jueves, 8 de septiembre de 2022

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 15

 —Tienes razón, pero liquidar la empresa no es una opción, desgraciadamente —observó. No había pensado copiarle la verdad, pero necesitaba un interlocutor apropiado. Un aliado. Y el instinto le decía que ella lo era—. La verdad, Paula, es que la compañía tiene un agujero tan grande en sus finanzas que incluso aféela a los fondos de pensión de los empleados. Verás, si los periódicos se enteran de esto se divertirán muchísimo a costa de mi familia, habrá que liquidar la compañía y muchas buenas personas que han trabajado para Alberto durante largos años se quedarán literalmente sin dinero para su jubilación. Esto último es lo que más me preocupa.


—Ahora comprendo que dijeras que Alberto era malo.


—Me refería a sus numerosas esposas y numerosísimas amantes.


—Un hábito caro.


—Con todo, él nunca habría robado a su personal. Me temo que fue su última esposa la causante del daño. Era una enfermera que lo cuidó cuando le pusieron el bypass en el corazón. La encarnación de Florence Nightingale, hasta que él le puso el anillo en el dedo. Parece que el inmenso agujero en los fondos de pensión y su partida ocurrieron al mismo tiempo. No puedo probar nada y, si pudiera, nunca lograríamos recuperar el dinero; al menos no a tiempo para que sea de alguna utilidad. No ganamos nada con perseguirla, sólo escándalo, y no quiero que recuerden a Alberto como a un viejo tonto.


—No, desde luego que no —repuso ella dejando reposar la mano un segundo sobre la de él—. ¿Pero cuán—tos años se lardaría en conseguir esa cantidad de dinero? —preguntó tras retirarla y llevarse los dedos al pelo.


—Mi propósito es volver a levantar la empresa. Pienso deshacerme de lo que no sirve, introducir nuevos diseños de calidad y luego venderla a una de las grandes compañías. Utilizaría el dinero de la transacción para pagar indemnizaciones y una jubilación anticipada para el personal más antiguo.


—Me temo que le llevarás una desilusión si me has invitado a comer con la esperanza de conseguir unos cuantos diseños de calidad.


Pedro se dió cuenta de que realmente la había ofendido. Implicarla en el negocio tampoco iba a funcionar, así que lo mejor sería decirle la verdad.


—No se trata de eso, Paula. La verdad es que no busco un consejo solamente. He pasado una mañana surrealista discutiendo el futuro de las Hadas del Bosque y quería contártelo. Sabía que podrías ver el aspecto divertido del asunto —dijo con la mirada fija en los ojos de ella—. Y esperaba que me ayudaras a verlo a mí también. 


—¿Y por qué no lo has dicho desde el principio?


—Normalmente, no suelo dar razones cuando invito a comer a una mujer. Nunca he tenido que esforzarme tanto para conseguir una cita.


—Estoy segura de eso —replicó ella con cierta ironía—. Hadas del Bosque. ¿No son esos ridículos personajes de la televisión vestidos con ropas fosforescentes?


Pedro se echó a reír.


—¿Ves? Sabía que tú podrías lograrlo.


Los rasgos de Paula se suavizaron.


—Deberías reír más a menudo, Pedro, hace bien al espíritu.


—La próxima vez que te invite a salir te lo voy a recordar.


Se miraron durante unos segundos. Pedro sintió el agudo deseo de tocar la fresca suavidad de su mejilla y sentir que ella la apoyaba en la palma de su mano. Nada más que eso. Sin embargo, de pronto se sintió vulnerable y un tanto desamparado. Normalmente, salía con mujeres despampanantes, de largos y brillantes cabellos, suaves curvas y altísimos tacones. Mujeres fugaces que se lucían colgadas de su brazo y que, cuando las dejaba sin dedicarles un segundo pensamiento, pasaban a engrosar la lista con la que se había ganado su reputación de hombre despiadado. Sospechaba que Paula lo sabía. Y no deseaba que ella se habituara a rechazarlo. Era mejor volver a los negocios.


—Dime, ¿Cuál es el problema de las Hadas del Bosque? —se adelantó ella.


—Alberto pagó una fortuna por una licencia de veinticinco años a fin de incluirlas en tarjetas de cumpleaños, papel de regalo, artículos para fiestas infantiles y cosas por el estilo. Desgraciadamente la televisión es un medio inestable y las Hadas han sido sustituidas por otras criaturas.


—¿Y necesitas algo excitante para sustituirlas?


—Antes de la próxima semana.


—¡Estás bromeando! —exclamó, pero al ver que no movía un músculo, añadió—: No, no bromeas. ¿Qué sucederá la próxima semana?


—Tengo que comer con nuestro cliente más importante y he de mostrarle las ofertas de la nueva temporada. Seguramente pedirá lo de siempre. Pero debo tener algo nuevo para el mercado infantil. 

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 14

Antes de reunirse con él, Paula abrió la botella y sacó un par de platos del armario de la cocina.


—Los vasos están en el aparador, si no es mucho trabajo para tí. ¿Y qué pasó con el piso?


—¿El piso? —repitió Pedro mientras sacaba los vasos y luego tomaba la botella que ella le tendía.


—Dani te preguntó cómo te encontrabas en el piso.


—Ah, sí. Gustavo me lo ofreció hasta que encuentre algo propio. Por eso me arrancó de la fiesta del sábado, para entregarme las llaves.


—Verdaderamente sois buenos amigos, ¿No es así? —observó tras llevar su bocadillo de salmón a la mesa mientras él elegía uno de la bolsa.


—Así es.


—¿Puedes sacar de ese cajón un par de cuchillos y unas servilletas? — le pidió. Pedro le tendió ambas cosas—. Gracias. Pero dijiste que volvías a Nueva York.


—Estoy seguro de no haberlo dicho. No voy a ir a ninguna parte hasta que deje solucionado el desastre que Alberto me legó.


—¿Y eso te tomará una semana? ¿Dos? —Paula se paró en seco. No quería demostrar demasiado interés, así que se concentró en abrir el envoltorio del bocadillo con dedos repentinamente torpes.


—No sé a ciencia cierta cuánto tiempo me va a llevar este asunto. El banco ha tenido a bien concederme seis meses de permiso. Si me quedo aquí más tiempo, sospecho que tendré que buscarme otro trabajo. Paula renunció a abrir el envoltorio y le dirigió una mirada.


—¿Seis meses? Vaya por Dios, sí que debes de tener un buen lío.


Pedro le quitó el bocadillo de las manos, abrió el envoltorio y se lo tendió.


—Ésa es una de las razones por las que he venido a tu casa sin invitación. Necesito un consejo.


—¿Un consejo? —preguntó. «Bueno, Paula Chaves, tú sabías que quería algo más que compartir contigo un almuerzo en grata charla», pensó—. ¿Qué clase de consejo? —repitió, con la desilusión pesando como plomo en la boca del estómago. Luego mordió un trozo del bocadillo que no le supo a nada. 


Pedro llenó de vino las copas.


—Gustavo me dijo que eres ilustradora. ¿Sabes algo del negocio de tarjetas de felicitación?


—¿De felicitación? —preguntó, con un pliegue burlón en el ceño.


—Sí, Feliz Cumpleaños, Feliz Día de la Madre, etc, etc.


—¿Ése era el negocio de tu tío?


—Alberto fundó Coronet Cards cuando estudiaba en la Escuela de Arte. Fabricaba pequeñas cantidades de tarjetas de vanguardia basadas en temas propios y de sus amigos. Y lo hacía para ayudarlos económicamente, más que otra cosa.


Paula dejó a un lado su desilusión.


—¿Coronel? Conozco esa marca. ¿No son sus primeras tarjetas objetos de colección hoy en día?


—Creo que sí. Es una pena que no hiciese contratos a sus compañeros de estudio, porque ahora podríamos reeditarlas. Nunca fue un auténtico hombre de negocios. Tal vez debería haber continuado con la pintura.


—¿Pintaba bien?


—No —contestó con una sonrisa.


—¿Y ahora Coronel tiene dificultades?


—Es más complicado que eso. En los últimos años, Alberto empezó a armarse un lío con las finanzas.


—¿Así que has suspendido temporalmente tu carrera para sacar adelante la empresa? —preguntó con los codos en la mesa y la barbilla en los nudillos—. Si me lo permites, te diré que Coronet tiene clase, pero no es exactamente la empresa más importante del ramo. Apenas merece que un banquero de Wall Street le dedique seis meses de su tiempo — puntualizó. Pedro se limitó a morder su bocadillo de carne—. Si la compañía tiene tales problemas, ¿No habría sido más aconsejable dejar el asunto en manos de un contable competente que se encargue de su liquidación?


Pedro se encogió de hombros. 

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 13

 —El teléfono está ocupado. Oye, el sábado te pedí que cenaras conmigo y tú me rechazaste por charlar con una periodista. Hoy te he invitado a comer al restaurante más romántico de la ciudad y has alegado que estabas muy ocupada. Y ahora ni siquiera piensas invitarme a compartir tu almuerzo, aunque yo lo haya traído.


—Tú lo has dicho: Soy una bruja. Y el próximo truco mágico es que te voy a convertir en un sapo si no te marchas en treinta segundos.


—¿Estás segura? —preguntó. No la había engañado con la freta del teléfono, así que decidió marcar el número antes de llevárselo al oído. Aunque esa vez sí que estaba ocupado—. ¿No tendrías que besarme para deshacer el hechizo? 


Paula deseó que la sugerencia no fuese tan atractiva. Ya le resultaba bastante difícil desviar la mirada de su boca para que él le diera más ideas...


—Por el amor de Dios —dijo bruscamente, desesperada por borrar la imagen de esos labios de su mente—. Ya puedes dejar de fingir que estás llamando un taxi.


—¿Fingir? —exclamó con exagerado horror, aunque sin lograr impresionarla.


—Sí, fingir. Como no he tenido nada más que interrupciones durante toda la mañana, bien puedes quedarte a comer uno de esos bocadillos. Luego, cuando me cuentes qué deseas, te echaré, tengas o no un medio de transporte.


—¿Qué te hace pensar que quiero algo más que tu compañía?


—No olvides que puedo leer los pensamientos. Iré a buscar unos platos. ¿Quieres beber algo? —preguntó al tiempo que maniobraba la silla de ruedas en dirección a la cocina.


—Encontrarás una botella de Sancerre fría en la encimera.


—¿Sancerre? —comentó al tiempo que se volvía a mirarlo con severidad, como si fuera un pillo que algo se traía entre manos.


Él se limitó a sonreír.


—Sé lo que significa esa mirada. Me ofrecería a descorchar la botella, pero estoy muy cómodo aquí.


—No tenías intención de marcharte, ¿Verdad? —preguntó intentando evitar una sonrisa.


—No, pero ambos sabemos que realmente no ibas a echarme.


—Mi error ha sido dejarte entrar.


—No tenías más opciones desde el momento en que atendiste al timbre de la puerta —replicó. Al darse cuenta de que no le convenía mostrarse presuntuoso, se apresuró a añadir—: Tú nunca serías capaz de una grosería semejante.


—Claro que sí —le aseguró—. No te imaginas cómo puedo deshacerme de los visitantes cuando no quiero que me perturben. Soy capaz de imitar perfectamente el inglés de Juana, el ama de llaves griega de Dani. Aunque en este caso no lo habría hecho.


—Gracias. 

martes, 6 de septiembre de 2022

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 12

 —Yo también. Dijiste que pensabas tomar un bocadillo —replicó al tiempo que le entregaba una bolsa con la etiqueta de una pastelería muy cara—. Quise ahorrarte el trabajo de prepararlo.


Ella tomó la bolsa con la vista fija en él.


—¿Es idea mía o los bocadillos pesan más que de costumbre? — preguntó al tiempo que examinaba el contenido.


—Como no sabía si eres vegetariana, o alérgica a los mariscos o si odias el queso, pensé que sería mejor traer una variedad.


Había más bocadillos de los que una persona podría comer en una semana. Paula eligió uno al azar. Era de salmón ahumado con crema de queso en pan de centeno. Sí, había que reconocer que el hombre tenía buen gusto.


—Sólo para futura referencia, Pedro: En la improbable ocasión de que sientas la tentación de volver a hacer esto, te advierto que no soy vegetariana, me encantan los mariscos y creo que el queso es alimento de los dioses —declaró en tanto le tendía la bolsa—. Gracias por el detalle. Lo disfrutaré más tarde, cuando acabe mi trabajo.


—Mmm.


Entonces, con el bocadillo en la mano, se alejó rápidamente hacia el tablero con la esperanza de que él interpretara el gesto como una despedida. Con la esperanza de que desapareciera de su vida. Al ver que no se daba por enterado, aunque no esperaba que lo hiciera y, si hubiera sido sincera consigo misma, habría reconocido que tampoco lo deseaba, intentó expresarse con más dureza.


—Conoces el camino de salida, ¿Verdad? 


Pedro movió la cabeza de un lado a otro, no porque no pudiera encontrar la salida, sino por el desinterés que demostraba ella. Parecía que sus intentos por cautivarla no daban resultado.


—Eres única.


Al menos se dignó a obsequiarlo con una sonrisa.


—Gracias.


—No me des las gracias. No es un cumplido —dijo, aunque ambos sabían que sí lo era.


Él admiraba ese talento para mostrarse imperturbable. Admiraba la capacidad de Paula para no dejarse impresionar por la muestra de humildad de un hombre bastante poco inclinado a tales demostraciones, O tal vez hubiera adivinado que él no estaba habituado a recibir un «No» por respuesta.


—No te molesta que llame un taxi antes de que me eches a patadas, ¿Verdad?


—¿Has venido en taxi?


—No. ¿Por qué?


—Sólo me preguntaba por qué no has venido en tu coche después de la agonía que has tenido que sufrir para conseguirlo —dijo intentando controlar una sonrisa y el deseo de pedirle que se quedara.


—Porque preferí venir andando. ¡Maldición! No...

 

—Bien hecho. ¿Y por qué no te vuelves andando?


Pedro notó que ella disfrutaba con su incomodidad. No podía hacer el idiota intentando evitar palabras tan delicadas como «andar» como si fueran minas enterradas.


—Porque me desmayaría por desnutrición. Pero no te preocupes, si lo prefieres esperaré el taxi en la calle.


—¿Después de toda la molestia que te has tomado para traerme el almuerzo? ¿Crees que podría ser tan descortés?


—Al parecer, sí. Si me lo agradecieras siquiera un poco, me habrías invitado a compartir tu almuerzo. 


Ella se llevó una mano al corazón.


—No sabes cómo lo siento. ¿Querías quedarte?


—Bruja —exclamó Pedro, sin poder evitar la risa.


Por eso estaba allí. Porque desanimado como se encontraba, ella era capaz de arrancarle una sonrisa.


—Eso está mejor.


—¿Prefieres que te insulten a que te cautiven?


—Desde luego. La seducción es... Fácil. En cambio el insulto es más recio y mucho más sincero. Siéntate y haz tu llamada.


Pedro se acomodó en el sofá y fingió buscar el número de una compañía de taxis en la agenda telefónica de su móvil.


—¿Así que ése es el secreto? —preguntó como si estuviera más interesado en encontrar el número que en su respuesta—. ¿Tengo que insultarte para poder pasar un breve rato contigo?


—Tienes que hacer una llamada. La conversación no está incluida en el trato.


Paula no se dejó engañar. Pedro Alfonso no tenía intención de llamar un taxi, sólo se tomaba su tiempo con la esperanza de que ella le pidiera que se quedara. ¿Por qué? ¿Qué quería de ella? Una invitación a comer, después los bocadillos... No insistiría tanto si no quisiera algo.


Mi Destino Eres Tú: Capítulo 11

 —Muy bien —mintió—. O lo estaría si pudiera recordar cómo es una playa para poder pintarla.


—¿Por qué no vamos todos a la costa mañana y así refrescas la memoria?


—Creí oírte decir que mañana llovería.


—Eso fue cuando intentaba hacerte salir al jardín. Estás un poco pálida. Te esforzaste mucho para hacer de la celebración un día especial. Me parece que fue demasiado.


—¡Tonterías! Deberías estar en alguna parte disfrutando de tu luna de miel, señora Dymoke, en lugar de preocuparte por mí.


—Bien sabes que hemos estado casados casi un año antes de planear la recepción. A este paso nos habremos jubilado del amor antes de poder ir de luna de miel.


—Deberías sacar tiempo para disfrutar de unas vacaciones con Gustavo, Dani.


—Es mala época para salir. Por lo demás, ¿Por qué desperdiciar este tiempo maravilloso cuando tenemos la excusa perfecta para escaparnos en busca del sol en enero? —comentó al tiempo que besaba la frente del bebé dormido—. Y entonces esta pequeña dará menos trabajo.


—¿Va a ser una luna de miel familiar?


—Claro que sí. Nos alojaremos en la casa de un amigo de Gustavo. Y me han dicho que cuenta con personal de servicio para todo. Así que ni siquiera tendré que cambiar pañales. Aunque me gustaría...


—Tienes todo lo que podrías soñar, Dani —Paula intervino antes de que su prima le dijera que se sentía culpable por dejarla sola—. Y por una vez podré trabajar sin que me interrumpan a cada rato —dijo. Justo en ese momento sonó el timbre—. ¿Y ahora qué?


—Tienes visita —dijo Dani.


—¿Sí? —preguntó Paula a través del portero automático.


—Servicio de Comida sobre Ruedas, señora. Como no puede comer conmigo, le he traído el almuerzo.


Los ojos de Dani se agrandaron.


—¿Es Pedro Alfonso? —cuchicheó.


—Tiene que ser él. Es el único con quien me he negado a comer hoy. 


—¿Qué hiciste?


—Hay que tratarlos mal para que se porten bien —declaró intentando reír, aunque sabía que no podía engañar a Dani con su aparente despreocupación.


No debería preocuparse, pero hacía mucho tiempo que no pensaba en un hombre más de cinco minutos seguidos. Y había desperdiciado mucho más de cinco minutos pensando en Pedro Alfonso; por tanto, sí que le preocupaba el asunto.


—Y al parecer la regla funciona —replicó su prima, aparentemente divertida—. ¿Y dejarlo en la puerta también forma parte del plan?


Estuvo tentada de hacerlo. Le había dicho que estaba ocupada y él no le había hecho caso. Eso demostraba falta de respeto... O algo.


—¿Adonde vas? —preguntó tras presionar el botón del portero automático y ver que Daniela se dirigía a la puerta.


—¿Piensas que me voy a quedar y hacer de dama de compañía? — preguntó Daniela justo cuando Pedro aparecía en la sala desde el vestíbulo. Entonces, extendió una mano graciosamente mientras aceptaba un beso en la mejilla—. Hola, Pedro. ¿Cómo te encuentras en el piso? ¿Necesitas algo?


—Todo está bien, Daniela. Les estoy muy agradecido. Incluso el hotel más cómodo pierde su encanto después de una semana —comentó al tiempo que miraba al bebé—. Así que ésta es la hermana de Nicolás, ¿Verdad? —dijo al tiempo que extendía un dedo para que la pequeña lo apretara.


—Saluda, Sofía. Bueno, ahora nos despedimos. Gustavo se pondrá en contacto contigo más tarde para organizar una cena.


—Encantado.


—Paula, si cambias de opinión sobre lo de mañana, házmelo saber — dijo antes de dejarla a solas con Pedro.


—¿Mañana? —preguntó él al tiempo que apartaba la vista de la madre con su pequeña para mirar directamente a Paula.


Ella se encogió de hombros.


—Daniela quiere que pasemos un día en la costa. Pero le he dicho que estaba demasiado ocupada. Y ella sí me ha escuchado. 

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 10

Pedro se preguntó si sentiría el mismo afecto por él si se enteraba del agujero que había dejado en los fondos de pensiones. Deseó fervientemente que ella nunca tuviera que descubrirlo.


—No sabes cuánto agradecemos que la familia haya decidido mantener la empresa. Porque realmente nunca les entusiasmó, ¿No es así?


—Así es. Aunque la verdad es que tampoco se sentían exactamente entusiasmados con Alberto.


Alberto nunca había tenido necesidad de trabajar, pero nunca le había gustado el papel que le había tocado representar en la vida al nacer. No lo atraía ir de caza, ni la práctica de tiro, ni la pesca. Aparte de muchas otras cosas, ambos compartían esa falta de entusiasmo por los deportes favoritos de la aristocracia británica.


—Todos creímos que la compañía se iba a liquidar —continuó Leticia—. Y por supuesto que lo comprendimos. Los negocios no han prosperado en los últimos años. Eso habría significado una jubilación anticipada para todos nosotros. Pero, ¿Qué diablos haría yo entonces?


—Comprendo.


Había cosas peores que una jubilación anticipada como, por ejemplo, no poder disfrutar de ella, pensó Pedro. Pero si la empresa pudiera remontar hasta el punto de encontrar un comprador e invertir el dinero en una pensión vitalicia para los empleados, ella y todo el resto del personal nunca se verían en esa situación.


—No puedes imaginar el alivio que sentimos al enterarnos de que te harías cargo de la compañía.


—Sí, pero no podremos negociar hasta que hagamos algo respecto a la gama de productos para el próximo año. Así que, ¿Por dónde empezamos?


—Ya es un poco tarde. El plazo de entrega de los pedidos...


—Leticia, si voy a pagarle a ese hombre una comida cara, me gustaría tener algo que venderle mientras él se sienta satisfecho. ¿De dónde salen los nuevos diseños? ¿Alguna vez Alberto encargó a un artista un diseño conceptual que pudiera transformarse en un patrón para aplicar en una gama de productos?


—Últimamente no había hecho ningún encargo, pero Alberto tenía muchos contactos. Siempre se las ingeniaba para salir con algo nuevo.


—Eso no me ayuda mucho.


—No, lo siento. Aunque podrías mirar en su bargueño —sugirió en tanto indicaba el mueble en un rincón del despacho—. A veces compraba cosas que pensaba que podrían ser útiles y las guardaba allí —dijo, otra vez con los ojos llenos de lágrimas.


—¿Por qué no vas a almorzar mientras yo busco entre sus cosas? — sugirió al tiempo que la tomaba de la mano y la guiaba a la puerta, incapaz de hacer nada más para mitigar su pena.


—Lo siento.


—No te preocupes, te comprendo.


Cuando la secretaria se hubo marchado, Pedro se apoyó contra la puerta. Hasta ese momento no se había dado cuenta de que también Leticia había estado enamorada de Alberto. Y no le cabía duda de que el viejo pillo lo sabía y había sacado ventaja de la situación. Entonces, se puso a revisar el contenido del bargueño sin el menor interés. Ni siquiera deseaba estar en ese país, pero era inútil postergar lo inevitable.



El primer cajón contenía una cantidad de antiguos dibujos botánicos, manchados y algo deteriorados en los bordes. Lo único favorable era que se trataba de ilustraciones cuyos derechos de reproducción habían caducado hacía uno o dos siglos atrás. El segundo cajón contenía una serie de personajes de canciones infantiles. Después de hacer una revisión a fondo, llegó a la conclusión de que Coronel era una empresa en decadencia. Hacía unos tres años que funcionaba a ritmo lento. Si le hubieran pedido su opinión, habría sugerido buscar un comprador preparado para hacerse cargo de la empresa a fin de añadir la marca comercial Coronel a la lista de sus posesiones. O liquidarla antes de que empezara arrojar pérdidas demasiado graves. Por el momento no tenía abierta ninguna de esas posibilidades, así que no le quedaba más alternativa que cambiar la política de la empresa.


—¿Te encuentras bien?


Paula alzó la vista de su segundo intento por dibujar la escena de la playa y descubrió a Daniela en el umbral de la puerta con el bebé en un hombro y una mirada de preocupación.

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 9

Además, nunca iba a ningún sitio sin antes examinarlo. Tenía que asegurarse de que habría una rampa para la silla de ruedas, que el tocador de señoras no estuviera en una primera planta. Incluso, si estaba en la planta baja, evitar quedarse atrapada en la puerta del lavabo. De acuerdo, podía con todo eso; pero no lo haría.


—Dije que tal vez nos veríamos cuando volvieras. Pero no has ido a ninguna parte —le recordó.


—Al contrario, ayer fui a Sussex —afirmó, y ella visualizó el brillo de sus ojos y el leve pliegue en la comisura de la boca, que era el inicio de una sonrisa—. Una invitación forzosa a comer con la familia.


—¿Por qué será que se me hace difícil creer que obedezcas órdenes de nadie?


—Bueno, necesitaba pedir un coche.


—¿A tu familia le sobran los coches?


—Es uno viejo que sólo ocupa espacio en el garaje. Me habría gustado que me acompañaras.


—Me alegro de que no me hayas invitado.


—Tienes razón. Es un aburrimiento. Bueno, como ves, he estado en alguna parte y ahora he vuelto.


—Bien sabes que no me refería a eso.


—No recuerdo que hayas estipulado un lugar preciso. ¿Es que Sussex no cuenta?


Sí que contaba. Ése era el problema, porque Paula deseaba comer con él. Ya había soñado con esa escena. Ambos estaban sentados a la mesa de un restaurante elegante y simulaban ser sólo dos personas que compartían una comida. Pero luego él se levantaría de la mesa y se marcharía andando. Sí, un sueño del que había despertado.


—De veras que lo siento, Pedro, pero debo entregar un trabajo que tiene fecha tope y casi se me ha agotado el tiempo. Temo que mi almuerzo se limitará a un bocadillo. Pero gracias por la invitación —Paula cortó la comunicación sin darle oportunidad para replicar.


Reclinado en el sillón de piel tras la mesa del despacho, Pedro reconoció que podría haber manejado mejor las cosas. Giovanni's había sido su primer error. Realmente había deseado verla, conversar con ella, pero en lugar de decírselo había arrojado una invitación a comer en el restaurante más lujoso que se le ocurrió, a sabiendas de que pocas mujeres se resistían. Pero ella no era como otras mujeres y él no le había dado oportunidad de decidir dónde le gustaría ir. Tampoco se le había ocurrido pensar que su vida estuviera tan ocupada como para no disponer de un momento para él. Nada nuevo. Durante años había tratado a las mujeres de un modo casual, al estilo de «O lo tomas o lo dejas». Las mujeres decentes habían optado por lo último cuando se daban cuenta de que no ofrecía nada más. Sólo las interesadas en acudir a restaurantes caros y mezclarse con gente famosa aceptaban sus invitaciones. Y no había estado mal. Cada uno conseguía lo que deseaba sin molestarse en disimular algo más que la más superficial de las relaciones. Nada que fuera a interferir en lo único que realmente le importaba: su carrera.


—Pedro, ¿Has descolgado el teléfono? —preguntó Leticia al verlo con el auricular en la mano—. Oh, perdona, estás hablando.


Él alzó la vista.


—He terminado —dijo al tiempo que colocaba el auricular en su sitio—. ¿Qué deseabas?


—Nuestro cliente más importante quiere reunirse contigo. Alberto solía invitarlo a comer y lo trataba muy bien.


—¿Y de qué hay que hablar?


—De la gama de artículos para el próximo año.


—¿Y tenemos algo? ¿Por qué no lo he visto? El modo en que ella se encogió de hombros fue muy elocuente.


—Al final de su vida Alberto no prestaba demasiada atención a sus negocios —explicó al tiempo que se sentaba con cierta brusquedad en la silla frente a él—. Todavía no me puedo acostumbrar a su ausencia — balbuceó al tiempo que buscaba un pañuelo en el bolsillo.


—Lo siento, Leticia. Trabajaste mucho tiempo para él. Esto debe de ser duro para tí.


—Le tenía mucho afecto. Era un caballero —declaró con manifiesta emoción.