martes, 5 de diciembre de 2023

Rivales: Capítulo 51

Paula retrocedió y observó la combinación de aguacate, tomates, alubias negras y boniato salteado. Por sabor, le daba una A. Como estilista, no estaba tan contenta. Los cuencos blancos que había elegido eran adecuados, pero al conjunto le faltaba un toque de verde. Miró de soslayo el plato de Pedro. Aunque también había usado aguacate, en lugar de dejarse llevar por influencia mexicana, se había inspirado en la italiana. Un asistente recogió los platos en un carrito y ella observó que uno de los participantes no había logrado terminar a tiempo. Eso no significaba una descalificación inmediata, pero ponía al participante en una posición difícil. Los chefs se retiraron a la antesala. La mayoría se sentó, dando resoplidos de cansancio. Apoyó la espalda en la pared. La cabeza le seguía dando vueltas por la tensión de la competición y por la pelea con Pedro. «Déjalo estar», se repetía continuamente, sin éxito. Le dolía demasiado el corazón. Por primera vez había bajado las defensas, creyendo que…


—Ha sido peor de lo que imaginaba —comentó uno de los chefs. Sacándola de su ensimismamiento.


—¡Veinte minutos! —exclamó otro—. ¡Me han parecido dos!


—Dímelo a mí —comentó el que no había terminado su plato. Y se lamentó—: Supongo que seré expulsado.


—No es el fin hasta que llega el final —dijo Pedro. 


Paula lo miró y vió que la estaba mirando… Sin animadversión. Sin que fuera cálida, al menos su expresión se había suavizado. Pedro se había quitado el guante; llevaba un vendaje y se sujetaba la mano herida con la otra. Ella se aproximó a él.


—¿Qué tal está el corte?


—Bien.


—Deberías pedir que lo viera el médico.


Pedro sacudió la cabeza y contestó:


—He sobrevivido a cosas mucho peores.



Mezclar a alta velocidad


Tardaron varias horas en saber que el concursante eliminado era el que no había terminado el plato en los veinte minutos adjudicados. Rafael había recibido una puntuación baja y no disimuló su irritación al ver que Paula había quedado entre los tres primeros, junto a Kevin y Pedro, cuyo plato consiguió la puntuación más alta. Y aunque éste sabía que debía estar feliz, aquella tarde, en su casa, solo podía pensar en Paula. Estaba confuso y enfadado. Pero no estaba seguro de con quién. ¿Con ella? ¿Con Luis? ¿Con el programa? ¿Consigo mismo? Se dejó caer sobre el sofá con una botella de cerveza. El teléfono resonó en el espacio exiguamente amueblado. Al contestar vio que tenía media docena de mensajes.


—¿Sí?


—¡Por fin! —oyó a Carolina al otro lado—. ¿Dónde te habías metido? No contestas al móvil.


—Lo he apagado durante el programa. ¿Pasa algo?


—¿Que si pasa algo? —repitió Carolina, imitándolo—. ¡Pedro! Llevamos todo el día esperando a saber cómo te ha ido. Estoy con Sonia, mamá y papá. Quedaste en llamar.


Pedro dejó la cerveza y se frotó los ojos.


—Es verdad. Lo siento.


—No me tengas en suspenses. ¿Sigues en el concurso o no?


Al fondo, Pedro oyó a su madre decir:


—¡Caro, no lo digas como si no confiáramos en él!


Un segundo más tarde, se oyó su voz con eco, y Pedro dedujo que habían conectado el altavoz.


—Pepe, estamos orgullosos de tí pase lo que pase.


Pedro sonrió a pesar de estar de pésimo humor, y no pudo evitar pensar en lo afortunado que era, comparado con Paula, al tener unos padres como los suyos.


—Sigo en el concurso, mamá. De hecho, he tenido la mejor puntuación.


Un estallido de gritos de entusiasmo recibió sus noticias 


—¿Se lo has dicho a Paula? —preguntó Sonia.


—No ha hecho falta. Estaba allí.


—¿Ha ido a verte? ¿Podemos ir nosotros?


Pedro dió un trago a la cerveza.


—No ha venido a verme, sino a competir. La han readmitido.


No añadió que había dependido de su voto y las duras palabras que se habían dirigido. Al otro lado, oía a sus hermanas hablar al mismo tiempo. Pero su madre desconectó el altavoz y Pedro tuvo la seguridad de que se retiraba para continuar la conversación de forma privada. Jamás había podido ocultarle sus emociones.


—Estás disgustado.


—No, mama. Solo…


—¿Qué ha pasado?


Pedro suspiró.


—Hemos pasado las dos últimas semanas prácticamente juntos y no ha mencionado en ningún momento… —dió otro trago a la cerveza.


—¿Lo sabía y no te lo había dicho?


—No lo sé. Pero la llamé anoche y esta mañana y no contestó.


—¿Se lo has preguntado?


—La verdad es que no. Pero me resulta sospechoso que no me llamara —dijo, y volvió a sentirse justificado en su enfado—. Y cuando ha entrado en el estudio parecía… Sentirse culpable.


Pedro terminó la cerveza.


—¿Pero no le has dejado que se explique?


—Mamá…


—¿Te gusta Paula, Pedro? —al ver que Pedro tardaba en contestar, su madre continuó—: Está bien, te lo diré: Creo que te gusta mucho.


—Acabamos de conocernos. Apenas sé nada de ella —se levantó con un resoplido y fue por otra cerveza—. De hecho, el primer día me mintió al decirme que se llamaba Paula Chaves.


—Ya, pero tú mismo me dijiste por qué lo hizo.


—Está bien. Está bien. Pero puede indicar una tendencia, mamá —insistió Pedro, a la vez que abría la cerveza.


—¿Te has planteado que la tendencia es que tú desconfíes de la gente por lo que te hicieron Candela y Lucas?


—Es posible.


Pedro sabía que su madre tenía razón, pero le costaba franquear la distancia entre lo que pensaba su cabeza y lo que sentía su corazón.


—Pedro, hazte un favor y dale el beneficio de la duda hasta que puedan sentarse a hablar.


Pedro accedió antes de colgar, pero se fue a la cama sin llamar a Paula.

Rivales: Capítulo 50

¡Veinte minutos! Varios concursantes soltaron una exclamación ahogada. Paula cruzó los dedos para que al menos no tuvieran que preparar un plato principal.


—La segunda…


Paula respiró aliviada: Aperitivo. Veinte minutos era suficiente tiempo. También para Pedro. Miró en su dirección y vió que la miraba con desconfianza. Que aquellos ojos que hacía apenas veinticuatro horas la miraban llenos de deseo y con un germen de futuro la observaran con tanta dureza fue como recibir una puñalada. La voz de Diego la devolvió al presente.


—Y el juez famoso de hoy es Romina Falconi, la chef ejecutiva de Mateo’s, en la Jolla, California. Es autora de tres libros de cocina de Nuevo México.


Paula repitió «Nuevo México» para sí. Lo inteligente sería permanecer alejada de ese estilo de cocina, pero jugar a lo seguro en aquel concurso representaba un peligro en sí mismo.


—¿No se te da bien? —preguntó Pedro, retador.


En lugar de disimular, Paula sacudió la cabeza. Un grave error. No convenía mostrarse débil frente al enemigo.


—¡Qué mala suerte! —añadió Pedro.


—Que yo sepa, tampoco es tu estilo de cocina.


—Tú no sabes de lo que soy capaz.


Paula tapó el micrófono que llevaba en la camisa y dijo:


—En eso estoy de acuerdo. Creía que sí lo sabía, pero… Hoy has demostrado que estaba equivocada.


—No se te ocurra… —Pedro también cubrió el micro, pero calló al acercársele un micrófono desde una grúa.


—Chefs —dijo Diego—. El tiempo empieza en tres… Dos… Uno…


Un timbre resonó en el estudio y los doce chefs salieron disparados hacia el frigorífico y la despensa. Al pasar al lado de Paula, Rafael la empujó y ella se golpeó contra una mesa. Pedro se detuvo una fracción de segundo y dijo:


—¿Estás bien?


Para contrarrestar la inmediata ternura que Paula sintió al verlo preocupado, y temiendo que mostrarse vulnerable, replicó con aspereza:


—No te preocupes por mí.


—Es verdad. Sabes cuidar de tí misma.


Aunque apenas se retrasaron unos segundos, para cuando llegaron a la despensa habían desaparecido las hierbas aromáticas y muchas verduras. Rafael volvía ya a su puesto, cargado de distintos tipos de lechuga e ingredientes para una vinagreta. Paula vió un cuenco con aguacates al fondo de un estante, pero Pedro lo tomó antes de que ella lo alcanzara.


—¡Oye! —protestó—. ¿Vas a usarlos todos?


—No —Pedro miró el cuenco en que había unos seis—. Solo un par.


—¿No vas a compartirlos?


—Paula, esto es una competición —aclaró Pedro, innecesariamente.


—¿Y todo vale en el amor y en la guerra?


Paula se arrepintió al instante de haber dicho eso. Esbozando una sonrisa, pero con mirada de hielo, Pedro contestó:


—Eso debería preguntarte yo a tí.


—Sigue acumulando ingredientes —dijo ella, alzando la barbilla—. Está claro que temes que hagamos algo parecido y que mi plato sepa mejor.


Pedro rió con desdén.


—¿Guerra psicológica? —Paula se limitó a arquear una ceja. Pedro eligió los dos aguacates más maduros y se los pasó—: Aquí tienes. Sorpréndeme.


Y tras aquellas palabras, se fue a su puesto. Paula tomó unas especias, tomates, una lata de alubias negras y un par de boniatos. Decidió hacer una especie de guiso. Para cuando llegó a su puesto habían pasado casi tres minutos. Pedro ya había pelado y deshuesado los aguacates y cortaba albahaca en tiras finas. Se movía con fluidez y manejaba el cuchillo con maestría.


—¿Miras para aprender? —preguntó él, sin volverse.


—No, solo quería asegurarme de que no te cortabas. La sangre no queda bien en el plato.


—No me corto desde que acabé la escuela.


—Pues puede que ya te toque.


Paula solo estaba bromeando, así que cuando unos minutos más tarde le oyó maldecir y al mirar vió que se sujetaba la mano con un trapo manchado de rojo, se sintió mortificada.


—¡Dios mío! ¿Te has…?


—Estoy bien.


Pedro se puso una tirita y un dedo de látex. Desde un altavoz llegó la voz del presentador:


—Quedan quince minutos.


Durante el resto del tiempo, trabajaron en silencio y concentrados, hasta que sonó el timbre que marcaba el final del tiempo.

Rivales: Capítulo 49

Sellar


Pedro estaba escuchando a Diego St. John, que explicaba tanto a la audiencia como a los concursantes las reglas del concurso. Hacía calor bajo los focos. Todos tenían gesto serio, Paula incluida. Su irritación con ella se había disipado lo bastante como para reconocer que acusarla de acostarse con los demás había sido un golpe bajo. Pero desde su divorcio, tendía a ser desconfiado, y ella era la primera mujer a la que se había sentido unido y hasta que no se aclarara todo, por ejemplo por qué no había contestado a sus llamadas, no se relajaría. El estudio estaba plagado de gente. Las cámaras se concentraban en los concursantes a medida que Diego los presentaba y leía sus biografías. Cuando llegó a Paula, tenía que desvelar su conexión con Luis. Pedro no pudo sino admirar la astucia de la cadena al haberse cubierto las espaldas haciendo que la decisión recayera sobre los propios concursantes, al tiempo que se aseguraba, de paso, un aumento de la audiencia. Tras leer el currículo de Paula, Diego dijo:


—Paula Dunham es la hija de Luis Chesterfield. Puede que algunos piensen que eso es una ventaja —la cámara se cerró a un primer plano—, pero se equivocan. Su padre no quiere que trabaje en su cocina. De hecho, esa es la razón de que convocara este concurso. Aquí tenemos las declaraciones que hizo cuando descubrió que su hija, que había usado un alias, estaba entre los participantes.


Éstos podían oír el audio aunque no vieran las imágenes. Mientras, una docena de cámaras enfocaron a Paula.


—Paula me ha desilusionado. Le dí la mejor educación pero la tiró por la ventana —se oyó decir a su padre.


—Tengo entendido que como estilista es muy respetada — comentó Diego.


—Es posible, pero no está al mismo nivel como cocinera.


—¿Es esa la única razón por la que no quiere contratarla?


—¿Se refiere al hecho de que se casara con David Dunham? — preguntó Luis, irritado.


—Supongo que fue como recibir una bofetada —dijo Diego, imperturbable—. Su conflicto con Dunham es conocido.


Hubo un silencio prolongado durante el que Pedro habría jurado que oía respirar a Paula.


—Que decidiera casarse con… Ese supuesto crítico gastronómico, solo demuestra que es impulsiva e inmadura. Características que no convienen en un chef.


—En su defensa hay que decir que eso fue hace seis años y que la relación no duró —dijo St. John—. Sin embargo, tengo entendido que no se habla con ella.


—No tengo nada que decirle.


—¿Y si gana?


—Eso no va a pasar —Pedro se volvió y vio que Lara hacia una mueca de dolor—. No tiene lo que hay que tener para ser una gran cocinera.


Para cuando la entrevista terminó, Paula estaba tan pálida como su bata. Diego había llegado junto a ella.


—Esas son palabras muy severas por parte de su padre, chef Dunham —dijo el presentador.


—Tiene derecho a tener su propia opinión —dijo ella, estoicamente.


Pero esa no era la actitud que los productores querían de ella.


—Aun así, debe ser doloroso oírle decir que no es lo bastante buena como para ganar.


—En eso se equivoca —dijo Paula tras una pausa.


—Pongámonos a trabajar —dijo Rafael desde el otro lado del estudio. Por una vez, incluso Pedro estuvo de acuerdo con él.


Mientras que la cadena quería sacar provecho al drama, los concursantes solo querían cocinar. También Paula. Sus nervios en ese momento eran palpables y Pedro tuvo la tentación de tranquilizarla. Pero no lo hizo. No pudo.


—Chefs —dijo St. John, señalando con un gesto dramático la mesa que tenía ante sí—. Estas son las tarjetas que les han tocado.


El concurso comenzaba. Paula miró a Pedro. Estaba plantado con los pies separados, con los ojos entornados y la mandíbula apretada. Parecía más preparado para un combate que para cocinar. Ella se sentía igual. Pero en su caso tenía dos objetivos: uno, permanecer en el concurso. El otro, más personal, conseguir mejor puntuación que Pedro. Estaba furiosa y herida. Y concentró toda su ira en las tres tarjetas que había sobre la mesa.


—La primera tarjeta dirá el tiempo del que disponen —dijo Diego. Le dió la vuelta con un amplio ademán—. Veinte minutos.

jueves, 30 de noviembre de 2023

Rivales: Capítulo 48

 —Para eso, podían cancelar el concurso —dijo Ángela.


—Eso, que papi le dé las llaves de la cocina y nos evitamos la humillación —bufó Rafael.


Por lo que Pedro había presenciado el día anterior, dudaba de que ese fuera el caso. Aun así, había algo que no encajaba y no conseguía saber qué.


—Les aseguró que Paula competiría en las mismas condiciones que los demás. Si ganara…


—Cuando gane, quieres decir —soltó Ángela.


—Si ganara —repitió Gustavo con firmeza—, será porque lo decidan los jueces. Y su padre no es uno de ellos.


—Como si eso importara —masculló alguien.


—Has dicho que lo decidiremos nosotros —intervino Pedro con voz pausada para que Gustavo continuara con la explicación.


Paula lo miró, y aunque él no supo interpretar su gesto, volvió a tener la impresión de que se sentía culpable.


 —Así es —dijo Gustavo—. La cadena ha decidido que ustedes once voten.


Pedro miró a su alrededor. Por los comentarios que había oído, tenía clara la posición de Rafael, Ángela y de otro par de concursantes. En cuanto a los demás, no tenía ninguna certeza.


—La cadena comprende que les preocupe la imparcialidad del concurso. Por eso, si votan para que Paula se quede nos aseguraremos de que no haya la menor duda respecto a posibles favoritismos.


—¿Cómo? —preguntó Ángela.


—El jurado juzgará los platos a ciegas. No sabrán quién los ha preparado.


—Vale —masculló Rafael—. Votemos.


—Antes, Paula quería decir unas palabras —dijo Gustavo. Y se echó a un lado para darle espacio.


Ella carraspeó y se frotó las manos con nerviosismo.


—Primero, quería disculparme por haber entrado en el concurso con un alias, y aseguraros que, si me dejan volver, no habrá ningún favoritismo.


Como respuesta, se oyeron algunos resoplidos escépticos. Pero Paula solo miraba a Pedro. Éste identificó en sus ojos tanto un deseo de disculparse como una determinación de acero cuando añadió: 


—Les pido una oportunidad para competir con ustedes, pero comprenderé su decisión.


—Yo voto que no —dijo Rafael.


—Quizá debería ser un voto secreto —dijo Gustavo.


—No hace falta —dijo Rafael—. ¿Quién está conmigo?


Ángela y otras dos de las mujeres participantes alzaron la mano. Otro hombre dió un paso adelante y, mirando a Paula con gesto contrito, dijo: 


—Lo siento, pero no sería la primera vez que me quedo sin trabajo por una cuestión de nepotismo.


Pedro pensó que, dada la relación con su padre, Paula estaba, si acaso, en desventaja. Pero ella se limitó a aceptar el comentario con una inclinación de cabeza.


—Eso hace cinco —dijo Gustavo—. ¿Alguien más?


—Yo creo que debería quedarse —dijo Fiorella Gimball—. Se ha ganado el puesto como los demás.


El joven Kevin se mostró de acuerdo. Otros tres chefs lo apoyaron. Había cinco a su favor. La decisión dependía de Pedro. Se hizo un profundo silencio en el que pudo percibir la animosidad que Rafael destilaba.


—Como si no supiéramos lo que vas a votar —dijo con sorna.


—¿Tienes miedo a competir con ella? —preguntó Pedro.


—¡En absoluto!


—Me alegro —Pedro miró a Paula y dijo—: porque se queda.


Paula sintió un torbellino de emociones en su interior. Las dos semanas anteriores habían sido como una montaña rusa por varias razones. Y los sentimientos que albergaba hacia Pedro eran como las burbujas de una botella de champán a punto de desbordarse. No le tranquilizó ver que le rehuía la mirada, como si, aunque hubiera votado a su favor, no confiara en ella. Tendría que esperar, pero estaba ansiosa por darle una explicación.


Apenas una hora después de que Pedro la dejara en su departamento, Gustavo la había convocado a una reunión en el estudio. Paula había acudido temiendo que fueran a denunciarla, y había salido con la cabeza dándole vueltas. Nadie había querido darle una explicación, ni siquiera cuando preguntó si su padre sabía lo que pensaban hacer. Gustavo se había limitado a insistir en que la decisión final dependía de los participantes. ¡Y gracias a Pedro, volvía a estar en el concurso! No estaba segura de cómo se sentía al respecto sabiendo hasta qué punto era importante para él ganar; y no tenía ni idea de lo que estaba pensando porque desde que había votado a su favor no le había dirigido la palabra. Tampoco podía echárselo en cara, puesto que ella no había contestado sus llamadas. Pero lo cierto era que le habían exigido firmar una cláusula de confidencialidad por la que no podía contarle a nadie que su retorno era una posibilidad, y había preferido no hablar con él a mentirle. Esperó a que Pedro fuera a servirse un café para acercarse a él.


—¿Quieres uno? —preguntó él cuando acabó de servirse el suyo.


—Sí, por favor —Pedro le pasó una taza. Al ver que hacía ademán de irse, Paula añadió—. Y gracias.


—No hay de qué —dijo él con una llamativa aspereza—. Otros cinco han votado a tu favor.


—Pero tu voto ha sido el definitivo. ¿Te arrepientes?


Pedro la miró con los ojos entornados en un gesto de irritación.


—Yo no funciono así, Paula. Creo en la honestidad.


—¿Qué quieres decir?


En lugar de contestar, Pedro dijo:


—Ya tienes la oportunidad que buscabas.


—Eso era todo lo que quería.


—Aprovéchala. Pienso ganarte. No voy a facilitarte las cosas.


—No me cabe la menor duda —replicó Paula, que empezaba a sentirse ofendida.


—Mejor así. Pero quiero preguntarte una cosa. ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Antes de que… Empezáramos a vernos?


Paula retrocedió como si la hubiera abofeteado.


—¿Qué insinúas?


—Nada. Es pura curiosidad —dijo Pedro, encogiéndose de hombros.


Paula lo miró atónita.


—¿Crees que me he acostado contigo para conseguir tu voto? ¿Piensas que me he acostado también con los demás?


—Bastaría con que fueran cinco. Solo necesitabas seis votos — dijo él, impertérrito Paula dejó el café para evitar tirárselo a la cara y optó por el sarcasmo.


—Se ve que Rafael olvidó el trato al que llegamos.


Oyó a Pedro maldecir entre dientes a la vez que se alejaba de él. «Olvídate de él y de las dos semanas que han pasado juntos» se ordenó. Estaba allí para ganar.

Rivales: Capítulo 47

Enfriar a temperatura ambiente


Paula esperó fuera e intentó recobrar el control de sus emociones. Cuando Pedro salió, estaba pálido.


—¿Estás bien? —preguntó ella, apretándole el brazo.


—Eso es lo que debería preguntarte yo a tí —dijo él, abrazándola—. Lo siento, Paula. Confiaba en…


—Poder razonar con él como podrías hacerlo con tu padre —concluyó ella.


—Supongo que sí —contestó Pedro, con el ceño fruncido.


Pero sus familias eran muy distintas y Paula se dijo que quizá debía aceptar que no estaba en sus manos cambiar la actitud de su padre. Picaron algo en un bar cercano, pero ella había perdido el apetito y aprovechó el rato dando pistas a Pedro sobre las preferencias y las peculiaridades de su padre en la cocina. Después de lo que acababa de pasar, temía que hubiera puesto en peligro sus probabilidades de ganar. Volvieron a casa cerca de las seis. Él insistió en acompañarla aunque tenía que concentrarse en prepararse para el día siguiente.


—Mañana es un gran día para tí —dijo ella, en la puerta—. ¿Me llamarás cuando salgas del estudio?


—Por supuesto —dijo él.


—Buena suerte —Paula lo besó delicadamente y se irguió.


Por más tentador que le resultara invitarlo a pasar, abrió la puerta y entró.



Apenas habían dado las ocho, pero Pedro se había levantado al amanecer y estaba en el estudio desde antes de las siete. Aunque trabajaba bien bajo presión, o eso había creído siempre, fue consciente de que las manos le sudaban y tenía el corazón acelerado mientras esperaba con los demás concursantes a que empezara la competición. Tampoco contribuía a que estuviera tranquilo el hecho de que hubiera llamado dos veces a Paula desde la noche anterior y le saltara el contestador. ¿Estaría bien? ¿Habría pasado algo? Mientras reflexionaba, solo prestó atención parcial a los comentarios de los demás chefs. Nadie sabía exactamente qué modificaciones se habían hecho al formato, así que las especulaciones iban en aumento cuanto más esperaban en la antesala a pasar al estudio.


—Yo creo que traman algo —oyó que Ángela le decía a Rafael.


—A ver si empezamos de una vez —refunfuñó este, sin dirigirse a nadie en particular.


Pedro estaba de acuerdo. En la cocina estaba en su medio natural. Esperando, solo se sentía frustrado. Se abrió la puerta. Supuso que se trataría de Gustavo, pero se quedó perplejo al ver entrar a Paula. Iba vestida con comodidad y llevaba el cabello recogido en una práctica coleta. Instintivamente, él dirigió la mirada a los labios que le hacían enloquecer.


—¿Qué hace esa aquí? —preguntó Rafael, alzando la voz por encima del murmullo general.


Las miradas de Pedro y de Paula se cruzaron, y él vió que tenía ojeras. ¿Habría ido a desearle buena suerte? Lo dudaba. Especialmente porque la expresión de su rostro era de… ¿Culpabilidad?


—¿Paula? —consiguió finalmente articular su nombre, pero la tensión en el ambiente hizo que sonara como una interrogación.


Antes de que ella hablara, apareció Gustavo y, colocándose a su lado, dió sus palmadas características.


—¡Atención, por favor! —dijo, como si no estuvieran ya todos pendientes de él—. Varios de ustedes me han preguntado qué había decidido la cadena respecto a la participación de Paula —hizo una pausa de efecto dramático—. Pues bien, la decisión va a recaer sobre ustedes.


—¿Qué significa eso? —preguntó alguien.


—¿No van a traer a uno de los participantes en la fase eliminatoria? —preguntó otro.


Pedro escuchó ausente mientras intentaba asimilar la presencia de Paula.


—Silencio, por favor. Dejen que lo explique —dijo Gustavo—. Primero: No va a incorporarse ningún otro chef. Segundo: Hemos decidido que sean ustedes quienes decidan si Paula se queda o no en el concurso.


En la sala se elevó un murmullo inconexo.


—¿Han retrasado el comienzo dos semanas y esto es lo que han pensado? —preguntó Rafael, indignado.


—¡No es justo! —exclamó otro chef.

Rivales: Capítulo 46

Pedro la llevó al departamento de caballeros y en cinco minutos había elegido una chaqueta y una corbata.


—¿No quieres mirar más? —preguntó Paula.


—No. A eso era a lo que me refería con la diferencia entre hombres y mujeres —dijo Pedro, sonriendo. Y Paula tuvo que admitir que había algo de cierto en ello.


Veinte minutos más tarde entraban en el Chesterfield y una mujer los conducía hasta su mesa, donde los dejó tras entregarles dos menús con tapas de cuero. Paula abrió el suyo a suficiente altura como para ocultarla de la cocina, donde estaba segura que estaría su padre.


—Los platos especiales suenan bien, sobre todo el róbalo a la plancha —comentó Pedro.


—Mi padre es muy aficionado al pescado a la plancha. Recuérdalo durante el concurso.


—Tomo nota —dijo Pedro. Y fijó la mirada en un punto por detrás de Paula.


—¿Mi padre? —preguntó ella antes de que él dijera nada.


Pedro asintió con la cabeza y dijo:


—Y no parece contento.


Lo raro habría sido lo contrario. Paula dejó la carta en la mesa y tras componer una sonrisa forzada se giró para mirarlo de frente. 


—Hola, papá.


—¿Qué haces aquí? —preguntó él en una voz inusualmente baja, mientras una vena le palpitaba en la sien.


—Comer. El róbalo suena delicioso. Justo le decía a Pedro  que la plancha es una especialidad del Chesterfield.


—Aquí no eres bienvenida —dijo él entre dientes.


—Lo sé.


—Entonces, ¿Por qué has venido? —exigió saber. Y alzó lo bastante la voz como para que varios clientes se volvieran.


—Es culpa mía, señor —Pedro se puso en pie—. He pedido a Paula que viniera conmigo.


—Usted… Me resulta familiar.


—Pedro Alfonso—le tendió la mano, que el padre de Paula ignoró ostentosamente—. Soy uno de los participantes en el concurso para ganar un puesto en su cocina.


El comentario recibió un bufido desdeñoso.


—Da muestra de mucha osadía presentándose aquí con ella.


Pedro bajó la mano pero mantuvo su posición. El padre de Paula era más corpulento, pero él lo superaba en altura.


—¿Por qué? —preguntó a bocajarro, aunque suavizó sus palabras con una sonrisa—. Admiro su restaurante y lo respeto a usted lo bastante como para querer ser chef en la cocina del Chesterfield. Por eso quiero saber si mi forma de cocinar se adecua a su estilo.


—Ella no es bienvenida aquí, y usted tampoco si la acompaña.


—«Ella» es su hija.


—Yo no tengo ninguna hija —tras esas palabras, Luis se frotó el pecho Paula se puso en pie de un salto con el corazón acelerado por la preocupación.


—Papá, ¿Estás bien?


Él se sacudió de encima la mano que ella había posado en su brazo.


—Perfectamente. O lo estaré en cuanto te vayas.


Si le hubiera clavado un cuchillo en la espalda y lo hubiera girado varias veces, no le habría hecho más daño. Aun así, su reacción no había sido peor de lo que Paula hubiera esperado.


—Me voy —Paula vaciló un instante antes de añadir—: Sé que te he dicho que lo sentía, pero hay otra cosa que quiero que sepas: Te quiero, papá.


Pedro la vió alejarse. Llevaba la cabeza alta y cuadraba los hombros, pero sabía que estaba destrozada. Y él, indignado.


—No miente —dijo a Luis—. ¿Qué tiene que hacer para demostrarle que lo ama?


—No se meta en esto —gruñó el padre de Paula, aunque parecía afectado.


Pedro pasó por alto sus palabras y continuó:


—Paula ha cometido errores, como ella misma admite, pero no creo que sea la única responsable de que la relación entre usted y ella sea tensa.


—Usted no sabe nada de nuestra relación.


—Sé que su hija querría restablecerla y que lo ha intentado. También sé que tienen mucho en común.


Ese comentario se ganó un resoplido despectivo.


—A Paula le gusta cocinar tanto como a usted. Y es una cocinera excelente —añadió Finn.


—No es más que una estilista —dijo Luis con desdén.


Pedro no se arredró.


—Su hija ha heredado de usted su destreza y su pasión por la cocina. Si le diera una oportunidad, lo comprobaría por sí mismo


Luis lo miró fijamente.


—Parece que Paula le importa mucho.


—Así es.


—Sin embargo, aspira al puesto que ella querría tener. ¿Le alegra que ya no esté en la competición?


Como no estaba seguro de cómo contestar a esa pregunta, Pedro dijo: 


—Quiero que Paula sea feliz. Y creo que usted debería darle una oportunidad.

Rivales: Capítulo 45

 —¿Tienes hambre? —preguntó Paula sin volverse.


Pedro se limitó a reír.


—Me refiero a si quieres comida —Paula se volvió con el cuchillo en la mano.


—¿Qué estás haciendo?


—Todavía no lo sé. Pensaba en tortillas griegas, pero no sabía si te gustaba el queso feta.


—Me encanta —dijo él, acercándose para darle un beso de buenos días.


En la tabla vió un pimiento verde ya cortado y orégano fresco.


—Deja que te ayude —se ofreció.


A modo de respuesta, Paula le pasó un cuchillo y mientras ella batía unos huevos, él cortó unos tomates y unas aceitunas.


—¿Qué es lo que más te gusta de cocinar? —preguntó Paula a la vez que echaba los huevos a la sartén.


—Usar los cuchillos —Pedro sonrió, poniendo cara de loco y blandiendo el cuchillo en el aire.


—Además de eso —dijo ella, riendo.


Pedro se puso serio.


—La ciencia. El hecho de que juntes A y B y obtengas C.


Paula ladeó la cabeza y comentó:


—Pueden darse muchas variables.


—Sí, pero son controlables. Por ejemplo, si cuentas con buenos ingredientes, es difícil que el resultado sea malo.


—Eso es verdad.


—¿Y qué es lo que te gusta a tí?


—Lo mismo que me gusta de ser estilista: La creatividad.


—Arte en un plato.


—Exactamente —dijo Paula, sonriendo.


—Muy bien, Picasso —Pedro señaló con el cuchillo la sartén—. Enséñame tu última creación.


Desayunaron en el salón a la vez que intercambiaban anécdotas sobre sus escuelas de cocina y descubrieron que, con algunos años de diferencia, habían tenido un par de profesores en común. Después Pedro ayudó a Paula a recoger, y como ya era casi mediodía, decidió contarle su idea para que tuviera tiempo de pensársela. Ella le proporcionó la excusa perfecta al preguntarle:


—¿Estás nervioso por mañana?


El concurso iba a comenzar finalmente, aunque seguían sin saber cómo iban a resolver la ausencia de Paula.


—Más que nervioso, expectante.


Paula le guiñó el ojo.


—Esa es una buena actitud.


—De hecho, estaba pensando… —Pedro terminó de doblar un trapo de cocina y lo colgó del asa del horno. Carraspeó— que no estaría mal hacer una exploración.


—¿De qué tipo?


—A mi futuro lugar de trabajo —dijo Pedro con una sonrisa entre pícara y provocadora.


—¿Estás pensando en ir al Chesterfield?


—¡Qué chica tan lista! —bromeó Pedro.


—¿Para qué?


—Hace tiempo que no voy.


—¿Solo por eso?


—No —admitió Pedro—. ¿Qué te parece? ¿Te apuntas?


Paula retrasó la respuesta, secando con deliberada lentitud la tabla de cortar. Pero cuando Finn creyó que le daría una respuesta negativa, se volvió sonriente y dijo: 


—Te advierto que mi padre me amenazó con echarme por la fuerza si volvía. ¿Estás seguro de que quieres que vaya? —rio en tensión antes de añadir— : Puede que verte conmigo te convierta en su enemigo. Mi padre es así.


—Estoy dispuesto a arriesgarme —dijo Pedro, que ya había considerado esa posibilidad.


—Si es así, iré contigo.


Antes de que Pedro fuera a su casa para cambiarse de ropa, quedaron a las tres de la tarde delante del Chesterfield.



Paula recorría la acera arriba y abajo mientras esperaba a Pedro. No porque él se retrasara, sino porque ella llegó antes. Estaba nerviosa y le sudaban las manos. Aunque su padre había dejado claro lo que pensaba cuando anunció que su hija estaba muerta para él, seguía albergando una débil esperanza de que algún día cambiara de idea. No podía dejar de pensar en Finn y en su afectuosa y cálida familia. Con tener una mínima parte de algo así, ella se daría por satisfecha.


—¡Paula! —la llamó Pedro, bajando de un taxi.


Paula sonrió y se relajó parcialmente hasta que vió cómo iba vestido. Llevaba pantalones caquis y una camisa remangada. Estaba guapísimo, pero el Chesterfield exigía chaqueta y corbata.


—Te has olvidado de un pequeño detalle —dijo ella, indicándole la ropa con la mirada.


Él dejó escapar una exclamación.


—Tendremos que darnos prisa —dijo, tomando a Paula de la mano y caminando hacia Saks, en la Quinta Avenida.


—¿Vamos a ir de compras? —preguntó Paula, incrédula.


Pedro le abrió la puerta de la tienda.


—Perdona, las mujeres van de compras. Los hombres, compran. Son dos cosas distintas.


—¿Qué quieres decir?


—Ahora mismo lo verás.