jueves, 5 de junio de 2025

Quédate A Mi Lado: Capítulo 38

Pedro no sabía por qué su razonamiento le parecía tan importante, porque hasta ese momento jamás había pensado en alargar su matrimonio, pero el instinto de posesión que se había aferrado a su pecho se negaba a claudicar. Se aproximó aún más a ella, con el argumento perfecto en mente para ganar la batalla. Una derrota le resultaba de pronto imposible de aceptar.


—Podrías tener más hijos algún día. Estás hecha para ser madre.


Ella ahogó un grito. 


¿De sorpresa o de terror?


—¿Te estás ofreciendo para donarme tu esperma?


—¿Y si te estuviese ofreciendo eso y más? —su pregunta llenó de posibilidades el espacio que había entre ellos.


Y ella no dijo directamente que no. Parecía confusa, así que él abordó la siguiente estrategia de persuasión. La victoria estaba muy cerca. El teléfono de Paula sonó dentro de su bolso. Ella se sobresaltó en su asiento.


—A estas horas sólo puede ser por Valentina —evitó mirar a Pedro a los ojos y rebuscó en el bolso que había colocado a sus pies hasta encontrar el teléfono—. ¿Diga?


—¿Paula? —una voz de mujer sonó tan fuerte del otro lado del teléfono que hasta Pedro pudo oírla con claridad—. ¿Paula, eres tú?


La voz lo dejó pegado al asiento. No podía ser. Pero los ojos aterrorizados de Paula confirmaron lo que él ya sospechaba. Micaela estaba viva y coleando al otro lado de la línea telefónica.  Paralizada en el asiento delantero del Mercedes, apretó con fuerza el teléfono, aterrorizada y aliviada al mismo tiempo. Pedro se puso tan tenso que ella temió que le arrebatase el receptor. Con dedos temblorosos, conectó el altavoz del teléfono.


—¿Micela? ¿Eres tú?


—Claro que soy yo —respondió su amiga de la universidad, la madre de Valentina. Su voz, perfectamente modulada, inundó el coche. Había suavizado su acento a base de entrenar la dicción para el teatro—. Estoy en la puerta de tu departamento. Llevo cinco minutos llamando al timbre y los vecinos están empezando a molestarse. Despierta y ábreme.


¿Micaela estaba en Columbia? ¿Dónde se había metido todo ese tiempo? Se escondiera donde se escondiera, no debía haber leído el periódico si no sabía de la boda de Paula y Pedro, La noticia se había extendido por todo Carolina del Sur y más allá. Diplomáticos de todo el país los habían felicitado la noche de la cena en Washington. Un matrimonio que habían consumado, de hecho todavía sentía el olor de Pedro y sus caricias bajo el vestido de satén, ¿Sólo habían pasado unas horas desde que salieron de Washington? Dios mío, su mundo se estaba haciendo trizas antes de que pudiese recoger sus restos. Al menos Micaela parecía ignorar todos los cambios que habían tenido lugar en sus vidas, lo que les otorgaba unas horas preciosas para poner los pensamientos en orden antes de que la madre de Valentina apareciese por la puerta.


—No estoy en casa. Estoy en Hilton Head... Con Valentina.


No podía ni siquiera pensar en el daño que todo aquello podía causarle a la niña. Acababa de instalarse en la casa de los Alfonso y en una vida nueva y más estable. A Paula se le encogió el estómago.


—¿Hilton Head? —preguntó Micaela—. ¿Qué haces ahí?


Paula miró a Pedro, sentado a su lado en el coche dentro del garaje. ¿Cómo iba a reaccionar Micaela al enterarse de que se habían casado? Y lo que es más importante, ¿Es que a Micaela no le importaba lo que había pasado con su hija? Por supuesto que no, de otro modo no habría desaparecido.


—Estoy cuidando de Valentina.


—¿Cómo está la pequeñaja? 

Quédate A Mi Lado: Capítulo 37

 —¿Y lo que ha pasado esta noche tiene que ver con hacer cualquier cosa para asegurarte de no perder a Valentina?


Ella lo miró sorprendida.


—¿Insinúas que me he acostado contigo para conservar a la niña?


Pedro se pasó la mano por la cara sin afeitar y la razón se impuso a la rabia.


—Claro que no. Te conozco lo suficiente como para saberlo —dejó caer la mano hasta volver a posarla en su nuca—. Lo que intento es adivinar por qué me rechazas después de que hayamos compartido un sexo increíble.


Ella apartó la vista. Al menos, esta vez no evitó la mano de Pedro.


—Se me hace muy difícil volver a estar con alguien —tragó saliva—. Tú siempre has tenido una gran familia con la que contar, por eso quizá no entiendes lo que significa perder a la única persona que tienes en el mundo. Nosotros sólo nos teníamos el uno al otro. Él se crió en acogida y mis padres murieron antes de que yo acabase mis estudios en la universidad. Mi padre falleció debido a unas complicaciones durante una operación rutinaria y mi madre se dejó llevar por la tristeza.


—Lo siento —él empezó a masajearle el cuello otra vez, encontrándolo tenso.


—Pasó hace mucho tiempo, pero todavía los echo de menos, sobre todo en momentos como éste. Hubiesen disfrutado enormemente con Valentina —esbozó una agridulce sonrisa—. Pero debes entender lo que digo, ¿Verdad?, porque tú perdiste a tu padre.


Pedro asintió. La muerte de su padre le seguía pareciendo tan dura como cuando era un adolescente confuso y apenado. Aunque perder a un esposo debía de ser mucho peor.


—¿Cómo murió tu marido? Dijiste que se ahogó, pero seguro que la historia es más compleja de lo que parece.


Ella parpadeó rápidamente, aunque tenía los ojos secos. 


—Llevábamos una temporada trabajando mucho. Yo estaba acabando el posgrado y él aceptó un segundo trabajo para ayudarme a pagar la matrícula. Ese día decidimos pasar la tarde en la playa. Hacía sol, pero había mucho viento y habían izado la bandera roja desaconsejando el baño, así que nos limitamos a hacer picnic.


—¿Y qué pasó?


El cuello de Paula volvió a tensarse bajo sus dedos. Él se resistió a la idea de que posiblemente no había nada que pudiese hacer para ayudarla a superar todo aquello.


—Dos turistas intentaron hacer surf a pesar de la advertencia. Uno de ellos quedó atrapado en la corriente y gritó pidiendo ayuda.


—Y tu marido respondió a su llamada —Dios, ya ni siquiera podía caerle mal ese tipo.


—Pudo haberlo sacado, pero la tabla le golpeó en la cabeza. Fue un accidente inesperado.


Ella volvió a apretar los párpados y Pedro se dió cuenta de que Paula seguía teniendo los ojos secos porque ya no le quedaban lágrimas que derramar por su ex marido.


—Lo querías de verdad.


Ella se limitó a asentir, levantando la mano para entrelazar sus dedos con los de él.


—Un amor tan fuerte como ése no desaparece sin más —se aclaró la garganta y esbozó una frágil sonrisa—, así que no te preocupes porque no voy a malinterpretar lo ocurrido en el avión. Soy consciente de que éste es un matrimonio a corto plazo. Ya lo dejaste bien claro desde el principio.


—¿Y si seguimos casados? —Pronunció aquellas palabras casi sin pensar, pero una vez las hubo dicho, cobraron sentido—. Compartimos algo importante. Un sexo increíble, una amistad, estabilidad. Somos ambos tan independientes que no necesitaremos andar pendientes el uno del otro. ¿Quieres las cosas claras? Muy bien, pues sigamos casados.


Ella lo miró con ojos tristes.


—¿Y el amor? Puede que un día lo encuentres y entonces te arrepentirás.


—No —insistió él, negándose a pensarlo siquiera—. Tengo decidido mi futuro y es demasiado transitorio para que una mujer lo pueda soportar. Albergaríamos expectativas distintas en nuestra relación. 

jueves, 29 de mayo de 2025

Quédate A Mi Lado: Capítulo 36

Ella se llevó la lengua a un lado de la boca.


—Soy yo la que debía disculparme por responder de forma tan agria. Sólo estabas siendo amable —se echó hacia atrás en el asiento, apartándose de su mano—. Tengo miedo de hacer algo que pueda afectarle. Antes de que Valentina entrase en mi vida, sabía muy poco acerca de los niños y conforme Micaela fue dependiendo cada vez más de mí para hacerle de canguro, yo fui investigando para asegurarme de que contaba con toda la información disponible.


Santo cielo, si se alejaba un centímetro más de él, se saldría por la ventanilla del coche, ¿Qué pasaba? La velocidad con que se había vestido y salido del avión le había parecido a Pedro un afán por escapar más que un signo de eficacia. Tenía que seguir hablando y borrar las arrugas que ella tenía en la frente. Antes de llegar a la casa. Antes de que se acostasen.


—¿Cómo es que Micaela y tú se hicieron amigas y mantuvieron su amistad? Son totalmente distintas.


—Nos conocimos en la universidad, en una clase de Historia del teatro. David estudiaba también teatro, y yo me apunté a la clase para estar con él —las luces de las calles pasaban a toda velocidad conforme recorrían la carretera casi desierta—. Conocimos a Micaela y enseguida congeniamos. Ella es un tipo de persona más llamativa y yo trabajé en un par de producciones construyendo decorados y haciendo trajes.


—¿Y David? —apartó de golpe cualquier resquicio de celos y la miró por el rabillo del ojo.


—Era un autor teatral de gran talento—hizo girar en su dedo el anillo de casada— Siempre pensé que, de haber podido, habría conseguido triunfar en el teatro.


Pedro notó que Paula hablaba de Micaela y de David como dos personas brillantes, dejándose de lado a sí misma.


—En aquellos días, los tres teníamos grandes planes y muchos sueños— Paula bajó la mirada, y Pedro se preguntó si ella habría experimentado los mismos celos que él estaba ahora intentando combatir—. No sé bien por qué mantuve el contacto, pero me alegro de haberme esforzado en quedar con ella para comer de vez en cuando y ponernos al día. De otro modo, nunca hubiese conocido a Valentina —lo miró a los ojos por primera vez desde que habían hecho el amor—. ¿En qué piensas?


—En que quizá conservaste tu amistad con Micaela a pesar de sus diferencias porque no estabas preparada para dejar marchar a tu marido — girando hacia una carretera de doble carril, sintió que odiaba la imagen que se estaba conformando en su cabeza—. Cuando estabas con ella te sentías conectada a él. Era un modo de evitar desprenderte de tu marido y seguir adelante.


El dolor asomó a los ojos de Paula.


—Vaya, una conclusión bastante perspicaz para un destacado miembro del club de la testosterona.


—Ese soy yo. El señor Sensible —¿Qué habría pasado si hubiese conocido a Paula en lugar de a Micaela?—. Así que investigaste y estudiaste libros de maternidad.


—Existe muchísima información, información alarmante.


Detuvo el coche fuera de la valla de seguridad que conducía al complejo residencial de los Alfonso.


—Todavía pareces preocupada.


—Sigo preocupada por su futuro —dijo ella mientras se abría la verja de hierro—. Aunque esté segura por el momento, todavía no sabemos dónde está Micaela, existe todavía demasiada incertidumbre. Supongo que lo que más me preocupa es eso, no saber si Nina está abocada a vivir con Micaela, me romperá el corazón tener que dejarla, pero lo importante es que ella tenga un sitio fijo y seguro en el que criarse.


—¿Incluso si es con Micaela? —dijo él mientras conducía el coche a través de un sendero flanqueado de palmitos y robles.


—Incluso así. Existen muchos estudios sobre desórdenes en las relaciones entre los niños y sus padres. ¿Habías oído hablar de ellos?


—Sólo en términos generales. Se trata de algo así como que los niños no se sienten vinculados a sus padres, ¿No es así? —paró el coche delante del garaje.


—Muchos de los estudios se basan en niños abandonados o que han sufrido abusos. Si no aprenden a establecer relaciones o vínculos de pequeños, pueden verse afectados en ese sentido durante la infancia y la edad adulta —al cerrarse tras ellos la puerta del garaje, Paula se giró para mirarle, con el rostro en penumbra—. Valentina no es una niña que haya sido abandonada o haya sufrido abusos, pero algunos estudios sugieren además que estos problemas pueden darse cuando un bebé cambia constantemente de cuidadores y no se le da la oportunidad de sentir apego por alguien.


—Y te preocupa que a Valentina acabe pasándole algo así.


Ella bajó la vista hasta sus manos, volviendo a girar su anillo de bodas. 


—Todos los niños merecen seguridad. Haría cualquier cosa con tal de mantener a salvo a Valentina. Cualquier cosa.


En ese momento, él lo vió todo claro. Aunque hubiese conocido antes a Paula, es posible que no hubiese aceptado salir con él. Se había casado únicamente por Valentina. Su lealtad hacia la niña, y hacia su difunto marido incluso, no se extendía hasta él. La rabia le revolvió por dentro al pensar en los lejos que ella podía estar dispuesta a llegar con tal de asegurar el futuro de Valentina.


Quédate A Mi Lado: Capítulo 35

 —¡No! Digo que basta de jugar —ella le acarició el sexo y él gimió.


—En eso estamos de acuerdo.


Aunque no fuese más que en eso. Pero Paula decidió que no quería dudas ni oscuros pensamientos en ese instante. Necesitaba, merecía ese momento robado de placer con él. Pedro introdujo los pulgares a ambos lados de sus braguitas y se las quitó. Luego volvió a subir las manos y de alguna parte sacó un preservativo. Antes de que ella pudiese retroceder hasta los tiempos en que ella se planteaba quedarse embarazada, Pedro se lo puso y volvió a atraerla hacia él. Frente a frente, él empujó hacia su interior penetrando, abriendo su cuerpo híper-sensibilizado tras un largo periodo de abstinencia. Ahogando un grito, ella desfalleció de puro placer al sentir semejante presión. Le rodeó con el brazo e introdujo los dedos en su pelo.


Pedro le susurró al oído palabras de aliento, le dijo lo mucho que la deseaba, lo mucho que lo excitaba, y cada palabra suya acariciaba suavemente los sentidos de Paula mientras sus cuerpos se movían uno contra el otro. Ella lo había deseado desde que oyó su voz por primera vez. Hacía mucho tiempo que no había sentido deseo alguno ni había buscado sentirlo. Una dulce y cada vez más intensa oleada de sensaciones se precipitó sobre ella mientras se estremecía a su lado. Apretó el rostro contra su cuello, agarrándolo con manos frenéticas, clavándole las uñas en la espalda. Muy pronto esa oleada se concentró en una tensión creciente y, por mucho que ella intentó retrasar el instante, no logró refrenarse. Se aferró a él con fuerza y le clavó los dientes en el hombro con la fuerza del orgasmo que sacudió todo su cuerpo. El embistió con más fuerza, más deprisa, alargando el momento hasta hacer estremecer cada parte de su cuerpo, hasta dejarse caer tras ella al abismo. Poco a poco. Paula se dió cuenta de que seguía abrazándole y que el aire enfriaba el sudor que cubría sus cuerpos. Pedro giró hasta tumbarse boca arriba, manteniéndola ceñida a su costado. El pecho de él aún se movía agitadamente y ella no lograba recuperar el resuello para poder hablar, y eso suponiendo que supiese qué decir, ya que ni siquiera sabía qué pensar. Estaba demasiado ocupada en asustarse. Porque sin duda, había encontrado mucho más que lo que esperaba experimentar con él. Más que con nadie. En un periodo anterior y más libre de su vida, puede que lo hubiese intentado con un hombre como él, de poderosos besos, espíritu incansable y sonrisa despreocupada. Una propuesta arriesgada, por no decir otra cosa.  Pero estando en juego la estabilidad de Valentina, Paula se temía que no podía arriesgarse a pasar otra noche en su cama.


Después de que el jet aterrizase y ellos recogiesen sus equipajes, Pedro le abrió la puerta del coche a Paula, contemplando el modo en que la luz de la luna jugaba con su pelo. Una melena suelta y despeinada fruto de haber hecho el amor. Antes de que lograsen recuperar el aliento, el piloto les había anunciado por el altavoz que estaban a punto de aterrizar ella había saltado de la cama y había vuelto a enfundarse el vestido. Él había intuido que, bajo su fría apariencia, ella escondía una naturaleza apasionada, pero no se había imaginado que fuese hasta tal extremo. Volvió a excitarse al acordarse de cómo se había acoplado a él, de cómo había reaccionado, de lo atractiva que estaba llevando únicamente los diamantes y un ligero brillo provocado por el sudor. Llevaba en la espalda las marcas de su placer. Y esperaba añadir algunas más tan pronto como despertaran recargados tras unas horas de sueño. Se sentó al volante del Mercedes.



—Enseguida estaremos en casa. Ya lo he organizado para que mañana venga alguien a cuidar de Valentina, así podrás dormir.


Ella lo miró con acritud.


—Gracias, pero prefiero que lo anules. He pasado lejos de ella demasiado tiempo.


Salieron del estacionamiento del aeropuerto y se internaron en la carretera principal.


—Entiendo que eso pueda afectar a Valentina.


—Es más que eso. Creo que ya ha sufrido suficientes cambios drásticos en su vida —Paula se apartó el pelo de la cara y la frustración brilló en sus ojos tanto como los diamantes reflejando la luz —No me mires como si estuviese siendo sobre protectora.


¿Eso había hecho?


—Lo siento —extendió el brazo para introducir una mano en su pelo y masajearle la nuca—. Sólo quería asegurarme de que descansabas lo suficiente. 

Quédate A Mi Lado: Capítulo 34

Pedro le bajó la cremallera del vestido y el aire acondicionado, que caía desde arriba, le enfrió la espalda. Un delicioso escalofrío de expectación la recorrió de arriba abajo. Al fin. Con manos calientes fue descendiendo hasta agarrar su trasero y atraerla hacia él para regalarle otro beso húmedo y apasionado. En cuanto sus ropas cayeron al suelo, las de ella y las de él, todo pensamiento racional desapareció por completo. Cuando quiso darse cuenta, Paula notó que el aire frío arremetía contra su pecho desnudo. Reaccionó tensándose y sus sentidos zumbaron tanto como los motores que los propulsaban a través del cielo nocturno. Él contempló su cuerpo, cubierto únicamente por unas braguitas de seda color champán y una fortuna en diamantes.


—¿Qué es lo que dije sobre la paciencia? Se me acaba de olvidar.


Deleitándose en aquella atracción mutua, Paula apartó de una patada el vestido que yacía a sus pies y se recreó en la contemplación de un hombre maravillosamente desnudo. De haber tenido más espacio, hubiese dado un paso atrás para admirarlo, pero en lugar de eso, le trazó con los dedos la línea de la mandíbula, la clavícula y los pectorales, haciendo saltar sus músculos a cada paso. Él se le acercó, juntando piel con piel, presionándole el estómago con la longitud dura y caliente de su deseo. Avanzó, haciéndola retroceder hasta que el filo del colchón diese con la parte trasera de sus rodillas. Entonces Paula cayó sobre la cama y él la siguió, agachando la cabeza por lo reducido del espacio. Aquella pequeña caverna de muros curvos inmersa en el zumbido de los motores hacía que ella se sintiese aislada de todos y de todo. Ambos se encontraban en un refugio privado. Pedro se colocó sobre ella, apoyándose en los codos para evitarle la carga de su peso, pero ella le rodeó el cuerpo con una pierna y lo atrajo hacia sí. Lo quería por completo, quería sentir cómo su cuerpo la cubría por entero. Pedro colocó la palma de las manos justo debajo de los pechos de Paula, acariciándolos con los pulgares a ambos lados y luego alrededor de los pezones erectos. La presión de este dulce tormento la hizo ansiar más y se arqueó frente a la cálida presión de la pierna de él entre las suyas. Los ojos azules de Pedro se tornaron de un color violáceo, anunciando hasta qué punto él también la deseaba.


A Paula empezaron a pesarle los párpados y no pudo evitar cenar los ojos a pesar de lo mucho que lamentaba perderse la visión de Pedro sobre su cuerpo. Se le despertaron otros sentidos, y aspiró el olor penetrante que él desprendía, mezclado con el almizcle del deseo. Parte de ella sentía cómo el frenesí de la pasión luchaba por liberarse, pero reprimió el impulso de apresurarse. La realidad no iba a tardar en imponerse.  Sintió su aliento caliente antes de que la besase en la boca. Un beso largo y espléndido, de hombre que sabe complacer, y ella le correspondió con el mismo apasionamiento. Él le acarició los senos de modo insistente hasta hacerla estremecer pidiendo una mayor presión de sus manos, Y Paula podía asegurar que él no se quedaba impasible: Su sexo erecto palpitaba y ella ansiaba sentirlo dentro de su cuerpo. Deslizó la mano entre ambos para rodearlo con los dedos y acariciarlo lentamente, y Pedro rodó hasta tumbarse de costado, llevándosela con él. Ella pensaba seguir rodando hasta colocarse encima, pero echó un rápido vistazo al techo y vió que era lo suficientemente bajo como para golpearse la cabeza si en un momento dado arqueaba la espalda hacia atrás. Como para deshacer el encanto del momento. Entonces echó una pierna por encima de la de él, entendiendo por qué había cambiado de posición, y descubrió que le gustaba lo equitativo de aquella postura, sobre todo al ver que él introducía un dedo en el elástico de su ropa interior. Paula dejó la mano quieta, ya que sus terminaciones nerviosas se concentraron en intentar descubrir hasta dónde llegaría la incursión de Pedro. Sí. Dos gruesos dedos se internaron en sus braguitas proporcionando un tacto frío que fue bien recibido por la piel ardiente de Paula. Ella apartó las manos y se asió con fuerza al edredón. Más rápido peí o también más suave, la acariciaba en círculos hasta hacerla sentirse frustrada. Ella le mordió el labio y él gruñó, apartando la boca para pasearla por su cuello. Paula volvió a ahogar un grito, pero no pudo detener el gemido que vino detrás. Si él no la aliviaba pronto, iba a ponerse a gritar.


—Ya está bien de juegos. Acaba de una vez. La paciencia es para luego, ¿Recuerdas?


—Lo que tú digas. Como tú desees —dibujó la curva de su oído y su promesa le acarició los sentidos tanto como sus manos, su lengua e incluso el tentador roce de su cuerpo.


Pero aún no podía proporcionarle el alivio que ella ansiaba. Paula se apartó de su cadera e intentó deslizar la mano de nuevo entre ellos para atormentarle del mismo modo que él hacía con ella, pero Pedro le agarró de la muñeca, deteniéndola. Un gemido escapó de los labios de ella.


—Basta.


—¿Quieres parar? 

Quédate A Mi Lado: Capítulo 33

Ella sabía que, si no aprovechaba la oportunidad, sin duda se iba a arrepentir durante el resto de su vida. Pedro tenía razón. Estaba llena de necesidades insatisfechas, necesidades que aumentaban de forma dolorosa conforme pasaba más tiempo con él. Entregada, nerviosa... Y excitada, posó ambas manos sobre el pecho de Pedro.


—En cuanto aterricemos, quiero que consumemos este matrimonio.


Pedro bajó la mirada de un modo tremendamente atractivo y deslizó las manos por su espalda, atrayéndola hasta situarla cadera con cadera con él.


—¿Y quién dice que hay que esperar a que aterricemos?


La posibilidad de tenerlo allí y en ese momento hizo correr por sus venas una oleada de deseo. Pero su innato sentido práctico la cubrió de reservas.


—¿Y el piloto?


—Está en una cabina cerrada y ocupado pilotando el avión, e incluso en el caso de que tuviese que conectar el piloto automático y abrir la puerta por alguna razón, se anunciaría primero por el intercomunicador —explicó Pedro. Empezó a subir las manos por la cremallera del vestido de Paula y luego las hizo descender por sus hombros desnudos. Sus dedos encallecidos le rasparon la piel en un gesto seductoramente viril—. El dormitorio no es grande, pero tendremos intimidad.


Con ansia creciente, Paula miró hacia la pequeña puerta que se abría detrás de la zona de asientos. Durante el vuelo de ida, no le había prestado mucha atención porque estaba en compañía de los hermanos de Pedro y de sus cuñadas. En aquel momento tampoco pensó que volarían los dos solos a la vuelta.  Muy solos. Sin más demoras ni cuestión armenios de ningún tipo. Una deliciosa expectativa le hizo ponerse de puntillas y la boca de Pedro esperó para que ella pudiese susurrar:


—Pues sí, estoy considerando mucho la posibilidad de acostarme contigo.


Agarrándola por la cintura, Pedro la sentó sobre la barra. Luego se situó entre sus piernas, respirando en su frente.


—Quédate ahí, justo donde estás ahora, para que pueda tocarte —le recorrió la frente con los labios—, sentirte —la besó en la mejilla—, tomarme mi tiempo contigo.


Unió sus labios a los de ella, explorándola, acariciándola y excitándola al mismo tiempo. La hizo perder de golpe toda contención. Había estado pensando en él, en ese momento, desde la noche en que le regaló el ordenador, la noche en que le dijo que soñaría con ella, así que le rodeó el cuello con los brazos, deseando con fuerza poder estar aún más cerca. Las solapas de seda del esmoquin acariciaron la acalorada piel de sus hombros desnudos. Con los dedos, Pedro dibujó una línea justo bajo el collar de Paula, paseándolos entre sus pechos por un instante. Jadeando entre frenéticos besos, ella aspiró el olor de su aftershave , disfrutando del roce de sus rugosas mejillas. Una excitante sensación se extendió por su piel, haciendo que el más mínimo roce le proporcionase un inmenso placer. Él tomó su cara entre las manos, besándola en los ojos y las mejillas, acariciándole los hombros hasta hacer que sus pechos ansiaran su atención. Paula unió los tobillos por detrás de las rodillas de Pedro para acercarlo más, tanto como le permitía el vestido de noche que se interponía entre ambos. Con un gruñido de satisfacción, él se lo subió hasta las rodillas para que Paula pudiese rodearle la cintura con las piernas y, tomándola en sus brazos, la levantó de la barra. Ella gritó de regocijo en su boca y lo abrazó fuerte mientras la llevaba por la cabina hasta la puerta del dormitorio. Pedro la abrió, entraran, y la cerró tras ellos con un «Clic». La cama estaba cubierta por un grueso edredón granate que resaltaba los detalles de caoba y el dorado de las luces, y resultaba muy acogedora. Había una luz tenue, la justa para que ella pudiese descubrir las líneas de deseo que se marcaban en el rostro de Pedro mientras le besaba la cara. La dejó de pie en el suelo, haciendo que su cuerpo se deslizase por el de él con excitante precisión.


—Paciencia, Paula.


—Luego —le quitó la chaqueta del esmoquin, deseando verlo, tenerlo. 

martes, 27 de mayo de 2025

Quédate A Mi Lado: Capítulo 32

 —Cavábamos zanjas muy profundas, las tapábamos con madera y luego echábamos tierra encima —casi podía oler la humedad de aquellas cavernas—. Tuvimos suerte de no morir mientras gateábamos por allí. Podíamos habernos ahogado o la cubierta nos podía haber aplastado de llegar a pisar alguien uno de aquellos tableros.


Con un escalofrío, ella se rodeó el cuerpo con los brazos, haciendo que se le hinchase el pecho de forma discreta pero atractiva.


—¿Y qué dijo tu madre cuando lo descubrió?


Sus ojos pasaron por encima de aquel escote y apretó los puños para contener el impulso de conocerlo de primera mano. Bebió de un trago medio vaso de agua.


—Mi madre nunca supo de los túneles. De haberse enterado, nos hubiese castigado hasta el final del verano —y se lo hubiesen merecido. Su madre había sido dura pero justa—. Pusimos a Bautista de guardia para avisarnos si ella venía.


—¿Cuánto tuvieron que pagarle para que no se chivara?


—¿Quién dice que le pagamos? —guiñó—. Era el más pequeño. Hacía lo quele dijésemos.


Ella se inclinó aún más para alcanzar otra uva, inundándolo con su perfume de vainilla.


—¿Y tu hermano mayor, Marcos?


—Es demasiado obediente. Nunca le contamos nuestro secreto. A mí me gustaba especialmente, a veces me escabullía para estar allí solo. Federico dice que no le sorprende que ingresara en el ejército.


—Y ahora que som mayores están los cuatro aún más unidos —bajó la vista hacia el vaso de agua—. Envidio esa clase de amor y apoyo.


—Somos muy afortunados. Y yo tuve suerte aquel día en el desierto. Pensé mucho en esos sándwiches mientras esperaba en la trinchera en Afganistán.


 ¿En qué pensaría ahora si volviera a verse en la misma situación? Sin dudarlo, supo que la cabeza se le llenaría de imágenes de Paula y Valentina. Ambas habían llenado su mundo muy deprisa y le resultaba inquietante pensarlo teniendo en cuenta el poco tiempo que llevaban juntos. Paula dejó caer su mano sobre la de él.


—Es muy honorable que sirvieses a tu país. Tenías muchas opciones y a pesar de todo decidiste hacerlo. 


Él deslizó la mano para entrelazar sus dedos con los de ella y sentir la suavidad de su piel, su calor. Enseguida se encontró imaginándose lo suave que sería la piel que escondía bajo el vestido.


—A lo mejor fue porque no sabía qué hacer al acabar los estudios.


Ella negó con la cabeza.


—De ser así te habrías limitado a vivir del dinero de la familia.


—Qué aburrido —rechazó el halago, sintiéndose incómodo. Le acarició la muñeca con el pulgar, sintiendo el latir de su pulso.


Al darse cuenta, a ella se le agrandaron las pupilas, pero no apartó la mano.


—¿Y qué me dices de tu nuevo trabajo? ¿Evitará que te aburras?


La conversación se estaba poniendo más profunda de lo que él pretendía. No quería que nadie husmeara en su cerebro para conocerlo mejor, sobre todo sabiendo que su forma de vida y la de ella no eran compatibles para nada que no fuese una aventura ocasional. Ambos debían dejar aparte los sentimientos por el bien de Valentina. Y él necesitaba reconducir la conversación y toda la velada a donde pretendía. Sin soltarle la mano, tiró de ella hasta que sus cuerpos se rozaron. El cuerpo de Pedro reaccionó tensándose al instante.


—¿Sabes lo que evitaría que me aburriese en este momento?


Ella echó la cabeza hacia atrás, dejando expuesto su cuello mientras levantaba la vista para mirarlo con ojos oscuros e intensos.


—Para. Quiero hablar. Si quieres contar con alguna posibilidad de llevarme a la cama, hablemos en serio durante cinco minutos.


Las palabras de Paula avivaron su deseo.


—¿Estás considerando la posibilidad de acostarte conmigo? 


De pie en la cabina del avión, con los sentimientos tan en las nubes como su cuerpo, Paula no pudo seguir negándolo. Quería hacer el amor con Pedro. Y sí, una parte de ella se sentía reconfortada al pensar que él no tardaría en marcharse, porque las secuelas serían menores si contaba con tiempo para recuperarse. Quizá por esa vez lograse mantener su corazón a salvo. Toda la cita había sido surrealista desde el principio. Ella nunca se había imaginado volando en un avión privado, llevando semejantes joyas o codeándose con dignatarios internacionales en el salón de baile de un hotel histórico. Pero por encima de todo, había sido Pedro el que había centrado la velada. Se había mostrado encantador, recordándole en todo momento con su sonrisa y energía el placer que le esperaba a tan sólo una caricia de distancia. Sí se atrevía.