jueves, 11 de septiembre de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 42

Paula se dió cuenta de que no podía cambiar lo que iba a suceder entre Pedro y ella, por mucho que le preocupara o por muchos planes que hiciera. El accidente había sido una prueba fehaciente de que su vida estaba en un camino que ella no había elegido, en realidad. Sin embargo, podía aprovechar el viaje al máximo. Pedro la levantó de su regazo y la sentó en el sofá, junto a él, cuando sus muslos comenzaban a temblar.


—¿Estás bien? —le preguntó con ternura.


—Sí. Creo que mis muslos lo van a sentir mañana —dijo ella, sonriendo.


Se colocó la ropa mientras Pedro la miraba.


—Eres tan preciosa…


Ella se ruborizó.


—Tú, también.


—Gracias. No sé si alguien me había dicho eso alguna vez.


Ella se echó a reír. Pedro le parecía precioso, sí, pero también había algo rudo y grave en él.


—Me alegro —le dijo.


Él la tomó en brazos y la llevó hacia el dormitorio.


—¿Te vas a quedar esta noche?


—A menos que tú no quieras…


—Sí, claro que quiero.


Cuando se acostaron y ella se había acurrucado contra él, notó que Pedro le acariciaba el pelo.


—Vivo en una mansión grande de las afueras de Boston. Mi padre soñaba que viviríamos en una casa así antes de que todo se viniera abajo — le explicó—. No es muy personal. Contraté a un estudio para que hiciera la decoración y, cuando estoy allí, solo voy a dormir. Como de pie en la cocina.


—Pues no parece que esa casa sea para tí.


—¿No? Yo me imaginé que es el tipo de casa para que viva un consejero delegado.


—Como me pasa a mí con Chaves Manor. Debería encajar ahí, pero no encajo.


—Me alegro. Me gusta esta versión de Paula.


—A mí, también.


—¿Y qué tipo de casa crees que encajaría contigo?


—No estoy seguro. Me gusta tu casa y todo lo que hemos hecho para convertirla en un hogar. Pero no me gustan las antigüedades tanto como a tí.


—¿Por qué no?


—Me parecen demasiado lujosas.


—¿Demasiado lujosas? Acabas de decir que eres consejero delegado. Puedes tener lo que quieras. Has trabajado mucho y te lo mereces.


Él exhaló un largo suspiro.


—No creo que me lo merezca. Estoy en el camino que mi padre quería para mi hermano.


—Pues seguro que los dos se sienten orgullosos de tí. Ya es hora de que empieces a vivir tu propia vida.


—No sé cómo hacerlo.


—Bueno, pues resulta que yo tengo un poco de experiencia en eso. Puedo ayudarte.


—¿Lo harías?


—Sí, claro que sí. Es lo menos que puedo hacer por tí, Pedro, para compensarte por todo lo que has hecho tú por mí.


Entonces, el la besó, y volvieron a hacer el amor. Después se quedaron dormidos y, por una vez, ella no estuvo soñando con las cosas que nunca había podido tener, sino que soñó con él y con el futuro que les aguardaba.


Pedro dejó a Paula durmiendo y fue a la cafetería Nancy's a comprar bollos y café para los dos. No quería pensar demasiado en que la noche anterior había tomado una decisión muy importante para su futuro; no estaba seguro de lo que iba a pensar su tía al respecto, pero tendría que hablar con ella para decirle que ya no tenía intención de destruir a la familia Chaves.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 41

 —También es real para mí —dijo, desde lo más profundo de su alma.


—Bien, entonces, podemos tomarnos el resto con calma —murmuró ella—. Solo necesitaba saber que estás en la misma situación que yo. Pero no pasa nada si no es así.


—Sí, lo estoy, Paula. Pero el asunto de mi familia es complicado y mi vida tenía un rumbo antes de que nos reencontráramos.


—La mía, también.


—¿Y qué rumbo era ese?


—Pensaba que la única manera de demostrar que era independiente era hacerlo todo yo sola —dijo ella, suavemente.


—¿Y ahora ya, no?


Paula se levantó y caminó hacia él.


—Es que no tengo que hacerlo así. Sé que puedo hacerlo sola, pero es mejor contigo.


Él pensó en eso mientras ella se sentaba en su regazo. La vida era mucho mejor con ella. Sin embargo, durante mucho tiempo, siempre había puesto a su familia por delante de todo lo demás. Quería confesarlo, pero se preguntaba si solo necesitaba hacerlo para liberarse de un peso. Gonzalo y Rodrigo le habían dicho que Rory recordaba algunas cosas de la gala de invierno, la noche en que sufrió la agresión de su hermano. Si le confesaba que su hermano era Javier, ¿Empeoraría las cosas para ella? No lo sabía.  Aquella noche era una de las pocas veces que había recibido y sentido aquel tipo de consuelo y de paz de otra persona. Rory le importaba mucho y, en gran parte, solo quería tener más recuerdos felices antes de admitir que todo estaba relacionado con su peor pesadilla. Solo unos días más para disfrutar de aquella relación con la que se habían encontrado los dos. Unos momentos más de ser aceptado por quién era, no por lo que podía hacer por otra persona. Le rodeó la cintura con los brazos, porque sabía que debía seguir el ejemplo de Paula y dejar aquella conversación. La besó y comenzó a acariciarle la espalda, bajando hasta sus caderas. Cuando descubrió que no llevaba ropa interior, se volvió loco de deseo. Le acarició el trasero y ella se estremeció y comenzó a mover el cuerpo para frotarse contra su erección. A él se le escapó un gruñido. La deseaba en aquel mismo instante.


—¿Estás bien así? Me encanta que estés encima de mí y, dentro de un minuto, no voy a poder pensar en nada. Así que, si necesitas que cambiemos de postura…


Ella le mordió el lóbulo de la oreja y le susurró:


—He estado haciendo ejercicios para fortalecer las piernas, así que… Creo que estaremos bien.


Él casi no pudo contenerse cuando ella le bajó los tirantes y le desabotonó la camisa. Él se abrió el pantalón y la colocó sobre su regazo hasta que el extremo de su erección estuvo colocado en la apertura del cuerpo de Paula. Ella se apoyó en sus hombros y bajó suavemente sobre su miembro hasta que estuvieron unidos. Entonces, se miraron a los ojos y él supo que nunca iba a apartarse de ella. No le importaba lo que hubiera pasado aquella noche ni quién era su hermano. Paula era suya. No solo aquella noche, sino para siempre. Paula se movió sobre él, al principio, lentamente, mientras él le desabrochaba el sujetador y le acariciaba el pecho. Después, fue tomando velocidad y él elevó el cuerpo para recibir sus acometidas frenéticas hasta que los dos llegaron al orgasmo y ella gritó su nombre. Rory apoyó la cabeza en su hombro y él notó su respiración acelerada en la piel. La estrechó contra sí y no permitió que nada más que ella ocupara su mente en aquel momento.

martes, 9 de septiembre de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 40

Todo el mundo se echó a reír y ella se ruborizó, pero se le pasó el azoramiento cuando tomaron los micrófonos y empezaron a cantar.


—Tenías razón en lo de mudarte, cariño —murmuró Gonzalo después de un rato—. A mí me preocupaba que fuera demasiado, pero ahora entiendo que estás consiguiendo ser tú misma.


—Gracias —le dijo ella, mirándolo—. Sé que tenía razón.


—Listilla.


—Parece que es cosa de familia —respondió, riéndose.


La fiesta continuó casi hasta medianoche, y no se había reído tanto en su vida. Cuando todos se marcharon y Pedro y ella se quedaron a solas, supo que había llegado el momento de tener aquella charla. Sin embargo, no estaba segura de si iba a poder enfrentarse a lo que estuviera por venir.


Si encontrar aquella carta entre los documentos de su padre había hecho que empezara a cuestionarse lo que le habían contado su tía y su padre acerca del accidente de Javier, la fiesta de aquella noche había complicado aún más las cosas. Le resultaba casi imposible seguir odiando a Gonzalo Chaves después de haberlo visto bromear con su novia, con su hermana y con su primo. Aquello no concordaba con la imagen de hombre despiadado que tenía de él. Paula no sabía lo que había ocurrido en el accidente y Gonzalo había dicho que no quería empeorar su trauma, pero esperaba enterarse de más cosas la semana siguiente, cuando hablara con Rodrigo y con él. Sin embargo, tendría que decirle a Paula quién era su hermano e intentar averiguar más cosas sobre lo ocurrido durante la gala de invierno


—¿Y bien? —preguntó ella. 


Se sentó en una butaca, junto a la chimenea, con las piernas recogidas bajo el cuerpo.


—No sé por dónde empezar.


—Háblame de tu familia. No sé nada de ellos.


—Bueno, sabes que mi hermano murió y que mi padre se dió al alcohol, algo que, finalmente, lo llevó a la muerte.


—Sí, eso lo sé. Y lo siento mucho. ¿Cuántos años tenías?


—Acababa de empezar la universidad. Estaba en la Costa Oeste cuando sucedió todo. Volví porque mi tía me avisó. 


—Yo también acababa de empezar la universidad cuando sucedió el accidente. Es irónico que a los dos nos cambiara así la vida a los dieciocho años.


Más que irónico, pensó él. Ella no sabía que había sido el mismo accidente lo que les había cambiado la vida.


—Entonces, ¿Se quedaron solos tu tía y tú?


—Sí. Yo dejé Berkeley y volví a Boston. El negocio familiar se había venido abajo y yo empecé a dar clases en el turno de noche de la facultad de la comunidad mientras trabajaba para levantarlo de nuevo.


—Pedro, eso es tan…


—¿Tan qué?


—Triste. Tan triste. Deberías haber podido disfrutar de tus años en la universidad, haber podido cometer tus errores y haberte encontrado a tí mismo, pero tuviste que volver y retomar la vida de otra persona.


—¿De otra persona? ¿Por qué lo dices?


—Bueno, tú no querías dirigir la empresa de tu familia, ¿No? Tuviste que hacerlo porque era necesario. No tuviste la oportunidad de averiguar si era lo que querías.


—Sí, supongo que sí —respondió él. 


Nunca lo había pensado así.


—¿Tu tía te ayudó?


—No, eso no es lo suyo. A ella se le da bien socializar y hacer buenos contactos. Y yo me valí de esos contactos para levantar el negocio de la nada.


—Entonces, ¿Son un equipo?


—Sí —dijo él.


Pero no estaba seguro de si iban a seguir siéndolo. Sabía que no habría forma de que su tía aceptara a Paula.


—Entonces, ¿Por qué no me la has presentado? —preguntó ella—. Eso es lo que no entiendo. Sé que estás muy ocupado y que nuestra relación es nueva, pero… Creo que tenemos algo verdadero. ¿O solo me estoy engañando a mí misma?


Paula no se andaba con rodeos. Lo miraba con los ojos muy abiertos, llenos de emoción, sentada en aquella butaca junto al fuego. Y él quería dar un paso adelante, pero el miedo se lo impedía. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 39

 —¿Cómo se juega, exactamente? —preguntó Pedro, mientras Paula se reía de lo que había dicho su hermano.


—Es el juego de los pósits La categoría es la de los mejores personajes malos de Disney.


Paula explicó las reglas. Cada uno de los jugadores se pegaba una nota en la frente con un nombre que no conocía y que tenía que adivinar con la información que obtuviera haciendo preguntas a los demás. 


Aunque Pedro nunca había jugado, se divirtió mucho, lo cual no era sorprendente. Sin embargo, sí le sorprendió el hecho de darse cuenta de Gonzalo y Rodrigo eran hombres de los que, probablemente, querría ser amigo. Para él, por algún motivo, estaba bien enamorarse de Paula, pero el hecho de que le cayeran bien Gonzalo y Rodrigo… Iba a tardar mucho más tiempo en acostumbrarse a eso.


Paula observó a Pedro con más atención que antes. Ella quería arriesgarse y sentirse completamente viva, pero, algunas veces, eso daba miedo. Cuando había despertado del coma, su mundo era muy pequeño, y estaba orgullosa de haberlo expandido con la ayuda de Pedro. Sin embargo, había muchas cosas que no sabía de él. Cosas que antes no tenían importancia, pero, ahora, sí. Rodrigo y ella sirvieron una ronda de bebidas en la cocina y fueron al salón para continuar el juego. Se sentó junto a Pedro y sonrió. Él le apretó suavemente la pierna y le devolvió la sonrisa.


—Eh, tú —dijo Melisa, volviéndose hacia Gonzalo—. Woody no es uno de los malos.


Gonzalo se encogió de hombros y sonrió.


—Hace muchas cosas para librarse de Buzz. No es tan heroico.


—No es eso lo que yo estaba pensando.


—Siento que no lo hayas adivinado, nena —dijo Gonzalo. 


La abrazó y le dió un beso.


—Creo que deberíamos parar antes de que las cosas se pongan más intensas —dijo Vanina—. ¿Qué otros juegos tienes?


—El Monopoly. Lo he visto en la repisa —dijo Gonzalo.


—No voy a jugar al Monopoly contigo —respondió Paula—. Te pones muy borde cuando jugamos. 


—Entonces, ¿Qué les parece el uno, o un karaoke? —sugirió Pedro.


—Uy, se me da fatal cantar —dijo Rodrigo.


—No tiene por qué dársete bien —respondió Melisa—. ¡Sí, vamos a jugar al karaoke!


Todo el mundo estuvo de acuerdo, y Pedro ayudó a Paula a conectar los micrófonos a la televisión.


—Esta noche está siendo más divertida de lo que pensaba — murmuró Pedro, con una voz suave y melancólica.


—Me alegro, pero ¿Por qué pensabas que no iba a ser divertida?


—Estoy acostumbrado a las fiestas de casa de mi tía. Muchas conversaciones triviales y camareros con bandejas… Esto es… Bueno, más hogareño.


—Sí, lo que mejor se nos da es lo hogareño.


Él enarcó una ceja.


—Las grandes fiestas que se celebran en Chaves Manor no parece hogareñas.


Ella asintió.


—No, no lo son. Son eventos sociales que se celebran para el pueblo, por la empresa. Me refiero a las noches como esta, en la que solo estamos los tres… Y, ahora, nuestros compañeros. Estas son las mejores.


Él la abrazó por la cintura.


—¿Yo soy tu compañero? —le preguntó, con la voz enronquecida.


Ella le puso la mano en la barbilla.


—Creo que sí. Me refiero, hasta que…


Él la besó para impedir que siguiera hablando, y eso la preocupó. Cuando él levantó la cabeza, la miró con pesar.


—Lo siento. No puedo explicarte nada ahora, pero estar aquí sentado con tu familia me ha dado una visión de algo que no sabía que echase en falta.


—Me alegro de saber eso —dijo ella, suavemente—. Estaba presionándote para que hablaras, pero entiendo que no puede ser ahora.


—Yo estoy dispuesto a mirar para un lado durante unos minutos si van a besarse, no estoy seguro de que pueda soportarlo —dijo Gonzalo. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 38

Él era consciente de que Paula no lo sabía. De que había mentido desde el momento en que se había presentado. Estaba harto de eso. Quería exigir que le contaran lo que había pasado aquella noche, saber por qué había muerto su hermano, qué era lo que había empujado a su padre al alcoholismo. Quería saber por qué su tía le había dicho una cosa, pero la carta que había encontrado en la biblioteca de su casa mostraba otra distinta. Quería… Quería que Paula lo viera como un héroe y no como un villano.


—¿Por qué quieres saber cosas del accidente? —le preguntó Rodrigo.


—Por Paula —respondió Pedro—. Ella ha mencionado ciertas cosas… Yo quiero saber más, pero no quiero presionarla y hacer que se sienta incómoda.


—No recuerdo mucho del accidente. Gonzalo salió ileso y seguro que es quien más recuerdos tiene. Podemos hablarlo la semana que viene, cuando Paula no esté cerca —le dijo Rodrigo, y se giró hacia su primo—. Gonzalo, ¿Le has contado a ella lo de la colaboración que mencioné?


—Todavía no —dijo él—. Durante años, Rodrigo no ha querido tener nada que ver con el negocio, y ahora está enviando propuestas a diestro y siniestro. 


—Dijiste que tenía que involucrarme —replicó Rodrigo, y añadió, mirando a Pedro—: Es un pesado. Pero fue tu idea, Pedro, lo que me hizo pensar. Tenemos a mucha gente con buena formación y mucha capacidad que no está trabajando al nivel que le corresponde, como las hermanas Hammond, por ejemplo, que llevan la cocina de Chaves Manor. Ellas me enseñaron a cocinar.


—Estoy de acuerdo —dijo Pedro, aceptando aquel cambio de tema—. Estoy deseando charlar más con ustedes dos.


—Bueno, ya está bien de hablar de trabajo —dijo Vanina, que se había acercado a ellos—. Ya es hora de empezar la fiesta. Dame eso —añadió, y tomó la bandeja de aperitivos—. ¿Qué han planeado?


Paula había preparado algunos juegos y, mientras todo el mundo se estaba sentando con los pósits que ella les entregó, se la llevó un momento a la cocina.


—¿Qué ocurre? —preguntó Paula.


—Quiero que esto sea divertido. Hay muchas cosas de mi vida de las que todavía no hemos hablado, pero tú eres importante para mí —dijo él—. Siento haber empezado esto justo antes de que llegara todo el mundo. La verdad es que… Estoy nervioso.


Ella lo miró y le dió un abrazo.


—Yo, también. Desde que llegaste a mi vida, he estado haciendo cosas nuevas contigo, intentando encontrar a alguien que esté conmigo. Tenía mucha prisa por saberlo todo de tí. Y eso no es justo para tí.


Él la besó con calma, largamente. Cuando la tenía entre sus brazos, todo iba bien. Tenía que dejar de preocuparse y encontrar las mejores palabras para que ella pudiera entenderlo. Porque lo cierto era que no existía una forma fácil de explicar lo que había entre ellos, pero estaba dispuesto a hacer todo lo que estuviese en su mano para ser el hombre que ella quería.


—Creo que no estoy acostumbrado a compartir las cosas, y quiero hacerlo, pero siempre me lo he guardado todo.


Ella suspiró.


—Y yo estoy intentando compartirlo absolutamente todo.


—Estamos esperando, cariño —dijo Gonzalo, acercándose a ellos—. Me alegro de que estén teniendo un momento tan especial, pero es hora de darle una buena tunda a Rodrigo.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 37

 —¿Estás bien? —le preguntó Gonzalo, mientras Melisa hablaba con Pedro.


—Sí, estoy bien. Es que acabo de darme cuenta de que la vida no siempre va según nuestros planes. 


Sinceramente, debería haberse dado cuenta de eso mucho antes. Sin embargo, el coma había convertido la última década en algo que parecía un largo sueño. Pedro la había cambiado al ayudarla a despertar y a vivir, pero, en aquel momento, se estaba dando cuenta de que la vida estaba hecha de buenos momentos, pero, también, de malos. Él sabía que lo había echado todo a perder al permitir que la conversación se desviara hacia la tía Liliana y hacia la trágica historia de su familia. Sin embargo, ya era hora de hablar con Paula sobre lo que había pasado la noche del baile, por mucho que él no tuviera sentido de la oportunidad.


—Con me ha comentado que tienes algunas ideas de negocio para Chaves Corners —le comentó Gonzalo, que se había acercado a él.


Paula estaba en el salón con Melisa y Vanina, y Rodrigo estaba en la cocina preparando algo que olía muy bien.


—Sí —respondió, sin saber hasta qué punto debía explicarse—. Mi empresa, Alfonso Industries, ha comprado diferentes propiedades por el pueblo con la intención de convertir Chaves Corners en un lugar para gente que quiera vivir en pueblos pequeños pero trabajar en empresas grandes.


—Alfonso Industries… Creo que tú y yo hemos coincidido en varios cosas últimamente.


—Sí —dijo Pedro. 


Aquella noche había dejado de esconderse y fingir.


—No hay nada malo en la competencia amistosa y, si ayuda a Chaves Corners, estoy totalmente a favor —dijo Gonzalo—. Y, si te parece bien, me interesa conocer tus ideas. Durante muchos años he estado solo para hacerle frente a esto y… Bueno, sinceramente, creo que estaba evitando el pueblo tanto como podía.


Pedro se dió cuenta de que, en cierto modo, Gonzalo lo estaba tratando como a un amigo. Como a la persona con la que estaba saliendo su hermana. Él quería relajarse y ver dónde podía llegar aquello.


—¿Por Paula?


—Sí, y por el accidente. No sé si tú has oído contar lo que sucedió esa noche. Hubo un accidente de tráfico muy grave en el que murió un hombre —dijo Gonzalo—. Fue la peor noche de mi vida —prosiguió, y él percibió su tono de dolor.


—¿Qué ocurrió? —preguntó él, sin poder evitarlo.


En aquel momento apareció Rodrigo con una bandeja de aperitivos de queso.


—Prueben esto —dijo. Entonces, miró a Gonzalo y a Pedro con curiosidad—. ¿De qué están hablando?


—De la noche del accidente —respondió Gonzalo, y se tomó uno de los aperitivos—. Vaya, quema.


—Deja que se enfríe —le advirtió Rodrigo.


Pero tomó uno y esperó un momento antes de probarlo. Sin embargo, no estaba pensando en la comida en aquel momento. Se dió cuenta de que Paula lo estaba observando desde el otro lado de la habitación y, aunque la última vez que Rodrigo había tratado de intimidarlo, ella le había dado su apoyo, en aquella ocasión lo estaba mirando como si no supiese quién era… 

jueves, 4 de septiembre de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 36

Con los tirantes, el cuello de la camisa abierto y una funda de pistola falsa.


—Sí. Estamos muy bien, ¿No?


—Sí, son buenos disfraces —respondió él.


Se le acercó por detrás y la abrazó por la cintura. Ella miró el reflejo de ambos en el espejo y notó que se le aceleraba el corazón. Cada vez le resultaba más difícil negar que se estaba enamorando de él. En realidad, no quería negarlo, pero tampoco estaba segura de hacia dónde pensaba Pedro que iba su relación.


—Nunca hablamos de tu familia —le dijo.


—Solo me queda mi tía. Mis padres y mi hermano murieron.


Ella se giró entre sus brazos y lo estrechó contra sí.


—Lo siento. Me encantaría conocer a tu tía.


Él la abrazó con fuerza durante un segundo. Después, la soltó y fue en busca del arma para meterla en la funda.


—Sí, ya lo resolveremos.


—¿Están unidos? —le preguntó ella, porque no parecía que quisiera que ellas se conociesen.


—En realidad, sí —dijo él.


—Entonces… ¿Por qué no quieres que la conozca?


—No es eso, exactamente.


Ella tomó aire.


—Sé que está a punto de aparecer mi familia y que somos los anfitriones de una fiesta, pero ¿Qué pasa? ¿Acaso te sientes avergonzado de mí en algo? ¿Soy suficiente para Chaves Corners pero no para…?


—No digas tonterías. Eres perfecta y una Chaves, así que, ¿Cuándo no has sido suficiente?


—No soy una Chaves contigo, Pedro. Soy Paula. Y últimamente no soy suficiente.


—Tú eres todo lo que necesito —dijo él, con la voz enronquecida, y se acercó para abrazarla—. Y, en cuanto a mi tía, el problema no eres tú. Soy yo.


—¿Tú? Si están unidos, ella debe de quererte y querrá que seas feliz. 


—Sí, pero… Como tú has dicho, ahora no tenemos tiempo para entrar en detalles. Pero la noche en que murió mi hermano cambió para siempre a mi familia. Mi tía y yo nos unimos en nuestro dolor para intentar que los responsables pagaran por sus actos.


—Oh, Pedro, eso parece algo horrible. Es como si hubieras estado cargando con esto mucho tiempo. ¿Puedo hacer algo para ayudar?


—No, Paula.


—Entonces, ¿Tu tía no quiere que salgas con nadie?


—A ella no le importa mi vida personal. Solo le preocupan sus planes —dijo él, con un deje de dolor en la voz.


Ella le puso la mano en el hombro cuando él estaba a punto de apartarse.


—¿Y cuáles son sus planes?


Él respiró profundamente.


—La venganza.


Paula cabeceó.


—Ese no eres tú, Pedro. Tú no eres alguien que vaya detrás de la gente. Me ayudaste a mí, a una desconocida, sin saber ni cómo me llamaba.


—Sí sabía cómo te llamabas, Paula. Te conocía de cuando éramos pequeños, ¿No te acuerdas?


—Sí.


—Ah. Entonces, ¿Qué estás intentando decir?


Llamaron a la puerta. Seguramente, eran Gonzalo y Melisa. Su hermano siempre llegaba temprano.


—Ve a abrir la puerta —le dijo ella—. Podemos hablar después de que todo el mundo se haya marchado a casa.


—Está bien, pero no me voy a olvidar de esta conversación —dijo ella.


—Yo, tampoco. Ya es hora de que te lo cuente todo.


¿Todo? Eso no presagiaba nada bueno. Él intentó sonreír, pero a ella le pareció que en su sonrisa había tristeza. 


—Eso espero.


Paula fue a abrir la puerta con una sonrisa forzada para recibir a su hermano. Gonzalo y Melisa aparecieron vestidos de paciente y médico.


—No teníamos tiempo para preparar disfraces, así que hemos tenido que arreglárnoslas con esto —dijo Gonzalo con timidez.


—Están estupendos —respondió ella, y abrazó a su hermano.


Se dió cuenta de que le alegraba que estuviera allí. Quería independencia, quería forjarse una vida por sí misma y con Pedro, pero, de repente, ya nada le parecía seguro.