martes, 13 de octubre de 2020

El Millonario: Capítulo 39

 Pedro despertó temprano, perdido entre un sueño delicioso y unos recuerdos estupendos de las últimas horas. Paula y él habían hecho el amor otra vez en medio de la noche. Y se habían tomado su tiempo... haciendo turnos. Y cuando la tuvo entre sus brazos, dormida, se sintió más feliz que nunca. Él solía dormir con una mano debajo de la almohada, otra encima y una pierna sobre las sábanas, dispuesto a salir corriendo si era necesario. Pero esa mañana despertó hecho una bola, calentito, seguro, con sus brazos alrededor de... Una almohada. Pedro la apretó. Sí, no había duda, era una almohada. ¿Dónde estaba Paula?  Había despertado solo en la cama todas las mañanas de su vida. Incluso cuando salía con alguna chica, ninguna se había quedado a dormir. Nunca. Primero porque no quería molestar a su hermana y, cuando se mudó a Sorrento, para evitarse problemas. Pero aquella mañana, al ver que Paula no estaba a su lado se sintió... solo. Se había ido. Después de lo que hubo entre ellos por la noche, ella se había ido. Aún podía oler su perfume en la almohada. Y si cerraba los ojos, podía sentir el calor de su piel. Sabía sin la menor duda que se había ido para protegerse. Pero si él era el hombre que debía ser, si era el hombre que Paula esperaba que fuera, iría a buscarla. Hasta los confines de la tierra si era necesario. De modo que se levantó de un salto y se dió la ducha más rápida de su vida. Quizá porque ahora el suave «te quiero» que había oído antes de quedarse dormido era la banda sonora de su vida.




Paula estaba sentada al borde de la cama, mirando un nido de pájaros en el alféizar de la ventana. La madre iba y venía llevando gusanos para los pequeñines, que levantaban la cabeza, airados, abriendo mucho el pico para recibir su alimento. Había llegado el verano, pensó. ¿Cuándo había llegado? ¿Habían pasado seis meses desde aquella noche, cuando hizo la maleta a toda prisa y se alejó de Melbourne, de su vida, de sus amigos, de su marido?  Le parecía como si fuera el día anterior, cuando abrió la maleta y descubrió que había llevado sujetadores y bragas para tres personas, pero ni pasta de dientes, ni crema para la cara, ni gel de baño, ni esponja... Había guardado mil camisetas, montones de vaqueros y un vestido de lentejuelas que jamás podría ponerse en Sorrento, pero ni un solo par de zapatos. Sólo unas sandalias de tacón y unas zapatillas de deporte. Recordaba que había caído al suelo, llorando amargamente, mirando aquella habitación vacía, con Smiley a su lado, tocándola con el morrito para comprobar que estaba bien. Y ahora tenía una cama, un estéreo, una panorámica de la playa, un hombre complicado del que se había enamorado por completo y una nueva carta del banco diciéndole que tenía que pagar el recibo de la hipoteca o podía despedirse de Belvedere. Miró el trozo de papel pintado que se desprendía de la pared. Furiosa, se levantó y tiró del papel con las dos manos, dejando al descubierto una pared pintada de color azul. Pero al menos la casa no se le había caído encima. Algo era algo.


-Muy bien. ¿Te sientes mejor ahora? -murmuró.


-¿Paula? -oyó una voz abajo.


Bien, tenía que empezar a cerrar la puerta. Belvedere se había convertido en el metro de Sorrento. Pero su corazón empezó a latir con fuerza. Porque era Pedro. Había sabido que iría a buscarla, pero no esperaba que lo hiciera tan pronto. Salió de la habitación e iba a bajar la escalera cuando se chocó con él.


-Cuidado...


-Paula...


-Pedro.


-Te fuiste de mi casa -la acusó él.


-Sí, lo sé. Me pareció lo mejor.


-¿Por qué?


-No me debías el desayuno, ya me diste de cenar. Pedro, de verdad, no pasa nada. Estoy bien... Estamos bien. Es que no quería que pensaras que yo... 

El Millonario: Capítulo 38

 Ella lo miró, pestañeando. Dispuesta, pero nerviosa. Como si fuera su primera vez. También él sentía como si fuera su primera vez. Porque sus sentimientos hacia Paula eran confusos, profundos y conflictivos. Se quedó allí, mirándola, sin saber qué hacer. Y entonces ella, sin dejar de mirarlo a los ojos, apartó las manos de sus hombros, se quitó el top azul sin decir nada y lo dejó caer al suelo. Pedro lo miró y miró también las uñas de sus pies, con manchitas de pintura azul. Cuando levantó la mirada, ella estaba sonriendo, invitadora. Una semana antes había deseado aquello más que nada en la vida, pero entonces Paula no era libre. Y ahora... Ahora ella estaba allí, abriéndose como un precioso regalo, sonriendo, deseándolo, y al final Pedro supo exactamente lo que debía hacer.



Paula despertó y notó enseguida el delicioso olor que llegaba de la cocina. Respiró profundamente y se estiró, soñolienta y feliz, sintiendo el roce sensual de las sábanas en su piel desnuda. ¿En su piel desnuda? Ella siempre dormía con braguitas. Entonces se incorporó, mirando alrededor... y recordó dónde estaba. Su dormitorio blanco, con el trozo de papel pintado desprendiéndose, había sido reemplazada por una habitación con paredes forradas de madera, iluminada sólo por una discreta lámpara. Enseguida vió la marca de una cabeza en la almohada, a su lado. Pasó la mano por ella cariñosamente. La marca de Pedro. Entonces se dejó caer sobre la cama de nuevo, estirándose todo lo que le era posible hasta ocupar la cama entera. Sonriendo, satisfecha. Sólo le gustaría poder darse una ducha... Cuando miró a la izquierda, vió un cuarto de baño. Luego, después de una rápida mirada hacia la puerta, corrió desnuda hacia allí. Suspiró bajo la ducha, recordando las horas pasadas entre los brazos de Pedro, besándolo, cerrando los ojos mientras él la besaba. Entonces notó un sabor salado y se dió cuenta de que estaba llorando, las lágrimas mezclándose con el agua. Pero estaba segura de que no lamentaba nada, sólo era la emoción. Había sufrido tanto después de la traición de Fernando, que pensó que nunca volvería a ser feliz.  Conocer a Pedro, sentirse atraída por él, enamorarse de él... y dejar de pensar en Fernando para siempre era algo nuevo, maravilloso. Un nuevo principio. Era libre. Libre para vivir como quisiera. Y lo primero que había hecho con su libertad era correr a los brazos de otro hombre. Se le cayó el jabón de las manos. «¿Cómo se te ha ocurrido? ¿No podías haber esperado unos días? El tiempo suficiente para saber si puedes seguir viviendo en Belvedere. No, porque eso podría haberme dado la excusa perfecta para salir corriendo, y necesitaba estar con él». Sin embargo, sabía que Pedro aún no se quería lo suficiente a sí mismo como para confiar del todo en otra persona.


-Sí, bueno, esta vez por lo menos sé eso. Estoy advertida, así que, pase lo que pase, no me pillará por sorpresa.


Suspirando, salió de la ducha y se secó vigorosamente con la toalla. Luego se vistió y, como si estuviera caminando por la plancha, se dirigió a la cocina. Pedro tenía el pelo mojado y llevaba unos vaqueros caídos de cintura y la camisa gris con la que le había abierto la puerta. Y estaba guapísimo. El David de Miguel Ángel no podía compararse con él.


-Hola, Pedro.


-Hola -la saludó él, levantando la mirada.


Paula carraspeó, nerviosa. Como todas las mujeres de su generación, había visto todos los episodios de Sexo en Nueva York y aun así no sabía qué hacer.


-¿Tienes hambre? -le preguntó él, con toda naturalidad.


-Sí, la verdad es que sí.


-Pues siéntate -dijo Pedro, señalando los taburetes que había frente a la encimera de mármol negro-. Estos calamares los he pescado yo mismo.


-¿En serio?


-Sí, ya te dije que desde el muelle se pescaban unos calamares estupendos.


Pedro tenía una sonrisa en los labios. Parecía feliz de tenerla allí. Estaba cocinando para ella. De modo que se quedaría. Hasta que llegase el momento. O para siempre.  ¿Para siempre? Paula cerró los ojos un momento. Porque acababa de descubrir que no había ido a su casa sólo para hacer el amor. Había ido porque estaba enamorada de Pedro. Estaba enamorada de él. Después de cenar, entre sus brazos de nuevo, en la cama, sólo podía pensar en el brillo de intimidad que había en sus ojos mientras cenaban juntos. Un brillo que le decía que no iba a irse, que no iba a desaparecer. Paula se quedó plácidamente dormida mientras las palabras «te quiero» aparecían en su mente como movidas por las olas. 


El Millonario: Capítulo 37

 -Cuando vivías en Sidney te dedicabas a renovar edificios históricos - dijo ella, mirando alrededor con cara de sorpresa-. Debiste de ganar mucho dinero. 


-Sí.

-No eras un simple trabajador manual. 


-No, era el propietario de la empresa -contestó Pedro-. Soy arquitecto y mi empresa se convirtió en un éxito. Antes de venir aquí la vendí por... digamos que una buena cantidad de dinero.


-Y esta casa... ¿La has diseñado tú?


-Sí, hasta el último rincón. Lo considero mi última aportación al mundo de la arquitectura -sonrió él.


-Es preciosa, Pedro.


-Gracias.


-Pero si tienes tanto talento... ¿por qué lo has dejado?


-Porque era un juego. Conseguir el mejor contrato, el edificio más caro. Cuanto más dinero ganas, más quieres. Y, de repente, se convierte en lo único importante en la vida. Y entonces ya es demasiado tarde.


-Sí, claro. Siempre me había preguntado si las personas que sólo viven por el dinero pueden recapacitar y darse cuenta de que están tirando su vida por la ventana. Por lo visto, hay algunos que sí.


-Sí -sonrió Pedro-. Así que me vine aquí y decidí trabajar con las manos cuando me apeteciera y sentir el sol en la espalda. No quería hacerte pensar lo que no era, pero nunca encontraba el momento para contártelo.


-Lo entiendo -murmuró Paula.


-¿Y por qué tengo la impresión de que te has llevado una decepción?


-Pues... quizá porque estoy un poco decepcionada.


Pedro soltó una carcajada.


-Mira que eres rara, Paula Chaves. La mayoría de la gente se pone a dar saltos de alegría cuando descubren que no soy un vagabundo.


-A mí me gustaba el vagabundo.


Pedro entendió lo que quería decir. Pedro el manitas era libre, perfecto para un revolcón. El amante de transición después de un divorcio. Sí, también a él le había gustado ser ese hombre durante unas semanas. Pero Pedro el millonario era otra cosa. Quizá demasiado parecido a la vida que Pala había conocido una vez. Y él no quería que se apartase. 


-Viéndote en el jeep, con la coleta y la bandana en el pelo nadie pensaría que eres una artista reconocida.


-Lo sé, pero pensé...


-Sé lo que pensaste -la interrumpió él.


Había visto el deseo en sus ojos. Durante días. Un deseo prohibido. Pero ahora no había nada que les impidiera estar juntos. De modo que, antes de que pudiese recapacitar, Pedro se inclinó para tomar su cara entre las manos... y la besó. Con un suspiro suave y resignado, ella le echó los brazos al cuello y le devolvió el beso. Y él no pudo evitar emitir un gemido ronco de deseo.


-Paula...


-Pedro...


-¿Sí? -contestó él con voz ronca-. ¿Qué puedo hacer por tí?


Pero en lugar de contestar, ella se puso de puntillas y le dió otro beso en los labios. Cuando se apartó, Pedro acarició su cara.


-Paula, quiero que sepas que te he deseado desde el primer día. Desde que entré en tu casa y te oí soltando palabrotas.


-¿Me oíste?


-Y no fue la única vez. Dices más palabrotas que un marinero.


Ella sonrió, apretándose contra su torso.


-Yo también te he deseado desde el primer día, desde que apareciste con tu cinturón de herramientas y tu funda de almohada.


Eso era todo lo que Pedro necesitaba oír. Todo lo que pensaba oír. De modo que se inclinó, un poco y la tomó por detrás de las rodillas.


-¿Qué haces?


-Llevarte a mi dormitorio -contestó él.


Siempre le había gustado el tamaño de esa habitación, sus paredes forradas de madera, la cama enorme, las sábanas de color café y los colores tierra del Nolan que colgaba en la pared, en contraste con los colores brillantes de las plantas del patio. Y no se le ocurría una mujer más atractiva para compartirlo que Paula Chaves. Por fin, llegó a la cama y la dejó en el suelo, despacio, con reverencia. 

jueves, 8 de octubre de 2020

El Millonario: Capítulo 36

 Había pensado que Pedro era demasiado tranquilo como para ser un hombre interesado en el dinero, pero viendo su preciosa casa se preguntó si la verdad sería que había entrado en la carrera de ratas que eran los negocios, había ganado y se había retirado a Sorrento para vivir feliz el resto de sus días. Ahora, las palabras de Freya tenían sentido. «Está forrado», había dicho. Entonces no la tomó en serio, pero... «Pero él no es como los otros», pensó. Los otros ganaban dinero para que lo viese todo el mundo, para que envidiasen su éxito. Lo único que él mostraba a todo el mundo era su sonrisa y su disponibilidad. Suspirando, Paula tomó la botella de vino que había comprado en el pueblo y el sobre con los papeles del abogado y saltó del jeep. Unas elegantes lámparas de gas alumbraban el camino hasta la puerta. Sus sandalias de tacón, las únicas que tenía, crujían sobre la gravilla y sintió que le temblaban las piernas. Pero cuando llegó a la puerta vio un cartel que decía "He salido a pescar". Eso la hizo sonreír. Los hombres que había conocido antes en su vida habrían muerto antes de poner un cartelito así. Pedro era diferente. Y eso era lo que le gustaba de él. Se pasó una mano por el pelo, bien peinado por primera vez en muchos meses, se colocó la tira del top azul y llamó a la puerta con los nudillos. No podía estar pescando porque era de noche, se dijo. Enseguida oyó ruido de pasos y luego el suave susurro de una cadena. Y un segundo después vio la cara de Tom. Había algo extraño en ir por primera vez a la casa de un hombre, una sensación rara al verlo en su propio terreno. Con una camiseta gris y unos calzoncillos de cuadros rojos, de repente era como un desconocido para ella.


-¡Paula! -exclamó, al verla.


-Hola.


Iba un poco despeinado, como si hubiera estado durmiendo la siesta, y tenía un recipiente de comida china en la mano.


-¿Qué haces aquí?


Paula respiró profundamente y le mostró la botella de vino y el sobre que llevaba en la mano.


-Estoy divorciada -anunció-. Y quiero celebrarlo. 


Le pareció ver un brillo en sus ojos, pero podía haber sido un truco de la luz. Por un momento, sintió miedo. Quizá ésa no era una buena noticia para él. Quizá saber que era libre le daría miedo. Quizá pensaría que ella quería... algo más que una amistad y estaba a punto de decirle que estaba ocupado. Pero no, Pedro dió un paso atrás y, sonriendo de oreja a oreja, en una clara invitación, le indicó que entrase. Él sonreía, sí. «Esto sí que es inesperado». Sobre todo porque cuando se marchó de su casa esa mañana se había ido sin saber qué iba a ser de ellos dos. Entonces vió su imagen en el espejo y se dió cuenta de que estaba hecho un asco. No podía recibir a «Lady Chaves» con ese aspecto. Debería ponerse unos vaqueros, pensó. Pero no quería distraerla, ni darle oportunidad para que saliera corriendo. Además, estaba guapísima. Se había peinado, por fin, y llevaba un top azul de seda y unos vaqueros que le quedaban de maravilla. Y sandalias de tacón. ¿Para él?


-¿Has colgado el cuadro? -exclamó Paula al entrar en el salón.


-En cuanto llegué a casa -le confesó él.


-¿En lugar de un Drysdale? -preguntó ella, señalando el cuadro que estaba en el suelo-. ¿Tienes un Drysdale?


-Y un Nolan, en mi dormitorio.


-Y si no me equivoco, esa escultura es un Rodin. ¿Una copia?


-No.


-¡Pero si vale una fortuna!


-No creas. La conseguí por un precio razonable hace unos años. Fue un regalo para mi hermana. Melina era una fanática del arte, ¿Sabes?


-No tenía ni idea.


-Lo era, sí. Así que esa escultura para mí no tiene precio.


-Sí, entiendo.


En ese momento, Pedro supo que no era el momento de pensar en Melina.  Ariel tenía razón. Durante años, no había podido dejar de pensar en su querida hermana, deseando haber podido hacer un milagro. Pero aquel momento era para Paula y para él. Para nadie más. 

El Millonario: Capítulo 35

 Paula se encogió de hombros.


-Al final, eso no importa nada. Además, el que compre esos cuadros no estará interesado en saberlo. Lo que importa es el placer que sienta al colgar esos cuadros en su casa.


-Pero yo pensé que esta serie era... especial. Esa noche, cuando viste tu cara, lloraste como una niña y pensé...


-¡Estoy en la ruina, Pedro! -exclamó Paula entonces.


Él puso cara de susto. Pero no tenía derecho a hacerla sentir culpable por vender su trabajo.


-Si no vendo esos cuadros, tendré que irme de aquí y no quiero que eso pase. Es así de sencillo. Puede que no te hayas dado cuenta, pero soy una artista más o menos famosa y he ganado mucho dinero con mis cuadros... pero sólo en los últimos dos años. Y fue entonces cuando Fernando buscó otra mujer porque pensó que yo ya no le necesitaba. He seguido pagando lahipoteca como he podido, pero no le he pedido un céntimo a mi ex marido. Y, considerando que no he vendido un solo cuadro en casi un año, digamos que las cosas no me van muy bien.


Pedro tragó saliva.


-¿Y si vendes esos cuadros ganarás lo suficiente para seguir viviendo en Belvedere?


Paula se encogió de hombros.


-¿Quién sabe? Pero ahora mismo, con mis muebles, con ese fabuloso paisaje que, gracias a tí, puedo ver desde mi ventana, estoy dispuesta a hacer lo que tenga que hacer para conservar esta casa. Incluyendo dejar que esos cuadritos de nada salgan al mercado con mi firma. ¡Así que deja de mirarme con esa cara y deséame suerte!


«Hazlo», pensó. «Deséame suerte. Dilo porque, a pesar de tus problemas y tu determinación de no dejar que nada te afecte, yo sé que tú también quieres que me quede».


-Buena suerte -dijo Pedro, colocándose El gran azul bajo el brazo-. ¿Nos vemos mañana?


-Sí, eso me gustaría mucho.


El sol se había puesto y su rostro estaba en sombras, de modo que Paula no pudo ver lo que había detrás de esos ojos pardos mientras se alejaba hacia la puerta. 


Poco después de que Pedro se hubiera ido, Paula recibió el sobre que había estado esperando. La razón por la que dejaba la puerta de la entrada abierta todos los días. La razón por la que el teléfono siempre estaba encima de su mesa de trabajo. Mientras miraba los papeles que le había enviado su abogado para confirmar la finalización del divorcio, por primera vez en su vida sintió que estaba sola. Soltera. Libre. Tenía la impresión de que podía ser tan espontánea como quisiera, que podía correr por la casa desnuda o ponerse a hacer el pino si le daba la gana. O comerse la pasta del día anterior directamente de la nevera, sin calentarla en el microondas.  Por primera vez en su vida podía hacer lo que quería hacer. Y eso hizo. Veinte minutos después estaba en el jeep, subiendo la cuesta que llevaba hasta la casa de Pedro. Habría llegado allí en diez minutos, pero había tenido que buscar su dirección. No estaba en la guía y la ferretería de su primo Ariel estaba cerrada, de modo que tuvo que llamar a Laura. Ella conocía a un chico que conocía a una chica que conocía a un tipo cuyo padre era buen amigo de los Alfonso. Y allí estaba. ¿Qué habría al final de esa cuesta, una caravana, una cabaña, una casa medio derruida que él estaría renovando con sus propias manos? Pero no, no había nada de eso. Lo que vio la dejó sin aliento. A la derecha, una pista de tenis inmaculada. A la izquierda, una piscina cubierta con techo de cristal y un muelle de madera que llevaba hasta una casa magnífica rodeada de buganvillas y sauces sobre el acantilado. ¿Ésa era la casa de Pedro Alfonso? Mientras apagaba las luces del jeep, vió un porche que daba la vuelta a la casa. Un porche lleno de flores y plantas bien cuidadas. Olía de maravilla, a flores, a tierra recién regada. Y a veinte metros de la casa, una pendiente de hierba que llevaba directamente hasta la playa. Ella había pensado que la vista desde Belvedere era fabulosa, pero aquello... aquello era un paraíso. Y debía de valer una fortuna. 

El Millonario: Capítulo 34

 -No tiene sentido que te metas en nada hasta que no te hayas perdonado a tí mismo por lo de Melina. La echas de menos... y eso es normal. Eso significa que no la olvidarás nunca. Pero no puedes meter tu corazón en una nevera, Pedro. No puedes porque algún día querrás usarlo. Y tienes todo el derecho del mundo a hacerlo.


Pedro lo miró, sorprendido.


-No sabía que fueras un romántico.


-Sí, bueno, es que veo muchos programas de televisión de ésos que ponen por las mañanas.


Pedro soltó una carcajada, pero mientras veía a Ariel salir del bar para volver a casa con sus mujeres sintió algo muy parecido a la envidia. Se pasó el día siguiente trabajando como un poseso, sin parar siquiera para comer.


Paula lo miraba desde la ventana del estudio de vez en cuando. Se pasaba las manos por el pelo más de lo normal, pensó. Pero con tanto trabajar, la maleza ya casi había desaparecido. ¿Cómo podía mantenerlo en casa más tiempo? ¿Qué podía hacer, pedirle que pintase los armarios de la cocina? No, imposible. No tenía dinero para pagarle. Mientras tanto, se dedicaba a envolver la serie Borrones azules, cuadritos sin importancia que había hecho en los últimos días, en el plástico de los muebles. Luego llamó a un mensajero para que se los llevara a su agente, que estaba frenética. Si Tamara podía venderlos por cien o doscientos dólares la pieza, habría conseguido dinero para el recibo de la hipoteca. Genial. Una pieza que no le apetecía vender era la que había empezado cuatro días antes. Estaba terminada y era fabulosa. Mientras El gran azul era un reflejo de su cara, aquél era un reflejo de su corazón. No era ni un paisaje ni un retrato, pero era un auténtico Paula Chaves. Quizá Tamara podría pedir más dinero por ése. El dinero se había convertido en algo importante para ella. Más importante que nunca porque significaba que podía quedarse a vivir en Belvedere.


-Bueno, ya he terminado -anunció Pedro, entrando en el estudio.


-¿Ya has terminado por hoy o ya has terminado del todo?


-Del todo, se acabó, ya está todo hecho -suspiró él.


-Aún te queda un día, si lo necesitas -sugirió Paula. 


-El camino está limpio. Pero he dejado unas ramitas para que las cortes tú... como si fuera una cinta de inauguración. ¿Quieres que te lleve allí ahora mismo? Detrás de las ramitas está la playa.


-No, esta noche no -contestó Paula. 


No estaba preparada para decirle adiós. Había pensado que tenían un día más. Necesitaba al menos un día más. De hecho, si era sincera consigo misma, necesitaría un siglo antes de estar lista para dejarlo ir del todo.


-Pero podemos hacerlo mañana por la mañana. Con luz será mejor.


-¿Podemos?


-Smiley y yo -contestó Paula, cortada.


-Muy bien, como quieras.


-¿Quieres llevarte El gran azul ahora o mañana?


-¿Dónde están los demás?


-Ya no están. Se los he enviado a mi agente para que los ponga a la venta.


-¿Vas a venderlos?


-Pues... eso es lo que suelo hacer, Pedro -contestó ella, estupefacta-. Mira, toma tu cuadro -dijo entonces, poniendo en sus brazos El gran azul.


-No puedo aceptarlo.


-¿Por qué no?


-Porque es demasiado... personal.


¿Demasiado personal?


-No te entiendo.


-Has pintado un retrato de ti misma por alguna razón, Paula. Quizá deberías conservarlo.


-Todos los cuadros que he vendido los había pintado por alguna razón. Y muchos Rembrandt son autoretratos. ¿No aceptarías uno de ésos como regalo?


Pedro dejó escapar un suspiro.


-¿De verdad piensas vender los demás?


-Claro.


-¿Tu agente sabe qué significan? 

El Millonario: Capítulo 33

 -Paula, ese hombre debería saber que puedes vivir sola, que te gusta la vida que has creado para tí aquí. Debería saber sobre El gran azul y lo que te ha costado empezar otra vez... debería saber que has tenido la valentía de empezar de nuevo sin herir a nadie, Yo creo que eres una persona muy valiente.


-¿De verdad? 


-Pues claro que sí.


-¿Crees que le he perdonado demasiado rápido, Pedro?


-Pues sí, creo que sí.


-¿Crees que debería quemarse en el infierno por lo que me hizo?


-Desde luego que sí.


-¿Porque es así como deberían castigarte a tí por no haber estado al lado de Melina cuando murió?


-¿Perdona... qué?


-Pedro, Melbourne está a una hora de aquí, pero tú vivías al otro lado del país. Sidney es un sitio lleno de emoción, de actividades, de cosas que hacer. Cambiaste esa ciudad por un pueblo diminuto. ¿Crees que a Melina le haría feliz saber que estás escondido aquí?

-Esta conversación no era sobre mí -protestó él. 



-Venga ya, Pedro. Piénsalo. Piensa por qué estás aquí. Piensa en lo que haces por mí. Tú no pudiste hacer nada por Melina, por eso dejaste tu trabajo. Para poder arreglar la vida de los demás.


Pedro se preguntó si habría estado hablando con Ariel.


-No es por eso. Me gusta trabajar con las manos y...


-Tonterías. 


-¿Perdona?


-Que son tonterías. Tú no puedes arreglar mi vida y luego seguir adelante como si fueras... no sé, un ángel de la guarda. Yo no necesito una figura paterna, Pedro. Ya no. Y tampoco necesito un ángel de la guarda. Necesito amigos y necesito relaciones de igual a igual. No estoy preparada para recibir más que para dar y viceversa.


Pedro se quedó sin palabras. Lo último que había deseado siempre era encontrarse en la posición de tener que hacer feliz a otra persona. Pero había cambiado. ¿Cómo lo sabía Paula? ¿Cómo sabía que, por primera vez en su vida, deseaba ayudar, consolar, hacer que las cosas fueran mejores para los demás? Pero, aunque lo supiera, estaba dejando bien claro que ella no quería eso. Se levantó, confundido.


-Muy bien. Ahora que lo hemos aclarado, lo mejor será que vuelva a trabajar.


-Sí, he oído que tu jefa es una negrera. Será mejor que te pongas a ello.


-Eso voy a hacer.


Luego se alejó, más confuso, enfadado y frustrado que nunca en toda su vida.



Esa noche, Pedro estaba en el bar del Sorrento Sea Captain tomando su tercera cerveza cuando Ariel apareció, el pelo despeinado y una mancha de puré en la camisa.


-A ver, aquí llega la caballería. Ya estoy aquí. ¿Qué ha pasado?


-Necesito consejo.


-¿De mí? -Ariel parpadeó, incrédulo.


-Tú eres el único hombre que conozco con una relación que ha sobrevivido más de un año. Así que lo siento, amigo, pero eres lo único que tengo.


-Muy bien, dime. 


-Es sobre Paula. 


-Pedro...


-Escúchame. Y no me juzgues.


-Muy bien, te escucho.


-Esta tarde me ha dicho que me dedico a cambiar el detector de humos de las hermanas Barclay como castigo por no haber estado al lado de Melina cuando murió.


-¿Y?


-¿Y? -repitió Pedro, atónito-. ¿Tú estás de acuerdo?


-Pues sí. No hay que ser un ingeniero espacial para saber que eso es verdad. Melina y tú eran como uña y carne. Los mejores amigos, además de hermanos. Su muerte fue un golpe terrible. Eras arquitecto, un arquitecto importante que había ganado mucho dinero y respeto por tu trabajo. Ahora eres un manitas que conduce una vieja camioneta y trabaja por casi nada. No hay que ser muy listo, hombre.


-Ya.


-¿Es lo que ella ha dicho lo que te tiene tan cabreado o cómo lo ha dicho?


-No lo sé. Pero, desde luego, Paula no es una damisela en apuros.


-Vaya, qué te parece.


-Lo creas o no, cambiar bombillas ha sido suficiente para mí durante estos últimos años. Eso y pescar, cocinar, el sol, la pasta, las cervecitas. Tú sabes mejor que nadie lo bien que se vive aquí.


-Sí, pero...


-Pero desde que conocí a Paula es como si viera todo lo que falta a esa fotografía perfecta, como si hubiera descubierto un agujero. Y no sé cómo llenarlo.


-Aparte de que sea una mujer casada... ¿Qué quieres de ella, Pedro?


-No lo sé.


No quería un revolcón, eso seguro. Porque, por primera vez en muchos años, sentía que algo dentro de él empezaba a abrirse.


-¿Quieres que te dé un consejo? -preguntó Ariel.


-Sí, por favor.