Se sentó en el sillón que había en un rincón del baño para desatarse los zapatos, y ya se había quitado la camisa y los pantalones cuando ella preguntó:
–Pedro, ¿Qué haces?
–Meterme contigo en la bañera –contestó, bajándose los calzoncillos, un movimiento que ella siguió con la necesidad y el pánico brillando en sus iris azules. Él se rió–. Es el único modo de hacer un buen trabajo.
Paula no apartó sus ojos de su erección hasta que se metió en la bañera detrás de ella. El agua subió casi hasta desbordarse y su erección quedó alojada junto a sus nalgas. Instintivamente se frotó contra él. Aquella mujer iba a matarlo, pero desde luego moriría bendecido. Tomó la pastilla de jabón, se enjabonó las manos y, empezando por su nuca, fue bajando por la espalda hasta donde pudo alcanzar, masajeando sus músculos tensos. Ella seguía teniendo los brazos cruzados sobre el pecho, pero sintió cómo la tensión iba perdiendo fuerza poco a poco. Al final acabó bajándolos y Pedro cubrió sus senos con las manos, inclinándose por encima de su hombro para ver cómo sus pezones, sonrosados del tiempo pasado en el agua, se hacían grandes con sus caricias.
–Pedro… Esa no es mi espalda –musitó con la voz rota, y la necesidad patente en ella fue un poderoso afrodisiaco.
–Sí, pero es que me daba la sensación de que necesitaban mis atenciones –bromeó–. Es mi trabajo como esposo tuyo asegurarme de que están lavados como es debido.
–Ah… ¿Ah, sí? –preguntó, y se relajó sobre su pecho.
Incapaz de soportar por más tiempo aquella tensión, le susurró al oído.
–Mírame, ma femme.
Paula lo hizo y él se apoderó de su boca. El ángulo era difícil pero, aun así, sus lenguas se encontraron. Fue él el primero en separarse, y ella emitió un suave gemido de desilusión. Pedro salió de la bañera y la tomó en brazos.
–Ten cuidado, no te vayas a escurrir.
La besó en la nariz a modo de respuesta. Dios, ¿Se podía ser más exquisita? Se secó los pies en la alfombrilla del baño y salió al dormitorio.
–Tráete una toalla –le dijo al pasar junto a las que había en el vestidor.
La dejó de pie junto a la cama y secó primero su melena, luego su cuerpo, maravillándose de los cambios que iba encontrando en él y de lo mucho que lo excitaban. Creía imposible desearla más que la primera noche, pero era así. Tenía los pechos más llenos y firmes, y sus curvas eran más pronunciadas donde su cuerpo había madurado con el embarazo. Poniéndose de rodillas, soltó la toalla y la agarró por las caderas. Deseaba saborearla casi con desesperación.
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