martes, 11 de julio de 2023

Tentación: Capítulo 38

Paula intentó pasar por alto su comentario. Estaba segura de que Pedro no pretendía que se hiciera ilusiones, aunque le habría gustado que lo intentara, y ni siquiera sabía por qué. Al fin y al cabo, desear lo imposible era tan fútil como absurdo.


–¿Y cómo es exactamente nuestra situación?


–No sé, es difícil de definir –respondió Pedro, clavando la vista en sus ojos–. No teníamos intención de seguir siendo amantes cuando llegáramos a los Estados Unidos. De hecho, yo quería que nuestra relación fuera platónica, porque ibas a vivir en mi propiedad. Pero es evidente que las cosas han cambiado.


Una vez más, ella quiso hacer caso omiso de sus palabras. Incluso estuvo a punto de cambiar de conversación y preguntarle por la mujer del otro lado del restaurante que no dejaba de mirarlo. Pero la recientemente liberada Paula Chaves no podía cometer la cobardía de huir de las conversaciones problemáticas, como había hecho durante tantos años. Jugar a lo seguro no la había llevado a ningún lado. Tenía que arriesgarse. Ya no era la misma mujer, como demostraba el hecho de que la noche anterior se hubiera sentido a la altura de Pedro. Y no podía ser su igual si se negaba a afrontar el conflicto y se abstenía de hacer preguntas difíciles por miedo a lo que pudiera responder.


–¿Por qué dices eso?


Pedro guardó silencio mientras uno de los camareros les servía la comida. Luego, hizo un gesto a Paula para que se sirviera, pero ella no se movió.


–Lo sabes tan bien como yo –dijo al fin–. Ha cambiado porque soy incapaz de resistirme a tus encantos, por mucho que lo intente.


–Ah.


–Sin embargo, soy consciente de que no te pareces en nada a mis amantes habituales.


Paula, que ya se estaba sirviendo la ensalada, alzó la cabeza y dijo:


–¿Y cómo son tus amantes habituales?


Él respondió lentamente, como calculando sus palabras.


–Son mujeres que conocen las normas del juego, mujeres que saben lo que busco y lo que puedo dar. Y, si quieres que sigamos siendo amantes, tendrás que ser como ellas –le advirtió–. Seré leal y generoso contigo mientras estemos juntos, pero sin compromisos de ninguna clase. Si piensas que esto va a terminar con anillos de oro, será mejor que le pongamos fin.


–¿Crees que todas las mujeres quieren casarse contigo?


–La experiencia me dice que sí.


Paula sacudió la cabeza, preguntándose si lo suyo era arrogancia o una simple constatación de las cosas que le habían pasado. Pero eso era menos importante que su declaración. Le estaba diciendo que, si no aceptaba sus condiciones, rompería con ella. Y estaba hablando en serio. Rompería su relación. Además, ni siquiera existía la posibilidad de que la echara de menos en ese caso. Solo tenía que mirar a su alrededor para ver mujeres que estarían encantadas de ser sus amantes. Pedro era un premio muy deseado, y no tendría problemas para encontrar sustituta. Sin embargo, no estaba dispuesta a permitirlo. No estaba preparada para renunciar a una experiencia tan increíble por culpa de una idea equivocada sobre las relaciones personales, que parecía salida de un cuento de hadas o de la moral represora del pueblo donde había crecido. Nadie necesitaba estar enamorado para hacer lo que estaban haciendo. 

Tentación: Capítulo 37

En principio, iba a ser un beso rápido, una declaración posesiva de lo que pretendía hacer con ella después de comer. Sin embargo, se transformó en algo intenso que lo arrastró a un abismo sensual; tal vez, por la respuesta apasionada de Paula, que apretó los senos contra su pecho mientras le acariciaba el cuello.  Entonces, Pedro se acordó de que tardarían diez minutos en llegar al restaurante y se le desbocó el corazón, porque era tiempo suficiente para hacer lo que quería: meterle una mano bajo el vestido, llevarla rápidamente al orgasmo, bajarse la cremallera de los pantalones y permitir que Paula chupara su sexo con la exquisitez de la noche anterior. Por supuesto, existía la posibilidad de que llegaran a su destino antes de lo previsto, pero no sería un problema. Solo tenía que hablar con el chófer y pedirle que diera vueltas por la ciudad hasta que le avisara. No habría sido la primera vez que utilizaba ese truco con una de sus amantes. Pero ahora estaba con Paula y, por motivos que ni él mismo entendía, le pareció inadecuado. Sacando fuerzas de flaqueza, se apartó de ella y le dijo que se arreglara el pelo, porque se lo había revuelto. Estaba desconcertado con su propia actitud, e intentó convencerse de que la espera merecería la pena y de que sería una forma de demostrar que no había perdido el control de sus emociones. El restaurante, que estaba en Embarcadero, tenía unas vistas preciosas del puente de San Francisco. Pedro sabía que Paula se quedaría extasiada con el paisaje, como así fue, pero se llevó una sorpresa cuando cruzaron el abarrotado local, porque parecía inmune al hecho de que todo el mundo los miraba. ¿Se habría acostumbrado a estar entre ricos y famosos? Fuera como fuera, pensó que su naturalidad era un soplo de aire fresco en el enrarecido ambiente del conocido lugar. Al llegar a su mesa de costumbre, se dirigió a uno de los camareros y pidió que les llevaran una ensalada, langosta, una botella de agua mineral y un platito de aceitunas. Luego, se recostó en la silla y dijo, mirándola:


–Veo que tu entrevista con Silvina ha ido bien.


–Eso creo –replicó ella, alcanzando su servilleta–. Me ha hecho un montón de preguntas. Quería saber si te conozco bien, si pienso quedarme mucho tiempo en la ciudad. Ese tipo de cosas.


–Querría asegurarse de que no te vas a ir mañana por la mañana –comentó él–. Si quiere darte trabajo, es lógico.


–Sí, supongo que sí –declaró Paula, dubitativa.


–¿Solo lo supones?


–Es que estaba particularmente interesada en tí. Incluso me ha preguntado si estamos viviendo juntos.


Él frunció el ceño.


–¿Y qué has dicho tú?


–Que no, que solo me has ofrecido un alojamiento temporal. Pero me ha parecido tan extraño que ha despertado mi interés.


–¿En qué sentido?


–En el de su relación –contestó ella, jugueteando con la servilleta.


–No te entiendo.


–¿Han sido amantes?


–No, nunca me he acostado con Silvina –le informó él–. Pero, si lo hubiera hecho, ¿Te molestaría?


Paula lo miró a los ojos.


–No sería asunto mío.


–¿Y tampoco te molestaría que me presentara en mi casa con otra mujer?


–Claro que no.


–Mentirosa.


Paula entrecerró los ojos. Aunque no se le notara, se sentía fuera de lugar en el elegante restaurante, con sus cuberterías de plata, sus manteles de lino y sus comensales de la alta sociedad, que los miraban con disimulo. Y ahora, por si eso fuera poco, Pedro la acusaba de mentir.


–¿Mentirosa? ¿Yo?


–Reconócelo, Paula. Te molestaría. Se te nota en la cara –afirmó él–. Pero los celos son perfectamente normales en una situación como la nuestra. 

jueves, 6 de julio de 2023

Tentación: Capítulo 36

La entrevista que Paula tuvo a continuación fue una de las cosas más abrumadoras que había hecho en su vida, pero también de las más satisfactorias. Duró poco menos de una hora y, cuando salió de la tienda, se sentía la mujer más afortunada del mundo. Casi se había desmayado cuando Silvina le informó de lo que pensaba cobrar por sus bolsos artesanales y le pidió que hiciera tantos como pudiera. Había conseguido un trabajo, o algo parecido. Había dado el primer paso en el camino de la independencia. Aún desconcertada, dudó entre almorzar en alguna parte o ir a comprar una máquina de coser. Ya había decidido que la segunda opción era la más sensata cuando se fijó en un hombre alto que se acercaba por la acera. Y caminaba hacia ella. Lo reconoció un segundo después, visual y visceralmente. Había hecho lo posible por no pensar en él, decidida a concentrarse en la entrevista con Silvina y su futuro profesional, pero se le encogió el corazón en cuanto le puso los ojos encima, y todo lo demás desapareció como por arte de magia. ¿Qué tenía aquel hombre? Cuando estaba cerca, no podía ni pensar.


–Hola, Pedro –dijo ella, sobreponiéndose a su sorpresa–. ¿Qué haces aquí?


–He venido a buscarte.


Paula se lamió los labios como una gata hambrienta.


–¿A buscarme? Pero si no sabías dónde iba a estar…


–Es obvio que lo sabía. De lo contrario, no estaría delante de tí –respondió él, mirándola con humor–. Me dijiste que tenías una cita con Silvina. ¿O es que lo has olvidado?


–Ah, es verdad –declaró ella, mirándolo con desconcierto–. Pero sigo sin entender por qué has venido.


Pedro se encogió de hombros. La voz de la razón le había advertido contra la tentación de ir a buscarla. Había intentado que esperara hasta la noche, para tener unas horas de tranquilidad e intentar romper el hechizo que pesaba sobre él. Pero luego se preguntó por qué tenía que esperar, si quería acostarse con ella cuanto antes. Y a juzgar por la mirada de Paula, ella también lo quería.


–He pensado que podíamos comer juntos.


–¿Comer?


–Lo dices con tal tono de desconfianza que cualquiera diría que te he hecho una proposición deshonesta –ironizó Pedro–. Pero solo se trata de eso, de comer, aunque estoy dispuesto a pasar a otras cosas cuando terminemos.


–Oh –dijo ella.


–Te has ruborizado otra vez, Paula. Deberías aprender a controlar tus emociones.


–No lo puedo evitar –replicó ella en voz baja–. Pero no puedo comer contigo. Tengo que comprar una máquina de coser.


–Ya la comprarás después. Venga, sube al coche.


Paula comprendió que no aceptaría un «No» por respuesta y se subió a regañadientes; pero su reticencia alimentó el deseo de Pedro, que la encontró sorprendentemente encantadora. De repente, estaba tan excitado que no se podía controlar y, cuando el chófer arrancó, la tomó entre sus brazos y la empezó a besar.


Tentación: Capítulo 35

Paula echó un vistazo a su alrededor, buscando ropa de Pedro y, tras una rápida búsqueda, encontró unos pantalones de chándal y una camiseta negra con el nombre de una banda de rock. Le quedaban muy grandes, pero era discreto y no tenía otra cosa, así que se los puso y abrió la puerta de la suite con el vestido y los zapatos bajo el brazo. Al salir al corredor, se detuvo un momento. No había nadie. Alguien estaba pasando una aspiradora en algún lugar de la mansión, pero sonaba tan lejos que se sintió segura y empezó a caminar, esforzándose por no hacer ruido. Casi había llegado a la entrada principal cuando oyó una voz de acento británico.


–Buenos días, señorita Chaves.


Paula se asustó tanto que estuvo a punto de soltar el vestido, pero sacó fuerzas de flaqueza y se giró hacia el mayordomo con una sonrisa en los labios. El hombre llevaba un traje de levita, de pantalones grises y chaqueta negra.


–Buenos días, Gerardo.


–¿Quiere que le sirva el desayuno? El chef ha preparado todo un surtido de pastelería.


Paula lo miró, preguntándose si el cocinero de Pedro tenía la costumbre de preparar desayunos suntuosos a las amantes de su jefe.


–No, gracias –respondió–. Tomaré algo en el chalet.


–¿Está segura?


–Lo estoy –dijo, echando los hombros hacia atrás–. Muchas gracias, Gerardo.


–De nada, señorita Chaves.


Paula cruzó los jardines, donde varias legiones de empleados se afanaban en cortar y regar el césped. Algunos volvieron la cabeza al verla pasar, y ella pensó que la vida no podía ser más injusta: Pedro era el único amante que había tenido, pero la gente ya la había visto dos veces en situaciones humillantes, y las dos en la misma mañana. Sin embargo, se recordó que no tenía motivos para avergonzarse. Carecía del dinero y el poder de Pedro, pero se sentía como si fuera su igual. A fin de cuentas, temblaba cuando la tocaba, gemía cuando la penetraba y soltaba carcajadas de placer cuando ella lo cubría de besos, después de hacer el amor. Incluso le decía que era preciosa. Y lo decía de tal manera que le hacía sentirse verdaderamente preciosa. Al llegar al chalet, se duchó, se vistió y guardó tres de sus bolsos artesanales en una bolsa de tela. Luego, salió de la casa, sacó el teléfono móvil y buscó la dirección de la tienda de Silvina Simon, donde había quedado. El establecimiento fue fácil de encontrar. Estaba en una callecita flanqueada de árboles, y la inteligente iluminación interior resaltaba las creaciones de la famosa diseñadora, que cubrían los cuerpos de unos maniquíes tan imposiblemente altos como delgados. El resto del local, que era bastante grande, consistía en una serie de superficies de cristal sobre las que descansaban exquisitas joyas y zapatos hechos a mano. Paula se puso algo nerviosa cuando una de las dependientas se acercó a ella con una sonrisa de extrañeza, como si pensara que no tenía aspecto de ser clienta habitual. Y estaba en lo cierto, porque no lo era.


–¿La puedo ayudar?


–Eso espero. Estoy buscando a Silvina Simon.


La mujer frunció el ceño.


–¿Tiene cita?


–Bueno, nos conocimos anoche en una fiesta, y…


–Ya me encargo yo, Lara.


Al oír la voz de su jefa, la dependienta asintió y se marchó. Aquel día, Silvina Simon llevaba un vestido de color crema, con unos zapatos cuyos tacones desafiaban la ley de la gravedad y un collar de perlas tan grandes como huevos de codorniz.


–Me alegro de verte, Paula. ¿Has traído más bolsos?


Paula le enseñó la bolsa que llevaba.


–Sí, están aquí.


–Excelente. ¿Por qué no pasas a mi despacho? Si te apetece, le diré a Amanda que nos traiga un café.


–Gracias. 

Tentación: Capítulo 34

Tras desnudarla por completo, le quitó las horquillas del pelo y se lo soltó. Sus negros rizos cayeron sobre sus hombros, y él soltó un suspiro sin poder evitarlo.


–Eres preciosa.


–No, no lo soy.


–Créeme, lo eres.


Y lo era. Salvatore no tenía ninguna duda. Lo era sobre todo porque volvía a ser la inocente siciliana que le había entregado su virginidad. ¿Cómo podía ser tan bella? Sus firmes y morenas curvas contrastaban contra el blanco de las sábanas, y sus pezones erguidos estaban pidiendo a gritos que los lamiera. Y entonces, ella separó las piernas y le ofreció una visión perfecta de su sexo, dejándolo tan fascinado como si nunca hubiera visto el cuerpo de una mujer. Para Pedro, fue algo desconcertante y, por esa misma razón, molesto. Paula tenía demasiado poder sobre él. Pero su inquietud desapareció cuando volvió a asaltar su boca, se puso entre sus piernas y la penetró con una suave acometida. Al cabo de un rato, cuando ya se acercaba al orgasmo, se preguntó si se cansaría alguna vez de hacer el amor con ella. Y, al alcanzar el clímax, se le escapó una palabra que no pretendía pronunciar:


–Paula… 



Era el paisaje más bello que había visto en su vida. Estaba en la enorme cama de Pedro, contemplando el brillante mar azul de la distante bahía. Seguía desnuda, y las mejillas se le ruborizaron un poco al recordar lo que le había dicho él por la mañana, justo antes de marcharse al despacho.


–Ha sido fantástico.


–Sí que lo es.


Pedro, que se estaba poniendo la corbata, clavó la vista en sus ojos. Y ella decidió puntualizar su comentario, porque no quería parecer demasiado entusiasta.


–Bueno, no tengo con qué compararlo, pero…


–Créeme, Paula, ha sido fantástico –la interrumpió él.


Las palabras de Pedro sonaron más bruscas de la cuenta, como si hubiera admitido algo que le incomodaba. Y segundos después, miró el reloj con la expresión de alivio de un náufrago que hubiera visto un salvavidas.


–Me tengo que ir –anunció.


Su beso de despedida fue breve, casi inexistente. Ardía en deseos de marcharse de allí, de alejarse de lo sucedido durante la noche, cuando Paula parecía arder por dentro cada vez que la tocaba. La luz del día había destruido la magia de las horas anteriores. Naturalmente, Paula se dió cuenta de lo que pasaba, pero le quitó importancia y se quedó en la cama un buen rato, hasta que se acordó de que había quedado a las doce con Silvina Simon. Entonces, se levantó, miró su ropa y se maldijo para sus adentros. Estaba donde Pedro la había dejado, junto a los zapatos de tacón alto. Pero no podía ir al chalet con una indumentaria tan inapropiada, porque estaba segura de que los empleados la verían. Preocupada, alcanzó el vestido y lo volvió a dejar en el suelo. No, no podía llevar eso por la mañana. Era demasiado festivo. ¿Qué podía hacer? 

Tentación: Capítulo 33

Por desgracia, el aire chic y refinado de Lina estaba horadando su fuerza de voluntad y, al cabo de unos minutos, se hizo una pregunta que la destruyó por completo: ¿Qué ganaban con tanta contención emocional? La respuesta era obvia. Ninguno de los dos ganaba nada. Y, de repente, sintió la necesidad de arrancarle el vestido, darse un festín con su cuerpo y verla retorcerse de placer entre sus brazos.


–¿Paula?


–¿Sí?


–¿Tienes idea de cuánto deseo besarte?


Ella suspiró.


–¿Besarme? Pensaba que ya no querías hacerlo.


El tono inocente de Paula hizo que la mirara con dulzura.


–Claro que quiero. He intentado resistirme, pero me temo que estoy perdiendo la batalla –le confesó.


Paula entreabrió la boca en una muda invitación, y le tembló el labio inferior cuando Pedro se lo acarició con un dedo. Luego, él apartó la mano y la besó dulcemente, sintiendo una descarga de deseo tan intensa como si fuera un adolescente que acabara de descubrir el sexo. Fue el beso más lento y tórrido del mundo. En respuesta, ella se aferró a sus hombros y lo apretó contra el asiento del vehículo, mientras él la acariciaba por encima del vestido. Ella había empezado a gemir, y Pedro intentó meter las manos por debajo de la tela, porque necesitaba sentir su piel; pero se apretaba tanto a sus muslos que fracasó en el intento.


–No tengo intención de hacer el amor en el coche –dijo él–. No lo haría ni aunque tu vestido me lo permitiera.


–Sabía que no te gustaba.


–Tu vestido me da igual, descontado el hecho de que está tan apretado que no te lo puedo subir. Será mejor que esperemos a llegar a mi casa, donde estaremos más cómodos. Salvo que se te ocurra algo, claro.


Los ojos de Paula brillaron con un destello de duda, y Pedro pensó que solo tenía que hacer una cosa para tranquilizarla: Decirle lo que quería oír, palabras bonitas sobre el amor. Pero nunca había engañado a una mujer para acostarse con ella, y no iba a empezar entonces. No podía decir lo que no sentía. Si quería estar con él, tendría que aceptarlo tal como era, con sus condiciones.


–No se me ocurre nada –replicó ella.


Poco después, la limusina entró en la propiedad de Pedro, y las luces del camino se encendieron al instante. La casa estaba en silencio cuando bajaron del coche y se dirigieron a su suite. No era la primera vez que hacía ese recorrido con una amante, pero nunca había estado tan excitado, tan dominado por el sentimiento de anticipación.


–¿Te apetece una copa? –le preguntó.


–No, gracias –respondió Paula.


Pedro se alegró enormemente, porque tenía prisa por llegar al dormitorio, donde le quitó el bolso de las manos y lo dejó en una silla. Después, inclinó la cabeza, la besó de nuevo y le bajó la cremallera del vestido con alguna dificultad, aunque la prenda terminó en el suelo de todas formas. Paula se había quedado en ropa interior y, al ver su lencería nueva, que indudablemente enfatizaba sus curvas, sintió una extraña nostalgia de las sencillas braguitas blancas que llevaba en el avión. 

martes, 4 de julio de 2023

Tentación: Capítulo 32

Al principio, Paula tuvo miedo de que su inglés la traicionara y no pudiera hacerse entender, pero los dos hombres fueron encantadores, y Sean MacCormack la invitó a pasar por el estudio de televisión cuando quisiera. Terminada la cena, la banda de música empezó a tocar, y ella se llevó una alegría al ver que Pedro se detenía a su lado.


–¿Ya nos podemos ir? –preguntó ella.


Él la miró con asombro.


–¿Te quieres marchar? Va a empezar el baile.


–Lo sé.


–Pues bailemos.


–¿Estás seguro? Dijiste que no quieres pasar la noche en urgencias. Y, por otra parte, te arriesgarías a que te clave un tacón en el pie.


Pedro se encogió de hombros.


–Bueno, estoy dispuesto a arriesgarme.


Paula estuvo tentada de aceptar la oferta, pero pensó que no tenía sentido. Desde su encuentro íntimo en el avión, Pedro había hecho lo posible por mantener las distancias, y había dejado claro que no la quería tocar. Además, era lo más sensato para los dos, aunque ardiera en deseos de volver a probar sus labios. No, no podía bailar con él. Habría sido una locura, una verdadera tortura. Sus cuerpos entrarían en contacto, recordándole todas las caricias que intentaba olvidar. Se rozarían, se frotarían, se seducirían sin remedio. Y empezaba a estar cansada de los mensajes contradictorios que le enviaba él.


–Si no te importa, prefiero que no bailemos. Los zapatos me están matando.


El asombro de Pedro se transformó en absoluta perplejidad. Fue como si ninguna mujer se hubiera atrevido nunca a rechazarlo, y Paula tuvo una intensa sensación de triunfo cuando salieron de la abarrotada sala. Sin embargo, su satisfacción se esfumó al llegar a la limusina. Entonces, le dió por pensar en todos los bailes a los que iría sin ella, lo cual le provocó un ataque de celos y una duda más: ¿Era normal que se sintiera así? ¿Todas las mujeres se sentían tan conectadas con el hombre con el que habían perdido la virginidad? Fuera como fuera, la penumbra del interior del coche avivó el deseo que intentaba controlar, y tuvo que apartar la vista del escultural perfil de Pedro.


–¿Ha sido una velada útil? –preguntó él, rompiendo el silencio.


Ella asintió, deseosa de entablar una conversación. Hablar con él era más fácil que afrontar sus turbulentas emociones.


–Sí, mucho. Silvina se interesó por mi bolso.


–¿Por qué bolso?


–Por el que llevo –respondió Paula–. Me preguntó de dónde lo había sacado y, cuando le dije que lo había hecho yo misma, no se lo podía creer. Quiere que me pase mañana por su estudio. Puede que me dé trabajo.


–Vaya, eso es tener éxito.


Paula asintió otra vez.


–Sí que lo es. Pero no quiero pensarlo demasiado, por lo menos, hasta que hablemos de nuevo –declaró.


–Una decisión muy sabia.


–Supongo.


Paula volvió a apartar la vista de su perfil y se giró hacia la ventanilla, marcando las distancias. Pedro se dió cuenta de lo que estaba haciendo y pensó que debía estarle agradecido, porque le facilitaba las cosas. Además, era lo mejor para los dos. Si se resistían al deseo, había menos posibilidades de que ella se hiciera ilusiones con su relación y, en cuanto a él, podría convencerse de que la podía tomar o dejar como a cualquier otra mujer, sin complicaciones añadidas.