martes, 15 de marzo de 2022

Secreto: Capítulo 6

Se puso en pie bruscamente y se acercó a la ventana, desde donde se veían las abarrotadas calles y el tráfico. Se cruzó de brazos con la mandíbula apretada.


—Si los expertos de tus libros tienen razón, lo último que mis hijos necesitan es otro gran cambio. 


Por un instante, Paula se sintió tentada de decirle a Pedro que sus hijos estarían mucho mejor si se quedaban allí. Durante los últimos tres meses, siguiendo el consejo de la psicóloga, había llenado la vida diaria de los niños de pequeños rituales para que tuvieran ilusión por el futuro: confeccionaba los menús a partir de sus comidas preferidas, preparaba actividades gustosas para ellos después del colegio, les leía sus cuentos favoritos antes de dormir y los abrazaba a menudo. Claro que Pedro también sería capaz de cubrir las necesidades de sus hijos. No sólo era un hombre orgulloso reclamando sus derechos, además amaba profundamente a sus pequeños. Ella sabía, por los padres de Chelsea, que en los últimos tres años, había viajado de Australia a Estados Unidos varias veces al año, sólo por verlos. El que ella quisiera que los niños se quedaran en Nueva York era egoísta. Inspiró hondo.


—Camila y Nicolás quieren estar contigo, Pedro. Eres su padre. Te han echado mucho de menos.


El rostro de él se relajó levemente.


—Pero va a ser duro para ellos dejar esto, ¿Cierto?


—Deberás estar preparado para algún que otro momento difícil —reconoció ella.


—Tenía la esperanza de que, si me quedaba en Nueva York unos días y les daba la oportunidad de acostumbrarse a mí de nuevo…


—Seguro que eso ayuda. Y, mientras estás aquí, podemos hablarles de lo que se van a encontrar al llegar a Australia.


Pedro asintió pensativo y luego sonrió a Paula. Ella apartó la mirada al ver el repentino destello de aquellos ojos azules, y la clavó en la mochila de cuero que reposaba en el suelo, junto al sofá. El tipo de mochila que encajaría en una camioneta polvorienta, pero que en aquel departamento resultaba totalmente fuera de lugar, casi como un símbolo del error que había sido la boda entre Pedro y Lara. Su prima apenas había comentado los problemas que le habían hecho huir de Jabiru Creek a Nueva York. Quedaba claro que había sido una decisión dolorosa, porque no había dejado de amar a Pedro, pero amaba aún más su danza. En el outback australiano no había trabajo para una coreógrafa de su calibre y, al final, le había resultado demasiado difícil renunciar a la vida urbana y a su carrera.


—Fue una atracción fatal —le confesó una vez—. Pedro y yo éramos lo opuesto en casi todo. Creo que ambos intuimos desde el principio que el matrimonio no funcionaría, pero nuestros sentimientos eran tan intensos que tuvimos que intentarlo. 


En aquel momento, sentada a escasos metros de Pedro Alfonso, Paula comprendió que su prima se arriesgara. Él seguía siendo muy atractivo, con una presencia profundamente masculina. Se obligó a ponerse en pie. Necesitaba poner distancia entre ambos.


—Si has terminado el café, te mostraré tu habitación y podrás dejar tus cosas — anunció, y atravesó la habitación.


—Paula, antes de que te vayas…


Ella se giró lentamente y vio la sonrisa tímida de él.


—Seguramente estoy pasado de moda. Sé que eres una mujer moderna y urbana, pero prefiero asegurarme de que no te supone un problema que me quede en tu departamento.


—Por supuesto que no hay problema —respondió ella, intentando sonar desenfadada.


—¿Y tu novio? ¿A él también le parece bien?


Paula sintió una puñalada en el corazón, igual que le ocurría siempre que alguien mencionaba a Daniel. Después de dos meses, el shock seguía vigente, sobre todo tras el doloroso descubrimiento de que Daniel había estado saliendo seis meses con Karina Swain, antes de reunir el valor de contárselo. Logró articular una sonrisa despreocupada.


—Tampoco hay problema por eso. Ahora no tengo novio —dijo, y se apresuró hacia la habitación de invitados para no ver su reacción—. Es importante que te quedes aquí, Pedro, necesitas aprovechar al máximo tu tiempo con los niños antes de que se marchen.


—Te lo agradezco —respondió él, siguiéndola por el pasillo.


—No es gran cosa, pero sí mejor que nada —afirmó ella al llegar a la habitación de invitados.


—Es fabulosa —alabó Pedro, dejando su mochila a los pies de la cama—. ¿Y tú, Paula?


—¿Yo? Mi… Dormitorio está… Al final del pasillo.


Pedro pareció avergonzado y se frotó la mandíbula.


—No me refería a dónde estaba tu dormitorio, sino a cuáles van a ser tus planes cuando ya no tengas que ocuparte de los niños.


Paula tragó saliva. Hablar de dormitorios con aquel hombre tan atractivo le había confundido las ideas.


—Acabo de terminar mis exámenes de fin de carrera, así que he empezado a buscar empleo. ¿Quién sabe dónde terminaré?


«Con suerte, en cualquier lugar excepto Vermont».


—Ahora mismo, lo que voy a hacer es preparar la comida. 

Secreto: Capítulo 5

Se puso en pie bruscamente y se acercó a la ventana, desde donde se veían las abarrotadas calles y el tráfico. Se cruzó de brazos con la mandíbula apretada.


—Si los expertos de tus libros tienen razón, lo último que mis hijos necesitan es otro gran cambio. 


Por un instante, Paula se sintió tentada de decirle a Pedro que sus hijos estarían mucho mejor si se quedaban allí. Durante los últimos tres meses, siguiendo el consejo de la psicóloga, había llenado la vida diaria de los niños de pequeños rituales para que tuvieran ilusión por el futuro: confeccionaba los menús a partir de sus comidas preferidas, preparaba actividades gustosas para ellos después del colegio, les leía sus cuentos favoritos antes de dormir y los abrazaba a menudo. Claro que Pedro también sería capaz de cubrir las necesidades de sus hijos. No sólo era un hombre orgulloso reclamando sus derechos, además amaba profundamente a sus pequeños. Ella sabía, por los padres de Lara, que en los últimos tres años, había viajado de Australia a Estados Unidos varias veces al año, sólo por verlos. El que ella quisiera que los niños se quedaran en Nueva York era egoísta. Inspiró hondo.


—Camila y Nicolás quieren estar contigo, Pedro. Eres su padre. Te han echado mucho de menos.


El rostro de él se relajó levemente.


—Pero va a ser duro para ellos dejar esto, ¿Cierto?


—Deberás estar preparado para algún que otro momento difícil —reconoció ella.


—Tenía la esperanza de que, si me quedaba en Nueva York unos días y les daba la oportunidad de acostumbrarse a mí de nuevo…


—Seguro que eso ayuda. Y, mientras estás aquí, podemos hablarles de lo que se van a encontrar al llegar a Australia.


Pedro asintió pensativo y luego sonrió a Paula. Ella apartó la mirada al ver el repentino destello de aquellos ojos azules, y la clavó en la mochila de cuero que reposaba en el suelo, junto al sofá. El tipo de mochila que encajaría en una camioneta polvorienta, pero que en aquel apartamento resultaba totalmente fuera de lugar, casi como un símbolo del error que había sido la boda entre Pedro y Lara. Su prima apenas había comentado los problemas que le habían hecho huir de Jabiru Creek a Nueva York. Quedaba claro que había sido una decisión dolorosa, porque no había dejado de amar a Pedro, pero amaba aún más su danza. En el outback australiano no había trabajo para una coreógrafa de su calibre y, al final, le había resultado demasiado difícil renunciar a la vida urbana y a su carrera.


—Fue una atracción fatal —le confesó una vez—. Pedro y yo éramos lo opuesto en casi todo. Creo que ambos intuimos desde el principio que el matrimonio no funcionaría, pero nuestros sentimientos eran tan intensos que tuvimos que intentarlo. 


En aquel momento, sentada a escasos metros de Pedro Alfonso, Paula comprendió que su prima se arriesgara. Él seguía siendo muy atractivo, con una presencia profundamente masculina. Se obligó a ponerse en pie. Necesitaba poner distancia entre ambos.


—Si has terminado el café, te mostraré tu habitación y podrás dejar tus cosas — anunció, y atravesó la habitación.


—Paula, antes de que te vayas…


Ella se giró lentamente y vio la sonrisa tímida de él.


—Seguramente estoy pasado de moda. Sé que eres una mujer moderna y urbana, pero prefiero asegurarme de que no te supone un problema que me quede en tu departamento.


—Por supuesto que no hay problema —respondió ella, intentando sonar desenfadada.


—¿Y tu novio? ¿A él también le parece bien?


Paula sintió una puñalada en el corazón, igual que le ocurría siempre que alguien mencionaba a Daniel. Después de dos meses, el shock seguía vigente, sobre todo tras el doloroso descubrimiento de que Daniel había estado saliendo seis meses con Karina Swain, antes de reunir el valor de contárselo. Logró articular una sonrisa despreocupada.


—Tampoco hay problema por eso. Ahora no tengo novio —dijo, y se apresuró hacia la habitación de invitados para no ver su reacción—. Es importante que te quedes aquí, Pedro, necesitas aprovechar al máximo tu tiempo con los niños antes de que se marchen.


—Te lo agradezco —respondió él, siguiéndola por el pasillo.


—No es gran cosa, pero sí mejor que nada —afirmó ella al llegar a la habitación de invitados.


—Es fabulosa —alabó Pedro, dejando su mochila a los pies de la cama—. ¿Y tú, Paula?


—¿Yo? Mi… dormitorio está… Al final del pasillo.


Pedro pareció avergonzado y se frotó la mandíbula.


—No me refería a dónde estaba tu dormitorio, sino a cuáles van a ser tus planes cuando ya no tengas que ocuparte de los niños.


Paula tragó saliva. Hablar de dormitorios con aquel hombre tan atractivo le había confundido las ideas.


—Acabo de terminar mis exámenes de fin de carrera, así que he empezado a buscar empleo. ¿Quién sabe dónde terminaré?


«Con suerte, en cualquier lugar excepto Vermont».


—Ahora mismo, lo que voy a hacer es preparar la comida. 

jueves, 10 de marzo de 2022

Secreto: Capítulo 4

 —Cerca de casa hay una presa donde es posible bañarse —respondió en su lugar.


«Cuando no hace demasiado calor ni está embarrado». Acarició el brazo de su hija y le dió un vuelco el corazón. Detestaba la idea de que se ensuciara de barro, o se quemara, o se viera sometida a alguno de los múltiples peligros del difícil entorno que era su hogar. ¿Sería capaz de cuidarla adecuadamente? Intentó decir algo positivo.


—¿Te gustan los cachorros, Cami? Tengo una perrita que, para cuando lleguemos a casa, habrá parido unos tres o cuatro.


Camila abrió mucho los ojos.


—¿Y todos están en la tripa de su mamá? ¿Como hicimos Nico y yo?


Pedro se tensó, creyendo que su hija se echaría a llorar al mencionar a su madre. ¿Qué debía hacer y decir? Paula habló por él.


—Eso es, Cami. Los cachorros están juntos en la tripa de su mamá —contestó con tranquilidad, como si no hubiera sucedido nada extraño o peligroso—. Si hay tres cachorros, serán trillizos. Y cuatro, cuatrillizos.


Para sorpresa de Pedro, Camila sonrió, claramente encantada con la respuesta de Paula.


—¿Qué tal si van a jugar un rato mientras papá se toma un café? —sugirió Paula—. Lleven las cartas a su habitación. Les avisaré en cuanto la comida esté preparada.


—¿Papá va a comer con nosotros? —inquirió Nicolás.


—Por supuesto. Va a quedarse aquí unos cuantos días.


Satisfecho, el chico recogió las cartas y ambos trotaron felices hacia su dormitorio. Pedro miró a Paula con una sonrisa de sorpresa.


—Han hecho justo lo que les has pedido. ¿Siempre son tan obedientes?


Ella rió.


—Ni mucho menos. Aunque van mejorando cada vez más —respondió, y le tendió una taza—. Bébetelo mientras esté caliente.


Pedro le dió las gracias y bebió un trago. El café era fuerte y de muy buena calidad. Observó disimuladamente a Paula. Se habían visto pocas veces, pero aseguraría que ella estaba diferente. ¿Acaso se le había afilado el rostro? ¿Por eso sus ojos parecían más grandes, su boca más carnosa y sus pómulos más marcados? ¿O lo diferente era su expresión?  No sabría decirlo, pero percibía una profundidad en la que no había reparado antes. Los últimos tres meses debían de haber sido muy duros para ella, sin duda había tenido que madurar rápido. Fuera lo que fuera, le sentaba muy bien. Y era evidente que había cuidado de maravilla a los mellizos.


—Espero que sepas lo agradecido que te estoy por cuidar de los niños — comentó—. No debió de ser fácil encontrarte con todo esto después de que Lara…


Paula asintió.


—Ha habido momentos duros, pero cada día es mejor que el anterior.


Pedro se preguntó con cierta ansiedad qué momentos duros habría superado. Se quedó en silencio, sumido en su preocupación, mientras se bebían el café.


—¿Cómo está tu tobillo? —inquirió Paula.


Pedro recordó su ira ante las inundaciones, y su frustración tras el accidente.


—Ahora está bien. No te imaginas lo exasperante que ha sido no poder llegar aquí antes.


—Reconozco que tampoco fue fácil intentar convencer a Camila y Nicolás de que estabas retenido por las inundaciones.


—Lo siento.


—No podías evitarlo —replicó ella—. Y fue buena idea el pedirme que no les dijera nada. Acababan de perder a su madre, se habrían derrumbado al saber que su padre también se encontraba herido.


Pedro se inclinó hacia delante, deseoso de hacerle la pregunta que le corroía:


—¿Qué tal crees que les sentará regresar a Australia conmigo?


Esperaba una respuesta tranquilizadora, del tipo: «Bien, ya han pasado lo peor». Para su desgracia, vió que ella clavaba la vista en su taza. Se le hizo un nudo en la garganta.


—Creí que mi casa, al ser un lugar completamente distinto, los ayudaría a salir adelante. Pero conoces a mis hijos mejor que yo.


Paula sonrió levemente.


—Deseo que lleven bien el cambio, pero no puedo prometer que vaya a ser fácil, Pedro. No soy ninguna experta, pero según lo que he leído…


—¿Según lo que has leído? —le interrumpió él, tenso.


Como ranchero, confiaba en las habilidades prácticas, y le costaba aceptar que los libros pudieran enseñar algo. Paula se ruborizó, pero elevó la barbilla y entrecerró los ojos.


—Nunca había experimentado este dolor, y menos aún ayudado a unos niños tras la muerte de su madre. Así que consulté a un médico, a una psicóloga, y además he investigado por mi cuenta. Después de todo, los libros están escritos por expertos. 


Pedro notó que le quemaba la nuca. Sin mirar a Paula a los ojos, le preguntó:


—¿Y qué dicen los expertos?


—Según parece, a los niños que han sufrido una pérdida les ayuda tener una rutina, una vida predecible. Así se sienten más seguros.


A él se le encogió el corazón. Una vida segura y predecible era casi impensable en el outback, donde se vivía a merced de los elementos, o de los cambiantes mercados. A diario surgían problemas relativos al aislamiento y las enormes distancias. Recordó todo lo que su exesposa detestaba de su estilo de vida, y lo que él mismo había vivido en los últimos tres meses: retenido por las inundaciones, a punto de quedarse desabastecido, con un pie roto por la crecida de un río. Las dudas se apoderaron de él. ¿Cómo iba a apartar a sus hijos de aquel mundo que conocían y adoraban?


Secreto: Capítulo 3

 —Vamos, niños, me enseñan el camino —gruñó.


Paula se obligó a sonreír hasta que Pedro y sus hijos se marcharon por el pasillo. Sin embargo, a solas en la cocina tuvo que contener las lágrimas. Habían pasado dos meses desde la ruptura con Daniel, pero la llegada, al fin, de Pedro lo había revivido todo. Y por si fuera poco, por encima de ese dolor, se sentía tensa por aquel encuentro. Estaba muy feliz por Camila y Nicolás. Comprendía lo mucho que necesitaban a su padre, y era maravilloso verlos tan emocionados. Pero no sabía si soportaría que se marcharan a Australia. Por supuesto, Pedro tenía todo el derecho a llevárselos a su casa, y no había duda de que los amaba. Había visto la emoción de su rostro al abrazarlos después de tanto tiempo. Ahí también había estado a punto de echarse a llorar. Hasta entonces, no había sido consciente de lo frágil que se había vuelto tras la presión emocional de los últimos tres meses. Los niños y ella habían vivido muchas cosas juntos, y se habían unido increíblemente. Ante la muerte tan repentina de Lara, todo su mundo se había tambaleado y, profundizando, había descubierto una sensibilidad y una sabiduría que no sabía que poseía. Aunque los padres de Lara vivían cerca, se habían quedado tan afectados que le habían cedido el cuidado de sus nietos gustosamente, hasta que su padre fuera a buscarlos. Mirando hacia atrás, no sabía muy bien cómo se las había arreglado. En muy corto espacio de tiempo, había perdido a Lara, su prima y mejor amiga, y luego a Daniel. Se habría escondido de todo durante un par de décadas, si no fuera porque las necesidades de Camila y Nicolás eran aún mayores que las suyas. Para poder darles el amor y la atención que necesitaban, se había visto obligada a dejar a un lado su corazón roto. Así que, en cierto modo, los pequeños la habían salvado. Y le resultaba difícil aceptar que su papel en aquel pequeño equipo estaba a punto de terminar. No se imaginaba viviendo sin ellos.


—Mira, papá —dijo Camila, levantándose el labio superior y enseñándole un hueco, orgullosa.


—Qué bien, te falta un diente.


—Lo dejé bajo mi almohada y vino el Ratoncito Pérez —explicó, y miró a su hermano—. A Nicolás aún no se le ha caído ninguno.


Pedro advirtió la mirada avergonzada del pequeño.


—Nicolás debe de tener los dientes más fuertes —sugirió. 


El niño le sonrió agradecido.


—Os he traído un regalo —informó Pedro, sacando un pequeño paquete de su bolsa de viaje—. Es un juego para que lo compartan, cartas con fotos del outback australiano.


Los mellizos tenían tres años cuando se habían marchado de allí, dudaba de que lo recordaran. Fue colocando las cartas sobre la mesa: brillantes fotos de canguros, árboles de caucho y amplias llanuras rojas bajo un cielo azul intenso.


—¿Aquí es donde vas a llevamos? —preguntó Nicolás.


Pedro asintió.


—¿Tu casa es como ésta? —inquirió Camila con preocupación, señalando la imagen de una casa algo desvencijada con tejado de metal, y sola en mitad del desierto.


—Más o menos —admitió él—. Pero nosotros tenemos más árboles y un jardín más que decente.


Se sentía como un agente inmobiliario intentando vender una propiedad que no lo valía.


—Mi rancho está pintado de blanco, y tiene muchos edificios extra —añadió—: cobertizos para maquinaria, almacenes y casas para los vaqueros.


Debería haber llevado fotos de Jabiru Creek en lugar de aquéllas genéricas.


—¿Podremos montar a caballo? —preguntó Nicolás.


Su entusiasmo contrastó enormemente con el terror de Camila. A Pedro se le encogió el corazón. Su hija era clavada a la madre: Igual de delicada, y, en aquel momento, igual de preocupada y triste.


—Tengo un poni muy bueno que puedes aprender a montar —le dijo a Nicolás, y se giró hacia Camila—. Pero tú no tendrás que hacerlo si no quieres.


Intentó animarla guiñándole un ojo, pero la niña cada vez estaba más preocupada. Maldición, él no tenía ninguna experiencia en tratar con niños, donde la cosa más tonta podía convertirse de pronto en un enorme problema. Paula, que había entrado con una cafetera y dos tazas, agarró una foto de una poza reflejando el cielo.


—Mira, Camila, ¿A que es precioso?


Por encima de las cabezas de los mellizos, sus expresivos ojos enviaron un silencioso mensaje a Pedro: Debían cambiar de tema.


—¿En tu rancho tienes lugares tan bonitos como éste? —añadió.


—Por supuesto.


—¿Y puede uno bañarse? —siguió, con afán de animarlo.


«No, a menos que quiera arriesgarse a ser devorado por un cocodrilo». 

Secreto: Capítulo 2

Cuando el taxi se detuvo delante del bloque de departamentos de Manhattan, Pedro Alfonso estaba recordando la primera vez que había subido allí. Entonces era un novio lleno de amor, seguridad y esperanza, que no sabía que más adelante se le rompería el corazón. Pero ahora sí sabía por qué estaba allí, y conocía los desafíos y la posibilidad de fracasar. Bajó del taxi y elevó la vista al piso donde le esperaban sus hijos. El corazón se le aceleró. Estaba tan nervioso, que la mano le tembló y no acertaba a llamar al telefonillo. Los niños contestaron inmediatamente.


—¡Hola, papá!


Cerró los ojos, abrumado por la emoción al oír las voces de sus hijos. Llevaba tres largos meses esperando aquel momento. Primero, la temporada de inundaciones le había impedido salir del rancho, y luego se había roto un tobillo al intentar atravesar la crecida de un río.


—Buenos días, campeones —saludó por el micrófono.


—¡Te abro la puerta! —gritó Camila ilusionada.


—Ya la he abierto yo —anunció Nicolás dándose importancia, e igualmente emocionado.


Pedro sonrió y las puertas se abrieron, dándole acceso al vestíbulo del edificio. Se echó su mochila al hombro y entró cojeando levemente. Llamó al ascensor. Enseguida vería a sus hijos… El corazón se le aceleró. Hacerse cargo él solo de Camila y Nicolás era una ardua tarea, probablemente el desafío más difícil al que se había enfrentado. Quería lo mejor para ellos: Un hogar seguro y agradable, una familia amorosa y la mejor educación posible. Irónicamente, ya tenían todo eso: Aquel bloque de departamentos era seguro y moderno; estaban a cargo de la prima de su ex mujer, Paula, una niñera excelente; vivían cerca de sus abuelos; y estudiaban en uno de los mejores colegios del país. Le había roto el corazón que su esposa se marchara del rancho, llevándose además a los niños, pero se había visto obligado a aceptar que los ellos estaban mejor en Nueva York que en el remoto outback australiano. Y sin embargo, ahí estaba de nuevo, para llevarse a los mellizos al lugar del cual su madre había huido. No tenía otra opción. Su rancho era su única manera de ganarse la vida. Temía que no fuera suficiente para ellos.  El ascensor subió a la tercera planta y, cuando se abrieron las puertas, sus hijos estaban esperándolo.


—¡Papá! —exclamó Camila, abalanzándose sobre él.


Pedro dejó su mochila en el suelo y la subió en brazos, mientras ella lo abrazaba por el cuello.


—Hola, papá —saludó Nicolás, mirándolo expectante.


Pedro se agachó, sentó a Anna en una rodilla, y abrazó a su hijo. Qué hombrecito tan valiente, que había llamado a la ambulancia al ver desmayarse a su madre. Qué maravilla estar con ellos… Por fin. Le preocupaba encontrarlos tristes y apagados, pero parecían felices, advirtió aliviado.


—Eso sí que es una bienvenida —dijo alegremente una voz.


Pedro elevó la vista y vió a Paula Chaves, la prima de Lara, en la puerta del departamento. Sonrió emocionado. Se puso en pie, con una mueca de dolor por el tobillo, y alargó la mano.


—Hola, Paula.


—Me alegro de verte, Pedro.


No conocía mucho a aquella joven. Cuando habían coincidido en alguna reunión familiar, ella siempre se había mantenido en segundo plano, como si estuviera más a gusto sola, así que nunca se había acercado a charlar con ella. Además, estaba preparándose para convertirse en profesora de Lengua, con lo cual sería igual de culta que su exesposa, es decir, otra mujer que le recordaría sus deficiencias educativas. Pero no podía negar que le debía mucho. Se había ocupado de los niños ella sola durante tres largos y difíciles meses. Con los mellizos pegados a sus piernas, siguió a Paula al interior del departamento. Y allí, repentinamente, fue consciente de que nunca volvería a ver a su bella ex mujer. Era una locura sentir eso en aquel momento. Ya había llorado su pérdida tres años atrás, cuando ella le había dejado, y, llegado el momento, había continuado con su vida, encontrando consuelo en un saludable cinismo hacia el matrimonio. En aquel momento, la sensación de pérdida le abrumó. «No te derrumbes, no delante de los niños».


—Has hecho un viaje muy largo —oyó que decía Paula amablemente—. ¿Por qué no vas al salón y dejas el equipaje? He preparado café.


Pedro agradeció la normalidad y familiaridad de su bienvenida.


—Gracias —dijo—. Gracias por todo, Paula.


Sus miradas se encontraron y se produjo una conexión inesperada. Paula sonreía, pero a Pedro le pareció ver lágrimas en sus ojos oscuros, y se le hizo un nudo en la garganta. 


Secreto: Capítulo 1

Se habían dormido. Por fin. Paula contuvo el aliento mientras cerraba el libro de cuentos y se disponía a salir de la habitación con el máximo sigilo. Aquellos niños podían dormir profundamente a pesar del estruendo del tráfico de Nueva York pero, al mínimo chirrido en el interior del departamento, se despertaban llenos de pánico. Para su alivio, ambos pequeños dormían plácidamente en la litera, abrazados a sus peluches preferidos: Camila, un koala; Nicolás, un canguro. Llegó a la puerta y apagó la luz. Por primera vez, no hubo protestas. Sólo un bendito silencio. Atravesó el pasillo de puntillas… Y el silencio continuó. Con suerte, sería una buena noche, sin pesadillas ni colchones mojados. En el último mes había habido muy pocas noches buenas. Antes de que pudiera suspirar aliviada, sonó su teléfono móvil. «¡No!». Con la rapidez del rayo, se metió en su dormitorio y cerró la puerta. La pantalla indicaba quién le llamaba: Daniel, su novio. «Fabuloso».


—Hola, Dani —susurró.


No llegaba ningún sonido del dormitorio al final del pasillo, así que se sentó aliviada en la cama.


—¿Por qué susurras, Pau?


—Acabo de conseguir que los mellizos se duerman.


Daniel suspiró.


—¿Qué tal han pasado la semana?


—Un poco mejor.


—Eso es genial.


Paula no describiría el leve avance de los niños como «Genial», pero no iba a corregirle, con todo lo que la había apoyado durante la repentina y trágica muerte de su prima, Lara, y todo lo posterior.


—He oído tu mensaje —comentó él.


Paula se recostó sobre los cojines y alegró su tono de voz.


—¿Qué me dices? ¿Puedes conseguir el fin de semana libre?


Cruzó los dedos mientras esperaba la respuesta. «Ven, Dani, por favor. Te necesito».


La familia de Daniel poseía una granja lechera en Vermont, y su padre no andaba muy bien de salud, así que la responsabilidad de gestionar la granja había recaído enteramente en él.  Paula sabía que esperar que fuera a verla a Nueva York otra vez tan pronto era mucho pedir. El mes pasado, tras la muerte de Lara, él se había tomado casi toda la semana libre para estar a su lado y ayudarla con los niños. Algo admirable y que le había sorprendido muy gratamente. Desde que se había marchado de Vermont para estudiar en Nueva York, había asumido que, si quería ver a su novio, debía ser ella quien hiciera el esfuerzo. También había crecido en una granja lechera, así que comprendía lo que exigía. A pesar de todo, sólo había podido ver a Daniel unas cuantas veces durante el año. Si se encontraban el fin de semana, se aseguraría de que pasaran tiempo a solas. Daniel y ella llevaban siendo pareja desde el instituto, casi seis años. Dentro de poco, acabaría sus estudios, Camila y Nicolás se irían a Australia con su padre, y ella regresaría a Vermont para asentarse allí con Daniel. Podía imaginar claramente su vida juntos: él ocupándose de las vacas mientras ella trabajaba en la escuela local, ambos conciliando su trabajo con la vida personal y, en algún momento, con su propia familia, niños rubios como su padre. Esa imagen le hacía muy feliz. Pensar en su novio siempre le hacía sentirse protegida y en casa. Tal vez ése no era el ideal de muchas chicas, pero ella no buscaba un novio que despertara su pasión. Su prima Lara, la madre de los mellizos, había corrido ese riesgo y el resultado había sido un divorcio y el corazón roto.


—No creo que pueda ir este fin de semana —anunció Daniel.


Paula reprimió un suspiro.


—Lo entiendo, cariño, pero…


—¿De verdad lo entiendes? —le cortó él con inesperada impaciencia—. Porque yo sí que no entiendo por qué estás complicando esto, Pau. El padre de los niños por fin va a ir a buscarlos, ¿Para qué me necesitas a mí?


—Sería agradable tenerte cerca, sólo eso. Llevo un mes cuidándolos y ahora voy a separarme de ellos.


Contuvo otro suspiro. Los mellizos se encontraban en casa el día que Lara había sufrido el infarto, y había sido Nicolás, con sus seis años, quien valientemente había llamado a la ambulancia. No sólo habían perdido a su madre, además habían sufrido un horrible trauma. Las pesadillas de Camila resultaban aterradoras. Paula tendría que explicarle todo aquello a su padre, además de las necesidades y costumbres de los pequeños, y sería mucho más fácil si su novio, que le aportaba seguridad, también estaba a su lado. Como un ancla, o una red de seguridad.


—De hecho, no voy a ir este fin de semana.


El repentino nerviosismo de Daniel sacó a Paula de sus pensamientos. Él nunca se ponía nervioso.


—Tengo que decirte algo… —añadió él, y carraspeó—. No he querido decírtelo antes, por lo de Jesica y todo eso…


Carraspeó de nuevo. 


A Paula se le encogió el corazón. ¿Estaba intentando romper con ella? Recuerdos de valor incalculable acudieron a su mente: El baile del colegio donde se habían conocido; la mesa de la cocina donde él le ayudaba con los deberes; la textura familiar de sus labios; el relicario con forma de corazón que él le había regalado por San Valentín hacía tres años; la gustosa sensación de hundir la nariz en su cuello cuando él la abrazaba; la seguridad que siempre había sentido a su lado… Un pánico asfixiante la invadió. No soportaba la idea de perderlo, especialmente después de haber perdido a Lara. El temor le hizo un nudo en el estómago.


—Estarás de acuerdo en que lo nuestro no funciona —señaló Daniel.


—¿A qué te refieres?


—Sólo nos vemos unas cuantas veces al año.


—Pero ya casi he terminado mis estudios —le recordó ella, casi como un ruego—. Pronto regresaré a casa y podremos…


—Lo siento, Paula. El asunto es que… He conocido a otra. 

Secreto: Sinopsis

Paula Chaves había creado un fuerte vínculo con los pequeños gemelos de su recién fallecida prima. Cuando su padre, Pedro Alfonso, acudió para llevárselos a su rancho en el interior de Australia, era evidente que estaba desbordado. 


Paula se enamoró rápidamente del misterioso Pedro. Ver cómo alegraba la vida a sus hijos la animó e incluso empezó a curar sus heridas emocionales. Sabía que no le resultaba indiferente a Pedro, pero había algo que lo impulsaba a alejarla de él…