martes, 24 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 37

La tensión que la atenazaba se volvió insoportable, y cuando creyó que ya no aguantaría más, él encontró su núcleo y lo acarició como ella tanto necesitaba, y el cosquilleo que había comenzado en los dedos de los pies subió por las piernas, el cuerpo y los brazos. Sentía un tsunami de algo ardiente e insistente que se precipitaba hacia ella y, de repente, sin previo aviso, un volcán de placer estalló en su interior. Le recorrió el cuerpo como lava fundida, sacudiéndole las extremidades y echándole la cabeza hacia atrás. Mientras luchaba por respirar, medio jadeando, medio riendo, con los fuegos artificiales explotando tras sus ojos, nunca se había sentido tan extasiada, tan aliviada, tan inteligente.


—¿Qué haces?


Dos mañanas después, sentada con las piernas cruzadas en el sofá bajo una de las cuatro ventanas del dormitorio, Paula levantó la vista del bloc que tenía en el regazo y se encontró a Pedro tumbado de lado, apoyado sobre un codo. La observaba con una mirada soñolienta, aunque ardiente, que tuvo el poder de reavivar el deseo a pesar de que, después de todas las deliciosas cosas que habían hecho, debería sentirse saciada.


—Te estoy dibujando —contestó ella, resistiendo heroicamente el impulso de volver a la cama en la que habían pasado gran parte de las gloriosas treinta y seis horas anteriores, porque su cuerpo necesitaba urgentemente un descanso—. La luz aquí es increíble. ¿Te importa?


—¿Tienes pensado exponerlo?


—No. Esto es solo para mí. Algo que me recuerde el fin de semana, aunque no creo que vaya a olvidarlo.


—Entonces no me importa —Pedro le dió forma a su almohada y se tumbó boca abajo—. Pero no esperes que pose —advirtió—. Apenas puedo moverme.


—Puedes quedarte donde estás.


Eso era atravesado sobre la cama extragrande, desnudo salvo por la sábana blanca que le cubría las nalgas y la parte superior de los muslos. Un regalo para la vista. El sol de la mañana entraba por la ventana, bañando su piel bronceada con un precioso brillo iridiscente. No había centímetro de él que ella no hubiera explorado. Ninguna parte que no hubiera saboreado. Plasmar en un papel el calor salado y satinado de su piel y el poder embriagador de su cuerpo era imposible, aunque lo intentó con todas sus fuerzas.


—Estás muy sexy con mi camisa —murmuró él, con los ojos medio cerrados.


—Y tú muy sexy sin ella —Paula se estremeció al sentir el suave lino rozar su cuerpo.


—¿Qué hora es?


—Las diez.


—Hacía años que no dormía hasta tan tarde.


—Hemos estado ocupados.


—Hacía años que no estaba tan ocupado —la boca de Pedro esbozó una leve sonrisa.


¿Era normal sentir esa poderosa oleada de satisfacción y orgullo? Paula se permitió un momento para jactarse, pero enseguida se controló. No significaba que ella fuera especial. Probablemente solo significaba que Pedro rara vez disfrutaba de un fin de semana libre.


—¿Qué sueles hacer los domingos por la mañana? —preguntó ella, estudiando con determinación su pie derecho, tan absurdamente seductor como el resto de su cuerpo.


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