martes, 19 de mayo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 47

De hecho pretendía utilizar aquel viaje para empezar a interponer distancia entre ellos, pero mirándola en aquel momento, de pie charlando con la esposa de Donati, se dió cuenta de que su plan había fracasado estrepitosamente. Aquella noche era importante para su negocio porque al día siguiente iba a sellar el acuerdo con Eduardo Donati por el que le arrancaría a Romano los mejores viñedos de la Toscana, pero no podía concentrarse en nada que no fuera llevarse a la cama a su esposa y hacerla suspirar, gemir y rogar. Era como una droga sin la que empezaba a no poder vivir. Todos sus sentidos estaban más centrados, más alerta, más desesperados si estaba cerca, y también si no lo estaba. Ninguna mujer lo había distraído de su negocio hasta entonces, pero le estaba costando un imperio no ir a por ella, tomarla en brazos y salir de allí para ir a algún lugar en el que poder aliviar la necesidad insoportable de volver a tenerla.


–El embarazo le sienta bien. ¿Cuándo dará a luz?


Pedro se volvió a mirar a Romano, sorprendido por el comentario y por su sonrisa burlona. Volvía del baño cuando lo interceptó. La última persona con la que le apetecía hablar.


–En verano –dijo, y la ansiedad que experimentaba cada vez que pensaba en el bebé se agudizó.


El instinto protector que no podía contener había empezado a torturarlo cada vez que pensaba en la criatura que crecía en ella, y el rostro de su propia madre, el que había visto la última vez, se aparecía ante él. «Ne me quitte pas, Pedro». El mismo recuerdo que le había asaltado en la ecografía y que había vuelto a asaltarle al dejar la cama de Paula en su noche de bodas, saciado, exhausto y aún excitado. No podía permitir que se hiciera dependiente de él como su madre, o acabaría fallándole también a ella.


–No pareces muy complacido ante la paternidad –comentó Romano, aún con aquella sonrisa burlona–. Aunque supongo que el embarazo fue planeado.


–¿Y en qué sentido es todo esto asunto tuyo? –rebatió, guardándose las manos en los bolsillos, no fueran a acabar en la cara de Romano.


–Entonces, ¿No lo niegas? –se rio con desprecio–. Tengo que admirar tu dedicación a los vinos, Alfonso.


–¿De qué hablas? –espetó, y el control del que siempre se había sentido tan orgulloso amenazaba con saltar por los aires. 


Él no era un advenedizo, un ladrón, un gánster, como le decían cuando tuvo la audacia de entrar en el mundo de los vinos. Había ignorado todos aquellos insultos, decidido a no complacer a la gente que tenía tan bajas expectativas sobre él, a superar el desprecio de su padre, pero la actitud de Romano empezaba a irritarlo y mucho.


–Yo creo que ya lo sabes.


–¿En serio? –sus manos salieron por voluntad propia para agarrar a Romano por las solapas y tirar de él hasta que quedaron nariz contra nariz. 


-Creo que deberías deletreármelo.


Los invitados se apartaron de ellos, conteniendo el aliento.


–Lo que te digo es que preñar a la viudita del viejo De la Mare, antes siquiera de que el tío se hubiera quedado frío, ha sido un modo muy agradable de echarle el guante a sus tierras.


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