jueves, 9 de noviembre de 2023

Rivales: Capítulo 23

Paula sonrió y, con gesto serio, Pedro continuó: 


—Todo va a ir bien, Paula. Seguro que encuentras la manera de arreglar las cosas con tu padre. Y si lo que quieres es un cambio en tu carrera profesional, estoy seguro de que lo conseguirás.


—Gracias —dijo Paula, aunque sin convencimiento.


Pedro le acarició la mejilla.


—La perseverancia es lo que te ha hecho llegar hasta aquí, ¿No?


—Puede que tengas razón.


El tiempo apremiaba, pero Pedro no podía irse sin un último beso.


—¿Isadora mañana por la mañana? —preguntó a la vez que alzaba el brazo para llamar a un taxi.


—¿Las siete es muy temprano para tí?


—Me pondré el despertador —ver a Paula a primera hora merecía dormir poco.


Un taxi se aproximó a la acera mientras ellos intercambiaban números de teléfono.


—Gracias por evitar que mi día haya sido un total desastre.


Pedro quitó importancia al agradecimiento de Paula con un ademán de la mano. Él había recibido tanto como había dado. No recordaba la última vez que se había tomado la tarde libre. La atrajo hacia sí para un último beso que tuvo que ser breve porque el taxista los observaba con impaciencia. Aun así, se descubrió pensando en ese beso y en el gesto complacido de Paula durante el resto de la tarde.




—Lo siento, Paula. Sé cuánto significaba para tí —dijo su amiga Rocío.


Estaban sentadas en el sofá del pequeño departamento de Paula, empapuzándose con el helado que Rocío había tenido el detalle de llevar. Su amiga era una actriz en apuros, no había otra manera de describirla. Pero siempre estaba a disposición de Paula, para ayudarla a superar cualquier trauma con una buena dosis de helado de chocolate.


—Debía haber traído un litro —masculló Rocío.


—Menos mal que no lo has hecho. Es mi segundo helado hoy.


Rocío chupó la cucharilla.


—¿El segundo?


—Hemos ido al parque a volar una cometa —Paula sonrió al recordar el triste destino de la mariposa.


—¿Hemos? Por como lo has dicho, asumo que ese plural incluye a un hombre.


—Cien por cien —confirmó Paula. 


Pensando en el agudo sentido del humor de Pedro, en sus seductores ojos y en lo que había visto de su torso, suspiró.


—Vaya, vaya.


—¿Qué?


—No te había oído suspirar por un hombre desde… Nunca. ¿Dónde y cuándo lo has conocido?


—A la salida de la revista, hace una semana. Iba de camino a la cadena de televisión. Llamamos al mismo taxi.


—Y lo compartieron… —aventuró Rocío, sonriendo.


—No, jugamos a Piedra, Papel y Tijera para ver quién se lo quedaba —Paula saboreó una cucharada de helado, y el recuerdo.


—¿Se supone que eso fue romántico?

Rivales: Capítulo 22

No buscó pretextos. Quería tocar a la Paula y lo hizo. Tirando de ella, le tomó el rostro entre las manos y la besó. No pretendía ser un beso abrasador, sino tentativo, como si quisiera comprobar si el primero que se habían dado había sido tan especial como recordaba. La respuesta fue inmediata: Sí.


—Creía que me lo había imaginado —dijo contra los labios de Paula.


—¿El qué?


—El fuego.


Paula rió.


—Sé a lo que te refieres. Yo también lo sentí —arrancó una brizna de hierba y preguntó—: ¿Qué quieres hacer ahora?


Pedro tuvo la seguridad de que no le estaba dando pie para que dijera: «Ir a mi casa para entrar en calor y sudar». Y precisamente porque eso era lo que quería hacer, se puso en pie y, tendiéndole la mano, dijo: 


—Vayamos por un helado.


Pasaron las siguientes dos horas deambulando por el parque. En cierto momento, Pedro tomó la mano de Paula para que esquivara un chicle en el suelo, pero una vez pasado el peligro, no se la soltó. Fuego. Podía sentirlo incluso con un contacto tan inocente.


—Quiero hacerte una pregunta —dijo Paula, cuando bordeaban el lago.


—Dispara —contestó Pedro.


—Puesto que no quieres hacer carrera en el restaurante de mi padre…


—¿Por qué quiero trabajar en él?


Paula asintió.


—Antes tenía mi propio restaurante, pero… Lo perdí.


—Lo siento. La crisis ha afectado a muchos locales.


Paula asumía que había tenido que cerrar por culpa de la recesión y Pedro no se molestó en corregirla. No porque no quisiera decirle la verdad, sino porque no era el momento de entrar en detalles sobre su divorcio. Resultaban demasiado humillantes.


—Quiero abrir otro. Entre tanto, no me vendría mal tener un trabajo de prestigio.


—¿No tiene suficiente prestigio ser el chef personal de clientes ricos?


—¿Vendiéndome al mejor postor? —bromeó Pedro.


—No vas a perdonármelo nunca, ¿Verdad?


—No —pero Pedro sonrió—. La respuesta es que sí, tiene cierto prestigio y me pagan bien.


De hecho, le había permitido ahorrar una buena cantidad de dinero.


—Pero no es lo mismo que dirigir la cocina de tu propio restaurante —dijo Paula.


—Exactamente. No hay comparación posible.


—¿Qué es lo que echas más de menos? —preguntó Paula.


Eran tantas cosas… Pero Pedro eligió una por encima de todas:


—La tensión de las horas más ajetreadas, cuando tienes que trabajar a toda velocidad sin perjuicio de la calidad.


—Yo hace años que no trabajo en un restaurante, pero era feliz cuando los platos volvían limpios de las mesas.


—No hay nada peor que lleguen con restos porque a los clientes no les ha gustado lo que has servido —dijo Pedro.


Salieron del parque unos minutos más tarde. Pedro alzó sus manos unidas para poder mirar la hora. Luego dejó escapar una exclamación contenida.


—Es más tarde de lo que pensaba.


—¿Tienes que ir a trabajar? —preguntó Paula.


—No, le prometí a mi madre que iría a cenar a su casa. Ella y mis hermanas están deseando saber cómo ha ido hoy —Pedro hizo una mueca—. No saben que se ha pospuesto, así que esperan que les cuente quién ha sido expulsado —hizo otra mueca antes de añadir—: Lo siento.


—Tranquilo, no pasa nada —Paula le soltó la mano y se retiró un mechón de cabello de la cara—. Te agradezco el tiempo que has pasado conmigo.


—No ha sido ningún sacrificio.

Rivales: Capítulo 21

Pedro sabía cuánto lo había ayudado el ánimo y el refuerzo positivo que había recibido de sus padres. No solo habían ahorrado y pasado penurias para enviarlo a la escuela de cocina, sino que habían hipotecado su casa para ayudarlo a abrir el restaurante. Y había contado con su apoyo incluso cuando les anunció que se casaba con Candela, a la que no apreciaban; y especialmente cuando ésta había arruinado su reputación, robándole sus recetas. Al ver la expresión angustiada de Paula, decidió cambiar de tema aunque su curiosidad no estuviera plenamente satisfecha. Pero tendría que esperar. En aquel momento necesitaba que la animara. Y él sabía cómo hacerlo.


—¿Quieres pasar la tarde conmigo?


—Haciendo qué.


Paula frunció los labios levemente, en un gesto que hizo pensar a Pedro en una actividad mucho más íntima de la que iba a sugerir. «En otro sitio y en otro momento», se dijo.


—¿Has volado alguna vez una cometa?



Precalentar el horno


El sol brillaba a través de un cielo azul cubierto por una fina película de nubes. Paula no recordaba la última vez que había ido a Central Park,  pero en aquel momento, uno de los peores días de su vida, estaba allí con Pedro, volando una cometa. O al menos, intentándolo, porque acababa de enredarse en la copa de un roble. Pedro y ella la habían comprado en una juguetería. Era una mariposa colorida que en aquel momento intentaban rescatar de entre las ramas. De vez en cuando la brisa la sacudía, dificultando aún más la operación.


—No hay nada que hacer —dijo Paula.


—Claro que sí. Voy a trepar por ella —dijo Pedro, pasándole la cuerda.


Aunque lo dijo como si fuera sencillo, la primera rama del árbol quedaba a una altura considerable. Consiguió asirse a ella en un segundo salto. Se quedó colgado unos segundos, pataleando, a la vez que se abrazaba a la rama. En el proceso, se le salió la camisa de los pantalones, dejando a la vista unos espectaculares abdominales, cubiertos por una película de suave vello que desaparecía bajo la cintura del pantalón. Paula no pudo apartar los ojos de ese punto mientras él trataba de subirse a la rama. Perdió agarre y cayó al suelo. Ella corrió hasta él.


—¡Pedro! ¿Te has hecho daño?


—Solo en mi orgullo —gruñó él, incorporándose sobre el codo—. No estoy en forma. Me temo que nuestra expedición ha llegado a su fin.


Paula miró hacia la cometa, que tenía un aspecto lamentable, atrapada en la copa del árbol.


—Gracias por haberlo intentado —dijo, rozando la sien de Pedro con la excusa de quitarle un poco de barro—. Gracias por todo lo que has hecho hoy.


—Tú has invitado al café.


—Ya sabes a lo que me refiero.


—Sí, lo sé —dijo Pedro con expresión solemne.

martes, 7 de noviembre de 2023

Rivales: Capítulo 20

El tono compasivo de Pedro le atenazó la garganta. Cuando se inclinó y le acarició el brazo, Paula tuvo que morderse la lengua para no llorar. Hacía años que no se sentía tan vulnerable, y era una sensación que no le gustaba. Encogiéndose de hombros y componiendo un gesto impasible, contestó: 


—Han pasado muchos años. Ya lo he superado.


Pedro la observó con sus intensos ojos grises, y ella intuyó que sabía que mentía. Desvió la mirada y, fijándola en los transeúntes, continuó: 


—En cualquier caso, no puedo culparla por estar harta de ser un personaje secundario —igual que le había pasado a ella —. Haciendo justicia a mi padre, tengo que decir que tampoco era fácil vivir con ella. Era y es una escritora frustrada.


—¿Quieres decir que no ha sido publicada?


Paula rió con sorna.


—Que yo sepa, ni siquiera ha terminado un manuscrito. Se dedica a perfeccionar los primeros capítulos de la única novela que empezó cuando yo estaba en el colegio. Se trata del asesinato de un famoso chef —concluyó, sarcástica.


—Entonces casi es mejor que no la haya acabado.


El comentario de Pedro logró que Paula esbozara una sonrisa.


—Puede —Paula resopló—: Hace años que vivimos vidas independientes. Yo empezaba a querer reconciliarme con mi padre cuando sufrió el infarto.


—La adversidad tiende a reconciliar a las familias.


Por cómo se expresó, Paula pensó que Pedro hablaba por experiencia personal, pero él le hizo una señal con el dedo para que continuara, así que se reservó la pregunta.


—Cuando mi madre se enteró, también me animó a acercarme a él. Creo que se sentía culpable por lo mal que me había hablado de él tanto antes como después del divorcio —Paula sumergió el cantucco en el café y le dió un bocado antes de seguir—: Ella fue quien insistió en que me apuntara al concurso.


—¿No tienes hermanos ni hermanas?


—No —a pesar de que no hubieran sido los mejores padres, eran lo único que Paula tenía.


—Debe de ser difícil. Yo tengo dos hermanas menores que yo —Pedro continuó con una media sonrisa—. De pequeño pensaba que eran una pesadilla, pero ahora las adoro. Siempre están ahí cuando las necesito.


—¡Qué suerte! Yo tengo una amiga así —dijo Paula, pensando en Rocío Heartland—. Es como una hermana.


—La relación con tu padre está tan deteriorada que no puedes simplemente llamarlo por teléfono.


Paula sacudió la cabeza con tristeza.


—He quemado todos los puentes. Ya lo has visto hoy. Cualquier intento que he hecho ha recibido la misma respuesta. Incluso hizo que me echaran del hospital cuando acudí a visitarlo —explicó a Paula, avergonzada—. Me cuelga el teléfono y ha dicho a sus amigos que no tiene ninguna hija.


Pedro maldijo entre dientes.


—¡Qué crueldad!


—Supongo que me lo merezco.


Pedro miró a Paula en desacuerdo.


—No, Paula, nadie merece ese trato de su propio padre.


Ella tragó saliva al tiempo que la visión de Pedro se nublaba, y quiso buscar consuelo en sus palabras. La infancia de Paula era opuesta a la de Pedro, que había sido feliz junto a sus dos hermanas. Tanto ellas como el resto de su familia, habían estado a su lado durante la crisis de su matrimonio y de su negocio. Al otro lado de la mesa, Paula había bajado la mirada, tenía los ojos brillantes y se esforzaba por contener las lágrimas, que disimulaba recogiendo las migas que habían quedado esparcidas en la mesa. Pero su aparente serenidad no lo engañaba. Los acontecimientos del día pesaban sobre ella como una losa. No había entrado en el concurso exclusivamente por reconciliarse con su padre. Era obvio que había otra razón: Paula Dunham buscaba su aprobación. ¿Qué hijo, incluso de adulto, no anhelaba la aprobación familiar?

Rivales: Capítulo 19

Paula dijo a su vez:


—Tú también quieres trabajar para él.


—Para mí el trabajo con tu padre no sería un destino final, sino un trampolín. No pienso hacer carrera en el Chesterfield.


—Vaya —el comentario despertó la curiosidad de Paula. Apoyando los codos en la mesa, reposó la cara en las manos y dijo—: Cuéntame, cuéntame.


—No intentes cambiar de tema —dijo él—. ¿Por qué quieres trabajar con tu padre?


—Como tú, dudo que vaya a hacer carrera en su restaurante.


 — ¿Cómo es posible que no estés segura?


—Es complicado de explicar —la camarera llegó con los cafés y los cantuccini. Lara bebió antes de contestar—: Mi padre sufrió un infarto el año pasado.


—No tenía ni idea.


—No lo sabe casi nadie. Fue leve, pero bastó para despertar la alarma. Y para hacerme reflexionar.


De hecho, si había aprendido algo el año anterior, era que la vida era corta y que el tiempo pasaba a toda velocidad. Sus padres envejecían, su salud empezaba a deteriorarse… Y el peso que llevaba sobre sus hombros desde la infancia prácticamente la había aplastado.


—Estuvo en el hospital menos de una semana. Según mi tía, debería trabajar menos horas, comer más saludablemente y hacer ejercicio. Los médicos quieren que pierda peso. No ha hecho nada de todo eso, pero al menos ha accedido a contratar un chef ejecutivo. Cuando me enteré, fui a verlo. Adoro cocinar y echo de menos el restaurante; además, quería reconciliarme con él. Como has visto, no tenemos una relación cercana.


—¿Y con tu madre?


—Estamos… Mejorando —dijo Paula—. Acaba de mudarse a Nueva York.


—Están divorciados.


—Sí, mi padre tenía una amante.


El rostro de Pedro se endureció de tal forma que Paula aclaró:


—Me refiero al restaurante. Siempre se refería a él como a la otra mujer en su vida. Papá pasaba allí todas sus horas libres. Y yo con él. Menos mal que cerraba el día de Navidad.


—Todos sabemos que en un restaurante se trabaja muchas horas. Es la naturaleza del negocio.


—Eso no es excusa —dio Paula—. Inicialmente, puede ser. Pero papá siguió comportándose así incluso veinte años después de abrir. Y aun teniendo a magníficos chefs. Nunca tomaba vacaciones. Mamá y él discutían constantemente respecto a sus prioridades. Para él el restaurante era lo primero, y ella le decía que debía serlo su familia.


Paula, que siempre había sentido que no era la prioridad de ninguno de los dos, estaba de acuerdo.


—¿Cuántos años tenías cuando se separaron?


—Ya era adulta —Paula frunció los labios—. No creo que me hiciera ningún favor aguantando tanto tiempo. Antes de que se marchara ya éramos una familia rota. Se fue mientras yo estudiaba en el continente, con uno de los amigos de papá. Antes de que volviera, se había mudado a la otra punta del país.


Paula tragó saliva. Por más que fuera ya una adulta, se había sentido abandonada, y se había revuelto contra su padre.


—Lo siento.

Rivales: Capítulo 18

Pedro no estaba seguro de poder aceptar sus excusas. Había sido víctimas de demasiadas mentiras en el pasado.


—¿Has pensado que el fin justifica los medios?


—Algo así. Pero se ve que estaba equivocada sobre muchas cosas, sobre todo cualquiera que implique a mi padre —Paula rozó el brazo de Pedro con los dedos, pero éste percibió el contacto como si se los hubiera clavado—. Lo siento.


Él asintió, todavía a la defensiva.


—¿Por qué lo has hecho? No es de mi incumbencia, pero siento curiosidad.


—¿Por qué entré en el concurso?


—Sí. Sabías que serías descubierta antes o después. Luis Chesterfield es tu padre, ¿Por qué…?


—La pregunta del millón —dijo Paula con una forzada sonrisa. Y no contestó.


Pedro metió la mano en el bolsillo y contó el cambio que le había quedado después de comprar un café por la mañana.


—Tengo seis dólares y alguna moneda. Solo me da para un café y un cantucco de macadamia y arándano.


Paula parpadeó antes de esbozar una sonrisa.


—¿Estás invitándome a un café?


—No.


Abortando la sonrisa, Paula dió media vuelta. Pedro la sujetó por el brazo.


—Eres tú quien debería invitarme a un café.


—¿Por qué? —preguntó ella, ladeando la cabeza.


Qué buena pregunta. En lugar de decir que la encontraba atractiva y que quería pasar un rato más con ella, Pedro le dió una respuesta puramente lógica.


—Porque yo pagué la última vez.


—¿Vamos al Isadora?


—¿Dónde, si no?


Paula había planeado volver a casa y ahogar sus penas con un baño caliente y un par de copas de vino, pero un café con un hombre atractivo le resultaba mucho más tentador. Tener que pagar era una nimiedad. Media hora más tarde estaban sentados en la misma mesa que habían ocupado hacía dos semanas, y les atendía la misma camarera. Había retrasado su respuesta todo ese tiempo.


—Supongo que sigues esperando a saber por qué entré en el concurso.


—Así es.


—Primero tengo que ponerte en antecedentes. Como habrás notado, mi padre y yo no tenemos una relación idílica.


Pedro asintió.


—¿Ha sido siempre así?


—Nunca ha sido tan mala como ahora. Más que una hija siempre he sido una masa que quería moldear a su gusto.


—Y tú te has rebelado.


Paula asintió.


—Papá me introdujo en las técnicas culinarias antes de que pudiera andar. Para los cuatro años, sabía distinguir entre sellar y saltear. Hice mi primera bechamel a los seis —el tono de Paula se hizo amargo—. Mi padre dijo que era demasiado sólida, la tiró y me la hizo repetir tres veces hasta que quedó a su gusto.


—¡Qué barbaridad!


—No es fácil complacerlo.


Los recuerdos hicieron que Paula frunciera el ceño. Mientras otros niños aprendían a montar en bicicleta o jugaban en el parque con sus amigos, ella estaba en la cocina; la de su casa o la del restaurante. No recordaba haberse ganado jamás una felicitación sin matices. Todo halago era matizado por las críticas. «El cerdo está bien sazonado y asado a la perfección, pero las porciones son pequeñas y el emplatado, vulgar», había sido el comentario que le había hecho cuando ella, a los doce años, le había preparado una cena sorpresa por el Día del Padre. No era de extrañar que Pedro enarcara las cejas y preguntara, desconcertado: 


—Y aun así, has elaborado un plan rocambolesco para poder trabajar en su cocina.

Rivales: Capítulo 17

 —Me pregunto si incorporarán a uno de los participantes que quedó eliminado —comentó Fiorella.


—Yo creo que los chefs que no pasaron el corte pondrán una demanda —dijo Ángela.


Las especulaciones no tenían fin.


—Pronto lo sabremos —Pedro Finn, cansado de tanta palabrería.


—¿Echas de menos a tu novia? —dijo Rafael con desdén.


Ni Paula era su novia ni era verdad que la echara de menos, pero la burla tocó hueso. La primera chispa de atracción entre ellos había persistido incluso después de saber que eran adversarios. Que Paula hubiera mentido debería haber apagado esa llama, pero saber que ya no estaban en campos opuestos había dejado a Pedro alterado, confuso. ¿Qué pasaría a partir de entonces? La pregunta que se repetía una y otra vez no tenía nada que ver con el concurso, y eso lo irritaba.


—Solo que no tiene sentido hacer especulaciones —masculló.


Rafael miró a su alrededor y sin dirigirse a nadie en particular, dijo: 


—Si fueran listos, harían el concurso con los once que quedamos.


—No pueden hacer eso —dijo Kevin.


—¿Por qué no? —lo retó Rafael. Y al ver que Kevin se encogía de hombros, continuó—: Alguien en la cadena debía saber quién era Paula en realidad y cobró para dejarla llegar a la final.


Ángela y algunos otros asintieron, pero Pedro no creía que fuera verdad. La sorpresa con la que habían reaccionado era demasiado genuina como para ser un montaje; al igual que la hiperactividad que estaban desarrollando lo ejecutivos para resolver el problema. Paula había mantenido en secreto su identidad. Dió la espalda a los demás y fue a una esquina a beber el café que ya se había quedado frío. Finalmente, Gustavo apareció para decirles que la grabación se retrasaría al menos una semana, mientras buscaban una solución.


—¿Qué va a pasar con el puesto de Paula? —preguntó alguien.


—No estamos seguros. Lo sabrán lo antes posible —dijo Gustavo—. Entre tanto, relajense. Como agradecimiento a su paciencia, vamos a darles entradas para un musical. Lucila les dará los detalles.


Solo una persona podía contestar las preguntas de Pedro, pero dudaba de que volviera a verla. No tenía ni su teléfono ni su dirección. Y no estaba seguro de cómo se sentía al respecto. Aunque Gustavo no hubiera confirmado oficialmente que Paula hubiera sido expulsada, era lo asumible. Además, Pedro suponía que la cadena no podía correr el riesgo de que los espectadores pensaran que el resultado estaba amañado, y que los abogados estaban ganándose el salario, buscando una solución. Mentiras y engaños. Pedro había experimentado suficiente de ambos. Sin embargo, cuando vió a Paula en la acera, esperando un taxi, no dudó en ir hasta ella.


—Un día difícil, ¿Eh? —dijo cuando estuvo su lado.


Paula se sobresaltó y, al girarse, lo miró con una mezcla de vergüenza y de la culpabilidad que Pedro había percibido con anterioridad, y cuyo origen por fin comprendía.


—Los he tenido mejores. Ahora mismo no le caigo bien a nadie. Ni a la cadena, ni a los concursantes, ni, por supuesto, a mi padre.


—¿Cómo esperabas que reaccionara?


Paula se encogió de hombros y dijo:


—Supongo que tú tampoco estás contento conmigo.


—Vaya, señora Chaves, qué le hace pensar eso —dijo él con sorna.


—Si sirve de algo, quiero que sepas que no me ha gustado mentirte sobre mi nombre.