Le disgustaba saber que una mujer apasionada y vibrante como ella fuera incapaz de experimentar las embriagadoras delicias del buen sexo. No le gustaba la sensación de fracaso ni que ella tuviera una impresión menos que favorable de él. Su relación parecía inacabada, los errores cometidos se clavaban en sus entrañas y solo pensaba en la reparación. Así que no iba a prohibir la presentación que su madre estaba planeando, según Adrián. De hecho, asistiría. Sería la oportunidad perfecta para hablar con Paula. Un par de horas de incomodidad por tener que enfrentarse a un cuadro que le había provocado noches de insomnio era un pequeño precio a pagar por la oportunidad de corregir tantos errores.
Para la presentación del retrato que, para sorpresa y alivio de Paula, había seguido adelante, Ana había alquilado la última planta de un exclusivo club nocturno de Atenas y reunido a doscientos de sus amigos más íntimos. Ventajas de ser rica y famosa. Habían pasado ocho días desde la desastrosa noche con Pedro. Había necesitado tiempo y un gran esfuerzo recordarlo sin morir de vergüenza, pero mantenerse ocupada con preparar la velada y hacer un seguimiento de los contactos que había hecho en la boda había ayudado. Los inconvenientes de seguir en Atenas eran, por supuesto, los constantes recuerdos de la boda del año. Los quioscos desplegaban revistas con las fotos oficiales de los novios. Solo su fuerza de voluntad había impedido comprar una. No tenía ningún deseo de comprobar si él aparecía en ellas. Tenía negocios y una carrera que atender, y una noche humillante que olvidar. Por suerte no había peligro de que se presentara allí. El retrato era enorme y ocupaba un lugar central. Ya la habían entrevistado y fotografiado para media docena de publicaciones internacionales y las felicitaciones por su trabajo eran constantes. Sin embargo, mientras que para ella era motivo de orgullo y alegría, la presentación debía ser la peor pesadilla de Leo. Una pena en realidad, porque si consiguiera superar sus reservas, él mismo vería que el retrato era un…
—Aquí lo tenemos.
Al oír la voz grave a su derecha, Paula dió un brinco. Dándose la vuelta, con el corazón acelerado, se encontró con el hombre que había supuesto que estaría a millones de kilómetros de allí esa noche, de pie junto a ella, mirándolo fijamente. Una mirada a su perfil fuerte y severo, a su cuerpo alto y musculoso, vestido con vaqueros y una camisa de lino blanca suelta, y el recuerdo delos dos abrazados bajo las sábanas, volviéndola loca, antes de que todo saliera terriblemente mal, se metió en su cabeza, nublándole la vista y vaciándole los pulmones de aire. Se obligó a respirar y parpadeó. Era un evento profesional para ella. Tenía que centrarse. No iba a pensar en lo que había pasado en ese dormitorio, ni permitir que regresara la humillación que tanto le había costado superar. No necesitaba saber qué había hecho él, si había pensado en ella y en qué contexto. Lo suyo era mirar hacia delante.
—Así es —contestó ella.
—No sabía que mi madre tuviera un trono —Pedro examinó la obra de arriba abajo.
—No es un trono cualquiera —explicó ella, feliz de hablar de arte—. Es una réplica del de Luis XIV.
—Cómo no.
—Lo encargó para hacer juego con la tiara.
—La tiara perteneció originalmente a mi abuela.
—Eso tengo entendido.
—Medía metro y medio tanto a lo alto como a lo ancho- —continuó Pedro—. No me la imagino posando así.
—Ana lo hace muy bien.
—Tiene mucha práctica —él se inclinó hacia delante y frunció el ceño al ver el pequeño corazón rojo en la cara interna del muslo de la pierna derecha—. ¿Eso es un tatuaje?
—Lo es —confirmó ella—. Se lo hizo hace dos años. Un regalo de cumpleaños para un antiguo amante. Esta vez pensó que un retrato sería menos doloroso.
—¿Menos doloroso para quién? —Pedro enarcó una ceja.
Paula evitó sonreír ante la irónica observación de Leo, que aún no había dado su opinión sobre el cuadro. Por alguna razón, eso la irritaba.
—A Ricardo le gusta —aclaró ella, recordándose una vez más que la opinión de Leo era tan irrelevante como su aprobación. Solo sus clientes importaban—. Lo va a colgar en su dormitorio.
—Lo sé —Leo hizo una mueca—. Lo ví cuando llegué.
—Te perdiste su discurso. Fue muy apasionado.
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