martes, 10 de enero de 2023

Mi Vecino: Capítulo 45

 —Me dí cuenta —prosiguió el con cierto esfuerzo— de que si seguías pensando que yo era homosexual, no me verías como una amenaza.


—Lo conseguiste —dije, al fin.


 Era verdad que, durante la mañana en Portobello y el paseo por los jardines de Kensington, nos habíamos reído juntos y habíamos estado varias veces en estrecho contacto físico. Pero yo me había sentido segura, sin el menor problema de conciencia con respecto a David. Pero las cosas habían cambiado. Ya no deseaba sentirme segura, sino lanzarme de lleno al peligro que representaba la intimidad con el hombre que estaba cenando conmigo.


—También pensé que, si te sentías segura conmigo, podríamos pasar más tiempo juntos.


—¿En serio? —pregunté frunciendo el ceño, pero sintiéndome viva de nuevo: Él se había tomado muchas molestias para verme y eso indicaba, sin lugar a dudas, que yo le gustaba.


—Totalmente. Pero tengo que reprocharme que fue una decisión egoísta y carente de nobleza, Paula. Deseaba verte, tocarte, verte reír, escuchar los secretos que sólo le contarías a un verdadero amigo.


—¿Piensas que es imposible que un hombre y una mujer heterosexuales puedan ser simplemente , amigos?


—Acabamos de demostrarlo —repuso él con una sonrisa seca—. Aunque yo he mantenido la charada durante veinticuatro horas, sé que tú te has sentido confusa con respecto a mí desde el principio.


—Evidentemente. Esta mañana has estado cortejándome alegremente mientras desayunábamos —dije recordando como había jugado con mi pelo, como me había mirado, como me había tomado de la mano para pedirme la sal—. ¿Eras consciente de lo que hacías?


—Me temo… Que no pude evitarlo. Pero tú tampoco pudiste evitar echarle una mirada de advertencia a aquella mujer que estaba a nuestro lado frente al puesto de herramientas antiguas.


—¿Te diste cuenta? —pregunte sonrojándome hasta la raíz del cabello.


—Si de verdad hubieras estado totalmente convencida de que yo era homosexual, no te habría importado. Te lo habrías tomado a broma, sin más. Pero ya sentías algo por mí. ¿Por eso no has contestado a mis mensajes, Paula? ¿Tenías problemas de conciencia con respecto a David?


—No regresé directamente a casa —dije mirándolo de soslayo, sin querer admitir que le había dedicado todos mis pensamientos—. Fui al Museo de Ciencias.


—Ah. Entiendo.


—Exponen el primer Austin construido en l922, el mismo modelo que David está restaurando. Antes de salir de Maybridge, me pidió que lo visitara y que le enviara una postal.


—Lo siento.


—¿El qué? ¿Que le enviara una postal?


—No. Que te sintieras culpable.


—¿Por qué? No es culpa tuya. Además, no puedo jurar que me sintiera exactamente culpable, quizá simplemente confusa.


—¿Todo a su gusto, señor? —preguntó el camarero mientras retiraba los platos de la mesa, dando por hecho que habíamos terminado, aunque ninguno de los dos habíamos hecho justicia a la comida.


—Todo perfecto —repuso Pedro—. Gracias.


Mantuvimos un silencio sosegado mientras nos servían el segundo plato y nos rellenaban las copas de vino. Yo lo miré con suspicacia y Pedro se dió cuenta.


—Es blanco —dijo.


—Estupendo —contesté. Después de haberme bebido una margarita, no sería lógico seguir insistiendo en beber agua, pero tendría que tener mucho cuidado con el vino.


La conversación iba más deprisa que de costumbre y yo carecía de la menor experiencia en los juegos de seducción.


—¿Puedo abrirlo? —pregunté al fin, señalando el regalo.

martes, 3 de enero de 2023

Mi Vecino: Capítulo 44

¡Maldita fuera! Yo ya estaba pensando en como empezar a marcar distancias entre nosotros y él aprovechaba ese preciso momento para recordarme que había estado pensando en mi durante el día. ¡Como si yo necesitara que me lo demostrara! ¡Había recibido tres mensajes de texto en el teléfono móvil mientras estaba con Julián! ¡Incluso había reservado una mesa para cenar! Pero me había mentido con respecto a sus inclinaciones sexuales.


—Muy bonito —dije secamente.


—Vale, me lo merezco —repuso acusando el golpe—. Lo siento…


—¿Que lo sientes? ¿Te puedes imaginar la vergüenza que estoy sintiendo en estos momentos? Creía que eras homosexual y mira como ha terminado la cosa…


—Lo sé —dijo tomándome la mano con gesto de arrepentimiento.


—Cuando me hablaron de tus supuestas tendencias sexuales, deseé que me tragara la tierra…


—Lo sé —repitió con el mismo tono de voz razonable y comprensivo—. Me dí perfecta cuenta de que tus amigas me habían descrito como homosexual y de que tú te contuviste antes de pronunciar esa palabra delante de mí. Recuerdo perfectamente lo que dijiste: «Lorena me dijo que eras alto, moreno y muy ho… ho… hombre». Me dí cuenta inmediatamente, pero la pizza se iba a quedar fría y preferí dejar las explicaciones para otro momento. Por eso pensaba invitarte a cenar o llevarte al teatro…


—¿Pretendías embarcarte en una simple aventura amorosa sin importancia antes de viajar hacia el Pacífico?


—Algo por el estilo —replicó el con prudencia—. Pero enseguida empezaste a hablarme de tu novio llevabas años junto a él y te sentías comprometida de cara al futuro. No quería aprovecharme de tu repentina soledad, pero quería seguir viéndote, por eso mantuve el malentendido sobre mis inclinaciones sexuales, para poder disfrutar de tu compañía un poco más.


—Entiendo —dije con tono solemne, aceptando sin remedio que al menos me estaba hablando con una sinceridad total—. Pero entonces. ¿Qué es lo que ha pasado hace un rato en tu departamento?


Acabas de comunicarle al hombre de tu vida que piensas abandonarlo por causa de una tercera persona. ¿Qué harías?


a. Mirarlo a los ojos, decirle la verdad, disculparte con él por hacerle tanto daño puesto que sigue siendo un tipo estupendo, pero dejando claro que estás enamorada de otra persona.


b. Te vas a ver a su mejor amigo y le pides que sea él quien le cuente lo sucedido.


c. Dejas que te sorprenda en brazos de tu nuevo amor siempre que estés segura de que no se va a poner violento.


d. Dejas de responder a sus llamadas con la esperanza de que él mismo interprete tus silencios.


e. Le mandas una carta explicativa encabezada por un «Querido Juan» y te refugias en casa de tu tía mientras el digiere la noticia.


—No soy de piedra, Paula. ¿Tienes la menor idea de la impresión que me causaste al verte con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, la melena sobre los hombros, y pasándote ese cubito de hielo por la garganta mientras gemías de placer?


Desde luego, tomada desde ese punto de vista, la imagen no podía ser más erótica.


—No era consciente de tener espectadores —dije, tratando de justificarme mientras me encogía de hombros—. Simplemente, estaba acalorada.


—No te preocupes, no volverá a suceder.


Eso no era lo que yo deseaba oír.


—¿Te refieres a que no vas a volver a besarme?—pregunté con la sensación de estar lanzándome por un precipicio, sin poder contenerme. Lo deseaba y quería que él me deseara a mí.


—Exacto. Lo que tú necesitabas anoche era estar con un amigo, no con un pretendiente. Y yo deseaba que te sintieras a gusto conmigo, segura, sin presiones.


Era verdad, yo me había sentido relajada y segura con él, mientras compartíamos la pizza y la botella de vino, después de todos los desastres del día. No cabía duda de que Pedro era un hombre peligroso, pero amable y considerado. Junto a él me sentía viva y respetada. Si me dijera que me amaba, me sentiría la mujer más feliz del mundo. Pero estaba claro que no era una persona que pudiera acomodarse a la vida de Maybridge, jamás podría satisfacer mis deseos de llevar una vida doméstica en el campo. Pero esos eran solo los deseos de la «Ratoncita» que había abandonado su pueblo la tarde anterior. Después del beso de Pedro Alfonso, me había convertido en una mujer totalmente distinta.

Mi Vecino: Capítulo 43

 —Carolina, te presento a Paula Chaves—dijo Pedro—.Acaba de instalarse en el piso de las hermanas Harrington. Vamos a cenar al restaurante de Nico. Paula, ésta es mi hermana, Carolina Alfonso. Supongo que ha decidido abandonar la remota localidad rural donde reside para venirse de compras navideñas a Londres.


Carolina le dirigió el tipo de mirada que las mujeres reservan especialmente para sus hermanos.


—Encantada de conocerte —dijo estrechándome la mano—. Si necesitas algo, vivo en el sesenta y cuatro —se volvió hacia su hermano—. Si tienes tiempo, podrías sacarme una noche a cenar antes de que tenga que regresar al norte, Pedro. Sólo para ponernos al día del cotilleo familiar.


A continuación se despidió con la mano y se dirigió con paso resuelto hacia el ascensor. Pedro abrió la puerta del portal y la sostuvo para que yo pasara. Me estremecí súbitamente de frío.


—¿Tienes frío? —preguntó


—No debería haber prescindido de la ropa interior de invierno.


—A mí me ha gustado verte tal cual —dijo poniéndome una mano sobre la espalda para orientarme hacia la izquierda, una vez en la calle, antes de tomarme del brazo—. No está lejos.


Caminamos unidos, tal y como habíamos hecho durante el paseo por los jardines de Kensington, cuando yo aún estaba convencida de que él no podría interesarse en mí como mujer, cuando me sentía feliz y a salvo en su compañía. ¿Qué había cambiado? Todo, me dije. Antes podría haber interpretado sus acercamientos, e incluso sus besos, como gestos puramente amistosos, pero desde que sabía que no era homosexual, las cosas habían cambiado de rumbo. Su deseo era real y el mío también.


El dueño del restaurante saludó a Pedro en cuanto entramos como si se tratara de un viejo amigo. El restaurante era pequeño y acogedor y, al parecer, todos se conocían. Pensé que había muchas facetas de su personalidad que yo aún ignoraba. Sabía que era una persona amable y dispuesta, que su conversación era divertida y que besaba como un auténtico maestro. Pero también sabía que me había traicionado dejando que me creyera que era homosexual. ¿Por qué había hecho semejante cosa? Ni siquiera se había molestado en comunicarme que su hermana disponía de un apartamento en el mismo edificio. ¡Ni siquiera sabía que tenía una hermana! Yo le había contado la maldita historia de mi vida de cabo a rabo, aunque tenía que reconocer que había sido una tarea muy fácil, dado que mi existencia carecía por completo de acontecimientos interesantes. Nada comparado con la excitante vida, llena de anécdotas, de un viajero empedernido, desde luego. Pero, incluso así, la verdad era que yo se lo había contado todo y, por eso, me sentía en inferioridad de condiciones con respecto a él. Pedro colgó nuestros abrigos en el perchero y luego me acompañó hasta la mesa que había reservado. El maître nos entrego una carta a cada uno y nos preguntaba si deseábamos tomar alguna bebida. Pedro se mantuvo fiel al whisky y pidió un agua mineral para mí.


—¿Con gas o sin gas, señorita'?


Yo me llevé una mano al pecho, sabía que había jurado que me limitaría a tomar agua mineral durante toda la velada, pero era una mujer, y una mujer, especialmente las del tipo «Tigresa», tenía derecho a cambiar de opinión.


—El agua, por muchas burbujas que pueda tener, no encaja con mi estado de ánimo actual —dije.


—Lo siento, Paula —se apresuró a disculparse Pedro—. Pensaba que decías en serio lo del agua. ¿Qué te apetece beber?


—Una margarita —repuse alegremente, como si estuviera acostumbrada a beber combinados a diario.


—Una margarita, de acuerdo, señorita —dijo el maître.


Las bebidas llegaron con una rapidez digna de encomio, junto a unos tentadores aperitivos. Pedro no hizo ningún comentario mientras observaba como yo daba un sorbo a mi bebida, tomó un par de almendras saladas y se las metió en la boca. Luego me preguntó qué deseaba comer y yo se lo dije. Cuando se acercó el camarero, pidió la cena y discutió sobre la calidad de los vinos antes de escoger uno.


—He comprado algo para tí hoy —dijo Pedro cuando empezamos con el primer plato.


—¿Ah, sí? —pregunté, concentrada en la mouse de salmón mientras él se sacaba del bolsillo un pequeño paquete cuidadosamente envuelto y adornado por un elegante lazo dorado.

Mi Vecino: Capítulo 42

 —De acuerdo —acepté a regañadientes— Pero debo arreglarme un poco antes de salir a la calle, no me gustaría escandalizar a la gente.


Él no se rió ante mi intento de bromear, sino que abrió la puerta de la habitación de invitados.


—Ahí puedes retocarte el maquillaje y recolocarte el vestido — dijo dejándome a solas.


Yo llevaba un estuche de maquillaje en el bolso. Sólo lo básico. Y, en cuanto a mi pelo, sabía que por mucho que lo cepillara, jamás conseguiría alisarlo, así que, como siempre, tendría que salir a la calle con una mata de cabello asilvestrado. Me miré en el espejo, me lavé la cara y me apliqué una ligera capa de maquillaje casi imperceptible. Los ojos marrones presentaban un aspecto natural que reforcé con un toque de rímel; la nariz seguía en su sitio, pero los labios… Los labios estaban diferentes: llenos y enrojecidos, bien besados. Y también vi una sonrisa de satisfacción que no podía controlar y que me curvaba hacia arriba las comisuras, recordándome la intensidad del reciente encuentro sexual con Pedro. Éste ya me aguardaba con el abrigo puesto cuando finalmente decidí salir del cuarto de baño de invitados. Me miró y pensé que iba a decirme algo, pero fuera lo que fuera, se contuvo. Abrió la puerta del apartamento y, retirándose, me dejó un amplio espacio para que lo precediera sin que hubiera la menor posibilidad de rozarnos.


—¿Adónde vamos? —pregunté al sentir que el silencio ya se había prolongado demasiado.


—¿Qué? Ah, a un restaurante del barrio. Reservé una mesa a primera hora de la tarde. Por eso intenté ponerme en contacto contigo por teléfono, para invitarte a cenar. Antes de que… —se interrumpió. Si seguíamos evitando el tema, la relación no funcionaría, sino que se convertiría en un campo de minas, algo que había que evitar a toda costa. El cuestionario de la revista femenina dejaba bien claro que ninguna «Tigresa» dejaría que las cosas llegaran a enconarse en la relación con un hombre.


—¿ADB? —pregunté.


—¿Qué?


—Antes Del Beso —repuse, con lo que pretendía ser una risa divertida. Todo lo que él tenía que hacer, según la revista, era unirse a mi risotada, de modo que al trivializar el asunto pudiéramos seguir siendo amigos. Pero parecía que no estaba por la labor.


También era posible que mi risa le hubiera sonado histérica en vez de amistosa. O quizá fue la mala suerte de que el ascensor se detuviera delante de nosotros en ese mismo momento. Yo procuraba mantenerme derecha sobre los tacones de aguja y él lo notó.


—Son nuevos —expliqué mientras descendíamos en el ascensor—. Sofía ha hecho un buen trabajo esta tarde, ¿No te parece?


—Son muy bonitos, pero la cuestión es si podrás caminar con ellos o no.


—La prueba de fuego llegara el lunes por la mañana cuando me incorpore al banco. Espero poder soportarlo.


Él sonrió.


—Los que no van a poder soportarlo son los hombres que trabajan en el banco —dijo con una mirada enigmática.


—¿Está lejos el restaurante? —pregunté al llegar al portal haciendo caso omiso de su comentario.


—Al volver la esquina.


—En marcha, pues.


En ese momento entró al portal una mujer imponente.


—¡Pedro, cariño! —exclamó, besándolo en la mejilla y dándole un abrazo posesivo que me puso furiosa.


—Carolina —contestó el—, estás estupenda.


—Tú también estás magnífico. ¿Cuándo has vuelto? ¿Por qué no me has llamado? ¿Saben tus padres que estás en casa? Ahora están en Londres.


—Regresé hace un par de días, pero he estado muy ocupado. Además, ya sabes que a ellos no les interesan mis viajes —repuso él brevemente.


La mujer no se mostró ofendida, se limitó a sacudir ligeramente la cabeza con gesto exasperado, antes de dirigirme una mirada con las cejas enarcadas.


—Estarás ocupado, pero eso no te impide reservar tiempo para salir a divertirte —dijo sin un ápice de descontento mientras me tendía una mano de manicura perfecta que jamás había fregado ni un solo plato.


Mi Vecino: Capítulo 41

 —¿Qué haces? —pregunté al ver que Pedro se colocaba detrás de mí.


—Ayudarte a ponerte el abrigo —dijo mientras me le ofrecía para que metiera el segundo brazo, como si fuera una niña de dos años—. Así está mejor. Ahora ya puedo pensar con claridad.


Parecía tener todo completamente bajo control, pero mi situación estaba muy lejos de poder compararse con la suya. Hice un esfuerzo para reunir todos les restos de dignidad que me quedaban e intenté abrir la puerta con el propósito de marcharme, pero él volvió a impedírmelo.


—Per favor, debo marcharme —supliqué.


—¿Adónde?


Yo enarqué las cejas sugiriendo que eso no era de su incumbencia.


—A la cama —admití, después de una breve pelea con mi conciencia—. Con una taza de cacao caliente y un buen libro. Te invito a venirte conmigo, pero debes traer tu propio libro —añadí con el mayor descaro, dando por supuesto que él jamás se atrevería a aceptar semejante sugerencia.


—Te había propuesto que saliéramos a cenar fuera juntos…


—¿Ah, sí? ¿Y eso lo has pensado antes o después de compartir nuestro escarceo sexual? —él sonrió con amargura. Estaba claro que jamás podríamos retomar las cosas donde las habíamos dejado. En todo caso, podríamos seguir siendo simplemente amigos—. Lo siento, pero ésta vez no puedo aceptar tu oferta.


—¿Has comido hoy?


—Pareces mi madre, claro que he comido.


—¿Cuándo?


—Sofía y yo nos detuvimos en un restaurante japonés mientras estábamos de tiendas y tomamos unos canapés de sushi.


Fue estupendo.


—A sugerencia suya, supongo… Un menú con pocas calorías.


—Efectivamente. La verdad es que yo me hubiera inclinado por unos huevos revueltos con tostadas untadas de mantequilla —admití—. Pero me parece muy sensato poner límites a las calorías.


Como siga comiendo a mi manera, pronto no podré abrocharme el primer botón de los vaqueros.


—Los vaqueros te quedan perfectos —me aseguró mientras yo componía una mueca—. ¡Te lo digo en serio! —exclamó con furia al ver mi expresión de recelo—. Lo siento —añadió tomándome por los hombros—, no pretendía gritarte. Pero, dada la hora que es, estoy seguro de que debes tener hambre.


Desde luego, estaba tan hambrienta que hubiera sido capaz de comerme un buey. Y lo cierto era que había pasado toda la tarde con Sofía comprando ropa, pero aún no me había aprovisionado de alimentos.


—Puede que vuelva a intentar lo de la tostada con queso —dije con voz temblorosa a causa de su proximidad. Tenía que alejarme de él cuanto antes.


—¡Ah, no! No estoy dispuesto a que vuelvas a arriesgarte otra vez con esa cocina a solas,


—La cocina está arreglada —protesté—. Por cierto, ¿Qué ha pasado con la factura del electricista?


—El servicio de mantenimiento del edificio cubre todos los gastos, pero no puedo garantizarte que pueda volver a ponerte la primera de la lista.


—Gracias.


—No me des las gracias. Siéntate en el sofá durante un par de minutos, relájate y espera a que me vista. Por favor… —añadió al ver como yo abría la boca para protestar.


Me callé. Si yo me marchaba y desaprovechaba la oportunidad de resolver la situación amistosamente, a partir de ese momento iba a tener que andar con pies de plomo para evitarme la vergüenza de volver a verlo: Bajar y subir por las escaleras en vez de tomar el ascensor, escuchar detrás de la puerta antes de salir para asegurarme de que no había nadie en el vestíbulo… También podía regresar a Maybridge, pero en ese caso… ¿Qué iba a hacer con toda la ropa nueva que me había comprado?


—Por favor, Paula —insistió él—, necesito explicarte… ¡No! Yo no necesitaba explicaciones. Lo que quería…, bueno, lo que yo quería era algo en lo que no merecía la pena pensar.

jueves, 29 de diciembre de 2022

Mi Vecino: Capítulo 40

 —Yo no puedo —aclaró él.


—Pensé que habías admitido que podrías —repuse con amargura cuando me di cuenta de que hablaba en serio. Luego me llevé una mano a la boca y musité—: Lo siento, lo siento, lo siento…


—¡No digas eso! Tendría que ser yo el que lo dijera. Creí que podría controlarme, pero lo que estamos haciendo no está bien.


Yo no quería que él se sintiera apenado, sólo deseaba que siguiera abrazándome. Y, de hecho, mantuvo el abrazo, pero sólo para que me apaciguara, para asegurarse de que no me desplomaba sobre el brillante suelo de tarima. En cuanto se dio cuenta de que yo había recobrado la compostura, me soltó, tomó su vaso de whisky y lo apuró de un solo trago. Parecía que había llegado el momento de que me vistiera. Él esperó a oír el sonido de mi cremallera antes de volverse a mirarme.


—Estás sola y eres vulnerable, por eso no debemos hacerlo. Tienes un novio esperándote en Maybridge.


—No pienso volver jamás.


—No sabes lo que dices, Paula.


¿No lo sabía? Aunque me sorprendía haber dicho semejante cosa, todo mi cuerpo sabía que era la pura verdad. Había pasado la mayor parte de mi vida convencida de estar enamorada de David y, sin embargo, allí estaba, en el departamento de Pedro, a una hora escasa de Maybridge, lanzándome a los brazos de otro hombre, tan entregada como si hubiera llegado el día del fin del mundo. Algo iba mal, pero no tenía ninguna relación con él.


—Simplemente estás furiosa porque te ha dejado venirte a Londres sin él —prosiguió Pedro.


Me habría echado a reír si hubiera estado segura de no ponerme a llorar al mismo tiempo. No tenía ningún sentido enfadarse con David, ya me había inundado de frustración cuando su madre había abortado los planes para que me acercara a la estación de tren, pero él solo me había dedicado una suave mirada que quería decir: «No me queda otro remedio». Solo había un hombre en todo el planeta con el que deseaba mostrarme furiosa, y estaba delante de mí.


—¿Y piensas que hago esto para vengarme'? ¿Es eso? —él no contestó y yo sospeché que había dado en el blanco—. ¿Piensas que esa era la razón por la que me iba de fiesta con Sofía?


—Estabas lo suficientemente provocativa y preparada para entrar en acción cuando nos encontramos en el ascensor.


—Y estás convencido de que has conseguido evitar que cometiera un error, ¿No? ¿Es por causa de David? Pues quiero dejarte bien claro que me parece un gesto muy noble, excepto por una cosa —dije mirándolo directamente a los ojos—. Al salir del baño, daba la impresión de que tú también estabas deseando entrar en acción.


—No, maldita sea…


—Sí, maldita sea, Pedro —dije recogiendo mi bolso mientras me dirigía a la puerta del departamento. Casi había terminado de ponerme el abrigo, cuando él llegó hasta mí y apoyó con fuerza su mano contra la puerta para impedirme salir. Busqué mi móvil en el bolso y con dedos temblorosos marqué un número que tenía en la agenda.


—¿Qué demonios estás haciendo?


—Estoy llamando a un taxi. Me voy a la fiesta de Sofía tal y como habíamos planeado. Puede que ésta sea la noche de suerte de Tomás.


—Ni hablar —repuso Pedro arrebatándome el móvil para desconectarlo, antes de devolvérmelo con una pequeña y taimada sonrisa que procuró contener.


—No se puede negar que tienes arrestos —dije.


—También tengo el número de una agencia de taxis más cerca de Londres que de Maybridge.


—¿Qué?


—El número que has marcado desde la memoria del teléfono era de una agencia de taxis de Maybridge. ¿Lo utilizaste para que te llevara a la estación? ¿No tenías a nadie que pudiera acompañarte?


—Mis padres estaban fuera y David no pudo venir conmigo. Surgió algo importante que… —dije mientras una lágrima solitaria escapaba de mis ejes. Antes de que pudiera secármela yo misma, Pedro pasó su pulgar sobre ella.


—Debe ser un hombre maravilloso para que hayas aguantado tanto tiempo en él, recibiendo tan pecas atenciones.


Pensé, per primera vez, que era posible que ye me hubiera pegado a él como una lapa y que él había sido le suficientemente dulce y considerado como para no echarme de su lado.


Mi Vecino: Capítulo 39

 —¡No! —exclamé—. No pretendía. Simplemente, tenía calor.


—Sí, ya lo sé.


Él retiró el hielo de sus labios y lo aplicó a una de mis sienes mientras yo daba un salto de sorpresa y excitación. Me sentía muy vulnerable a causa de la intimidad que se había creado entre nosotros y cerré los ojos en silencio.


—¿Cuánto calor tienes? —preguntó él con atrevimiento.


—Pedro, por favor… —dije, enfureciéndolo.


Si se hubiera tratado de otra persona, yo habría reaccionado con nervios, incluso con miedo.


—¿Por aquí? —insistió él pasando el hielo por mi mandíbula.


—Pedro… —protesté débilmente mientras sentía debilidad en las rodillas—, por favor. Lo siento…


Lamentaba que él no pudiera desearme de la manera que yo quería. Mi cuerpo parecía querer explotar y mis pezones amenazaban con traspasar la tela del vestido. Deseaba quitármelo y dejar que sus manos lo recorrieran por completo, que me estrechara contra su cuerpo, que me acariciara los lugares más recónditos…


—¿Por aquí? —continuó él sin compasión, dejando que el cubito de hielo se deslizara por mi garganta, por el escote, por la parte de mis pechos que quedaba al descubierto, por encima de la tela sobre mis pezones… Haciéndome estallar de deseo.


—¡Sí! —exclamé, dándome por vencida—. ¡Sí, sí y sí! ¿Estás ya contento? ¿Te divierte llevarme hasta el límite de lo que una mujer puede soportar?


—No soy homosexual, Paula —dijo con tono de advertencia— Aunque supongo que ya te habrás dado cuenta.


—¿Qué? —exclamé con los ojos como platos. Su mirada brilló con deseo animal—. ¿Que no eres homosexual? ¿De verdad? De repente sentí que el interrogatorio podía esperar. Lo que necesitaba en ese preciso momento era pasar a la acción, no conversar. Solté una carcajada—. No puedes imaginarte el alivio que siento.


—¡Paula, escúchame! Quiero que lo comprendas. Pensabas que conmigo estarías a salvo, pero no es así. Estás jugando con fuego.


—Yo estoy que ardo —le dije mientras pasaba los brazos en tomo a su cuello para atraerlo hacia mi—. Crepitando —añadí antes de besarlo sin vergüenza, sin reparos, entregándome por completo.


Él se resistió durante unos instantes, luchando contra su propio deseo y apartándome un momento para poder mirarme a la cara.


—Hueles tan bien… —comentó antes de utilizar toda la potencia de su cuerpo para abrazarme—. Eres tan dulce… — murmuró mientras su boca con sabor a whisky se apoderaba de la mía y me transportaba a un lugar oscuro y remoto, primitivo, donde no existía el pensamiento, sólo los sentimientos.


Estaba segura de que Pedro ya me había enseñado todo lo que había que saber sobre los besos con el que me había plantado delante de Sofía, pero no era así. Eso sólo había sido el preámbulo de la clase magistral que estaba recibiendo en ese momento. Cuando me bajó la cremallera trasera del vestido, gemí de alivio. Me besó los pechos con avidez, sacándolos de su confinamiento, succionándome los pezones hasta hacerme gritar de placer, presintiendo ya el momento de éxtasis final. Me sentí diabólicamente hermosa y deseada.


—Pedro… —la mención de su nombre expresaba mi urgencia, suplicaba que me llevara a la cima del placer; pero no sabía como pedirlo—. Por favor…


Oí un gemido de dolor, era posible que él me hubiera malinterpretado.


—Paula… Lo siento…


—¡No! ¡No te detengas! —rogué, estupefacta ante mi propia respuesta libertina, pero incapaz de apartar la atención de la urgencia de mis sentidos. Todo había desaparecido de mi mente, menos la dulzura de la boca de Pedro recorriendo las distintas partes de mi anatomía, algo con lo que solo había podido soñar hasta la fecha. La carne suave y caliente de su cuello y sus hombros bajo mis manos, la urgente necesidad que yo había despertado en él y que también corría por mis venas—. Por favor, no te detengas…


—No podemos hacerlo —dijo Pedro.


—Sí…, sí podemos.


El deseo de él era evidente incluso para una persona poco experimentada como yo, lo cual convertía su rechazo en algo totalmente incomprensible, hasta doloroso.