martes, 12 de mayo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 41

Pedro llamó suavemente a la puerta de la zona de Paula. No obtuvo respuesta. ¿Se habría quedado dormida ya? Pero cuando se disponía a volver a sus habitaciones, la tensión sensual que le había estado atormentando todo el día, desde que ella puso el pie en el aeropuerto aquella mañana, volvió a morderle la entrepierna. No se sentía racional sino desesperado, empujado por una necesidad tan fuerte como nunca la había conocido. Cada vez que había percibido su perfume a lo largo del día, cada vez que había visto arrebolarse sus mejillas, la necesidad de ella había crecido. Su primer baile había sido una tortura. Todo en su esposa lo excitaba, aunque, en realidad, ¿Por qué se sorprendía? La había buscado durante cinco largos meses, luego se había obligado a estar separado de ella otros diez días más por los preparativos de la boda, y durante todo ese tiempo había soñado con ella de continuo, sueños eróticos y húmedos que habían transformado su deseo en algo más. Ahora era su mujer. ¿Era de extrañar que quisiera consumar un matrimonio que se merecía más que ser una simple unión en beneficio de su hijo? Volvió a llamar a la puerta y abrió con cuidado, preguntándose si estaría dormida. Al entrar, la luz que salía del baño iluminaba la cama vacía y un pedazo de encaje que había sobre ella. Solo ver aquel negligée e imaginarse las rotundas curvas de Paula en él hizo que el calor de su cuerpo se desplazara de inmediato a la entrepierna. Oyó el sonido del agua en el baño y percibió un perfume floral embriagador. Maldiciéndose por ser incapaz de resistirse a un deseo tan fuerte que llevaba volviéndolo loco horas, días, semanas, fue hasta la puerta. Su esposa estaba sumergida en aquella bañera exenta, con los pechos mojados y algunos mechones de pelo húmedo pegados a la piel. Gimió y ella se dió la vuelta. Lo que vió en sus ojos –deseo inesperado, necesidad desnuda–halló eco en su vientre y su erección palpitó y se endureció aún más. La emoción que le contrajo el pecho era más que deseo, más que pasión, más que el impulso básico de reproducción.

–¿Pedro? –pronunció su nombre cubriéndose los pechos con los brazos–. Estás… Estás aquí.


Percibió desconfianza y timidez en su voz y en su expresión. Demonios, ¿Por qué su inocencia la tornaba aún más exquisita?


–¿Quieres que me vaya?


La vió tragar saliva primero y, después, negar con la cabeza, y mentalmente pronunció una oración de agradecimiento dirigida a quienquiera que estuviera cuidando de él en aquel momento. Y al mismo tiempo hizo un juramento: Haría cuanto estuviera en su mano para tratarla con el respeto que su inexperiencia, y su estado, se merecían, aun cuando el deseo hubiera hundido sus garras en él y fuera ya insoportable.


–¿Quieres que… Que te lave la espalda? –sugirió, intentando sonar despreocupado, lo más opuesto a su estado en aquel momento.


–Eh… –dudó un instante, que para él fue una pura agonía–. Estaría bien, si estás seguro de que te apetece.


Disimuló un inevitable gemido con una risilla.


–J’en suis certain, Paula.

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