–¿Hacer? –repitió, frunciendo el ceño.
–Como esposa tuya, quiero decir –si se mantenía ocupada sería más fácil aliviar aquel sentimiento de inadecuación–. Me gustaría ser útil.
Pedro se rió.
–Es que no hay nada que tengas que hacer, Paula. Eres mi esposa, y el personal de la casa está para servirte. No al revés.
Como si le hubieran oído hablar, un pequeño desfile de camareros acudió a llevar el desayuno que Pedro había pedido. Sobre la mesa apareció un montón de comida con el que podrían desayunar varias personas: Pastas de mantequilla, fruta fresca, una selección de pan y queso, e incluso una esponjosa tortilla.
–Bon appétit –sonrió Max y miró su reloj–. Tengo que irme. Espero poder verte esta noche. Come –añadió besándola en la mejilla–, no te preocupes innecesariamente y descansa, que pretendo darte mucho que hacer cuando vuelva.
-Tu esposa es exquisita, Alfonso.
–Mm…
Apenas registró el comentario de su rival en los negocios, Gianluca Romano, porque la sangre le volaba por las venas desde que Cara había llegado al baile de los Donati. Deliberadamente no había querido ir al hotel a buscarla, porque si después de siete días y siete noches se encontraba con ella en un dormitorio, se perderían el baile, por supuesto. Estaba deslumbrante con aquel vestido azul de satén, su figura aún más lujuriosa que cuando la había dejado en Burdeos una semana antes. Llevaba el pelo en un precioso recogido sujeto con pequeños brillantes que destellaban con la luz de las lámparas de techo. No había podido quitar la vista de ella desde que se habían reunido. Llevaban casi un mes casados, tiempo que le había bastado para adaptarse a la vida en el château. Aunque no le había hecho demasiada gracia que hiciera casi amistad con el personal, había tenido que acabar aceptando que necesitaba algo con lo que mantenerse ocupada, pero había hecho que Juan enviase un email al personal de la casa en el que les decía que quedarían inmediatamente despedidos si permitían que hiciera cualquier cosa que requiriera más esfuerzo que el de levantar una tetera. Había empezado a notar su presencia en pequeñas cosas, cambios sutiles que hacían la casa más encantadora, más acogedora: Ramos de flores frescas que habían empezado a aparecer al llegar la primavera a las tierras, las sonrisas del personal, que parecía adorarla y el perfecto funcionamiento de la casa, que le permitía concentrarse en el negocio en lugar de verse obligado a perder tiempo en la toma de decisiones domésticas que no le interesaban. Y luego estaba el sexo cada noche, que seguía siendo adictivo. De hecho, tenía tantas ganas de verla por la noche, y tan pocas de dejarla a la mañana siguiente que empezaba a sentirse incómodo. Se había dicho que, después de la noche de bodas, no pasaría todas las noches con ella, pero cada vez que se metía en su cama, le resultaba imposible salir de ella.
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