En algún polvoriento rincón de su cerebro, fue vagamente consciente de que eso no debería estar sucediendo, de que debería centrarse en el placer de ella, pero tal vez Paula tuviera razón. Aliviar la intensidad de su necesidad para poder ocuparse de la de ella podría ser la decisión correcta. Desde su punto de vista, era la mejor decisión. El calor húmedo de su boca y las cosquillas de su pelo lo enloquecían. Su respiración era agitada, rápida y superficial. La tensión que se acumulaba en su interior era insoportable. Estaba a punto de perder el control. Intentó echarle la cabeza hacia atrás, pero ella continuó, y él no habría podido protestar, aunque hubiera querido. Cuando Paula aumentó la presión y el ritmo, Pedro perdió toda capacidad de pensamiento. Ardía, se estremecía y, sin poder controlarlo, con las manos en el pelo de ella, el clímax atravesó su cuerpo con la fuerza de una bola de demolición. Con un gemido, echó la cabeza hacia atrás y explotó, palpitando implacablemente hasta vaciarse por completo.
—Bueno, ya sabemos que esto funciona —afirmó Paula con una ligereza que contradecía el estruendo de su corazón, el doloroso y ardiente palpitar entre sus piernas y la intensa sensación de triunfo que la invadía.
Arrodillada, se apartó el pelo de la cara. El sabor salado y almizclado permanecía deliciosamente en su lengua. Le dolía la mandíbula, pero daba igual. La expresión aturdida de Pedro le hizo sentir como si hubiera conquistado el mundo.
—Ha sido… Eres… Increíble —los ojos de Pedro estaban vidriosos y su voz era ronca.
—¿Podría haberlo hecho mejor?
—Espero que no. Dudo que sobreviviera.
—Bueno es saberlo.
—Me hiciste perder el control.
—¿Y cómo te sientes al respecto?
—No estoy del todo seguro —murmuró él con el ceño fruncido—. ¿Inquieto? Es mezquino quejarse, pero se suponía que te iba a empoderar.
—Lo hiciste. Te lo demostraré.
Paula se deslizó hacia arriba y se agachó para besarlo mientras se acomodaba a horcajadas sobre sus caderas, las piernas de él estiradas detrás de ella. Su corazón cabalgaba al sentirlo contra ella, duro, aunque no tanto como antes. Se sintió fugazmente nerviosa, pero había leído que esa postura, en la que ella pudiera marcar el ritmo, era buena. Estaba caliente, mojada, preparada y tan valiente como podría estarlo.
—¿Preservativo? —le susurró al oído.
Con ojos brillantes, Pedro rebuscó en el cajón de la mesilla mientras Paula se quitaba las bragas, y solo quedaba hundirse sobre él. Pero estaba demasiado tensa, y no iba a funcionar si no se relajaba. Y cuanto más intentaba relajarse más tensa se ponía, empeorándolo todo. Era horrible. Como si percibiera sus dudas y temores, Pedro se movió, impidiendo la penetración y, para alivio de ella, la ansiedad disminuyó al instante. Él la besó lenta y profundamente y ella se acurrucó contra él, prácticamente ronroneando. Pedro pasó las manos por su espalda, encontró la cremallera del vestido y la deslizó hacia abajo. Paula se estremeció cuando él le subió la prenda por la cabeza y la tiró al suelo.
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