jueves, 14 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 13

Javier era muy impulsivo y la pérdida de la fábrica lo habría  alterado, seguramente. ¿Su hermano, intentando defender a la familia? ¿O acaso se había dejado llevar por la ira y había cometido una imprudencia? Temía que nunca fueran a saber la verdad. Seguramente, había muerto con su hermano en el accidente. Abrió la puerta del aseo, dejó las botas cerca de la entrada y colgó la chaqueta en un perchero antes de dirigirse a la cocina. Allí, Paula estaba cantando Helena, de My Chemical Romance. Pedro movió la cabeza y empezó a cantar con ella. Ya había decidido que no iba a hacer nada que pudiera perjudicarla. No podía alejarse de ella y no iba a fingir lo contrario. Paula abrió los ojos como platos.


—¿Conocías esta canción?


—Me encanta el grupo —dijo él. 


Le tendió la mano y la tomó entre sus brazos. Ella se apoyó en él durante un segundo y lo miró. Cuando sus ojos se encontraron, toda su masculinidad se disparó. No había ninguna parte de ella que no deseara. Tenía la nariz respingona y las mejillas rosadas, y una boca dulce en la que había pensado durante horas y horas. Empezó a inclinarse hacia delante y ella se puso de puntillas y cerró los ojos. Él notó la caricia de su respiración contra los labios justo cuando se tocaban. De repente, sonó el temporizador del horno y ella dió un respingo y se tambaleó. Él la sujetó y ella mencionó algo sobre la tarta. Se acercó lentamente al horno y lo abrió. El olor de la tarta recién hecha llenó toda la cocina.


—Hecha —dijo Paula.


—Tiene muy buena pinta —dijo él. 


Fue lo único que se le ocurrió, porque su mente estaba concentrada en cómo habría sido poder ponerle las manos en la cintura y presionar su cuerpo contra el de ella. Aquel no era el mejor momento para tener aquellos pensamientos carnales. Ella permaneció en silencio mientras ponía la tarta en un plato. Estaba cohibida, y él sabía que debería decir algo para que se sintiera mejor, pero ¿Qué? Reprimió su lujuria y se giró hacia la ventana. Estaba lloviendo. 


—Hace mucho tiempo que no salgo cuando llueve —dijo ella en voz baja—. Recuerdo que antes me cantaba pasear bajo la lluvia.


Oír aquellas palabras fue algo que calmó la bestia que había en él. Antes. Para recuperarse de lo que le había ocurrido, aquella mujer necesitaba más fuerzas de las que él podía llegar a entender.


—¿Te gustaría dar un paseo conmigo ahora?


Paula se maldijo por no haberse quedado entre los brazos de Pedro. Casi había conseguido aquel beso que tanto anhelaba. Sin embargo, cuando había sonado el temporizador del horno, se había puesto nerviosa y había empezado a tener dudas. Se preguntó si él no se sentía atraído por ella, no tanto como para seguir su ritmo. Sabía que aquellos sentimientos no siempre eran mutuos. Sin embargo, después de ver cómo la miraba antes de que ella se alejase, estaba bastante segura de que la atracción sí era mutua.


—¿Paula?


—¿Umm? —murmuró ella, sin poder apartar los ojos de su boca.


—¿Tienes un buen calzado para la lluvia?


Ella se obligó a desviar la mirada y respondió:


—Sí, pero… Um… Bueno es que a Gonzalo le da miedo que me caiga porque el suelo está resbaladizo, y Juan, mi fisioterapeuta, también me dijo que debía tener cuidado.


—Pero… ¿Qué tiene que ver eso con el calzado? Sé que tienes que tomarte las cosas con calma, pero hemos podido subir y bajar por ese terraplén. ¿Confías en mí?


Sí, confiaba en él. Quería creer que él iba a ayudarla a ser la mujer que quería ser.


—Sí, tengo calzado, pero a veces me siento más segura descalza.


—Vamos al jardín. Allí podemos quedarnos bajo la lluvia, si quieres.


—¿Y pasear?


—Sí, pero no demasiado lejos. Si te pasara algo, tu hermano me mataría.


Ella se echó a reír.


—¿Le tienes miedo? 

martes, 12 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 12

Paula no dejó de pensar en aquella posibilidad de un beso durante los siguientes días. No era capaz de olvidarlo, y lo que sentía cuando estaba con Pedro era lo opuesto a los recuerdos que tenía de aquella noche de hacía diez años. Javier, el hombre con el que había estado bailando toda la noche, la había besado a la fuerza en el pasillo de la planta de arriba. Le había rasgado el vestido y estaba a punto de quitarle las bragas cuando ella se había puesto a gritar. Por suerte, Gonzalo y Rodrigo la habían oído. Rodrigo había sido el primero en llegar, aunque no estaba segura de todos los detalles de aquel momento. Había oído a su primo gritando y dándole puñetazos a Javier. Ella se acurrucó contra la pared tratando de sujetarse el corpiño del vestido contra el pecho. Después, todo se volvía borroso. Lo siguiente que recordaba era que su abuelo les había reprendido a Gonzalo, a Rodrigo y a ella y les había exigido que se comportaran con más decoro. Rodrigo le había dicho que se fuera al diablo. Luego habían subido al coche y, después… Nada. Todo era oscuridad. Aquellos recuerdos todavía eran muy vagos. Ojalá no se acordara de la cara ni del nombre de la persona que la había agredido, pero eso sí lo recordaba. Mientras estaba allí, en la cocina, esperando a que terminara de hacerse en el horno la tarta de moras que había preparado, se preguntó si los detalles que había olvidado, los detalles que explicaban por qué su acompañante había hecho lo que había hecho, eran importantes. Si el hecho de desbloquear aquella información la acercaría más a la curación. El teléfono la avisó de que tenía un mensaje y, al ver que era de Pedro, se le aceleró el corazón. Él le decía que había vuelto al pueblo, después de aquellos dos días, y le preguntaba si tenía pensada alguna nueva aventura. Y ella le respondió que le invitaba a tomar un trozo de tarta de moras que acababa de preparar.  Fue a su habitación a cambiarse y, cuando abrió la puerta, llevaba unos pantalones vaqueros ajustados y una camiseta de Hello Kitty. Pedro estaba en el umbral, con el pelo mojado por la lluvia. Llevaba una cazadora y unos pantalones negros, y tenía una sonrisa tímida.


—Estoy muy mojado. Lo siento, debería haber tomado un paraguas —dijo.


—No pasa nada —respondió ella, y le hizo un gesto para indicarle que pasara.


—No quiero estropearte el suelo de madera —protestó él.


—No se va a estropear. Hay toallas en el aseo, por si quieres secarte, y la cocina está al fondo. Yo estoy allí, te espero.


Paula se agarró las manos y se dio la vuelta para no tocarlo. Ojalá le hubiera acariciado la cara cuando estuvieron tan cerca, el otro día, pero no lo había hecho. En aquel momento, con la lluvia en la cara, tenía un aspecto muy masculino, y ella tuvo ganas de tomar su rostro con ambas manos y besarlo. De sentir aquella boca fuerte contra la suya. Sin embargo, no estaba segura de lo que sentía él. Tal vez ese fuera el motivo por el que no dejaban de darle vueltas en la cabeza los recuerdos. Ella nunca querría forzar a nadie a nada.


Después de pasar dos días lejos de Paula, Pedro se dijo que debía volver para hacer el reconocimiento que necesitaban su tía Lili y él y, también, para mantener la perspectiva de las cosas. Aquellos días le habían ayudado a aclararse la cabeza. No era posible que Rory fuese tan encantadora como aparentaba, y él había vuelto para averiguar más secretos sobre la familia Chaves. Eso era todo. Salvo que no era la verdad. No había podido dejar de pensar en ella ni de arrepentirse de no haberla besado cuando habían terminado de recoger moras. Así que, allí estaba, en el aseo de su casa, mirándose al espejo después de haberse secado lo mejor posible, intentando convencerse de que podía dejar a un lado su necesidad de venganza para no hacerle daño. El problema era que no se lo creía. Podía justificar ir por Chaves International. Después de todo, Alfredo Chaves le había hecho promesas a Javier y, después, al vender la fábrica, las había incumplido. Él sabía que había habido una pelea en el baile de invierno entre su hermano, Gonzalo, Rodrigo y Alfredo. Pero los detalles no los conocía nadie, aparte de la familia. La tía Lili y él suponían que había tenido algo que ver con el cierre de la fábrica.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 11

 —Yo no lo recuerdo, pero Gonza y Rodri dicen que hacíamos esto en nuestra finca cuando éramos pequeños.


—¿Por eso querías hacerlo otra vez?


—Sí. Pero, cuando lo pedí, hace poco tiempo, Gonzalo dijo que no.


—¿Dice muchas veces que no?


—Sí. Pero la verdad es que estuvo solo tanto tiempo después del accidente, que creo que ahora no sabe cómo manejarnos a Rodri y a mí sanos y en funcionamiento —dijo ella, mientras seguía recolectando moras.


—¿Qué le pasó a Rodrigo? —preguntó. 


Su tía Lili le había contado que había resultado herido, pero no sabía nada más de él.


—Salió disparado del coche porque no llevaba el cinturón de seguridad. Se le rompieron todos los huesos del cuerpo y se le clavaron todos los cristales rotos. Tuvieron que operarlo varias veces y tardó meses en recuperarse.


Pedro se dió la vuelta. Se había quedado horrorizado al conocer la gravedad de las heridas de Rodrigo. ¿Por qué no se lo habían contado nunca? Él había ido a casa desde Berkeley para asistir al funeral de Javier y, después, había vuelto rápidamente a la universidad para aislarse. Cuando volvió a casa, su padre ya había empezado a beber mucho y vivía con la tía Lili. Gonzalo y su abuelo, Alfredo, habían destruido todas las posibilidades de la familia.


—No sabía que la Bestia había pasado por todo eso —dijo Pedro, refiriéndose a Rodrigo por el su apodo de chef famoso.


—Ahora está mejor. De hecho, él dijo que yo sí podía ir a recoger moras, pero Gonzalo se negó y yo lo dejé.


—¿Por qué?


—Porque no me gusta verlos pelearse. Solo nos tenemos a nosotros tres. Además, yo sabía que iba a mudarme y que podría venir en algún momento.


Él sintió miedo al pensarlo.


—Prométeme que no vas a venir aquí sola hasta que hayan puesto la barandilla.


—No. Para eso te tengo a tí, Pedro. 


—De acuerdo. Paula, estoy dispuesto a ayudarte en todo lo que quieras hacer, si está en mi mano.


—¿Cualquier cosa?


—Sí. Bueno… Nada ilegal.


Ella se echó a reír, pero volvió a ponerse seria.


—¿Y peligroso?


—¿Más peligroso que bajar aquí?


Ella asintió lentamente.


—Bien —dijo él—. Quiero verte esforzándote. Me encanta ver la alegría reflejada en tu cara. Es como si cobraras vida cada vez que intentas algo nuevo. Me encanta poder experimentar eso contigo.


Él pensaba que ella iba a pedirle algo peligroso, pero Paula se limitó a mover la cabeza y a seguir recolectando moras. Cuando terminaron, volvieron al camino. Él se mantuvo a su espalda y le puso las manos en la cintura, con delicadeza, para ayudarla a mantener el equilibrio mientras subía. Paula se movía lentamente y, en un momento dado, comenzaron a temblarle las piernas, así que él tuvo la tentación de ofrecerse a llevarla en brazos. Sin embargo, cuando hizo ademán, ella lo fulminó con la mirada.


—Quiero hacerlo yo sola.


—No hay prisa —dijo él.


Sin embargo, le preocupaba. Ella dió cuatro pasos más y tuvo que descansar. Y él comenzó a ver las cosas desde la perspectiva de Gonzalo. Parecía que Paula no quería admitir sus limitaciones. Pero, cuando por fin llegaron a la parte superior del camino, ella sonrió y él se dió cuenta de que todo merecía la pena. Ella lo abrazó y él la sujetó entre sus brazos, desesperado por besarla. Pero no lo hizo. Sabía que, antes, necesitaba averiguar algunas cosas.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 10

 —¿Se te ocurre cómo puedo hacer esto? —le preguntó a Pedro—. Tengo la pierna izquierda más débil que la derecha.


—Espera aquí mientras compruebo si está muy empinado —le dijo él.


Pedro bajó con agilidad por la ladera y comprobó si el camino de tierra era firme. Después, volvió a su lado.


—Bueno, para bajar, creo que deberías agarrarte a mi hombro y yo iré delante —le dijo—. Vamos a bajar despacio, tú vas a marcar el ritmo. Abajo el camino está nivelado y bordeado con adoquines. Claramente, alguien ha hecho mantenimiento. Pero, cuando volvamos, puede que sea más difícil subir.


Ella ya se había dado cuenta al ver que Pedro tenía que dar zancadas fuertes, casi clavando los pies en el suelo, para regresar, y no estaba segura de si iba a poder hacer lo mismo. En las sesiones de fisioterapia solo había logrado dar esos pasos dos veces con cada pie y, después, las piernas comenzaban a temblarle.


—¿Hay que cruzar ese puente?


—Podemos hacerlo. Pero yo te ayudaré, si te parece bien.


—Sí. ¿Y a tí? ¿Te parece bien? —le preguntó ella con una sonrisa.


Él le metió un mechón de pelo detrás de la oreja y le devolvió la sonrisa.


—Sí. Me gusta ser tu caballero andante.


—El caballero Pedro. Me gusta, pero no quiero ser tu damisela en apuros.


—No vas a serlo. ¿Lista?


Ella respiró profundamente y asintió. Entonces, él empezó a moverse lentamente, como había prometido, y ella, apoyando la mano en su hombro, dio los pasos sin demasiada dificultad. De hecho, le pareció que él iba demasiado lento, pero sabía que era necesario tener cuidado. Cuando llegaron al camino de la parte de abajo, tuvo ganas de echarse a llorar. Sacó el teléfono e hizo una fotografía de la ladera que acababa de descender.


—¿Quieres que te fotografíe al lado? —le preguntó él.


—Sí, estaría muy bien —respondió ella, y le entregó su teléfono—. Estoy intentando documentar mis primeras veces para poder mirarlas durante los malos días.


—Buena idea.


Él le hizo la fotografía y, después, se acercó a ella, le puso una mano en el hombro y sacó un autorretrato de los dos. Luego giró la cabeza y la miró. Sus ojos se encontraron y entre ellos pasó algo como una corriente eléctrica. Ella no tenía ni idea de lo que haría si él bajaba la cabeza y la besaba. No sabía si estaba preparada para un beso… ¿Y si besaba como una adolescente en vez de como una mujer? O, peor aún… Justo antes de quedar en coma, un hombre la había agredido sexualmente. ¿Y si aquel beso hacía que recordara a ese agresor y le producía temor? Se mordió el labio y siguió mirándolo, siguió esperando a ver qué ocurría. Pero, entonces, Pedro carraspeó y le devolvió el teléfono.


—¿Dónde están esas moras de las que he oído hablar tanto?


—Por allí —respondió ella, señalando hacia la izquierda.


Se tomó su tiempo para guardar el teléfono para poder calmarse de la decepción que había sentido. Quería besarlo. Había estado a punto de ceder al impulso, pero se había contenido. Cada cosa a su tiempo. La sonrisa de Pedro, que estaba esperándola para caminar hacia las zarzamoras, hizo que se sintiera viva. Hizo que su cuerpo vibrara de anhelo. Había muchas cosas que, hasta aquel momento, no sabía que se estaba perdiendo. Hasta Pedro. 


Las cosas no estaban saliendo según lo planeado, y él sabía que, en cuanto llegara a casa, su tía Lili querría que le diera un informe. Sin embargo, se dió cuenta de que aquello no iba a contárselo. Hacía mucho tiempo que no se sentía como aquella tarde. Con Paula estaba experimentando algo que no había tenido nunca con nadie. La vió comerse una mora y cerrar los ojos de deleite.


—Perfecta. Dulce, pero con un toque ácido. Pruébala —le dijo ella, y le acercó una después de frotarla contra su falda.


Él la tomó y la masticó sin dejar de mirar a Paula.


—Dulce y ácida, como tú.


Ella se dió la vuelta lentamente y siguió recogiendo moras. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 9

 —¿Qué es lo que te preocupa?


—No estoy intentando dar excusas, pero no he tenido muchas conversaciones con nadie que no sea de mi familia desde que salí del coma. Siento usar ese motivo para todo, no quería que saliera a relucir otra vez…


—Para —dijo él, y le acarició la parte interior de la muñeca con un dedo—. No pasa nada. Creo que soy un poco sensible en lo referente a mi pasado.


—¿De verdad? ¿Por qué? Tú pareces muy seguro de tí mismo.


—Tengo inseguridades como todo el mundo —dijo él.


—Por supuesto que sí —respondió ella—. Una de las cosas que me dijo mi psicóloga es eso, precisamente: que yo no soy la única que se siente como si pendiera de un hilo. Vuelvo a disculparme.


Pedro se llevó su mano a los labios, porque quería tocarla, y le besó el dorso.


—Disculpa aceptada. Y, a partir de ahora, no tienes que disculparte por nada más —le dijo, con la voz enronquecida.


Ella se estremeció ligeramente al notar sus labios en la piel, y sonrió con inocencia. Él estaba seguro de que no era consciente de lo mucho que le afectaba aquella sonrisa. Sin embargo, sabía que tenía que dejar de ver a Paula como la mujer a la que deseaba. Tenía que… ¿Qué? Por primera vez en la vida, quería algo para sí mismo. Pero era la mujer equivocada.


—Tú tampoco tienes que disculparte —dijo ella.


Pedro asintió.


—Bueno, vamos a tu lista. Esta tarde tengo dos horas libres. ¿Hay algo pequeño por lo que podamos empezar?


Ella dió otro sorbo a su café y puso los ojos en blanco.


—Vaya, este café está buenísimo —dijo, e hizo una pausa, como si aquella fuera la pregunta más importante de su vida—. En realidad, no. Hoy era un día destinado a conocernos. ¿Qué se te ocurre a tí? Propongas lo que propongas, seguro que no lo he hecho todavía.


—Hace tiempo que no venía por aquí. ¿Damos un paseo por las tiendas de Main Street? 


—No. Eso ya lo he hecho. Pero ¿Y si en vez de Main Street vamos al paseo del río? —preguntó ella, y se le iluminó la mirada—. Me han dicho que hay bastantes zarzamoras. A lo mejor podemos recoger algunas moras y te puedo hacer una tarta.


—De acuerdo. ¿Has visto alguna?


—No. Nadie ha querido venir a caminar por allí conmigo. Según Gonzalo, es un camino empinado y difícil, pero la verdad es que él piensa que tienen que llevarme en brazos a todas partes.


Él se rió suavemente. No podía decirle que no iba a ayudarla en aquel objetivo, sobre todo, porque iba a molestar a su hermano. Pero sabía que tendrían que ser cuidadosos. Terminaron el café y se pusieron en camino. Aquel día, el río discurría con serenidad, y el paisaje era pintoresco. Habían renovado y limpiado toda la zona de la estación del tren, con sus comercios, y el pueblo estaba cobrando vida de nuevo. Se fijó en que había un equipo de grabación al otro lado de la calle. Por sus propias investigaciones, sabía que eran del canal Home Living TV. Vanina Belmont, la prometida de Rodrigo Chaves, estaba grabando un programa de rehabilitación de edificios. Ella se encargaba de reformar edificios de su pueblo. El camino pavimentado acababa cerca del puente y, después, había un sendero empinado que llevaba a otro camino de tierra paralelo al río. Miró el sendero y, después, miró a Paula. No quería que se hiciera daño.


—Alguien debería poner un pasamanos aquí.


—Se lo diré a Gonzalo.


—También podrías ir al ayuntamiento y decírselo tú misma —le sugirió él. Estaba tan conectada a Gonzalo que, si él iba a pasar tiempo con ella, quería verla ponerse en pie por sí misma.


Paula asintió.


—Tienes razón. Lo voy a hacer.


Paula no se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba a alguien como Pedro hasta que él le había dicho que podía ir en persona al ayuntamiento. Le gustaba la idea, pero sabía que, cuando llegara el momento de ir a exponer sus ideas, se pondría nerviosa. Sin embargo, no tenía que pensar en eso todavía. Por el momento, miró la pendiente que había delante de ella y se preguntó cómo iba a sortearla. 

jueves, 7 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 8

Ella abrió unos ojos como platos. Se dió cuenta de que no sabía qué decir.


—Yo… yo…


Él le apretó la mano.


—¿Te apetece pasar tiempo conmigo, Paula?


Ella asintió.


—¿Te pongo nerviosa?


Ella hizo un gesto negativo.


—Deberías. Eres un hombre, y eres desconocido. Pero… No sé por qué motivo, no me pones nerviosa.


—Me alegro de oír eso. ¿Y si salimos juntos? Podemos hacer las cosas a tu ritmo. Te enseñaré a conducir y a hacer las demás cosas que tengas en la lista —le sugirió Pedro.


—Pero ¿Quieres hacer eso? —susurró ella.


—Una cosa sobre mí: Digo las cosas en serio.


—Vaya. De acuerdo, tomo nota. Y, una cosa sobre mí: Estoy intentando decir que sí a todo.


—Entonces, vamos a salir juntos, Paula Chaves.


—Sí, Pedro… —dijo ella, e hizo una pausa—. No sé cómo te apellidas.


¿Cuál era su verdadero apellido? Había decidido no mentir, pero, si le decía la verdad, cabía la posibilidad de que Paula no lo relacionara con su hermano, pero no estaba seguro de ello, porque un detalle tan pequeño podría activarle la memoria.


—Alfonso. Pedro Alfonso.


Mentiroso. Sin embargo, todavía no estaba seguro de qué papel había tenido Paula en la destrucción de su hermano aquella noche.


—Alfonso. Me gusta. ¿Y tu familia es de esta zona?


Él exhaló un suspiro de alivio.


—Estuvimos un tiempo aquí. Nos fuimos cuando cerró la fábrica. Yo estaba en la universidad, en la Costa Oeste, así que no tuve oportunidad de despedirme del pueblo.


—¿Qué estudiaste?


—Ciencias Empresariales.


Ella frunció el ceño.


—Soy consejero delegado de una empresa, así que me sirvió de mucho.


Ella cabeceó y le dió un sorbito a su café.


—Qué práctico —dijo, como si fuera el trabajo más aburrido del mundo.


—No todos nacemos en la familia Chaves —le recordó él.


—Es cierto. Ni siquiera lo había pensado. Lo siento —dijo ella.


Habló en tono de arrepentimiento y, cuando apartó la mirada, él se dió cuenta de que le había causado ansiedad. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 7

No le gustaba el hecho de que él la hubiera manejado tan fácilmente de acuerdo con su egoísmo, pero también recordaba que todos le tenían un poco de miedo.


—El café del día es una moca de fresa con nata —dijo él.


—Ah, muy bien. Ese no lo he probado. Pero Nancy ha contratado a un barista nuevo que está experimentando y todavía no me he llevado ninguna decepción.


Él sonrió.


—Me alegro de saberlo. He seguido tu ejemplo y he pedido lo mismo.


Los dos dieron un sorbo. Ella cerró los ojos al notar el café con sabor a frutas en la lengua. Dió otro sorbito y abrió los ojos. Kit la estaba observando. Oh. Tenía una mirada intensa y estaba un poco ruborizado.


—¿Te gusta? —le preguntó.


—Sí, mucho —dijo él—. Bueno, háblame de la persona que creías que era yo.


—Ah, sí. Resulta que esa persona canceló la cita, pero no me había llegado el mensaje. Siento haberte puesto en un brete a tí.


—No me importa —respondió él—, pero no me has dicho para qué lo contrataste.


Ella se quedó mirando el vaso de café.


—Contraté a alguien para que me ayudara a ponerme al día con… Eh… La vida.


—¿Por ejemplo? —preguntó él.


«Besarme», pensó ella. Tuvo ganas de besar a Pedro, pero sabía que iba a ser embarazoso.


—¿Que te enseñara a conducir? —preguntó él, al ver que ella no decía nada.


—Sí, y otras cosas —dijo ella—. Todo. Cuando me quedé en coma, tenía dieciocho años, así que no he hecho muchas de las cosas que debería haber hecho durante estos diez últimos años. No quiero esperar más para empezar mi vida. Necesito un impulso y pensé que la solución sería contratar a alguien que me ayudara.


—¿Pero se echaron atrás?


—Sí. O Gonzalo se enteró y los despidió —dijo ella, frunciendo los labios—. A él no le parecía buena idea. Por eso le dije que eres un amigo.


—Bueno, si sirve de ayuda, yo te conocí cuando éramos niños.


—¿De veras?


—Sí, nos conocimos en una fiesta de verano en Chaves Manor.


—No recuerdo muchos detalles del pasado, pero sí recuerdo que las fiestas de verano siempre eran divertidas —dijo ella.


—Sí, es cierto —respondió él, y le rozó el dorso de la mano con el dedo pulgar por encima de la mesa—. ¿Qué más cosas necesitas aprender?


El miedo estaba allí mismo, esperando a apoderarse de ella y conseguir que se retirara, pero, en vez de eso, giró la mano por debajo de la de Pedro y entrelazó sus dedos con los de él. Tuvo un escalofrío que le recorrió el cuerpo.


—Todo —dijo.


Él se inclinó hacia ella. Cuando sus ojos se encontraron, hubo algo parecido a una descarga eléctrica. Dios, qué guapo era. Tenía las pestañas espesas y su loción de afeitar olía muy bien, era sutil. Inhaló su esencia mientras él apoyaba el codo en la mesa. Fue como si pasara algo mágico entre ellos.


—¿Todo?


Ella asintió.


—Me he perdido muchas cosas.


—¿Y si te ayudara yo?


—¿A aprender a conducir?


—Y otras cosas —dijo él, en voz baja. 


A ella se le cortó la respiración.


—¿Qué otras cosas? —preguntó.


—Tengo que ser sincero contigo. Te deseo.