martes, 3 de diciembre de 2024

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 15

Además, había unos cuantos armarios empotrados, una cómoda y mesitas de noche. Lo sorprendente era que no había nada que pareciera demasiado personal. No había fotos, ni recuerdos, ni adornos. Solo algunas ropas tiradas en una de las sillas y las sábanas revueltas. Antes de concentrarse en la cama, Paula decidió asomar la nariz a una de las puertas, que daba a un vestidor, y a otra, que daba al baño. La bañera parecía lo bastante grande como para una equipo de fútbol entero. Entonces, se puso a limpiar el baño, intentando no dejarse distraer por su aroma, que estaba en todas partes. Tomó un frasco de colonia, lo destapó y lo olió, antes de dejarlo a todo correr. Enfadada consigo misma por comportarse como una tonta, terminó de limpiar y regresó al dormitorio. Quitó las sábanas usadas, intentando no imaginarse su cuerpo desnudo y caliente cubierto con ellas. ¿Dormiría desnudo?, se preguntó. Parecía la clase de hombre que sí lo haría… Se quedó paralizada, conmocionada por el rumbo que estaban tomando sus pensamientos. Pero no podía evitar preguntarse cómo sería Pedro Alfonso desnudo. La temperatura le subió al instante. Tenía que reconocer que él había logrado lo que ningún otro hombre. Había conseguido despertar sus hormonas aletargadas. Y era humillante que el primer hombre al que deseaba era el que menos se fijaría en ella. A menudo, se había preguntado por qué nunca le habían excitado otros chicos en la universidad. Su falta de interés en el sexo cuando había salido con alguno le había ganado la reputación de frígida. Por eso, se había encerrado en sí misma, para no exponerse a más burlas. Paula hizo la cama tratando de ignorar la suave impronta del cuerpo de él en el centro del colchón. Cuando terminó, dio un repaso más a todas las salas de la suite y recogió sus materiales de limpieza. Entró en el dormitorio una vez más, recorrió con la mirada la cama perfectamente hecha y, cuando estaba a punto de salir, algo llamó su atención en el exterior. Se acercó a la ventana y lo que vio le hizo contener la respiración. El sol se estaba poniendo en el horizonte, bañando los prados con una hermosa luz dorada. No había caballos entrenando ya, pero ella los imaginaba como si estuvieran allí. Sumida en la belleza del paisaje, se sentó en un enorme sofá que había frente a la ventana para disfrutar de las vistas un momento. Sabía por qué siempre había evitado el contacto físico. Se había quedado sin madre a edad muy temprana y su padre había estado demasiado destrozado como para ocuparse de ella y sus hermanos. Siendo niña, había comprendido que lo mejor que había podido hacer había sido tragarse su dolor, sabiendo que el resto de su familia tenía bastante carga ya. Había sido más fácil para ella bloquear sus emociones y concentrarse en su sueño de convertirse en jockey. Pero, a veces, el hondo dolor de su duelo contenido la atenazaba el pecho. Y, a veces, cuando veía a su hermana Delfina con su marido y comprendía el bello vínculo que había entre ellos, sentía envidia de su relación. Sin embargo, no podía imaginarse a sí misma amando tanto a alguien. Su miedo a la pérdida era demasiado grande. Hasta ese momento, había rehuido el sexo porque el precio de intimar con alguien le parecía demasiado alto. Aun así, cuando pensaba en Pedro Alfonso, lo que menos le importaba era el precio a pagar.


Pedro estaba cansado y frustrado. Se había pasado los últimos tres días trabajando intensamente en una de sus más brillantes promesas, un caballo llamado Sur La Mer. Iba a correr dentro de unas semanas en Francia, pero ninguno de sus jockeys parecía capaz de hacer que el animal rindiera todo lo que podía. Además, se sentía frustrado en otra área mucho más difícil… El sexo. No estaba acostumbrado a experimentar frustración sexual. Cuando deseaba a una mujer, la poseía y la olvidaba. Pero solo un mujer había dominado sus pensamientos mientras había estado en Francia. Paula Chaves. Había asistido a una gala benéfica de la alta sociedad que había estado llena de mujeres hermosas. Ninguna había suscitado su interés. Al contrario, había terminado preguntándose qué aspecto tendría Paula con uno de esos exquisitos vestidos, en vez de con los vaqueros gastados que solía llevar, ajustados a unos muslos largos y firmes. Maldiciendo para sus adentros, se dirigió a su dormitorio, pensando en darse una ducha fría e irse a la cama. Pero, cuando abrió la puerta, notó que algo pasaba. Todos sus instintos se pusieron alerta. 

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 14

Aun así, ella no trataba de manipularlo ni de usar la química que había entre ambos en su ventaja. Era demasiado extraño. Sin duda, debía de obedecer a algún plan oculto, caviló. Parado ante la ventana, posó los ojos en los campos donde sus caballos trotaban y se entrenaban al sol. Su negocio cubría todas las fases de la crianza y el entrenamiento de pura sangres. Siempre le había dado mucha satisfacción pensarlo, aunque sabía que todavía le quedaba lo más difícil por lograr. No se sentiría realmente realizado hasta que no lograra el respeto de sus iguales, que siempre lo observaban bajo sospecha. Era su mayor sueño. No deseaba las cosas que la mayoría de la gente quería, ni una familia, ni seguridad, ni amor. ¿Qué era el amor, de todos modos? Era un concepto extraño para él, tanto como el de confianza. No podía entender la defensa ciega que Paula había hecho de su hermano. A menos que ella quisiera sacar algo de todo eso. No podía concebir que lo hiciera solo por amor y por lealtad. Lo único que existía para él eran sus propios logros, a los que había llegado con el sudor de la frente. Solo quería dejar al mundo un legado más honorable que el que había recibido al nacer. Su nombre perduraría en el mundo de las carreras de caballos. Aun así, en ese mismo instante, tuvo la sospecha de que, incluso si sus iguales lo miraban con respeto, seguiría sintiéndose inferior a ellos. Algo llamó su atención en los establos. En la distancia, vió a Paula desaparecer tras una esquina de los establos, con su cabello pelirrojo ondeando al viento. Al instante, su cuerpo reaccionó, llenándose de deseo. Quizá no era buena idea hacer que se mudara a su casa. Debería enviarla lo más lejos posible, pensó. Ninguna mujer lo había excitado jamás como ella. Pero debía reprimir sus instintos. Pues satisfacer su deseo no aportaría nada a su vida ni a su éxito en la vida. Debía ser fuerte y resistirse a la tentación.


–Esta es la última tarea del día, cariño, ve arriba y haz la suite privada del jefe. Volverá de París esta noche y no he tenido tiempo de ir a limpiar, estoy demasiado ocupada con los preparativos de la fiesta de este fin de semana.


Paula tomó la cesta llena de productos de limpieza que la señora Owens le tendía. Solo de escuchar que él estaba a punto de volver le subió la temperatura. Furiosa consigo misma por reaccionar de esa manera, trató de concentrar sus pensamientos en que su jornada estaba a punto de terminar. Era agotador limpiar la casa todo el día, todos los días. Además, habían estado ocupadas con los preparativos de la gran fiesta que se celebraría en la casa el fin de semana, para inaugurar la nueva temporada de las carreras más prestigiosas del año en Irlanda.


–He dejado ropa de cama limpia en su habitación. Tienes que cambiar las sábanas. Cuando hayas terminado, puedes tomarte el resto de la tarde libre –informó el ama de llaves.

 

Paula subió hacia la segunda planta de la opulenta casa de campo. En esa planta estaban todos los dormitorios. La primera estaba ocupada con el despacho de Pedro y un gimnasio. También tenía una enorme sala de cine privado y otra de reuniones. La planta baja albergaba un gran salón de baile con grandes puertas de cristal que daban a unos jardines exquisitamente cuidados. Además, estaban allí dos comedores y una sala de recepción. En el sótano, había una gran cocina, junto a los cuartos de los empleados. Al llegar a la segunda planta, caminó hasta el final del pasillo, por delante de las habitaciones de invitados. Un ala completa estaba dedicada a la suite principal. Conteniendo el aliento, abrió la puerta. El aroma de Alfonso la inundó de inmediato, metiéndosele debajo de la piel. Maldiciendo para sus adentros por su reacción, entró hasta la sala principal y dejó allí la cesta de limpieza. Abrió las ventanas de par en par para que entrara aire fresco. Y para no sentirse tan hipnotizada por su sensual aroma. No pudo evitar mirar a su alrededor. El salón era grande y espacioso, con muebles en tonos grises y excelentes cuadros de pintura abstracta en las paredes. También había muchos libros, de todo tipo, sobre todo, novelas clásicas y sobre fotografía. Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar por qué estaba allí y no sumergirse en la lectura de uno de esos libros, tumbada en uno de los sofás. Se dió cuenta de que estaba más cansada de lo que había pensado. Tantos días de duro trabajo y noches sin dormir apenas le estaban cobrando peaje. Respirando hondo, tomó el plumero y se puso a limpiar. Después, con reticencia, se dirigió al dormitorio. Lo primero que captó su atención al abrir la puerta fue la gigantesca cama que dominaba el espacio. Tenía un cabecero gris oscuro, del mismo color que los ojos de Pedro, pensó. 

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 13

Por otra parte, eso no le daría a Gonzalo la oportunidad de probar su inocencia, los rumores se extenderían y eso lo apartaría del mundo de los caballos, que tanto amaba. Por no mencionar la decepción que se llevarían su padre y su hermana…


–Eres la única garantía de protección que Gonzalo tiene por el momento. Si te vas, no tendré piedad con él. Ni ninguna duda de su culpabilidad –señaló él, como si le hubiera leído el pensamiento. 


A Paula le dió un brinco el corazón. Así que había una oportunidad de que Alfonso creyera en su inocencia, si ella podía convencer a Gonzalo de que volviera y se explicara.


–Bien. Trabajaré en la casa.


Él esbozó una sonrisa de medio lado.


–Me hace gracia que lo digas como si pudieras elegir.


Paula se esforzó para no demostrarle lo mucho que le afectaba su desprecio.


–¿Algo más? –preguntó ella.


Él frunció el ceño antes de responder, como si le disgustara que no hubiera presentado más batalla.


–Sí. La señora Owens te mandará buscar y te enseñará lo que tienes que hacer. Te mudarás a uno de los cuartos de los empleados, aquí en la casa.


Dicho y hecho. Paula había sido apartada de la paz y el aire fresco de la granja y los establos. Tenía el corazón encogido por tener que separarse de los caballos y, al mismo tiempo, sentía una extraña emoción al pensar que compartiría techo con Alfonso. Aunque ella quería ver a ese hombre lo menos posible, se aseguró a sí misma. De todas maneras, lo más probable era que estuviera castigada a limpiar baños y pasar la aspiradora por el pasillo. Con toda la dignidad de que fue capaz, salió del despacho y se dirigió a su cuarto para recoger sus cosas. De camino, no pudo evitar pasar por los prados, donde los sementales comían la hierba fresca en libertad. Uno de los caballos se acercó a ella y apoyó la cabeza en su hombro. Ella le ofreció la zanahoria que siempre llevaba encima y le acarició la nariz. Verse apartada de la libertad de estar al aire libre con los animales era mayor castigo que tener que limpiar establos. Sin embargo, no creía que Alfonso lo hubiera hecho a propósito. No podía dejar de pensar en cómo él la había tomado de la mano y había clavado los ojos en su piel enrojecida. Se guardó las manos en los bolsillos, avergonzada al recordarlo, y continuó su camino. Era ridículo pensar que Alfonso le había hecho mudarse a la casa porque le preocupara el estado de sus manos. Ese hombre nunca se preocuparía por ella. Además, las labores domésticas tampoco iban a ser coser y cantar. Lo único que podía hacer era seguir adelante e intentar hacer las cosas lo mejor posible, se dijo a sí misma.


Pedro tardó un buen rato en recuperar la temperatura normal de su cuerpo después de que Paula se hubiera ido de su despacho. Había tenido que controlar su impulso de acercarse a ella, sujetarla de esa provocativa barbilla y besarla con pasión. Era una sensación extraña. E irritante. Sobre todo, cuando ella no había llevado nada especialmente sexy. Se había presentado ante su vista con unos vaqueros, una camiseta vieja y botas, el pelo recogido en una cola de caballo medio deshecha y nada de maquillaje. Aun así, había algo en ella que lo incendiaba. Eso y su desafiante expresión, la mirada de sus ojos. Cuando la tenía cerca, experimentaba la misma sensación que cuando estaba con un caballo que no hubiera sido domado aún. Tenía el deseo de domarlo, de hacer que se sometiera a su voluntad. Nunca antes había sentido tanto interés por una mujer. Las féminas nunca lo habían interesado demasiado y los primeros instantes de atracción se habían desvanecido, por lo general, muy rápido. Era el primero en admitir que su experiencia con el sexo opuesto no era demasiado satisfactoria. Su madre le había dedicado solo unos breves años de amor maternal, antes de haber sucumbido a la adicción a las drogas. Las chicas en su entorno habían sido tan duras como él, rotas por las circunstancias y las dificultades. Y, si les había quedado algo de cerebro, habían huido lejos, igual que había hecho él. A veces, las mujeres que frecuentaban las altas esferas sociales le recordaban a las chicas que había conocido en su juventud. Eran también duras, pero ocultaban su dureza bajo un caro disfraz de lujo y esplendor. Sin embargo, Paula no era nada de eso. Y estaba fuera de su alcance, por muchas razones, entre ellas, su supuesta complicidad con el robo. Aunque sabía que ella se sentía atraída por él. Lo adivinaba por sus ojos brillantes y sus mejillas sonrojadas, el ligero temblor de su cuerpo cuando estaba en su presencia. Lo más probable era que, también, Nessa supiera que a él le gustaba, a pesar de que la primera noche le había dicho que no había sido su tipo. No era cierto. 

jueves, 28 de noviembre de 2024

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 12

 -Vas a mudarte a la casa.


Paula miró a Alfonso, que estaba de pie detrás de su escritorio. La habían llamado a su presencia hacía unos minutos. Ella había intentado no dejarse intimidar por el exquisito lujo que impregnaba la casa. Esa era la zona del despacho privado de Alfonso. Había estanterías llenas de libros, cuadros de arte moderno en las paredes. Y una enorme ventana desde donde podían verse los campos de entrenamiento.


–¿Cómo dices?


–He dicho que vas a mudarte a la casa –repitió él, deteniéndose en cada palabra con su sensual acento.


Paula titubeó.


–¿Por qué?


–El ama de llaves se ha quedado sin una de sus ayudantes y he decidido que tú ocuparías la vacante.


–Ayudante de ama de llaves –dijo ella, digiriendo las palabras–. ¿Quieres decir limpiadora?


Alfonso sonrió y asintió.


–Es porque fui a ver tus caballos de carreras, ¿Verdad? –preguntó ella, sintiéndose humillada.


–No soy tan quisquilloso.


Solo de pensar en verse encerrada dentro de una casa limpiando suelos, Paula sintió claustrofobia.


–Me acusaste de intento de sabotaje.


Alfonso apretó la mandíbula. 


–Por el momento, no tengo idea de qué eres capaz. Tú misma te has puesto en esta situación para convencerme de la inocencia de tu hermano. La señora Owens, el ama de llaves, necesita a alguien y…


–Y yo soy un peón bajo arresto que puedes colocar donde mejor te convenga –lo interrumpió ella, furiosa y frustrada.


–Eres tú quien se ha puesto en esta situación, Paula. Eres libre de irte por esa puerta cuando quieras. Pero, si lo haces, ya sabes que avisaré a la policía local.


Paula levantó la barbilla.


–¿Y por qué no lo haces de una vez? ¡Vamos, llama a la policía!


Alfonso no se dejó impresionar por su estallido de rabia.


–Porque no creo que sea de ayuda para ninguno de los dos involucrar a las fuerzas de orden público. ¿De verdad quieres que todo el mundo sepa lo que ha hecho tu hermano?


Paula se quedó helada al pensar en la expresión de dolor que su padre parecía tener permanentemente marcada en el rostro. Pensó en la preocupación de su hermana Delfina, cuando solo faltaban unas semanas para que naciera su bebé. Entonces, miró al hombre que tenía delante y lo odió. Estaba en sus manos. Y no podía echarse atrás.


–No, no quiero que nadie sepa lo que ha pasado. Si me quedo y hago lo que me pides, ¿Puedes prometer que no dirás a nadie lo que ha hecho Gonzalo?


Alfonso inclinó la cabeza.


-Como te he dicho, por ahora es mejor para ambos no dejar que esto se sepa.


Paula se preguntó cómo podía afectarle a él que el asunto se hiciera público. Aunque, enseguida, caviló que no sería bueno para su negocio que se supiera que había perdido el pago que debía por un caballo. Durante un instante, pensó en chantajearle con filtrar la noticia a cambio de asegurarse que no denunciaría a Gonzalo. Sin embargo, decidió que no serviría de nada. Alfonso no era la clase de hombre que se dejaba manipular.


Prisionera De Tu Amor: Capítulo 11

 –Echa de menos a su madre.


Alfonso clavó los ojos en ella.


–¿Cómo lo sabes?


Ella se sonrojó, evitando su mirada. ¿Cómo podía explicarle la afinidad que sentía hacia los caballos?


–Solo me lo imagino –repuso Paula, encogiéndose hombros.


–Luca Corretti nos dijo a tu hermano y a mí que igual teníamos problemas para acomodar al caballo porque acababan de separarlo de su madre. Por eso lo sabes.


Ella percibió la condena y la desconfianza en sus ojos. Pero no podía decir nada para demostrar que no había sido más que una intuición. Se encogió de hombros.


–Si tú lo dices…


Sin darse cuenta, Paula había posado la mano de nuevo en el caballo y le estaba acariciando la cabeza. Cuando Alfonso se la agarró, ella dió un respingo, sobresaltada por la electricidad que la recorría cada vez que ese hombre se acercaba demasiado. Intentó zafarse de su contacto, pero él la sujetaba con firmeza. Envolviéndola de calidez.


–¿Qué es esto? –preguntó él, sujetándole la mano con la palma hacia arriba.


Paula bajó la vista hacia sus manos enrojecidas y llenas de ampollas después de un par de días de duro trabajo. Humillada al pensar que él lo tomaría como una prueba de que no estaba acostumbrada a trabajar, apartó la mano de golpe.


–No es nada –negó ella y dió un paso atrás hacia la salida–. Ahora tengo que irme. Mi media hora de descanso ha terminado –añadió y se marchó, haciendo un esfuerzo para no salir corriendo. 


No podía dejar de pensar en la mirada de desaprobación de Alfonso cuando había visto su mano. Le hacía sentir avergonzada y tremendamente sensible, lo que no tenía explicación. Paula no recordaba la última vez que alguien le había prestado tanta atención. Su hermana había hecho todo lo que había podido para cuidarla, pero no había sido una madre para ella. Y su padre había estado demasiado ocupado ahogando sus penas en alcohol. Así que sus hermanos y ella habían tenido que cuidarse solos. Quizá, por eso, el contacto de otra persona era algo a lo que no estaba acostumbrada. Para colmo, había sido Alfonso quien la había tocado, algo más inconcebible todavía. Ella no tenía ninguna conexión emocional con ese hombre… Era una idea ridícula. Pedro se quedó mirando cómo Paula salía de los establos y doblaba la esquina. La gracia atlética en sus movimientos le hizo intuir que sería una excelente jockey. Todavía estaba asombrado de la facilidad con que había calmado a Pegaso, uno de los caballos más indomables que había comprado jamás. Aunque, también, era uno de los mejores, si su intuición no le engañaba. El caballo empujó el hombro de Luc con la cabeza, buscando más caricias. ¿De veras creía que Paula era capaz de envenenar al animal? Levantó en su mano la zanahoria y se la tendió a Pegaso. En el fondo de su alma, sabía la verdad. No, ella no envenenaría a nadie. Ella se había mostrado demasiado sorprendida cuando la había acusado. Sin embargo, hasta que no apareciera su hermano con el dinero, no podía confiar en Paula Chaves. Lo más probable era que ambos fueran cómplices. Debía mantenerla bajo estrecha vigilancia. Y eso haría.

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 10

Pero, por mucho que le gustara provocar a la flor y nata con su actitud arrogante, ansiaba tener su respeto. Quería que lo aceptaran por lo que había conseguido armado solo con su talento innato y mucho trabajo duro. Lo último que necesitaba era que se esparcieran más rumores, sobre todo, el de que Pedro Alfonso no sabía controlar a sus propios empleados. No quería que la gente dijera que había sido tan estúpido como para dejar que le quitaran un millón de euros delante de sus narices. Furioso consigo mismo, recordó cómo el entusiasmo contagioso de Gonzalo y su aparente ingenuidad le habían resultado atractivos. Debería haber sabido que no era más que un vulgar ladrón. De pronto, volvió a escuchar el sonido de una risa y se puso tenso. La adrenalina se mezclaba en sus venas con algo más ambiguo y caliente. Paula Chaves tenía que pagar por su hermano y eso era todo, se dijo a sí mismo. Cuanto antes le recordara a ella cuál era su lugar y lo que había en juego, mucho mejor.


–¿Con quién estabas hablando?


Paula se puso tensa al escuchar aquella profunda voz a sus espaldas. Se giró despacio, preparada para toparse con Alfonso por primera vez, desde la noche que la había sorprendido en su propiedad. Parpadeó. El cielo estaba azul y el aire era suave pero, como solo pasaba en Irlanda, una fina niebla envolvía el ambiente y hacía que los hombros y el pelo de Alfonso estuvieran sembrados de diminutas gotas. Le daban el aspecto de estar… Brillando. Tenía las manos en las caderas. Llevaba unos vaqueros gastados ajustados, que marcaban sus fuertes y largas piernas. Sus bíceps era impresionantes, igual que la musculatura que se adivinaba bajo su polo de manga larga y color oscuro. Era imposible tener un aspecto más viril, pensó Paula, sintiendo que su cuerpo subía de temperatura de forma inevitable.


–¿Y bien?


Avergonzada, ella se dió cuenta de que se había quedado mirándolo embobada. Tragó saliva.


–Solo estaba hablando con uno de los mozos.


–Eres consciente de que no estás aquí para hacer amigos, ¿Verdad? El establo tiene que estar limpio antes de la hora de comer. Y no se te ocurra distraer a mis empleados –le espetó él, furioso.


Entonces, se marchó, dejándola perpleja, no solo por la brusca reprimenda, sino por cómo se le iban los ojos detrás de su figura, sus anchas espaldas, sus glúteos masculinos y bien moldeados. Furiosa consigo misma por su estúpido interés en él, tomó la escoba y siguió con su tarea. Al día siguiente, cuando estaba haciendo su visita acostumbrada a los establos, a Pedro le extraño no verla por ninguna parte. Casi cuando iba a marcharse, en la última de las cuadras de la hípica, le pareció oír una voz de mujer.


–Eres muy guapo, lo sabes, ¿Verdad? Claro que sí. Anda, toma, precioso.


El joven caballo meneó la cabeza, feliz, y tomó la zanahoria que Nessa le ofrecía. Ella sabía que no le estaba permitido rondar la zona de la hípica donde residían los más caros pura sangre, pero no había podido resistirse a la tentación.


–Te está prohibido el acceso a esta zona.


El instante de paz del que Paula había estado disfrutando se desvaneció al momento. Cuando se giró, vió que Pedro estaba mirándola desde la puerta con los brazos cruzados y el ceño fruncido.


–¿Qué le estás dando a Pegaso? –inquirió él, acercándose con dos grandes zancadas.


–Es solo una zanahoria –repuso ella, apartando la mano con el vegetal.


–Nadie puede dar de comer a mis caballos, si no es bajo supervisión.


–¡Es solo una zanahoria! –repitió ella.


–Una zanahoria puede contener veneno o esteroides.


–¿Crees que soy capaz de hacerle daño a un caballo? –preguntó ella, quedándose helada.


–Que yo sepa, podrías ser cómplice de un robo. Y ahora te encuentro con el caballo que compré a Luca Corretti. Es sospechoso, ¿No te parece?


El caballo relinchó y Pedro le acarició la cabeza con suavidad, susurrándole suaves palabras en francés. Sin poder evitarlo, ella se imaginó cómo sería estar en el lugar del animal, sentir su mano recorriéndole el cuerpo, sus dulces palabras en el oído… Al momento, apartó la vista, mortificada, temiendo que él pudiera adivinar sus pensamientos.


–Está agitado desde que llegó. Todavía no se ha adaptado bien –comentó él.

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 9

Por las ventanillas de cristal tintado, vió cómo Alfonso se alejaba hacia el edificio principal. El coche se puso en marcha, pero ella siguió en silencio, sin ni siquiera decirle a Armand la dirección de su casa. Caviló que, si lograba convencer a Paddy de que volviera a probar su inocencia sin implicar a nadie más de la familia, entonces, su breve cautiverio en manos de Alfonso merecería la pena. Sin duda, la situación debía de tener un lado positivo. Si Barbier comprobaba lo lejos que ella estaba dispuesta a llegar para probar la inocencia de su hermano, le daría a Gonzalo la posibilidad, al menos, de explicarse, pensó. Sin embargo, ¿por qué eso le resultaba menos atractivo que el hecho de volver a ver de nuevo a Alfonso? Nessa se reprendió a sí misma, mirando su reflejo en la ventanilla del coche. Ella no era su tipo, se recordó con humillación. Cuando Paula regresó un poco después, todo estaba oscuro y en silencio. Antonio la dejó con un hombre de mediana edad que tenía aspecto de acabarse de levantar y cara de pocos amigos. Se presentó como André Blanc, capataz de los establos, mano derecha de Alfonso y antiguo jefe de Gonzalo. No dijo nada más al principio. La llevó a una espartana habitación sobre los establos. Obviamente, allí era donde dormían los empleados. Pero, al menos, estaba limpia y era cómoda. Después de informarle de las reglas básicas y de los horarios, le comunicó que estaría encargada de limpiar las cuadras y el patio. Tenía que levantarse a las cinco de la mañana. Antes de irse, se detuvo un momento desde la puerta.


–Para que lo sepas, yo le habría dado a Gonzalo el beneficio de la duda, basándome en lo que sabía de él. Podíamos haber llegado al fondo de este desagradable incidente. Pero salió huyendo y ahora solo puedo esperar por su bien y el tuyo que regrese o que devuelva el dinero. Pronto.


Paula fue incapaz de responder. André apretó los labios.


–Pedro… El señor Alfonso… No es muy amable con quienes lo traicionan. Proviene de un mundo donde las leyes no existen y no soporta a los idiotas, señorita Chaves. Si su hermano es culpable, no tendrá compasión con él. Ni con usted.


Paula tragó saliva. 


-¿Conoces al señor Alfonso hace mucho? –fue lo único que ella pudo decir.


André asintió.


–Desde que empezó a trabajar con Simón Fouret, la primera vez que entró en contacto con un caballo.


Simón Fouret era uno de los entrenadores de caballos más respetados del mundo, con cientos de carreras ganadas en su haber.


–Pedro no creció en un mundo fácil, señorita Chaves. Pero es un hombre justo. Por desgracia, su hermano no le ha dado la oportunidad de probarlo.


Paula se quedó dándole vueltas a sus palabras durante un buen rato, después de que el hombre se hubiera ido. Al fin, se quedó dormida y soñó con ir a caballo, tratando de escapar de un terrible peligro que la perseguía. 


¿De qué diablos se reía?, se preguntó Pedro, irritado por el dulce y femenino sonido que salía de los establos, que solían ser un lugar donde todo el mundo hablaba en voz baja, por deferencia a los carísimos animales que allí vivían. Solo podía provenir de una persona, Paula Chaves. Su hermano le había robado y, encima, ella se reía. No pudo evitar pensar que había sido un tonto. Sin duda, estaba conchabada con su hermano y estaba contenta de haber conseguido infiltrarse entre su gente. No le gustaba la idea de haber metido un caballo de Troya en su propiedad. Maldiciendo, soltó la pluma y se levantó de su escritorio. Se asomó a la ventana que daba a los establos. No podía verla desde allí y eso lo irritaba todavía más. Aunque había intentado evitarla desde su llegada. No había querido que ella pensara que su larga charla de la noche anterior se repetiría. No podía permitirse el lujo de ninguna distracción. Acababa de convencer a Luca Corretti de que el retraso en el pago se debía solo a un error bancario. Su reputación en el mundo de las carreras había estado bajo sospecha desde que había entrado en escena con un pura sangre de tres años que había llegado en el primer puesto en cuatro carreras de primer orden consecutivas. El éxito no implicaba que se hubiera ganado a sus colegas. Él era un extraño en ese mundo. No tenía antepasados de sangre azul, ni millonarios. Solo había tenido la temeridad de invertir sus ganancias y hacerse rico en el proceso. Todo el mundo creía que sus caballos estaban mejor educados que él. Y no se equivocaban. Los rumores sobre su procedencia no hacían más que añadir un toque de color al aura de misterio que lo rodeaba.