martes, 12 de julio de 2022

Atracción: Capítulo 43

 –Esta vez, como la última vez... –soltó el aliento lentamente–. Pero alguna vez ya no estará tan bien. Y a la abuela le va a dar algo ese día.


Paula trató de rodearle con el brazo, pero él retrocedió.


–No deberías meterte en los asuntos de mi familia.


Paula se sintió como si acabaran de darle una bofetada. Respiró hondo, una vez, y otra vez.


–No me estoy inmiscuyendo en la vida de nadie. Ya te he dicho que Carolina me llamó.


La mirada de Pedro se llenó de sospecha, algo que no veía desde el día en que le había conocido.


–¿Y por qué no me llamaste?


–Carolina no estaba lista para verte.


–Y no se te ocurrió pensar que debía saber lo que le había ocurrido a mi hermana.


–Era tarde. Si sus heridas hubieran sido más serias...


–La policía consideró que esto era lo bastante serio como para llamarme.


–¿La policía?


–El coche también es mío. Pero esta es la última vez que hago algo así –se pasó una mano por el cabello–. Carolina tiene que lidiar con las consecuencias de sus actos. Tiene que aprender a reparar el daño que hace, en vez de dejar que otros arreglen las cosas.


–Es muy joven todavía.


–Solo tiene un año menos que tú.


Paula se sorprendió.


–Parece mucho más joven.


–Eso es porque sigue comportándose como una niña malcriada y mimada. Se parece demasiado a nuestro padre. Mi abuela le sacó de tantos líos que nunca aprendió de sus errores. Carolina es igual.


–Todo el mundo comete errores.


–Pero ella comete más que la mayoría.


–Tú eres su hermano mayor. Ayúdala a averiguar qué debe hacer para no meterse en tantos líos.


–Lo he intentado.


–Pues inténtalo una vez más.


–Odia su trabajo en Fair Face –Pedro hizo una pausa–. No quiero que termine como nuestro padre.


–Pues entonces está claro que no puedes obligarla a hacer un trabajo que no quiere. A lo mejor está mejor trabajando en otro departamento, o en otra empresa. Si la ayudas a encauzarse, será capaz de valerse por sí sola. Tienes que apoyarla, que ayudarla. Eso es lo que hace la familia.


–He sido un estúpido...


–Carolina lo entenderá –dijo ella, interrumpiéndole.


–Contigo –le acarició el rostro–. No esperaba verte aquí. Me ha pillado desprevenido.


–Lo entiendo.


Paula le miró a los ojos. Quería dejarle entrar en su corazón y en su vida, pero él no quería entrar todavía, y tal vez no querría nunca.




Esa semana transcurrió con lentitud. No había vuelto a ver a Paula desde aquella noche en el hospital. Se había portado mal con ella y se arrepentía mucho de ello, pero no podía dejarla entrar en su corazón. No estaba preparado para una relación seria. No había vuelto a llamarla en toda la semana. Ni siquiera le había mandado mensajes de texto. Necesitaba poner algo de distancia. Era viernes por la tarde, y allí estaba de nuevo, enfrascado en otra reunión interminable, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera Paula Chaves. Pedro miró a su alrededor. Había una atmósfera extraña en la sala de juntas ese día. Adrián, el director de ventas y marketing, miró el reloj por enésima vez. Martín, el director de publicidad, parecía tener ganas de jugar a las casitas y no dejaba de limpiar la mesa y de recolocar sillas y papeles mal puestos. Pedro golpeó la mesa con la punta del bolígrafo.


–¿Hay algo más que discutir?


Los ejecutivos intercambiaron miradas.


–¿Qué pasa?


–Nada.


–¿Nada?


–Nada.


Los tres hablaron a la misma vez.


–¿Me lo van a decir?


Los directores volvieron a mirarse. Adrián se aclaró la garganta.


–Estamos un poco impacientes.


–Bueno, terminemos de una vez entonces.


Soledad, la nueva directora de relaciones públicas, se puso en pie de repente. Miró hacia la puerta. 

Atracción: Capítulo 42

Cuatro horas más tarde, estaban en camino, de regreso a casa. Los faros delanteros del coche cortaban la oscuridad. Paula iba en el asiento del acompañante, acurrucada sobre el cuero confortable.


–Creo que ha ido muy bien la visita.


–Yo lo he pasado muy bien. Tus padres son muy agradables.


–Les has caído muy bien.


–Y ellos a mí también –Pedro adelantó a un camión naranja–. Tu padre no sacó los cuchillos ni las pistolas.


–Qué suerte has tenido. Te hubiera amenazado con sacarlos si hubieras resultado ser un idiota.


–Me alegra saber que no lo soy. Tu madre es un personaje. Debería haber sido abogado. Casi llegó a convencerme de que nunca aterrizamos en la Luna.


Paula se rió.


–Mi madre puede convencer a cualquiera.


–Pero me alegro de que te haya tenido a tí, aunque no haya podido ir a la universidad por ello.


–Yo también –dijo Paula.


–¿Qué tal tienes la semana?


–Muy ocupada. Hay un concurso local el sábado y el domingo. Voy y vengo en el día. Estamos muy ocupadas en el laboratorio fabricando los productos, y no puedo ausentarme tanto.


–Para mí también va a ser una semana complicada.


–A lo mejor podemos vernos online.


–Ya veremos qué hacemos.


Aquella fue la forma perfecta de terminar el día. Tras despedirse de Pedro con un dulce beso, se llevó a los perros a la cabaña.


–Hoy estoy de muy buen humor, chicos, así que van a dormir conmigo.


Se puso unos pantalones cortos de franela y una camiseta y cerró las cortinas. Con dos perros sobre la cama y otros tres en el suelo, abrió el portátil y se puso a contestar correos electrónicos. Sonó su teléfono móvil. Miró el reloj de la mesita de noche. Eran casi las once y media de la noche. Agarró el móvil rápidamente. En la pantalla aparecía el nombre de Carolina. 


–¿Carolina?


–Siento llamarte tan tarde, pero estoy en un lío.


Las palabras salieron de su boca de forma atropellada.


–¿Qué pasa?


–Mi... Coche está en el río Boise.


–¿Estás bien?


–Creo... Creo que sí –la voz le temblaba–. El coche está destrozado. Pedro va a matarme. Es por eso que te he llamado a tí. No te vas a enfadar conmigo.


–Claro que no –Paula volvió a ponerse la ropa de salir–. ¿Dónde estás?


Carolina le dió la dirección.


–Sigue las luces de emergencia. Voy a necesitar que me lleven a casa, si es que no termino en el hospital. Hay un bombero muy agradable que dice que debería ir.


–Pues escúchale.


–Muy bien. Haré lo que me diga –Carolina parecía aturdida, conmocionada–. No me puedo creer que haya destrozado otro coche. Pedro va a...


–No te preocupes por tu hermano –Paula se puso las sandalias– . Voy a meter a los perros en sus jaulas y voy para allá. Si no estás en el río, iré al hospital más cercano, ¿De acuerdo?


–Gracias. Te lo agradezco.


–Te veo enseguida.


Horas más tarde, Paula seguía esperando en la sala de espera del hospital. Se estaba quedando dormida. Carolina tenía un traumatismo en la cabeza y le estaban haciendo pruebas.


–¿Qué estás haciendo aquí?


Abrió los ojos. Pedro estaba delante de ella con cara de pocosamigos.


–Carolina me llamó. Estaba herida, asustada.


–Debería estar aterrorizada. Enviando mensajes de texto mientras conduce... Podría haberse matado, o podría haber matado a alguien.


–Por suerte, no ha pasado nada de eso.


–El coche está destrozado –dijo Pedro.


–El airbag le salvó la vida.


Pedro estaba tenso como una vara. Paula le tocó el brazo y sintió cómo se le contraían los músculos.


–Carolina va a estar bien. 


Atracción: Capítulo 41

Pedro miró las fotos de Paula de cuando era niña. En una aparecía montando un triciclo, y en otra estaba en el baile de graduación del instituto.


–Llevabas el pelo largo, como tu madre.


–Ya no soy esa chica. Me gusta llevarlo más corto.


–A mí también me gusta así –dijo Pedro.


Sus padres les observaban con curiosidad.


–¿Por qué no ayudas a tu madre con la cena? –le dijo su padre– . Yo le haré compañía a Pedro.


Paula fue detrás de su madre.


–Bueno, Pedro, ¿Te gustan las armas y la caza?


–Mi abuelo solía llevarnos a cazar alces a mi mejor amigo y a mí, pero con ballestas, no con armas.


–¿Se llevaron algo a casa?


–Un ciervo.


Pedro recordaba la sorpresa que se había llevado al darle al animal. Había sido una emoción increíble, pero también había sentido mucha tristeza al verle caer.


–Era mucho más grande que yo. Nos costó mucho traerlo al campamento.


Miguel miró hacia la cocina.


–Yo he cazado osos –se inclinó hacia Pedro–. Nunca he podido traer nada de lo que cazaba a casa. Paula se echaba a llorar. Será mejor que no le hables de ese animal que cazaste. Le gustan mucho los animales y a lo mejor te lo guarda.


–Gracias por el consejo.


–De nada –Miguel volvió a mirar hacia la cocina–. Mi hija ha tenido épocas difíciles.


–Sí. Me lo ha contado. 


–Trabaja duro, nos manda dinero, incluso cuando no tiene mucho para ella –le miró a los ojos–. No quiero que le hagan daño a mi pequeña.


–Yo tampoco. Es una mujer muy especial.


–Me alegra oírte decirlo. Paula nunca ha traído a un hombre, o a un chico, a casa.


Pedro sintió un extraño orgullo. Eso le sorprendía, pero no había sido ella quien se lo había pedido.


Mientras Pedro y Miguel charlaban sobre caza mayor, Paula metía una bandeja de galletitas en el horno.


–Pedro es muy guapo –le dijo su madre de repente–. Te gusta de verdad.


–No llevamos mucho tiempo.


–Pero eso no quiere decir que no tengas sentimientos por él. Yo supe que tu padre era el elegido una semana después de conocerle – Alejandra sacó un tarrito de aliño del frigorífico–. ¿Qué sientes cuando estás con él?


–Me siento importante, especial, como si pudiera hacer cualquier cosa. Creo que me estoy enamorando.


–¿Tú crees?


Paula se rió.


–Bueno, de acuerdo. A lo mejor ya me he enamorado, y me da miedo.


–Enamorarse de alguien da miedo. Es normal. Pero no puedes vivir anclada en el pasado. Si te gusta de verdad, dale una oportunidad.


–Siempre he pensado que lo único que necesitaba en la vida era a los perros, pero ahora que he conocido a Pedro...


–Quieres más.


–Sí... Pero somos tan distintos. No sé si va a funcionar. ¿Crees que puedo encajar en el mundo de Pedro?


–Sí. Solo sé tú misma. Y, si no encajas, entonces no es la persona adecuada para tí.


–Mamá...


–Lo digo en serio –Alejandra le dió un abrazo–. Eres una chica dulce, generosa, inteligente, y tienes mucho amor que dar.


–Creo que Pedro podría ser el hombre adecuado para mí.


–Solo el tiempo lo dirá. 


–Espero que no me lleve mucho tiempo averiguarlo.


–La paciencia es una virtud.


Paula miró las galletas.


–Pasé tres años siendo paciente. Creo que me merezco un pequeño respiro.


–Lo siento, cariño, pero no hay muchos respiros cuando se trata del amor.


Amor. La palabra sonaba muy bien, pero solo si era amor correspondido...

jueves, 7 de julio de 2022

Atracción: Capítulo 40

Paula no quería que la noche terminara. La comida era deliciosa y la conversación interesante. Se había dejado hechizar por Pedro. Estaba totalmente encantada. Pero era hora de retroceder.


–Lo he pasado muy bien –le dijo él, tomándola de la mano.


Estaban en el estacionamiento, a punto de marcharse.


–¿Quieres que vayamos a comprar corbatas mañana?


El corazón de Paula dió un salto. El sentido común prevalecía, no obstante. Se rió. No sabía si hablaba en serio o no.


–Lo digo de verdad.


–Deberías pedírselo a tu hermana. Yo no sé nada sobre corbatas.


Él le acarició el cabello con los labios.


–Carolina sabe de moda, pero tú me conoces a mí.


–Me encantaría ir, pero mañana voy a ver a mis padres.


–¿Vas a pasar la noche con ellos?


–No. Voy a pasar el día. Tengo que volver por los perros.


–Ah, sí. Los perros... Te gustan los perros más de lo que te gusto yo –añadió en un tono bromista.


–Es distinto –dijo ella, siguiéndole la corriente–. Los perros son fieles y protectores y creen que soy el centro del universo.


–Cierto, pero un perro no puede hacer esto.


Le dió un beso.


–Tienes razón –Paula se tocó los labios–. Un perro no puede hacer eso –se rió–. Gracias por la cena. Ha sido una noche fantástica.


–No tiene por qué terminar todavía.


–No hay ninguna prisa, ¿No?


–No. Pero me gustaría verte mañana. ¿Y si te acompaño a casa de tus padres?


–¿En serio?


Él asintió.


–Ya conoces a la abuela. Lo justo es que yo conozca a tus padres también.


–Claro –dijo Paula, entusiasmada–. Eso sería estupendo. 




El sábado por la tarde, Pedro llegó al camping de caravanas que estaba a las afueras de Twin Falls. No sabía muy bien qué esperar, pero hasta ese momento todo parecía estándar. Los vehículos estaban aparcados de cualquier manera en las estrechas calles. Los gatos tomaban el sol sobre el asfalto. Los perros ladraban.


–Gira a la izquierda en la Estatua de la Libertad. La vas a ver seguro.


Había una réplica de la famosa estatua en una intersección. Dos hombres con tupidos bigotes y tatuajes en los brazos miraron el deportivo con interés. Una anciana se mecía suavemente en su sillón en el porche de otra caravana. Tenía a un pequeño chihuahua en el regazo. Paula señaló al frente.


–Mis padres viven en la caravana que tiene la valla de alambre y la bandera de Jolly Roger.


Pedro agarró el volante con fuerza y estacionó. En el recinto delimitado por la valla había gallinas. ¿Sería legal en la ciudad? Apagó el motor.


–Mis padres son gente muy normal, así que no te pongas nervioso.


Un pensamiento fugaz pasó volando por la mente de Pedro. Tendría suerte si volvía a ver los tapacubos de su coche.


–No estoy nervioso.


–Si mi padre trata de enseñarte su colección de armas y navajas, dile que no. De lo contrario, querrá intimidarte.


Pedro recordaba que su padre había estado en la cárcel por una pelea, así que no era de extrañar que tuviera semejante colección en su casa.


–Es bueno saberlo.


–Si mi madre dice algo sobre los ovnis y las conspiraciones militares, limítate a sonreír. Hagas lo que hagas, no se te ocurra mencionar Roswell o el vuelo 800.


–Tal vez debería haber traído un gorro de papel de aluminio.


Había un hombre y una mujer de unos cuarenta y pocos años en el porche. Les saludaban con la mano.


–Esos son mis padres. Alejandra y Miguel.


–Parecen muy jóvenes.


–Mi madre tenía diecisiete años y mi padre dieciocho cuando se casaron. Yo llegué una semana más tarde, cuando ella cumplía dieciocho. 


–Niños que tienen niños.


–Se creían adultos en aquella época, pero los dos siempre me han dicho que espere para casarme.


Pedro le abrió la puerta de la verja.


–Buen consejo.


–Que no se escape ninguna gallina.


Pedro se aseguró de cerrar bien y entonces llegó el momento de las presentaciones. Los padres de Paula resultaron ser muy agradables. Alejandra le abrazó y Miguel le dió un buen apretón de manos. La caravana era pequeña, pero acogedora. 


Atracción: Capítulo 39

Paula señaló un cartel que decía: "Prohibido llevar corbata".


–Deberías quitártela.


–A nadie le importa lo que llevo aquí.


Paula deslizó dos dedos sobre sus labios, como si cerrara una cremallera.


–No volveré a mencionarlo.


La camarera llevaba una camiseta de tirantes y unos vaqueros super cortos y ceñidos. Les condujo a una mesa.


–Enseguida vienen a tomarles nota –dijo, dándoles la carta.


Pedro miró a su alrededor. Los clientes habían escrito sus nombres en la madera que cubría las paredes. A Leandro le hubiera encantado.


–¿Vienes aquí a menudo?


–No, pero es uno de mis lugares favoritos.


–Nunca había oído hablar de él.


–Bueno, pues ya es hora de que descubras uno de los tesoros escondidos de Boise.


Pedro leyó el menú. Casi todo era carne roja, patatas fritas, hervidas, en puré...


–Buenos días, señor, señorita. Soy Jesica, su camarera.


Una chica voluptuosa y alegre se detuvo delante de la mesa. También llevaba vaqueros cortos y la camiseta le estaba tan pequeña que por lo menos necesitaba dos tallas más.


–Veo que tenemos a un nuevo cliente en nuestro restaurante. Bienvenido, señor. Creo que no ha visto el cartel.


–¿Qué cartel?


Paula sacudió la cabeza.


–El cartel que dice: «Prohibido llevar corbata».


–Lo he visto.


–Entonces solo puedo hacer una cosa –la joven sacó unas tijeras de un bolsillo trasero y le cortó la corbata por encima del nudo sin pensárselo dos veces.


–¿Pero qué...? –Pedro se quedó mirando su pobre corbata mutilada–. Era una corbata de seda.


–Ya te lo dije. Más de una vez.


–No me dijiste que destrozarían mi corbata. 


Jesica se encogió de hombros.


–Ya ha visto el cartel y lo ha desobedecido. Este es el precio.


Pedro no daba crédito a lo que estaba ocurriendo.


–¿Y qué pasa con la corbata ahora?


–Pasa a formar parte de nuestra decoración –dijo Jesica–. Mire al techo.


Pedro lo hizo. Cientos de corbatas de todos los colores colgaban del techo.


–Deberías haberme escuchado –le dijo Paula–. Pero tampoco me esforcé mucho por convencerte. Nunca me ha gustado mucho esa corbata amarilla, así que la pérdida no es muy grande, en mi opinión.


–El rojo es un color de poder –Jesica se metió la corbata en el sujetador–. Al amarillo es...


–Demasiado soso.


Pedro la miró con ojos de estupefacción. Su abuela le había dicho lo mismo. Casi se echó a reír.


–Tienen los cacahuetes, la carta y mucho sentido del humor.


-Volveré enseguida para tomarles nota –dijo Jesica.


–Espero que no estés molesto por lo de la corbata.


–Es culpa mía. Me lo advertiste, pero yo preferí no escuchar. Lección aprendida.


Paula agarró un puñado de cacahuetes, sonriendo.


–Tómate unos pocos.


Pedro tomó uno del cuenco.


–¿Tiras las cáscaras al suelo?


–Te han mimado demasiado. Mira –le enseñó cómo tenía que hacerlo–. Te toca.


Pedro agarró otro cacahuete, lo abrió, sacó el fruto seco y tiró la cáscara al suelo con indiferencia.


–Pan comido –dijo ella. Le puso un puñado de cacahuetes delante y señaló una diana pintada en el pasillo entre las mesas–. Ahora podemos jugar en serio.


–¿Y cuál es el premio?


Ella se encogió de hombros.


–¿Qué quieres que sea?


«Tú», pensó Pedro, pero no lo dijo en alto.


–Me da igual.


–Entonces tendré que pensar en algo... Hasta entonces... A por ello.


Pedro comenzó a tirar las cáscaras, cada vez con más entusiasmo. El estrés y el cansancio de un duro día de trabajo se disipaban por momentos.


–Esto es más divertido de lo que esperaba –dijo.


–«Diversión» es mi segundo nombre.


–Pues me gusta divertirme. 

Atracción: Capítulo 38

El jueves Paula imprimió unos cuantos correos electrónicos para Betty.


–Estos son los pedidos. Qué pena que no tengamos productos para vender.


Betty hojeó las páginas.


–Podemos hacer un primer lote y venderlo, ¿No? Seguimos usando ingredientes naturales, conocidos, así que no deberíamos tener problemas –Betty miró a Paula–. Pero pregúntale a Pedro, para estar seguros.


–Le mandaré un mensaje.


Era más seguro que hacerle una llamada. Además, no necesitaba oír su voz.


–Deberíamos escoger un evento, poner un puesto y vender los productos.


–Stumpdown es en julio, pero es demasiado pronto. Enumclaw es un par de semanas más tarde, en agosto. A ese va gente de todos sitios y hay muchas especialidades para razas.


–Suena bien. Ponlo en tu calendario.


–Vamos a tener un verano muy ajetreado con todos los concursos en los que nos hemos apuntado –dijo Paula.


–Pedro puede acompañarte.


–Solo somos...


–¿Amigos? He visto cómo te mira. Nunca ha mirado a ninguna otra mujer así, ni siquiera a su ex.


Carolina le había contado algo acerca de esa antigua novia mientras la maquillaba para su cita.


–Pedro es un buen hombre.


–Sí, pero sigue siendo un hombre. Toman todo lo que les ofreces y tratan de mantener el status quo durante el mayor tiempo posible.


–No entiendo.


–No te acuestes con Pedro hasta que tengas una alianza en el dedo.


Paula sintió que le ardían las mejillas. 


–Solo nos hemos dado unos besos.


–Bueno, debieron de ser unos besos muy apasionados, según lo que ví.


Paula se tapó la boca con la mano.


–No sientas vergüenza. Puede que sea vieja, pero fui joven alguna vez. Lo que se regala no se aprecia. Eso no cambia.


–Lo tendré presente.



El viernes por la tarde Pedro llegó a lo que parecía un bar del Viejo Oeste. Tenía una cita con Paula. Llevaba dos días sin verla, dos de los días más largos de toda su vida. Nada más verla, el corazón le dió un vuelco. Estaba en la acera, esperándole.


–Has venido directamente de la oficina –le dijo ella.


–Me entretuve en una reunión –le dió un beso en la mejilla–. Creo que mi ropa es demasiado formal.


–Quítate la chaqueta y la corbata.


–No hace falta.


Le tiró de la corbata.


–Lo digo en serio. Tienes que quitártela ahora.


–No te preocupes.


–Te vas a arrepentir de no...


Él se llevó un dedo a los labios.


–Shhh.


–Tú te lo pierdes.


Pedro no entendía de qué estaba hablando.


–¿Qué tal el día?


–Bien. Revisé nuestra nueva web e hice una lista de cambios para el diseñador.


–Mándame la dirección web en un mensaje. Estoy deseando verla.


–A Carolina se le ocurrió el nombre. Betty's Top Dog Products –abrió la puerta del restaurante–. Me sorprende que la abuela haya metido a mi hermana en esto.


Paula entró.


–Carolina quería ayudar.


–Debe de tener un motivo oculto.


–¿Y no te basta con pensar que lo hace porque es buena chica?


–Mi hermana nunca hace nada por ser buena chica –dió un paso y entonces sintió que algo crujía bajo la suela de su zapato. Era una cáscara de cacahuete–. Una moqueta muy interesante.


El sitio era muy pintoresco. El olor a fritanga saturaba los pulmones.

Atracción: Capítulo 37

De pronto le sonó el teléfono móvil.


–Hola.


–Ven a casa, por favor.


Había urgencia en la voz de Betty, así que soltó la fregona de inmediato.


–Voy.


Corrió hasta la casa. No había nadie en el salón, ni tampoco en la cocina.


–¿Betty?


–Arriba. 


Paula subió los peldaños de dos en dos. Entró en la habitación de la anciana y miró a su alrededor. Había algo nuevo sobre la cama. Era un montón de ropa, y también zapatos. Betty tenía una sonrisa radiante en los labios. Carolina estaba a su lado, y también la señora Harrison y María.


–¿Qué pasa?


Carolina señaló el montón de ropa.


–Tengo muchísima ropa que no me sienta bien. Creo que tenemos más o menos la misma talla. Y María también. A lo mejor hay algo que les guste.


Paula se cubrió el rostro con las dos manos. Le estaba tan agradecida. Betty la rodeó con el brazo.


–¿Qué sucede, cariño?


–Son tan amables. Es el momento perfecto –contuvo un sollozo–. Tengo una cita hoy, pero no tengo nada que ponerme, así que he pensado en cancelarla.


–No te preocupes –dijo Betty, como si todo tuviera arreglo aunque el mundo acabara esa noche.


–Y, por favor, no canceles la cita –dijo Carolina–. Te vamos a buscar un vestido increíble para esta noche. Algunas de las prendas todavía tienen la etiqueta.


Paula se frotó los ojos. No era capaz de entender a la gente rica.


–Carolina es adicta a las compras. Puede que lo haya heredado de mí –dijo Betty–. Ya es hora de que otros se beneficien de la adicción de mi nieta. ¿Adónde vas esta noche? –le preguntó.


En cuanto les dijera adónde iba, sabrían que iba con Pedro, pero no podía mentirles.


–A Pacifica.


La señora Harrison y María suspiraron. Una sonrisa se dibujó en los labios de Carolina.


–Un restaurante extraordinario –rebosante de alegría, Betty condujo a Paula hasta la cama–. A ver si encontramos algo para que a Pedro se le salgan los ojos y quiera pasar directamente al postre.





La cena en Pacifica fue mucho mejor de lo que Pedro esperaba. Apretó la mano de Paula.


–¿Te he dicho que estás muy guapa esta noche?


–Unas diez veces –dijo ella, sonriendo solo para él–. Pero no me importa.


–Entonces voy a seguir diciéndotelo. Eres la mujer más guapa de la ciudad.


–Bueno, eso fue porque tu hermana me ayudó.


–No necesitas ropa elegante y maquillaje para ser preciosa. Lo llevas dentro. Lo demás son accesorios. Nada más.


No había sitio en su vida para una novia, pero le gustaba estar con Paula. A lo mejor ella también querría tener una relación ligera... Le dió un beso en el dorso de la mano.


–Pero aunque llevas un vestido espectacular, tengo que admitir que echo de menos todo ese pelo de perro que sueles llevar en la ropa.


Ella se rió. Su voz le acariciaba el corazón.


–Dudo mucho que me hubieran dejado entrar si tuviera algo de pelo en la ropa –miró a su alrededor y entonces bajó la voz–. Me alegro mucho de haber sobrevivido a la cena. No hacía más que pensar que podían echarme en cualquier momento, si cometía un error, o si usaba el tenedor incorrecto, o algo así.


–No has cometido ningún error.


Ella le dió un beso en la mano.


–No ha sido tan difícil como pensaba.


El camarero, vestido de traje, dejó el recibo y la tarjeta de Pedro sobre la mesa.


–Gracias –le dijo ella, acariciándole la mano–. Por esta noche. Nunca la olvidaré.


–Tendremos que repetir.


–Me gustaría, pero...


–¿Qué?


La mirada de Paula se volvió traviesa.


–Me has dejado ver algo de tu mundo. Si volvemos a hacer esto, quiero enseñarte mi mundo. 


–No digas «Sí». ¿Cuándo quieres hacerlo? El plan suena bien... ¿Qué tal el viernes?


–¿Este viernes?


–Sí.