jueves, 9 de diciembre de 2021

Curaste Mi Corazón: Capítulo 6

Y antes de que Pedro pudiera negar con la cabeza, le tendió el móvil. Éste tragó saliva y lo tomó.


–Hola, Fede, ¿Cómo estás?


–Por lo que parece, mejor que tú. Supongo que eso explica por qué no contestaste a mis últimas dos llamadas.


Pedro contrajo el rostro.


–Sí, perdona. Estaba hecho un asco.


–Ya. Bueno, pues hazle caso a Paula, ¿Eh? Es una chica con la cabeza sobre los hombros y los pies en el suelo.


Pedro la miró, y se fijó en los reflejos que el sol arrancaba de su cabello ondulado, en las pequeñas pecas que salpicaban sus pómulos, y en su graciosa nariz. Paula enarcó una ceja, y él carraspeó.


–Por supuesto, lo haré –se obligó a decirle a su hermano.


–Bien, porque quiero que estés recuperado para cuando vaya a verte.


¿Que iba a ir a verlo?


–Dale un abrazo a Paula de mi parte.


Federico colgó, y Pedro se quedó mirando a la joven.


–¿Por qué va a venir?


–Eso tiene una respuesta muy fácil: Porque te quiere. Quiere verte antes de pasar por quirófano; por si no sale de la operación.


–Eso es absurdo.


–¿Tú crees?


–Fede va a salir de esa operación –le espetó Pedro con firmeza.


Y no quería que hiciera ningún esfuerzo hasta que estuviese completamente restablecido.


–Bien, pues ahora a cumplir con tu parte del trato –le contestó Paula, y tomó sus maletas y se dirigió de nuevo hacia la casa. 



Paula inspiró profundamente antes de servir los espaguetis con albóndigas en dos platos. Si a Pedro se le ocurría meterse con lo que había cocinado le… ¿Qué?, ¿le echaría la comida encima? No podía hacer eso; aunque criticase lo que había preparado, debía mostrarse calmada y despreocupada, como hacía siempre, y fingir que sus comentarios no le afectaban en lo más mínimo. Tomó los platos y fue al comedor. Puso uno frente a Pedro y el otro en su sitio, frente a él. Pedro no miró la comida, pero sí se quedó mirándola a ella de mal humor. ¿Iba a seguir enfurruñado toda la semana? Genial… Ella se sentó y se quedó mirándolo también; no iba a dejarse intimidar. De hecho, su enfado y sus gritos eran algo con lo que había contado. No en vano lo llamaban «Enojado Pedro», Pedro el loco. La prensa amarilla le había echado la culpa del accidente, diciendo que nunca habría ocurrido si no fuese tan intimidante. Lo cual era una estupidez, ella sabía por Federico que su hermano no era como se mostraba en televisión. Federico le había contado que su mal genio y su poca paciencia en pantalla no habían sido sino parte de un estudiado guion para incrementar los índices de audiencia. Y había funcionado. Lo que la descolocaba era que se estuviese comportando como un crío, negándose a dirigirle la palabra.


–¿Qué? –le espetó él al ver que no apartaba la mirada.


Paula sacudió la cabeza, unió las manos y bajó la vista para bendecir la mesa.


–Señor, te damos las gracias por los alimentos que vamos a recibir. Amén –dijo, y cortó a la mitad una albóndiga con el tenedor.


–¿Eres una persona religiosa? –le preguntó Pedro.


–No –si había pronunciado aquella breve oración, había sido para enfrentarse a su incómodo silencio–. Bueno, sí creo que hay algo por encima de nosotros; sea lo que sea. Y dar gracias antes de empezar a comer es una buena costumbre. No está de más acordarse de vez en cuando de que tenemos muchas cosas por las que dar gracias. 

Curaste Mi Corazón: Capítulo 5

 –Quédate una semana –le rogó–. Pon tú las condiciones –insistió, al ver que seguía sin responder.


–Pues… Para empezar, quiero que hagas ejercicio a diario. ¿Y arriesgarse a dejarse ver en público? ¡Ni hablar!


–Y al aire libre –añadió ella–. Necesitas vitamina E, y no te vendrá mal para perder esa horrible palidez.


–Sabes que he estado enfermo, ¿No? –le espetó él irritado–, que he estado en el hospital.


–Te dieron el alta hace meses –replicó ella–. ¿Tienes idea de hasta qué punto te has abandonado? Tenías un físico atlético, musculoso, unos hombros anchos… Y te movías con confianza, como si fueras el amo del lugar. Ahora cualquiera que te viera te echaría cincuenta años.


Pedro le lanzó una mirada furibunda. Solo tenía cuarenta.


–Y un hombre de cincuenta hecho una pena –puntualizó Paula–. Si quieres que me quede, cada día tendrás que dar por lo menos un paseo hasta la playa. Ir y volver. Y si eres celoso de tu intimidad, como estás en tu propiedad, no tendrás que preocuparte de que vayas a tropezarte con algún extraño.


–La playa es pública.


Algunos de sus vecinos paseaban por ella todos los días.


–No he dicho que vayas a pasear por la playa –replicó Paula–. Solo que bajes hasta la playa y vuelvas.


Pedro apretó la mandíbula, inspiró y contó hasta cinco antes de decir:


–Muy bien; ¿Qué más?


–Me gustaría que separaras tu lugar de trabajo del lugar donde duermes.


Pedro la miró irritado, pero claudicó.


–Está bien, lo que tú digas. ¿Y qué más?


–También quiero que dejes el alcohol. O al menos que dejes de beber a solas en tu habitación.


Había visto la botella de bourbon; ¡Diablos!


–Y por último, quiero que cenes conmigo en el comedor todas las noches.


Para poder tenerlo vigilado, pensó Pedro, para evaluar su nivel de cordura. Se sintió tentado de mandarla al infierno, aunque le diese igual lo que le pudiera pasar a él, lo que le pudiera pasar a su hermano sí que le preocupaba. Tenía once años y medio más que él, pero siempre habían estado muy unidos, y Federico siempre había cuidado de él. En ese momento sonó el móvil de Paula, que lo sacó del bolsillo trasero de sus vaqueros para contestar. Pedro no pudo evitar quedarse mirando sus caderas de nuevo, y una ola de deseo lo sacudió. ¿Qué demonios…? ¿Por qué le atraía aquella mujer? Ni siquiera era su tipo. Se pasó una mano por el cabello y tragó saliva. Bueno, probablemente que le estuviese ocurriendo algo así era de esperar. Llevaba encerrado allí, sin apenas contacto con el mundo, durante cuatro meses. Sin duda era una reacción natural, cosa de las hormonas.


–No lo sé, Federico… –estaba diciendo Paula.


¿Federico? El nombre de su hermano lo arrancó de inmediato de sus pensamientos.


–Sí, ya lo he visto y he hablado con él –murmuró, lanzando una mirada en su dirección.


Su tono hizo a Pedro contraer el rostro.


–Trato hecho –le dijo irritado entre dientes, pero sin alzar la voz, para que Federico no lo oyera–. Concédeme una semana para «Reformarme» –le pidió levantando un dedo.


–Umm… Bueno, está un poco blancucho, como si hubiese tenido la gripe o una gastroenteritis –le dijo Paula a su hermano.


Pedro le tomó la mano libre y los ojos verdes de ella lo miraron sobresaltados.


–Por favor… –le suplicó Pedro.


La calidez de la mano de Paula pareció inundarlo. De pronto se notaba la boca seca. Y cuando ella soltó su mano él, que no se había dado cuenta de que había estado conteniendo el aliento, respiró aliviado al oírla decir:


–Pero seguro que con un poco de descanso, ejercicio moderado, comida casera y la luz del sol se pondrá bien en una semana o dos.


Pedro cerró los ojos y dió gracias en silencio.


–Claro, tienes mi palabra –añadió Paula–. Si dentro de unos días no lo veo mejor, llamaré al médico. ¿Quieres hablar con él? –le preguntó.

martes, 7 de diciembre de 2021

Curaste Mi Corazón: Capítulo 4

 –¿Es eso lo que quieres que le diga a Federico? ¿Que estás en un estado de profunda depresión, y posiblemente teniendo pensamientos suicidas?


Él apretó los labios.


–Ni estoy deprimido, ni tengo pensamientos suicidas.


–Ya –contestó ella con escepticismo–. Por eso te has pasado los últimos cuatro meses encerrado en esta casa a oscuras y negándote a ver a nadie. Sospecho que apenas duermes, y que no comes. ¿Y cuándo fue la última vez que te diste una ducha? –inquirió arrugando la nariz.


Él gruñó irritado y se frotó la cara con las manos.


–Ese no es el comportamiento que cabe esperar de un adulto –continuó ella–. Si estuvieses en mi lugar, ¿Cómo interpretarías esto? ¿Y a qué conclusión crees que llegaría Federico?


Pedro no dijo nada. Se quedó mirándola como si acabase de posar los ojos en ella, y eso le hizo darse cuenta de lo mal que estaba en realidad, aunque él lo negara. Por su estatura, la mayoría de la gente daba un respingo o parpadeaba de un modo muy cómico al verla por primera vez. Aunque ella no le veía la gracia por ninguna parte. Sí, era alta; ¿Y qué? Y no, no tenía una complexión frágil y delicada, pero eso no la convertía en una atracción de circo. El caso era que Pedro ni se había inmutado al verla, y parecía como si hasta ese instante ni siquiera hubiese reparado en lo alta que era.


–¡Maldita sea, Pedro! –se encontró gritándole sin poder contenerse–. ¿Cómo puedes ser tan egoísta? Federico está recuperándose de un infarto y van a hacerle un bypass; necesita paz y tranquilidad y… Y cuando le diga en qué estado te he encontrado… –no pudo acabar la frase.


Pedro continuaba callado, aunque la ira se había desvanecido de su rostro. Paula sacudió la cabeza, se dirigió hacia la puerta, y murmuró mientras salía:


–Al menos no he perdido el tiempo deshaciendo las maletas.


No fue hasta que la joven hubo salido de su dormitorio (¿Cómo le había dicho Federico que se llamaba? ¿Paula Chaves?) cuando Pedro se dió cuenta de cuáles eran sus intenciones. Iba a marcharse. Iba a marcharse y a decirle a su hermano que estaba hecho una piltrafa y que necesitaba un psiquiatra, o que lo internaran para que no se hiciera daño a sí mismo. Y los medios de comunicación se frotarían las manos si aquello llegase a sus oídos. Pero en una cosa tenía razón: Lo que menos le convenía a Federico era preocuparse por él; eso solo le generaría estrés, y con lo delicado que estaba… No, bastante culpable se sentía ya; no quería preocuparlo aún más.


–¡Espera! –llamó.


Corrió tras ella, golpeándose torpemente contra las paredes y la barandilla mientras bajaba las escaleras, como si su cuerpo se hubiese vuelto más pesado y no controlase sus movimientos. Para cuando llegó al rellano del piso de abajo le faltaba el aliento. Llegó al vestíbulo justo cuando Paula estaba bajando los escalones del porche, con una maleta en cada mano.


–¡Espera! –la llamó.


Pero ella no se detuvo. Era alta y regia, como una amazona, y se sintió casi culpable por encontrarse admirando la gracia y la elegancia de sus movimientos y su brillante cabello castaño. Salió al porche y bajó los escalones para ir tras ella. El sol le quemaba la cara, haciéndolo sentirse desprotegido y vulnerable.


–Paula, espera, por favor, no te vayas.


Ella se detuvo al oír su nombre. «Vamos, dí algo que haga que deje las maletas en el suelo», se urgió a sí mismo. Tuvo que hacer un esfuerzo para no mostrar el dolor que el calor del sol le provocaba en las quemaduras. Aspiró una bocanada de brisa y le dijo:


–Lo siento.


Dió gracias a Dios para sus adentros cuando Paula se volvió hacia él y dejó las maletas en el suelo.


–Por favor, no le vayas con cuentos a Federico sobre lo que has visto. Necesita… necesita… No necesita otra preocupación que le genere más estrés.


Ella se quedó mirándolo, alzó la barbilla y le respondió con los ojos entornados:


–Mira, Pedro, no voy a hacer la vista gorda si es lo que me estás pidiendo. Se trata de tu salud y…


–Se trata de mi vida –la cortó él–. ¿Es que yo no tengo voz ni voto?


–Te trataría como a un adulto si te hubieras comportado como tal y no te hubiera encontrado en este estado.


–No puedes juzgar un libro por la cubierta, y menos cuando apenas has hablado conmigo cinco minutos. Además, estoy teniendo un mal día, eso es todo. ¿Qué tengo que hacer para convencerte de que no estoy deprimido, ni estoy pensando en suicidarme?


Paula se cruzó de brazos y apoyó el peso en la pierna derecha, y Pedro no pudo evitar fijarse en la sensual curva de su cadera.


–¿Que qué tienes que hacer para convencerme? Bueno, eso te va a costar un poco.


Su voz, a pesar del tono de reproche, era dulce como la miel, y Pedro sintió un cosquilleo en el estómago. Paula se acercó para escudriñar su rostro. Solo medía unos centímetros menos que él y olía de maravilla. De pronto recordó el espanto que habían reflejado sus ojos al descorrer las cortinas y verlo, y ladeó la cabeza para ocultar las quemaduras. Por lo menos su espanto no se había tornado en lástima, lo cual era de agradecer.


Curaste Mi Corazón: Capítulo 3

Al sincerarse con Federico él se había reído, se había frotado las manos y le había contestado: «Paula, tengo el trabajo perfecto para tí». Y ese era el motivo por el que estaba allí. Iba a trabajar para su hermano como empleada del hogar. Federico necesitaba que alguien se asegurara de que Pedro comiese tres veces al día y que no acabase devorado por la el polvo y la mugre. Y que ese alguien fuese alguien de confianza, que no fuese a vender exclusivas a la prensa, aprovechándose de que Mac se encontraba en horas bajas. Y en cuanto a ella… Bueno, aquel trabajo le daría el tiempo que necesitaba para decidir qué quería hacer con su vida. Se sacó la nota del bolsillo, la desdobló y sus ojos se posaron en la frase «No debería haber razón alguna para que suba usted al piso de arriba». ¡Ya lo creía que la había! Antes de que pudiese cambiar de idea se levantó, salió de la habitación, y se fue derecha hacia las escaleras. Había cinco puertas en el primer piso. Cuatro de ellas estaban abiertas. Se asomó a la primera, que resultó ser un cuarto de baño, y luego a las otras: Tres dormitorios. Las cortinas de los tres estaban echadas, así que no había más luz que la del pasillo, que ella había encendido para poder ver algo. Al llegar a la última puerta, que estaba cerrada, y a la que solo le faltaba un cartel que dijera «No molestar», llamó con los nudillos y se quedó esperando. No hubo respuesta. Volvió a llamar, esa vez con más fuerza.


–Pedro, ¿Estás ahí?


No iba a llamarlo «señor Alfonso». Cada martes por la noche los últimos cinco años se había sentado con Federico a ver con él el programa de cocina de Pedro en la televisión. Y durante los últimos ocho años Federico le había hablado de su hermano una infinidad de veces. Para ella siempre sería «Pedro». Al ver que seguía sin responder, se puso tensa. ¿Y si estaba enfermo o le había ocurrido algo?


–¡Márchese! –contestó de pronto una voz cavernosa al otro lado de la puerta.


Paula puso los ojos en blanco.


–No puedo irme; Federico me pidió que viniera.


–Y yo le he dejado una nota diciéndole que no subiera –le espetó Pedro enfadado–. ¿Es que es incapaz de seguir las instrucciones que le dan?


Sí que era gruñón…


–Pues me temo que no, y voy a entrar.


Cuando abrió la puerta, Pedro se apresuró a apagar la lamparilla del escritorio, la única luz que había en la habitación.


–¡Salga de aquí ahora mismo! Le he dicho que no quiero que me moleste nadie.


–No es correcto: Una nota anónima me informaba de que hay alguien que no quiere que lo molesten –sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la penumbra–. Cualquiera podría haber dejado esa nota. De hecho, incluso podría haberte asesinado alguien mientras dormías y haberla escrito.


Él arrojó los brazos al aire.


–Pues como ve no estoy muerto. Y ahora haga el favor de salir de aquí.


–Creo que podemos tutearnos –le dijo ella, yendo derecha hacia las pesadas cortinas–. Y si por mí fuera me iría, pero… –las descorrió, y la luz del día inundó sin piedad la habitación.


–¿Qué diablos…? –exclamó él, poniéndose una mano delante de la cara y guiñando los ojos.


–Quería verte bien –respondió Paula, girándose hacia él.


Al ver a Pedro dió un respingo y se llevó una mano al pecho.


–¿Contenta? –le espetó él.


Paula tragó saliva y sacudió la cabeza.


–No –murmuró.


A su hermano se le partiría el corazón si lo viese. Y no por las quemaduras que el accidente le había dejado en la parte izquierda de la cara y el cuello, sino por el cabello despeinado y grasiento, por los ojos enrojecidos y las ojeras, por la palidez de su rostro… Tragó saliva y se irguió.


–Aquí huele fatal –dijo.


Había una mezcla de olor a cerrado, a calor y a sudor. Abrió las puertas de la terraza y la brisa del océano inundó la habitación. Paula inspiró profundamente y se volvió de nuevo hacia él, que estaba mirándola con el ceño fruncido.


–Le he prometido a Federico que hablaría contigo y vería cómo estabas. Le dije que lo llamaría después.


–¿Te ha mandado aquí para que me espíes?


–Me ha mandado aquí como un favor.


–¡No necesito que me haga ningún favor!


«No es a tí a quien le está haciendo el favor», le aclaró ella para sus adentros. Pero en vez de eso le dijo:


–No, sospecho que lo que en realidad necesitas es un psiquiatra.


Él se quedó mirándola boquiabierto, pero Paula se irguió y se cruzó de brazos.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 2

Pedro se frotó los ojos con las manos antes de volver a mirar la pantalla del ordenador. Releyó la receta que estaba escribiendo y apretó los puños. «¿Qué ingrediente venía después?». Aquella receta de mejillones al vapor era complicada, pero debía haberla hecho unas cien veces. Apretó los dientes irritado. El texto en la pantalla se tornó borroso; las palabras parecían bailar. ¿Por qué no podía recordar cuál era el ingrediente que había que añadir a continuación? ¿Era la leche de coco? Sacudió la cabeza. No, eso iba un poco después. Se levantó maldiciendo entre dientes, y se puso a andar arriba y abajo por la habitación mientras se imaginaba a sí mismo preparando aquel plato. Se visualizó en una cocina, con todos los ingredientes frente a sí. Se imaginó hablando a la cámara que rodaba cada programa, explicando cada paso de la receta, y la importancia de ir incorporando los distintos ingredientes en el orden correcto.


Inspiró profundamente, rebuscando en su mente, pero de inmediato se desinfló. Se pasó una mano por el cabello, angustiado. Volver a cocinar, volver al trabajo… Una oleada de dolor lo invadió, ahogándolo con un anhelo tan profundo que pensó que la oscuridad lo devoraría entero. Y sería una bendición si eso ocurriese, pero tenía trabajo que hacer. Le dió un puntapié a un montón de ropa sucia tirada en un rincón antes de volver a la mesa y alcanzar la botella de bourbon que había junto a ella, en el suelo. El alcohol lo ayudaba a aturdir el dolor, aunque fuese por poco tiempo. Se llevó la botella a los labios pero se detuvo. Los pesados cortinajes tapaban por completo los ventanales y las puertas cristaleras que salían a la terraza, bloqueando la luz, y aunque su cuerpo parecía hallarse en un estado constante de aturdimiento, sabía que no debían ser más de las diez de la mañana. «¿Qué más da qué hora sea?», se dijo cerrando la botella y volviendo a sentarse. «En cuanto termine esta maldita receta podré emborracharme hasta quedarme dormido». ¿Terminar la receta? Era lo que tenía que hacer, pero estaba tan cansado… En ese momento el ordenador emitió un tono de notificación. Acababa de recibir un mensaje. Entró en el programa del correo electrónico para leerlo. Era de su hermano Federico. ¡Cómo no! Hizo clic sobre el asunto para leerlo: "Hola, hermanito: No te olvides de que Paula llega hoy". Pedro soltó una palabrota. No necesitaba una empleada del hogar. Lo que necesitaba era paz y tranquilidad para poder terminar aquel condenado libro de cocina. Y si no fuera porque aquella mujer había salvado la vida de su hermano, la mandaría a paseo.





Paula se bajó de su todoterreno e intentó decidir qué mirar primero, si la casa a su izquierda, o la vista que se extendía hasta el horizonte a su derecha. Suerte que conducía un todoterreno y no el deportivo que soñaba con tener algún día, porque la carretera rural que llegaba allí estaba llena de baches. Y eso después de cinco horas de autopista. Se alegraba de haber llegado al fin a su destino. Se giró hacia la derecha para admirar el paisaje. El terreno, cubierto de hierba descendía hasta convertirse en dunas salpicadas de plantas silvestres. Y más allá había una larga playa de dorada arena bañada por el suave sol de invierno. Un suspiro escapó de sus labios. Debía haber al menos seis o siete kilómetros de playa y no se veía a un alma. Aunque había pasado ocho años trabajando en la árida región del Outback, no se había dado cuenta hasta ese momento de lo mucho que había echado de menos el mar. Finalmente se volvió hacia la casa. Estaba hecha de madera, tenía dos platas, un amplio porche, y en el piso de arriba un balcón. Era una casa muy bonita, pero… ¿Por qué estaban cerradas todas las ventanas y echadas las cortinas?, se preguntó frunciendo el ceño. ¿Y si Pedro no estaba allí? No, si hubiese vuelto a la ciudad su hermano Federico se lo habría dicho. Se mordió el labio y se cruzó de brazos. Federico le había dicho que su hermano era un poco… Difícil. Subió las escaleras del porche. En la pared junto a la puerta, pegada con celo, había una nota dirigida a ella. La arrancó para leerla:


"Señorita Chaves: No me gusta que me molesten cuando estoy trabajando, así que pase sin llamar. Su habitación está en el piso inferior, pasada la cocina. No debería haber razón alguna para que suba usted al piso de arriba". 

Curaste Mi Corazón: Capítulo 1

Pedro se frotó los ojos con las manos antes de volver a mirar la pantalla del ordenador. Releyó la receta que estaba escribiendo y apretó los puños. «¿Qué ingrediente venía después?». Aquella receta de mejillones al vapor era complicada, pero debía haberla hecho unas cien veces. Apretó los dientes irritado. El texto en la pantalla se tornó borroso; las palabras parecían bailar. ¿Por qué no podía recordar cuál era el ingrediente que había que añadir a continuación? ¿Era la leche de coco? Sacudió la cabeza. No, eso iba un poco después. Se levantó maldiciendo entre dientes, y se puso a andar arriba y abajo por la habitación mientras se imaginaba a sí mismo preparando aquel plato. Se visualizó en una cocina, con todos los ingredientes frente a sí. Se imaginó hablando a la cámara que rodaba cada programa, explicando cada paso de la receta, y la importancia de ir incorporando los distintos ingredientes en el orden correcto.


Inspiró profundamente, rebuscando en su mente, pero de inmediato se desinfló. Se pasó una mano por el cabello, angustiado. Volver a cocinar, volver al trabajo… Una oleada de dolor lo invadió, ahogándolo con un anhelo tan profundo que pensó que la oscuridad lo devoraría entero. Y sería una bendición si eso ocurriese, pero tenía trabajo que hacer. Le dió un puntapié a un montón de ropa sucia tirada en un rincón antes de volver a la mesa y alcanzar la botella de bourbon que había junto a ella, en el suelo. El alcohol lo ayudaba a aturdir el dolor, aunque fuese por poco tiempo. Se llevó la botella a los labios pero se detuvo. Los pesados cortinajes tapaban por completo los ventanales y las puertas cristaleras que salían a la terraza, bloqueando la luz, y aunque su cuerpo parecía hallarse en un estado constante de aturdimiento, sabía que no debían ser más de las diez de la mañana. «¿Qué más da qué hora sea?», se dijo cerrando la botella y volviendo a sentarse. «En cuanto termine esta maldita receta podré emborracharme hasta quedarme dormido». ¿Terminar la receta? Era lo que tenía que hacer, pero estaba tan cansado… En ese momento el ordenador emitió un tono de notificación. Acababa de recibir un mensaje. Entró en el programa del correo electrónico para leerlo. Era de su hermano Federico. ¡Cómo no! Hizo clic sobre el asunto para leerlo: "Hola, hermanito: No te olvides de que Paula llega hoy". Pedro soltó una palabrota. No necesitaba una empleada del hogar. Lo que necesitaba era paz y tranquilidad para poder terminar aquel condenado libro de cocina. Y si no fuera porque aquella mujer había salvado la vida de su hermano, la mandaría a paseo.





Paula se bajó de su todoterreno e intentó decidir qué mirar primero, si la casa a su izquierda, o la vista que se extendía hasta el horizonte a su derecha. Suerte que conducía un todoterreno y no el deportivo que soñaba con tener algún día, porque la carretera rural que llegaba allí estaba llena de baches. Y eso después de cinco horas de autopista. Se alegraba de haber llegado al fin a su destino. Se giró hacia la derecha para admirar el paisaje. El terreno, cubierto de hierba descendía hasta convertirse en dunas salpicadas de plantas silvestres. Y más allá había una larga playa de dorada arena bañada por el suave sol de invierno. Un suspiro escapó de sus labios. Debía haber al menos seis o siete kilómetros de playa y no se veía a un alma. Aunque había pasado ocho años trabajando en la árida región del Outback, no se había dado cuenta hasta ese momento de lo mucho que había echado de menos el mar. Finalmente se volvió hacia la casa. Estaba hecha de madera, tenía dos platas, un amplio porche, y en el piso de arriba un balcón. Era una casa muy bonita, pero… ¿Por qué estaban cerradas todas las ventanas y echadas las cortinas?, se preguntó frunciendo el ceño. ¿Y si Pedro no estaba allí? No, si hubiese vuelto a la ciudad su hermano Federico se lo habría dicho. Se mordió el labio y se cruzó de brazos. Federico le había dicho que su hermano era un poco… Difícil. Subió las escaleras del porche. En la pared junto a la puerta, pegada con celo, había una nota dirigida a ella. La arrancó para leerla:


"Señorita Chaves: No me gusta que me molesten cuando estoy trabajando, así que pase sin llamar. Su habitación está en el piso inferior, pasada la cocina. No debería haber razón alguna para que suba usted al piso de arriba". 

Curaste Mi Corazón: Sinopsis

La mujer que le hizo volver a sonreír.


Paula Chaves no se esperaba lo que se encontró cuando llegó a la casa de Pedro Alfonso, el hombre que la había contratado como empleada del hogar. Seis meses atrás había sido un carismático y célebre chef, pero ahora estaba recluido en sí mismo y acomplejado por las cicatrices que le habían quedado por un incendio.


Lo último que le faltaba a Pedro era que llegase una extraña decidida a hacerle enfrentarse a sus inseguridades... Y más cuando esa persona tenía también las suyas. ¿Cómo podía una mujer preciosa y llena de vida creer que era fea? Quizá pudiera ayudarla a darse cuenta de lo especial que era en realidad.