jueves, 18 de septiembre de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 54

 —Lo vamos a resolver todo. Siempre y cuando nos queramos, podremos resolverlo.


Después, la depositó cuidadosamente en el suelo.


—Cuando llegué a Chaves Corners… No voy a mentirte, sentía mucho odio por tu familia y por este pueblo.


—Lo entiendo —dijo ella—. Gonzalo no quiere reconocerlo, pero creo que él sentía lo mismo. Y, por supuesto, Rodrigo detestaba Chaves Corners y trataba de evitarlo por todos los medios.


—¿Y tú? Nunca te he preguntado lo que sientes tú, verdaderamente. Toda la gente del pueblo pensaba que tu familia estaba maldita.


—Yo estaba en coma, así que no sabía nada de la maldición sobre mi familia y el pueblo. Creo que, como no sufrí todo eso y estoy aquí ahora, experimentando el renacimiento del pueblo y de mi nueva familia… Bueno, a mí me gusta estar aquí. Y creo que también es por tí.


—¿Por mí?


—Sí, tú has estado a mi lado desde el primer día que empecé a vivir sola, ayudándome con una sonrisa, aunque fuera una desconocida para tí.


—No, no lo eras —dijo él—. Eras esa niña dulce que me sonrió hace tanto tiempo, un día de verano.


Él volvió a abrazarla, y ella apoyó la cabeza en su hombro.


—Te he echado de menos —dijo Paula en voz baja.


—Yo, también —admitió él—. Pensé en todos los motivos por los que no me aceptarías de nuevo y había muchos. Pensé en cómo había utilizado lo que hizo Gonzalo para justificar mi venganza. Así que tú podrías hacer lo mismo, racionalizar lo que yo hice de modo que te resultara imposible perdonarme. Estarías en tu derecho.


—No sé si estaría en mi derecho —dijo ella, sonriéndole.


—Bueno, yo creo que sí. Te traté mal…


Paula le puso un dedo en los labios.


—Tú nunca me has tratado mal. He pasado mucho tiempo pensando en cómo ha sido nuestra relación hasta el momento y me he dado cuenta de que, aparte de no decirme que tu hermano era Javier, fuiste sincero conmigo en todo lo demás.


—Lo intenté. Cambié de apellido legalmente, así que eso no fue una mentira. 


—Me alegro. Ya no debe haber más mentiras.


—No. Nunca —dijo él, asintiendo.


De nuevo, la tomó en brazos. La llevó al dormitorio e hicieron el amor. Después, la estrechó entre sus brazos e hicieron planes de futuro. Y Paula se dió cuenta de que, como ella, Pedro había estado atrapado en el pasado durante los diez últimos años, asfixiado por una maraña de enredaderas. Su vida había transcurrido forzosamente por una senda que él no había elegido. Pero, al final, había encontrado su propio camino… La había despertado con un beso en el hospital, pero…


—Yo te rescaté.


—¿Sí?


—Sí. Tú estabas atrapado entre unos muros de medias verdades y amargura, haciendo lo posible por vivir de verdad. Pero yo llegué, derribé esos muros y conseguí que vieras a los Chaves, y a Chaves Corners, de otro modo.


Él hizo que rodara por la cama y se colocó sobre ella. La besó tan profundamente que ella se olvidó de lo que estaba diciendo. El contacto con el cuerpo de Pedro la consumió y, al mismo tiempo, hizo que sintiera un gran agradecimiento por su propio cuerpo. Los miembros que habían estado tan debilitados no hacía mucho tiempo habían adquirido las fuerzas suficientes para abrazarlo con fuerza y aferrarse a él.


—Me rescataste al enamorarte de mí —le dijo él—. Te quiero, Paula.


—Yo también te quiero, Pedro.








FIN

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 53

 —Vaya un plan de venganza —dijo Paula—. Entiendo que quisieras vengarte de Gonzalo y de Chaves International, así que es lógico que no pudieras decirme quién eres. Pero todavía no puedo aceptar que me mintieras.


Entonces, él le tomó las manos por encima de la mesa.


—Siento lo que hice. No sabía cómo decirte quién era en realidad, y eso era antes de saber que Javier te había agredido. No puedo perdonárselo. No sé cómo podrías aceptarme en tu vida sabiendo que él era mi hermano.


—Cuando te miro, Pedro, veo a alguien muy distinto a Javier. No recuerdo muy bien esa noche y no tiene el poder de herirme. Tú eres más real para mí. Nunca me he sentido amenazada por tí. Siempre me he sentido segura —admitió ella.


—Me alegro mucho de oír eso —dijo él—. ¿Puedes perdonarme que te mintiera?


Ella se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos, con seriedad. Él no sabía si sus palabras serían suficientes para convencerla. Se levantó y rodeó la mesa, y se puso de rodillas junto a su silla.


—Te quiero, Paula Chaves, con toda mi alma. Sé que vas a necesitar tiempo para volver a confiar en mí, pero haré lo que sea necesario para conseguirlo.


Ella se giró hacia él, pero él se quedó donde estaba. Necesitaba que Paula lo escuchara. Necesitaba decirle todo lo que había en su corazón y en su cabeza.


—Puede que me pidieras que te ayudara a correr riesgos y a aprender a vivir de nuevo, pero, en realidad, fuiste tú quien me enseñó a vivir. Conseguiste que olvidara el pasado y que empezara a verme a mí mismo, y al mundo, bajo una luz distinta.


—Pedro…


Ella le puso las manos en las mejillas y lo besó, suavemente, casi con timidez. Él sabía que quería tener a aquella mujer entre sus brazos para toda la vida. Quería su amor, su perdón. Quería la felicidad con ella.


—No sé si puedes quererme —le dijo, cuando terminó el beso—. Pero estoy dispuesto a esperar lo que haga falta hasta que lo hagas.


Se puso en pie y la miró. Recordó la primera vez que la había llevado a caminar bajo la lluvia por su jardín trasero. La primer a vez que la había besado. Su vida había cambiado en aquel momento, pero él no se había dado cuenta porque estaba demasiado concentrado en intentar averiguar cómo podía mantener a Paula a salvo mientras, al mismo tiempo, destruía a Gonzalo. Debería haber comprendido que no podía lastimar a alguno de sus seres queridos. Ella era lo único que le importaba. Su amor y su felicidad. Tenía que encontrar la forma de convencerla de eso.


Paula se lamió los labios y se puso de pie, junto a él. Y a él comenzó a latirle el corazón con tanta fuerza que apenas podía oír nada. No había duda de la sinceridad de Pedro. Ella sabía que tenía que trabajar y ganar confianza para aceptarlo. Para decirle que sí. Y, aunque era lo más arriesgado que hubiera hecho nunca, sabía que él la quería. La quería. Tuvo que repetírselo porque era difícil creer que él lo hubiera dicho y era difícil asimilar todo lo que le había hecho sentir. Dejó de pensar en la energía negativa que había rodeado a su familia y a la de Pedro desde la noche del accidente. Dejó de pensar en que todo el mundo creía que su familia y el pueblo estaban malditos. Nadie habría esperado que quienes iban a romper aquella maldición no eran de Chaves Corners, pero Vanina, Melisa y, ahora, Pedro, eran quienes habían devuelto el amor a sus vidas, a la de Rodrigo, a la de Gonzalo y a la suya. Sabía perfectamente que, sin aquel amor, las cosas no podrían cambiar. Ni para ella, ni para Pedro. Él había dedicado la vida a tratar de vengar a su hermano y a su padre y, cuando se había dado cuenta de que estaba equivocado, había cambiado. Había empezado a cuestionárselo todo al enamorarse de ella.


—¿Paula?


—Pedro.


—Mujer, me estás matando. ¿Lo que te he dicho significa algo para tí?


—Significa todo —respondió ella. Tomó aire profundamente y  dijo—: Yo también te quiero. No sé cómo vamos a seguir desde este punto, pero quiero hacerlo.


Pedro la tomó en brazos y la estrechó con fuerza contra su pecho. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 52

Pedro le había enviado un mensaje preguntándole si podía ir a visitarla, y ella le había respondido que sí. Quería verle la cara cuando respondiera a sus preguntas. Y quería verlo a él. A pesar de todo lo que había ocurrido, sabía que estaba enamorada y tenía que saber si había algún modo de arreglar la situación y volver a confiar en él. Cuando Pedro llamó a la puerta, a ella se le aceleró el pulso. Tuvo que respirar profundamente varias veces para controlar su ansiedad.


—¿Paula?


—Sí, un minuto —le dijo ella desde el otro lado de la puerta.


—Sí, no te preocupes. Tómate el tiempo que necesites.


Ese era el motivo por el que ella siempre había querido creer lo que le decía. Pedro era siempre tan calmado y comprensivo… Podría quedarse en el umbral de la puerta todo el día, esperando a que ella se tranquilizara. ¿Cómo no iba a querer a aquel hombre? Abrió la puerta y notó una ráfaga de aire frío en la cara. Pedro tenía el pelo mojado y una mirada triste. Sus ojos oscuros estaban más serios que nunca. Tuvo unas ganas incontrolables de acariciarle las mejillas y abrazarlo, pero no lo hizo. No podía estar segura de que él no se pareciera a su hermano y, en realidad, no la quisiera. Pedro había ido a Chaves Corners con un objetivo concreto y ella no estaba segura de que enamorarse formara parte de sus planes.


—Pasa, por favor. Supongo que podemos ir a hablar a la cocina…


—Gracias.


Él se quitó la chaqueta pero la llevó consigo por el estrecho pasillo. Se sentaron en la mesa y ella tomó aire.


—Sé que tienes algo que decir, pero ¿Te importaría que antes te preguntara una cosa?


—No, en absoluto.


—¿Estabas tú en mi habitación el día que desperté del coma?


—Sí.


—¿Por qué? 


Él se apoyó en el respaldo de la silla.


—Había ido a hablar contigo. Cuando me enteré de que estabas en coma después de tantos años y supe que había una maldición, pensé que yo podía hacer algo por cambiarlo. Te dije que iba a romper los lazos que tenían los Chaves con Chaves Corners, pero, sobre todo, te hablé del primer verano que nos conocimos y de que tu bondad fue el motivo por el que quería que Chaves Corners recuperara la prosperidad. Tu amabilidad me había ayudado hacía muchos años y quería devolverla.


Pedro se alegró de poder contarle a Paula que había estado en su habitación el día en que despertó del coma. No había pensado en ir a verla, pero, en cierto modo, pensaba que ella era otra de las víctimas de Gonzalo. Y quería que ella supiera que iba a encargarse de su hermano en su nombre. Ahora sabía que las cosas eran muy diferentes.


—¿Y por qué no me lo dijiste antes?


Era difícil justificar su silencio. Seguramente, había callado porque estaba concentrado en su gran secreto. Porque no confiaba en Gonzalo. Porque no estaba seguro de cómo iba a avanzar con su plan y, al mismo tiempo, cerciorarse de que Paula estuviera segura. Porque, cuando se había enterado de que el hombre que la había agredido era su hermano, no había querido empeorar las cosas.


—¿Cómo iba a decírtelo? Yo tenía pensado mantener las distancias contigo, pero…


—Yo me acerqué y te dije que vinieras conmigo —dijo ella.


Él recordó la sorpresa que había sentido en aquel momento. Aún no sabía si había sido el destino, o la suerte, o qué, pero era lo que necesitaba. Era casi como si todo hubiera sucedido así por un motivo. Así que podía averiguar la verdad sobre la complicada relación entre sus familias y encontrar la forma de cerrar el pasado para ellos dos.


—Sí. Y todo lo que yo tenía planeado salió por la ventana.


—¿Cuál era tu plan, exactamente?


—Bueno, es gracioso que lo preguntes. Era más o menos la idea de convertir Chaves Corners en un lugar increíble y después, decir: «Eh, Gonzalo Chaves, no te necesitamos».


Ella cabeceó y sonrió. Era la mejor sonrisa del mundo. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 51

Aunque no sabía muy bien lo que iba a decirle a Paula, Pedro no quería dejar pasar más tiempo antes de hablar con ella. Llevaba días sentado en casa, con la esperanza de verla pasar, e incluso había ido a Nancy's, donde Nancy le había lanzado una mirada asesina cuando él se había sentado con su ordenador en una de las mesas del fondo, para ver si ella aparecía en algún momento. Sin embargo, ella no había aparecido, y él había entendido que no era tan insensible como había pensado siempre. Nunca había pretendido hacerle daño a nadie y, menos, a Paula. 



Fue a Boston a visitar las tumbas de su hermano y de su padre. Apesadumbrado, Pedro se sentó junto a la lápida de su padre. Era sencilla; tan solo figuraban en ella su nombre y las fechas de nacimiento y muerte. La tía Liliana había añadido "Amado esposo, padre y hermano", pero él nunca había sentido nunca que su padre fuera una persona amada. Sus emociones hacia él estaban ligadas al resentimiento y a la decepción por el papel que se había visto obligado a asumir. Sin embargo, sabiendo lo que sabía ahora, lamentaba haber dejado pasar aquellos últimos años con su padre. Tenía un nudo en la garganta. Tragó saliva y posó la mano en la lápida. Ojalá pudiera hablar con su padre, pero ¿Qué le diría? Se limitó a pedirle perdón por todo, en silencio, e intentó transmitirle que había dejado atrás la amargura de todos aquellos años. Después, se puso en pie y se giró hacia la otra lápida. Sentía temor. Lo que sentía por Javier era muy complicado. Su hermano mayor, quien le había enseñado a montar en bicicleta y le había dejado probar su primer sorbo de cerveza siendo menor de edad, y quien lo había consolado a la muerte de su madre. Sin embargo, después de enterarse de lo que le había hecho a Paula, ya no podía admirarlo. Tuvo ganas de darle una patada a la lápida, pero no serviría de nada. ¿Cómo había podido hacer algo así? ¿Cómo pudo ser el tipo de hombre que descargaba su ira y su decepción en una mujer? Agitó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas. «Siempre fuiste mi héroe, Javier, no porque fueras perfecto, sino porque eras mi hermano y pensaba que eras mucho mejor de lo que fuiste en realidad».  Se dió cuenta de que, con aquello, no iba a conseguir solucionar la situación. Tenía que hablar con Paula y pedirle perdón por lo que había hecho Javier. Y, después, tendría que cortar con aquel vínculo familiar que le había servido de guía durante los años pasados. Se secó los ojos con la mano y oyó unos pasos a su espalda. Se giró y vió allí a su tía Liliana.


—Se me ocurrió que te encontraría aquí.


—Me sorprende haber venido. No sé por qué lo he hecho —dijo él bruscamente.


—Siempre pensaste que tu padre te había decepcionado y que si Javier no hubiera muerto, las cosas habrían sido diferentes —le dijo su tía, tomándolo del brazo—. Creo que yo también lo pensé.


—Ojalá hubiera tenido más paciencia con papá.


—Yo me siento igual. Detestaba ver que era tan débil y permitía que su adicción lo controlara. Pero Javier…


—No puedo perdonarle lo que hizo —dijo Pedro—. Creo que no podré nunca.


—Yo, tampoco.


—Siempre quise ser como él.


—Tú nunca has sido como Javier ni como tu padre. Siempre has tenido la mejor parte de cada uno de ellos. Siempre has sido fuerte y honorable.


—Salvo por el plan de venganza —dijo él.


—Somos un desastre con eso. Nuestro plan era comprar tierras y propiedades, arreglarlas y asegurarnos de que los Chaves supieran que el pueblo no necesitaba nada de ellos… Estoy segura de que otras personas que quieran venganza se avergonzarían de nosotros —respondió Liliana.


Él sonrió y le dió un abrazo.


—Te quiero, tía Lili.


—Yo también te quiero, sobrino.


Pedro se despidió de su tía y volvió a Chaves Corners. Ya había esperado demasiado. Tenía que saber si Paula iba a perdonarlo. La quería y había llegado el momento de decírselo.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 50

Durante los primeros días, Paula se quedó escondida en casa. Se sentía muy expuesta y vulnerable. Además, se sentía como si fuera boba por haberse enamorado de Pedro. Boba, triste y enfadada. Se dedicó a permanecer sentada en el sofá y ni siquiera fue a las sesiones de rehabilitación. Hasta que, de repente, Vanina y Melisa aparecieron en su puerta. Al verlas, se le alegró el corazón. Ellas le dieron un abrazo y, al notar todo su cariño, ella empezó a llorar, derramando todas las lágrimas que había estado conteniendo. Al cabo de unos instantes, las tres se sentaron en el sofá del salón y ella comenzó a hablar.


—Supongo que ya se habrán enterado de todo —les dijo.


—Sí —respondió Vanina, suavemente—. ¿Necesitas hablar de ello?


—No lo sé… Dios, estoy sintiendo tantas cosas… No puede ser que una persona tenga tantas emociones a la vez.


—Bueno, es posible. No tiene nada de malo sentir tantas cosas —dijo Melisa—. Puedes estar enfadada y, al mismo tiempo, quererlo.


—Gracias por decirme eso. Estoy tan confusa… ¿Cómo puedo haber pasado tanto tiempo con Pedro sin darme cuenta de que estaba mintiendo?


Vanina se encogió de hombros.


—En parte, pienso que es porque él no te estaba mintiendo a tí. O, por lo menos, él no pensaba que te estuviera mintiendo.


Paula no lo había pensado así.


—Al principio, sí. Él sabía que yo era la hermana de Gonzalo…


—Entonces, ¿Crees que no es más que un mentiroso? —le preguntó Melisa—. ¿O piensas que, al ser el hermano de Javier, se parece en algo a él? 


—No. No se parece en absoluto a Javier. Y creo que fue mi caballero andante cuando más lo necesitaba.


Melisa la abrazó.


—Entonces, si Pedro no es como su hermano, ¿Qué significa eso?


—No sé qué hacer…


—El amor es complicado —respondió Melisa—. Bueno, estoy dando por hecho que lo quieres. De lo contrario, nada de esto tendría importancia. Podrías estar furiosa, mandarlo al cuerno y seguir con tu vida.


—Sí, creo que sí. Sé que no es lo que siempre me había imaginado, porque el amor no es perfecto y es un lío. Pero lo quiero. Todavía estoy enfadada y detesto que me mintiera, pero lo echo de menos.


—El amor es así —dijo Melisa—. Yo entendí por qué Gonzalo no era capaz de comprometerse conmigo, pero no fui capaz de dejar de estar enamorada de él.


—Lo recuerdo —dijo Paula. 


Había visto a su hermano reunir valor para poder abrir su corazón, y eso le había mostrado una faceta de Gonzalo que no conocía.


—Bueno, y ¿Qué vas a hacer? —le preguntó Vanina—. Si todavía le quieres, ¿Cómo podemos ayudarte?


Ella sonrió a sus amigas.


—Ya me han ayudado. Hablando con ustedes he entendido que todavía puedo querer a Pedro, que no es algo malo que lo haga.


—Por supuesto que no —dijo Melisa.


Paula volvió a suspirar. Aunque no estaba segura de cómo iba a superarlo, sabía que tenía que hablar con Pedro. Quería saber por qué él estaba junto a su cama en el hospital cuando ella había despertado del coma y, desde ahí, podrían avanzar. Cuando se marcharon Vanina y Melisa, se dió una ducha. Mientras se cepillaba el pelo, se preguntó si quería arreglar la situación con Pedro porque estaba enamorada de él o solo porque le daba miedo estar sola. Repasó los últimos días. No había tenido ningún problema para valerse por sí misma y sabía que no necesitaba a ningún hombre en su vida. Sin embargo, deseaba a Pedro. Solo a él. La vida a su lado era dulce. Sin embargo, él tendría que prometerle que jamás iba a volver a mentir Y… ella tendría que dilucidar si iba a ser capaz de volver a creer en él. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 49

Alguien llamó con firmeza a la puerta y, al abrir, Pedro se encontró frente a Rodrigo Chaves, que iba vestido con su traje blanco de chef. Iba remangado y se le veían los tatuajes de los brazos. Y tenía una expresión fulminante. Pedro respiró profundamente.


—¿Has venido a hablar o a pelear?


—A hablar —dijo Rodrigo, entre dientes.


—Bueno, pues entonces, pasa —le dijo Pedro.


Lo llevó a la cocina y, cuando se sentaron, Rodrigo dijo:


—Así que eres el hermano de Javier Morales.


—Sí. ¿Te lo dijo Gonzalo?


—Sí. Me dijo que no sabíais nada de lo que le hizo tu hermano a Paula que él había destruido financieramente a tu padre y a tu hermano. ¿Te contó a tí que yo le dí una paliza a tu hermano?


—No. Solo me dijo que se lo quitaste a Paula de encima.


Pedro apretó los puños al pensarlo. Sentía furia por su hermano y por sus actos despreciables. No se podía defender nada de lo que había hecho Javier.


—Bueno, seguramente yo lo habría matado si Gonzalo no nos hubiera sacado de la mansión aquella noche. No puedo contarte lo que ocurrió cuando estábamos ya en el coche, pero quería que supieras cuál había sido mi parte. 


—Gracias. Si yo hubiera estado allí, le habría hecho lo mismo a mi hermano —dijo Pedro—. No consigo casar ese comportamiento con el hermano al que conocí. Él nunca habría hecho eso.


—Estoy de acuerdo —dijo Rodrigo—. Mira, yo no conocía de nada a tu hermano antes de esa noche, pero, a tí… Creía que te tenía bajo control, porque te conocí hace poco tiempo.


—Puedes fiarte. Lo único que he mantenido en secreto ha sido mi apellido.


—Sí, pero eso es algo muy importante. Lo entiendo, porque odiaba a mi abuelo y no quería tener nada que ver con él ni con su apellido. Era un imbécil. Pero tú le has hecho daño a Paula y no entiendo por qué. ¿Qué ibas a hacer, usarla para dañar los negocios de la familia Chaves?


—No. Solo necesitaba una forma de acercarme a Gonzalo para ver si podía sacar partido de algo que me revelara.


Rodrigo sonrió.


—Pues se te da fatal la venganza en los negocios.


—Sí, ya lo sé. No es lo mío. Pero quería que Gonzalo pagara por lo que le hizo a mi familia.


Rodrigo se recostó en el respaldo de la silla.


—Creo que Gonzalo pagó muy caro lo que hizo. Ver a Paula en coma le causaba un dolor constante. Y yo tardé años en recuperarme y, después, le retiré la palabra… Así que, créeme, su vida no ha sido un camino de rosas.


—Desde fuera, las cosas no se veían así.


—Nunca vemos las cosas como son desde fuera —dijo Rodrigo—. Mierda. No sé si me esperaba esto cuando vine. Sería mejor que fueras un gilipollas. Así podría darte un puñetazo.


—Lo siento.


—Yo, no —dijo Rodrigo—. Le dije a Gonzalo que iba a venir a verte, así que a lo mejor él también aparece por aquí. No hemos tenido oportunidad de hablar sobre los negocios aquí, en Chaves Corners.


Pedro ya había expuesto el asunto a la junta directiva e iban a desarrollar proyectos en la comunidad con las propiedades que habían adquirido. La tía Liliana tenía previsto hablar con las juntas de las ONG a las que pertenecía para conseguir que también se implicaran. 


Una media hora después, Gonzalo apareció en su casa. Pedro respetó el hecho de que ninguno de los dos hombres le hubiera dicho nada sobre Paula. Hablaron sobre las diferentes formas de mejorar Chaves Corners y, después de unas horas, Rodrigo se marchó.


—¿Qué vas a hacer con Paula? —le preguntó Gonzalo cuando se quedaron a solas—. Supongo que no te vas a alejar de ella.


—No. No sé si podrá perdonarme que le haya mentido, pero voy a quedarme aquí y a pedirle perdón todas las veces que sea necesario hasta que me crea.

martes, 16 de septiembre de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 48

Paula se había quedado entumecida. Sinceramente, no creía que nada del pasado pudiera volver a hacerle daño, pero se había equivocado por completo. Tenía recuerdos borrosos de lo que había pasado la noche de la gala, pero al oír la versión de Gonzalo, lo había recordado todo. En aquel momento, sin embargo, le daba fuerzas el hecho de saber que estaba rodeada de su familia y protegida. Y los malos recuerdos que tenía de Javier no eran tan duros como habrían sido de no haber transcurrido tanto tiempo. Tal vez su cerebro estuviera haciendo todo lo posible por protegerla.


—¿Estás bien? —le preguntó Gonzalo.


—No lo sé.


—¿Puedo ayudarte en algo?


—No, en nada. Esto es algo que tengo que resolver por mí misma.


—Detesto todo esto. Quiero hacer algo para arreglarlo. Siento muchísimo haber tenido que sacar a relucir la noche de la gala. ¿Quieres que llame a Melisa o a tu psicóloga?


Su hermano mayor estaba tratando de protegerla y ella necesitaba hablar con alguien, pero en aquel momento lo único que quería era quedarse allí sentada y llorar. Era casi lo mismo que había sentido cuando despertó del coma…


—Creo que Pedro era el hombre que estaba conmigo cuando me desperté —dijo.


Gonzalo entrecerró los ojos y, después, asintió.


—Creo que tienes razón. ¿Qué estaba haciendo él en tu habitación?


—Una cosa más que tengo que preguntarle —respondió ella.


—Una parte de esto es culpa mía —dijo Gonzalo—. Si yo no hubiera destruido Morales Industries, Pedro no se habría vengado.


—¿Por qué dices que es culpa tuya?


—Yo fui el que destruyó Morales Industries. Cuando ellos intentaron dejarlo todo atrás, yo hundí su negocio.


Ella le apretó la muñeca a su hermano. No sabía qué decir, no podía justificar los actos de su hermano, como no podía justificar los de Pedro. Los dos habían reaccionado con ira a una catástrofe horrible. Sería fácil atribuirle toda la culpa a Javier, pero ella sabía que no todo era blanco o negro.


—Siento haber tenido un papel en todo esto —le dijo Gonzalo.


—Ya lo sé. Nunca he dudado que todo lo que has hecho por mí estos años está basado en el amor.


—Eso es cierto, pero yo no tenía que haber hecho lo que le hice a la familia de Pedro. ¿Vas a…?


—¿A qué?


—A reconciliarte con él.


—No estoy segura. Estaba empezando a sentirme como si me hubiera encontrado a mí misma. Ahora me pregunto si he pasado por alto algunas señales de que Pedro no estaba siendo sincero porque quería que él fuera alguien que no es.


—Eso lo dudo. Él no estaba intentando engañarnos intencionadamente. A todos nos cae bien. Así que, aparte de no decirnos que es el hermano de Javier, no puedo culparlo de nada. Claramente, él no tenía ni idea de que su hermano fuese capaz de hacer algo así. Yo lo entiendo.


Ella cerró los ojos. También lo entendía, pero Pedro había mentido.


—Aunque también entiendo que eso no lo arregla todo —prosiguió Gonzalo.


—No. No estoy segura de qué va a suceder entre Pedro y yo.


—Lo resolverás.


—Quizá… Ahora, Gonza, ¿Te importaría marcharte? Tengo que estar sola para poder pensar. 


Gonzalo cabeceó y se puso en pie. Se inclinó para abrazarla.


—Vendré a cenar con todos los demás, si te parece bien.


—Claro. Y cuéntales lo que ha pasado.


—No. Eso debes hacerlo tú. Yo solo voy a decirles que necesitas a tu familia.


Era cierto, los necesitaba. 


Después de que Gonzalo se marchara, ella se quedó sola en aquella casa. Pedro la había ayudado a renovarla y convertirla en su hogar, y lo veía en todas partes. Se le llenaron los ojos de lágrimas. No sabía qué iba a hacer, pero, en el fondo de su corazón, sabía que, a pesar de su mentira, él la había ayudado a sanarse.