patética que estaba proyectando sus anhelos en él.

Curaste Mi Corazón: Sinopsis

Sería suya... Hasta que él quisiese.


Aunque habían pasado ya diez años desde que Pedro Alfonso la rechazara de un modo humillante, las heridas de la famosa modelo Paula Chaves aún no se habían cerrado. Podía tener a cualquier otro hombre, pero aquel millonario con el corazón de hielo tenía algo que hacía que le flaquearan las piernas, y cuando la invitó a pasar unos días en su lujosa villa de la Martinica no fue capaz de negarse.


Sabía que Pedro no podía darle lo que quería, amor verdadero y una familia, pero, durante esos días de relax con sus noches de pasión en aquel paraíso tropical, empezaría a descubrir que tras la pétrea fachada se escondía un hombre muy diferente.

jueves, 6 de noviembre de 2025

Inevitable: Capítulo 52

 —Cuenta con ello —asintió Sofía.


Cuando su hija se marchó, Pedro le hizo un gesto para que se acercase.


—¿Por qué no me cuentas que has querido decir antes, con eso de para siempre? Porque esta mañana estabas dispuesta a no volver a verme nunca más…


—Sí, lo sé, pero cuando Ignacio fue a casa a decirme que te habían disparado…


—Siento que hayas tenido que pasar por esto, de verdad. Sé que te estaba pidiendo demasiado.


—¿Estás diciendo que ya no quieres casarte conmigo?


Sus ojos se encontraron entonces.


—No es eso… —suspiró Pedro—. Pero la verdad es que debería haber sido un poco más sensible. Sabía lo que pensabas sobre mi profesión, y aun así, seguí insistiendo.


—A lo mejor me hacía falta que insistieras —lo interrumpió ella—. Porque te quiero, Pepe.


Decir esas palabras, decirlas por fin, la hacía experimentar una sensación tan sorprendente, que no podía ponerle nombre. Era como si todo en ella se expandiera, se despertara.


—Es verdad, te quiero… Y siento haber dejado que mis miedos me dijeran cómo actuar. Perder a Julián fue lo más duro que me ha pasado en la vida, Pepe. No sólo murió de un disparo, sino que mató al hombre que le disparó. La prensa lo convirtió a la vez en héroe y villano, y para mí fue una tortura porque siempre había sido un hombre bueno.


—Lo siento mucho, de verdad.


Paula sacudió la cabeza.


—Como me ocurrió con mis padres, yo contaba con él, y de repente, me dejó. Juré entonces que no volvería a pasar por eso. Es lo que quería decirte esta mañana, que para mí es muy difícil ponerme en esa situación otra vez. No porque no te quiera, sino porque la necesidad de protegerme a mí misma era demasiado fuerte.


—¿Y ya no lo es? 


—No, ya no lo es. Te quiero, Pepe. Y quiero vivir. No me daba cuenta de que no estaba viva hasta que… Apareciste tú. Tú lo has cambiado todo.


—Pero sigo siendo un policía. Mírame, me han disparado esta mañana. Ese es mi trabajo, y no sé si sería feliz haciendo otra cosa.


—Yo no te pediría que lo hicieras —reconoció ella—. Ignacio me ha dicho algo hoy… Que la familia es lo que los mantiene vivos. Y yo quiero ser eso para tí.


Pedro apretó su mano.


—Te quiero, Paula. Y daría lo que fuera por estar contigo ahora mismo.


Ella se tumbó a su lado, con mucho cuidado para no hacerle daño, y apoyó la mejilla sobre su hombro.


—¿Esto te vale?


—Por el momento… —sonrió Pedro—. Pero no llores, por favor…


Paula negó con la cabeza.


—Tenía tanto miedo de que fuera demasiado tarde…


—No es demasiado tarde.


—No, no lo es.


Pedro alargó una mano para tocar su cuello. 


—Llevas mi medalla de San Cristóbal.


—Sí, la encontré en tu habitación y decidí ponérmela… Por si así te protegía.


—Cuánto me alegro de que lo hicieras… —musitó él—. ¿Es un buen momento para pedírtelo otra vez?


El corazón de Paula empezó a palpitar como loco. A palpitar de felicidad.


—Sí.


—¿Quieres casarte conmigo? Los detalles podemos hablarlos más adelante. Sólo dime que sí.


—Sí —contestó ella, incorporándose un poco para darle un beso en los labios—. ¿Tu casa es lo bastante grande para dos mujeres?


—¿En Florida? ¿Te irías allí conmigo?


Paula sonrió.


—Creo que podría acostumbrarme a las palmeras. 


—¿De verdad dejarías tu casa en Mountain Haven?


—Sí, la dejaría.


—¿Y Sofía?


—Sofi se está haciendo adulta y toma sus propias decisiones. Dentro de nada se irá a la universidad. Supongo que hará lo que quiera, venir con nosotros o quedarse. Lo decidirá ella.


Pedro cerró los ojos entonces y Paula se asustó.


—¿Qué te pasa? ¿Quieres que llame al médico?


—No, no… Es que esta mañana, cuando Harding me disparó, pensé que iba a morirme. Y ahora tú estás aquí… Y vas a casarte conmigo. Me parece un sueño.


—Pero no lo es, cariño.


—Hay cosas que puedo prometerte y cosas que no, pero haré todo lo posible por volver a casa cada noche —le prometió Pedro—. Pondré todo de mi parte para quererte y protegerte. Eso no cambiará nunca.


—Ésa es toda la garantía que necesito… —susurró ella, inclinándose para buscar sus labios—. Es más que suficiente. 






FIN