martes, 9 de marzo de 2021

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 18

Apretó los dientes y, como pudo, Paula frenó su imaginación. Pedro tenía un poder casi sobrenatural para conseguir que sus pensamientos se desviaran por esos derroteros. Con el pequeño aferrado a su mano, también irradiaba una peligrosa ternura. Hubo de reconocer que lo encontraba muy atractivo. Durante un momento se preguntó qué se sentiría al ser suya. Pero no iba a quedarse en Carramer el tiempo suficiente para descubrirlo. Por primera vez en su vida nadie dependía de ella y se encargaría de que eso no cambiara. Ayudar a Pedro con Joaquín era una breve desviación de su camino, nada más. Lo único que debía hacer era recordarlo. Fue a reunirse con ellos, ya que no quería perderse el rostro del pequeño cuando viera un koala. Los alcanzó cuando subían por una rampa en espiral que giraba en torno a unos eucaliptos australianos y terminaba a la misma altura que la copa de los árboles. Se sintió como en casa y durante un momento sintió añoranza. Se alegró de que Joaquín la distrajera al señalar a una familia de koalas que se ocupaba de mascar hojas mientras otros componentes jugueteaban. El pequeño apenas podía contenerse.


 -¿Puedo llevarme uno a casa? -miró a su padre. 


Por encima de la cabeza del pequeño, la mirada expresiva de Pedro se clavó en la de Paula y ella percibió su pesar al tener que negarle ese deseo.


-No tenemos árboles gomeros de los que puedan alimentarse.


-Podríamos plantar algunos. 


Una sonrisa, contagiosa en su calidez, elevó las comisuras de los labios de Pedro. Con renuencia ella se la devolvió, atrapada en el momento, como si aquel fuera su hogar. Desterró la sensación.


-Los koalas solo comen las hojas de un eucalipto especial -le dijo al pequeño-. Harían falta años para que crecieran los árboles que necesitan. No querrías que pasaran hambre, ¿Verdad?


Jaoquín se mordió el labio, indeciso entre su deseo de tener un koala y su evidente anhelo de no hacerles daño.


-Supongo que no.


Paula revolvió el pelo del pequeño. 


-Al entrar ví un cartel en el que el zoo declaraba que tiene un programa de patrocinio. Quizá tu padre podría arreglar las cosas para que tú patrocinaras el enclave de los koalas. 


-¿Qué significa patrocinar? -preguntó el pequeño con ciertas dudas.


-Significa que ayudamos al zoo enviándole dinero para cuidar de los koalas, de forma que, en cierto sentido, es como tener uno propio -explicó Pedro-. ¿Quieres que lo hagamos?


-¿De verdad?


-Haré que mi ayudante se encargue de ello en cuanto volvamos al palacio -miró a Paula por encima de la cabeza de su hijo.


-No te preocupes, señor koala -Joaquín se acercó a la barandilla-. Voy a ayudar a que te cuiden para que nunca te falten hojas que comer.


Una hora más tarde, mientras regresaban a la residencia en la limusina del príncipe, Paula aún sonreía. Agotado por tantas emociones, Joaquín se había quedado dormido con la cabeza apoyada en el regazo de ella. A Paula las piernas le hormigueaban por la caminata y por el esfuerzo de mantener el paso largo del príncipe.  Sentado frente a ella, él hablaba en voz baja por el teléfono del coche. Parecían asuntos oficiales, y no notó el estudio al que ella lo sometía. Se obligó a observar a su joven pupilo. Tenía que recordar que en esa familia solo había un hombre en quien podía interesarse, y no era Pedro. Cualquier mujer que compartiera su vida con él tendría que estar a su lado al tiempo que soportaba sus propias cargas, y Paula ya había tenido suficientes responsabilidades. Cuando la limusina entró en la villa, volvió a mirarlo. Había terminado de hablar y la observaba.


-Nunca tiene un descanso, ¿Verdad? -le preguntó.


-Si se refiere a si alguna vez no tengo deberes, no. Pero tampoco me molesta -se encogió de hombros.


Paula supo que si molestaría a alguien que no hubiera nacido en la familia real. Se preguntó cómo lo habría llevado su mujer australiana. Aunque no era asunto de ella.


-Espero que no le haya importado la sugerencia de patrocinar a los koalas -comentó.


-Fue una buena idea, aunque en el futuro sería conveniente que, antes de mencionarle algo a Joaquín, primero lo hablara conmigo. 

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 17

Se obligó a concentrarse en Joaquín. Era la solución del cobarde, pero percibía que, para retener el respeto de Pedro, no debía dejar que este viera lo vulnerable que era a su encanto. Para él solo era un medio.


-¿Me ha contratado para jugar con Joaquín? -inquirió con cierta incredulidad.


-Para jugar con él y cuidarlo. Acaba de manifestar que, según su juicio profesional, es lo que corre peligro de perder: las diversiones infantiles -le recordó.


-Sin duda sería mucho más apropiado invitar a amigos suyos al palacio de verano -sugirió. 


Una cosa era actuar como acompañante contratada, pero lo que indicaba Pedro sonaba de manera alarmante a reemplazar a una madre.


-La decisión está tomada. Como el doctor Pascale le ha dado el alta, usted será la única encargada de la diversión de Joaquín. Puede empezar esta noche leyéndole cuentos y jugando con él... como afirma que necesita. Dejaré la elección de sus actividades futuras a su juicio profesional, siempre que él obtenga tanto gozo como sea posible de estas vacaciones.


Paula sintió como si se hallara en el ojo de un huracán, con la tormenta rugiendo por todos lados. Se preguntó en qué diablos se había metido. Había imaginado un papel de maestra, pero no eso tan íntimo que proponía Pedro. Como mínimo representaría un trato mucho más cercano con él del que habían pactado, y eso la alarmaba.


-No necesita una acompañante para su hijo. Necesita una esposa -le espetó. Al oír el comentario, la cara de él se tornó sombría. Habría dado cualquier cosa por retractarse, pero ya era demasiado tarde.


-Tuve una esposa. No necesito buscarle reemplazo alguno -le recordó con frialdad.


-Lo siento -murmuró. Supuso que la había amado mucho-. No quería...


-Quería decir exactamente lo que dijo, pero se equivoca -cortó su titubeo-. En mi vida ya no hay espacio para esa clase de relación. « ¿Y para cuál tienes espacio?». 


La pregunta centelleó en la mente de Paula, aunque en esa ocasión logró contenerse para no formularla en voz alta. El tipo de compromiso que él le pedía ya era demasiado personal como para acentuarlo.  No es que Nori no le resultara delicioso. Un trabajo que principalmente consistía en jugar con el pequeño no era un trabajo. Pero, dado el efecto que tenía Pedro sobre ella, permanecer en algo que no fuera una relación profesional sería como jugar con fuego. Se puso rígida. No pensaba romper su acuerdo por una atracción que lo más probable era que hubiera sacado de su imaginación. Había estado a cargo de niños que tenían tantas necesidades como el príncipe heredero sin perder la cabeza emocionalmente. Podía repetirlo con Joaquín. «Pero, ¿Y su padre?», insistió una voz en su interior.


-En ese caso, será mejor que vaya junto a Joaquín para empezar con mis obligaciones, ¿Verdad, alteza?


Pedro la agarró del brazo y la hizo volverse.


-No es necesario que finja una docilidad que no siente. Creo que la prefiero con fuego en los ojos y ácido en la lengua.


-El fuego y el ácido pueden ser destructivos si no se los maneja con cuidado.


-Entonces deberé asegurarme de que la trato con cautela, ¿No? -la miró a los ojos.


En contra de su voluntad, el doble sentido que había en sus palabras la aturdió. Volvió a recordarle que además de monarca, era un hombre muy masculino. Automáticamente alzó las defensas.


-Acaba de advertirme que en su vida no hay espacio para esa clase de relación.


Él se mantuvo impertérrito, pero sus ojos le lanzaron una mirada desafiante.


-Dije que no necesitaba una esposa. No que no hubiera sitio en mi vida para otra clase de relaciones, como usted expone con candor.


Ella sintió un nudo en la garganta y se negó a tragar saliva para no brindarle una pista de cómo se sentía. La relación especial que compartía con Pedro hizo que se preguntara si no habían entrado ya en una mayor intimidad en el momento en que él la alzó en brazos en su playa privada. Antes de recuperarse y poder contestar, él se había adelantado para centrar la atención en su hijo. Pensó que no se refería a la oportunidad de que alguna vez pudieran experimentar esa relación que insinuaba. Sin embargo, no consiguió detener la oleada de calor que sintió al imaginar las posibilidades. 

jueves, 4 de marzo de 2021

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 16

Tuvo que reconocer con total franqueza que ella también quería quedarse, pero, ¿Era por el pequeño príncipe o por su carismático padre? Jamás había conocido a alguien como Pedro Alfonso. Su poder era indudablemente atractivo y asimismo era capaz de una gran pasión, tal como ella había averiguado cuando la besó. Con solo pensar en eso el corazón le palpitaba con fuerza. Al recordarlo experimentó una oleada de calor por el cuerpo. Podía achacarlo a la temperatura del día; sin embargo, ¿Cómo justificar el modo en que sus nervios se ponían a flor de piel cada vez que lo tenía cerca? Ya ni siquiera sabía si quería evitarlo. Alarmada por el curso que tomaban sus pensamientos, comprendió que esas no eran las vacaciones que había planeado cuando fue a Carramer. Después de dedicar años a tomar en consideración las necesidades de los demás, había anhelado complacerse, comiendo, durmiendo y pintando cuando le apeteciera. Pero estaba a punto de entrar en una rutina real mucho más exigente que nada de lo que su madre o su hermana le hubieran impuesto jamás. Y todo porque no había tenido el sentido común de mantenerse alejada de aguas peligrosas. Era una locura. En definitiva, no era cautiva de Pedro. Para escapar, le bastaba con rechazar su ofrecimiento. A él no le gustaría, pero no podría hacer nada al respecto. 


-¿Se rinde con tanta facilidad? -preguntó Pedro en voz baja, haciendo que ella volviera a pensar si le habría leído el pensamiento.


Mientras Paula se hallaba enfrascada en sus pensamientos, se habían adelantado un poco a los demás y el tono empleado por Pedro garantizaba que nadie los hubiera oído. Ella intentó recordar de qué habían estado hablando. Debía referirse a su insistencia en que Joaquín se beneficiaría de tener experiencias infantiles normales. Si había confundido su silencio con la capitulación, le tenía reservada una sorpresa.


-Poco más puedo hacer, ¿Verdad, alteza? –alzó la cabeza. 


Adrede le dió al tratamiento un énfasis que, si quería, él podría interpretar como un desafío. Que comprendiera que, de no ser por su rango, gustosa debatiría su postura, con la seria posibilidad de ganar. Pero la mirada oscura de él no permitió semejante posibilidad. 


-Ayer era Pedro -le recordó-. Y, en cualquier caso, al decidir lo que era mejor para mi hijo, hablaba como padre y no como gobernante.


Paula se negó a reconocer que tuviera razón. Él tenía las manos a los costados, pero bien podría haber estado tocándola por el modo en que le hormigueó la piel y la respiración se le entrecortó. El personal del zoo y el equipo de seguridad de Pedro los seguían a una distancia respetuosa, aunque durante un momento embriagador ella sintió como si estuvieran solos.


-¿Cómo puede saber lo que es mejor para él cuando reconoce que no ha tenido una infancia normal? -preguntó con voz trémula.


-¿Por qué le importa tanto? -preguntó él tras una larga pausa.


Desde que despertó en la villa, Paula se había hecho la misma pregunta.


-Como maestra, no me gusta ver infeliz a ningún niño -respondió; sin embargo, la otra parte de la verdad tenía que ver más con el propio Pedro.


-¿Cree que mi hijo es infeliz?


«Tú te lo has buscado», se reprendió ella.


-No infeliz, exactamente. Dispone de todo lo que un niño podría querer y no hay duda de que usted lo quiere, pero Joaquín tiene cuatro años y, en los últimos dos días, lo he visto recibir lecciones de natación... Y estoy convencida de que recibe lecciones de casi todo. No obstante, lo que necesita son lecciones para ser un niño pequeño. Aparte del momento en que bajó corriendo a la playa a buscarlo, esta es la primera vez en que lo veo actuar como un niño normal de cuatro años.


Pedro alzó un dedo como si fuera a tocarle la barbilla antes de dejar caer la mano al costado. La mirada se posó en su boca y Paula sintió que temblaba. Si le hubiera levantado el mentón para pegar sus labios a los de ella, el efecto habría sido electrizante.


-Ahora entiende por qué está aquí -susurró con una voz que a Paula le sonó sexy.


No sabía cómo un hombre podía alterarla tanto sin ni siquiera tocarla. Incluso mientras hablaban de su hijo, Pedro conseguía que la discusión pareciera más íntima. Que el cielo la ayudara si alguna vez le susurraba cosas dulces al oído. Entonces sus defensas serían inexistentes. Enfadada se recordó que todo se debía a su imaginación febril, que insistía en captar más de lo que decían las palabras. 

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 15

A Paula le resultó extraño tener un lugar público prácticamente solo para ella. El director del zoo lo había cerrado durante dos horas mientras guiaba a Pedro y a su grupo en una visita privada. El príncipe le había dado las gracias de manera efusiva, pero su expresión revelaba que habría preferido menos alboroto. Joaquín no tenía semejantes reservas. Con la inagotable energía de un niño de cuatro años, iba de un lado a otro. Contemplar al pequeño hacía que ella se sintiera más joven y despreocupada.


-Se está divirtiendo a lo grande -le comentó a Pedro, quien seguía a su hijo a paso más tranquilo-. Cualquiera diría que es la primera vez que visita el zoo.


-Lo es -la sorprendió él.


-Pero todos los niños necesitan ir al zoo -sabía que su cara reflejaba el asombro que sentía-. Es un rito de iniciación -recordaba con intensidad la emoción de su primera visita al Taronga Park Zoo de Sydney, con tres años.


-Desde luego, se refiere a los niños corrientes -observó el príncipe.


Paula pensó que no hacía falta que le recordara que ella era corriente.


-Sigue siendo un niño pequeño con necesidades y deseos de niño normal - señaló-. ¿Es que a usted no le gustaba el zoo a su edad? -inquirió con curiosidad.


-Tenía... otras prioridades -una sombra fugaz oscureció los ojos del príncipe.


Ella pensó que se refería a prioridades de aprender a dirigir un país en vez de correr y jugar. Su imaginación pintó la imagen de Pedro a la edad de Joaquín, rodeado de libros. No pudo creer que hubiera sido una experiencia del todo feliz.


-¿Y qué hacía para divertirse? -quiso saber. No dudaba de que incluso siendo niño había sido bien consciente de su deber, pero tenía que haber habido algo de espacio para la diversión.


-Disponía de abundante tiempo libre con mi hermano y mi hermana - aseguró-. Nuestro juego favorito era el ajedrez. 


-¿El ajedrez? -estuvo a punto de atragantarse-. ¿Y qué me dice de juegos con balón o el escondite? -al ver el brillo en sus ojos, comprendió que se había burlado de ella.


-No hay mejor sitio para jugar al escondite que un palacio con cientos de habitaciones -continuó él-. Uno de los pasatiempos favoritos de Luciana era montar en bicicleta en el Gran Salón, para irritación de los criados.


La imagen de los tres niños jugando juntos en el palacio debería haber sido encantadora, pero por algún motivo le resultó opresiva. Entonces comprendió la causa. ¿Dónde estaba el estímulo de jugar con otros niños y tener experiencias cotidianas como ir al zoo? Pudo ver el efecto de tales experiencias en los ojos brillantes de Joaquín y en su conducta embelesada. Antes de que pudiera abrir la boca para hablar, la mirada de Pedrp la silenció.


-Mi infancia fue lo que fue. Ya no se puede cambiar. 


Tuvo ganas de decirle que sí podía cambiar las cosas para Joaquín, pero su expresión dejó claro que la discusión se había terminado.


-Debe de ser agradable ser el jefe -musitó Paula- Se ganan todas las discusiones por decreto real. -Es poco probable, ahora que la tengo a mi lado para señalarme lo errado de mis costumbres -respondió ante aquel comentario rebelde.


-Si no quiere escuchar mis ideas, ¿Para qué me quiere aquí? -no pudo resistir preguntarlo.


La cuestión la había estado carcomiendo. Desde su llegada al palacio veraniego, había visto que Pedro pasaba más tiempo con Joaquín que muchos padres que no tenían que dirigir un país. También había conocido a la competente niñera que se encargaba de velar por el bienestar personal del niño. Pedro no podía desear que ella se quedara por su salud. El médico de palacio le había dado el alta aquella misma mañana, aunque Paula no había prestado mucha atención a su advertencia de que estaba peligrosamente agotada y debería tomarse las cosas con calma. Aparte de eso, el percance en el mar no había dejado ningún otro efecto duradero. Entonces, ¿Por qué Pedro la quería en su casa? 

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 14

 -Si me considera cualificada, lo haré por el bien de Joaquín -concedió, preguntándose si había perdido la cabeza.


-Ya ha demostrado su compasión hacia mi hijo, y eso es lo único que pido -confirmó-. Mis agentes de seguridad querrán comprobar su identidad, aunque no me da la impresión de que sea una terrorista.


-Nunca se sabe; ayer podría haber tenido una bomba escondida en mi biquini -empleó el humor para defenderse de sus sentimientos confusos.


Quería quedarse, pero sabía que eso era lo último que debía hacer, y temía que el motivo estuviera justo delante de ella.


-No debería bromear con esas cosas -la reprendió, haciéndola bajar de nuevo a la tierra-. En estos días la seguridad ha de tomarse en serio. Sin importar lo discretos que sean, los guardias siempre la tendrán a la vista cuando se encuentre con Joaquín.


-¿Es realmente necesario? -la idea de estar sometida a constante vigilancia la hizo temblar.


-Es por su propia seguridad y la del príncipe heredero.


-Costará acostumbrarse a ello, alteza -empleó adrede el título.


-Puedo ser Pedro cuando estemos solos -la expresión de él se suavizó un poco, aunque sus siguientes palabras quebraron la momentánea sensación de empatia-. Hay una condición más.


-¿Y cuál es? -quiso saber con cierta tensión.


-Es inevitable que mi hijo quiera saber cosas de Australia. Puede hablarle con sinceridad, pero sin embellecimientos, y bajo ningún concepto ha de fomentar la impresión de que su país es superior a Carramer. ¿Ha quedado claro?


¿Por quién la tomaba?


-Tengo el título de maestra. Jamás haría algo semejante -afirmó con auténtica indignación-. Si alberga dudas, quizá sea mejor que reconsideremos toda la idea. 


Se puso de pie y olvidó las sandalias de rafia, que la hicieron resbalar sobre el suelo de mármol. Con la velocidad de un guepardo, Pedro se situó a su lado en segundos y su fuerza evitó que cayera. Ella se vió pegada a la muralla musculosa de su torso. Los ojos de él brillaban irritados, aunque la intensidad que emitían solo hizo que pareciera más atractivo. Una mujer podría perderse en esas profundidades de obsidiana. Durante un momento embriagador, revivió su beso incandescente y se preguntó si la besaría otra vez. Pero él la apartó con gesto firme.


-Debería saber que no hay que realizar movimientos bruscos sobre una superficie resbaladiza.


-Todavía estoy un poco débil -se disculpó, sin querer que supiera que esa debilidad se debía a su proximidad.


En el acto, la impaciencia de él se convirtió en preocupación.


-No me sorprende, después de lo que tuvo que pasar. Le sugiero que vuelva a su habitación a descansar un poco más, mientras medita mi propuesta.


Lo último que necesitaba era reflexionar sobre las cosas y recuperar la cordura.


-He acordado quedarme y lo haré. Ni siquiera me pondré mi sombrero de Cocodrilo Dundee delante de Joaquín.


-A su peculiar manera australiana, supongo que está accediendo a mis deseos -la paralizó con una mirada de desdén real.


-Creo que eso es lo que he dicho -respiró hondo.


-Entonces, bienvenida a la casa real -le tomó la mano y entrelazó los dedos con los de ella.


Un calor extraño recorrió a Paula. Se recordó que se quedaba por Joaquín y eso funcionó, ya que las llamas se apagaron, aunque tuvo la impresión de que, mientras se hallara cerca de Pedro Alfonso, podrían volver a encenderse en cualquier momento. 

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 13

 -Soy bien consciente de que estoy aquí por su generosidad -manifestó-. Ayer me salvó la vida y le estoy agradecida, pero ambos sabemos que no desea que me quede más tiempo del necesario. 


-Convenido -corroboró con una frialdad que a Paula le llegó a los huesos-. Sin embargo, hay una complicación.


-¿Cuál? -lo observó con curiosidad.


-A Joaquín le cae bien, quizá porque le recuerda a su madre.


Sintió que comenzaban a humedecérsele los ojos y bajó las pestañas.


-Esta mañana me comentó que la echa de menos.


-Murió hace poco más de un año -explicó con sequedad-. El koala que le prometió ha despertado recuerdos en él.


Alzó la vista, sin importarle que él viera las lágrimas en sus ojos.


-Le aseguro que no fue mi intención. Es un niño encantador. No habría dicho nada que lo hiriera adrede.


-Si lo hubiera hecho -su expresión se endureció-, habría tenido que responder ante mí.


-¿Hay alguna manera en que pueda compensarlo? -soltó el aliento que no sabía que había estado conteniendo.


-Sí -aceptó de forma escueta-. Es obvio que a Joaquín le agrada su compañía.  Paso con él todo el tiempo que puedo, pero los asuntos de estado no respetan las vacaciones. Podría aceptar ser su acompañante y asegurarse de que disfrute mucho más de sus vacaciones.


Paula se sintió indecisa. Pedro le pedía que se quedara por el bien de su hijo, no por él. Pero, ¿Y el efecto perturbador que surtía en ella? Se dijo que él estaría ocupado y que no tendría que verlo mucho. Eso debería haberla tranquilizado; sin embargo, tuvo el efecto contrario.


-Y sus tutores y la niñera que mencionó... ¿No pueden ayudarlo?


-Ellos se ocupan de sus necesidades físicas, no de las emocionales -afirmó- . Usted es la primera persona que mi hijo acepta desde la muerte de su madre. Después de hablar con usted, al final me ha reconocido lo mucho que la echa de menos. Con anterioridad, cuando he intentado hablar de ello con él, siempre se mostraba reacio.


Paula experimentó un cierto placer al comprobar que era capaz de ayudar al pequeño, hasta que se recordó que había ido a Carramer a disfrutar de verse libre de responsabilidades, no a asumir otras nuevas.


-No lo sé -vaciló.


La expresión de él volvió a ser fría. 


-Comprendo que preferiría estar libre y sin ataduras, pero, ¿Es tanto pedir que sea acompañante de un niño? Para que el médico no me acuse de darle demasiado trabajo, le permitiré que tenga una generosa cantidad de tiempo libre sin ninguna otra carga, aparte de que recibirá una buena remuneración y alojamiento.


Comprendió que negarse sería descortés, que debía agradecerle que la hubiera salvado. Era tan injusto. Si el príncipe hubiera sabido lo mucho que había cargado sobre sus hombros en sus veintiséis años, no le pediría más en ese momento. Pero entonces pensó en Joaquín, tan solo, a pesar de la devoción de su padre y la atención de un ejército de empleados. Pedro tenía razón, en circunstancias normales no era mucho pedir. Además, podría reanudar sus vacaciones en cuanto el príncipe regresara a Solano. Se dijo que eso únicamente representaba una demora en sus planes, no una postergación indefinida. Reconoció que se trataba de la misma lógica que había empleado su madre para convencerla de estudiar pedagogía y poder mantener a la familia en vez de estudiar arte, pero de inmediato descartó el pensamiento. En ese momento era libre y disponía de la libertad de aceptar los compromisos que deseara. Lo primero que necesitaba saber era cuánto tiempo se esperaría que postergara sus planes.


-Por lo general, ¿Cuánto duran sus vacaciones? -preguntó.


-Un mes. Hemos llegado a comienzos de semana.


Dadas las chispas que saltaban entre ellos y el evidente desagrado de Pedro hacia ella, un mes parecía un tiempo peligrosamente largo para pasar bajo su techo. Sin embargo, ¿Cuántas veces surgían oportunidades similares?


-¿Podré pintar en mi tiempo libre? -inquirió con cautela.


Él asintió, pensando que el estudio que había creado con la vana esperanza de interesar a Sandra en una afición que la hiciera feliz al fin sería de utilidad para alguien.


-Preparé un estudio para mi difunta esposa que puede emplear, ya que prácticamente ha permanecido sin estrenar.


Disponer de un estudio bien equipado significaría que no necesitaría gastar sus limitados fondos en pinturas y pinceles; además, cobraría un sueldo, lo que le permitiría alargar mucho más su estancia en Carramer. Se sintió entusiasmada. No tenía nada que ver con la perspectiva de trabajar para el hombre más poderoso del país, aunque no supo lo sincera que era consigo misma. 

martes, 2 de marzo de 2021

Conquistar Tu Corazón: Capítulo 12

Unas sombrillas enormes proporcionaban sombra; se sentó en una tumbona debajo de una de ellas, aspirando el exquisito aire con olor a jengibre. Al parecer, la clase de natación ya había terminado, porque no se veía al niño por ninguna parte. Al ver nadar a Pedro, no le extraño que fuera tan musculoso, ya que debía tener por costumbre ejercitarse habitualmente. Mirar el pataleo rítmico de sus piernas largas y el arco de los brazos al nadar hizo que se sintiera sin fuerzas. Habría sido fácil fantasear que la había invitado a unirse a él porque la encontraba fascinante, pero sabía que ese no era el caso. Sin duda, desde pequeño lo habían enseñado a ser un buen anfitrión. Una cosa que había aprendido en su corta estancia en Carramer era que la hospitalidad se consideraba una virtud esencial. Saber que se hallaba allí por indulgencia hizo poco para mejorar su estado de ánimo, y tenía el ceño fruncido cuando Pedro emergió del agua.


-Si aún no se siente bien, quizá tendría que regresar a su habitación y dejar que el médico vuelva a examinarla -comentó él al ver su expresión.


Comenzó a ponerse de pie en deferencia a su rango, pero él la frenó con un movimiento de la mano.


-El médico vino a verme hace media hora -lo informó-. Indicó que podía levantarme, siempre y cuando no me excediera.


-Entonces hemos de cerciorarnos de que no se exceda -se pasó una toalla por sus anchos hombros-. Quizá le resulte mejor el jacuzzi que nadar. Ahora mismo iba hacia allí, de manera que puede unirse a mí.


La idea de compartir una bañera con él le provocó alarma.


-Aquí estoy muy bien -repuso con un movimiento furioso de la cabeza.


Él captó el titubeo en la voz y su expresión la desafió.


-¿Me tiene miedo, Paula? Ayer no lo tenía.


-Ayer no sabía quién era.


-¿Y ahora?


-Ahora sé que es el jefe aquí y desconozco cómo debería comportarme con usted, alteza.


-Ayer tenía ganas de llamarme Pedro -frunció el ceño-. ¿Por qué no empezar ahora?


-¿Cómo lo ha sabido? -su cara mostraba sorpresa. 


-Olvida lo bien que conozco el carácter australiano. Incluso llaman a sus primeros ministros por su nombre de pila. No puede sentirse tan intimidada por un príncipe. 


«¿Quieres apostar algo?», pensó. Era evidente que no tenía ni idea del impacto que le había causado mucho antes de conocer su título.


-De acuerdo, lo llamaré Pedro, siempre y cuando no se me arroje a una mazmorra y se me decapite por ello.


-Una cabeza tan hermosa debe permanecer sobre el cuello y los hombros -indicó en el acto-. En cualquier caso, mi palacio de la capital, Solano, no tiene mazmorras. Para encontrarlas tendría que visitar a mi hermano, el príncipe Leandro, que gobierna la Isla de los Ángeles. Aunque recibe ese nombre, hace siglos se usaba para desterrar a los criminales y las mazmorras se mantienen como una curiosidad histórica. Debería verlas, como visitante, desde luego.


-No, gracias -tembló-. En una ocasión visité el antiguo centro penitenciario de Port Arthur, en Tasmania, y tardé poco en salir de sus muros. Parecían impregnados de las pobres almas de los que habían sido encerrados allí.


-Creo que Leandro coincidiría con usted. De pequeños, nuestra hermana menor, Luciana, nos retó a ir a las mazmorras y Leandro comentó algo muy similar.


La idea de que Pedro tuviera un hermano y una hermana, y que jugara con ellos de niño, lo hacía demasiado humano. Además, aún tenía fresca en la mente la imagen de él enseñándole a nadar a su hijo.


-Espero que sea un gobernante benevolente -comentó.


-¿A diferencia de su hermano mayor?


La benevolencia no era una cualidad que le atribuiría a Lorne. La irritó que fuera capaz de leer en ella tan bien cuando apenas la conocía.


-Por lo que he oído, es usted un monarca popular.


-Pero no con usted -adivinó con la misma exactitud casi sobrenatural.


Paula se recordó que aquel sentimiento sin duda sería mutuo. De no ser por la insistencia del médico de que debía reposar, estaba convencida de que ya habría vuelto a su hostal en Allora.