jueves, 7 de septiembre de 2023

Eres Para Mí: Sinopsis

El empresario australiano Pedro Alfonso estaba acostumbrado a que las mujeres cayeran rendidas a sus pies... ¡No al contrario!


Paula Chaves llevaba años limpiando el polvo a las fotos de Pedro y no comprendía los motivos que le habían llevado de vuelta a Francia, a la casa donde se crió. Para el hijo de Paula, Pedro se convirtió en un héroe... Y a ella, Pedro la enamoró y le hizo pasar un verano inolvidable. 

martes, 5 de septiembre de 2023

Un Trato Arriesgado: Epílogo

Las bodas siempre la hacían llorar. Para ser una mujer de negocios a veces se comportaba como una boba, y ese día no era una excepción.


–Date prisa, cariño. Llegaremos tarde –dijo Alicia mientras le colocaba el corpiño del vestido recubierto de pequeños cristales–. Así está mejor.


–Relájate. Me pones nerviosa –pidió Paula.


Alicia dió un paso atrás y sorbió por la nariz.


–Estás preciosa. Tus padres se habrían sentido muy orgullosos.


Paula reprimió las lágrimas.


–Gracias, Ali. Gracias por todo.


Alicia se enjugó los ojos.


–No me des las gracias a mí. Agradéceselo al ordenador que querías hacer explotar no hace mucho tiempo.


–Nunca quise eso. Sólo pensaba que había funcionado mal.


–¡Ah! Siempre supe que Pedro y tú estaban hechos el uno para el otro –Alicia hizo una pausa y luego la besó en la mejilla–. Me siento tan feliz por tí.


–Yo también estoy feliz. Aunque si no nos movemos, el novio va a creer que lo he dejado plantado.


Paula casi se dió un pellizco porque le costaba creer que el novio y Pedro eran la misma persona. Era el día de su boda y se iba a casar con el hombre de sus sueños. La vida no podía ser más hermosa. Habían optado por una sencilla ceremonia en el yate de Pedro, acompañados por los familiares y un pequeño grupo de amigos. El trayecto hacia el puerto fue muy rápido y ella se concentró en la respiración intentando desesperadamente mantenerse en calma.


–Hemos llegado –anunció el chófer mientras aparcaba la limusina junto al muelle.


–¿Preparada, cariño? –preguntó Alicia al tiempo que le apretaba la mano.


–Preparada como siempre lo estaré –contestó Paula al tiempo que recogía el pequeño bolso de color marfil y rebuscaba entre el contenido. Sí, allí estaba.


Prácticamente avanzó flotando a lo largo del muelle, ajena a las miradas, con la vista fija en el apuesto hombre vestido de esmoquin que la esperaba de pie en la cubierta del yate.  Pedro bajó de la embarcación y le tendió la mano.


–Tu aspecto es maravilloso.


Ella tragó saliva para deshacer el nudo que le apretaba la garganta.


–Gracias. Tú también.


–Sólo lo mejor para mi futura esposa –dijo antes de besarla en la mejilla–. Te quiero.


–Yo también te quiero, aunque nos queda una cosa por resolver.


–¿De qué se trata?


Paula abrió la mano y la luz del sol dió de lleno en una pequeña llave de metal.


–Nunca me dijiste para qué era.


Él sonrió. Su calidez la envolvió como un abrazo.


–¿No? Tal vez se me escapó de la mente.


–Era una estratagema, ¿Verdad? ¿La utilizaste como pretexto para que te acompañara a King River ese fin de semana? Sabes que me encantan los desafíos.


–Me conoces demasiado bien –dijo Pedro antes de besar sus labios suavemente–. Deseo que la consideres como la llave de mi corazón. 






FIN

Un Trato Arriesgado: Capítulo 53

Cada vez que él se movía un centímetro, ella lo sentía. Una corriente de puro placer desde la pierna hasta lo más profundo de su ser. Cuanto más intentaba ignorarlo, menos lo lograba. Cuando acabó la presentación, casi dió un salto de alivio. Apenas había escuchado el discurso de Alicia a causa de la preocupación por su irracional respuesta física hacia el hombre que había jurado olvidar.


–Hora de la sesión fotográfica –dijo Pedro al tiempo que la agarraba del codo y la guiaba hasta el vestíbulo, donde esperaba el fotógrafo. 


Ella asintió, incapaz de hablar y agradecida a la mano que la guiaba. Sentía que le temblaban las piernas y no por haber estado sentada tanto tiempo. De la mano de Pedro, Paula sonrió e incluso aceptó un beso en la mejilla, todo por Matchmaker y para que Alicia pudiera dar cumplido término a la ceremonia de la entrega de premios. Finalmente el fotógrafo bajó la cámara y quedaron en libertad para marcharse.


–Gracias, queridos míos. Me han salvado el pellejo –dijo Alicia mientras los abrazaba a la vez. Paula sofocó la risa. Incluso queriendo, Alicia no habría podido acercarlos más–. Y ahora, ¿Por qué no van a divertirse un rato?


Antes de que ella pudiera contestar, Pedro intervino:


–Una idea estupenda, Ali. ¿Seguro que no quieres venir con nosotros?


La sonrisa de Alicia se hizo más amplia.


–Ni soñarlo. Fuera de mi vista –dijo al tiempo que los despedía en la puerta y luego se alejaba para saludar a algunos invitados.


–Bueno, creo que es hora de dar ese paseo –dijo Pedro mientras le tendía la mano, con la sonrisa sensual que a ella ya le era tan familiar.


Paula había sido prudente toda la vida. Y en lo referente al amor, la prudencia no la había llevado a ninguna parte. En ese momento, junto al hombre que tal vez le ofrecía el último instante de felicidad, decidió olvidar la prudencia. Entonces aceptó su mano y sintió un escalofrío al notar que Pedro entrelazaba los dedos con los suyos.


–Sí, es hora de dar un paseo.


Bajaron la escalinata del Teatro de la Ópera en silencio y se dirigieron a la orilla del mar. Paula se preguntó si era el aire fresco o la calidez del contacto de Pedro lo que le erizaba la piel. Como si le leyera la mente, él se quitó la chaqueta.


–Póntela –dijo al tiempo que la colocaba sobre sus hombros.


Ella aspiró la fragancia varonil que le embriagaba los sentidos.


–¿Estás seguro? ¿No tendrás frío?


Pedro le frotó los brazos bajo la chaqueta.


–Estoy seguro. No, no tengo frío. 


El corazón de Paula se aceleró al ver que inclinaba la cabeza. Un beso. Sólo uno. Un beso de despedida para recordar. Cuando los cálidos labios rozaron los de ella, sintió que perdía todo el sentido común. ¿Por qué se torturaba de esa manera? El trato había acabado y cuanto antes se diera cuenta, mejor sería.


–¡No! –exclamó al tiempo que volvía la cabeza y se separaba de él, ansiosa por poner distancia entre ellos.


Pedro le alzó la barbilla y Paula tuvo que mirarlo a los ojos.


–¿No tienes idea de mis sentimientos, no es así?


Ella lo miró furiosa, cansada de ese tiovivo de emociones.


–Tengo una idea bastante clara –replicó al tiempo que con toda intención le lanzaba una mirada a la entrepierna.


Pedro dejó escapar un juramento en voz baja y se alejó un poco.


–No me refiero a eso, aunque no creas que no te deseo en este momento. Nunca he dejado de desearte.


Ella cruzó los brazos en un gesto defensivo.


–¿Qué se supone que significa eso?


–Significa que desearía no haberte alejado de mí durante todos estos años. Significa que desearía no haber pensado en ese estúpido trato. Significa que desearía… –Pedro hizo una pausa con la angustia reflejada en los ojos.


–Continúa –lo urgió Paula.


–Desearía que me amaras tanto como yo te amo a tí.


Ya estaba dicho. Pedro nunca pensó que alguna vez pronunciaría esas palabras. Sus sentimientos habían quedado al descubierto. Y esperaba que no fuese tarde. La respuesta de Paula no fue previsible. Él tendría que haber sabido que no había nada previsible en la mujer que amaba.


–Tú… tú –Paula se acercó a él y le golpeó el pecho con los puños cerrados.


No, no había dicho «Yo también te quiero». En cambio lo había agredido y él no sabía cómo responder.


–¡Oye! Tranquilízate –dijo finalmente, mientras le sujetaba las manos.


–Dilo otra vez –murmuró Paula, más calmada.


–¿Qué parte del discurso? –preguntó Pedro sin poder evitar la broma a costa de ella.


Su aspecto era adorable con ese vestido sin tirantes que amenazaba con deslizarse por el pecho en cualquier momento, la chaqueta colgando de un hombro y el peinado tan elaborado a punto de deshacerse.  Por no mencionar sus ojos abiertos de par en par.


–Ya lo sabes. La parte acerca de lo mucho que me amas –dijo al tiempo que una lágrima se deslizaba por su mejilla.


Algo se rompió dentro de Pedro. No era el corazón que casi se le había destrozado al pensar que la había perdido.


–Te amo. Siempre te he querido y siempre te amaré –dijo al tiempo que le acariciaba la mejilla.


–Yo también te quiero –contestó ella con el frenético deseo de sentir los labios de Pedro en los suyos.


–¿Sin condiciones? ¿Sin tratos? –susurró Pedro mientras sus labios se deslizaban desde la sien a los labios de Paula.


–De ahora en adelante los únicos tratos que harás será en los tribunales. ¡Y no lo olvides!


Sus palabras quedaron selladas con un beso. 

Un Trato Arriesgado: Capítulo 52

 –¿Por qué no te acercas a ella?


Se volvió bruscamente y descubrió a Alicia, que lo miraba sonriente. Pedro negó con la cabeza.


–No puedo.


–¿No puedes o no quieres?


–Es inútil. Lo he estropeado todo.


–¿La amas? –preguntó Alicia con los ojos oscuros clavados en él.


–Sí. Y me hace daño –confesó con súbita amargura.


La expresión de Alicia se suavizó. Paula era muy afortunada de tener a alguien como Alicia que se preocupaba por ella.


–Tienes que decírselo. Es la única manera –dijo la mujer mayor al tiempo que lo empujaba sin demasiada suavidad.


–¿Y si no quiere escucharme?


Alicia alzó una ceja, y luego lo miró enfadada, como si fuera un bobo.


–¿Y qué tienes que perder?


–Todo –contestó entre dientes, y de pronto reconoció con sorpresa que era cierto.


Paula lo era todo para él. Su estilo de vida, su trabajo y todo lo que le aportaba carecían de significado si ella no estaba junto a él.


–¡Vamos! ¡No te quedes ahí! ¡Haz algo! –lo urgió Alicia al tiempo que volvía a empujarlo.


De repente Pedro vió la luz. Alicia tenía razón. ¿Qué tenía que perder aparte del orgullo? Se inclinó para besarla en la mejilla.


–Gracias, Ali. Quedo en deuda contigo.


La mujer mayor se ruborizó.


-¡Vete!


Él corrió hacia Paula con la esperanza de que no fuera demasiado tarde. 


Paula entró en el vestíbulo y miró a su alrededor. No veía a Alicia por ninguna parte. Estupendo. Esperaba acabar cuanto antes con ese trámite y en cambio tendría que quedarse allí y mostrarse interesada, cuando lo único que deseaba era correr a casa y ocultarse bajo la colcha de la cama. Si alguien se acercaba a ella, lo mordería. Todo el día había estado muy nerviosa. Y vestirse de gala para esa noche no había contribuido a tranquilizarla. No se sentía atractiva, más bien su ánimo estaba por los suelos. Una velada en casa con una película y una chocolatina habría sido lo apropiado. En cambio, tenía que estar allí sonriente y actuando como si fuera la mujer más feliz del mundo. Por centésima vez se preguntó qué haría Alicia respecto a Pedro. ¿Tal vez había buscado un suplente? No podía imaginar a un doble de él. Ya era suficiente desgracia haber conocido a uno y dudaba seriamente que otro hombre tuviera el savoir-faire que lo caracterizaba. Y no se trataba de su atractivo, ni de su cuerpo admirable, ni de su inteligencia. No, era mucho más que eso… y lo había dejado escapar entre los dedos. Pedro poseía esa indefinible cualidad que diferencia a un hombre de un muchacho. Un camarero le ofreció champán. Ella jugueteó con la copa de cristal entre los dedos, poco dispuesta a beber. Era lo único que le faltaba. El alcohol mezclado con su estado de ánimo gris, sería desastroso. Aunque tal vez una borrachera aliviaría su dolor.


–Hola, Paula.


Era él. Aunque no pudo ver quién hablaba a su espalda, lo supo con todas las fibras de su ser: la voz profunda, la suave loción, el calor que irradiaba su cuerpo. El estómago le dio un vuelco y el pulso se le aceleró. ¿Por qué su cuerpo respondía de ese modo visceral a pesar de todo lo que habían pasado? Paula se volvió, protegida tras una máscara de frialdad.


–Hola. ¿Qué haces aquí?


Una parte de ella deseó oírle decir «Te buscaba», pero él no lo dijo y otra vez se sintió estúpidamente hundida.


–Alicia me pidió que le ayudara. Necesita unas fotografías publicitarias.


Su aspecto era maravilloso vestido de esmoquin. ¿Por qué no podía parecer monótonamente gris por una vez en su vida? Así sería más fácil odiarlo. No, el odio era demasiado fuerte, ¿Tal vez no amarlo tanto?


–Me sorprende que hayas venido.


Pedro alzó una ceja.


–¿Por qué?


Ella se encogió de hombros, fingiendo una indiferencia que estaba lejos de sentir.


–Ayer no nos separamos en buenos términos precisamente. Pensé que no querrías que te vieran conmigo.


–No es así. De hecho, lo que dices no podría estar más lejos de la verdad – replicó en tanto se acercaba hacia ella. Sus brazos se rozaron. El contacto impersonal aceleró los sentidos de Paula. Todo lo que pudo hacer fue mirarlo fijamente–. Necesitaba verte. Para aclarar las cosas entre nosotros.


Le dió un vuelco el corazón. Eso era. Le daría las gracias por ser una buena amiga, por los «Buenos tiempos» que habían compartido y se marcharía. Demonios, si no tenía cuidado volvería a ofrecerle el dinero, como para echarle sal a la herida abierta.


–Ya no tenemos nada que hablar, Pedro. Hagamos esto por Ali, ¿De acuerdo? –dijo con voz firme cuando lo único que deseaba era romper a llorar.


Y era por su culpa, por esa mirada que ella conocía tan bien. La mirada tierna y romántica que le dirigía tras hacer el amor y que no había perdido su poder magnético.


–Creo que hay mucho que decir, pero convengo contigo en que éste no es el momento oportuno. ¿Qué te parece si después de la ceremonia vamos a dar un paseo y me escuchas?


–¿Por qué debería hacerlo? –dijo con una voz de niña petulante.


Sin embargo, no era la rabia lo que le hacía parecer irracional. Era el dolor que se removía bajo la superficie. Él le alzó la barbilla con un dedo y la miró directamente a los ojos, como si quisiera llegar a su alma.


–Porque nos lo debemos.


Ella se estremeció deseando acercarse a él y sentir sus labios en los suyos por última vez.


–Ustedes dos. Vamos. No hay tiempo que perder. La ceremonia está a punto de comenzar –dijo Alicia que había aparecido de la nada y con una mano en la espalda de cada uno los empujaba hacia las puertas abiertas.


–Espero que no estés tramando algo –murmuró Paula en su oído.


–¿Quién? ¿Yo? –preguntó con una mirada de inocencia–. Nunca. Date prisa, que nos perderemos el comienzo.


Las dos horas siguientes fueron las más largas de la vida de Paula. Alicia los acomodó en sus sillas, casi empujándola junto a Pedro. No habría sido tan malo si las sillas hubieran estado separadas como en los teatros normales. En cambio, con el fin de dar cabida en el recinto al mayor número de personas, los organizadores habían puesto los asientos muy juntos, de modo que el muslo de Paula quedó en contacto con el de Pedro. 

Un Trato Arriesgado: Capítulo 51

Paula nunca había tenido talento para ocultar sus emociones. Y no sólo su rostro era como un libro abierto. Alicia siempre había sabido detectar hasta el matiz más leve de su voz. Y esa noche no había sido una excepción, aunque tenía más que ver con el hecho de haber prorrumpido en llanto apenas ella atendió su llamada. Como era de esperar, Alicia no tardó en llegar a su casa. Siempre había estado junto a ella cuando la necesitaba y Paula la quería por eso. Cuando al fin el llanto se agotó, estuvo en disposición de hablar.


–¿Qué sucede, cariño? Nunca te había visto así.


La preocupación reflejada en el rostro de Paula le destrozó el corazón. No quería abrumar a su madre adoptiva con una historia tan sórdida, así que decidió darle una versión abreviada de los hechos.


–Es un lío, Ali. Mi vida es un caos.


Alicia la miró detenidamente.


–Tienes tu propio negocio, tu propia casa, te he visto resplandeciente estos últimos meses… –dijo y de pronto hizo sonar los dedos–. Eso es. Se trata de Pedro, ¿No es así?


–Sí, creo que he hecho algo verdaderamente estúpido.


Alicia movió las manos como para ahuyentar los problemas.


–Eso no es estúpido, querida, se llama divertirse un poco. ¡Y además es hora de que lo hagas!


–No hablo de divertirme, creo que he hecho algo mil veces peor –confesó la joven al tiempo que jugueteaba con el borde de la falda.


Alicia le tomó la mano.


–Te has enamorado de él.


Paula asintió con la cabeza.


–¿Ves? Te he dicho que era estúpido.


Alicia le apretó la mano.


–Perdóname por ser una vieja senil, ¿Pero eso no es bueno?


–Él no me ama.


Ya lo había dicho. No se produjeron truenos ni tampoco cayó abatida por un rayo. Sólo sentía como si se le hubiera destrozado el corazón cuando salió de la oficina y finalmente se dió cuenta de que él no la amaba. Alicia alzó las cejas.


–¿Estás de broma? El modo en que ese joven te mira es realmente obsceno. ¡Te adora!


–El amor no se limita sólo al sexo, Ali.


–No, pero Pedro te quiere. No olvides que conozco a la gente. Mi oficio consiste en hacer de casamentera.


En ese momento Alicia le recordó a una vieja sabia, sentada frente a ella con su amplia falda de gitana y un chal de seda. La imagen le levantó el ánimo por primera vez en el día y le hizo sonreír.


–Oye, no me lo recuerdes. Por tu culpa estoy metida en este lío. Tú y tu maldito ordenador.


Alicia puso los ojos en blanco.


–Mi maldito ordenador, como tan poco respetuosamente lo llamas, nunca se ha equivocado.


–Créeme. Esta vez sufrió un cortocircuito y se fundió.


Ambas se echaron a reír. Para Paula fue maravilloso porque pensaba que nunca más volvería a hacerlo.


–¿Qué pasa con tu sesión de fotos publicitarias?


–Necesito que ambos estén allí. No me ayudaría en nada que mi milésima pareja rompiera relaciones antes de la presentación. ¡Hasta podrían quitarme el premio!


Paula podría haber jurado que los ojos de Alicia chispearon de astucia. Una chispa que sólo duró un instante. La joven dejó escapar un suspiro.


–No puedo llamarlo, Ali. Todo ha terminado.


–Comprendo, querida. No te preocupes, ya se me ocurrirá algo.


Sal se reclinó en la silla con los ojos cerrados y una leve sonrisa.


–Eso es lo que me asusta –murmuró Paula al tiempo que se preguntaba qué pasaría por la mente de Alicia en ese momento.


La última vez que había visto esa expresión fue la noche de la primera cita con Pedro y los otros pretendientes. ¡Y mira dónde la había llevado! Como respuesta, Alicia se limitó a sonreír.



Pedrp aún no podía creer que hubiera aceptado asistir a la ceremonia. De acuerdo, siempre había sentido debilidad por Alicia. ¿Pero por qué tenía que habérselo pedido en un momento como ése en que la herida todavía estaba abierta? La imagen de Paula en brazos de Diego Rockwell todavía le quemaba el cerebro. Cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma escena y volvía a partirle el corazón. ¡Maldición! ¿Por qué no podía quitársela de la cabeza? Antes había amado y abandonado a algunas mujeres sin mayor aflicción. Corrección, antes no había amado. Ninguna mujer había logrado enamorarlo y Paula lo había hecho, aparentemente sin esforzarse demasiado. Y por el camino se había convertido en un estúpido. Nunca se había sentido tan tonto como cuando el día anterior la siguió hasta el vestíbulo sólo para verla en brazos de su ex. ¿Lo había engañado todo el tiempo? ¿Todavía estaba enamorada de Steve y a él lo había utilizado? No podía haberlo utilizado sólo por sexo. En su mundo eran los hombres quienes se relacionaban con las mujeres sólo por sexo. La mayoría de sus amigos diría cualquier cosa para llevarse a una mujer a la cama. Afortunadamente, aunque nadie le creyera, él nunca había actuado así. Siempre había deseado que sus relaciones con las mujeres hubiesen sido más profundas. Pero nunca había sucedido. Hasta hacía unos pocos meses. Pero eso había acabado. ¿Verdad? Si era honesto consigo mismo, tendría que admitir que su presencia en la ceremonia de esa noche no se debía sólo al deseo de hacer algo bueno por Alicia. Secretamente albergaba la esperanza de ver a Paula y de alguna manera arreglar las cosas entre ellos. «¿Nadie te ha dicho que no es saludable engañarse a sí mismo?» De todos modos había ido, a pesar de la voz de la razón. Bueno, por último esa noche podría cerrar el episodio con ella y luego continuar con su vida. De alguna manera ese pensamiento le dejó un sabor amargo en la boca. Sin embargo, tragó saliva, dibujó en su rostro una brillante sonrisa y bajó del coche. La visión de Paula subiendo la escalinata del Teatro de la Ópera lo impactó con dureza. Iba envuelta en un traje de noche de seda que realzaba las curvas tentadoras de su cuerpo y caía hasta los tobillos. Se había rizado el pelo y parecía una diosa dorada abriéndose paso entre la gente. Nunca la había deseado con tanta vehemencia como en ese momento. La amaba y deseaba gritarlo a los cuatro vientos. En cambio, se quedó inmóvil con la boca abierta, como el tonto que era. 

Un Trato Arriesgado: Capítulo 50

Paula se encaminó pesadamente a una cafetería cercana y pidió un café. El segundo en menos de una hora. ¿Qué importaba que no pudiera dormir en toda la noche? De todas maneras no pensaba poder hacerlo después del desastroso final de sus relaciones con Pedro. ¿Relaciones? ¿Estaba de broma? Se había engañado a sí misma al creer que lo que había compartido con él era algo especial, cuando de hecho había sido un chiste a costa de sí misma. Y echarse a reír estaba muy lejos de su ánimo. Al menos había logrado entender lo sucedido en el despacho de Pedro. Cuando se marchaba del edificio, había tropezado con Diego en el vestíbulo, y aunque era la última persona de la que esperaba recibir apoyo, la había abrazado antes de contarle su implicación en el fiasco. Diego sospechaba que Pedro tramaba algo y se enfrentó a él con la amenaza de acudir a Horacio si no se explicaba con claridad. Sorprendentemente, Pedro le había dicho la verdad acerca del trato y fue en ese momento cuando Paula entró en el despacho. A pesar de lo que Diego le hubiera contado, los hechos eran inalterables. Pedro le había pagado para que fingiera ser su novia y ella había aceptado; ella se había enamorado y él no. Fin de la historia. Incluso tras haberle dado una pista de que no había actuado por dinero, la había ignorado. Después de todo, si él hubiese sentido algo más que una atracción física, habría ido tras ella después de haberle arrojado el talón a los pies. Pero no lo hizo. Y así habían acabado. Era hora de recoger los pedazos y continuar adelante. Al menos una cosa buena había salido de todo ese lío: El negocio de Alicia se había salvado, en gran parte gracias a Paula.


Cuando acabó el café, Paula se levantó de la mesa ansiosa por llegar a casa y dar rienda suelta a su pesar. Salía de la cafetería cuando el teléfono móvil empezó a sonar. El número de la persona que llamaba era el de Alicia. Con una buena dosis de culpa desvió la llamada. En esos momentos no estaba en condiciones de hablar con ella y contar una historia tan sórdida a la única persona en el mundo que la quería incondicionalmente. La llamaría más tarde, cuando estuviera más tranquila. El aparato emitió un «Bip» indicando que había un mensaje. Lo escuchó mientras se acercaba al coche y casi tropezó al oír la última parte. «Querida, mañana por la noche se va a celebrar la entrega del DATY. Necesito que tú y ese maravilloso hombre tuyo estén presentes para una sesión fotográfica. Juntos forman una pareja estupenda. Magnífica publicidad para la agencia. Llámame para hablar sobre el vestido. Te quiero. Adiós». ¡Vaya! En esos momentos Pedro y ella sólo estaban en condiciones de hacer publicidad a un manual de instrucciones para enviar a los hombres a Marte y a las mujeres a Venus. Y que se quedaran allí. Para siempre. ¿Qué demonios iba a hacer? 

Un Trato Arriesgado: Capítulo 49

 –¿Por qué no nos sentamos a hablar?


La voz profunda de Pedro la alejó de sus pensamientos. Paula lo miró, sorprendida de su tranquilidad. 


–¿Para qué? No queda mucho por decir, ¿No es cierto? Has hecho las paces con tu padre. ¿Qué más falta, entonces? El pacto ha terminado.


En un segundo la tristeza dió paso a una fría ira en el rostro de Pedro.


–¿Entonces, de qué querías hablar esta mañana? Del trato, ¿Verdad? Siempre volvemos al dinero, ¿No es así?


Luchando contra las lágrimas, Paula se las ingenió para replicar con firmeza.


–Lo que sea ya no me preocupa.


–Pero a mí sí –le espetó al tiempo que se sentaba ante el escritorio y abría un cajón. Luego garabateó algo en un talonario. Con horror, Paula comprendió de qué se trataba–. Aquí lo tienes. Te lo has ganado.


Pedro le puso el talón en la mano, fue a la puerta y se la abrió. Con el corazón destrozado, la joven lo miró, pero él desvió la vista. Paula miró el cheque que tenía en la mano y las cifras bailaron ante sus ojos. ¿Realmente él creía que había llegado tan lejos por treinta mil dólares? Le había revelado más de sí misma que a cualquier otra persona y él ni siquiera sospechaba quién era ella realmente. Ella se acercó a la puerta con pasos mecánicos.


–Ten. Esto te pertenece.


Tras detenerse ante él, rompió el talón en mil pedazos que lentamente cayeron al suelo. «Como mis sueños», pensó al tiempo que pasaba junto a él por última vez.


Cuando Paula se hubo marchado, Pedro dió un portazo que hizo temblar las paredes. Luego miró los trozos del cheque esparcidos a sus pies. Por alguna razón le asustaron. Pensó que tenía todo claro respecto a ella. Había ido a presionarlo para que pusiera fin al trato tras el fracaso de sus expectativas como socio de la firma. Sin duda ella creía que de todas maneras se había ganado el dinero, aunque no hubiera logrado sus objetivos. Si supiera que cuanto más se prolongaba la comedia entre ellos, le parecía cada vez menos importante entrar en la sociedad… Paula había sido la razón de continuar con ese estúpido pacto y sus sentimientos irracionales hacia ella habían acabado con el sentido común que solía caracterizarlo. ¡Había actuado como un perfecto asno! Sí, estaba claro que lo había tomado por tonto. Pensar que había empezado a creer que realmente sentía algo por él, a pesar del maldito pacto. Pero no. Esa mañana había ido a cobrar la cuenta. Pero si el dinero era lo único que quería, ¿por qué había roto el talón? No tenía sentido. Cuanto más lo pensaba, más confuso se sentía. Aunque debería estar muy contento. Finalmente se habían solucionado los problemas con su padre, y ya no tenía que fingir ante Paula… ¡Eso era! Ya no tenía que fingir ante ella, y eso significaba que podía decirle la verdad. La amaba, y quizá nunca había dejado de quererla en todos esos años. Ella era la única mujer que le había hecho sentirse íntegro, por eso su espíritu estaba desgarrado. Se había marchado. No, él la había despedido. Sin decirle la verdad. Volvía a cometer el mismo error, como aquel día de su cumpleaños. ¿No aprendería nunca? Pedro se precipitó al ascensor. Si tenía suerte, ella todavía estaría en el vestíbulo. Mientras bajaba, golpeteando el suelo con impaciencia, intentó ensayar lo que le diría, pero su mente estaba en blanco. Cuando se abrieron las puertas, ya tenía una vaga idea. Sin embargo, la declaración de amor se le atragantó en la garganta al ver a Paula en los brazos de Diego Rockwell. Así que después de todo, él tenía razón. Ella había elegido y no a él precisamente. Entró en el ascensor con paso inseguro al tiempo que se reprochaba haber sido tan necio.