jueves, 10 de junio de 2021

Quédate Conmigo: Capítulo 1

En la habitación había tres personas: un señor mayor con poco pelo y muy canoso; una señora de edad indefinida que debió ser muy guapa en su juventud y, sentada a esta, una joven pelirroja. La chica tenía una espléndida figura y su cara, aunque no era hermosa, resultaba muy agradable. Sus ojos eran verdes y grandes, y la boca, generosa. El señor mayor terminó de hablar, ordenó los papeles que tenía delante y se ajustó las gafas sobre la nariz. La mujer no podía pronunciar palabra, solo sabía mirar atónita al hombre. Entonces su hija, Paula, habló por las dos.


-Vamos a necesitar su consejo, señor Trump. Esto es una sorpresa para nosotras, no teníamos ni idea... Mi padre casi nunca hablaba con nosotras de sus asuntos. Aunque una semana antes de morir... -le falló la voz durante un segundo- me dijo que estaba invirtiendo en un plan que le iba a proporcionar gran cantidad de dinero. Cuando le pregunté de qué se trataba, simplemente se rió y me dijo que ya me lo contaría.


-Su padre tenía dinero suficiente para vivir holgadamente y dejarlas a ustedes bien situadas -dijo el señor Trump con frialdad-. Pero, desafortunadamente, la empresa de ordenadores en la que invirtió su dinero, estaba mal dirigida por un grupo de jóvenes sin escrúpulos.


Durante las primeras semanas, el negocio dio beneficios, así que su padre invirtió el resto de su capital. Inevitablemente, todo se vino abajo, y él y otros inversores perdieron hasta el último céntimo. Lo siento mucho, pero para pagar las deudas, tendrán que vender esta casa, el coche y los muebles. El señor Trump se dirigió hacia la madre y añadió:


-¿Entiende lo que les he explicado, señora Chaves?


-Que seremos pobres -respondió ella con un pequeño gemido-. ¿Cómo vamos a vivir? -preguntó mirando a su alrededor-. Mi preciosa casa... ¿Y adónde vamos a ir sin coche? -comenzó a llorar y, antes de que nadie pudiera decir nada, añadió-: Paula, tienes que pensar en algo...


-No te preocupes, mamá. Si esta casa se vende bien, podremos pagar todas las deudas e irnos a vivir al chalet de Salcombe. Allí conseguiré un trabajo y nos las arreglaremos muy bien.


El señor Trump asintió.


-Muy sensato. Cuando hayan vendido todo, seguro que les queda una pequeña cantidad. Probablemente no tenga ningún problema para encontrar trabajo, al menos durante el verano. Incluso puede que haya algo que usted pueda hacer, señora Chaves.


-¿Un trabajo? Señor Trump, no he trabajado en la vida y no pienso empezar ahora -dijo volviendo a echarse a llorar-. Mi querido esposo se revolvería en su tumba si pudiera oír lo  que está sugiriendo.


El señor Trump puso los documentos en un maletín. Siempre había pensado que la señora Chaves era una dama encantadora, bastante mimada por su esposo, pero con unos modales exquisitos. Pero en esos momentos, al ver su postura petulante, se preguntaba si habría estado equivocado. Paula, por supuesto, estaba hecha de otra pasta. Era una jovencita llena de energía, amable y simpática. Además, estaba el asunto de su boda; ese matrimonio resolvería todas sus dificultades económicas. Se despidió asegurándoles que se dedicaría inmediatamente a resolver todas las cuestiones legales.


Paula salió de la sala, bastante grandiosa, y cruzó el vestíbulo en dirección a la cocina. La casa era grande y bien amueblada. Una asistenta iba a diario y otra mujer, dos veces por semana para ayudar con el trabajo más pesado. Puso la tetera al fuego y preparó una bandeja. Como la asistenta había salido, busco la caja de las pastas y el pastel de frutas por los armarios. Quizá hubieran recibido un duro golpe, pero un té y un poco de pastel les sentarían de maravilla. Cuando volvió con la bandeja, su madre todavía estaba sentada en la silla, secándose los ojos. Se quedó mirando a Paula mientras ésta servía el té y le ofrecía una taza.


-¿Cómo voy a poder tomar algo mientras nuestra vida se viene abajo?


De todas formas, aceptó lo que su hija le estaba ofreciendo.


-Tendremos que despedir a la señora Tims. ¿Le pagamos semanal o mensualmente?


-No lo sé, hija. Tu padre nunca me molestó con esas cosas. Y esa otra mujer que viene a limpiar, Elsa, ¿Qué va a pasar con ella?


-Yo hablaré con las dos. 

Quédate Conmigo: Sinopsis

Para Paula Chaves, conocer al doctor Pedro Alfonso había sido una especie de bendición, ya que era capaz de cualquier cosa por hacerla feliz. Ya no podía imaginar su vida sin él... 


Así que cuando llegó el momento de que Pedro regresara a Ámsterdam para siempre, se sintió incapaz de dejar allí a Paula. Por eso le ofreció un empleo en su nueva consulta. Pero… ¿Quería que fuera su secretaria... o su esposa?

martes, 8 de junio de 2021

Soy Tuya: Capítulo 48

 –¿Pedro?


Llevaba horas pensando en él, preguntándose si habría leído su carta, y de pronto lo tenía ante sus ojos. Se puso en pie. Pedro llevaba la misma ropa que el día que se conocieron y no le cupo la menor duda de que era el hombre más atractivo del mundo. Ante los ojos del mundo, quizá no lo era tanto como el Pedro que había viso en las fotografías de su casa, pero ella amaba al que tenía ante sí, algo más ajado e intenso. Y sin pensárselo más, corrió hacia él y se abrazó a su cuello. En cuanto él la abrazó, Paula perdió el control y se echó a llorar con una mezcla de pena y de alegría, pero, por encima de todo, de amor. Cuando sus sollozos cesaron, Pedro se separó lo bastante como para mirarla a los ojos y acariciarle las mejillas.


–¿A qué vienen estas lágrimas? –preguntó con una amplia sonrisa.


Paula se sorbió la nariz y trató de respirar profundamente.


–No puedo…, No puedo creer que hayas venido.


–Mujer de poca fe –bromeó él.


–He puesto toda mi confianza en que vinieras, pero no estaba segura de que fuera a suceder.


Pedro le pasó la mano por el cabello.


–Te comprendo perfectamente. Yo llevo meses sintiendo algo parecido, convencido de que nunca más volvería a sentir algo así por nadie. ¡Pensar que podía no haber llegado a tiempo…!


Paula sonrió con dulzura al percibir la angustia que Pedro sentía ante la perspectiva de perderla.


–¿No habrías hecho nada para recuperarme? –preguntó con sorna.


Pedro arqueó una ceja.


–Habría ido a buscarte a Melbourne.


–No habría hecho falta porque tengo un billete de vuelta para mañana.


–¿Por trabajo? –preguntó Pedro. 


Y Paula se dió cuenta de que todavía no era consciente de que había rechazado Roma para quedarse con él.


–Claro que no. Ahora que voy a trabajar aquí, he pensado que necesito un departamento.


–¿Has dejado el trabajo? –Pedro la miró con ansiedad, estudiando su rostro como si quisiera leer en él la confirmación de lo que estaba oyendo y asegurarse de que lo estaba interpretando adecuadamente.


–No –dijo ella–. He hecho una oferta a Max que no ha podido rechazar. Pensaba contártelo mañana, cuando volviera de Melbourne de sorpresa, peroya que estás aquí… Le dije que si me consideraba una trabajadora tan fabulosa, debería destinarme a la formación de personal, y le pareció una gran idea.


–¡Habría sido estúpido si no llega a aceptar! Aunque supongo que tiene claro que nunca habrá otra azafata como tú.


Paula lo miró sonriente y, antes de que supiera qué iba a hacer, Pedro la levantó y se puso a girar con ella en brazos ante la atónita mirada de los demás pasajeros. Al dejarla en el suelo, le susurró al oído:


–No alquiles un departamento.


–¿Y qué quieres que haga?


–Quería decírtelo anoche, pero estabas tan sexy con tu pijama rojo que no supe expresarme adecuadamente –Pedro deslizó las manos por los hombros de Paula hasta entrelazarlas a la altura de su cintura–. Cariño, quédate a vivir en mi casa. Cásate conmigo.


"Cásate conmigo". ¿Había oído bien?


–¿Acabas de decir…?


Pedro tomó su rostro entre las manos y la miró fijamente.


–Paula, necesito que sepas cuánto te amo.


«Lo sé», pensó Paula con el corazón acelerado y la mente en una nebulosa de felicidad.


–Y yo a tí –dijo.


Se fundieron en un beso. Y en ese instante, Paula se dió cuenta de que, después de tantos años recorriendo el mundo, acababa de llegar, finalmente, a su hogar.





FIN

Soy Tuya: Capítulo 47

Era la primera vez que recibía un comentario. De hecho, estaba convencido de que la principal razón por la que había seguido usándolo para desahogarse durante tanto tiempo era la certeza de que nadie lo leía. Posó la mano sobre el ratón, indeciso, hasta que la curiosidad pudo más que la inquietud y apretó el botón. Al leer la entrada se quedó sin aliento.


"Sábado, 8:12 Hace dos días conocí a un hombre. Como suele suceder, lo he encontrado justo cuando menos lo buscaba. Hasta conocerlo, estaba convencida de que tenía una gran vida. Había viajado por todo el mundo, había hecho cursillos de todo tipo: Defensa personal, bonsáis, malabares, fontanería… ¿Por qué? Porque me consideraba una mujer independiente y autónoma, y estaba decidida a seguir siéndolo. Podía cuidar de mí misma. No necesitaba a nadie. Pero el hombre al que me refiero me ha demostrado que he pagado un precio por esa independencia: el aislamiento. Y el aislamiento se ha transformado en soledad. Por eso me he estado preguntando si quiero seguir flotando sola por el gran océano de la vida. La respuesta es que «no». Porque desde que conozco a ese hombre he descubierto que no soy una isla, sino un espíritu solitario a la deriva, y he descubierto dónde está mi verdadero hogar. Sólo espero no haber esperado demasiado a decirle cuánto ha significado este descubrimiento para mí. Comprendo que pueda considerarme una mujer difícil, porque lo soy, y quizá no me crea si le digo que anoche sólo intentaba hacer lo mejor para él, pero quiero que sepa lo que siento. Y si alguna vez me perdona por haber reaccionado con lentitud, si está dispuesto a aceptar mi quebrado y dolorido corazón, si puede apreciarme a pesar de mi terquedad…, Entonces este hombre al que amo más que a nada en el mundo, más que a mi independencia, o que a Roma y todo lo que representa, puede tenerme. Porque ahora que sé que quiero volver a casa, también tengo la seguridad de que nunca lo conseguiré si él no está a mi lado. P."


Pedro dejó escapar una exclamación y releyó el mensaje para asegurarse de que no se había equivocado. Luego, tomó el teléfono precipitadamente y llamó al taller de Gonzalo.


–Hola, Gonzalo al habla.


–Gonzalo, soy Pedro Alfonso. ¿Está Paula?


–No, amigo. El chófer la ha llevado al aeropuerto hace media hora. Aun le queda el vuelo a Melbourne. Pero creía que…


Pedro colgó y corrió al coche. Había un tráfico denso, pero el destino parecía aliarse con él y todos los semáforos se pusieron en verde a su paso. Cerca del aeropuerto vió uno de los gigantescos anuncios de MaxAir y estuvo a punto de tener un accidente al descubrir, con sorpresa, que Paula le sonreía desde él. Se pasó la mano por los ojos para asegurarse de que se trataba de ella. Sus impresionantes ojos verdes, su sonrisa, su expresión vivaracha… El coche que tenía detrás hizo sonar su bocina y Pedro arrancó. El póster podía esperar. Si las cosas salían tal y como esperaba, pronto tendría a esa mujer ante sí, pero en carne y hueso. Y cuando la tuviera delante, le diría tantas cosas… La noche anterior se había marchado creyendo que le había dicho todo lo que tenía que decir, pero después de leer la carta de amor de Paula, se dió cuenta de que no era verdad. Afortunadamente, Paula había sido mucho más valiente que él y había sabido interpretar sus palabras y sus actos por encima de los detalles superficiales, como las flores, las piedrecitas o las vagas promesas de «dar una oportunidad a la relación». Dejó el coche y corrió al interior del aeropuerto. Quería llegar cuanto antes junto a la mujer a la que amaba. Amaba su determinación, su inteligencia, que les hiciera reír a Mateo y a él. Y la amaba por amarlo. Pero no había tenido la oportunidad de decirle nada de todo eso. Y cabía la posibilidad de que Paula estuviera ya camino de Roma… Recorrió con la mirada el monitor con el horario de salidas hasta que encontró el vuelo de MaxAir a Melbourne. Corrió como una exhalación hacia la sala de embarque. En cuanto entró se paró en seco y la barrió con la mirada, convencido de que localizaría a Paula entre una multitud. Y allí la vió, delante de un capuchino, observando el sobre de azúcar como si fuera un tratado de filosofía. La contempló unos segundos: la cabeza ladeada, los negros rizos peinados al estilo años cuarenta, los ojos verdes velados por la melancolía. Y al darse cuenta de que el maquillaje ocultaba las huellas del llanto, se le encogió el corazón al mismo tiempo que se juraba que, en la medida que él pudiera evitarlo, Paula no volvería a llorar.


–Paula –la llamó con la voz teñida de emoción.


Ella alzó la vista.

Soy Tuya: Capítulo 46

Había llegado la tarde del sábado. Paula, exhausta tras haber pasado una noche más en vela, estaba sentada junto a la piscina de Max.


–¿Qué has decidido, Paula? –preguntó Max, mirándola por encima de su copa–. ¿Vas a dar un paso adelante en tu carrera o, como las demás chicas, vas a dejar que la vida real se interponga en tu camino?


–Ni una cosa ni otra, Max –dijo ella con una firmeza que la sorprendió, cuando estaba a punto de asumir el mayor riesgo de su vida–. Quiero hacerte una propuesta que no creo que puedas rechazar.


Max entornó los ojos


–Pensaba que mi oferta económica era insuperable.


–Y lo es. Pero no es de eso de lo que quiero hablarte. Necesito quedarme en Cairns.


Max se frotó la sien.


–Como me digas que has conocido a un hombre, me suicido –dijo en tono dramático.


–Espero que no lo hagas, porque es la verdad.


Max puso los ojos en blanco.


–A este paso voy a perder a todas mis chicas favoritas.


–De eso es de lo que quería hablarte. No tienes por qué perderme. Me gustaría ser de provecho en otro puesto –Paula sacó un papel del bolso con manos temblorosas–. ¿Me permites?


Max movió la mano con cierto desdén para que continuara. Representaba menos dinero y dejar de volar. Significaba instalarse en Cairns en lugar de mantener su departamento en Melbourne, que, por otro lado, más que un hogar era un gran armario en el que guardaba la ropa que compraba en sus viajes. Pero todo ello valdría la pena si Pedro aceptaba la contraoferta que le pensaba hacer. Había llegado la hora de dejar de correr. Lo tuvo claro aquella mañana, al contemplar el amanecer desde el porche de Gonzalo. Y así, fue a ver a Max decidida a explicarle en qué consistiría su nuevo trabajo, con la casi total seguridad de que su jefe la despediría por osada.




Pedro estaba sentado en su taller contemplando el jardín. De vez en cuando miraba el móvil que permanecía en silencio sobre su banco de trabajo. El polvo flotaba en el aire iluminado por los rayos de sol que se filtraban por la ventana. La reunión de Max y Paula debía haber acabado hacía horas. A lo largo del día, había pasado de la esperanza a la desesperación en numerosas ocasiones. A ratos estaba convencido de que Paula, a pesar de que no estuviera dispuesta a quedarse en Cairns, rechazaría la oferta de Max. Pero unos minutos después estaba igualmente convencido de que la había aceptado sin titubear y ya estaba camino de Roma. Cualquiera que hubiera sido su decisión, tenía la certeza de que, por más desesperado que estuviera por saber qué había sucedido, él no estaría entre los primeros que recibirían una llamada. Amaba a Paula. Tras haber pasado una noche en vela enfrentándose a la posibilidad de no volver a verla, supo que la amaba aún más de lo que creía. Sentía un amor por ella que le proporcionaba placer y dolor a un tiempo. Pero precisamente porque la amaba tanto, quería que fuera feliz. Y si para ello tenía que marcharse… Dió un puñetazo al banco. Estaba furioso consigo mismo por no haber dicho ciertas cosas la noche anterior, por no haberla besado más prolongadamente, por no haberle dicho que se negaba a que se fuera… Por primera vez en su vida experimentaba un sentimiento que se escapaba de su control. Siempre había dominado sus emociones y sus acciones. Pero aquél, que podía ser el momento más importante del resto de su vida, no dependía de él. Estaba tan desanimado y se sentía tan poco inspirado para el trabajo que abrió su blog aun sin saber qué pensaba encontrar en él, pero con la sensación de que había llegado el momento de escribir su despedida. Tenía que dar las gracias a Paula Chaves por haberlo ayudado a recordar que tenía buenos amigos con los que podía hablar. Leonardo, Vanesa, Emiliano e Ivana. El diario virtual le había sido de gran ayuda, pero ya no lo necesitaba. Posó las manos en el teclado mientras pensaba cómo expresarse y de pronto descubrió que alguien había respondido aquella misma mañana a su última anotación.

Soy Tuya: Capítulo 45

 Le tomó la mano y decidió decirle por qué estaba allí.


–Paula, he venido a pedirte que rechaces el trabajo de Roma y que te quedes –hizo una pausa. Estaba aterrorizado pero ya había empezado, así que tendría que continuar–: Quédate, por favor, y demos una oportunidad a nuestra relación.


Paula pestañeó y lo miró expectante. Se le habían humedecido los ojos. Tragó saliva.


–¿Eso es todo? –dijo, finalmente.


Aquélla no era la reacción que Pedro esperaba después de desnudar su alma ante ella y sospechó que no podía hacer nada para convencerla. Leonardo había insistido en que pensara sólo en sí mismo, pero Pedro sabía que eso no era posible. ¿Y si Paula se quedaba y su relación no funcionaba después de haber dejado pasar la oportunidad de su vida? ¿Y si se quedaba, pero no quería más que una relación pasajera y Mateo revivía el trauma de perder a un ser querido? ¿Y si se quedaba y era él quien descubría que no estaba todavía preparado para mantener una relación? O al revés, ¿Y si siempre la necesitaba más que ella a él? Diana había vivido ese tormento, pero él no estaba seguro de poder soportarlo.


–Eso es todo –dijo con un escalofrío–. Es lo único que puedo ofrecerte por el momento.


Paula sabía que era sincero. James le ofrecía lo que podía, y para cualquier otra mujer hubiera sido más que suficiente. Pero no para ella. Amaba a Pedro por su ternura, su amabilidad y su capacidad de ver el lado bueno de las cosas. Pero él mismo había sembrado en ella la idea de que se merecía más.


–¿Recuerdas que me preguntaste si solía enfurruñarme de pequeña? –dijo. Y se mordió el labio antes de seguir–. Pues sigue siendo parte de mi personalidad, Pedro. He vivido tanto tiempo sola que tengo hábitos muy rígidos. Soy testaruda y temperamental. Y como dice Gonzalo, tengo espíritu de nómada. Tu oferta es muy tentadora, pero este fin de semana he recibido otra aún mejor.


Mentía. La oferta de Pedro era tan atractiva que la aterrorizaba. Era tan buena que le temblaron los labios y temió echarse a llorar. Sobre todo, al ver la sombra que veló el rostro de Pedro, el rictus que había sustituido a su encantadora sonrisa…


Pedro vaciló. Súbitamente, al ver las lágrimas que inundaban sus ojos y recordar la pasión con la que lo había besado, supo que mentía, y tuvo la tentación de decírselo. Pero al darse cuenta de que no había ninguna razón lógica para que lo hiciera, pensó que estaba equivocado.


–Está bien –dijo, dando un paso atrás y mirando la hora con gesto indiferente–. Será mejor que me marche.


Había dicho lo que sentía y le había llevado flores. Le había confesado que sólo pensaba en ella y se habían besado. Pero para Paula no era bastante. Los faros de un coche los iluminaron, mostrando a ella con el cabello alborotado y el ramo de flores apretado con fuerza contra el pecho. En aquel instante, Pedro tuvo la certeza de que sí lo amaba pero que, por alguna extraña razón, negaba sus sentimientos. Tuvo el impulso de tomarla en brazos y llevarla a su casa para pasar con ella la noche y convencerla de que cometía un error. Pero en ese momento le cayó una gruesa gota en el cuello, seguida de otras muchas. La tormenta había estallado y si no volvía al coche enseguida, en cuestión de segundos se quedaría empapada. Dió otro paso atrás.


–Buenas noches, Paula.


Esperó a que ella dijera algo, pero Siena apretó los labios. Pedro dió media vuelta y se alejó. 



Paula sintió que la angustia le atenazaba la garganta mientras lo veía partir. Le había dejado marchar. Había sido fuerte. Corrió a su dormitorio y se dejó caer sobre la cama con el ramo apretado entre las manos. Acarició las flores y encontró una tarjeta. Al abrirla, descubrió la fotografía que les habían tomado al bajar del teleférico y que Pedro debía haber comprado a escondidas mientras ella buscaba en un puesto algún regalo para los gemelos. Un par de gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas. En la fotografía, se inclinaba hacia Pedro con una sonrisa de alegría que no reconocía. Y él la miraba como si sólo tuviera ojos para ella.

jueves, 20 de mayo de 2021

Soy Tuya: Capítulo 44

Necesitaba tiempo para aclararse respecto a sí misma y a los hombres de su vida. Pedro inclinó la cabeza.


–He leído tu diario –dijo Paula precipitadamente para evitar que la besara. Al ver que sus palabras conseguían el efecto deseado, añadió–: Lo ví por primera vez en tu taller. Y también la noche que me hablaste de Diana. Lo siento. Ya te advertí que era muy curiosa.


A medida que hablaba, Paula ya no sabía si quería que Pedro la odiara o la perdonara. ¿Habría sido capaz de leer el diario para sabotear desde el principio la posibilidad de que hubiera algo entre ellos? ¿Tendría una mente tan retorcida? Él la miró en silencio, y ella vió numerosas y contradictorias emociones reflejadas en sus ojos. Una fuerte brisa agitó las ramas del árbol que los cobijaba. Esperaba en tensión la reacción de Pedro.


–Has leído mi diario –se limitó a repetir, finalmente.


–Todo –Paula decidió que no valía la pena decir la verdad a medias.


–¿La primera noche también?


–Y cada día desde entonces.


Pedro se puso rojo.


–Debía haber tenido cuidado. Mateo podría haberlo visto.


Las nubes habían ocultado la luna y Paula no podía ver el rostro de Pedro ni medir el efecto que estaba teniendo en él la noticia. De pronto, le pareció ver que sus labios se curvaban. ¿Estaría sonriendo? ¿No debía estar enfadado y ofendido, y despreciarla por lo que había hecho? Pero entonces recordó que estaba ante él, no ante Gonzalo. Lo miró fijamente. ¡Sí, los ojos le brillaban! ¡Estaba sonriendo a pesar de que acababa de enterarse de que le había estado espiando! ¿Cómo era posible que no se pusiera hecho una furia? Pedro era impredecible porque era diferente a todos los otros hombres que conocía. Hubiera querido echarse en sus brazos, pero supo que no podía ni debía hacerlo.


–Ya que estamos sincerándonos… –empezó él. Paula dió un paso atrás y su espalda tocó el tronco del árbol–, debes saber que he escuchado la conversación que mantenías con Mateo en mi dormitorio.


–¿Qué? –exclamó ella con una melodramática indignación. Avergonzada, se mordió el labio.


Pedro dejó escapar una sonora carcajada al tiempo que apoyaba una manoen el tronco, junto a su cabeza. Paula recordó lo que había hablado con Mateo y todo lo que le había dicho sobre él, y se explicó que éste le llevara un ramo de flores.


–¿Has estado espiándonos? –preguntó.


Pedro volvió a reír.


–¿Crees que puedes quejarte después de admitir que has leído mi blog privado? Lo tuyo es mucho peor.


Pedro tenía razón. Eran tal para cual, estaban hechos el uno para el otro… Paula sacudió la cabeza y se dió cuenta de que él no había movido la mano del tronco.


–Yo lo he hecho por motivos altruistas –intentó defenderse.


–Los míos no lo eran –dijo él. Y la miró con tal fuego en los ojos que Paula creyó que la quemaría.


Sin pensárselo, dejó caer la mano con la que sujetaba el ramo y con la otra, tiró de Pedro hacia ella. Él, como si sólo estuviera esperando esa señal, se inclinó sin ofrecer resistencia y la besó apasionadamente. Su piel era suave, su boca sabía a menta y a fruta prohibida.  Paula se pegó a él y James la estrechó con fuerza. Sintió sus senos contra su pecho y se dió cuenta de que no llevaba nada debajo de la camisa del pijama. Bajó la mano hacia su cintura y la metió por debajo del elástico de los pantalones para acariciarle la piel. Paula se puso de puntillas. Sin tacones era tan menuda, tan delicada… Pedro temblaba de arriba abajo, como si fuera un inexperto adolescente. Puso una mano en la nuca de ella y hundió los dedos en su rizado cabello, tal y como había deseado hacer desde su primer encuentro. La sujetó con firmeza pero sin presionarla. Quería que estuviera en sus brazos, pero que sintiera que podía separarse de él si eso era lo que quería. Notaba un zumbido en los oídos que pensó procedía de su interior…, Hasta que se dió cuenta de que el origen estaba en su bolsillo.


–El teléfono –dijo ella contra sus labios.


–No le hagas caso –dijo él, besándole la comisura de los labios.


Pero Paula echó la cabeza hacia atrás.


–Pedro… –dijo, apoyando una mano en su pecho para hacerle reaccionar.


Con un suspiro de resignación, Pedro se pasó la mano por el cabello y sacó el teléfono.


–Es una llamada de casa –dijo, al ver la pantalla. Frunció el ceño con cara de impaciencia. ¿Qué le pasaría a Mateo?


Sólo era Leonardo, recordándole que comprara leche. Pedro sonrió. Su amigo le había dicho que le haría una llamada en caso de que necesitara una excusa para marcharse si las cosas iban mal. ¿Cómo iba a saber que interrumpiría una escena tan perfecta?


–Deberías marcharte –dijo Paula, con dulzura.


Pedro la miró desconcertado. Por un instante creyó que quería decir que se fuera para siempre.


–¿Quieres que me vaya?


Ella asintió con los ojos muy abiertos. Pedro dejó escapar un resoplido de frustración. Paula lo miraba con una expresión inescrutable, como si estuviera delante de una pared.