jueves, 2 de enero de 2025

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 44

Pedro miró hacia la ciudad que había sido testigo de su ascenso desde las cloacas. Asintió.


–Donde yo crecí está lejos de estas vistas tan bonitas. La mía fue una existencia muy básica, en un escenario que no tenía nada de romántico. No iba a la escuela, nuestra única educación eran las bandas callejeras.


Él la observó un instante, esperando encontrar en sus ojos el brillo de la codicia que mostraban la mayoría de las mujeres cuando les habría una puerta a su intimidad. Sin embargo, Paula se limitó a devolverle la mirada con firmeza.


–¿Fue entonces cuando te hiciste esa cicatriz?


Encogiéndose al recordarlo, él asintió.


–Una banda rival me rodeó y sacaron las navajas. Tuve suerte de escapar solo con una cicatriz –explicó él. Había sido entonces cuando había comprendido que, si no dejaba ese mundo, podía morir.


–Dijiste antes que no tenías familia. ¿Es eso verdad?


–Mi madre murió de sobredosis cuando yo tenía dieciséis años y mi padre apareció por primera vez para pedirme dinero cuando se enteró de que me había hecho rico –señaló él con el corazón encogido–. No tengo hermanos. Ni tíos, ni primos. No tengo familia.


–Excepto a Francis Fortin –murmuró ella.


–Sí. Francis me salvó –admitió él con un cúmulo de emociones en el pecho–. Murió poco después de aquel enfrentamiento en que me hicieron la cicatriz. Y yo seguí su consejo de salir de allí y contactar con Simón Fouret. Si no lo hubiera hecho, creo que ahora estaría muerto.


Paula se estremeció al pensarlo. Sabía que él no estaba exagerando.


–Siento que haya muerto. 


Pedro se giró hacia ella un momento. Su rostro expresaba una honda emoción. Entonces, él le acarició la mandíbula con suavidad.


–Eres muy dulce, Paula Chaves. Eso o eres la mejor actriz que he conocido.


Paula se encogió, dolida, al comprender que todavía no confiaba en ella. Apartó la cara, temiendo que las lágrimas comenzaran a brotar.


–Siento tu pérdida. Te merecías tener a alguien de tu lado y me alegro de que él te ayudara –afirmó ella, mirándolo a los ojos de nuevo. Estaba decidida a mostrarle que era sincera, costara lo que costara.


Él la tomó entre sus brazos y la apretó contra su pecho, hasta que ella pudo percibir su erección. Al instante, las palabras sobraban. Paula adivinó lo mucho que él había estado conteniendo el deseo durante toda la noche y eso la complació. Porque Pedro había dado la sensación de ser por completo inmune a todo, pero no había sido cierto. Solo había sido una máscara.


–Creo que ya hemos hablado suficiente. Llevo toda la noche queriendo hacer esto.


Antes de que Paula pudiera preguntarle qué quería hacer, él le quitó las horquillas del moño hasta dejar que el pelo le cayera sobre los hombros. Deslizó las manos por su cabello y le tomó el rostro entre las manos. En la fracción de segundo antes de que sus bocas se encontraran, ella se estremeció de emoción al comprender que estaban siendo una más de esas parejas que tanto había envidiado antes. Entonces, cuando Pedro la besó, le temblaron las piernas y solo pudo aferrarse a su camisa para seguir de pie. Tras un instante interminable, él apartó la boca y soltó una maldición.


–Te tomaría aquí mismo, ahora, pero la próxima vez que hagamos el amor será en una cama.


Acto seguido, la tomó de la mano y la guio de nuevo hacia el coche. Con las mejillas ardiendo, Paula se dijo que si él hubiera querido hacerle el amor allí mismo, contra cualquier pared, no habría tenido fuerzas para negarse.


Prisionera De Tu Amor: Capítulo 43

 –Eres como una fiera tigresa –comentó él, observándola con intensidad.


Paula se sonrojó. No sabía cómo responder a eso. Al mismo tiempo, era un alivio saber que Pedro no había sido amante de Celeste. Un millar de preguntas le asomaban a la punta de la lengua, pero antes de que pudiera decir nada, él habló de nuevo.


–Esta noche has estado muy bien.


–Me siento como un fraude, si te soy sincera –repuso ella, encogiéndose de hombros–. Un par de buenas carreras no merece tanta atención.


Pedro meneó la cabeza.


–Tienes un talento natural que todo el mundo reconoce. Y eres una joven hermosa. Es una combinación explosiva.


–Llevo unos cuantos años montando caballos de carreras y nunca nadie se había fijado en mí. Creo que la clave es que monto tus caballos. A la gente le fascina todo lo que haces.


–Les fascino igual que a los conductores les fascina un accidente en la carretera y vuelven la cara para curiosear antes de pasar de largo –comentó él con voz sombría.


Paula quiso negarlo, pero sabía que él no buscaba su compasión ni su simpatía. Además, había notado cómo la gente lo había mirado durante toda la velada. Tenía que ser agotador sentir que necesitaba probar su valía todo el tiempo. Temiendo que él pudiera leer la expresión de su rostro, se volvió hacia la ventanilla. Estaban cruzando el Sena y en sus orillas había varias parejas de enamorados. Sin embargo, lo que había entre ellos no tenía nada que ver con el amor. Mientras se lo repetía a sí misma una y otra vez, el corazón se le aceleraba en el pecho. Sentía las manos frías y sudorosas. Cielos, se estaba enamorando de él.


–¿Has estado alguna vez antes en París?


Su pregunta la sacó de sus pensamientos, sobresaltándola. Se volvió hacia él, tratando de calmar el pánico que la invadía.


–Solo una vez, hace mucho, en un viaje con el colegio. Siempre había querido volver. Es el sitio más hermoso que conozco.


Pedro llevaba toda la noche contiendo su deseo de poseerla. Varios hombres se habían acercado a ella durante la fiesta, mirándola como si fuera la única mujer en el mundo. Él había tenido que controlarse para no apartar a todos y llevarse a Paula a un rincón tranquilo, quitarle el moño y ese lujoso vestido… Y, aunque lo único que quería en ese momento era llegar a su casa para hacer realidad su deseo, algo le impulsó a pedirle a su chofer que diera un pequeño rodeo para llevarlos a un lugar especial.


–¿Donde estamos? –preguntó ella, cuando el coche se detuvo minutos después.


–En Montmatre –contestó él, casi lamentando su impulsiva decisión–. Ven. Te voy a enseñar una cosa.


Pedro salió del coche y dio la vuelta para abrirle la puerta. Cuando ella le dió la mano, él tuvo que apretar los dientes para sofocar la excitación que hasta ese casto contacto le producía. Caminaron la corta distancia a pie que había hasta la catedral del Sagrado Corazón. Era tarde, pero había todavía grupos de gente a su alrededor. Pedro se desabrochó la pajarita del esmoquin y el primer botón de la camisa. Se dió cuenta de que Paula tiritaba por el aire frío de la noche, así que se quitó la chaqueta y se la puso por encima de los hombros.


–Oh, gracias –dijo ella, mirándolo con timidez.


Cuando dieron la vuelta a una esquina, la catedral apareció ante su vista en todo su esplendor. Paula se quedó embobada.


–Vaya. Me había olvidado de la catedral. Es preciosa.


–¿Viniste aquí con la excursión de tu colegio?


Paula asintió con ojos brillantes.


–Sí, pero no así. Esto es mágico.


Él la llevó a la puerta principal y, desde allí, al mirador. París se extendía a sus pies como una alfombra de joyas relucientes. Pedro respiró hondo. Hacía mucho que no iba a ese lugar.


–Es impresionante. Gracias.


Él se sintió ridículamente complacido, entonces. Era irónico porque, a lo largo de los años, había hecho muchos regalos caros a sus amantes y no había sentido nada cuando ellas le habían expresado su gratitud. Señaló hacia las vistas.


–Solía venir aquí cuando era niño, con diez u once años. Veníamos en verano, en la temporada alta del turismo. Solíamos aprovechar que los visitantes se quedaban absortos con las vistas para robarles la cartera, el reloj, esa clase de cosas.


Ella se volvió hacía él. Con su chaqueta sobre los hombros, parecía todavíamás menuda. Su cabello, una mancha de fuego rojo con el cielo nocturno de fondo.


–¿Alguna vez te sorprendieron?


Él negó con la cabeza.


–Por eso nos enviaban a esa edad. Éramos pequeños y rápidos, capaces de desaparecer en pocos segundos.


–¿Y quién los enviaba?


–Las bandas, chicos mayores. Nosotros les llevábamos el botín y, si nos quedábamos algo, enseguida nos pillaban.


–¿Así que creciste en los suburbios? 

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 42

Hicieron en silencio el trayecto al hotel donde se celebraba la fiesta. Paula decidió mantener la boca cerrada para no volver a meter la pata. En vez de eso, se concentró en admirar la vistas de París por la ventanilla. Tenía que recordarse que por muy abrumadores que fueran sus sentimientos por Pedro, no eran correspondidos, ni de la forma más remota. Él estaba interesado solo en una relación pasajera. Y, si ella no hubiera irrumpido en su vida motivada por su urgencia por proteger a su hermano, nunca iría sentada a su lado en un coche, vestida con un atuendo que valía más de lo que podía ganar en un año entero. No debía olvidar nada de eso. Porque, una vez que Gonzalo solucionara el problema del dinero que faltaba, ella sabía que su historia con Pedro sería agua pasada.


Pocas horas después, Paula estaba esperando a Pedro en el vestíbulo del hotel. Él estaba a un par de metros, hablando con dos hombres que acababan de abordarlo. Ella se alegraba de aquel breve respiro. Él llevaba toda la noche a su lado, haciendo que el pulso se le disparaba cada vez que la rozaba o cada vez que la tomaba del brazo. Justo entonces, alguien se acercó para hablarle al oído.


–¿No es el hombre más guapo que has visto en tu vida?


Sobresaltada, ella se volvió y se topó con una mujer mayor, pero perfectamente conservada, con cabello rubio y ojos azules clavados en Pedro. Había algo en el hambriento brillo de esos ojos que le daba escalofríos a Paula.


–Disculpa, ¿Nos conocemos?


La mujer apartó los ojos de Pedro para dedicarle a Paula una mirada de desprecio.


–Tú eres esa jockey de la que todos hablan, supongo. ¿Te acuestas con él?


Paula se sonrojó.


–No creo que eso sea de tu…


–No vas a poder domarlo –le espetó la mujer, agarrándola del brazo con rabia–. Un animal tan magnífico como él no puede domesticarse.


Paula se zafó de sus garras, furiosa e invadida por un inesperado instinto protector.


–No es un animal, es un hombre.


–Celeste. Qué placer.


Pedro se había acercado a ellas por la espalda. Su mirada contradecía sus palabras. Sus ojos tenían un brillo asesino.


–Cariño… Hace mucho tiempo que no nos vemos –dijo la mujer, pegándose a él y lo agarró del brazo. 


Pedro le apartó la mano y tomó a Paula del brazo.


–Buenas noches, Celeste.


Entonces, se giró y se marchó con Paula a su lado. Ella se resistió para no mirar hacia atrás. Celeste debía de ser una de sus antiguas amantes, pensó. Aunque ese mero pensamiento hacía que se le revolviera el estómago.


A Pedro no le gustaba cómo le habían hecho sentir las palabras de Paula a esa mujer. «No es un animal». Había salido feroz, en su defensa. Había tenido una expresión similar cuando había defendido tan apasionadamente a su hermano la primera vez que se habían visto. Le impactaba que Paula hubiera dado la cara por él. No necesitaba que nadie lo defendiera. En ese momento, posó la mirada en ella. Estaba pálida como la leche.


–No hacía falta que me defendieras. Yo lucho mis propias batallas.


-Estaba hablando de tí como si no fueras humano. ¿Cómo has podido salir con ella? Es horrible.


Una oleada de asco recorrió a Pedro.


–Nunca hemos sido amantes, a pesar de que ella hizo todo lo que pudopara seducirme. Es la mujer de Simón Fouret. La encontré desnuda en mi cama una noche y me amenazó con acusarme de que la había violado, si no me acostaba con ella. Por eso tuve que dejar de trabajar para Fouret. Él sabía cómo era su esposa y me ofreció dinero porque me fuera y mantuviera la boca cerrada. Yo rechacé su dinero, pero acepté que me diera un caballo.


¿Por qué diablos le contaba todo eso a Paula? No le debía ninguna explicación, se dijo a sí misma.


–Por eso reaccionaste así cuando me encontraste en tu dormitorio –dijo ella tras un instante de silencio–. Siento haber abierto la boca. Pero no pude evitarlo. No eres un objeto.


Nunca antes nadie había salido en defensa de Pedro. Una incómoda sensación de calidez anidó en su pecho.


–Al final, Celeste me hizo un favor. Si no hubiera abandonado los establos de Fouret, igual seguiría trabajando allí. Ese caballo me dió buena suerte.


Ella negó con la cabeza.


–No lo creo. Seguro que te habrías hecho rico de todas maneras.

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 41

 –Pedro, esa chica es una mina de oro. La adoran. El hecho de que tenga tanto talento natural la hace más interesante. No se hablaba de una mujer jockey desde hace años. La prensa también ha descubierto la conexión de su familia con el jeque Nadim y su mujer, así que ahora están como locos con la novedad. No dejan de llegar invitaciones. Has sido oficialmente aceptado en el santuario de los poderosos en el mundo de la hípica. ¿Cómo te sientes?


¿Cómo se sentía? Pedro seguía dándole vueltas a la conversación que acababa de tener con André por teléfono. ¿Cómo se sentía después de haber logrado la aceptación y el respeto que llevaba años buscando? Curiosamente, frío, admitió para sus adentros. Incluso esas vistas, que mostraban un paisaje exclusivo del glamuroso París, lo dejaban indiferente. Justo entonces, oyó un ruido y, cuando se volvió, encontró a Paula en la puerta de la habitación. Antes había estado guapa, pero en ese momento estaba… Impresionante. Llevaba un vestido largo y verde brillante. La tapaba desde el cuello hasta los pies. Tenía manga larga, pero se ajustaba a cada una de sus delicadas curvas, ensalzando su sensualidad. Llevaba el pelo recogido en un elegante moño italiano y unos sencillos pendientes de diamantes. Cuando entró en la habitación, parecía nerviosa.


–Estoy preparada.


Había algo en ella que le daba un aspecto muy vulnerable. Pedro podía adivinar lo fuera de lugar que se sentía. Conmovido, trató de pensar en algo para animarla.


–Estás muy hermosa, Nessa.


Ella se sonrojó, alisándose la falda del vestido con una mano ligeramente temblorosa. Esa mujer podía domar y montar al más fiero pura sangre, ¿Y una fiesta la hacía temblar?


–No soy hermosa. No tienes por qué decir eso.


Pedro cruzó la distancia que los separaba con dos grandes zancadas y la sujetó de la barbilla, mirándola a los ojos.


–Si hubieras sido otra persona, habría pensado que solo pretendes hacerte la modesta. Pero creo que tú lo dices en serio. ¿Quién te ha hecho creer que no eres hermosa?


Ella se apartó.


–Crecer con dos hermanos no ayuda a explorar tu lado femenino. Y nuestra madre murió cuando tenía ocho años, así que no recuerdo su influencia.


–¿Y tu hermana mayor?


Paula se encogió de hombros.


–También era muy masculina. Y siempre estaba demasiado ocupada.


Él intentó contener su sorpresa. Nunca había conocido a una mujer bella que ignorara sus atributos. Hasta ese momento. Tuvo la tentación de tomarla de la mano y llevarla al dormitorio para quitarle aquel sofisticado moño y limpiarle el maquillaje con sus besos. Pero dió un paso atrás.


–Vámonos. El chófer nos está esperando.


Mientras bajaban en el ascensor, Paula trató de ignorar el hondo sentimiento que le habían producido las palabras de su acompañante. Pedro la consideraba hermosa. Sabía que no era un hombre dado a los cumplidos vacíos y, por primera vez en su vida, se sintió guapa. Respiró hondo, para calmar los nervios, aunque era difícil, teniendo a Pedro tan cerca en el pequeño cubículo. Sus ojos se encontraron en el espejo del ascensor. Los de él era oscuros como dos pozos sin fondo y tenían un brillo de deseo tan explícito que la dejaban sin respiración. Ella ansió saber cómo reaccionar en ese tipo de situaciones. Seguramente, sus otras amantes, esas para las que había comprado esa colección de vestidos, sabrían decir unas palabras seductoras en el momento adecuado, mientras lo rodeaban con sus brazos llenas de confianza. Incluso, tal vez, se atreverían a apretar el botón de parada del ascensor e iniciar un encuentro ardiente allí mismo. Igual él estaba esperando que hiciera eso mismo. Sobrepasada por la inseguridad y la excitación, Paula buscó desesperadamente algo que decir.


–Es una suerte que estés tan bien preparado para tus… Amigas. Había muchos vestidos entre los que elegir.


Él arqueó las cejas, al mismo tiempo que se abrió el ascensor. Cuando ella salió, la sujetó del brazo, deteniéndola.


–¿A qué te refieres con eso?


Paula notó cómo se sonrojaba y maldijo para sus adentros por su falta de sofisticación.


–A las ropas que había en el vestidor. Debes de tenerlas guardadas por si les hacen falta a tus amantes.


–Esas ropas fueron compradas para tí. Hice que una estilista las trajera antes de que llegáramos. No hospedo a mujeres en mi casa y, menos aún, tengo una colección de vestidos para ellas.


Paula se quedó sin palabras. El corazón se le aceleró en el pecho. Decía que no hospedaba a mujeres en su casa, pero a ella, sí.


–Ah.


Pedro estaba muy serio, como si él también se hubiera dado cuenta de lo que su afirmación implicaba. No dijo nada. Se limitó a guiarla hacia delante, donde el coche los esperaba. 


jueves, 26 de diciembre de 2024

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 40

Todo desapareció a su alrededor cuando Pedro la besó. El cepillo se le cayó de las manos, el caballo relinchó, pero solo una cosa ocupaba su mente: el deseo animal que la invadía. Cuando él separó sus labios, ella tardó un segundo más en abrir los ojos. Con una sonrisa triunfal, él salió del establo, dejándola como si un relámpago la hubiera recorrido de arriba abajo. Paula sabía que no era buena idea dejar que él la atacara de esa manera, por muchas razones, entre las que destacaba su instinto de autoconservación. Sin embargo, la idea de ir a París con él era demasiado seductora como para resistirse a ella.


Pocas horas después, Paula se sentía cada vez más presa de un cuento de hadas. Había ido a París en una ocasión antes, en un viaje con el colegio, pero no había tenido nada que ver con aquello. Habían volado en un avión privado y un coche había estado esperándolos en el aeropuerto. Mientras habían atravesado las afueras de la ciudad, con sus paredes llenas de grafitis, había notado cómo Pedro se había puesto tenso, mirando por la ventanilla con el ceño fruncido. Pero París era una ciudad hermosa, con sus magníficos bulevares y sus edificios antiguos. Sobre todo, en esa época del año, con todos los árboles en flor. Por no mencionar los monumentos icónicos del lugar, como la torre Eiffel o el Arco del Triunfo. En ese momento, ella podía verlos desde los ventanales del baño. Cuando habían llegado a la casa de Pedro, en la planta alta de uno de esos adornados edificios en un ancho bulevar, él había desaparecido en su estudio para hacer unas llamadas y una amable ama de llaves había mostrado a Nessa la suite de invitados. Le había enseñado un vestidor que había estado lleno de maravillosos vestidos. Paula no había sabido como reaccionar al comprobar lo bien preparado que estaba Luc para sus invitadas femeninas. De todas maneras, le había servido como recordatorio de cuál era su lugar en la vida de un hombre tan exitoso y atractivo. Y, si lo miraba por el lado práctico, le sería útil, pues no se le había ocurrido meter un vestido en la maleta cuando habían salido de Irlanda. En ese instante, en el balcón, embutida en un lujoso albornoz, prefirió no pensar en nada, solo disfrutar de las vistas. La puesta de sol se iba desvaneciendo en el horizonte, mientras la torre Eiffel comenzaba a iluminarse. Con una sonrisa, se dijo que hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz. Sin embargo, al instante, su sonrisa se desvaneció. ¿Cómo podía sentirse feliz cuando su hermano debía de estar muerto de miedo en su escondite? Había intentado llamarlo antes, pero Gonzalo había tenido el teléfono apagado, como siempre. Y tampoco había podido encontrar a su otro hermano, Marcos. En ese momento, alguien llamó a su puerta. Con el corazón acelerado, pensó que podía ser Pedro. Pero, cuando abrió, se encontró con el ama de llaves, acompañada de dos mujeres.


–El señor Alfonso ha llamado a estas dos señoritas para que la ayuden a prepararse para esta noche.


Paula esbozó una sonrisa forzada. Pensar en la fiesta le hacía sentir mareada. Una cosa era salir a una gala de clase alta en Dublín. Pero París era otra cosa. Sin duda, iba a necesitar ayuda.


–Gracias, Celina.


Mientras las ayudantes se ponían manos a la obra, Paula no podía sacarse de la cabeza el odioso pensamiento de que, antes que ella, otras mujeres habían ocupado su lugar en casa de Pedro. 

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 39

Durante un instante, ella recordó el breve dolor que le había producido su primera penetración, pero, como si le hubiera leído la mente, él le acarició la espalda con suavidad.


–Confía en mí, pequeña, no te haré daño, ¿De acuerdo?


Paula asintió, sujetándose a los hombros de él, y lo miró a los ojos mientras la penetraba despacio. Centímetro a centímetro, fue llenándola, dejándola sin respiración.


–Marca tú el ritmo, ma belle…


La voz de Pedro sonaba tensa, como si estuviera esforzándose por controlarse. Ella se sintió poderosa de nuevo y empezó a subir y bajar las caderas.


–Vas a matarme… –susurró él.


Pero Paula estaba demasiado distraída por la tensión creciente que la invadía. Moviéndose más rápido, se acercaba más y más al clímax. Pedro le besaba la piel desnuda, excitando sus pechos con la lengua y con los dientes sin piedad. Los movimientos de ella se hicieron más salvajes, más desesperados. Entonces, él demostró su experiencia y tomó el control. La sujetó de las caderas, deteniéndola, y a continuación la subió y la bajó, penetrándola cada vez más fuerte y con mayor profundidad. Estaban empapados en sudor, sus miradas entrelazadas. Ella pensó que iba a morir y con una poderosa arremetida casi lo hizo. Pero fue una muerte exquisita, envuelta en oleadas de placer. Fue tan intenso que tuvo que morderle el hombro a su amante para no gritar y dar a conocer en todo el hipódromo lo que estaba pasando en esa habitación. Después, se quedó exhausta, abrazada a él como un peso muerto. Pedro le echó hacia atrás la cabeza.


–La próxima vez, lo haremos en una cama.


Al pensar en que él estaba proponiéndole una próxima vez, Paula se estremeció de nuevo. Aquello era solo el principio…


–¿La próxima vez?


Pedro sonrió con gesto travieso y provocativo.


–Oh, sí, habrá una próxima vez y otra después de esa… Y posiblemente, incluso, más.


Mientras hablaba, él subrayaba las palabras con besos mojados en su cuello, en sus hombros. Embriagada, Paula se repitió a sí misma que podía manejar la situación. Se sentía capaz de cualquier cosa, siempre y cuando Luc no dejara de besarla.



-Tengo un caballo en Francia que me gustaría que montaras. Es muy difícil de manejar y ninguno de mis jockeys lo ha conseguido hasta ahora.


Paula estaba cepillando a Pegaso, al cual acababa de montar. Pedro estaba vestido con vaqueros gastados y un polo, apoyado en la puerta de los establos, con los brazos cruzados. Era tan guapo que ella se quedaba sin respiración cada vez que lo veía. Habían pasado dos días desde su sensual interludio en la sala VIP del hipódromo.


–De acuerdo.


–Cuando hayas terminado aquí, ve a hacer la maleta. Nos iremos dentro de un par de horas. Nos quedaremos en mi casa de París esta noche para la fiesta e iremos a mis establos en Francia mañana.


Paula tragó saliva, digiriendo sus palabras.


–¿Qué fiesta?


–Nos han invitado a los premios anuales del deporte en Francia. Al parecer, también has causado sensación fuera de Irlanda. Todo el mundo quiere verte de cerca.


Paula no podía creerlo.


–¿Es adecuado que nos quedemos juntos en tu casa?


Pedro se acercó un poco más.


–Es muy adecuado. Dijimos que habría una próxima vez, ¿Recuerdas?


Entonces, él posó la mano en su nuca, donde ella tenía el pelo recogido en una desarreglada cola de caballo y la acercó a su boca.


–Quizá, necesitas que te refresque la memoria… 

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 38

La rodeó con sus brazos y la acorraló contra la pared, perdiéndose en los carnosos labios que habían invadido sus sueños desde hacía días. Su sabor era dulce, como recordaba. O más dulce aún. Su pequeña lengua hacía tímidas incursiones para tocarlo. Él se la capturó, la succionó, haciéndola retorcerse de deseo. No había marcha atrás. Necesitaba poseerla con una urgencia que no tenía precedentes. Sin embargo, un atisbo de fría realidad se coló en su mente. Apartó la boca un momento.


–Necesito tenerte ahora, aquí…


Ella lo miró, sus ojos dos pozos de deseo. Se mordió el labio.


–De acuerdo. 


–Quítate la ropa.


Paula tembló, sintiéndose vulnerable. Pero, entonces, Pedro empezó a desnudarse y se quedó hipnotizada mirándolo. Primero, se quitó la chaqueta, el chaleco, la pajarita, la camisa… Se desabrochó el cinturón. Intentando acordarse de respirar, ella hizo amago de bajarse la cremallera que le partía de la nuca, pero tenía los dedos más torpes que nunca. Pedro tenía el pecho descubierto. Podía ver el sendero de vello que le bajaba desde el abdomen hacia la cintura de los pantalones.


–Date la vuelta –dijo él.


Ella obedeció. Él le bajó la cremallera y le quitó la parte de arriba del conjunto que llevaba. Debajo de ellos, la multitud estalló en vítores en las gradas, cuando terminó otra carrera y ganó el caballo favorito. Pero Paula no les prestó atención. Pedro se quitó los pantalones. Al adivinar su erección por debajo de sus calzoncillos, a ella se le hizo la boca agua.


–Tu falda. Quítatela ahora.


Su orden ronca y urgente la incendió todavía más. En vez de sentir vergüenza mientras se desnudaba bajo la mirada de Pedro, lo único que podía experimentar era una honda excitación ante sus ojos apreciativos. Por primera vez en su vida, la invadió una femenina sensación de poder. Era embriagador pensar que podía gustarle a Pedro Alfonso. Dejando la falda en el suelo, ella se quitó los zapatos. Pedro se libró de sus calzoncillos y la rodeó con sus brazos, devorándola. A Paula le encantaba estar pegada a su cuerpo fuerte y duro. Le hacía sentir suave y delicada. Lo rodeó con sus brazos, perdiéndose en sus besos, casi sin darse cuenta de que la llevaba a uno de los sofás. Él se sentó, con ella sobre el regazo. Comenzó a besarle los pechos, le succionó los pezones, mientras ella solo podía rendirse a tanto placer. Bajó la mano para tocar su poderosa erección y, soltando un gemido sofocado, él abrió el envoltorio de un preservativo y la apartó un momento, lo justo para ponerse la protección.


–Siéntate un poco… Así… –dijo él, sujetándola de la cintura con sus fuertes manos.


Mientras maniobraba para penetrarla, Paula pensó que nunca se había sentido tan salvaje y tan sensual. Él le apartó las braguitas a un lado para que no fueran un impedimento y acercó la punta de su erección a su entrada.