jueves, 6 de enero de 2022

Curaste Mi Corazón: Capítulo 36

Paula enarcó una ceja.


–¿De qué?


–De un beso.


El estómago de Paula se llenó de mariposas. Pedro sonrió, como si aquello lo divirtiera. ¿Qué se creía, que iba a amilanarse?, se dijo ella, alzando la barbilla.


–Hecho.


Además, como no había dicho qué clase de beso, se lo daría en la mejilla, se dijo muy ufana, reprimiendo una sonrisa.


–Un beso en los labios –puntualizó él entonces, como si le hubiera leído el pensamiento.


Paula entornó los ojos.


–Creía que pensabas que lo de besarnos no era una buena idea.


–Estaba equivocado; me muero por besarte. De hecho, querría hacer mucho más que besarte.


Sus palabras la hicieron titilar por dentro. Sabía que debería salir corriendo de allí, pero las piernas le temblaban.


–Muy bien, pues un beso en los labios, entonces. Pero las manos quietas. Y no podrás besarme hasta que los macarrones estén en el horno.


–Hecho.


Paula retiró los macarrones fallidos de la bandeja y puso sobre ella otro papel de hornear. Luego tomó una cuchara.


–Te tiembla la mano –observó Pedro.


Paula apretó los dientes y le tendió la cuchara.


–Porque cocinar me pone nerviosa. Enséñame cómo haces la forma de los macarrones, ahora que ya tenemos la mezcla.


–No se hace con una cuchara, sino con una manga pastelera.


Pedro abrió un cajón, sacó una bolsa de congelados y le cortó con una tijera la punta de uno de los extremos. Paula observó cómo llenaba la bolsa con la mezcla, y luego procedía a formar una hilera de montoncitos redondos sobre el papel de hornear.


–Nos turnaremos –le dijo tendiéndole la manga–. Tú haces la siguiente hilera.


A él no le temblaban las manos y a ella sí. Ese debía ser el motivo por el que sus montoncitos no quedaron tan bien como los de él. Y aunque se reprendió, diciéndose que debería estar atendiendo a sus indicaciones mientras él hacia la siguiente hilera, no pudo evitar admirar sus bonitas manos, y lamentarse por haberle dicho que esperaba que las mantuviese quietas cuando la besara. ¡Con lo maravilloso que habría sido sentir sus dedos recorriéndola!


–Ya está, listos para hornear –anunció Pedro cuando ella hubo terminado otra hilera.


A Paula se le disparó el pulso y le flaquearon las rodillas. «No te muestres débil», se dijo tomando la bandeja.


Pedro abrió la puerta del horno, ella introdujo la bandeja, y cuando cerró la puerta y se volvió, una enorme sonrisa de satisfacción adornaba el rostro de él.


–Y ahora, me debes un beso.


Nerviosa, Paula puso los brazos en jarras y le espetó:


–No pienso dártelo. No está bien que me hayas chantajeado para conseguir un beso.


–No haber accedido –contestó Pedro–. Además, si no me lo das tú, me lo cobraré yo. Y más vale que no me pongas a prueba en eso –añadió divertido–, porque no sabes qué podría pedirte a cambio la próxima vez.


–¿Qué te hace pensar que habrá una próxima vez? Si estos macarrones salen bien, ya no necesitaré más tu ayuda.


–Sí que la necesitarás –replicó él con una sonrisa perversa–, porque todavía tienes que aprender a hacer el relleno… Y a montar la pirámide.


Probablemente nada lo había satisfecho nunca tanto como la expresión patidifusa de Paula en ese momento, pensó Pedro.


–Eres preciosa, y no te imaginas hasta qué punto te deseo –murmuró dando un paso e inclinándose hacia ella.


–¿Quieres parar de decir eso? Sé que no es verdad; ni siquiera soy bonita.


–Si lo quieres es que me calle, ya sabes cómo hacerlo: no tienes más que besarme –la picó Pedro–. Tienes un rostro tan hermoso que ni un poeta podría haberlo imaginado. Y hablando de imaginar… ¿Sabes con qué no puedo dejar de fantasear? –le preguntó en un murmullo–. Con desabrocharte la blusa, liberar tus hermosos pechos, y devorarlos con los ojos hasta que ya no pueda resistir más y tenga que acariciarlos y besarlos y…


De pronto Paula siguió su consejo y atrapó sus labios con los suyos para imponerle silencio. Su mente se quedó completamente en blanco, como si hubiese perdido la capacidad de razonar y ya solo pudiera sentir. Tomó su rostro entre ambas manos, pero ella se las apartó de inmediato.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 35

 –Toma, prueba tú ahora –le dijo Pedro, tendiéndole el cuenco y la varilla.


Paula intentó imitarlo y él no torció el gesto al ver su torpeza, pero sospechaba que estaba conteniéndose.


–Solo hace falta un poco de práctica –le aseguró.


Ojalá eso la consolara, pensó ella desanimada, mientras seguía batiendo.


–¡Por amor de Dios, Paula! –explotó Pedro al cabo de un rato–. Es una varilla lo que tienes en la mano, no un martillo.


Paula le tendió el bol y la varilla.


–Enséñame otra vez cómo lo haces tú.


Pedro apretó la mandíbula y tomó de nuevo el bol y la varilla.


–Fíjate bien, así es como tienes que hacerlo.


Se le veía tan profesional y tan seguro de sí mismo…, Pensó Paula. Podría pasarse el día viéndole batir claras.


–¿Por qué te criaron tu abuela y tu tía abuela? –le preguntó de repente, sin dejar de batir.


–Había una diferencia de edad de veinte años entre mi padre y mi madre. Cuando yo tenía cinco años, ella se fue de casa. Supongo que estaba cansada de pasarse el día con gente mucho mayor que ella. Cuando nos dejó, mi abuela y mi tía abuela Beatríz se vinieron a vivir con nosotros.


–¿Y sigues viendo a tu madre?


–De cuando en cuando. Vive en el Reino Unido. ¿Aún no están listas? – le preguntó, echándole un vistazo al bol.


–No; compruébalo tú misma –dijo tendiéndole la varilla mientras seguía sosteniendo el bol.


Paula movió la mezcla un poco con la varilla.


–¿Lo ves? Todavía no están lo bastante espumosas.


Paula le devolvió la varilla, y mientras él seguía batiendo, fue a echar el azúcar en el vaso medidor y lo colocó en la mesa, al alcance de Pedro.


–¿Y tu padre? –le preguntó él.


Paula arrugó la nariz.


–No estamos muy unidos. Un año después de que nos abandonara mi madre y mi abuela y mi tía abuela se mudasen con nosotros, él se fue también, a un piso de alquiler. Es geólogo. Yo me hice geóloga porque pensé que así tal vez tendríamos algo de lo que hablar. Pero me he dado cuenta de que lo de la geología no es lo mío. Y si mi padre tiene un problema con eso, ¡Que se aguante!


Pedro dejó de batir y se quedó mirándola.


–Las relaciones no son algo unilateral –le explicó Paula–. Si quiere que tengamos una verdadera relación padre-hija, él también debería hacer un esfuerzo.


Pedro asintió y le tendió la varilla de nuevo.


–Toma, comprueba la textura ahora.


Paula hizo lo que le decía.


–¿Notas cómo ahora tiene mucho más cuerpo?


Paula asintió, y al ver que parecía tener intención de marcharse, le devolvió la varilla para que siguiera batiendo.


–La verdad es que a mi padre lo he dado por perdido. Mi abuela y mi tía abuela Beatríz son quienes de verdad me criaron, me dieron su cariño, y quienes han estado a mi lado, aun estando enfrentadas.


–¿Y de verdad crees que hacer una pirámide de macarrones pondrá fin a ese enfrentamiento?


–Por probar no pierdo nada.


–No, supongo que no –Pedro le tendió el bol–. Ya lo tienes: unas claras a punto de nieve –dijo levantándose.


¡No!, ¡no podía irse! Paula se apresuró a tomar el vaso medidor con el azúcar, e hizo como si fuera a vaciarlo a las bravas sobre las perfectas claras de Pedro.


–¿Pero qué haces? –exclamó él, agarrándola por la muñeca para detenerla.


Parecía escandalizado. Paula se hizo la tonta y lo miró con los ojos muy abiertos.


–Iba a añadir el azúcar.


–Pues no se hace así; debes incorporarlo poco a poco –dijo Pedro, procediendo a mostrarle cómo se hacía.


Tal vez se había pasado un poco exagerando haciéndose la tonta, pero había merecido la pena; había conseguido que Pedro hiciera el siguiente paso de la receta.


–Ya está –dijo Pedro, devolviéndole el bol al acabar–. Te dejo –añadió levantándose.


Paula lo miró desesperada.


–No te vayas –le pidió–. Yo estoy ayudándote con lo del libro, ¿No? Lo menos que podrías hacer es quedarte aquí y darme indicaciones.


Pedro se cruzó de brazos y un brillo travieso relumbró en sus ojos.


–Lo haré… A cambio de algo.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 34

Paula sacó la bandeja de macarrones del horno y los miró con ojo crítico brazos en jarras. No habían quedado bonitos, como los de la foto que había visto en Internet. Habían quedado agrietados, deformes y planos. ¡Por amor de Dios!, ¿Cómo podía ser tan difícil hacer aquellos condenados dulces? Se inclinó sobre la mesa para releer en su portátil las instrucciones de la receta que había buscado en Internet, pero no lograba averiguar qué había hecho mal. Apretó los puños. Había pasado una semana preparando las recetas de Pedro, y le habían salido medianamente bien, así que había pensado que estaba lista para probar suerte con los macarrones. Pero a la vista estaba que no, se dijo llena de frustración, mirando de nuevo la bandeja. Preparó té y sacó otro cartón de huevos. Lo intentaría todas las veces que fueran necesarias hasta que le salieran bien. Pedro entró en la cocina en ese momento, releyendo un papel que llevaba en la mano y que Paula supuso que sería la receta para esa noche. ¡Yupi, más cosas que cocinar!, pensó con sarcasmo. Sin embargo, ese pensamiento pasó a un segundo plano cuando sus ojos se posaron en los vaqueros gastados de él y en lo bien que le sentaban. Pedro levantó la vista, se paró en seco al ver la bandeja de macarrones, y se dió la vuelta para irse.


–¡Ni se te ocurra! –le increpó Paula. Pedro se giró y enarcó una ceja–. Siéntate –le ordenó señalándole una silla. Y al ver que no parecía muy por la labor, añadió–: Si es necesario te obligaré a sentarte y te ataré a ella.


Pedro parpadeó, y de pronto sus ojos se oscurecieron y descendieron a sus labios.


–Casi me siento tentado de ver si cumplirías esa amenaza –murmuró acercándose a la mesa.


Paula tragó saliva. La verdad era que a ella también se le antojaba tentadora la idea de obligarlo a sentarse y atarlo a la silla. Tomó la bandeja de macarrones y fue junto a él.


–Échales un vistazo.


Pedro lo hizo y contrajo el rostro, así que Paula dejó la bandeja en la mesa, sirvió una taza de té y la plantó frente a la bandeja, para ver si así conseguía que se sentara.


–¿Te apetece un macarrón para acompañar? –le preguntó con sarcasmo.


Pedro reprimió una sonrisilla, pero continuó de pie.


–No, gracias.


Paula resopló.


–Por favor, Pedro, necesito tu ayuda. ¿No podrías decirme qué he hecho mal? –le suplicó mientras empezaba a cascar huevos, separando las yemas de las claras.


Pedro se sentó finalmente y mientras escudriñaba la bandeja Paula sintió un cosquilleo de nervios en el estómago. Tal vez podría matar dos pájaros de un tiro: Si conseguía que la ayudase, no solo aprendería a hacer aquellos condenados macarrones, sino que quizá también podría lograr vencer la resistencia de él a volver a cocinar.


–Sospecho que no has batido las claras lo suficiente.


Genial, había vuelto a tropezar con la misma piedra.


–O puede que no le hayas echado suficiente azúcar glas. O que la temperatura del horno fuese demasiado alta.


Demasiadas variables. Paula gimió, y le llevó el bol con las claras y la varilla.


–Enséñame cómo debe hacerse –le pidió–. Debe ser que yo no estoy haciéndolo bien.


Pedro se tensó y se echó hacia atrás.


–Paula, sabes que yo no…


–Soy capaz de ponerme de rodillas e implorarte –le insistió Paula–. Además, esto no es cocinar; solo te estoy pidiendo que batas unas claras.


Pedro claudicó y tomó el bol y la varilla.


–¿No sería más fácil con una batidora eléctrica? –le preguntó Paula, mientras observaba su técnica.


Pedro le lanzó una mirada asesina, y Paula levantó las manos diciendo:


–Perdona, perdona… ¿Es alguna manía rara de purista o algo así?


Los ojos de él brillaron con humor.


–No. Y sí, sería más fácil con una batidora eléctrica.


–¿Pero?


–Pero la que tengo aquí no tiene varilla para batir claras.


¡Pues eso tenía arreglo! «Mañana mismo a primera hora iré a comprar una», pensó Paula.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 33

 –Voy a hacerte un test que te dirá cuál puede ser tu vocación.


Paula se entristeció. ¿Tanta prisa tenía por que se fuera de allí? Pero Pedro fijó sus claros ojos azules en los de ella y le dijo:


–Tú me estás ayudando, y yo también quiero ayudarte a tí.


Entonces… ¿No estaba ansioso por librarse de ella?


–¿Lista?


Paula se encogió de hombros.


–Supongo que sí.


Pedro abrió el portátil y bajó la vista a la pantalla para empezar a leerle las preguntas del test.


–¿Te motivan más los logros o el reconocimiento?


Paula parpadeó.


–Pues… –disfrutaba viendo el resultado de sus esfuerzos, así que respondió–: los logros.


Pedro se echó hacia atrás y frunció el ceño.


–¿Estás segura?


Paula lo miró irritada.


–Pues claro que lo estoy.


–¿Y entonces por qué quieres hacer esa pirámide de macarrones para tu abuela? ¿No estás intentando ganarte su reconocimiento y ayudarla a ganar la apuesta con tu tía abuela?


Lo que en realidad quería era poner fin a las diferencias entre ellas. Sabía que se querían; ¿Por qué no podían demostrarlo?


–De acuerdo, pues marca «el reconocimiento» –le dijo a Pedro.


Él frunció el ceño de nuevo.


–Tienes que tomarte esto en serio.


–Lo estoy haciendo –se defendió ella levantando las manos.


Pedro no parecía muy convencido, pero continuó.


–¿Tiendes a confiar en tu experiencia, o en corazonadas?


Paula se sintió tentada de sacar una moneda de su bolso y lanzarla al aire para contestar.


–Eh… En corazonadas.


Pedro marcó esa casilla justo cuando estaba a punto de cambiar su respuesta. En fin… Siguió haciéndole preguntas… ¡Y había como sesenta! Al final, le dijo la puntuación que había obtenido.


–Y eso significa que podrías ser… ¿Exploradora? ¿Qué tontería es esta?


–No sé, el test lo has buscado tú.


–Espera, también dice que serías una buena científica.


–Ya lo soy, y estoy cansada de ser científica, ¿Recuerdas?


–No, estás cansada de ser geóloga –la corrigió él–. Podrías volver a la universidad y estudiar una rama distinta.


–Pues ¿Qué quieres que te diga?, la idea no me entusiasma demasiado. Además, quiero vivir en la ciudad.


–¿Por qué?


–Para poder ir al cine, a la biblioteca, a centros comerciales… Todos los sitios que echaba de menos cuando estuve trabajando en el Outback.


–Bueno, aquí dice que también podrías ser una buena enfermera. No tenía ningún problema con ver sangre ni nada de eso, pero…


–Odio los hospitales.


Pedro palideció de repente y se estremeció, sin duda recordando la experiencia por la que él había pasado.


–Yo también.


A Paula le entraron ganas de abrazarlo, de consolarlo, pero temía que una cosa llevara a otra y acabaran besándose de nuevo.


–Bueno, pues me ha dado unas cuantas ideas –dijo entrelazando las manos en su regazo.


–¿Qué dices?, ¡Si es una birria de test!


–Es igual, la intención es lo que cuenta –le dijo ella con una sonrisa.


Y Pedro le sonrió. 

martes, 4 de enero de 2022

Curaste Mi Corazón: Capítulo 32

Paula abrió la boca para llevarle la contraria, pero Pedro la interrumpió.


–Se enterarían; por mucho que intentara llevarlo en secreto.


–¿Y por qué le hiciste una promesa así?


–Porque todo el revuelo mediático que había en torno a mí y el accidente estaba disgustando a Adrián.


–Y tú querías hacer lo que pudieras para que estuviese tranquilo.


Pedro asintió.


–Bueno, ¿Y qué querías preguntarme tú a mí? –inquirió Paula.


–Pues… –Pedro se irguió en su asiento–. Lo que quiero saber es… ¿Por qué estás tan convencida de que no tienes ningún atractivo? ¿Quién o qué te hizo sentir así?


Paula apartó la vista y jugueteó con el dobladillo de su mantel.


–Cuando estaba en el colegio, y luego en el instituto, mis compañeros se burlaban de mí y me llamaban «Giganta» –comenzó a explicarle, rodeando con las manos su vaso–. Lo de ser alta tenía sus cosas buenas, como cuando me elegían la primera para jugar al baloncesto, pero cuando había un baile siempre era de las que me quedaba sin pareja. Ningún chico quería ir al baile con una chica más alta que él.


Pedro contrajo el rostro. Los niños y los adolescentes podían ser muy crueles.


–A los diecinueve años, cuando ya estaba en la universidad, me enamoré perdidamente de un chico que estudiaba Química. Pensé… pensé que él también sentía algo por mí –los nudillos se le habían puesto blancos de la fuerza con la que estaba apretando el vaso–. Pero al final resultó que solo estaba conmigo por una apuesta que había hecho con sus amigos: El que llevase a la chica más fea a la fiesta de Navidad, ganaría.


Pedro no podía dar crédito a lo que estaba oyendo.


–¿Me estás diciendo que él…?, ¿Que te…? –no podía acabar ninguna frase; estaba temblando de ira por dentro.


–Algunas de las otras chicas y yo nos enteramos de lo que tramaban y los dejamos plantados antes de la fiesta, pero…


Pero habían hecho que dudara de su atractivo. Y había estado dudando desde entonces, concluyó Pedro para sus adentros.


–No quiero seguir hablando de esto –le dijo Paula–. Ya he contestado a tu pregunta, así que si no te importa preferiría que dejáramos aquí la conversación.


–¡No! –estalló él, levantándose de su silla–. No puedo creer que permitieras que un puñado de imbéciles inmaduros te hicieran sentir fea, que te hicieran creer que no valías nada. Eres preciosa y vales mil veces más que todos ellos.


–Cuando vayas a visitar a Federico podemos seguir hablando de esto todo lo que quieras; pero hasta entonces… Me gustaría que dejaras el tema.


Paula se levantó también y se llevó los platos a la cocina. Pedro habría querido seguirla, zarandearla por los hombros y convencerla de que estaba equivocada, pero sabía que si lo hiciera acabaría besándola de nuevo, y esa vez ninguno de los dos sería capaz de parar. Salió al porche, seguido de Rocky. ¡Si en ese momento tuviera delante a esos canallas…! ¡O si pudiera al menos demostrarle lo guapa que era…! «Puedes hacerlo; ve a ver a Federico. Hazlo por ella», le dijo la voz de su conciencia. Pedro se sentó en los escalones con la cabeza entre las manos. ¿Ir a ver a Federico? Quería hacerlo, con todas sus fuerzas, pero no podía romper la promesa que le había hecho a la madre de Adrián. 



Al día siguiente, cuando Pedro le entregó una nueva receta, de pollo al vino, Paula escrutó su rostro, buscando algún signo de lástima por ella, pero no vió ninguno. Sin embargo, la desconcertó que sus ojos se posasen en sus labios, y la ola de calor que esa mirada provocó en ella. ¿Por qué reaccionaba así su cuerpo? No quería sentirse atraída por él. ¡Y ojalá no le hubiera contado aquella historia tan humillante la noche anterior! «Vamos, piensa en algo medianamente inteligente que decir», se ordenó, bajando la vista a la receta.


–O sea que… ¿Tengo que tenerlo hirviendo a fuego lento durante al menos una hora y media?


–Sí, pero siéntate un momento –le dijo Pedro, señalándole la mesa de la cocina con un ademán–. Es muy temprano; no tienes que empezar ya a cocinar.


–Bueno, tengo que cortar todas las verduras, ¿No?


Pedro puso encima de la mesa su ordenador portátil y se sentó.


–Ni siquiera tú necesitas cinco horas para trocear el pollo y cortar las verduras. Siéntate, ¿Quieres?


Paula obedeció finalmente.


–Muy bien, ya estoy sentada. ¿Qué quieres?


Pedro enarcó una ceja. Paula sabía que estaba siendo descortés, pero es que estaba de mal humor y se sentía frustrada.


Curaste Mi Corazón: Capítulo 31

 Paula se cruzó de brazos y entornó los ojos, como si supiese que no estaba siendo sincero.


–Está bien, está bien –la apaciguó levantando las manos–. Si fueras uno de mis aprendices esperaría que te hubiese salido más alto y esponjoso, pero no lo eres. Además, es la primera vez que preparas un soufflé, ¿No?


–Sí.


–Pues entonces desde luego tienes mi aprobado.


Paula se sentó y le indicó con un ademán que hiciera los honores. Pedro aspiró el aroma del soufflé caliente.


–Huele bien.


Les sirvió a los dos, pero ella se quedó esperando a que lo probara.


–¿Y bien? –le preguntó impaciente, cuando hubo tomado un bocado.


De acuerdo, sería sincero con ella.


–Un soufflé bien hecho habría quedado más ligero. Probablemente tendrías que haber batido las claras un poco más. Pero para ser tu primer intento lo has hecho muy bien.


Paula se acercó su plato para probarlo también y se encogió de hombros.


–No acabo de entender la diferencia entre batir, batir a punto de nieve y todas esas tonterías.


No eran tonterías.


–¿Crees que ayudaría que pusiera un glosario definiendo esos términos en el libro?


–Sí, ya lo creo que sí; a mí desde luego me vendría muy bien.


Hecho.


–Y a lo mejor también podrías concretar cuánto tiempo hay que batir las claras.


–Bueno, es que eso depende del tamaño de los huevos, de la temperatura ambiente, de la humedad del aire y otros cuantos factores más.


Paula se quedó mirándolo, como si le estuviese hablando en chino, y los ojos de Pedro se posaron en sus tentadores labios. Ojalá pudiera ignorarlos… Ojalá pudiera olvidar los suaves que eran y el fuego que habían desatado en su interior…


–¿Pedro?


Al oír su nombre, él dió un respingo.


–¿Eh? ¿Qué?


–Te estaba diciendo que a lo mejor también podrías incluir una foto del aspecto que deberían tener unas claras batidas a punto de nieve.


Pedro estaba anotándolo en su libreta cuando se dió cuenta de que Paula se había quedado mirándolo.


–¿Qué? –inquirió, levantando la vista hacia ella.


–¿No quieres saber qué voy a decirle a Federico mañana, cuando hable con él?


Pedro no pudo fingir que no le importaba. Le importaba, y mucho. Tragó saliva y le preguntó:


–¿Qué vas a decirle?


Paula esbozó una sonrisa traviesa.


–Pues voy a decirle que eres uno de los hombres más cabezotas que he conocido. Y que cada cosa que te digo me la rebates. Y que cuando estás trabajando y te interrumpen te pones de muy mal humor. Y que me has robado a mi perra.


Nada relativo al estado de absoluta dejadez en que lo había encontrado. Pedro respiró aliviado.


–Gracias. Ahora mismo te daría un beso.


–Eso… Mejor no se lo diré –bromeó ella.


Los recuerdos del beso que habían compartido asaltaron a Pedro, y supo que Paula también estaba pensando en eso, porque sus pupilas se dilataron como aquel día. «No lo hagas, no la beses otra vez», se ordenó, pero ella tenía entreabiertos los labios y su respiración se había tornado ligeramente entrecortada. Apartó la vista de él y tomó un sorbo de agua, pero, a pesar de la tenue luz, a Pedro no le pasó desapercibido el rubor en sus mejillas. Intentó buscar algo que decir.


–¿De verdad te molesta que me quede con Rocky?


–Me da rabia que te prefiera a ti –admitió Paula mientras seguían comiendo–, pero estoy muy ilusionada con lo de los cachorros –se quedó callada un momento–. ¿Puedo hacerte una pregunta?


–Solo si me dejas que a cambio te haga una yo también.


–Hecho.


Pedro se tensó un poco, porque estaba seguro de que la de Paula no iba a ser una pregunta fácil. Pero bueno, tampoco lo era la que él quería hacerle.


–Dispara.


–¿Por qué te niegas a visitar a Federico?


Debería haber imaginado que le preguntaría eso, pensó pasándose una mano por la cara.


–Le prometí a la señora Devlin que me mantendría al margen, alejado de los medios hasta que a Adrián no le diesen el alta, y los reporteros me perseguirían como una jauría de perros a una presa si fuera a Sídney y lo descubrieran. 

Curaste Mi Corazón: Capítulo 30

Paula estaba contando los huevos que necesitaba para hacer el soufflé cuando oyó voces fuera. ¿Voces? Levantó la cabeza y frunció el ceño. Imposible. Pedro no había recibido ni una sola visita desde el día en que había llegado. Abandonó la cocina y siguió las voces hasta la puerta principal, que estaba entreabierta, y a través de la rendija vio a Mac de pie frente a la casa, con Rocky a su lado, mientras charlaba con un desconocido. No parecía incómodo en absoluto, a pesar de sus cicatrices. ¿Podría ser que fuese un viejo amigo? Se fijó en que el hombre llevaba un maletín, como el de un médico. ¿Un médico? De pronto cayó en la cuenta: ¡No era un médico, era un veterinario! ¡Pedro había llamado a un veterinario! Reprimió el impulso de correr a abrazarlo, se alisó la blusa, y salió al porche como si lo que estaba ocurriendo fuese lo más normal del mundo. Tal vez fuese el comienzo, tal vez él estuviese empezando a enfrentarse al temor de que los demás lo rechazasen por su aspecto.


–Me pareció oír voces –dijo bajando los escalones de la entrada.


–Paula, este es Daniel Michener, el veterinario de la zona. Ha venido a hacerle un reconocimiento a Rocky.


–No sabe cómo se lo agradezco –dijo ella estrechándole la mano.


–Tengo entendido que la adoptó y que no sabe nada sobre su historial médico –dijo el hombre.


Paula torció el gesto.


–Sí, bueno, me dijeron que era un macho de siete años, que tenía implantado su microchip correspondiente, que estaba vacunado y esterilizado, pero luego nos hemos dado cuenta de que es hembra, así que ya no me creo nada.


El veterinario se rió.


–Ya. Bueno, vamos a echarle un vistazo.


Pedro hizo las veces de ayudante, calmando a Rocky y convenciéndola para que ayudase al veterinario y se dejase hacer. Paula se estremeció por dentro cuando lo vió acariciar con esa mano grande y fuerte la espalda del animal, mientras le hablaba en un tono suave y tranquilizador.  Después de examinarla, el veterinario confirmó que estaba completamente sana.


–Por sus dientes yo diría que tiene unos tres años –les explicó mientras cerraba su maletín–. Tendrá los cachorros dentro de un mes más o menos, y no es su primera camada, así que probablemente será una buena madre.


–¿Y se puede saber cuántos cachorros tendrá? –le preguntó Paula.


–Esta raza de perro suele tener entre cuatro y ocho cachorros por camada.


¡Ocho! Paula no podía creer lo que estaba oyendo. El perro que había adoptado había resultado ser una perra, y cabía la posibilidad de que vinieran en camino ocho cachorros… El veterinario le dió la factura y se despidió de ellos.


–¿No vas a dejar que Rocky se quede conmigo? –le pidió Pedro sin preámbulos cuando se quedaron a solas–. Te prometo que cuidaré de ella, de verdad.


Lo de llamar al veterinario en cierto modo había sido trampa, pero era un primer paso.


–Está bien –claudicó Paula con una sonrisa.


Pedro sonrió también y le quitó la factura de la mano.


–Como ahora es mía, la pagaré yo –dijo–. Pero los cachorros, como acordamos, serán todos para tí –añadió antes de entrar en la casa, con Rocky tras él.


Paula se llevó las manos a la cabeza. ¿Qué iba a hacer con tantos cachorros? Bueno, tal vez Federico querría quedarse con uno cuando se hubiese recuperado de la operación. Se suponía que las mascotas tenían un efecto terapéutico en las personas, ¿No? No, lo que necesitaba Federico era que su hermano lo visitara, pensó con un suspiro. 


Mientras examinaba el soufflé de queso que Paula había puesto en la mesa del comedor, la mente de Pedro estaba en otras cosas. Al día siguiente haría ya una semana que Jo estaba allí, y no podía dejar de preguntarse qué iba a decirle a su hermano de él. Cuando alzó la vista hacia ella, Paula se secó las manos en las perneras del pantalón.


–¿Y bien?, ¿Me das el aprobado?


Pedro volvió a centrar su atención en el soufflé.


–A primera vista sí; tiene buen color.