jueves, 1 de enero de 2026

Curaste Mi Corazón: Capítulo 50

Seis semanas después. Madison Avenue, Nueva York


Dentro de poco sería Navidad, y los escaparates de las tiendas ya estaban engalanados para la ocasión. Los árboles estaban decorados con luces blancas, que brillaban en la oscuridad como pequeñas estrellas. Paula, sin embargo, arrebujada en su abrigo y con la bufanda liada al cuello, se sentía ajena a todo aquello. Estaba en estado de shock. Acababa de salir del centro de salud, donde su médico le había confirmado la terrible sospecha que llevaba albergando desde hacía varias semanas. Había una razón por la que se sentía hinchada, una razón por la que se notaba los senos tan sensibles, una razón por la que aún no le había bajado la regla… Estaba embarazada. De más de dos meses. Se sentía como si todo estuviese derrumbándose a su alrededor. Tenía que llegar a casa y pensar qué iba a hacer, se dijo apretando el paso. De pronto las lágrimas se le agolparon en los ojos. Bajó la vista para evitar las miradas de la gente. No se había sentido tan sola en su vida. Siempre había querido tener hijos, pero la desolaba pensar que Pedro solo vería su embarazo como una carga. O peor, como una trampa que ella había planeado para cazarlo. ¿Cómo no iba a pensarlo cuando ya le había ocurrido con su ex? ¿Por qué?, se reprochó con amargura, ¿por qué había sido tan tonta como para confesárselo todo a Pedro esa noche en el Ritz? Lo único por lo que podía dar gracias era que no había llegado a decirle abiertamente que estaba enamorada de él. Claro que tampoco había hecho falta, pensó. Solo le había faltado postrarse a sus pies. De pronto se chocó contra alguien. Unas manos fuertes la sujetaron por los brazos, para evitar que se cayera. Alzó la vista para disculparse, y le dio un vuelco el corazón al ver el rostro de la persona con quien había tropezado. Pedro…


–No puede ser… –murmuró.


–¿Paula?, ¿Eres tú?


–Sí, soy yo –musitó. El corazón parecía querer salírsele del pecho–. Perdona, no iba mirando por dónde iba. ¿Cómo estás? –le preguntó, en un intento por aparentar normalidad.


Tenía que disimular que no acababa de descubrir que estaba embarazada y que él era el padre. Él seguía teniendo las manos en sus brazos y estaba mirándola de un modo extraño.


–Bien, bien… –respondió distraídamente.


Solo entonces se dió cuenta Paula de que estaban a la puerta de un restaurante, y de que Pedro tenía compañía: Una morena muy guapa, que le dedicó una sonrisa gélida. Aquello era lo que le faltaba después de la noticia que acababan de darle. Antes de perder la compostura por completo y echarse a llorar allí mismo, delante del hombre al que amaba y su nuevo ligue, los rodeó sin decir nada y se marchó.


Pedro siguió a Paula con la mirada mientras se alejaba. Su melena rubia brillaba como un faro entre el mar de caras anónimas. No podía apartar de su mente la expresión desolada de su rostro, la mirada angustiada que había visto en sus ojos. La había encontrado pálida, muy pálida, y parecía cansada. Una honda preocupación se apoderó de él.


–¿Pedro? ¿Vamos a entrar o no? ¿Y quién era esa mujer? Su cara me resulta familiar…


Pedro se había olvidado por completo de su acompañante. Solo la había invitado a salir en un patético intento por recobrar la normalidad en su vida, pero en ese momento sabía que acababa de ver marcharse calle abajo a la única persona que podría ayudarlo a recobrarla. Durante los breves minutos que había sostenido a Paula por los brazos había experimentado una sensación de paz que no había sentido durante semanas. Incluso había respirado aliviado al reconocerla. Intentó apartarla un momento de su mente para centrarse en su acompañante.


–Perdona, Melina, pero acabo de acordarme de que hay un asunto urgente del que tengo que ocuparme –le dijo–. Tendremos que dejar la cena para otro día.


Ya estaba llevándola hacia su coche, que se hallaba estacionado junto a la acera, cuando la oyó protestar irritada:


–Me llamo Melisa, no Melina…


Pedro le abrió la puerta y, sin demasiados miramientos, hizo que entrara y le dijo a su chófer:


–Por favor, lleva a Melina… Perdón, a Melisa… Donde ella te diga.


Cerró la puerta, observó al vehículo alejarse con una profunda sensación de alivio, y echó a andar en la dirección opuesta a la que se había ido Paula. Por más que quisiera ir tras ella, sabía que debía manejar aquella situación con cuidado. La impaciencia y las prisas podían echarlo todo a perder. Tenía que controlar sus impulsos, y tenía mucho sobre lo que reflexionar.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 49

 –Paula, por favor, no llores… Te debo una disculpa. Siento haberte acusado de utilizar a Catalina. Ahora me doy cuenta de lo equivocado que estaba.


Paula abrió los ojos, y el dolor que vio en ellos se le clavó en el alma.


–No sabes nada de mí, Pedro –le dijo con voz ronca–. Si no tuviera que volver a subirme nunca más a una pasarela, ni hacer sesiones de fotos para una revista, me sentiría feliz. Cuando llega el fin de semana me encanta quedarme en casa y hacer cosas como cocinar, hornear pan, tricotar… Y más que nada en el mundo lo que quiero es encontrar a alguien a quien amar, alguien que me quiera y con quien tener hijos, muchos hijos. Eso es lo que quiero, y lo que necesito. No sé si es porque no me sentí querida en mi infancia o algo así; lo único que sé es que eso es lo que quiero. Y nunca esperaría nada de eso de tí, porque tú ya has pasado por ello y sé que no quieres repetir la experiencia. Tienes a Catalina, y con ella te basta y te sobra; eres feliz. Pero yo no lo soy, Pedro, y el sexo no es suficiente para mí. No soy la clase de persona que va de ligue en ligue, sin involucrarse emocionalmente –intentó soltarse, pero él se aferró a sus manos con fuerza–. Por favor, deja que me vaya, para que pueda olvidarte y seguir con mi vida.


Pedro se quedó callado, aturdido. El apasionado discurso de Paula lo había dejado conmocionado, y no era capaz de articular palabra. Ella estaba mirándolo desafiante, como retándolo a intentar seducirla de nuevo, en aquellos momentos que sabía todo lo que sabía. Tenía razón; se merecía ser feliz. Se merecía encontrar a un buen hombre que la quisiera y que le diera todos los hijos que deseara. Algo se revolvió en su interior al imaginársela con otro, pero apretó los dientes y se reprendió con dureza. No tenía derecho a sentir celos. De pronto se sentía cansado, hastiado y cínico. Sí, él había «Pasado por ello», como Paula había dicho, y había salido escaldado. Después de enamorarse de Estefanía, y de que ella lo engañara, se había jurado a sí mismo que jamás volvería a ponerle su corazón en bandeja a nadie. Tenía a Catalina, tenía a su hermana, Luciana, y a su familia. Paula se merecía algo más. Tenía que dejarla ir.



Paula bajó la vista. No podía seguir mirando a Pedro a los ojos porque era evidente que por fin lo había comprendido. Le soltó las manos y dió un paso atrás.


–Gracias –musitó Kate, aún sin mirarlo.


–Te mereces encontrar lo que anhelas –dijo Pedro–. Te deseo todo lo mejor.




Un par de días después, Pedro estaba en su despacho de Madrid, mirando abstraído por la ventana con las manos en los bolsillos. Cuando oyó que llamaban a la puerta y que entraba alguien, se volvió. Era su secretaria.


–Dime, Diana.


Ella se acercó y le tendió un sobre acolchado de tamaño folio.


–Llegó esto justo después de que te fueras a Nueva York –le dijo–. Como pone «privado» no he querido abrirlo.


Pedro lo tomó y le dió las gracias a su secretaria, que se retiró. Le dió la vuelta al sobre. Con la misma letra pulcra que en el anverso, había escrita una dirección de Nueva York que le resultaba familiar, y el nombre P. Chaves. ¡Paula! Se sentó a su escritorio y abrió el sobre. Dentro había varias fotografías en blanco y negro. Con manos algo temblorosas fue pasándolas, impresionado por la habilidad de Paula para captar la esencia de las personas que había retratado. Había fotos de él con Catalina, fotos de Mamá Sara y Papá Luis…, De momentos entrañables. Ni siquiera recordaba haberla visto tomar esas fotos. Había también un sobre grande con el nombre de Catalina.  Él no pudo reprimir la curiosidad y lo abrió. Había una única fotografía de ella con la pequeña, y las dos tenían puesta una mueca divertida. Paula debía de haber usado el temporizador para hacerla. En la parte de detrás había escrito una nota. "Cata: Ya te echo de menos. Quiero que sepas que me encantaría que vinieras a visitarme siempre que quieras, y te prometo que la próxima vez que vaya a Madrid iremos a tomar un helado. Estoy deseando que me cuentes cuántos amigos has hecho ya en el colegio. Cuídate. Con cariño, Pauli." Pedro guardó la fotografía con cuidado en el sobre, se levantó abruptamente y volvió junto a la ventana. Tenía una sensación de angustia en el pecho. No podía ser… No podía ser que la echase tanto de menos… Tenía que respetar su decisión, se dijo apretando los dientes. Tenía que dejarla tranquila. Kate tenía razón. Él tenía su vida, y tenía a Cata. No necesitaba nada más; no quería nada más. Quizá, si seguía repitiéndoselo, acabaría por creérselo.

martes, 30 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 48

Paula tragó saliva e hizo acopio de valor para no echarse atrás.


–Lo que te dije en Madrid iba en serio, Pedro. Esto se ha acabado y lo que acaba de pasar… –lanzó una mirada acusadora a la puerta– no debería haber pasado.


–Pero ha pasado –replicó él–. Y he pagado esta suite para la noche.


Paula miró la cama enfadada consigo misma, porque una parte de ella estaba sintiéndose tentada de claudicar, de mandar su amor propio a paseo y darse el capricho de una noche más con Pedro. Pero si hacía eso… ¿Cuándo pondría el punto final? Tenía que ser fuerte. Tenía que poner fin a aquello de una vez por todas. Sacudió la cabeza y se mantuvo firme.


–No, Pedro. No voy a quedarme a pasar la noche contigo. Por más que me tiente, no va a ocurrir.


Pedro la miró, irritado y lleno de frustración. Estaba acostumbrado a conseguir siempre lo que quería cuando lo quería, y no pudo evitar que una nota de impaciencia tiñese su voz.


–Mira, Paula, tú me deseas… Y yo te deseo. Nos compenetramos bien en la cama. ¿Cuál es el problema?


Ella quería gritar. ¿Tan simple era todo para los hombres? Sí, si para ellos no había sentimientos de por medio, se respondió a sí misma. Pedro se levantó para ir hacia ella, y el pánico a no poder resistirse a él la hizo retroceder.


–¡Para! No te me acerques –le dijo levantando una mano.


Pedro se detuvo y frunció el ceño.


–No quiero ser uno más de tus ligues, Pedro.


–Bueno, yo no llamaría así a lo nuestro. Nos conocemos, somos amigos… Para mí eres algo más que un ligue.


¿Que era algo más que un ligue para él? ¡Si no se fiaba siquiera de dejarla a solas con su hija porque creía que pretendía manipularla! Al recordar eso, Kate sintió una punzada de tristeza y de dolor.


–No es verdad. Tú no te fías de mí, Pedro. Pero eso da igual, porque antes o después lo nuestro estaba destinado a terminar, ¿No?


Pedro no entendía muy bien a dónde quería llegar.


–Bueno, sí… En algún momento, claro. Pero ¿Tiene que ser esta noche? ¿Ahora mismo?


Paula asintió y reprimió un sollozo.


–No puedo seguir con esto.


Se dirigió hacia la puerta, pero antes de que pudiera poner la mano en el picaporte, Pedro, que había ido tras ella, la agarró por el hombro y la hizo girarse.


–Por favor, Pedro… Deja que me marche –le suplicó.


Él apretó la mandíbula y escrutó su rostro, visiblemente confundido.


–Dime por qué. Lo único que quiero es que me digas al menos por qué no quieres esto.


Paula lo miró largo rato, y supo que no habría otra manera de que la dejara ir. Tendría que desnudarle su alma.


–¿De verdad quieres saberlo?


Él asintió muy serio. Paula se apartó de él para poner espacio entre ambos y, armándose de valor, lo miró a los ojos y comenzó a hablar.


–No quiero esto porque lo que pasó aquella noche, hace diez años, no fue como tú crees que fue –le dijo. Pedro frunció el ceño, pero Paula continuó–: Aquella noche… Yo no tenía ninguna intención de seducirte. Yo… –vaciló y apartó la vista antes de volver a mirarlo a los ojos–. Yo era una adolescente impresionable, y tú me tenías fascinada. Eras alto, guapo, interesante, mayor que yo… Esa noche por primera vez me habías mirado de un modo distinto; no como a una chiquilla, sino como a una mujer. No sé cómo, me lancé y te besé… Y tú respondiste a aquel beso. Supuse que creíste que tenía más experiencia de la que tenía en realidad. Y luego, cuando me rechazaste, me sentí humillada. No soportaba la idea de que pudieras darte cuenta de cuánto me había dolido, y por eso hice como que no me había afectado en absoluto.


A Pedro le había parecido intuir esa vulnerabilidad, pero como ella se había mostrado tan segura, tan madura, tan indiferente, había dudado de su percepción. No debería haberlo hecho. Era la misma vulnerabilidad que le había parecido advertir en la Martinica, y luego en el aeropuerto de Madrid, cuando se había visto obligado a dejarla marchar.


–Pero ¿Qué tiene que ver eso ahora? –inquirió.


–¿Que qué tiene que ver? –exclamó Paula, lanzando los brazos al aire.


Sus mejillas estaban teñidas por el enfado, sus ojos chispeaban, y su pecho subía y bajaba de lo agitada que estaba.


–Durante estos diez años no he podido olvidar lo humillante que fue para mí aquella noche. Cada vez que coincidíamos volvía a recordarlo cuando te miraba. Y te tenía tan idealizado, tenía tan idealizado cómo sería hacerlo contigo, que ninguno de los pocos hombres con los que he estado desde entonces ha estado a la altura –se le quebró la voz–. Es patético, ¿No? En todos estos años no he sido capaz de mantener una relación duradera por esa sombra que proyectabas en mi mente –esbozó una sonrisa amarga–. No quería que supieras que no conseguía superar lo de aquella noche, y por eso durante todos estos años he intentado mostrarme distante contigo. Pero ha habido momentos, como el día del bautizo de Martina, o después de la subasta benéfica en San Francisco, en que sentí que ya no podía seguir ocultándotelo –se encogió de hombros–. Si accedí a acompañaros a la Martinica fue porque pensé que a lo mejor me ayudaría… Pensé que, si me acostaba contigo y veía que no era para tanto, a lo mejor conseguiría hacerte caer del pedestal en el que te había puesto. Pero no ha sido así; lo único que ha hecho ha sido empeorar las cosas –concluyó–. Y sería incapaz de utilizar a Cata para manipularte; no te imaginas cómo me duele que me creas capaz de algo así –sacudió la cabeza y se dirigió de nuevo hacia la puerta.


Una sensación de pánico se apoderó de Pedro, que la agarró por los hombros y la hizo volverse hacia él. Le levantó la barbilla para que lo mirara, pero Paula cerró los ojos con fuerza. La tomó de las manos y se las apretó.


–Paula… Mírame.


Ella sacudió la cabeza y apretó los labios, como si estuviese luchando desesperadamente por no llorar, pero una lágrima rodó por su mejilla. Pedro se sintió como un gusano.


Curaste Mi Corazón: Capítulo 47

Pedro no vaciló ni un momento, como si supiera que, de hacerlo, Paula podría abandonar esa docilidad y huir de él. Entraron en el ascensor y, mientras subían, no apartaron la vista del número que indicaba el panel electrónico sobre la puerta. Finalmente se detuvo, y la puerta se abrió silenciosamente. Él la condujo por el pasillo hasta su suite. Ella apenas se fijó en la decoración, ni en la espectacular vista nocturna de Central Park que se divisaba por los ventanales. Lo único en lo que podía pensar en ese momento era en Pedro, y en que se moriría si no la hacía suya ya. Como si le estuviese leyendo la mente, él lanzó su chaqueta sobre un sofá, y de inmediato la rodeó con sus brazos y comenzó a devorar sus labios. Paula se descalzó mientras él le subía el vestido, y gimió contra su boca cuando encontró sus braguitas. Dejó que se las bajara, sacó los pies de ellas con torpeza por lo impaciente que estaba, y las arrojó a un lado con el talón. Luego le quitó la pajarita a Pedro, le abrió la camisa y le desabrochó el cinturón y los pantalones. Mientras, las bocas de ambos permanecían fusionadas, como si no pudiesen soportar la idea de separar sus labios ni siquiera un solo segundo.


Pedro le quitó el pasador que le sujetaba el recogido, y el cabello le cayó sobre los hombros. Deslizó sus dedos entre los mechones dorados, y le masajeó el cuero cabelludo con una ternura que contrastaba con el ansia y la pasión que le transmitían sus besos. Paula consiguió bajarle finalmente los pantalones y liberar su miembro en erección. Él le levantó el vestido, y ella profirió un intenso gemido cuando la levantó, empujándola contra la puerta, y la penetró de una certera embestida. Durante un instante, como si estuvieran saboreando el momento, contuvieron el aliento y permanecieron quietos. Luego Paula le rodeó el cuello con los brazos y, en medio de los jadeos de ambos, Pedro comenzó a entrar y salir de ella, escalando nuevas cumbres de placer. Cuando llegaron al orgasmo se esforzaron juntos por prolongarlo, hasta que ya no pudieron más y se abandonaron a las gloriosas sensaciones que estaban explotando dentro de ellos. Jadeante, Pedro hundió el rostro en el cuello de Paula. Había sido rápido, frenético… Devastador.


A Paula le temblaban las piernas como si fuesen de gelatina cuando Pedro la depositó en el suelo. Murmuró algo incoherente, recogió su pasador, las braguitas y sus zapatos del suelo y se fue al cuarto de baño. Cerró la puerta tras de sí y se sentó en un taburete, aliviada de poder tener un momento a solas para recobrar la compostura. Apenas podía pensar con claridad. Tenía que salir de allí, alejarse de Pedro. Al cabo de unos minutos se levantó, se miró en el espejo, y se alegró de haberse maquillado más de lo habitual. Con manos temblorosas volvió a ponerse las braguitas y los zapatos, y se recogió el cabello lo mejor que pudo. Luego, inspiró profundamente, y salió del baño. Pedro estaba sentado en la cama quitándose los gemelos, con la camisa y los pantalones desabrochados y una sonrisa sexy y pretenciosa en los labios.


Curaste Mi Corazón: Capítulo 46

Paula se disculpó con Guillermo cuando volvió a pisarle… Otra vez. Había perdido la cuenta de cuántos pisotones le había dado ya.


–No hay nadie que baile peor que ella, ¿Verdad? –murmuró una voz profunda a sus espaldas.


Paula se detuvo, sobresaltada, y al girar la cabeza vió que era quien se temía. ¿Qué estaba haciendo Pedro allí?, se preguntó con el corazón desbocado.


–Estoy seguro de que no le importará que se la robe un rato –le dijo Pedro a Guillermo–; así podrá darles un descanso a sus pies.


Desconcertado, Guillermo soltó a Paula y balbuceó algo incomprensible que sonó a protesta, pero Pedro lo ignoró, tomó de la mano a Paula, y se alejó girando con ella.


Paula no sabía si sentirse aliviada o irritada. Se había quedado sin habla por la inesperada aparición de Pedro, y una ráfaga de calor la sacudió. Había sido muy duro para ella decirle adiós dos semanas atrás, y resultaba humillante ver que el poder de atracción que ejercía sobre ella no había disminuido ni un ápice. Furiosa consigo misma, se recordó cómo la había despachado, acusándola de haber utilizado a Catalina. Y era tan tonta que, en realidad, lo que más le había dolido había sido que, cuando le había dicho que no iba a quedarse con él en Madrid, no hubiese intentado convencerla y la hubiese dejado marchar.


–¿Qué crees que estás haciendo? –lo increpó–. Ese hombre me había invitado a esta fiesta y he venido con él –recalcó, pisando sin querer a Pedro, que apenas se inmutó.


–¿Qué querías, machacarle los pies? Parece un blandengue; no aguantaría ni dos bailes –la pinchó con una media sonrisa, seductora y pícara.


–No puedes mandarle que se vaya como si fuera un perro –le espetó ella, irritada.


Pedro apretó los labios.


–Acabo de hacerlo. Ese tipo no te llega ni a las suelas de los zapatos, y lo sabes. Seguro que cuando acabase el baile habrías fingido un dolor de cabeza y le habrías dicho que tenías que irte a casa.


Paula gimió espantada. Eso era precisamente lo que había estado pensando hacer. Se puso colorada, y Pedro la miró con aire jactancioso.


–En ese caso –le dijo ella con una sonrisa afectada–, supongo que podrás ahorrarme tener que decirte eso mismo a tí.


Pedro no respondió. Se había quedado mirando sus labios, como traspuesto, y Paula volvió a sonrojarse al sentir un cosquilleo entre los muslos.


–¿Qué estás haciendo aquí? –insistió, empezando a desesperarse–. Espero que esta no haya sido otra de tus tretas. ¿No le habrás pedido a Guillermo que me invitara para que este pareciera un encuentro casual?


–No, estoy aquí por negocios. Pero eso pasó a un segundo plano en cuanto te ví –inclinó la cabeza y le susurró–: No he podido dejar de pensar en tí en estas dos semanas.


Paula se echó hacia atrás y lo miró con los ojos como platos. Estaba temblando por dentro, y se hallaba tan dividida entre el deseo y la ira que estaba al borde de las lágrimas. Pedro la besó junto a la comisura de los labios, rozándolos apenas con la punta de la lengua. Aquel beso desató tal oleada de calor en su cuerpo que, cuando tiró de su mano para sacarla de allí, abriéndose paso entre la gente, no intentó ni siquiera revolverse, sino que lo siguió.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 45

Dos semanas después. El Hotel Ritz, Central Park, Nueva York


–Perdona, Guillermo, me temo que lo de bailar no se me da muy bien –se disculpó Paula con una sonrisa forzada.


El brazo del hombre con el que estaba bailando, Guillermo Fortwin, el hijo de un conocido magnate de la prensa, le ceñía con demasiada fuerza la cintura mientras giraban por el salón de baile.


–No te creo. Es imposible que una chica tan bonita como tú no baile bien –replicó él.


«Pues yo te he advertido, así que luego no te quejes», le respondió ella mentalmente. Guillermo la había invitado a aquella exclusiva fiesta benéfica, y si había accedido a ir había sido porque le parecía mal no darle siquiera una oportunidad. Sin embargo, estaba empezando a arrepentirse y, si pudiera elegir, en ese momento preferiría estar en cualquier lugar excepto allí. Le dolían los pies de haber estado trabajando todo el día, y el vestido que se había puesto le quedaba demasiado estrecho. Probablemente la culpa la tenía la deliciosa cocina de Mamá Sara, se dijo, pero de inmediato apartó ese pensamiento de su mente porque le recordaba a Pedro. Pero el caso era que también se notaba los senos sensibles, y se sentía hinchada. Tenía que ser por la regla, que se le estaba atrasando… Y el que el vestido le quedara ajustado no la irritaba solo porque estaba incómoda, sino también porque la hacía sentirse desnuda, y Guillermo no dejaba de mirarle el escote. La mano de su pareja de baile bajó por enésima vez a su trasero. Paula suspiró pesadamente, y le obligó a ponerla otra vez en su cintura. ¡Qué ganas tenía de irse a casa!



Cuando Pedro, que tenía los puños apretados, vió a Paula apartar la mano de aquel tipo de su trasero, los relajó un poco. Sin embargo, por dentro seguía igual de tenso. No había esperado encontrarla allí aquella noche. Con todos los eventos que había en Nueva York, en todos esos años nunca habían coincidido en ninguno. Y como en esas dos semanas no había podido dejar de pensar en ella, al verla había pensado que debía de estar teniendo alucinaciones. Había creído que el volver a la Martinica con Catalina lo calmaría, pero no había sido así. Era como si todo se hubiese tornado gris, como si hubiese un enorme vacío. Ni siquiera había logrado animarlo el que las cosas hubiesen vuelto a la normalidad con Cata. Además, durante esos días en la isla, fuera donde fuera, la gente le preguntaba por Paula y querían saber cuándo volvería. Solo había estado allí unos días, pero era innegable que había dejado una profunda huella en los corazones de todas aquellas personas. Y si al separarse de ella en el aeropuerto se había quedado con la sensación de que la había juzgado mal, esa sensación no había hecho sino reforzarse cuando Cata le confesó finalmente de qué habían hablado cuando Paula fue a darle las buenas noches. En ese momento comprendía que su hija había necesitado desesperadamente a alguien con quien desahogarse, en quien poder confiar, y, por lo que le había contado, Paula no había hecho otra cosa más que tranquilizarla, con dulzura y buen tino. Esa noche estaba deslumbrante con un sensual vestido de color champán. Su piel aún retenía algo del bronceado que se había llevado de la Martinica, y el recogido por el que se había decantado dejaba al descubierto su elegante cuello. La mano de su pareja volvió a descender a su trasero, justo cuando por la abertura lateral del vestido asomaba su pierna, larga y torneada, y Pedro decidió que ya no podía más. Conteniéndose para no abrirse paso a codazos entre la gente y pegarle un puñetazo a aquel baboso, salió al vestíbulo y fue al mostrador para hablar con la recepcionista. Luego volvió a entrar en el salón de baile, y zigzagueó entre la multitud hacia Paula con un objetivo en mente.



jueves, 25 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 44

El avión aterrizó en Madrid tras un vuelo sin incidentes, y bajaron del jet privado de Tiarnan. Paula vió aliviada a lo lejos el taxi que había pedido antes de salir de la Martinica, y sintió un alivio inmenso. El chófer de Pedro había ido a recogerlos, y él le indicó con un ademán que le diera su maleta, pero Paula se aferró a ella. Pedro, a quien no le gustaba que lo hicieran esperar, frunció el ceño y alargó la mano hacia ella.


–Tu maleta, Paula.


Ella sacudió la cabeza y dió un paso atrás.


–He pedido un taxi –le dijo, señalando en esa dirección con la cabeza–. Va a llevarme a la terminal 4. Antes de salir saqué un billete para un vuelo a Nueva York desde aquí.


Pedro clavó su mirada en ella, haciéndola estremecer por dentro, y la llevó aparte.


–No seas ridícula. No tienes que irte a Nueva York; puedes quedarte conmigo hasta que vuelva a la Martinica.


Paula esbozó una sonrisa amarga.


–¿Era eso lo que esperabas que pasara? ¿Que ahora que estoy lejos de Cata podamos seguir acostándonos sin que tengas que preocuparte por que la manipule?


Pedro volvió a fruncir el ceño. No estaba acostumbrado a que le leyeran la mente, y no podía negar que precisamente eso era lo que tenía pensado. Tendió la mano de nuevo, incómodo con la sensación de desesperación que lo invadió de repente.


–Vamos, Paula, no me hagas perder el tiempo.


Ella sacudió la cabeza con vehemencia.


–No. Acordamos que esto terminaría cuando acabasen estas vacaciones, y han acabado –se obligó a decir. Las palabras eran cristales rotos que le cortasen la lengua al pronunciarlas–. Gracias por invitarme.


Pedro apretó la mandíbula.


–Déjate de juegos, Paula. No voy a perseguirte por medio mundo, y no vas a conseguir nada más de mí por más que te hagas de rogar.


–No se trata de ningún juego –le respondió ella dolida–. Estoy hablando muy en serio; esto se ha terminado.


El tono quedo pero firme de Paula hizo que Pedro se preguntara de pronto si no estaría diciéndole la verdad, y lo asaltó también la incómoda y terrible sospecha de que tal vez había juzgado erróneamente su comportamiento con Catalina. De repente, toda una serie de cosas empezaron a encajar, y la expresión de Paula le recordó cómo lo había mirado aquella noche de diez años atrás, cuando él se había dado cuenta de que era virgen y la había increpado por intentar seducirlo. Esa mirada se había quedado grabada a fuego en su mente, pero entonces no había sabido interpretarla. En ese momento, mirando a Paula, sabía lo que significaba: vulnerabilidad. Dió un paso atrás, contrariado por las emociones encontradas que se agitaban en su interior. ¿Podía ser que se hubiese equivocado de parte a parte con ella?


–Comprendo –murmuró aturdido, sin saber muy bien qué estaba diciendo–. Gracias por acompañarnos, Paula. Seguro que nos veremos pronto.


Paula palideció, y lo miró confundida, como si hubiese esperado más insistencia por su parte; casi como si la hubiese decepcionado.


–Claro –musitó–. Y, Pedro…


Él la miró aturdido.


–Por favor, no pienses que me debes nada por estos días –le dijo Paula–. Si se te ocurre mandarme cualquier cosa como muestra de agradecimiento, te lo devolveré.


Pedro la siguió con la mirada mientras se alejaba. El taxista, que se había bajado de su vehículo al verla acercarse, tomó su maleta y le abrió la puerta para que se sentara. Luego metió la maleta en el maletero, se puso al volante, y se perdieron en la distancia mientras él seguía allí plantado, como si lo hubiese golpeado un rayo.