jueves, 2 de febrero de 2023

Desafío: Capítulo 18

 —Mira, Pedro, no quiero presionarte, pero… No estaría mal que se conocieran. ¿No sientes curiosidad por ver a Cristian, Ezequiel y Diego? ¿Y a Javier?


—No —contestó él, sin mirarlo. Aunque no era cierto del todo.


Luis asintió, pero no parecía a punto de rendirse.


—Podrías venir como un vecino más. Y los chicos no van a molestarte. Ahora mismo les interesa más tu carrera en el rodeo que hablar sobre vuestro parentesco.


—Yo no estoy interesado en la vida de Francisco Ramírez.


—Pues ya tienes algo en común con ellos —sonrió Luis—. Ninguno de los tres quiere saber nada de su padre.


Pedro se lo pensó un momento.


—Podríamos ir —intervino Paula entonces—. Si te cansas, volveremos a casa cuando tú digas.


¿Qué tenía que perder?, se preguntó él.


—¿El sábado?


—Sí —contestó Luis—. A la hora que te parezca, después de las seis. Con mi ama de llaves, Rosa, es difícil saber cuándo se cena, así que cualquier hora es buena.


—Allí estaremos —dijo Paula.


—Si no recuerdo mal, tu madre es una buena cocinera. Y seguro que tú has heredado ese talento.


—No se me da mal. No te preocupes, llevaré algo.


—Estupendo. Entonces, nos vemos el sábado —se despidió Luis.


Cuando se quedaron solos, Paula se volvió hacia Pedro.


—Vaya, qué sorpresa, Alfonso.


Él se encogió de hombros.


—Estoy intentando cumplir mi promesa.


—¿Qué promesa?


—La de hacer lo posible por cambiar de actitud.


—Entonces, ¿Quieres conocer a tus hermanos?


—Sólo tengo un hermano y es Federico. Para mí, los Ramírez son sólo… Unos vecinos.


Aunque no pensaba admitir que, también él, sentía curiosidad por conocerlos.


—En fin, algo es algo —sonrió Paula.


—¿Qué quieres decir?


—Nada. Los Ramírez son buena gente. Pero ya lo verás por tí mismo.



Tres días después, Paula y Pedro fueron al Círculo B. Durante el camino, ella le fue contando la historia del rancho y cómo Luis, después de muchos años de trabajo, lo había dejado en manos de los tres hermanos, a los que prácticamente había criado. El Círculo B, junto con una sección del rancho de Cristian y Juana, del de Diego y Agustina y otra de Javier y Daniela, formaban el Mustang Valley, un rancho de recreo abierto al público. Incluso una parte del rancho de Federico estaba incluido en el paquete. Aunque, como estaban en invierno, no había turistas. Paula miró a Pedro de reojo. No había dicho nada desde que salieron de casa. Sin duda, la idea de conocer a sus hermanastros no le hacía mucha gracia.

Desafío: Capítulo 17

 —¿Cómo lo sabes? —preguntó, intentando disimular el temblor de su voz.


Pedro sonrió.


—Al principio no estaba seguro. Ya sabes cómo son los niños. Pero cuando ví el rostro de Federico y Romina me dí cuenta de que era verdad. Romina tiene ese brillo…


—¿Romina? —repitió Paula.


—Sí, está embarazada.


—¿Romina está embarazada?


—¿Qué pasa, hay eco? Ése era el gran secreto de Catalina. Parece que oyó a sus padres hablando en el dormitorio y, al ver la cara de tonto de mi hermano, he descubierto que era verdad. ¿Tú lo sabías?


—Sí —mintió Paula, intentando parecer convincente—. Pero no se lo cuentes a nadie. Seguramente, están esperando el momento para dar la noticia a todo el mundo.


—Yo sé guardar un secreto —dijo Pedro, ofendido.


—Sí, seguro.


—Bueno, es que me has pillado en un momento de debilidad.


Evidentemente, ya no estaba hablando del embarazo de su cuñada. Paula intentó olvidar el beso, pero le resultaba imposible olvidar el calor de sus labios… Y cuando vió que él la miraba de arriba abajo, sus pezones se marcaron bajo la blusa.


—¿Tienes hambre? —preguntó, sin aliento—. Deberías tomar proteínas.


Pedro intentaba mantener su promesa, pero Paula Chaves era una mujer muy tentadora. No debería besarla, se dijo. Ella iba a ayudarlo a volver al circuito. Eso era lo más importante… En ese momento, llamaron a la puerta.


—Qué día llevamos —sonrió, apoyándose en las muletas.


Esperaba que fuese Federico, pero era un hombre mayor, con el pelo blanco. Tenía el rostro marcado por las arrugas y los ojos muy claros.


—Buenos días. Siento venir tan temprano, pero Federico me ha dicho que estarías levantado —sonrió, ofreciéndole su mano—. Soy Luis Barrett. Quería darte la bienvenida a San Angelo.


Pedro, pillado por sorpresa, estrechó la mano del hombre.


—Hola, soy Pedro Alfonso.


—Ya, lo sé. Te pareces mucho a tu hermano —dijo Barrett entonces—. Siento lo del accidente, pero me alegra ver que estás bien —añadió, jugando con el Stetson—. ¿Te importa si hablamos un momento?


Pedro dió un paso atrás.


—Pase.


—Gracias —murmuró el hombre, observando las paralelas—. Veo que estás ocupado, así que sólo te entretendré un momento. ¡Pero bueno, si es Paula Chaves!


—Hola, señor Barrett.


—Puedes llamarme Luis —sonrió el hombre—. Qué guapa estás. No te había visto desde que te fuiste a la universidad.


—Sí, terminé la carrera el año pasado.


—Lo sé. Tu padre le dió la noticia a todo el mundo. Está muy contento de que su niña haya vuelto a casa.


Pedro vió que se ponía colorada.


—Yo también estoy contenta.


—Y debes ser muy buena en tu trabajo si has conseguido que Pedro se levante.


—Paula es una negrera —sonrió él.


—Alguien tiene que serlo —replicó Paula—. Si no, te quedarías todo el día en la cama.


El hombre miró de uno a otro.


—Bueno, yo no quería interrumpir. Sólo quería invitarlos a cenar este fin de semana.


Pedro se puso tenso. Apostaría sus mejores espuelas a que los Ramírez estarían en esa cena.


—No sé si es una buena idea.

martes, 31 de enero de 2023

Desafío: Capítulo 16

Paula intentó componerse, como si quien llamaba pudiera verla. Pero no podía dejar de sentirse avergonzada por su comportamiento. Si quería mantener aquel trabajo, tenía que alejarse de Pedro Alfonso.


Pedro colgó unos segundos después.


—Perdona la interrupción, era mi representante. Oye, ¿Dónde vas?


—Tengo que hacer el desayuno. Y me alegro de la interrupción. Esto no puede pasar, Pedro.


—¿Por qué?


—Porque soy tu fisioterapeuta.


—Pero también eres una mujer y yo soy un hombre. Y los dos sentíamos curiosidad, ¿No?


«Sí, pero estoy embarazada de otro hombre», pensó Paula.



—Bueno, pues ya sabemos cómo es. Ahora, lo mejor será olvidarlo.


Él vaciló un momento.


—Muy bien. Si eso es lo que quieres… Pero si cambias de opinión, házmelo saber.


—Esto no es ninguna broma, Pedro. Yo no voy a ser otra de tus conquistas —replicó ella, antes de salir de la habitación.


Cinco minutos después, Pedro apareció en la cocina.


—No quería que te enfadases. Sólo ha sido un beso y, además, no te veo como una de mis conquistas. Si hubieras leído algo sobre mí, sabrías que me gustan las rubias.


Ella lo fulminó con la mirada. Pero no pudo evitar una sonrisa.


—¿Y qué pasa con las pelirrojas? ¿Te dan miedo?


—No pienso meterme en ese jardín.


—Gallina —rió Paula.


—Desde luego que sí. Sé que puedes hacerme mucho daño.


—Ah, veo que estás aprendiendo.


—Entonces, ¿Amigos otra vez?


—Amigos —asintió ella, sabiendo que quizá no era buena idea.


Pedro se apoyó en las muletas y la estudió, muy serio. Debía admitir que aquella chica lo atraía más de lo normal. Pero lo último que necesitaba era una relación amorosa. Paula Chaves era de esas mujeres de las que resulta difícil salir corriendo… Y eso era lo que a él se le daba mejor. Además, aquella vez no podría salir corriendo. Entonces se fijó en sus ojeras.


—¿Te encuentras bien?


—Sí, un poco cansada, pero bien.


Era lógico, no debía dormir mucho porque la oía pasear por la habitación hasta el amanecer.


—¿Por qué duermes tan poco?


Paula abrió la nevera.


—Estoy acostumbrada a dormir poco.


—Pues eso no puede ser. Tienes que cuidarte…


—Estoy acostumbrada a trabajar —lo interrumpió ella—. Mientras estaba en la universidad, trabajaba como camarera y antes en el rancho de mis padres. Ser una chica no significa que las tareas fueran más fáciles. Así que, créeme, estoy acostumbrada. A menos que tú tengas alguna queja, claro.


Pedro dejó escapar un suspiro. Sólo que era demasiado guapa y que le gustaría volver a besarla una y otra vez.


—Ninguna, Paula. Me has convencido.


—Ah, qué bien. Creo que estás entrando por el aro.


—Sí, bueno, tardo en aprender.


—Yo diría que no. Estás progresando muchísimo.


—No hablemos más de mí —sonrió Pedor—. ¿Quieres saber el secreto?


—Si me lo cuentas, ya no será un secreto, ¿No?


—Pero es una buena noticia.


—Mejor te la guardas para ti —sonrió Paula, sacando unos huevos.


—Bueno, te daré una pista. Alguien está embarazada.


A Paula le dió un vuelco el corazón. ¿Cómo se había enterado?

Desafío: Capítulo 15

Pedro no sabía cómo había pasado, pero se encontró bajo el ataque de dos mujeres. Consiguió soltar a Catalina y se lanzó hacia Paula, que acabó sobre sus rodillas… Fue entonces cuando Federico y Romina entraron en la habitación. Paula se incorporó de inmediato, avergonzada por un comportamiento tan poco profesional.


—Lo siento, estábamos…


—No, no, sigan… Ya veo que la rehabilitación va muy bien — rió Federico.


—Catalina, no sabíamos dónde estabas —sonrió Romina.


—Es que he venido a traerle un dibujo al tío Pedro —contestó la niña.


—La próxima vez dímelo, ¿De acuerdo?


—Sí. ¿Estoy castigada?


—No, tonta.


—¿Quieren tomar un café? —preguntó Paula.


—No, gracias —contestó la cuñada de Pedro—. No puedo tomar café. Vamos, Cata, tenemos que irnos al colegio.


La niña tomó su mano y se despidió de su tío tirándole unbeso. Cuando se fueron, Paula soltó una risita.


—Parece que te llevas muy bien con tu sobrina.


—Más que bien. Además, tenemos un secreto.


—¿Ah, sí?


Cuando iba a salir de la habitación, Pedro tiró de su mano para sentarla en la cama.


—Seguro que te gustaría saber el secreto, ¿A que sí?


La presión del cuerpo del hombre sobre el suyo era demasiado… Excitante.


—Suéltame, anda.


—De eso nada. Me gusta llevar ventaja.


—Suéltame —insistió Paula.


Pedro se inclinó un poco más.


—¿No sientes curiosidad?


Ella se dió cuenta de que la pregunta no tenía nada que ver con el secreto. E incapaz de disimular, asintió con la cabeza. Pedro se inclinó un poco más y rozó sus labios. Debería resistirse, pensaba Paula, que sólo pudo emitir un suave gemido. Y, por fin, sintió los labios de él sobre los suyos, suaves, tentativos al principio. Entonces, de repente, él la obligó a abrirlos con la lengua. Con un gemido ronco, aplastó su boca contra la boca femenina mientras ella, instintivamente, se apretaba contra su torso.


—Paula —murmuró Pedro, sin dejar de besarla.


El deseo era tan profundo que Paula no podía pensar en nada que no fuera aquel hombre. Pero, de repente, oyeron un ruido. El teléfono. Suspirando, Pedro alargó una mano.


—Dígame —murmuró con voz ronca.

Desafío: Capítulo 14

Durante los últimos días, Pedro había ejercitado la pierna hasta la extenuación. En diez días no sólo había cambiado de actitud sino que había mejorado el tono de la pierna malherida. Tenía más energía, más ganas de moverse. Paula intentaba contenerlo, advirtiéndole que no debía ir tan aprisa, pero él no estaba tranquilo si no hacía algo. También había hablado con Federico para disculparse por su comportamiento, pero le pidió que no tomara decisiones sin consultar con él. Progresaba a pasos agigantados y estaba pensando en la posibilidad de volver al rodeo. Echaba de menos los viajes, las multitudes, los fans, la atención de las mujeres… Entonces pensó en el tiempo que había pasado desde que besó a una mujer, desde que se acostó con alguien. Pero cuando cerraba los ojos, veía la cara de Paula. Eso le ponía de mal humor. Y empezaba a estar harto de las duchas frías. Cuando estaba maldiciendo en voz baja sonó un golpecito en la puerta.


—Entra.


Catalina, su sobrina, asomó la cabeza.


—Hola, tío Pedro. ¿Puedo pasar?


Esas visitas matinales se habían convertido en una costumbre y Pedro las disfrutaba cada día más.


—Mi sobrina favorita puede venir a verme cuando quiera.


La niña no era pariente de sangre, pero Federico había adoptado a Catalina y Nicolás cuando se casó con Romina. De modo que, a pesar de sus protestas, para él era lo mismo.


—Te he traído una cosa —dijo la niña, mostrándole un dibujo.


—Ah, qué bonito.


—Es mi mamá, mi papá y Nicolás y yo. Ésa es nuestra casa. Quiero que lo cuelgues en la pared para que lo veas todos los días.


—Muchas gracias, Cata. Lo pondré en la nevera y así podré verlo cada mañana.


La niña se puso de puntillas para hablarle al oído:


—Y sé un secreto.


—¿En serio? ¿Qué secreto?


—Tienes que prometer que no vas a contárselo a nadie.


—Muy bien, te lo prometo —dijo Pedro en voz baja.


—Mi mamá tiene un niño en la barriga.


Pedro tragó saliva. ¿Sería cierto o la niña lo estaba imaginando?


—¿Ah, sí? ¿Y tú cómo lo sabes?


Catalina levantó los ojos al cielo.


—Porque lo ha dicho la barrita rosa. Así se sabe si tienes un niño en la barriga.


—Ah.


¿Cómo sabía una niña de cuatro años lo que era una prueba de embarazo?


—¿Y tú cómo sabes eso?


—Porque los he oído hablar en su habitación —contestó Catalina en voz baja—. Y se estaban dando besos. Se dan muchos besos.


Sin duda, pensó Pedro, sintiendo una punzada de celos.


—A lo mejor no deberíamos decir nada. Seguro que quieren darnos una sorpresa.


Catalina se llevó un dedo a los labios.


—No podemos decir nada.


—Eso está muy bien porque si decimos algo, ¿Sabes lo que pasará?


La niña negó con la cabeza.


—Que vendrá el monstruo de las cosquillas —sonrió Pedro, tomándola en brazos. Cuando Catalina estaba muerta de risa, Paula entró en la habitación.


—¡Socorro, Paula! —gritó la niña, sin parar de reír—. El tío Pedro… Me hace cosquillas…


—¿Ah, sí? Pues eso no puede ser.


Paula se colocó por detrás y empezó a hacerle cosquillas a él.

Desafío: Capítulo 13

 —Tienes razón, Pedro. Tu hermano no tiene derecho a dirigir tu vida. Pero al menos puedes librarte de uno de los problemas.


—¿Qué quieres decir?


—Tu fisioterapeuta. No te preocupes, me iré mañana por la mañana.


Había metido la pata hasta el fondo. Pedro llamó a la puerta de su habitación, pero Paula no contestó.


—Paula, ¿Podemos hablar?


No hubo respuesta.


—Por favor, ha sido un malentendido. Abre la puerta y te lo explicaré.


Tampoco hubo respuesta entonces. Pero no podía dejar que se fuera así, pensó, empujando la puerta. Paula estaba de espaldas, haciendo la maleta.


—Paula, por favor… No quiero que te vayas.


—Has dicho que no querías un fisioterapeuta —murmuró ella, sin mirarlo.


—Es que estaba enfadado con Federico por manipularme. Siempre consigue convencerme para que haga lo que a el le parece.


—No creo que él te subiera a aquel toro, ¿No?


—Claro que no. Pero quiere que sea su socio en el rancho, quiere que conozca a los Ramírez y forme parte de la familia…


Paula se volvió entonces.


—¿Y qué quieres que haga yo, que te dé la razón?


—Yo tengo mi propia opinión…


—No entiendo por qué te parece tan grave. Es tu familia, Pedro. ¿No sabes cómo te quiere tu hermano? Él intenta ayudarte y tú te portas como un niño enrabietado.


—Estoy de acuerdo.


—Y culpas a todo el mundo por tu accidente.


—Muy bien, de acuerdo, tienes razón.


—¿Sabes lo que pasa? Que estás acostumbrado a salirte con la tuya cuando estás encima de un toro, pero ahora tienes que considerar otras cosas.


—¿Qué quieres, mi sangre? —le espetó Pedro entonces—. Ya te he dicho que tienes razón.


—¿En serio? —preguntó ella, sorprendida.


—Sí, me he portado fatal con Federico. ¿Vas a quedarte? ¿Me ayudarás a caminar otra vez?


Paula estaba tan perpleja que no sabía qué decir. Como le pasaba tantas veces con aquel hombre. Si fuera un poco lista, se marcharía de allí lo antes posible. Pero no podía hacer eso. Sabía que podía ayudarlo a caminar de nuevo, que podía devolverlo a la vida… Y, con un poco de suerte, no volvería al rodeo.


—¿Y tus otros hermanos? Yo creo que tienes que hablar con ellos.


—Lo haré, lo haré —le prometió Pedro—. Entonces, ¿Te quedarás?


—Depende. Si cambias de actitud…


—Lo intentaré.


Paula se dijo a sí misma que era por el dinero y por su hijo.


—Muy bien. Me quedaré.


Pedro sonrió y ella tuvo que hacer un esfuerzo para no derretirse. Estaba metida en un buen lío si no encontraba la forma de controlar su corazón.

jueves, 26 de enero de 2023

Desafío: Capítulo 12

Federico y su hijo de siete años, Nicolás, entraban en la cocina en ese momento. Su hermano y él no eran gemelos idénticos, pero se parecían muchísimo. Excepto en el color de los ojos; los suyos eran casi grises, mientras los de su hermano eran azul cielo. Federico era el más sensato, él siempre el más arriesgado.


—¡Hola, tío Pedro! —sonrió Nicolás.


—Me alegro de que hayas venido, hermano.


—No he tenido alternativa —sonrió él—. Era la única forma de probar la comida de Romina. Como te pasas el día presumiendo…


—Venga, siéntate. ¿Quieres tomar algo, un refresco?


—Sí, gracias.


Nicolás abrió la nevera y le ofreció un refresco a su tío.


—Mi padre dice que eres un campeón del rodeo.


Pedro sonrió, intentando disimular cierta tristeza.


—Sí, bueno, he ganado el campeonato nacional dos veces, pero este año no va a ser posible.


—Se lo conté a Joaquín Roberts, pero no me creía —se quejó el niño—. Porque dice que no eres mi tío de verdad.


Pedro miró a Brenna de reojo.


—Pues tendrás que demostrarle que es cierto. En cuanto lo localice te dejaré uno de los cinturones de campeón para que lo lleves al colegio.


—¿En serio?


—Claro que sí.


Nicolás se sentó frente a su tío, mirándolo con cara de admiración. Catalina estaba a su lado. La niña era una réplica de su madre, una preciosidad de cría. Cuando le guiñó un ojo, su rostro se iluminó y a Pedro se le encogió un poco el corazón.


—Me parece que acabas de conseguir dos nuevos fans —rió Paula—. ¿Lo ves? Sigues siendo Pedro El Diablo Alfonso —le dijo al oído.



Dos horas después, Federico los acompañaba hasta el porche. Y, aunque Pedro estaba cansado, Paula notó que intentaba demostrar que podía manejarse solo con las muletas, sin ayuda de nadie.


—Dale las gracias a Romina por la cena. Estaba todo buenísimo.


—De nada. Puedes volver cuando quieras. Y si localizas el cinturón, dímelo e iré a buscarlo.


—Imposible. Está en el tráiler y lo dejé en Arizona.


Federico negó con la cabeza.


—No, está aquí. Y Cheyenne Gold también.


Pedro se puso tenso.


—¿Has traído mi tráiler y mi caballo?


Federico miró a Paula y luego de nuevo a su hermano.


—Sí. No había necesidad de pagar una fortuna por mantenerlos allí. Aquí me sale gratis.


—Ya.


Paula subió al coche, incómoda.


—Deberíamos volver, hace frío —murmuró—. Federico, dale las gracias a tu mujer de mi parte.



Una vez de vuelta en casa, Pedro se dirigía a su cuarto sin decir nada, pero ella lo detuvo.


—¿Por qué no ves un rato la televisión?


—No me apetece.


—Entonces muévete un poco por el salón. Has estado varias horas sentado y a la pierna le iría bien un poco de ejercicio —sugirió ella—. Puedo hacer café.


—Sé lo que intentas hacer, Paula, pero no va a funcionar. Estoy enfadado.


—No pienso dejarte hasta que me digas por qué has arruinado una cena estupenda.


—Yo no he arruinado nada, ha sido mi hermano.


—¿Por qué? ¿Qué ha hecho?


—Lo que lleva más de treinta años haciendo, dirigir mi vida. Es cinco minutos mayor que yo y créeme, lleva treinta años diciéndome lo que tengo que hacer. Siempre sabe lo que es mejor para mí, como por ejemplo venir a este rancho. Fue su idea contratar a un fisioterapeuta cuando yo no quería… Y ahora ha traído mi caballo, sin pedir permiso. Quiere que me quede aquí para siempre cuando sabe que sólo es algo temporal…


Paula lo pensó un momento. Le dolía que hablara así, pero debía reconocer que estaba en su derecho. Si él no quería un fisioterapeuta, nadie tenía por qué obligarlo.