jueves, 5 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 21

Cualquier temor que Pedro hubiera albergado por acostarse con una virgen se disipó cuando Paula mencionó tener que encontrar a otra persona. Una vez más, las palabras «Ni hablar», aparecieron en su mente. No entendía por qué. No era posesivo, y no le excitaba la idea de ser el primer hombre en mostrarle a Paula de lo que era capaz su cuerpo. Quizás su reacción se debía a la certeza de que él, y solo él, podía proporcionarle lo que ella deseaba. Por improbable que fuera el emparejamiento sobre el papel, su química era excepcional y única. O tal vez el hecho de que ella confiara en él le hacía sentirse capaz de todo. No entendía cómo seguía siendo virgen con su aspecto, su seguridad y dominio del coqueteo, pero daba igual. De hecho, podría ser una bendición. Tendría que ir despacio y controlarse, sin perder el control, aunque quisiera, cosa que no quería en absoluto. Mientras Pedro pensaba en todo lo que le haría a Paula, Carlos salió de la carretera, cruzó un par de puertas y bajó por un túnel que conducía al estacionamiento subterráneo. En cuanto el coche se detuvo, Pedro se bajó, con el corazón palpitante y el cuerpo preparado, y caminó hasta el otro lado. Abrió la puerta de un tirón y tendió una mano que Paula aceptó inmediatamente, saliendo del coche con mucho más decoro que él. Dirigió un cortante kalinikta a Carlos y la condujo hasta el ascensor. Pulsó el botón y las puertas se abrieron con suavidad. La empujó al interior y las puertas se cerraron, dejando fuera todo salvo ellos dos y la noche que se avecinaba. El aire vibraba con tensa anticipación, la electricidad casi visible. El aroma de Paula, aún más intenso que en el coche, envolvió e impregnó a Pedro. Ella estaba tan cerca que casi se tocaban. Sentía su calor, su urgencia. Pero no la tocaría. Todavía no. Podría aguantar los diez segundos que tardaría el ascensor en llegar a su apartamento. Claro que podría. No era un animal. Al menos no hasta que cometió el error de mirarla de reojo, al profundo rubor de sus mejillas, el rápido movimiento de su pecho y la abrasadora bruma de deseo en los ojos clavados en él. Saber que ella lo deseaba tanto como él a ella pulverizó la poca cordura a la que se había aferrado, y si él se volvió hacia ella primero o ella se volvió hacia él, ni lo supo ni le importó. Un minuto estaban mirándose fijamente y al siguiente estaban pegados, las bocas fusionadas, las manos por todas partes. Pedro arrinconó a Paula contra la pared del ascensor y la inmovilizó con sus caderas. Ella se derritió y gimió. La oleada de lujuria que lo invadió casi le dobló las rodillas. El corazón le latía con fuerza. Le estallaban los oídos. La sangre circulaba por su cuerpo como fuego líquido. Vagamente, se dió cuenta de que las puertas se habían abierto. Interrumpió el beso y la tomó en sus brazos. No se dejó distraer por su jadeo de sorpresa, o por el hecho de que, sin tiempo para romances y todas las emociones turbias asociadas, era la primera vez que sostenía en brazos el peso suave y cálido de una mujer. No se le ocurrió ofrecerle una bebida o algo de comer. Se limitó a llevarla por el amplio pasillo hasta el dormitorio.


—Qué maestría —admiró ella sin aliento cuando él la soltó junto a la cama.


—Pretendía ser eficiente, pero aceptaré maestría.


—¿Qué hago?


A Pedro se le secó la boca. Estaba tan duro que dolía. Tan embriagado por el deseo que era incapaz de dar instrucciones.


—Lo que quieras.


Paula se mordió el labio, pensativa. Luego empezó a desabrocharle los botones de la camisa de abajo arriba. Cada vez que los dedos rozaban su piel, los músculos de Pedro se estremecían.


—Dije que quería dibujarte —susurró ella mientras deslizaba la camisa y la chaqueta de los hombros y los brazos—, pero creo que prefiero esculpirte. Quedarías excepcional en mármol.


—Gracias… Creo.


Con las manos de Paula recorriéndole el torso tan delicadamente, cada vez le era más difícil pensar. Sobre todo, cuando deslizó un pulgar por el pezón y se inclinó para lamérselo. 

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