Pedro le ofreció a Paula una breve historia de cada uno de sus cinco hermanos, centrándose en sus funciones en el negocio, más que en lo personal, que le permitió no pensar en la cama de la cabina del avión. También era un tema de conversación preferible al de sus relaciones anteriores. Sus respectivos sentimientos románticos, o la falta de ellos, en su caso, no tenían cabida en lo que estaban haciendo allí. Nunca había compartido esa información personal con ninguna de las mujeres con las que se había acostado, ni antes ni después de la prematura muerte de su padre. Pero Paula se había retorcido en el asiento, y su pecho derecho había estado a punto de salirse del corpiño, y él estaba tan preocupado por no ponerle las manos encima para averiguar si llevaba sujetador, que respondió a sus preguntas sin pensárselo dos veces. Cuando aterrizaron, se recompuso y recordó que el fin de semana estaría dedicado a ella y a explorar su sexualidad. Como le había asegurado, ella mandaría. Era extraño lo cómodo que se sentía con eso, dada su profunda necesidad de control, pero la excepción que estaba haciendo por ella sería breve y de escasa importancia. La experiencia sugería que con ella los resultados serían asombrosos. El coste para él, estaba seguro, sería cero. De ninguna manera iba a repetir errores anteriores. Él era mejor que esa bestia enfermiza, egocéntrica y desconsiderada en la que se había convertido la noche de la boda de su hermana. Había aprendido la lección y aprovecharía el fin de semana para demostrárselo a sí mismo. Tenía un plan, su determinación era firme como una roca y absolutamente nada iba a salir mal.
Mientras Pedro salía de la carretera principal y conducía por el largo y sinuoso camino hacia la casa, Paula pensó que si no llegaban pronto a su destino explotaría. A cada segundo que pasaba, su imaginación se desataba más. Cuando atravesaron un par de puertas gigantescas y subieron por un amplio camino de entrada, el deseo bullía en su interior como una olla a presión, el pulso le retumbaba como un tren y los oídos le zumbaban. Era su momento para vencer su miedo al sexo. El momento que jamás habría creído tener el valor de vivir. Solo cuando él detuvo el coche frente a la gran estructura sombría, los nervios se activaron inesperadamente y una insidiosa voz en su cabeza empezó a susurrar: «¿Y si no es así? ¿Y si Pedro se equivoca? ¿Y si lo intentan una y otra vez y sigue sin funcionar? ¿Cómo afectaría a tu futuro? ¿O qué pasa si funciona, pero no es tan bueno como esperabas? ¿Se te ha ocurrido que la química podría no ser suficiente, que con tu inexperiencia el sexo podría ser mediocre? ¿De lo humillante que sería?».
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