martes, 17 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 29

Una vez devorada toda la información que pudo encontrar sobre el estado de Paula, había rememorado todos sus encuentros y conversaciones, y empezado a trazar estrategias. Sabía lo que quería y, al igual que ella, tenía la intención de conseguirlo. Por eso había aparcado su rechazo a la presentación del retrato. No había dudado ni un segundo del resultado de la conversación. Podía ser extremadamente persuasivo y casi todos acababan por ver las cosas a su manera. Por eso tenía el jet preparado y la villa abastecida. Se había volcado en el objetivo, había recuperado la decisión y la confianza en sí mismo, y después de semanas sintiéndose completamente perdido en lo referente a esa mujer, le sentaba bien recuperar el timón y dirigir el barco en la dirección deseada. Sin embargo, le había sorprendido el grado de satisfacción y alivio experimentado cuando ella había accedido. ¿Tanta culpa sentía por lo que había pasado la noche de la boda? ¿Tanto la quería en su cama? Tal vez la imagen, presuntamente negativa, que ella tenía de él le molestaba más de lo previsto. Tal vez sí era altruista, después de todo. Eso no importaba. El fin de semana iba a ser puramente físico. Una oportunidad para enmendar errores y, por fin, poner punto final a un mes de inestabilidad en su vida. El domingo por la noche, armada con la demostración de que el sexo era posible para ella, Paula saldría a conquistar el mundo del arte y él seguiría dirigiendo el imperio familiar y protegiendo a sus hermanos de los caprichos de su madre. El statu quo se restablecería para siempre. Si ella hubiese albergado alguna duda sobre haber tomado la decisión correcta en la terraza, cosa que no hacía, esas dudas habrían sido barridas por la emoción de viajar en jet privado. Desde luego, era infinitamente mejor que la experiencia del viaje de Londres a Atenas de hacía unas semanas. El avión de Pedro tenía una docena de asientos grandes de cuero color crema, una tripulación de seis personas y una copa de champán, que ella aceptó de manos de una azafata, con una sonrisa y un efharistó terriblemente mal pronunciado.


—Esto es muy cómodo —Paula bebió un sorbo deliciosamente frío para controlar el revoltijo de nervios y expectación, reclinándose en el asiento para disfrutar del lujo una vez en el aire.


—Es la única forma de viajar —al otro lado de la mesa de nogal pulido, Pedro se desabrochó el cinturón de seguridad y le dirigió una fugaz sonrisa. 


Para un multimillonario, quizás, para el resto de los mortales, bastaba con un par de pies o una bicicleta.


—No les digas eso a tus accionistas navieros.


—Nuestro transporte es comercial —aclaró él, apurando su café—. Cargamentos en contenedores.


—¿Nada de cruceros? ¿Ningún yate corporativo?


—Lamentablemente, no.


—Qué fallo.


—No lo sientas por mí —contestó Pedro con ironía—. Los aviones lo compensan con creces.


—¿Aviones? ¿En plural? ¿Cuántos tienes?


—Este es de la familia. La empresa tiene otros tres.


—Práctico para moverse.


Y para llevar a mujeres a pasar un fin de semana de sexo en su aislada villa de la isla, como la hermosa morena con la que le había visto charlar en la fiesta. Parecían amigos. No era asunto suyo, no estaba ni remotamente interesada en el pasado romántico de Leo. Por suerte, tampoco era celosa. De lo contrario, el impulso que había sentido de apartar a la mujer de un empujón se habría debido al deseo de arrancarle los ojos, no a la molestia por el retraso.


—¿Y quién era la morena?


Quizás estuviera más interesada de lo que quería admitir.


—¿Qué morena? —Pedro parpadeó desconcertado.


—Piernas largas. Preciosa. Sedoso traje pantalón blanco —ella fingió indiferencia—. Se alegró mucho de verte cuando salíamos de la discoteca. Le diste un beso en cada mejilla, hablaron en griego, y luego se quedó con la sonrisa congelada —aunque ella no se había fijado en nada…


—Ah —él inclinó la cabeza—. Era Laura.


—¿Una novia?


—Salimos un par de meses hace un año o así. No la había vuelto a ver.


—Tiene un pelo maravilloso —por alguna razón, Paula sintió alivio—. Nunca he sido capaz de dominar el arte del moño.

No hay comentarios:

Publicar un comentario