jueves, 17 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 31

 —Yo no he dicho que haya nada malo en tu profesión. Simplemente te estoy ofreciendo la oportunidad de «Experimentar» los libros. Puedes tenerlo todo.


La idea resultaba tentadora, pero la realidad se impuso de todos modos, los recuerdos de su madre, de si misma, incluso algún destello de la mirada desolada de su padre. Las consecuencias que podía acarrear salirse de la zona de seguridad podían ser enormes.


—Mataron a la esposa de mi padre. La asesinaron mientras trataba de llegar hasta él —Paula miró a los ojos de Pedro en busca de respuestas, de comprensión—. ¿No se preocupa tu familia por ese tipo de amenazas? Puede que tu padre muriera en un accidente de tráfico, pero tuviste que ser consciente de los peligros que corrían.


Pedro asintió lentamente.


—Es cierto que mi familia ha tenido que convivir con la realidad de posibles secuestros y amenazas debido a motivos políticos. No es justo, pero así seguirían siendo las cosas incluso si regaláramos todo nuestro dinero y abandonáramos mañana la escena pública. Nadie creería que no teníamos algo oculto en algún sitio. Conservamos nuestra influencia y tenemos la responsabilidad de utilizarla adecuadamente —tomó el rostro de Paula entre sus manos y la miró a los ojos—. No puedes vivir tu vida mediatizada por el miedo.


Paula se apartó de su lado. Apoyarse en él habría sido demasiado fácil.


—Dile eso a Enrique Medina —dijo, y sintió que se le encogía el corazón. ¿Cuánto tiempo le quedaría a su padre?—. Ha pasado casi tres décadas ocultándose del mundo.


—Si supiera donde está, se lo diría cara a cara.


—Supuse que lo habías averiguado cuando me encontraste —dijo Paula. 


Tal vez había esperado que él lo supiera para no tener que decidir ponerse a buscar a su padre. De hecho, había alimentado la esperanza de que fuera allí donde iba a llevarla ese día. No había duda de que era una cobarde.


—Medina mantiene muy bien sus secretos.


—Supongo que sí —como yo, pensó Paula mientras experimentaba una inevitable punzada de culpabilidad.


Pedro volvió a estrecharla contra su costado.


—¿De qué crees que quiere hablarte?


—No tengo ni idea. Lo más probable es que sólo quiera despedirse de mí, algo a lo que supongo que debería acceder. Pero intuyo que entrar en su mundo podría suponer un cambio irrevocable para mí —Paula parpadeó para alejar unas lágrimas que acabaron filtrándose a su alma. Ladeó la cabeza para mirar a Pedro—. Deberíamos hablar.


Pedro alzó una mano para acariciarle una mejilla.


—Creo que ya hemos hablado suficiente por un día. 


Paula tuvo que recordar su decisión de esperar a estar segura de que Pedro iba a quedarse antes de experimentar el dolor que inevitablemente surgiría cuando le explicara lo sucedido. A pesar de todo, su conciencia le hizo susurrar:


—En serio, Pedro. Necesito decirte…


—Deja de discutir. Podemos hablar de lo que quieras luego —Pedro pasó el otro brazo por la cintura de Paula y la estrechó contra sí, reavivando el deseo que había permanecido latente entre ellos toda la tarde—. Ahora mismo quiero hacerte el amor en esta piscina mientras miramos hacia el infinito.


Chantaje: Capítulo 30

 —Abre los ojos.


Paula apartó las manos de Pedro de su rostro y se quedó boquiabierta. Estaba en lo alto de un edificio que daba a un impresionante cañón que se extendía ante sus ojos en un rocoso paisaje de variados tonos naranjas y marrones. El viento agitaba su ropa con fuerza. Se acercó al borde, aferró la barandilla con ambas manos y comprobó que se hallaba en lo alto de una hacienda construida en el borde de un precipicio. Aquella mañana, al salir de Pensacola, Pedro había mantenido las ventanas del avión y de la limusina cubiertas. Cuando ya llevaban cuatro horas de viaje Paula estuvo a punto de perder la paciencia, pero ahora comprendía que había merecido la pena esperar. La propiedad estaba desierta. Aún había un andamio adosado a uno de los laterales de la casa, pero no había trabajadores a la vista. La hacienda parecía haber sido recientemente reconstruida y el olor a pintura fresca se mezclaba con el de la vegetación circundante.


—Este lugar es increíble. ¿Dónde estamos? —preguntó.


—¿Importa dónde estemos? —Pedro señaló a su alrededor—. ¿No puede ser un lugar bello sólo porque sí, y no debido a su historia?


Paula rió.


—Has hablado como un inversor capaz de ver las posibilidades de una propiedad previamente despreciada.


Pedro se llevó una mano al pecho con expresión de pesar.


—Me duele que me consideres tan calculador.


—Eres práctico, y eso es algo que admiro de tí. No te pareces en nada al irresponsable playboy por el que te tomé el año pasado.


—Pero tampoco me tomes por un romántico. Simplemente he buscado un trabajo adecuado para mis inquietos pies y mi deseo de crear lugares especiales.


—Creo que es algo más.


—Tal vez. Pero soy un hombre y no analizo tanto las cosas como vosotras las mujeres. Sólo sé que me gusta transformar cosas que otros han pasado por alto — Pedro sonrió distraídamente—. Por cierto, estamos en Texas. He supuesto que no podría llevarte más lejos sin que empezaras a preocuparte por llegar a tiempo a la fiesta de tu hermana.


—Has supuesto bien. Y me alegra haber aceptado venir contigo.


Afortunadamente, Delfina no se había disgustado ante la perspectiva de su marcha. De hecho, y para sorpresa de Paula, había insistido en que se fuera.  Pero todo aquello parecía haber quedado en un mundo lejano. Ella había preparado cuidadosamente su equipaje para aquel viaje y había elegido su ropa interior más sedosa y su brillo de labios favorito… En el que tanto se había fijado Pedro en la biblioteca. Tenía muchas esperanzas puestas en aquel viaje. Quería asegurarse de que tenían alguna perspectiva de futuro juntos antes de abrirse totalmente a él. Deslizó los dedos por la barandilla.


—Así que este lugar es tu trabajo. Estoy realmente impresionada.


—No se inaugurará hasta dentro de un mes, cuando los decoradores terminen el interior. Gracias a este trabajo he conseguido un contrato en Perú para hacer algo parecido con unas ruinas del siglo diecinueve —Pedro movió la cabeza—. Pero ya basta de hablar de trabajo. Hemos venido aquí a relajarnos, donde nadie puede vernos y nadie vendrá a interrumpimos. Y ahora quiero que veas algo.


Pedro hizo que Paula se volviera hacia su derecha. Lo que vió fue una piscina sobre la azotea, pero distinta a todas las que había visto hasta entonces. Se prolongaba hasta el final del edificio y parecía fundirse con el horizonte.


—Es lo que llaman una piscina infinita —explicó Pedro.


—¿Cómo es posible que no se acabe al llegar al borde de la azotea? —preguntó Paula.


Pedro la tomó de la mano.


—Está diseñada con el extremo rebajado para que parezca que se funde con el horizonte. Algunos lo llaman borde negativo. Un lado de la piscina está ligeramente más bajo que el otro y tiene un sistema que hace volver el agua constantemente.


—Parece muy complicado.


—Todo es cuestión de técnica. Un hotel de Hong Kong llene la piscina infinita más asombrosa que he visto —Pedro estrechó cálidamente la mano de Paula—, ¿Quieres ir a verla?


—¿Ahora? —preguntó ella, asombrada por la sugerencia—. Acabamos de llegar a Texas y aún me estoy adaptando.


—Pero quieres ir.


Paula reconoció en su fuero interno que le gustaría ir, pero, ¿Sería capaz de dejarlo todo para ver el mundo con Pedro?


—Tal vez —contestó—. Por un periodo de tiempo, tal vez, pero después…


—Deja de pensar en lo que sucederá luego. Disfruta del momento, aquí, al borde de este impresionante cañón. Arriésgate, señorita bibliotecaria.


Paula se puso instintivamente a la defensiva.


—¿Qué tiene de malo trabajar de bibliotecaria en Pensacola, Florida?


Pedro pasó una mano por su cintura y la estrechó contra su costado. 

Chantaje: Capítulo 29

Dejó el mechón de pelo sobre el pecho de Paula y acarició con un dedo su pezón, que revivió al instante bajo su contacto.


—Te he echado mucho de menos este año —dijo con voz ronca.


—Apenas nos conocíamos entonces y ahora las cosas están volviendo a ir demasiado deprisa —Paula acarició con una mano el pecho de Pedro—. ¿Por qué no nos limitamos a disfrutar del momento?


—Piensa en cuánto hemos averiguado el uno del otro hablando un solo día. Hablemos un poco más —Pedro siguió acariciando con delicadeza el pezón de Paula—. He echado de menos verte, estar contigo, sentir cómo te movías debajo de mí mientras susurrabas cuánto me necesitabas, cuánto necesitabas lo que puedo darte…


Paula rió y le cubrió la boca con la mano.


—De acuerdo, de acuerdo. Ya lo capto.


—No irás a decirme que nunca has pensado en los días que pasamos juntos.


—Claro que he pensado en ellos —Paula se sentó en la cama y se rodeó las rodillas con los brazos—. Tienes una forma de impresionar a las personas que no es fácil de olvidar. Alejarme fue la única opción que tenía para conservar la cordura.


—¿Te vuelvo loca? Eso está bien —Pedro apartó el pelo del hombro de Paula y deslizó un dedo por su espalda—. Veamos si puedo volver a hacerlo.


—Sabes que sí, a muchos niveles.


—En ese caso, hablemos un poco más.


—Preferiría seguir con lo que estábamos… 


Pedro sonrió.


—Veo que sólo eres capaz de pensar en una cosa.


Paula también sonrió, aunque no lo miró a los ojos.


—¿Qué tiene de malo que una pareja casada tenga sexo? Mucho sexo. En todas las habitaciones y vehículos a nuestra disposición. Podemos hablar todo el tiempo. De hecho, yo también tengo unas cuantas cosas que decirle.


Pedro la tomó de la mano.


—Estoy hablando en serio, Paula. Acabamos de compartir algo especial. Sería una estupidez por nuestra parte tirarlo de nuevo por la borda. Pero para que las cosas funcionen necesito que esta vez seas sincera conmigo.


Paula se aferró con más fuerza a sus rodillas y Pedro vió el destello de dolor que cruzó su mirada. ¿Qué podía haberle hecho tanto daño? Estaba a punto de preguntárselo cuando ella lo silencio apoyando un dedo sobre sus labios.


—Aunque bromeo sobre nuestro matrimonio y el sexo, lo cierto es que en mi mente estamos divorciados. Ya hace tiempo que lo estamos. Me va a llevar un tiempo adaptarme a todos estos cambios. Están pasando tantas cosas, y tan rápido… Quiero confiar, confiar en d…


—En ese caso, hazlo.


—Eso es fácil de decir para tí, que eres de tipo aventurero por naturaleza. Pero el mero hecho de estar juntos ya es un riesgo para mí.


—Eso no me lo creo. No después de conocer a la mujer que conocí hace un año… —Pedro se interrumpió al notar que Paula parecía realmente asustada. Había una parte de su carácter que no había conocido en España. 


En realidad apenas conocía a la mujer con que se había casado, y si quería tener alguna oportunidad con ella ahora, debía esmerarse más que antes. Debía llegar a comprender a Paula para poder conservarla.


—¿Te ha disgustado la visita de tu hermano? Supongo que no es agradable escuchar que tu padre está enfermo. ¿Vas a ir a verlo? ¿Es eso lo que te pasa?


Paula bajó la mirada.


—Aun no he decidido si ir a verlo o no. Ni siquiera sé qué pensar de la visita de Ezequiel. Ha sido tan inesperada que voy a tener que meditar un poco en ella.


—Pero le has creído cuando ha dicho que tu padre estaba enfermo, ¿No?


—Mi abogado me mantiene informada hasta cierto punto. Sé el aspecto que tienen mis hermanos… Aunque no sepa dónde viven —Paula rió sin humor—. Y lo cierto es que no quiero saberlo. No me gustaría ser responsable de su seguridad.


A Pedro no le gustaba que la familia de Paula la dejara allí sola, sin protección. Al pensar aquello comprendió que no podía dejarla ir. No podía dejarla allí sin protección. No había muchas personas que pudieran protegerla al nivel que necesitaba. Pero él era un Alfonso. Y aunque había habido épocas en que había renegado de las convenciones familiares, en aquellos momentos agradeció todo el poder que podía aportarle la influencia Alfonso para evitar que alguien hiciera daño a Paula a causa de sus lazos con los Medina.


—Necesitas algo con que distraerte.


—Ya has hecho un buen trabajo distrayéndome esta noche —Paula pasó un brazo por los hombros de Pedro y le dió un beso cargado de promesas.


El pulso de Pedro se aceleró al instante, impulsándolo a actuar. Pero debía mantenerse firme. Debía ceñirse al plan. Pasar más tiempo con ella. Demostrarle lo bien que podía encajar en su mundo, la facilidad con que podía dejar atrás su vida actual.


—¿Hay alguna posibilidad de que puedas faltar al trabajo un par de días?


Un destello de interés brilló en los ojos de Paula, seguido de otro de cautela.


—Tengo que ayudar a Delfina.


—¿Cuándo tiene su próxima fiesta?


—El próximo fin de semana. La organiza la familia de Luca.


—En ese caso, supongo que no hay problema mientras llegues a tiempo. ¿Puede ocuparse Delfina de los planes durante un par de días?


—Yo podría ocuparme de todo por teléfono. Los accesorios de las damas de honor ya están preparados.


—De manera que el único problema es tu trabajo en la biblioteca. ¿Puedes conseguir tiempo libre?


—Me deben un par de favores —la lenta y seductora sonrisa de Paula captó de inmediato la atención de Pedro—. Todo depende de lo que tengas en oferta.


—Confía en mí —dijo Pedro, decidido a lograr que sucediera aquello a todos los niveles—. No te sentirás decepcionada. 

martes, 15 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 28

Finalmente, Pedro la penetró. Apoyado sobre sus codos, la contempló con sus intensos ojos azules. Su mandíbula, tensa a causa de la contención, reveló a Paula que la deseaba tanto como ella a él. La primera vez que se acostaron juntos estaba un poco bebida, pero en esta ocasión estaba totalmente sobria, consciente de cada momento, de cada sensación. Y era aún mejor. Se movió sobre ella. Era tan grande, tan delicado, y estaba tan centrado en ella… ¡Qué sensación tan embriagadora después de haber pasado tanto tiempo en las sombras! Quería seguir allí, disfrutando de los destellos de placer que estaban recorriendo su cuerpo, pero sabía que aquello no podía durar. Tal vez la próxima vez… Tenía que haber una próxima vez…


—Paula… —murmuró Pedro y repitió su nombre una y otra vez, revelándole cuanto había pensado en ella.


Paula trató de contestar, pero no pudo. Lo único que surgió de entre sus labios fue un delicioso gemido de creciente necesidad a la vez que arqueaba la espalda hacia arriba, aceptándolo aun más profundamente en su interior. Sus uñas dejaron un afilado rastro por la espalda de Pedro mientras la intensidad de sus sensaciones crecía en su interior, buscando una liberación. Aquello no podía durar mucho más… Ella no trató de reprimir el grito de placer que surgió de su garganta. Empujó con más fuerza. Se aferró a su espalda. Con un último y prolongado empujón, Pedro se enterró profundamente en ella y permaneció allí, con el rostro en su pelo, jadeando, hasta que se tumbo de espaldas y la retuvo contra su costado. Deslizó una mano por su estómago y trazó un círculo en torno a su ombligo.


—Definitivamente, vamos a tener que ir pronto a por un anillo de diamantes…


Por un momento, Paula se quedó desconcertada… Hasta que comprendió que no se había referido a un anillo de compromiso, sino a un anillo para su ombligo. Técnicamente, ya estaban casados… ¿Pero durante cuánto tiempo? Pedro siguió acariciando su estómago. Ella sintió una punzada de inquietud al pensar en el bebé que, desgraciadamente, había llevado allí tan poco tiempo. Debía decírselo, y lo haría, pero no en aquel momento. Había dejado claro que estaba enfadado con ella por haberlo dejado como lo hizo, y no pudo evitar preguntarse si habría vuelto a buscarla para vengarse. ¿Era posible que fuera tan calculador? En realidad no lo conocía lo suficiente como para estar segura de nada. Lo mejor sería esperar un par de días a que las cosas se asentaran. Entonces le hablaría del bebé que había perdido. Mientras los latidos de su corazón se iban calmando, se preguntó cuánto tiempo podría disfrutar egoístamente de Pedro antes de que la verdad pusiera su frágil relación a prueba. 


Pedro tomó un mechón del largo y suave pelo de Paula entre sus dedos. Su plan era poseerla y marcharse. Esperaba poner fin a su inconclusa relación acostándose con ella una vez más… Pero ya no era capaz de pensar en dejar que se fuera. Si no hubieran estado casados le habría pedido que viajara con él. ¿Por qué no pedírselo de todos modos? Sin duda, no iban a poder resolver nada estando en distintos continentes. Sólo estando con ella podría protegerla de los problemas que pudieran surgir a causa de sus orígenes. Él era el hombre que podía mantenerla a salvo. Tenía que persuadirla para que lo acompañara a Perú tras la boda de su hermana. ¿Y no supondría un placer despertar junto a ella a diario? Pero no esperaba que aceptara de inmediato, desde luego. Era una mujer testaruda y manifestaba una frustrante lealtad hacia su hermana y su padrastro. Tenía que demostrarle que sus vidas podían fundirse, que merecía más de la gente. Se preocupaba por ella de un modo que nunca lo había hecho su egoísta familia.


Chantaje: Capítulo 27

Paula bloqueó el dolor que le había producido la inesperada visita de su hermano y se centró en Pedro. Sólo en él, con ella y, a ser posible, ambos desnudos muy pronto. Lo rodeó con los brazos por el cuello y se pegó a él. Pedro se tambaleó ligeramente.


—Guau —tomó a Paula por las caderas para conservar el equilibrio—. Vamos a tomárnoslo con calma y a pensar cinco minutos. Sé que estás disgustada…


—Claro que lo estoy. Estoy enfadada, dolida y confusa, y quiero que se me pase, y tú puedes arreglarlo, así que pongámonos en marcha.


Presionó sus labios contra los de Pedro y los abrió, exigente. La atracción que había entre ellos resurgió al instante. Paula dió la bienvenida a la agradable sensación que empezó a recorrer su cuerpo y a alejar todas las demás. Placer total.


—Me encantaría complacerte hasta el punto de que fueras incapaz de pensar o hablar, pero necesito saber que esta vez no vas a salir corriendo de aquí antes de que me de tiempo a ponerme los calzoncillos.


Paula mordisqueó sensualmente la oreja de Pedro.


—Estamos en mi casa. Seria mucho más difícil que me fuera de aquí.


—Pero no imposible —insistió el mientras deslizaba una mano hasta el trasero de Paula y la presionaba contra sí para hacerle sentir la evidencia de su excitación—. Estamos aquí para resolver cosas, no para complicarlas más entre…


—Mira a tu alrededor, Pedro —interrumpió ella—. Piensa. ¿Qué he traído cuando he llegado? La cena. Vino. Planeaba una cena romántica porque después de lo que hemos hecho… —Paula hizo una pausa mientras apoyaba una mano en la entrepierna de Pedro—… después de lo que me has hecho sentir, no he parado de pensar en terminarlo. He planeado lo que quiero hacerte, como lograr volverte tan loco como tú me vuelves a mí.


—Ya me vuelves loco caminando por mi mente, así que imagínate cómo me afectas en persona.


—En ese caso, ha llegado la hora de hacer algo al respecto.


Paula tiró del polo negro que vestía Pedro y se lo sacó por encima de la cabeza. ¿Era la noche anterior cuando se había presentado en la fiesta de su hermana? Parecía que hubiera pasado toda una vida, como si el año anterior no hubiera existido. Pero había existido, y no quería pensar en ello. Sólo quería centrarse en Pedro… Aunque éste tenía razón. Necesitaban un tiempo juntos para resolver sus sentimientos, o se pasarían la vida preguntándose, anhelando… Al menos ella.  Con un ronco gruñido, Pedro deslizó las manos bajo el vestido de Paula y se lo quitó por encima, dejándola tan sólo con un sujetador de encaje azul y unas braguitas a juego.


—¿Tienes idea de lo atractiva que estás en estos momentos? —preguntó mientras deslizaba una mano tras su cabeza para soltarle la coleta—. He perdido muchas horas de sueño este último año pensando en tí así.


—Espero que no vayas a perder ni un minuto más…


Pedro no necesitó que lo alentaran más. Volvió a besar a Paula, llevándola hacia atrás mientras él avanzaba, hasta que las escaleras interrumpieron su marcha. Pero no por mucho tiempo. Pedro se echó a Paula al hombro y comenzó a subir las escaleras. Ella gritó, pero no protestó porque vió que él se dirigía rápidamente al dormitorio. Una vez en éste la dejó sobre la cama y se tumbó a su lado. Deslizó un dedo por su clavícula.


—Cuando te ví dormir la primera noche fantaseé sobre las joyas que mejor te sentarían aquí —deslizó los labios por donde había deslizado antes el dedo—. Y aquí —añadió mientras mordisqueaba sus orejas.


—No recordaba haber dormido más de un minuto aquella noche —susurró Paula.


—No necesité más de un minuto para imaginarte en mi mundo.


Paula se quedó sin aliento mientras asimilaba las palabras de Pedro. Cuando lo miró a los ojos vió en ellos una expresión momentáneamente sombría, pero enseguida sonrió y perdió la oportunidad de descifrar lo que había visto.


—Además, tengo una imaginación muy activa —añadió Pedro en tono desenfadado. Se inclinó hacia el ombligo de Paula y mordisqueó con delicadeza el sencillo anillo de plata que llevaba él—. Lo que mejor iría aquí sería un diamante.


Tras besarla en la cadera, se irguió un momento para terminar de desvestirse. Luego hizo lo mismo con Paula, que anhelaba acariciar su espalda, sus firmes glúteos, su pecho… ¿Cómo podía desearlo tanto si sólo hacía unas horas que Pedro se había ocupado de sus necesidades en el despacho de la biblioteca? Aquello debería haberla sosegado un poco, pero sólo parecía haber estimulado aún más su deseo. Deslizó el arco de su pie desnudo por la pierna de Pedro, abriéndose para él, deseándolo, dando la bienvenida a cada centímetro cuadrado de su piel.


—Shhh… —susurró Pedro junto a su oreja—. Paciencia. Ya llegaremos ahí…


Incapaz de esperar, Paula deslizó una mano entre ellos y tomó a Pedro en ella, lo acarició, persuasiva, hasta que las manos le temblaron. Él alargó una mano hacia el suelo, hacia sus pantalones, cuando la alzó de nuevo tenía un preservativo en ella. Lo abrió y se lo puso antes de que Paula tuviera tiempo de hacer algo más que sentirse agradecida por el hecho de que al menos uno de los dos conservara la suficiente cordura como para ocuparse de aquello. 

Chantaje: Capítulo 26

—Eres igual que tu padre.


Ezequiel parpadeó, desconcertado.


—La última vez que lo viste tenías sólo siete años.


—Enrique también era más joven entonces, y mi madre conservaba una foto de cuando se conocieron. A veces me dejaba guardarla en el cajón de los calcetines, mezclada con otras cosas para que nadie la viera —Paula guardó las gambas en la nevera y luego se volvió de nuevo hacia su hermano—. ¿Por qué has venido? — preguntó, y se quedó paralizada al pensar en una terrible posibilidad—. ¿Enrique ha muerto?


—Está vivo —dijo Ezequiel rápidamente, aunque con expresión seria—. He venido porque te has puesto en contacto con el abogado, aunque me habría puesto en contado contigo de todos modos. Nuestro padre está muy enfermo. Quiere ver a sus hijos.


—¿Y cuantos hijos tiene? —¿De dónde había surgido aquella cruel respuesta?, se preguntó Paula. Sin duda, de las muchas noches de miedos y lágrimas de su infancia.


Pedro apoyó una consoladora mano en su espalda mientras cerraba la puerta de la nevera con un pie. Ezequiel metió las manos en sus bolsillos.


—Tú, nuestros dos hermanos y yo.


—Disculpa si no me siento demasiado segura de eso —Paula respiró profundamente—. Siento que Enrique esté enfermo, pero no creo que tengamos nada que decimos. No después de tantos años.


Esperaba que Ezequiel discutiera, que tratara de persuadirla, pero se limitó a encogerse de hombros.


—De acuerdo. En ese caso le haré saber que te he transmitido el mensaje y que has declinado la oferta. Sí no tienes más preguntas que hacerme, ya he completado mi misión.


¿Eso era todo? ¿Ya iba a irse? Ezequiel dejó una tarjeta en la mesa de la cocina y la aseguró con un pisapapeles.


—Puedes ponerte en contacto conmigo cuando decidas ir a verlo.


¿Cuándo? ¿En una o dos décadas más? Ezequiel se había presentado de pronto en su casa, la había desconcertado por completo y ahora se iba. Obviamente no había ido a verla, sino a informarla. Paula se recriminó por ser tan tonta; estaba claro que en el fondo de su corazón aún conservaba esperanzas, como esas fotos de su familia biológica ocultas entre sus calcetines. Quería llorar, pero sus ojos estaban secos después de tantos años.  Pedro pasó a su lado.


—Te acompaño a la puerta.


—No es necesario —Ezequiel se volvió a mirara Paula mientras se encaminaba hacia el vestíbulo—. Le diré a nuestro padre que irás a verlo pronto.


Paula reprimió el deseo de gritar su frustración. ¿Por qué se consideraban los Medina con derecho a entrometerse en su vida y desbaratarla una vez cada diez años?


—Estás asumiendo demasiado.


Ezequiel se detuvo y se volvió hacia ella.


—Ha habido muchas ocasiones en que mi vida ha dependido de mi habilidad para comprender a la gente —dijo, y a continuación salió de la casa tan sigilosamente como había entrado.


Pedro apoyó de nuevo la mano en la espalda de Paula.


—¿Estás bien?


—Sí. Totalmente. ¿Por qué no iba a estarlo? Sólo han sido cinco minutos de mi vida. Ahora mi hermano se ha ido y todo ha vuelto a la normalidad —Paula se apartó de Pedro y abrió la nevera—. Voy a preparar la cena.


Pedro apoyó las manos en sus hombros y presionó estos con una compasión y un cariño que desmoronaron las defensas de Paula. Estaba harta de repetirse que le daba igual que su padre no hubiera luchado nunca por ella, y que sus hermanos no se hubieran molestado en ponerse en contacto con ella ni siquiera cuando se independizaron. Los años que había pasado siendo el apoyo de todo el mundo y la princesa de nadie cayeron sobre ella hasta que el dolor se hizo tan intenso que no pudo encontrar ningún rincón de su alma en el que ocultarse y escapar. No tenía ningún lugar en el que refugiarse… Excepto los brazos de Pedro. 

Chantaje: Capítulo 25

 —Aunque pudiera parecerme que es lo más conveniente para ella ¿Por qué iba a visitar Paula a una familia que no ve desde los siete años? —Pedro esperó a que Ezequiel respondiera, pero éste permaneció en silencio—. ¿Qué? No pareces estar en desacuerdo.


—¿Por qué discutir contigo si tienes razón? Pero creo que, a la larga, a Paula le pesaría no hacer ahora lo correcto. 


Pedro miró su reloj. ¿Dónde diablos estaba?


—¿Tu familia está exenta de la reglas pero ella no? ¿Se supone que ella sí debe hacer lo correcto cuando ustedes no lo han hecho?


—Es parte de nuestra familia.


—Eso dices tú. Yo aún no sé muy bien de qué estás hablando.


—Fue elección suya vivir como vive en lugar de reclamar sus derechos de nacimiento —Ezequiel ladeó la cabeza—. ¿No lo sabías? Su madre y ella decidieron hace tiempo no aceptar nada de mi padre. Él les ha aportado su ayuda como ha podido. Premios sorpresa, bonos en el trabajo, incluso una beca para viajar a Europa.


Pedro estaba seguro de que Paula echaría pestes si averiguara que aquel viaje había estado preparado.


—A la mayoría de las mujeres que conozco no les gustaría ser manipuladas de ese modo.


—En ese caso, no se lo cuentes.


—¿Y por qué me lo estás contando tú? —pregunto Pedro. 


Aquello lo ponía en una situación incómoda, obligándolo a guardar secretos. Odiaba las mentiras. Siempre las había odiado. Su padre le había metido aquello en la cabeza desde niño. Siempre solía decir que la medida de un hombre la daba su comportamiento cuando estaba a solas.


—Espero que puedas convencerla de que vaya a ver a su padre. Es una mujer muy testaruda.


—Un momento. Has dicho que prácticamente no se han visto, y sin embargo pareces conocerla bien. ¿Cómo es posible?


Ezequiel se encogió de hombros.


—No he dicho que no nos hayamos mantenido informados sobre ella.


Pedro estaba seguro de que a Paula no le haría ninguna gracia enterarse de aquello. Aunque aquel tipo parecía tenerlo todo muy claro, aún existía la posibilidad de que se trajera algo feo entre manos.


—Es hora de que tú y yo nos vayamos.


—¿Tú y yo?


—No pienso perderte de vista hasta asegurarme por completo de que eres quien dices ser. Yo también tengo contactos.


—Me parece justo. Pero deja que antes te haga una pregunta —Ezequiel entrecerró los ojos, como disponiéndose a saltar sobre su presa—. ¿Quién has creído que era cuando has entrado?


El sonido de la llave en la cerradura impidió que Pedro contestara. Cuando se volvió vió a Paula en el umbral de la puerta que daba al patio, con una bolsa de la compra en cada mano y una expresión de total perplejidad.


—¿Ezequiel? 


La conmoción la dejó paralizada. Parpadeó un par de veces, incapaz de creer lo que estaba viendo. No podía ser uno de sus hermanos… Pero había visto algunas fotos a lo largo de los años y nunca olvidaría el rostro de sus hermanos. El verano que fue a verlos Ezequiel le contó que soñaba con cambiarse de nombre y salir al mundo para labrarse un porvenir por su cuenta. A pesar de que entonces sólo tenía siete años, Paula comprendió su afán de «Salir de una vez por todas de aquella isla». Y, por su aspecto, no parecía haberle ido mal. Se alegraba por él si había conseguido hacer realidad su sueño de vivir su propia vida. Aunque también había conseguido mandar al garete sus planes para la tarde… Pedro y Ezequiel se acercaron a ella a la vez para tomar de sus manos las bolsas de la compra… Compra en la que se había esmerado para preparar una buena cena. Estaba tan nerviosa que las manos le temblaban. Era una tontería estar tan nerviosa ante la perspectiva de preparar la cena para un hombre. Para su marido. Sintió que sonreía antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo. Ver a Pedro le hacía feliz. ¡Guau! ¡Qué pensamiento tan increíble… y aterrador! Pero antes de nada necesitaba averiguar qué hacía allí su hermano. Resultaba extraña la idea de abrazar a un hombre prácticamente desconocido con el que sólo había hablado una vez, aunque compartieran el mismo ADN. Reprimió una punzada de inquietud.


—Vamos dentro antes de que se estropeen tus compras con el calor.


Paula dedicó una sonrisa agradecida a Pedro y luego tocó el brazo de su hermano.


—Bienvenido, Ezequiel. Espero que te quedes a cenar… A no ser que tengas otros planes.


—Tu hermano ha dicho que necesita hablar contigo —dijo Pedro mientras iban a la cocina.


—Por supuesto. Seguro que tenemos que ponernos al día sobre muchas cosas — dijo Paula mientras empezaba a guardar automáticamente las cosas en los armarios.


Cuando se volvió para meter unas gambas en la nevera, estuvo a punto de darse de bruces con su hermano.


—Oh, lo siento. No hay mucho sitio.


—¿Cómo me has reconocido? —preguntó Ezequiel sin preámbulos.


Paula miró sus oscuros ojos, prácticamente idénticos a los de ella.