martes, 11 de abril de 2023

Refugio: Capítulo 39

 —Estoy pensando… —dijo Pedro susurrando.


—Mmm… —murmuró Paula, disfrutando del cuerpo fuerte y cálido de su amado.


—La otra noche, cuando te caíste al río e hicimos el amor, no tomamos precauciones… No te habrás quedado embarazada, ¿Verdad?


«¿Embarazada? Ya es lo que me faltaba…» pensó Paula.


—No creo… Bueno, no lo sé. Lo cierto es que en aquel momento yo no estaba como para pensar en ese tipo de cosas.


—Yo tampoco… —dijo Pedro, abrazándola aún más fuerte—. ¿Estás tomando la píldora?


—No —contestó Paula—. ¿Para qué la iba a tomar?


—¿Crees que tenemos alguna posibilidad?


Paula sonrió porque Pedro lo estaba planteando como si estuviera deseándolo.


—No lo sé. La verdad es que estoy tan preocupada con mi trabajo que apenas me he parado a pensar en mi ciclo menstrual.


—Espero que me mantengas al corriente.


Paula se imaginó acunando al hijo de ambos, lo que le produjo una extraña sensación.


—Creo más bien que no. Aquel día, yo estaba en los primeros días del ciclo. Sin embargo, esta noche sí que he estado expuesta a un posible embarazo.


Pedro que descansaba al lado de Paula, giró la cabeza para mirarla a los ojos.


—Les dije a los abuelos que no me esperasen y que me marcharía a Londres después dé la cena. La verdad es que estoy muy ocupado con la presentación del proyecto.


Paula le propuso que tomaran café, para disfrutar un poco más de su compañía. No obstante, Pedro pensó que podían hacer otro tipo de actividades más interesantes para despedirse…  


El joven arquitecto la llamó el domingo por la mañana, después de que ella terminara el ordeño del ganado. Estaba utilizando un teléfono móvil y se oían todo tipo de ruidos de fondo.


—Hola Pau, volví muy bien a casa. Estoy tremendamente ocupado. Ya te llamaré en otro momento con más calma. Cuídate.


—Tú también —contestó y colgó el teléfono, echándolo inmediatamente de menos.


¡Aquello era una auténtica locura!


La joven puso los vídeos de Pedro, para torturarse un poco más, y después se fue con los perros a lo alto de la colina. Se sentó sobre un tronco para disfrutar de la vista que tanto amaba y volvió a echarlo de menos. Cuando regresó a la granja, ya era hora de ordeñar a las vacas otra vez. Una vez terminada esa tarea, se ocupó de las gallinas y de los terneros. Por fin, entró en casa y se tomó un sándwich. Tenía ganas de dormir. Subió a su dormitorio y se tumbó en la cama. Le sorprendió el aroma de su amado en la almohada, con lo cual volvió a echarlo de menos. «Tengo que tomar una determinación, porque esto no puede seguir así…», pensó Paula con preocupación. Abrazada a la almohada y tras dar varias vueltas en la cama, la joven se abandonó a su recuerdo. Pedro estaría en Londres, pero para Jem estaba tan presente como el día y la noche. Podía oír su risa y su voz suave, incluso la agitación de su respiración cuando ella lo tocaba… Como no podía dormir, sacó el libro que estaba leyendo, abandonado desde que apareció el hombre por la granja. En tan sólo nueve días, se había involucrado en la relación hasta la médula. Quizá, leyendo podría adormecerse…


—¿Paula?


La joven hizo una mueca divertida y se arrellanó en uno de los asientos que estaban junto al teléfono.


—Hola, Pedro —contestó Paula, contenta por la llamada.


—¿Qué tal estás?


—Bien, sin problemas. ¿Cómo va la presentación? 

Refugio: Capítulo 38

La granjera se lo comió todo, con apetito.


—Como te decía, Agustín me pidió que viniéramos porque…


—Quiero que sepas que eres perfectamente libre de hacer con él lo que quieras.


—…porque está intentando ligar con la camarera… Hola, Fiorella.


—¿Les apetece algo de postre? —dijo la joven, mientras recogía los platos.


—Tarta de manzana con nata, para mí. ¿Y tú Pedro?


—Lo mismo. Seguro que acabas comiéndotela tú…


La camarera le guiñó un ojo a Pedro, cuando se retiró de la mesa.


—Como te decía, a Agustín le gusta esa chica. Lleva cortejándola un año, pero todavía no le ha dicho que sí. Por eso recurrió a los celos. Ésa es la única razón por la cual estuvimos aquí el jueves.


—Lo siento, Pau, te creo, pero es que hay algo en Agustín que detesto. Puede que sea culpa mía: quizá sea demasiado posesivo contigo.


«Ya está. Con una explicación, sus celos han desaparecido», pensó la joven, aliviada. Fiorella trajo el postre y ambos se lo comieron todo.


—¡Qué rico! He recuperado el apetito —dijo Pedro más contento.


Cuando terminaron con la cena, el arquitecto fue a la barra a pagar. Luego salieron del pub y Pedro ayudó a acomodarse a Paula en el coche. Recorrieron estrechos caminos para regresar a la granja y, cuando llegaron, los perros les saludaron como si hubiesen estado fuera una eternidad. Ella iba a meter la llave en la cerradura, pero apenas podía hacerlo porque él se había pegado a su espalda… Una vez en la cocina, la joven puso agua a calentar.


—¿Te apetece tomar té o café?


—Ninguna de la dos cosas, gracias. Lo que quiero es abrazarte porque el último beso te lo dí hace demasiado tiempo.


Paula retiró el agua del fuego y volvió a los brazos de Pedro.


—Te he echado mucho de menos… —dijo Paula, enfrentándose al abrigo de su amado—. Sólo ha pasado una semana desde que nos hemos vuelto a encontrar y ya estamos tan unidos… ¡Es una locura! 


—Sí, realmente lo es. Pero la vida es así —contestó Pedro mientras la miraba a los ojos.


«Lo más probable es que note la debilidad que siento por él, mi vulnerabilidad absoluta que me hará llorar cuando se vaya de mi lado…», pensó la joven.


—Vayamos a la cama —propuso Pedro sensualmente.


Las buenas intenciones de darse tiempo para que se conocieran un poco más fueron vanas. Paula necesitaba estar con él, lo deseaba… Definitivamente, podía decir que lo amaba. Se despidió de los perros dándoles una galleta y siguió a Pedro al piso de arriba. Una vez dentro del dormitorio, cerraron la puerta. Desde ese instante, el hombre se unió a ella en un todo y estuvieron acariciándose y besándose apasionadamente.


—Pedro…


—Paula…


Ambos murmuraban con deseo palabras perdidas. Se desnudaron con prisas, pero a continuación, el ritmo de su respiración se hizo lento e intenso; no querían apagar demasiado deprisa el fuego ardiente de su amor…


—Sabes tan bien, Paula —dijo Pedro, acariciándola tiernamente, tocándola con sus manos diestras y haciéndola perder la cabeza de deseo.


El hombre la estimulaba, luego la abandonaba, sin darle tregua, hasta que los dos culminaron la espiral enloquecida de la pasión.


—¿Pedro? —susurró la joven.


—Lo sé, mi amor, lo sé —contestó Pedro, acunándola tiernamente contra su pecho. 

Refugio: Capítulo 37

 —¿Va más deprisa la ordeñadora con la corriente eléctrica?


—Sí, un poco más, pero tampoco funciona como las ordeñadoras actuales. Nos vendría muy bien un sistema nuevo, pero el que tenemos cumple con su cometido… —dijo Paula mientras colocaba el succionador a la primera vaca—. Ahora que lo pienso, no te he agradecido que hayas arreglado el pequeño motor de gasolina durante el apagón.


Pedro se acercó lentamente hacia ella, con una sonrisa sexy en los labios.


—Todavía estás a tiempo —y la estrechó entre sus brazos.


El primer beso fue como una fresca caricia de lluvia en el desierto. Y, como una flor del desierto, Paula se abrió con toda su alma a las caricias de su amado. Lo que había empezado como un beso ligero se convirtió en una profunda búsqueda por parte de Pedro, que acariciaba a la joven con un grave murmullo de voz. La pasión les llevó a apoyarse contra la pared, pero lo que ellos percibieron como un muro era el cuerpo de Sandy, que se quejó mugiendo y desplazándose ligeramente a un lado. Pedro se tambaleó y ambos rieron de buena gana.


—¡Oh, Sandy, qué mojigata eres! —comentó la joven mientras su acompañante reía una vez más.


—Nos vemos luego —se despidió Pedro.


Paula sintió latir el corazón fuertemente. Intentó concentrarse en su trabajo, pero tenía en mente el cuerpo y la mirada misteriosa de Pedro. Sabía muy bien lo que iba a ocurrir esa noche…


—Si no tienes nada que hacer, puedes limpiar el establo.


El hombre soltó una carcajada de consternación. 


—Si lo hago yo, más tarde estaré tan cansada que no podré ni moverme.


—¿Dónde está la carretilla? —preguntó el joven de inmediato.


—En el estercolero.


Pedro se puso a trabajar con lo que podría ser descrito como entusiasmo, mientras silbaba ligeramente.


—Adviértele a Sandy que, como me vuelva a ensuciar, irá a parar a la olla.



El pub estaba lleno de gente. Ambos encontraron una mesa hacia el fondo, al lado del fuego. Pidieron patatas asadas sin pelar, con atún y mayonesa. Paula sabía que las raciones eran grandes, pero, como estaba muerta de hambre, se comió todo su plato. Los dos últimos días apenas había comido. Realmente, necesitaba ir a hacer la compra. El propietario le comentó:


—¡Cuánto se te ve por aquí últimamente! Primero Agustín y, ahora, este caballero…


Inmediatamente, Pedro dijo sarcásticamente:


—¿Agustín?


La joven se sintió culpable sin tener por qué serlo, y defendió a su vecino.


—Vinimos el jueves a tomar una cerveza para darle celos a Fiorella, la camarera. Agustín ha estado intentado entablar una relación con ella desde hace tiempo, pero la joven no le ha aceptado todavía.


—Ya sé que, según tú, sólo es un amigo, pero yo creo que estaba deseando que yo me fuera a Londres, para acosarte de nuevo.


Paula pinchó una patata violentamente y le dijo a Pedro:


—No tiene nada que ver con eso, ¿De acuerdo? O sea, que vamos a olvidarlo.


El caso es que el joven apenas pudo dejar de pensar en el granjero. No pudo disfrutar de la cena y dejó la mitad del plato sin terminar.


—¿No vas a comerte esto? —preguntó Paula, apuntando con el tenedor su plato.


—Por favor, es todo tuyo —comentó cínicamente Pedro. 

martes, 4 de abril de 2023

Refugio: Capítulo 36

 —No, gracias. No podría devolvértelo, porque de momento la granja está hipotecada para pagar las deudas del tío Tomás, y estoy a punto de perderlo todo, incluso mi forma de ganarme la vida.


—Pues acéptalo como un regalo, Paula.


—¿Qué pasa, Pedro, todavía te sientes culpable porque me caí en el río?


—No seas tonta. Quiero decir que… Detesto verte luchar.


Pauña rió amargamente.


—Así es la vida en el campo. No nos olvidemos de que puedo vender el ganado en cualquier momento y volver a la abogacía. Te agradezco que te preocupes por mí, pero ya verás como todo saldrá bien. Además, al final del invierno las cosas se ponen difíciles, pero en verano, cuando no hay que alimentar a las vacas, la vida es mucho más fácil.


—Está bien, pero quiero que, ante cualquier problema, recurras a mí.


Los dos paseantes siguieron caminando, subiendo la pendiente de la colina desde la cual se divisaba todo Dorset. La vista era magnífica. Paula, mientras andaba, luchaba por no rendirse y llorar amargamente en los brazos de Pedro. Se encontraba desbordada por tantas preocupaciones. Sin embargo, la joven no era de las que abandonan fácilmente… O sea, que cuando llegaron a la cima disfrutó más que nunca de la belleza del paisaje. Por lo menos, la dura vida en la granja podía ser compensada con espectáculos como aquél.


—¡Qué belleza! —dijo Pedro, respirando profundamente—. Es realmente espectacular.


—Es bonito, ¿Verdad? —dijo Paula, explicándole a su acompañante la distribución de Dorset—. La casa de tus abuelos está por allí, la granja hacia allá. Se puede ver el ganado…


Pedro apoyaba una mano en el hombro de la joven. Estaba tan cerca de él que podía sentir el aroma de su after shave, mientras le indicaba dónde tenía que mirar.


—¿Eso es el pueblo? —preguntó el hombre.


—Sí. Aquello es el pub y más allá, está la iglesia.


—Creo que lo reconozco. ¿De pequeños veníamos mucho a la colina?


—Constantemente. El tío Tomás se enfadaba mucho porque estábamos mucho rato en el bosque.


Pedro rió acordándose de aquellas vacaciones.


—Sí. Recuerdo que una vez me castigaron mis abuelos por llegar tarde e involucrarte en la aventura.


—Yo estaba constantemente castigada porque siempre llegaba tarde por la noche. Por cierto, ya va siendo hora de ordeñar a las vacas, démonos un poco de prisa. Si tomamos ese camino, llegaremos antes a la casa de tus abuelos —dijo Paula mientras con un silbido reunía a todos los perros.


Se bajaba la colina en poco tiempo, sin embargo, era más duro para las piernas. Llegaron a la propiedad de Alfredo y Luisa y todos juntos se tomaron una taza de té. El abuelo le propuso a su nieto que utilizase el Land Rover para llevar de vuelta a Paula y los perros.


—Así, en vez de una taza nos podremos tomar dos.


Cuando terminaron con el té, Pedro llevó a su acompañante a casa. Antes de marcharse, le dijo:


—¿Qué vas a hacer esta noche después de ordeñar a las vacas? Si quieres, podemos ir a cenar al pub, o a dar una vuelta por Dorchester. No hace falta que te vistas mucho.


Paula se quedó pensando en su armario y en el estado de sus manos… Se inclinó por una cena tranquila en el pub local.


—No hace falta que te vistas demasiado; yo sólo tengo vaqueros y trajes de chaqueta para la oficina —le aconsejó Paula al arquitecto.


Pedro se rió.


—Me pondré unos vaqueros. Vengo a buscarte a las ocho. ¿Te parece bien?


—De acuerdo —contestó Paula, pensando que de nuevo se estaba dejando llevar por una relación que no tenía futuro.


Antes de marcharse, Pedro le preguntó si necesitaba ayuda.


—¿Te puedo acompañar?


—¿Qué pasa…Qué lo echas de menos? —rió la granjera.


—Ya lo creo, sobre todo los cuartos traseros de Sandy.


Paula soltó una risita incontenible y dijo:


—Pobre Sandy. 


—De pobre nada… ¿Puedo quedarme contigo?


—Claro que sí. Las botas del tío Tomás están donde las dejaste.


Pedro se puso también un viejo abrigo que andaba por ahí. Mientras tanto, Paula calentó agua para las ubres y dió de comer a los perros. Posteriormente, proporcionó heno al ganado y puso en funcionamiento el sistema del ordeño automático. Él andaba de aquí para allá, comprobando el perfecto estado del tanque refrigerador y el resto de las máquinas en marcha.


Refugio: Capítulo 35

Pedro, al contrario, no estaba inhibido por nada. Estuvo jugando con los cuatro perros un rato y luego, la tomó en sus brazos y la besó.


—Te he echado de menos, Paula —dijo Pedro, besando su abundante melena.


La joven sintió como si fuese a desintegrarse.


—Yo también, Pedro. ¿Cómo te ha ido en el estudio?


—Bastante bien, aunque estoy deseando que termine el proyecto de una vez por todas.


—Parece muy interesante —dijo Paula con entusiasmo.


—Mi abuela me dijo que te había prestado los vídeos. No entiendo qué es lo que te agrada de ellos.


«Simplemente tú. Me gustan porque son parte de tu vida», pensó la joven. Sin embargo, le respondió:


—Me encantan los edificios antiguos.


—A mí también. De hecho, estoy en este proyecto precisamente por eso.


Hacía buen tiempo. A Pedro le apetecía dar un paseo con Paula y los perros.


—Está bien —dijo la joven, consciente de que durante el paseo, apenas habría intimidad entre ellos—. ¿Me pongo otra ropa más elegante?


—No —rió Pedro—. No es necesario. ¿Te parece bien si vamos por el borde del río?


—Estupendo —accedió Paula, animada.


Por el camino, Pedro estaba relajado. Iba con las manos metidas en los bolsillos y el sol le daba de frente. No tenía el aspecto del típico lechuguino londinense… Como le pareció al principio. Estuvieron caminando un buen rato, charlando de los problemas profesionales de él. Paula lo comprendía muy bien, porque ella misma había abandonado una carrera que no la satisfacía, por cuestiones morales. Después de haber vivido un año en la granja, se planteaba que quizá tendría que volver a la gran ciudad para estar con Pedro. De pronto, dijo el arquitecto:


—Se está tan bien aquí…


La granjera sabía que se vería obligada a tomar una decisión tremendamente difícil. Optar por la granja sería olvidarse de Pedro. Esa simple idea le produjo un golpe tremendo en el corazón. Por otra parte, deseaba no tener que llegar a tomar esa decisión. La situación era compleja… A ambos les horrorizaba la gente superficial que no reparaba en gastos para salirse con la suya, para pagar cantidades impensables en caprichos arquitectónicos. A ellos les gustaban las cosas sencillas y plenas de la vida.


—¿Qué podrías hacer como alternativa con tu trabajo? —preguntó Paula con curiosidad.


—Me gusta la arquitectura a pequeña escala, las rehabilitaciones de viejos edificios industriales para convertirlos en departamentos modernos y cómodos, hacer interiorismo en grandes hangares abandonados, en fin, ése tipo de cosas…


—Que no son excesivamente comerciales.


—Lo que a mí me interesa ante todo es que la arquitectura se adapte a las personas, y no que ocurra lo contrario. Lo malo es que este nivel de proyectos apenas interesan a los bancos. Tan sólo hay un grupo restringido de clientes que saben muy bien lo que quieren.


—El premio para el que estás seleccionado como finalista, impulsaría enormemente tus aspiraciones profesionales, ¿No es cierto?


—Por supuesto, para el ganador se trata de un espaldarazo total a su carrera. Incluso el hecho de haber sido nominado representa dé por sí un gran honor.


Durante unos instantes, siguieron caminando en silencio. Se encontraban en una zona boscosa, de camino hacia lo alto de la colina. Los dos jóvenes intercambiaban impresiones de sus trabajos mientras que subían la pendiente. Cuando Paula le contó a Pedro que su coche ya no funcionaba, la granjera se derrumbó psíquicamente. Desde que heredó la propiedad, había tenido graves problemas económicos y la avería de la red eléctrica había sido la gota que colmó el vaso. Ahora era el coche el que no funcionaba… Pedro, tras mirarse detenidamente las manos, le dijo a Paula:


—Yo te puedo hacer un préstamo, además sin cobrarte intereses. 

Refugio: Capítulo 34

 —Parece una estupidez, porque yo siempre he sabido que vivía en Londres. Pero es que anoche, me caí al manantial y casi me ahogo. Tuve suerte de que él me sacara y me hiciera recuperar el calor vital, venciendo a la hipotermia.


De pronto, Agustín la abrazó cariñosamente y le dijo:


—Un poco más y estarías muerta. Doy gracias a Dios de que estuviese Pedro por aquí.


—Agustín, quiero que sepas que Pedro y yo hemos mantenido relaciones la noche pasada. Somos algo más que amigos.


—Ya lo sé.


—¿Se puede saber por qué lo sabes?


—Es obvio, para alguien con dos dedos de frente. Me parece bien, pero recuerda que me tienes aquí para cualquier problema que te surja.


—Nunca vas a ser más que un simple amigo, Agustín —dijo Paula, procurando no herirle.


—No te preocupes, ya sé que estoy por debajo de tu ganado —aseguró el granjero, sabiendo que Paula conocía sus profundos sentimientos hacia ella.


—Eres un cielo, Agustín. ¿Lo sabías?


El hombretón se puso colorado y tomó su abrigo.


—Me tengo que ir, voy a ver al veterinario y a comprar antibióticos. Estaré en casa si necesitas algo. Y mantente lejos de la corriente de agua…


—No te preocupes. Adiós.


Al cabo de un rato, la joven subió a su dormitorio y se tumbó en la cama. Hundió su rostro en la almohada de Pedro. Se quedó oliendo la fragancia masculina que le trajo a la memoria la suavidad de sus abrazos y la fuerza de sus músculos.


—Te quiero, Pedro. Vuelve pronto —susurró Paula.



El jueves, Agustín llamó por teléfono a Paula para invitarla a tomar una cerveza en el pub por la noche, después de ordeñar a las vacas.


—Agustín ya te dije que sólo íbamos a ser amigos y vecinos —aclaró de nuevo Paula. 


—No te preocupes, no es eso. Quiero pedirte un favor. Me gustaría que me acompañaras al pub para que la camarera me vea contigo. Se llama Fiorella.


—Y quieres darle celos con mi colaboración… ¿Por qué no le dices claramente lo que sientes por ella?


—Lo hice hace un año, pero no me hizo caso. ¿Me ayudarás, Paula?



—Claro que sí. Pásate a recogerme a las ocho y media. Hasta luego entonces.


En el pub, Fiorella, desde el otro lado de la barra, no paraba de mirar celosamente a Paula. Mientras se tomaban la cerveza, la granjera comprobó que había miradas que mataban… Para darle más valor a su vecino, Paula le tomó del brazo cuando finalmente salieron del local.


—Entonces, Paula, ¿Crees que tengo posibilidades con ella? —preguntó Agustín, poniendo en marcha el coche.


—Pienso que sí, porque no parecía nada contenta de verme a tu lado.


—¿Sabes algo de Pedro? —preguntó educadamente el granjero, dirigiéndose a casa por la carretera mojada.


A Paula le cambió la expresión.


—Debe de estar muy ocupado. Tiene que terminar un proyecto para dentro de tres semanas y está muy presionado en el trabajo. Me imagino que no lo volveré a ver hasta entonces.


Pero la joven estaba equivocada, porque el sábado siguiente Pedro apareció por la granja. Venía paseando colina abajo, en compañía de los perros de sus abuelos. En ese momento, Paula no tenía nada claro el estado de su relación con el arquitecto. Había visto en varios vídeos, lo que hacía Pedro y el mundo en el que se desenvolvía su trabajo. Los había visto muchas veces porque, en cierta parte destacada de los filmes, intervenía él, cosa que la impresionaba profundamente. Se trataba de un auténtico profesional con talento y futuro. A su lado, se sentía provinciana y carente de interés. Se preguntaba qué es lo que veía en ella el brillante joven. Por eso estaba más retraída que otras veces cuando le abrió la puerta de la casa. 

Refugio: Capítulo 33

 —¿Paula?


La granjera levantó la cabeza y vió que Agustín le estaba hablando.


—¿Te encuentras bien?


—Sí —dijo ella, secándose las lágrimas con la manga del abrigo—. Lo que pasa es que tengo que ir al pueblo a hacer la compra y el maldito coche no funciona.


—Ya se ha ido, ¿Verdad? —dijo el granjero consolándola con un apretón de su tosca mano en la rodilla de la joven. 


En efecto, Paula apenas podía evitar que las lágrimas resbalasen por sus mejillas. Al cabo de un rato paró de llorar y, más tranquila, le dijo a Agustín:


—Ya estoy bien, gracias por venir a verme.


—¿Quieres que te lleve al pueblo? Como no puedo trabajar, voy a hacer compras y unos recados para mi madre.


La joven pudo notar cierta frustración en su voz. ¡Hacían una buena pareja: Dos granjeros desmoralizados! Paula dejó a los perros en la casa y fue a buscar dinero. Se metió en el coche, en cuya parte de atrás estaba sentado el perro de Agustín. La joven no quería reír viendo los apuros del granjero con su brazo escayolado y la palanca de cambios.


—¿Qué tal va tu brazo?


—Mejor, aunque me suele molestar por la noche.


Al cabo de breves instantes, llegaron a la tienda y, Simba, el perro de Agustín se puso a ladrarle a un pequeño caniche que pasaba por ahí. Cuando entraron, el establecimiento estaba lleno de gente. La abuela de Pedro estaba también en la tienda. Sonrió al granjero y le preguntó a Jem en voz baja:


—¿Estás bien?


—Sobreviviré, aunque echo muchísimo de menos a Pedro...


—Volverá, no te preocupes —dijo misteriosamente Luisa—. Dale tiempo… Está muy ocupado con su proyecto actual, pero cuando lo termine, ya verás cómo viene a verte. 


—¿Tú crees? Su vida está en Londres y no aquí en el campo. Me invitó a que fuera a verlo, pero yo no puedo dejar todo esto así como así.


—Estoy segura de que a Agustín no le importaría ocuparse de las vacas una semana. Nosotros cuidaríamos de los perros. ¿Por qué no te animas? Será fascinante, ya verás…


—No puedo —dijo rotundamente Paula.


—Es una pena. Cuando el proyecto esté terminado, saldrá un reportaje en las revistas especializadas. De hecho, en casa tengo varios vídeos de sus creaciones.


—Ah, ¿Sí?


—Ya te los prestaré, querida. Pásate un día por allí y te los llevas. ¿De acuerdo?


—Adiós, Luisa, tengo prisa porque Agustín me está esperando en su coche. El mío ya no funciona.


—Tienes que deshacerte de ese trasto. Cualquier día te deja tirada por ahí.


—Ya lo ha hecho en varias ocasiones, pero no tengo dinero para repararlo.


—Pues véndele algunas vacas a Agustín.


—No pienso vender el ganado del tío Tomás.


—Mantengo mi oferta, Paula —intervino Agustín, que había oído toda la conversación a escondidas.


—No tengo la más mínima intención de vender a mis vacas —dijo Paula, guiñándole un ojo a Luisa—. Hasta pronto, dale recuerdos a Pedro de mi parte.


—No te olvides de pasar por casa, querida. Adiós.


—Adiós.


Agustín la llevó de regreso a casa. Para agradecerle el favor, le invitó a una taza de té. Sin embargo, el granjero tomó la taza que había usado Pedro y eso puso nerviosa a Paula…


—Estás enamorada de él, ¿Verdad?


—¿Es tan evidente?


—Para mí, sí lo es. Me imagino que lo echarás de menos.