martes, 17 de febrero de 2026

Retrato: Capítulo 32

Pedro apagó el motor y salió del coche, dejando a Paula sentada, con las preguntas resonando en su mente, anulando el deseo y acelerándole el pulso. Los pulmones se aplastaban por la presión, y le costaba respirar. Temblorosa, bajó del coche, se apoyó contra él e inhaló el cálido aire salado hasta que su acelerado corazón se ralentizó y pudo volver a respirar. Mientras él sacaba las maletas del maletero, se tomó un momento para contemplar las estrellas, para escuchar el suave y tranquilizador rumor del mar. Sus nervios se calmaron y sus pensamientos se aclararon. Hacía un momento, lo único que quería era irse a la cama con el hombre cuya confianza y seguridad habían hecho saltar por los aires sus objeciones, el que le había prometido un fin de semana de descubrimientos, un fin de semana para recordar. Ella se preguntó si era necesario precipitarse tanto. Quizás el problema fuera la frenética desesperación que había caracterizado su último encuentro. El deseo tenía la costumbre de estallar sin avisar. Los besos se habían vuelto abrasadores en cuestión de segundos. En la pista de baile… En el ascensor… Tal vez en esa ocasión harían bien en tomarse las cosas con calma, en lidiar con el calor con cautela en lugar de sucumbir instantáneamente a él. Con una bolsa en cada mano, Pedro se dirigió a la puerta principal y la abrió. Paula lo siguió. Tras soltar el equipaje, él cerró la puerta y activó las luces con la voz.


—¿Qué quieres hacer primero? —preguntó, volviéndose hacia ella.


—Me gustaría una visita guiada.


Una visita guiada no era lo que Leo había imaginado darle a Paula al llegar a su finca. Pero la había visto mirando al cielo infinito, apoyada en el coche. Había percibido su tensión en el vestíbulo. Si una visita guiada podía calmarla, eso harían. Lo último que quería era apresurarse y que la noche volviera a torcerse. Mientras él le enseñaba las amplias habitaciones interconectadas de la planta baja, ella no dejaba de expresar su aprecio, y él de luchar contra el recuerdo de unas exclamaciones similares antes de que todo estallara aquella noche. En el salón murmuró algo sobre el atractivo de las paredes blancas y brillantes, las líneas puras y los ángulos rectos del edificio, moderno y sin pretensiones, y la serenidad y el aislamiento del lugar, y resistió el impulso de tumbarla en el mullido sofá. Cuando se apartó ante las grandes puertas correderas de cristal para que ella pudiera salir a la terraza que se extendía sobre el mar, sus músculos estaban rígidos por el esfuerzo de mantener las distancias y le estallaba la cabeza.


—Apuesto a que de día las vistas son impresionantes —murmuró ella, apoyada en la barandilla.


—Lo son.


—Dijiste que no pasabas aquí tanto tiempo como te gustaría.


—No.


—Qué pena.


Lo que era una pena era que no se estuvieran besando. Pero no se precipitaría. No la presionaría.


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