jueves, 5 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 22

 —¿Estás segura de que no has hecho esto antes? —preguntó él con voz ronca.


—Estoy haciendo lo que quiero —murmuró ella contra su piel—. Fue idea tuya.


Al parecer, un error. Notaba su tacto por todas partes, y lo estaba deshaciendo tan deprisa que estuvo a punto de arrojarla sobre la cama. Apretando los dientes, y resistiéndose al impulso de hacerlo, hundió una mano en sus cabellos, le acarició la espalda desnuda y suave con la otra y la besó hasta arrancarle esos suaves gemidos. Luego deslizó las manos bajo los tirantes del vestido. Al bajárselos por los brazos, el corpiño se abrió hasta la cintura y, con un leve movimiento de caderas, hasta el suelo.


—Este vestido me gusta cada vez más —murmuró él mientras ella se quedaba solo con los tacones dorados y unas bragas de encaje blanco.


—Hay menos de lo que me hubiera gustado.


—¿Por qué desperdiciar tela? —Leo percibió un temblor en Paula, y frunció el ceño—. ¿Estás bien?


—Siento el impulso virginal de taparme.


—¿Nerviosa?


—Un poco —ella asintió.


—¿Te lo estás pensando? —el corazón de Pedro dió un vuelco.


—Ni hablar.


—Puedes echarte atrás en cualquier momento.


—No lo haré.


—Theos, eres preciosa.


—Tú también.


—Sube a la cama. Déjate los tacones.


Paula se hundió en la cama, la luz de la luna volviendo su pelo plateado y su piel perlada. Él se desnudó con más prisa que elegancia. La mirada de ella se posó en su erección y soltó una especie de suspiro ronco que, ridícula, aunque inevitablemente, hizo que se endureciera aún más. Pedro se tumbó a su lado y rodó sobre ella. Su boca se selló a la de ella, que cerró los ojos y, con un gemido, le rodeó el cuello con los brazos. Deslizó las manos por los hombros y la espalda, y los músculos de él se tensaron al contacto. Con el deseo ardiente y duro en su interior, él deslizó una mano por el sedoso muslo de Paula. Después, subió de la cintura hasta el pecho y ella arqueó la espalda. Desesperado por saborearla más, él deslizó los labios por su cuello y la suave pendiente del pecho. Cuando la cerró sobre su pezón, duro y apretado, ella jadeó y hundió los dedos en el pelo. La sentía temblar. Las braguitas avivaron su deseo hasta niveles insoportables. Pero no podía penetrarla como tanto deseaba. Tenía que tomarse su tiempo, aunque lo matara. Concentrándose únicamente en ella, Pedro deslizó la mano por el firme abdomen y la introdujo bajo las braguitas. La rodilla que ella había levantado cayó hacia atrás, permitiéndole un mejor acceso al húmedo calor, lanzándole una invitación que no podía rechazar. Apretó los dedos contra el centro de su placer y ella se estremeció un instante antes de relajarse.


—¡Dios mío!


Paula apretó su boca contra la de él, besándolo apasionadamente mientras sus caderas empezaban a responder a los movimientos de los dedos. La cabeza de Pedro le daba vueltas, y el pulso se aceleró. Ella jadeó y gimió. Instantes después, se estremeció, echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre mientras se deshacía en sus brazos, más rápido y más fuerte de lo que él podría haber imaginado.


—¿Bien? —preguntó Pedro, que nunca había visto nada igual.


—Nunca me he sentido tan bien en mi vida —Paula le dedicó una lánguida sonrisa.


—Luego mejora.


—Imposible.


—Ya verás.


Pedro se apartó de ella para colocarse un preservativo, tardando una eternidad, ya que le temblaban las manos y necesitaba más autocontrol del que jamás había imaginado tener. Volvió a ella, con la excitación reflejada en sus ojos y el rubor en sus mejillas. Separó sus piernas, se acomodó en su entrada y, mientras la besaba apasionadamente en la boca, la penetró tan lenta y cuidadosamente como pudo, observando su respuesta, oyendo su agudo y estremecedor jadeo, dándole tiempo para adaptarse.

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