Una vez dentro, permaneció inmóvil para que ella pudiera acostumbrarse a su desconocida sensación, los músculos rígidos por el esfuerzo de la contención. Paula estaba apretada, caliente, húmeda. Pedro nunca había experimentado nada igual. Su control pendía de un hilo que se deshilachaba, pero se aferró a él. No iba a ceder, a permitir que sus bajos instintos lo dominaran… Hasta que ella se movió, hundiéndolo aún más y, de repente, algo en su interior se quebró. Una abrumadora necesidad de moverse se apoderó de cada célula de su cuerpo. Ansiaba la deliciosa fricción de su carne deslizándose contra la de ella, con una desesperación que no podía contener. Tenía que hundirse más profundamente y con más fuerza, y mientras sucumbía impotente al deseo, la sentía tan bien que estaba perdiendo lo que le quedaba de cordura. De repente, ella giró la cabeza hacia un lado, empujándole los hombros, el pecho, luchando por quitárselo de encima. Sollozaba.
—Para. Para, por favor. Para.
Y todo, su cuerpo, su corazón, la habitación, se congeló al instante. En respuesta a la súplica, Pedro salió inmediatamente de ella. A pesar de la penumbra, Paula vió que estaba blanco como las sábanas. El horror y la confusión sustituyeron al calor salvaje y la feroz concentración que habían dominado su expresión hasta entonces y, mientras ella se estremecía ante la aguda incomodidad de su brusca retirada, deseó con toda su alma no haber tenido que poner fin súbitamente a todo. Se lo estaba pasando tan bien. La halagadora urgencia con la que la había sacado del coche y la había metido en el ascensor, calentó su deseo hasta el punto de ebullición. Cuando la tomó en sus brazos y la llevó hasta el dormitorio, podría haberse desmayado. Pero cuando él la desnudó, todo pensamiento coherente terminó. Los nervios desaparecieron. Jamás se había sentido tan deseada. Había acertado al confiar en que él le daría lo que tan desesperadamente buscaba. La necesidad feroz que había brillado en sus ojos al unirse a ella en la cama la había incendiado. El orgasmo que le había arrancado, mucho mejor que ninguno que hubiera conseguido sola, había sido alucinante, y el intenso placer había continuado. Pero se equivocó al pensar que bastaría. Porque cuando él la penetró dolió como si la hubieran empalado con un atizador al rojo vivo. Esperó a que las punzadas disminuyeran, desaparecieran, esperó contra toda esperanza que estuvieran relacionadas con su inexperiencia, pero él empezó a moverse y, para su angustia, el dolor desgarrador empeoró, extendiéndose al abdomen, destruyendo el deseo y dominando sus pensamientos. Simplemente no había podido soportarlo. Qué ingenua al suponer que todo iría bien. Ojalá se lo hubiera contado en el coche. Había hecho bien en tener miedo y evitar el sexo. Nunca debería haber intentado convencerse de lo contrario. Pero el arrepentimiento y el análisis tendrían que esperar. Pedro estaba en estado de shock.
—Te he hecho daño —dijo él, mirándola, atónito, claramente consternado.
Paula se tapó con la sábana y se acurrucó instintivamente en la posición fetal.
—Sí —admitió ella mientras, para su alivio, las punzadas remitían—. Pero no fue…
—Lo siento —Pedro se sentó en el borde de la cama, de espaldas a ella, y se pasó las manos temblorosas por el pelo.
—No es culpa tuya.
—He sido demasiado brusco.
—¿Qué? ¡No! —aseguró ella—. No es eso. De verdad.
—No sé qué se me ha escapado.
—Nada.
—Debería haber sido más cuidadoso. Más paciente.
—Fuiste todo lo que esperaba.
A pesar de su sinceridad y la urgencia en su voz, él no la estaba escuchando. Era como si se hubiera retirado a su propio mundo, un mundo de malentendido y, tal vez, de culpa, que ella sintió la imperiosa necesidad de abordar, tanto si él la escuchaba como si no, porque no iba a permitir que él pensara que tenía la culpa de todo. La culpa era suya. El dolor se había atenuado hasta convertirse en soportable y Paula se sentó y respiró hondo.
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