martes, 5 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 2

El mero roce de su brazo fue eléctrico y le causó una atracción que él reprimió. No sabía a qué se refería Paula, pero si con eso iba a molestar a Gonzalo, lo haría encantado.


—Claro. Me llamo Pedro, a propósito.


—Pedro. Estupendo. Sigue mi ejemplo.


Tenía intención de hacerlo. Llevaba años intentando encontrar algo que pudiera servirle de arma contra Gonzalo Chaves y, en el fondo, sabía que su hermana era la munición perfecta, pero no había conseguido nada. Paula estaba en coma y, después de que su compromiso se rompiera, Gonzalo se había convertido en un recluso.


—Gonzalo, ¿Te vas ya?


—No, todavía, no. ¿Quién es él?


—Es un viejo amigo, Pedro —le dijo ella—. Pedro, este tipo autoritario es Gonzalo, mi hermano.


Pedro no conocía a Gonzalo Chaves personalmente. Tenía dieciocho años la noche del baile, cuando su hermano había muerto en un accidente de tráfico. Le tendió la mano al hombre al que llevaba una década queriendo destruir. Sin embargo, cuando sus miradas se encontraron, no vió en él la pura maldad que esperaba, sino una sonrisa relajada y una expresión algo exasperada.


—No soy autoritario —respondió Gonzalo—. Bueno, no demasiado. Lo que pasa es que ella cree que después de seis meses de despertarse de un coma ya puede escalar el Everest.


—No, el Everest todavía, no —replicó Paula.


—Entonces, ¿Qué?


—Bueno, vamos a conformarnos con estar sola e intentar hacer todas las cosas que me he perdido durante estos diez años.


Gonzalo se puso tenso.


—He accedido a que vivieras aquí, pero lo demás…


—Demasiado tarde —dijo Paula—. Pedro está aquí para eso.


—¿Por qué estoy aquí?


—Para ayudarme a experimentar todas las cosas que me he perdido durante estos diez años —le explicó Paula.


—Ni hablar —dijo Gonzalo.


Paula no iba a discutir con su hermano delante de Pedro. No era en absoluto lo que esperaba, pero lo había contratado en una página web que ofrecía ayuda discreta para las personas que experimentaban una ansiedad extrema o tenían problemas para salir de casa. Todo, desde el estrés diario de pedir un café hasta el sexo. Ella no sabía con exactitud lo que necesitaba, así que había marcado todas las casillas. Sinceramente, después de pasar diez años en coma, había muchas cosas que no sabía. Como, por ejemplo, ¿Seguían juntos Soledad y Gabriel? Pero, también, desconocía cosas como las redes sociales. Las soluciones, según lo que había leído, estaban diseñadas para sacarla de su zona de confort, y eso era lo que necesitaba. Por mucho que hubiera dicho que quería que Gonzalo y su primo Rodrigo, que era como otro hermano, dejaran de tratarla como si fuera de cristal, había una parte de sí misma que no sabía cómo hacer las cosas. Físicamente, todavía estaba intentando recuperar toda su fuerza. Si se excedía y se mantenía en pie demasiado tiempo, tenía que utilizar un bastón. Sin embargo, esas limitaciones eran más llevaderas que las limitaciones mentales. Para ella había sido demasiado fácil quedarse encerrada en su suite de Chaves Manor, con un personal dispuesto a satisfacer todas sus necesidades. Había sido como entrar en un segundo coma, más o menos. Pero eso había terminado. Había invertido parte de su herencia en comprar la mitad de aquel dúplex y estaba decidida a arreglarlo y convertirlo en algo suyo. Y, como parte de su plan, había contratado a Pedro. Pero él era un poco más guapo de lo que esperaba. Bueno, mucho más guapo. Tenía el pelo negro y lo llevaba corto, y una barba incipiente que hacía que pareciera severo hasta que sonreía. A ella se le escapó un suspiro mientras continuaba observándolo. Tenía la boca firme y carnosa, lo cual indicaba que besarlo no iba a ser ningún problema. De hecho, no podía dejar de preguntarse cómo sería el roce de sus labios, algo que le provocó sentimientos que una mujer de veintiocho años debería ser capaz de gestionar. Sin embargo, aunque aquella fuese su edad, en realidad se sentía como si tuviera dieciocho. Ella nunca había mantenido relaciones sexuales antes del accidente y tenía que ponerse al día en muchas cosas. Así que había contratado a Pedro. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 1

La hermana Chaves era la clave. Cuando Pedro Alfonso se refirió a su amor de adolescencia, cuya vida habían destrozado su hermano mayor y un rencor familiar, fue más fácil pensar en ella como en una extraña. Como si hubiera distancia entre ellos, a pesar de que tenían trágicas conexiones. Para ser completamente sincero, sabía que no podía poner distancia entre Paula Chaves y sí mismo. Cuando su hermano, su primo y ella habían ido a vivir a Chaves Manor y la había visto por primera vez, se había enamorado perdidamente. A su yo de ocho años no le había importado que su familia y él viviesen en las casas de la vieja fábrica a las afueras de Chaves Corners, ni que su padre fuera el encargado en la fábrica. De pequeño, él no había visto que fueran distintos y en aquella fiesta de verano donde todos los niños de las familias de Chaves Manufacturing jugaban juntos, se había encontrado a solas con Paula por primera vez. Ella era valiente y, cuando los niños mayores, incluido su hermano, habían cruzado el río que rodeaba Chaves Manor y discurría por el pueblo, él había vacilado. No sabía nadar, pero no quería quedarse atrás. Entonces, Paula lo había tomado de la mano y le había dicho:


—Podemos hacerlo juntos.


Y lo habían hecho. En aquel momento, su vida había cambiado. Por eso se refería a ella como la hermana de Gonzalo y no como la heroína de su infancia. Ella era la llave de la reconciliación con su pasado. Mientras fuera una Chaves, lo demás no tenía importancia. Su familia no se había quedado mucho tiempo en las casas de la fábrica. Su padre y su hermano eran ambiciosos y comenzaron a ascender en Chaves Manufacturing hasta que el viejo Alfredo Chaves le prometió a su hermano Javier el puesto de consejero delegado de la fábrica.  Al final, habían llegado a ser gente importante en Chaves Corners. Pero el accidente de tráfico había cambiado todo eso. La fábrica había cerrado y, en medio del dolor, su padre había comprado acciones de Chaves Manufacturing, para lo que había hipotecado su casa y vendido bienes, con intención de hacerse con la compañía y con el puesto que le habían prometido a Javier Morales. Gonzalo Chaves se había enterado y había aprovechado la situación para endeudar aún más a su padre hasta que todo lo que les quedó fue la escritura del dúplex ruinoso que les había proporcionado la fábrica. En aquel momento, estaba sentado delante de la casa que le traía tantos recuerdos, observando a su nueva vecina, Paula Chaves, que estaba mudándose. Sin poder evitarlo, pensó que por fin tenía todo lo que necesitaba para destruir a Gonzalo Chaves, borrar el mal karma que los Chaves le habían transmitido a su familia y, de una vez por todas, olvidar a la mujer que estaba en el centro de su plan. Alguien llamó a la ventanilla de su coche y, al ver que era Paula Chaves, se quedó sorprendido. Se le había oscurecido el pelo con los años. Ya no lo tenía rubio, casi blanco, como de niña, sino de un color parecido al de la miel oscura. Tenía la cara ovalada y los ojos azules, muy bonitos. Tenía una boca carnosa y la nariz delicada. Ladeó la cabeza a la espera de que él bajara la ventanilla. Pero él apagó el motor y bajó del coche.


—¿Puedo ayudarte en algo? —le preguntó.


—Sí, para eso te he contratado —respondió ella.


Contratarlo.


—Creo que te has equivocado. Yo no soy un mozo de mudanzas.


—Eso ya lo sé —murmuró ella, con su voz ligera, dulce, melódica—. Pero has venido para hacer eso por lo que te contraté, ¿No?


No tenía ni idea de qué estaba hablando, pero antes de que pudiera decírselo, su hermano Gonzalo salió de la casa con una expresión amarga. Paula lo tomó del brazo.


—Tú solo finge que somos viejos amigos y no menciones lo que estás haciendo aquí. Detesto las mentiras, pero no puedo soportar que mi hermano y mi primo sigan diciéndome que estoy demasiado frágil para hacer cualquier cosa. 

No Esperaba Enamorarme: Sinopsis

Volvió en busca de venganza, pero la encontró a ella.


Un accidente de tráfico fatal le robó diez años de vida a la heredera Paula Chaves. Cuando despertó del coma, necesitó que un hombre guapísimo y sexy como Pedro Alfonso le enseñara exactamente todo lo que se había perdido.


Por su parte, Pedro estaba soñando con vengarse de los Chaves, pero, rápidamente, Paula se convirtió en el talón de Aquiles de su plan. Y empezó a enamorarse de ella…

jueves, 31 de julio de 2025

Chantaje: Epílogo

 Lima, Perú. Dos meses después…



Paula había soñado que estaba cubierta de joyas. Adormecida, deslizó los dedos por el brazo desnudo del hombre que dormía a su lado. Había soñado que su marido la cubría de esmeraldas, rubíes y perlas mientras hacían el amor. Se tumbó de espaldas y extendió el brazo para mirar la sortija de diamantes que llevaba junto a su anillo de casada, la luz de la mañana entraba a raudales por las ventanas de la casa que Pedro había alquilado para el verano. ¿Qué tenía aquel hombre que la dejaba sin aliento sólo con mirarlo? Cuando Pedro alzó una mano y la apoyó en su cadera, sonrió. Sabía exactamente lo que la atraía de él: Todo. Gruñendo con suavidad, él la estrechó contra su costado.


—Rubíes. Definitivamente, rubíes —dijo a la vez que entreabría un ojo. Al parecer, no estaba tan dormido como había imaginado Paula. Alzó una mano para tocar los pendientes que colgaban de sus orejas—. Llevo más de un año soñando en cubrirle de joyas.


—Pues anoche hiciste realidad tu fantasía —Paual deslizó una mano bajo su cuerpo y sacó un brazalete de zafiros que se le estaba clavando en la espalda.


Qué encantadoramente irónico resultaba que fuera Pedro el que le estuviera regalando joyas y castillos. Aunque ella no necesitaba nada de aquello. Ya tenía paz, excitación, estabilidad y aventura con el hombre al que amaba.


—Trajiste contigo el rescate de un rey en joyas.


—Porque eres una Alfonso, querida, y eso te convierte en parte de la realeza norteamericana —dijo Pedro.


Realeza. Aquella palabra ya no sobresaltaba a Paula cada vez que la escuchaba. Por fin había llegado a asimilar aquella parte de sí misma. Había vuelto a visitar a su padre. Cada vez estaba más grave y ella iba a tener que enfrentarse a aquella realidad. Afortunadamente, tendría a Jonah a su lado para cuando llegara lo peor. Pedro la besó con delicadeza en los labios, como si hubiera leído sus pensamientos, algo que parecía hacer más y más a menudo aquellos días. Delfina y Luca estaban a punto de abrir un negocio de catering en Maine. Miguel planeaba unirse a ellos y ocuparse de la contabilidad, siempre pensando en el futuro financiero de su hija. La familia de Paula estaba creciendo rápidamente, con los Alfonso a punto de llegar para pasar un largo fin de semana con ellos. Ana había decidido que todos debían conocer mejor a su nueva nuera. Paula apreciaba el gesto. Los Alfonso sabían hacerle sentirse especial y bienvenida.  Parte de su familia. Pedro jugueteó con las perlas entrelazadas con el pelo de ella.


—¿Has pensado ya dónde te gustaría vivir?


—Supongo que lo sabremos cuando llegué el proyecto de restauración adecuado para nuestra casa —contestó Paula.


Pedro tiró con juguetona delicadeza de su pelo.


—¿No podrías reducir las posibilidades a uno o dos países para mí?


—No —Paula deslizó los dedos por el pelo de Pedro y lo besó en los labios—. No pienso volver a limitar mis opciones con ideas preconcebidas —lo rodeó por las caderas con las piernas y volvió a besarlo—. A partir de ahora pienso estar abierta a todas las posibilidades que me ofrezca la vida.










FIN

Chantaje: Capítulo 49

Paula apretó los puños con una fuerza recién encontrada en su interior. No pensaba volver a ocultarse en su biblioteca y en sus temores. Amaba a Pedro Alfonso y quería una vida con él, los llevara adonde los llevase. Él estaba dolido y enfadado ahora, y no podía culparlo, y ella había sido demasiado cautelosa. Pero pensaba remediarlo. No pensaba echarse atrás así como así. Lucharía por Pedro con tal fuera que ni siquiera sabría lo que se le había venido encima. Se puso en pie y tomó el rostro de Enrique entre sus manos.


—No hay duda de que eres un viejo zorro, pero creo que me gustas.


Enrique rió mientras Paula le dedicaba una sonrisa seguida de una reverencia.


—Ahora tengo que irme, pero volveré —añadió—. Antes tengo que aclarar algunas cosas con Pedro.


Su padre alzó una mano y giró un dedo en el aire.


—Date la vuelta.


Paula miró por encima de su hombro… Y el corazón se le subió a la garganta. Pedro estaba en el umbral de la puerta con un ramo de flores en la mano. Él apenas tuvo tiempo de asentir al padre de Paula antes de que el viejo rey lo dejara a solas con ella. Estaba en deuda con Ezequiel y con Enrique por haber organizado aquella reunión. Y pensaba devolverles el favor manteniendo a Paula feliz y a salvo durante el resto de su vida. Avanzó hacia ella con el ramo por delante.


—No sabía qué elegir para traerte y finalmente me he decidido por unos tulipanes blancos, como los de esa foto que tienes en tu cuarto de estar. He supuesto que te gustaban.


—¡Son perfectos! Gracias —Paula tomó las flores en una mano y apoyó los dedos de la otra en los labios de Pedro—. Estaba muy equivocada cuando te he dicho que no nos conocíamos —dijo antes de aspirar por un momento el aroma de los tulipanes—. Las flores son preciosas, pero ya me has hecho los regalos que de verdad importan. Me has dado piscinas infinitas, paseos por castillos cargados de historia, me has alentado a salir de mi oscura oficina e incluso me has hecho cumplidos por mi brillo de labios favorito. Lo sabes todo sobre mí… Excepto lo profundamente que te amo.


Pedro la rodeó con los brazos por la cintura y la atrajo hacia sí, oprimiendo ligeramente las flores.


—Yo también lo sé ahora, y estoy deseando demostrarte cuanto te amo en cada país del mundo. Si estás dispuesta a esa aventura… 


—Me gustan tus ideas para fundir nuestras vidas. Creo que estoy más que lista para sacar mi mundo de investigación bibliotecario a la luz… Mientras tú estés conmigo.


—Deberíamos hablar con tu padre —dijo Pedro.


—Pronto —dijo Paula, poniéndose repentinamente seria—. Pero antes quiero que sepas cuánto lamento no haberte contado lo del bebé cuando sucedió, ni después, cuando nos hemos vuelto a ver. No debí ocultártelo. Merecías saberlo.


—Gracias. No hacia falta que lo hicieras, pero aprecio escucharlo —el conocimiento de aquella pérdida aún dolía y Pedro sospechaba que no se le pasaría fácilmente. 


Pero entendía que a Paula le costara tanto confiar, y sabía que aún le quedaban por derribar algunas de las barreras que se había pasado la vida alzando a su alrededor. Pero a él se le daban especialmente bien las restauraciones.


—He traído algo más además de las flores —dijo.


—No tenías porqué traerme nada. El hecho de que estés aquí significa más de lo que puedo expresar.


—Debería haberte seguido antes. Deberías haber podido contar conmigo…


Paula tomó el rostro de Pedro entre sus manos, interrumpiéndolo.


—Estamos mirando hacia delante, ¿Recuerdas? —dijo antes de besarlo en los labios—. Y ahora… ¿Qué es lo que has traído?


Pedro metió la mano en el bolsillo y sacó dos anillos de oro. Los había conservado todo el año. Paula sonrió y extendió una mano hacia él con los ojos llenos de lágrimas. Él le puso el anillo a ella y ella se lo puso a él. Luego enlazaron sus manos con fuerza y, en aquella ocasión, supo con certeza que no iban a quitárselos. Sacó una de las flores del ramo y la colocó tras la oreja de Paula.


—¿Estás lista para pasar al interior, señora Alfonso?


Ella enlazó su brazo con el de él mientras sostenía el ramo en el otro, como una auténtica novia.


—Estoy lista para ir a cualquier sitio… Mientras sea contigo. 

Chantaje: Capítulo 48

Perder una foto no era lo mismo que perder a una persona, desde luego, pero haber perdido incluso aquellos recuerdos, aquel pequeño consuelo…


—Entonces tendremos que aseguramos de que tengas una foto mía para recordarla —dijo.


—Gracias, pero supongo que no voy a tardar en reunirme con ella —Enrique habló de su propia muerte con tal naturalidad que Paula se quedó conmocionada—. Lo que me lleva al motivo por el que te he llamado. Hay algunas cosas que necesitas saber y apenas tenemos tiempo. Ya sea porque me muera, o porque alguien me encuentre finalmente, nuestro secreto saldrá a la luz algún día.


Aquellas palabras inquietaron de inmediato a Paula.


—¿Dónde te esconderás entonces?


Enrique alzó la barbilla.


—Soy un rey. No me escondo. Permanezco aquí por la gente que amo. 


—No estoy segura de entender a qué le refieres.


—Permaneciendo aquí se mantiene la ilusión de que mis hijos y yo estamos en Argentina. Nadie se molesta en buscarlos. Nadie puede hacerles daño… Como hicieron con mi Beatríz.


Beatríz, su esposa, que fue asesinada durante la huida.


—Debió ser terrible para tí.


Enrique apartó un momento la mirada, sin parpadear. Luego volvió a fijar sus intensos ojos negros en Paula.


—Fue difícil conocer a tu madre tan pronto tras el asesinato de Beatriz. Yo amaba a tu madre tanto como podía en aquellos momentos. Ella me dijo que si no podía tener todo mi corazón no quería nada.


Paula siempre había pensado que su madre permaneció alejada del rey por motivos de seguridad. Nunca consideró la posibilidad de que hubiera actuado así por motivos emocionales. Era posible que Miguel Chaves no fuera precisamente un príncipe azul, pero había adorado a su madre.


—No sabes cuánto lamento no haberte visto crecer —continuó Enrique—. Nada de lo que pueda hacer o decir compensará que no haya sido para tí el padre que merecías.


La humilde sinceridad de aquellas palabras significaron más para Paula que cualquier cantidad de dinero. Llevaba toda la vida esperando a que Enrique Medina admitiera que debería haber sido un padre para ella. Y aunque aquello no borraba el pasado, era un primer paso hacia la sanación. Acarició la mano de su padre.


—Finalmente decidí pedirle a tu madre que se casara conmigo —dijo Enrique.


—¿Y que pasó?


—Que llegué demasiado tarde.


Paula asintió lentamente.


—Se acababa de casar con Miguel —dijo.


—Decidí luchar por ella demasiado tarde —dijo con sencillez—. No esperes tú tanto para luchar por lo tuyo, querida.


Pero la oportunidad de Paula se había esfumado. En aquella ocasión había sido Pedro el que la había dejado, no al revés. Estaba a punto de contarle lo sucedido a Enrique cuando vió algo en su mirada que le hizo interrumpirse, una profunda sabiduría que procedía de experiencias que ella no podía comprender. Aquel hombre sabía lo que significaba luchar. Y su sangre corría por sus venas.


Chantaje: Capítulo 47

Paula estaba sentada en un banco del jardín de su padre, esperando. En unos minutos volvería a ver a Enrique Medina. La situación resultaba confusa y surrealista, y no tenía nada que ver con el feliz reencuentro con el que solía soñar de niña. Se volvió hacia Ezequiel, que estaba de pie a su lado con expresión sombría.


—Gracias por haber organizado tan rápidamente nuestro encuentro —dijo Paula.


—No me des las gracias —replicó Ezequiel sin ninguna calidez—. Si fuera por mí, todos viviríamos nuestras vidas por separado. Pero así es como él lo quiere.


Su brusquedad alteró a Paula más de lo que ya lo estaba. Buscó algo que decir para aliviar la tensión. Señaló en dirección al Atlántico.


—Los acantilados son exactamente como los recordaba de mi única visita anterior… Magníficos. A menudo me he preguntado si mi memoria me estaría engañando.


—Aparentemente no.


Y, aparentemente, Ezequiel necesitaba más estímulos para animarse a hablar.


—Qué entraño pensar que nuestro padre ha estado tan cerca todo este tiempo, incluso en el mismo estado.


Su padre se había establecido en una pequeña isla privada junto a la costa de San Agustin, Florida. Una sola llamada a Ezequiel había bastado para poner el mecanismo en marcha. Eloisa había volado en un jet privado, alejándose de Pedro y del catastrófico lío que ella había hecho de su segundo reencuentro. Sintió que las lágrimas atenazaban su garganta. Tragó con esfuerzo y trató de pensar en otra cosa. Ezequiel le tocó el hombro, haciéndola volver al presente.


—Aquí está, Paula.


La puerta de la casa se abrió, pero no para dar paso a un imponente rey de otros tiempos. El sonido del motor de una silla de ruedas eléctrica fue el único aviso previo de la salida de Enrique. Dos enormes perros lo siguieron en perfecta sincronización. Confinado en su silla, Enrique Medina parecía especialmente delgado, gris y cansado. Ezequiel no había mentido. Su padre parecía cercano a la muerte. Paula se levantó pero no alargó los brazos hacia él. Un abrazo habría resultado extraño, afectado. No sabía lo que sentía por él. Su padre la había necesitado y ella había acudido a su lado. Era difícil no recordar todas las ocasiones en que ella lo había necesitado a él. Era cierto que su padre había estado en contacto con ella a lo largo de los años por medio de su abogado, pero de forma infrecuente e impersonal. No pudo evitar pensar en lo distinta que era aquella familia a la de los Alfonso. 


—Hola, señor. Tendrá que disculparme si no sé muy bien cómo dirigirme a usted.


—Llámame Enrique —era posible que el cuerpo del viejo rey fuera débil, pero su voz aún poseía una fuerza sorprendente—. No quiero formalidades y no merezco títulos, ni el de rey ni el de padre. Y ahora siéntate, por favor. Me siento como un anciano grosero por no levantarme estando presente una señorita tan encantadora.


Paula se sentó y él movió la silla para situarse frente a ella. Los dos perros se tumbaron a su lado. El viejo rey señaló la puerta.


—Ya puedes dejarnos, Ezequiel. Quiero hablar a solas con Paula.


Ezequiel asintió y salió sin decir nada.


—Siento que estés enfermo —dijo Paula cuando ve quedaron a solas.


—Yo también.


Enrique no dijo nada más y Eloisa se preguntó si habría empezado a perder sus facultades mentales. Volvió la mirada hacia el enfermero que aguardaba pacientemente en el umbral. No obtuvo respuestas. Miró de nuevo a Enrique.


—¿Has pedido verme? Enviaste a Ezequiel.


—Claro que sí. Aún no he perdido la cabeza. Disculpa mi grosería, pero me ha asombrado comprobar lo mucho que te pareces a mi madre. Ella también era encantadora.


—Gracias, ¿Tienes fotos suyas?


—Se perdieron todas cuando se incendió mi casa.


Paula parpadeó. Sabía que su padre había escapado milagrosamente con vida del golpe de estado en San Rinaldo. Su esposa no lo logró. Él y sus hijos tuvieron que esconderse. No había pensado hasta esos momentos en todo lo que habían perdido.