Algo enervada por la posible naturaleza de aquella «Proposición», Paula obedeció a Pedro ya que, al parecer, su autoridad innata le resultaba absurdamente irresistible. Ese otro lugar resultó ser la terraza, llena de guirnaldas y una brillante vegetación y asientos íntimos. Tenía una espectacular vista panorámica del Partenón, detrás del cual se ponía el sol. Bañado por la cálida luz del atardecer, el santuario de Atenea, de dos mil quinientos años de antigüedad, elevaba sus columnas de piedra dorada y sombras alargadas, pero era Leo quien captaba su atención. Era un hombre en una misión, y cuando se sentaron en un reservado de un rincón de la terraza, la curiosidad de ella estaba al rojo vivo.
—¿De qué va todo esto, Pedro? —preguntó ella, mientras la intensidad con la que la miraba le secaba la boca.
—Se me ha ocurrido que tenemos asuntos pendientes.
El corazón de Paula falló un latido y su cuerpo enrojeció de calor. Adiós a la esperanza de que él hubiera olvidado los detalles de aquella noche, como había intentado ella.
—No hay nada —contestó ella con firmeza, sin querer volver a hablar del supuesto asunto pendiente por muchas razones—. De verdad que no.
—No estoy de acuerdo —insistió él, con firmeza, sugiriendo que no se dejaría intimidar—. Te debo una disculpa. Por reaccionar tan mal y dejar que te fueras —hizo una pausa y frunció el ceño—. Y, sobre todo, por hacerte daño.
—No es culpa tuya —aseguró ella con un gesto de la mano, como si no estuviera muriéndose de vergüenza—. Debería haberte advertido de que había esa posibilidad.
—No lo sabías.
—En realidad, sí. Hay pocas cosas de mi problema que no sepa. Me dejé llevar, estúpido por mi parte. Tú no tenías por qué saberlo. No te imagino lastimando deliberadamente a alguien.
—Intento no hacerlo.
—Pero si para tí es importante —añadió ella, deseosa de que esa charla terminara—, acepto tus disculpas.
—Gracias.
—Estupendo. ¿Volvemos a la fiesta?
Ella se incorporó, pero se detuvo congelada cuando Pedro la agarró de la muñeca, antes de soltarla como si se hubiera quemado.
—No he terminado.
—¿Eh? —Paula volvió a sentarse.
—Leí sobre la endometriosis.
Paula creía que ya no se sonrojaba, pero se equivocó. Ser acusada de frígida y recibir burlas era infinitamente preferible a una conversación sobre ginecología con la personificación de la masculinidad.
—¿Por qué?
—¿Por qué no? —él enarcó una ceja oscura.
—Porque no era necesario y, además, son cosas de chicas.
—Tengo tres hermanas —señaló Pedro secamente—. No me asustan las «Cosas de chicas», como dices. Y sí lo necesitaba. El conocimiento es poder. Lo que me lleva al siguiente punto.
—¿Y cuál es?
—Según mi exhaustiva investigación, el sexo con endometriosis no tiene por qué ser doloroso.
—No siempre —contestó ella con cautela.
—La posición y el ángulo pueden marcar la diferencia.
—Aparentemente —a Paula le ardían las mejillas.
—El momento también.
—Para algunas.
—Así que sugiero que lo intentemos de nuevo —Pedro se inclinó hacia delante y le sostuvo la mirada con tanta fuerza que ella no habría podido apartar la vista, aunque hubiera querido.
—¿Por qué demonios sugieres eso? —el corazón de Paula se estrelló contra sus costillas. ¿Estaba loco? ¿Había olvidado lo incómodo que había sido?
—Porque no me parece justo que te lo estés perdiendo. Porque soy bueno resolviendo problemas. Porque nunca he deseado a nadie como te deseo a tí. Porque te causé dolor, aunque sin querer, y me siento culpable y quiero arreglarlo. Elige.
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