jueves, 11 de noviembre de 2021

Indomable: Capítulo 22

La mañana llegó demasiado pronto. Paula rodó para alejarse de la luz y se tapó los ojos con la manta. Volvió a quedarse dormida hasta que él la despertó. En esa ocasión el sol brillaba con más intensidad.


-Vamos, Bella Durmiente, el desayuno ya está casi listo -la voz de Pedro le llegó desde arriba-. Ve a dar tu paseo por el bosque y regresa antes de que se enfríe.


Comida. El estómago vacío se le contrajo. Empezó a sentarse antes de captar el olor. Pescado. Identificarlo hizo que la agonía de obligar a su cuerpo maltrecho a moverse fuera mucho peor. Odiaba el pescado. Su titubeo atrajo la atención de Pedro.


-Tienes las botas a tu lado.


Lo miró y vió que en ese momento estaba agachado del otro lado del fuego. Y también notó dos varas de madera a cada lado de la hoguera con otra reposando entre sus dos extremos bifurcados. Cinco pescados sin cabeza ni cola estaban atravesados sobre el fuego. Hizo una mueca y apartó la vista; alargó la mano para recoger una bota. Cuando la depositó en su regazo, se dió cuenta de que Pedro le había vuelto a poner los cordones. El gesto considerado le sentó mal. Últimamente rara vez despertaba de buen humor, pero, por algún motivo, el hecho de que hubiera tenido un detalle con ella la irritó. Quizá porque sabía que no le caía bien, que no podía caerle bien. Entonces, ¿Por qué torturarla con gestos amables para que pudiera confundirlos por algo que jamás llegaría a ser? Logró doblar una rodilla rígida el tiempo suficiente para calzarse la bota. Había dormido, pero aún se sentía torpe por el cansancio. Y le dolía todo. Moverse le dolía. El estómago le dolía por el hambre. Ponerse la bota le dolía. Y el sol brillaba con tanta fuerza que hasta los párpados le dolían. Pedro miraba a Paula cuando ésta asió los cordones para anudarlos. Notó el momento preciso en que se dio cuenta de que estaban mojados. 


-¿Cómo se han mojado? -preguntó con voz aún somnolienta y el ceño fruncido.


-Los cordones blancos de las zapatillas espantaban a los peces -explicó.


Paula se quedó paralizada y una expresión cómica de desagrado apareció en su rostro. Soltó los cordones para inspeccionarse los dedos.


-¿Usaste los cordones de mis botas para capturar peces? -la incredulidad le dió un tono ominoso a su voz.


Ya no había ninguna duda al respecto. Era una damisela caprichosa y malcriada. Pero hermosa. Cansada, con el pelo enmarañado como un manojo de paja, pero aún sexy y atractiva. Una nueva dosis de su personalidad venenosa quizá era lo que necesitaba para desvanecer la sensual excitación de haber pasado toda la noche a su lado. Se la enfadaba con tanta facilidad.


-Probablemente los necesite para conseguir la cena – indicó con indiferencia.


Ella alzó la vista para mirarlo con una mezcla de furia y sorpresa.


-No usaste gusanos para atraer a los peces, ¿Verdad?


La revulsión que exhibió su cara lo divirtió y le provocó un esbozo de sonrisa.


- Aún dormías, así que no podía emplear tu encantadora personalidad.


-¿Has puesto mis cordones cerca de gusanos? –el rostro se le encendió.


-Técnicamente, enganché el gusano a uno de tus alfileres – era una neurótica manifiesta-. Seguro que jamás tocaron tus cordones.


-Pero tocaste mis cordones con dedos manchados por los gusanos –lo miró con expresión hosca.


- Y si vemos a algún conejo, los emplearemos para fabricar una trampa.


-Usarías mis cordones para matar a un conejo –alarmada, no fue una pregunta, sino una acusación.


Por la experiencia de la noche anterior, sabía que Pedro Alfonso era capaz de hacer cualquier cosa que se le antojara con cualquier persona o cosa que quisiera. Pero Paula no podía permitir que matara a un conejo. ¿Y cómo pensaba hacerlo? Una bala significaba una muerte rápida, y quizá el animal no sufriera el miedo de verse atrapado ni supiera que estaba siendo cazado. Pero un conejo capturado en unos cordones padecería un miedo terrible. Percibiría que iba a morir. 

Indomable: Capítulo 21

De pronto Damián fue un recuerdo tenue y sin cara. Ver a Pedro, su abrumadora presencia masculina, desterró los demás pensamientos. Ni siquiera le importó que estuvieran en el suelo duro, rodeados de kilómetros de árboles, montañas y animales peligrosos. Él deslizó la mano por su costado y curvó los dedos duros sobre sus costillas. Paula contuvo el aliento cuando empezó a subir despacio y se detuvo justo debajo de su pecho. Su expresión mostraba un deseo tan intenso y turbulento que supo que estaba a punto de besarla. Cada átomo de su cuerpo anhelaba aproximarse a él. Pero lo que le dijo en ese momento fue una descarga ruda y fría de realidad.


-No me equivocaba con lo de la virgen, pero no estoy tan seguro de que temas algo -comentó con aspereza-. Supongo que no eres el desafío que pensaba -apartó la mano y se tumbó, colocando el bolso bajo la cabeza.


Paula se quedó estupefacta, tan decepcionada que el pecho le palpitaba. Pedro no la había besado, ni siquiera lo había intentado. Había estado tan convencida de que lo probaría... Pero a cambio le había asestado un insulto colosal. El rechazo indiferente le quitó el aire de los pulmones y tuvo que concentrarse en respirar para recuperar algo parecido a un ritmo normal. Entonces el corazón se le marchitó. ¿Por qué había temido tanto que el avión se viniera abajo? ¿Por qué se había sentido tan aterrada ante la idea de sufrir una muerte súbita en un accidente? Cerró los ojos con fuerza unos dolorosos momentos. Había perdido para siempre a su madre, junto con las demás personas que pudieran ser importantes para ella. Aunque lograra hacer las paces con Malena, ésta ya se había casado y llevaba una vida feliz y plena. La presencia de Paula en la vida futura de su prima nunca volvería a ser atractiva para Malena después de años de separación. Al volverse y darle la espalda a Pedro, puso todos los centímetros que pudo entre su cuerpo embotado y el maravilloso calor que irradiaba él. Ya nunca más temería a la muerte. 


El cuerpo grande de Pedro vibraba como un diapasón. ¿En qué demonios había estado pensando? Paula Chaves, a pesar de sus caprichos, estaba resultando una tentación demasiado grande. Se sentía atraída por él, aunque llevaba todo el día luchando contra eso. Él ya casi lo esperaba. Pero la idea de pasar toda una noche envuelto en una manta con su cuerpo pequeño y selecto lo había impulsado a provocarla y a defraudarla. De algún modo había necesitado un nuevo recordatorio de que no estaban hechos el uno para el otro, de lo difícil que era convivir con ella. Había sentido cómo se derretía cuando le curó los pies, pero se encontraba cansada, de modo que descartó el modo somnoliento en que lo miraba y la sensación de que algo había cambiado en Paula. Pero entonces buceó en sus enormes ojos azules y vio la bienvenida y la anticipación de una mujer impaciente de que la besara. Su cuerpo había respondido con velocidad y dolor. Había tenido que ponerle un freno inmediato, y no mostró miramientos en cómo lo hacía. En ese momento se dio cuenta de que había herido sus sentimientos. No le soltó ningún comentario cáustico, no emitió ni un sonido. Se quedó quieta, con los ojos cerrados, y unos segundos después se dio la vuelta y se apartó de él. Yacía tan apartada que el borde de la manta apenas la tapaba. Esperaría hasta tener la certeza de que dormía antes de acercarla y cerciorarse de que la manta la mantenía abrigada. Y pondría el doble de atención en que no se repitiera una situación semejante. Ya no tenía curiosidad por saber si Paula Chaves era una pequeña bruja fría o no. Había tropezado con la respuesta. Y como había percibido que el exterior arrogante de ella era la fachada de un abismo de vulnerabilidad, no era una mujer con la que hubiera que jugar a menos que albergara sentimientos serios. 

martes, 9 de noviembre de 2021

Indomable: Capítulo 20

 -Empiezo a descubrir que eres toda una mentirosa.


Paula iba a soltar un comentario ácido cuando él se inclinó y la levantó en el aire. Lo hizo con tanta rapidez que tuvo que aferrarse a sus hombros para estabilizarse. La rigidez le impidió resistirse mientras la llevaba al otro lado de la hoguera y la sentaba sobre la manta. Deslizó una mano por su pierna y le agarró un pie antes de que pudiera intentar levantarse. Ella no pudo contener un gemido cuando se agachó y le levantó la pierna dolorida para examinarle el pie. El contacto de sus dedos largos y duros al subirle el bajo de los vaqueros para llegar hasta la banda elástica del calcetín envió un hormigueo por su piel que impactó con fuerza en cada parte femenina de su cuerpo. La fuerza con que le sujetaba el tobillo le impedía esquivarlo. Bajó el calcetín y ella contuvo el aliento. El sonido hizo que él se detuviera.


-Maldita sea, Paula... -había descubierto que el grueso calcetín se había pegado a la piel en carne viva de una ampolla reventada. Con suavidad lo desprendió, luego terminó de quitárselo despacio mientras buscaba otras ampollas. En cuanto le examinó el pie, soltó un juramento en voz baja. Le bajó el tobillo y lo apoyó sobre la manta antes de soltarla-. Llevas una farmacia en ese neceser y no has usado nada para curarte -sus ojos oscuros ardían-. ¿Cómo demonios crees que vas a caminar mañana si no lo tratas esta noche?


No esperó una respuesta; se incorporó para ir a buscar el neceser. Al regresar hurgó entre sus cosas, pero Paula estaba demasiado cansada para preocuparse. Sacó un tubo pequeño de crema antibiótica y una caja de vendajes diversos. A los pocos momentos le levantó el pie; el ángulo hizo que le doliera la pierna, por lo que tuvo que reclinarse para apoyarse sobre los codos. Sus manos eran duras, con callos y cálidas. Los dedos asombrosamente gentiles al extender crema sobre el talón, la planta del pie y prestar especial atención a los dos dedos más pequeños, que habían recibido el peor trato. Contuvo el aliento cuando le apoyó el tobillo sobre su muslo. Abrió el envoltorio de una gasa cuadrada y empleó la pequeña tijera para las uñas paracortarla en cuatro partes. Entonces apoyó con suavidad las gasas sobre la gruesa capa de crema que había aplicado. Recogió el calcetín y con destreza lo enrolló hasta formar un círculo antes de introducírselo con delicadeza por los dedos. Lo desenrolló hasta que el pie y el tobillo quedaron cubiertos con las gasas fijadas en su sitio. Cuando se dedicó al otro pie, ella ya se había echado por completo sobre la manta para observarlo. Los párpados le pesaban tanto que casi le era imposible mantenerlos abiertos. 


El contacto de Pedro era lo más seductor que jamás había experimentado. Nunca había imaginado que fuera posible la lánguida sensualidad que la recorría en oleada tras oleada. En ese momento su rostro no reflejaba ningún desagrado hacia ella. Sólo una intensidad que sugería preocupación y compasión. Su corazón hambriento recibió contento esas migajas. Le escocieron los ojos. Había estado tan dolorosamente sola. Hacía años que no la tocaban, y ni siquiera fue capaz de recordar un contacto semejante. Ni siquiera por parte de Beau. Éste había parecido muy interesado en tocarla en zonas mucho más personales y sexuales. «Dios mío, ¿Es esto lo que se siente cuando otro ser humano te cuida y te brinda una cierta semblanza de afecto físico y sin sexo?» Los ojos se le nublaron. ¡Era tan patética que empezaba a emocionarse y entregarse a un hombre que le tocaba los pies! No tenía fuerzas para luchar con su corazón. Se quedó tendida con los ojos cerrados, empapándose con cada sensación, con todo lo que podía absorber de ese sustento emocional. Cuando Pedro al fin depositó su pie sobre la manta, apenas pudo contenerse para no gritar por la pérdida de su contacto. Recordar que en unos segundos estaría tumbado a su lado la mantuvo callada e inmóvil dominada por el suspense. Odió la idea de que de repente ansiaba más de él, aunque no era capaz de detenerse. Después de guardar las cosas se echó a su lado. Recibió con gusto el calor de su cuerpo grande. Y entonces sintió que se volvía hacia ella y que la manta la cubría de los hombros a los pies. Cuando habló en voz baja, notó su cálido aliento en la cara.


-Pareces una virgen temblorosa que piensa que el proscrito grande y malo va a violarla.


Las palabras hoscas rezumaban humor. Paula abrió los ojos de golpe. Pedro estaba inclinado sobre ella, su hermosa boca a unos centímetros de la suya. La luz del fuego jugaba sobre su rostro, remarcando algunos ángulos y suavizando otros. No se atrevió a responder a su comentario. La visión de su rostro fuerte y atractivo, el increíble calor de su cuerpo, el roce de su aliento... Después de dedicar minutos a tocarle los pies, apenas fue capaz de no implorarle que la tocara donde quisiera, como deseara, el tiempo que le apeteciera. Centró la mirada en sus labios. El anhelo de sentir su presión, de probarlos, le provocó dolor. Hacía siglos que no la besaban. El instinto le indicaba que los besos de Pedro serían experimentados y hábiles, y que los daría con mucha más madurez y autoridad masculina que lo que jamás había hecho Damián Duval a sus dieciocho años. 

Indomable: Capítulo 19

La ropa seca sólo le dio calor un rato. Arrimarse al fuego hizo que la cabeza se le adormilara. No mencionaron la comida. Al menos Pedro le había dado una linterna que sacó de su bolso para poder alejarse del campamento para satisfacer una demorada llamada de la naturaleza. En ese momento hacía lo que podía para no prestarle atención mientras la parte delantera de su cuerpo se calentaba demasiado y la trasera se enfriaba. Lo observó cuando desenrolló el plástico y lo extendió en el suelo al otro lado de la hoguera. Era más ancho que una cama doble. Luego extendió la única manta que tenían y la puso sobre el plástico. Había colgado sus vaqueros de la rama de un árbol, pero empleó la cuerda para fabricar un tendedero para la ropa mojada de Paula. Por la mañana todo estaría seco. Esa consideración la avergonzó un poco. Quizá lo había juzgado mal. Tal vez se había pasado al decirle que era un neandertal. Tampoco tendría que haberlo criticado por el accidente de la avioneta. Al menos había conseguido aterrizar sin que murieran. La somnolencia y el agotamiento parecían potenciar la cálida sensualidad que quedaba de la «Charla sobre sexo» que habían mantenido una hora antes. El suave resplandor dorado del fuego contribuía a esa sensación. Pedro era completamente inapropiado para ella. Todos los hombres que había conocido desde Damián lo habían sido. Nadie había alcanzado jamás el ideal establecido por él. Él terminó de hacer la cama improvisada. Luego arrastró su bolso, sin duda para usarlo como almohada. Lo observó, preguntándose cómo habría solucionado el problema para que durmieran. Paula había dejado bien claro lo que pensaba al respecto, de modo que no le preocupaba dónde iba a dormir Pedro. Hasta que se enderezó y la miró desde el otro lado.


-Es hora de acostarse.


Las secas palabras la sobresaltaron. Entonces comprendió el significado de su comentario de que no quería acurrucarse junto a un bulto mojado. Algo le indicó que no tenía intención de dormir en otra parte que no fuera la manta, a pesar de lo que había dicho ella.


-No podemos dormir juntos -fue la instantánea réplica de Paula. 


-Sólo disponemos de una manta y la temperatura como mínimo bajará otros diez grados. A menos que recordaras reservar una habitación en el motel local, no tienes elección.


-Dormir juntos no es una opción.


-Es la única opción -contradijo él-. ¿Quieres que nos peleemos o preferirías tumbarte y dormir un poco?


El recuerdo de hallarse a su merced en la corriente aún era poderoso. La mirada sombría que le dedicaba era una promesa solemne de que estaba dispuesto a imponerse otra vez para garantizar su cooperación. De pronto se sintió desvalida y atrapada. No importaba que estuviera salvajemente atraída por Pedro. La extraña sensación de que de algún modo eso se hallaba relacionado con la infelicidad en su vida era fuerte y de repente profundo. En el pasado había sido una niña desvalida, sin elecciones reales. Se había visto atrapada en una existencia dolorosa y triste, con tutores que deberían haberla querido, pero que no pudieron hacerlo porque ella no valía la pena. También él la veía como a una carga, un estorbo en sus esfuerzos por salir de las montañas. Y en ese momento la atrapaba... La obligaba a echarse junto a él a pasar la noche. Aún lo miraba, quieta, cuando Pedro avanzó hacia ella. En su tardía precipitación por ponerse de pie para alejarse de él, jadeó ante el súbito aguijonazo de dolor al moverse. El cuerpo se le había puesto tan rígido que apenas podía levantarse. Sus piernas eran extensiones gemelas de agonía, y tenía los pies tan doloridos que sólo pudo cojear unos pasos hasta que él la alcanzó.


-¡Mantente alejado de mí! Él mostró una expresión de impaciencia, pero se frenó.


-¿Tienes muy mal los pies? -el tono bajo exhibió cierta preocupación que alivió el pánico de Paula y despertó algo vulnerable en ella. Que desapareció en el acto al pensar que si tenía los pies demasiado llagados le presentaría un nuevo problema. Sería una carga aún mayor si no podía caminar.


-No mucho -dió dos agónicos pasos. 


Se había puesto unos calcetines limpios pero no las zapatillas, para que se secaran. Los pies todavía le dolían demasiado como para probarse las botas y odió pensar que caminar por el campamento pudiera ensuciarle los calcetines. 

Indomable: Capítulo 18

En cuanto estuvo en tierra firme, trató de plantar los pies y soltarse. Fue imposible hasta que de pronto él la dejó ir. Trastabilló hacia atrás y estuvo a punto de sufrir la nueva indignidad de caer sobre su trasero.


-Quítate esa ropa.


La orden brusca la horrorizó. Miró en torno al círculo de luz. Todo lo que había fuera de su perímetro dorado se hallaba sumido en negras sombras y en un peligro invisible. Aunque Paula comprendía la necesidad de secarse, carecía de intimidad. Recordó el comentario de secarla y experimentó otra oleada de excitación. Lo contempló con expresión aprensiva mientras él se quitaba las botas. Tenía los vaqueros mojados. Desencajó los ojos cuando llevó la mano al cinturón. Sin ninguna timidez, lo desabrochó y se lo quitó con gesto seco. Cuando deslizó la mano hacia el botón metálico de los vaqueros, ella apartó la vista. « ¡Va a quitarse los pantalones!» El suave sonido de la cremallera al bajar la obligó a darle por completo la espalda y a acercarse al borde mismo de la luz. «Oh, Dios, ¿Qué vendrá a continuación?» Paula miró con desesperación en dirección a los árboles oscuros que marcaban el linde entre la tenue luz y la absoluta negrura. El fresco aire nocturno penetró a través de su ropa empapada y le absorbió el calor del cuerpo. Estaba helada.


-Puedes ponerte la bata... -la voz de Pedro la sobresaltó-..., lo cual no te aconsejo, o puedes ponerte la ropa limpia.


Paula se atrevió a mirar por encima del hombro. Pedro llevaba unos vaqueros secos. No se había metido la camisa en la cintura, pero estaba decentemente vestido. Parte de su preocupación se atenuó hasta que él añadió:


-Me niego a acurrucarme junto a un bulto mojado, así que date prisa.


-Por lo que a mí respecta, puedes acurrucarte junto al puerco espín más cercano -repuso, alarmada por sus palabras.


-Damisela, cada palabra que sale de tu boca es un desafío -la miró-. Uno de estos días algún hombre con más serrín que sentido común en la cabeza te va a poner a prueba.


La amenaza sensual estaba allí presente. ¿Por qué de repente todo parecía tan sexual? Desesperada por revivir la distancia crispada del desagrado mutuo, Paula alzó un poco la barbilla.


-Ahórrame tus analogías folclóricas, vaquero. Sólo un hombre muy débil que siente el impulso de demostrar y defender constantemente su virilidad ve una amenaza en toda conversación. 


-Si esa es tu forma de provocarme -hizo una mueca divertida-, debes saber que siento una atracción especial por un desafío. Y cuando surge uno tan ligado a la posibilidad de sexo, se me hace casi irresistible.


La declaración la alarmó. La primitiva reacción femenina que desencadenó en ella de miedo y excitación hizo que deseara gritar de frustración.


-Aquí no hay ningún desafío sexual -afirmó, ansiosa porque su mente pensara en otra cosa que no fuera el sexo. Pero de pronto su cerebro estaba obsesionado con el tema.


Los ojos de Pedro adquirieron una intensidad que le quitó el aire. Adrede la recorrió de arriba abajo, y cuando se detuvo en los puntos significativos de su cuerpo, Paula sintió que la sangre le atronaba en los oídos.


-Así que ningún desafío sexual, ¿Eh? -miró su rostro acalorado-. Insolente, rubia y hermosa, con las curvas adecuadas en los lugares adecuados -clavó los ojos en sus pechos mientras sin pudor constataba lo que veía-. Ropa mojada que se pega al cuerpo. Atributos... exuberantes. El frío viento de la montaña que endurece...


Consternada, Paula bajó la vista a la blusa roja mojada y se quedó boquiabierta. A pesar del color oscuro de la camisa, bien podría haber estado desnuda de cintura para arriba. Aferró la pechera y apartó la tela empapada de su piel.


-Ahora ves otro motivo importante para ponerte ropa seca -indicó él-. Te daré la espalda hasta que hayas terminado.


Los dientes empezaron a castañetearle y se dió cuenta de que tenía un frío de muerte. No le quedaba más remedio que confiar en él para que no mirara mientras se cambiaba. Sentía tanto frío que apenas podía hablar.


-¿Có-cómo sé que... que no mi-mirarás?


-Porque te doy mi palabra -afirmó con severidad.


Algo en ella se relajó. Pedro Alfonso tenía fama de respetar su palabra. Pero, ¿Su fuerte integridad pública se extendía hasta el aislamiento de las Montañas Rocosas? Pedro apartó la vista de su rostro ansioso y se acercó a sus pertenencias. Recogió el bolso de red y se lo arrojó por encima del fuego. Paula lo atrapó en el aire y se lo llevó al pecho. La miró unos momentos más antes de darle la espalda y dirigirse al límite de la luz. 

Indomable: Capítulo 17

Éste jamás dió en el blanco. A él le bastó con alzar la mano y darle un pequeño empujón en el hombro. No fue gran cosa, pero bastó para hacerle perder el equilibrio. Ella volvió a gritar antes de sufrir una nueva y gélida zambullida. En esa ocasión Pedro dejó que se debatiera sólo unos momentos antes de agarrarla por los brazos y ponerla de pie.


-¡Matón prepotente! -soltó ella con voz entrecortada.


Le aferró las muñecas antes de que pudiera tratar de golpearlo otra vez. Paula intentó darle unas patadas, pero las piernas le temblaban por la fatiga y el agua tiraba demasiado de su ropa y cuerpo para que pudiera lograr algo más que tropezar con su propio pie. La pierna sobre la que se equilibraba estaba demasiado débil para la fuerza de la corriente, y resbaló. Si Pedro no la hubiera tenido firmemente asida de las muñecas, habría vuelto a caer.


-Ríndete, pequeña diablesa -comentó con humor hosco mientras la sacudía un poco-. Hasta un caballo salvaje sabe cuándo debe dejar de luchar.


-¡Yo no soy un caballo! -estalló casi sin fuerzas. Apenas podía sostenerse de pie. Alzó la mirada extenuada para clavarla en sus ojos, pero en su expresión aún ardía con intensidad el desafío-. ¡Y tú no eres ningún domador!


Entonces él rió entre dientes. Un sonido ronco y masculino que resultaba demasiado cálido y atractivo.


-De modo que entiendes que no dejaré que me pisoteen hasta matarme al final de la historia. Es el primer signo de verdadera esperanza que he visto en tí, princesa -la acercó y Madison se quedó sin aliento- Vamos a secarte y a prepararte para dormir. 


"Vamos a secarte..." Las imágenes que pasaron por su mente fueron asombrosamente sexuales y al instante se puso en guardia. Se hallaba tan débil que estaría por completo a su merced. La tenía bien sujeta y era imposible liberarse. En realidad, ¿Qué clase de persona era Pedro Alfonso? La sola idea de que un hombre pudiera dominarla a la fuerza e imponerse a ella le resultaba ajena. Pero le acababa de mostrar lo indefensa que estaba físicamente ante él. ¿Y si decidía insinuarse? Se encontraban solos en esas montañas. Para algunos hombres la proximidad bastaba. Nunca se había considerado vulnerable al peligro sexual. Cuidaba su seguridad personal y sabía sin ninguna duda que la imagen firme que proyectaba desanimaba a casi todos los miserables de considerarla una víctima. Su actitud independiente y su personalidad cáustica intimidaban a la mayoría de los hombres, manteniéndolos con éxito a distancia prudencial. Pero el contacto de Pedro tenía un efecto curioso en ella. ¿Cómo podía estar asustada de él y, al mismo tiempo, encenderse con la descarga eléctrica de su roce? ¿Estaba tan hambrienta de afecto en su vida emocionalmente aislada que resultaba presa fácil para un hombre de atractivo razonable? ¿Incluso ante uno que había establecido la grosera comparación de domar a una yegua para domesticarla? ¡Estaba perdiendo la cabeza! Cauta con él y con la excitación desconcertante que agitaba en ella, comenzó a tirar de las manos para ver si lograba soltarse de su férrea prensa. Él se detuvo al sentir su resistencia y con gesto casual juntó sus manos. Con gran rapidez pasó los dedos de una mano enorme en torno a las dos muñecas de Paula, luego reanudó la marcha, arrastrándola fuera del agua como una prisionera. Su aprensión se multiplicó ante esa nueva demostración de fuerza. Se sintió irritada porque esa exhibición de macho enviara un delicioso temblor de peligro sensual por su cuerpo. No tenía importancia preguntarse qué clase de hombre era... ¿Qué clase de mujer era ella? 

jueves, 4 de noviembre de 2021

Indomable: Capítulo 16

 -Muchas gracias, cavernícola -estalló-. ¿Para qué he perdido mi tiempo buscando esas ramas?


Impertérrito por su exabrupto, Pedro se puso en cuclillas del otro lado del fuego y colocó dos de las piezas más grandes en las llamas.


-De acuerdo, encanto -musitó-. Te lo has estado guardando todo el día. Suelta esa pequeña pataleta, pero haz que sea completa, no te reserves nada para más adelante.


«De todos los condescendientes y arrogantes...» La furia de Paula se desbocó.


-Oh, sí -acordó con voz sarcástica que fue aumentando de tono-. Soltemos la pequeña pataleta... As -le regaló una sonrisa venenosa-. La pataleta de la que tú eres el responsable, Señor Macho, porque me has obligado a caminar por la selva con los zapatos que tú me obligaste a elegir y que ya tienen agujeros - la mueca burlona en su cara vaciló un poco, lo cual le indicó que había herido un poco su ego, ayudándola a continuar-: Empecemos por ese avioncito de juguete, Rey de los Aires. ¿Qué demonios le pasó? -inquirió con ese tono despectivo que había perfeccionado con los años-. ¿Se le rompió la correa de goma? »En cuanto a tu habilidad como piloto, podrías haber virado esa maldita cosa hacia las llanuras, donde habríamos tenido alguna oportunidad de que nos vieran y nos rescataran. Y ahora que pienso en ello, ¿Qué le pasó a la radio? -su voz se había vuelto más exigente y furiosa con cada palabra-. ¿Sabe alguien que estamos aquí? ¿Te molestaste en trazar una ruta de vuelo o fuiste demasiado macho? »Lo cual me conduce a la siguiente pregunta lógica: ¿Por qué no tienes un teléfono móvil como el resto de millonarios de Texas? ¿Es demasiado complicado para que lo maneje un neandertal como tú? -la voz estridente de pronto adquirió un gruñido femenino y despectivo-. ¿Sabes?, eres realmente un neandertal. Y mientras estamos en el tema de tu pasado -continuó prácticamente a gritos-, ¿tienes aún alguna conexión primitiva con la naturaleza y sentido de la orientación, o estamos destinados a vagar por la maleza hasta que ambos nos abriguemos con pieles de animales y vivamos en una cueva?


El discurso de Paula de pronto se agotó cuando una enorme ola de mareo la invadió. Temblaba, oscilando sobre piernas inseguras, sintiéndose alejada de sí misma. ¿Iba a desmayarse?  Los sonidos nocturnos del bosque comenzaron a penetrar en su conciencia, como si se hubieran detenido durante su exabrupto. Los grillos, el crepitar del fuego... Todo se combinó para crear una peculiar tensión nueva que parecía centrarse en Pedro Alfonso e irradiar de él. No le había quitado los ojos oscuros de encima, aunque esa sonrisa indulgente y condescendiente que tanto la había enfurecido hacía rato que había desaparecido. El aire entre ellos se cargó de repente con lo que Paula sólo pudo considerar un desagrado activo. ¿Y qué? Lo odiaba más de lo que él nunca podría odiarla. Sin decir una palabra, él se incorporó en el otro lado de la hoguera y se estiró. Con la misma lentitud alzó la mano para quitarse el Stetson y lo dejó caer al suelo. En ningún momento quitó la vista de ella.


-Da la impresión de que alguien tiene que hacer un esfuerzo contigo, señorita Paula -indicó con determinación con su acento tejano. Comenzó a rodear el fuego.


Paula no fue capaz de moverse mientras avanzaba. La silenciosa amenaza de su acercamiento la tenía hipnotizada. De pronto la aterró tanto que el miedo del accidente y la marcha del día parecieron un suave caso de ansiedad.


-Como alguien de mi educación diría, «Es hora de que alguien dome a esa pequeña yegua y le ponga una silla de montar» -sus ojos ardían-. Veamos si se te puede hacer cabalgar.


Cuando llegó a su lado la alzó en brazos y la alejó de la hoguera. En gesto de protección, Paula apoyó las manos en su pecho.


-¡Cómo te atreves a ponerme las manos encima! ¡Bájame, mono gigante! - empujaba con todas sus fuerzas cuando de golpe él la soltó.


La caída en el agua helada de la corriente provocó un grito en ella. La superficie del agua rompió su caída y la engulló hasta los hombros. El frío la hizo jadear y se debatió frenéticamente para poder plantar los pies en el fondo y erguirse. Pero el fondo era resbaladizo y la oscuridad la desorientaba. Manoteó, escupiendo insultos, hasta que logró quedar sumergida por completo bajo la superficie. Cuando al fin consiguió girar y ponerse de rodillas, tuvo que luchar con ahínco para ponerse de pie en el agua somera. En cuanto se incorporó, Pedro se cernía sobre ella como si meditara en serio empujarla y mantenerla bajo el agua. Atragantándose con lo que había tragado, y más furiosa que nunca, Paula cerró el puño y le lanzó un golpe.