martes, 12 de mayo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 44

La alfombrilla que habían dejado mojada estaba colgada en el radiador, y la bañera ya no tenía agua pero, aun así, los recuerdos eróticos de la noche pasada asaltaron sus sentidos. Decidió darse una ducha rápida y en aquel guardarropa lleno de prendas nuevas y caras encontró unos vaqueros y una bonita blusa azul, y salió al pasillo. Se oía mucha actividad en la planta baja. Debían estar limpiando. Bajó sin que nadie la viera y en el salón vió a un pequeño ejército de personal recogiendo lo que había quedado del banquete de la noche. El espectáculo había terminado. Entre todos ellos, vió a Antonia.


–¡Bonjour, Antonia! –la llamó. 


Aunque no sabía de eventos, sí que sabía del orden de una casa, y de limpieza. A lo mejor podía ayudar, y así se quitaba de la cabeza lo de la noche anterior y la ausencia de Pedro.


Antonia se acercó con expresión preocupada.


–Madame, lo siento mucho. Monsieur Alfonso nos dió instrucciones de no despertarla.


–No pasa nada. Soy madrugadora.


–No esperábamos que se levantase tan pronto. Siento mucho no haberla atendido.


–No pasa nada, de verdad, Antonia –dijo–. ¿Sabes dónde está monsieur Alfonso?


Ella asintió con entusiasmo.


–En el comedor de desayuno.


La joven la condujo hasta la entrada de un enorme invernadero de cristal, lleno de hermosas plantas que contrastaban vivamente con los jardines sepultados en el frío del invierno y la niebla de la mañana de fuera. Avanzó un poco y vió a Pedro sentado ante una mesa de hierro forjado situada en un precioso rincón, tomando café y leyendo algo en el móvil. Su esposo. Su amante. Las emociones que tanto le había costado controlar le volvieron como la marea, amenazando con derribarla. Con una camisa blanca inmaculada, recién afeitado y peinado, los restos de su desayuno en un plato, parecía concentrado, alerta, confiado. El líder de su industria. Carraspeó y él levantó la mirada. La pasión brilló en sus ojos, pero frunció el ceño.


–Paula, ¿Por qué te has levantado tan temprano? –no parecía complacido de verla–. Después de lo de anoche, necesitas descansar.


Todas las preguntas que iba a hacer sobre la hora a la que se había marchado y dónde tenía pensado dormir en el futuro, se desvanecieron. No es que la estuviera regañando, pero casi.


–No es tan temprano –se defendió.


Pedro se levantó y le ofreció una silla.


–Siéntate –le dijo, besándola en la mejilla. Parecía distraído, pero el roce de sus labios le provocó un escalofrío. Una respuesta totalmente física, no emocional, se recordó–. ¿Qué quieres comer, y le pido al chef que te lo prepare?


–No tengo mucha hambre.


–Paula, tienes que comer.


Ella asintió recordando de dónde venía su obsesión con su salud.


–Bueno pues, un cruasán.


–Eso no es suficiente –respondió, y descolgando el teléfono, pidió varias cosas.


–No creo que me vaya a poder comer todo eso –dijo ella cuando hubo terminado.


Él se limitó a asentir.


–Hay una aplicación en el teléfono que te dio Juan que tiene una conexión directa con el personal. Si hay algo que necesitas, basta con que se lo hagas saber. He contratado a una nutricionista para que prepares menús adecuados para una embarazada. También puedes consultar con ella a través de la aplicación.


–De acuerdo.


Sus cuidados eran enternecedores, pero volvió a sentirse desbordada, y un poco frustrada. ¿Dónde estaba el hombre que le había hecho el amor con tanta pasión? ¿Y dónde estaba la mujer que había hecho gemir a aquel hombre? Ya no se sentía poderosa, sino inadecuada y fuera de lugar, exactamente igual que cuando llegaba a una casa de acogida nueva, desesperada por encajar, por encontrar un lugar para ella, solo para descubrir que ese lugar no existía.


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