martes, 12 de mayo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 43

 –¡Pedro! –exclamo Paula, agarrándose a sus hombros como si la sacudiera un viento fuerte–. ¿Qué haces?


Mirándola, deslizó los dedos por su clítoris y decidió saborearla en otro momento. Si lo hacía en aquel, igual no podía contener el frenesí que se había apoderado de su sangre.


–Asegurarme de que estás preparada para mí –dijo, explorando sus pliegues inflamados.


Ella dió un respingo y un gemido al sentir su pulgar en el clítoris.


–Estoy… Estoy más que preparada.


–Bien –se levantó y se lamió las yemas de los dedos mientras ella lo miraba con los ojos muy abiertos. Había hecho todo lo posible por ir despacio, pero no iba a poder contenerse mucho más.


–Súbete a la cama, Paula, y colócate a cuatro patas –dijo con voz áspera, mirando la curvatura de su vientre.


Ella parecía confusa, así que Pedro la colocó de espaldas a él y se agarró a sus caderas. Su sexo brillaba con sus jugos, y acercó el pene a su entrada. La imagen de su erección penetrándola era tan erótica que sintió que se mareaba. Entró despacio y con cuidado, llenándola por completo. Los músculos de su vagina lo succionaron y oírla gemir hizo que su erección creciera a un tamaño imposible. Comenzó a moverse despacio, ocupando cada centímetro de su sexo, hundiéndose en ella, tomando más, marcándola como suya, y las palabras de la ceremonia del ayuntamiento, unas palabras que no deberían significar nada, le volvieron a la memoria, aquella vez ciertas. Paula llegó al orgasmo un instante después, masajeando su pene y desencadenando su propio clímax, arrancándole un grito cuando su semilla se vació en ella. Pero mientras los dos se estremecían con un devastador orgasmo, un pensamiento inquietante se le materializó en la cabeza. Paula era suya, pero solo hasta que el niño naciera. ¿Por qué entonces sentía aquella necesidad como algo demasiado grande para verse satisfecho?



Paula se despertó a la mañana siguiente con el sol entrando a raudales por las ventanas… Y la cama vacía. Había intentado convencerse la noche anterior, rodeada por los brazos de Pedro mientras el sueño la vencía, de que los sentimientos caprichosos que albergaba por él y por aquel matrimonio no eran más que el efecto del subidón hormonal del embarazo. Por lo tanto no debía asustarse de ellos, porque solo eran una reacción química que no podía controlar. Pero cuando se estiró en la cama no pudo evitar obsesionarse con aquel espacio vacío y con la ternura que batía bajo sus costillas. La ternura y la desilusión. Y el anhelo. Y las preguntas que la bombardeaban. ¿Dónde estaría? ¿Habría vuelto a sus propias habitaciones? ¿Por qué no se había quedado? Intentó pensar en otra cosa con el fin de evitar que el vacío y la sensación de inadecuación que había definido su infancia no se repitiera, y finalmente decidió levantarse de la cama e ir al baño.


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