jueves, 7 de mayo de 2020

Pasión: Capítulo 37

Pedro no se sorprendió al ver que no era capaz de dormir. Llevaba más de una hora dando vueltas en la cama. Se incorporó y masculló un juramento. Salió al patio. Podía ver su silueta sobre una tumbona, bajo la luz de la luna. Caminó hasta ella y vió que su ropa estaba perfectamente doblada y apilada. Su vestido de gala era un charco de color y luz sobre el suelo. La miró, preparándose para ese efecto inevitable. Estaba relajada. El pelo alrededor del rostro. Más rojo que nunca contra el forro color crema de la tumbona. Estaba hecha un ovillo, la postura que más le gustaba. Su hermano la había protegido en aquella ocasión y, por alguna extraña razón, sentía celos incluso de eso. Quería dar media vuelta y alejarse, pero no lo hizo. Se inclinó, la tomó en brazos. Ella se despertó y se apoyó contra él, resistiéndose.

-Espera. -su voz sonaba adormilada y sexy.

Pedro ya estaba respondiendo. Apretó la mandíbula.

-Basta. Tú me lo has dejado todo claro y yo también a tí.

Volvió a dejarla sobre la tumbona, miró esos ojos tan expresivos y entonces volvió a tener esa sensación.

-No quería ser tan brusco -sacudió la cabeza y ahuyentó ese sentimiento que ya empezaba a ablandarle-. No tienes que decirme nada, Paula. La situación no ha cambiado con respecto a tu hermano.

Ella le puso las manos sobre el pecho. Su voz sonaba ronca, llena de emoción.

-¿Me estás diciendo que no quieres que te diga nada porque no te interesa?

Pedro sintió que la ternura volvía. acompañada de un deseo de reconfortarla. Reprimió el impulso con dureza. Nunca se había sentido tan cruel, pero tenía que permanecer inmune al influjo de Paula.

-El motivo por el que tu hermano hizo lo que hizo me trae sin cuidado. A mí me gustan las cosas concretas, pero él me robó dinero. Tú, en cambio, me importas bastante más ahora, así que no quiero hablar de tu hermano o de tu pasado. ¿Trato hecho?

Paula ya estaba completamente despierta. Podía sentir la presencia de Pedro, absorbiéndola, engulléndola. Quería oírla decir que sí, desesperadamente. Podía sentirlo. Pero incluso en ese momento, a pesar del dolor del rechazo, era capaz de engañarse a sí misma pensando que veía algo profundo en su mirada, algo tierno, vulnerable. Le deseaba de una forma que la hacía sentir vergüenza de sí misma. Hubiera querido pagarle con la misma moneda, darle donde más le dolería, pero sabía que no podía hacerlo.

-Trato hecho -le dijo finalmente, odiándose a sí misma.

Pedro guardó silencio; su rostro serio e imperturbable. La tomó en brazos y la llevó de vuelta al dormitorio.

Aterrizar en Nueva York dos días más tarde fue una experiencia totalmente distinta de aterrizar en Bangkok. A sus pies se extendía un mar de edificios grises que se perdían en el horizonte. Pedro estaba trabajando, sentado al otro lado del pasillo.  Examinaba unos papeles con el ceño fruncido. Paula volvió a mirar por la ventana. El trato se había convertido en una tregua sin que ninguno de los dos dijera nada. Solo hablaban de temas neutrales. Él la había llevado a conocer el Grand Palace de Bangkok, los mercados flotantes. La hizo montar en Tuk-Tuk.

-¿En qué piensas?

Paula se sobresaltó. Miró a Pedro. El corazón le dió un vuelco. No quería recordar que se estaba enamorando de él. Era demasiado peligroso. Si no pensaba en ello, el sentimiento podía desaparecer. quizás. Forzó una sonrisa.

-Solo pensaba que la última mujer a la que llevaste a Bangkok no debió de disfrutar tanto del viaje en Tuk-Tuk.

Pedro guardó silencio un momento.

-Nunca he traído a nadie a Bangkok -dijo, en un tono casi de sorpresa.

El corazón de Paula se hinchó peligrosamente.

-Bueno, pero seguro que las has llevado a Nueva York.

Pedro le clavó la mirada, como si le estuviera lanzando una advertencia. Se estaba adentrando en terreno peligroso.

-Sí. Claro que he llevado a Nueva York a algunas mujeres. Suelo venir aquí con mucha más frecuencia -volvió a concentrarse en sus papeles.

Llevaba más de una hora fingiendo estar ocupado con esos documentos, pero en realidad no había hecho más que seguir todos y cada uno de sus movimientos. Casi se echó a reír al imaginarse a alguna de sus antiguas novias subiéndose a un rickshaw motorizado. No lo habrían hecho ni aunque les hubiera pagado. Miró por la ventanilla. El horizonte de Nueva York se acercaba cada vez más. Allí se sentiría más seguro en compañía de Paula. Y la mantendría a raya, aunque eso le matara por dentro.

Ya en el coche, de camino a la ciudad, Paula notó la distancia de Pedro. Estaba más seco y formal que nunca. Pero decidió no dejar que eso la afectara. Se volvió hacia la ventanilla y se dedicó a contemplar los icónicos rascacielos. Cruzó uno de los muchos puentes que conducían a Manhattan. A medida que se adentraban en la isla, los taxis amarillos empezaron a abundar por todas partes.

martes, 5 de mayo de 2020

Pasión: Capítulo 36

Pedro se levantó, con la mano extendida, como si estuviera a punto de irse, a punto de llevársela con él. Paula también se incorporó, a punto de tomarlo de la mano. pero entonces se detuvo. Su expresión hermética la hizo sentir algo desesperado, una necesidad imperiosa de que él la entendiera.

-Espera. Quiero decirte algo.

Pedro dejó caer la mano.

-Paula, no tienes por qué contarme estas historias.

-No son historias. Y sí que necesito contártelas -dijo, sin darle tiempo a protestar-. Gonzalo, mi hermano,  somos mellizos -hizo una mueca-. No somos idénticos. Claro. Yo soy la mayor por veinte minutos. Él estuvo a punto de morir. Cuando éramos pequeños, era muy enclenque y tenía unas gafas con cristales muy gruesos. Me acostumbré pronto a defenderle de los matones del colegio. Él nunca pudo hacer frente a esas cosas, pero yo sí. Nunca volvió a ser el mismo después de que nuestra madre nos abandonara. -la voz de Paula temblaba de dolor-. Era demasiado listo, demasiado callado. Siempre fue el objetivo perfecto. A lo mejor resulta difícil de creer, pero él nunca quiso esa vida  ser pandillero, meterse en las drogas.

-¿Y entonces por qué lo hizo? -le preguntó Pedro, tratando de no sonar irónico.

Paula sintió vergüenza, pero se mantuvo firme.

-Le daban unas palizas tremendas. Un día le pegaron tan fuerte que terminó en el hospital. Le dejaron muy mal. Era más fácil ceder que plantarles cara. Yo hice todo lo que pude, pero no fue bastante. Teníamos catorce años. En pocos meses estaba enganchado al alcohol. Las drogas no tardaron en llegar. Dejó el colegio. Se rindió.

-¿Y tú lo sigues defendiendo incluso ahora?

Una vez más, Pedro habló en ese tono altivo y sarcástico. Paula lo miró fijamente. ¿Cómo iba a explicarle los lazos que la unían sin remedio a su hermano? Asintió con la cabeza lentamente.

-Sí. Le defiendo. Y lo defenderé siempre. Al igual que él me defendió a mí.

Pedro frunció el ceño, impaciente.

-¿Qué quieres decir? ¿Defenderte de qué?

Paula sabía que sus palabras no iban a ninguna parte, pero ya no podía parar.

-Había una casa de acogida en la que pudimos quedarnos juntos -respiró hondo-. Había un hombre en la casa. Solía mirarme de una forma rara, y me tocaba cuando no había nadie. Al principio no fue nada serio, una palmadita en el trasero o un pellizco en el brazo. Pero una noche vino a mi habitación cuando su mujer no estaba. Se sentó en mi cama y empezó a contarme lo que quería hacer conmigo. Gonzalo estaba en la habitación contigua, con otro chico. Yo estaba sola. Tenía tanto miedo que no podía moverme ni hablar. Justo cuando el hombre estaba a punto de meterse en la cama conmigo, entró. No dijo nada. Simplemente esperó a que el hombre se levantara y se fuera. Y a partir de ese momento, hasta el día en que nos fuimos de la casa, durmió conmigo. Nunca me dejó sola, ni una vez.

Pedro contempló el rostro pálido de Paula. Sus palabras eran como bombas que detonaban en su cabeza, en su cuerpo. Quería volverse loco, tirar los muebles por la terraza, romper cosas. Quería estrecharla entre sus brazos y no dejarla marchar nunca más. Temblaba con solo pensarlo. Las emociones estaban a flor de piel, le atenazaban. Haciendo un gran esfuerzo, retrocedió. Se alejó de ella y de esos enormes ojos. Oyó las palabras,  pero no fue realmente consciente de ellas.

-Esto no cambia nada. Todas las evidencias demuestran que no ha cambiado en absoluto. No pongas a prueba mi paciencia contándome esas historias.

Dió media vuelta y volvió a entrar en la suite, sintiéndose como si su cuerpo se estuviera rompiendo en mil pedazos. Paula miró a Pedro, alejándose. Se sintió rechazada, dolida. De repente entendió por qué le había contado mucho más de lo que le había contado a nadie jamás. Ni siquiera Gonzalo se había atrevido a mencionar lo que había estado a punto de ocurrir aquella noche, pero ella acababa de contárselo a Pedro como si no le costara ningún esfuerzo en absoluto. Sin embargo, sí que le costaba. porque sabía lo que subyacía a ese deseo destructivo y a esas ganas de exponerse ante él, sin importar las consecuencias. Se estaba enamorando de él.

Pasión: Capítulo 35

Él echó atrás la cabeza, se detuvo. Todavía seguía dentro de ella, podía sentir su humedad en las yemas de los dedos. Con un movimiento rápido la sacó de la piscina y la sentó en el borde. Después salió del agua, la tomó en brazos y la acostó en una tumbona que estaba cerca. Le dio un beso rápido, murmuró algo y fue a la habitación un momento para buscar un preservativo. Regresó de inmediato. Paula contempló su rostro anguloso y perfecto. Los ojos le brillaban. Sujetó el sobre del preservativo entre los dientes un momento y se quitó los pantalones y los calzoncillos rápidamente. Abrió el paquete sin perder tiempo, se protegió y volvió junto a ella.

-Quiero probar tu sabor, pero esto lo necesito desesperadamente -añadió, poniéndose entre sus piernas.

-¿Qué.? Ooooh -Paula gimió al sentir cómo entraba dentro de ella.

Abandonó todo intento de hablar o pensar y enroscó las piernas alrededor de las caderas de Pedro, urgiéndole a entrar más y más adentro, hasta que ambos alcanzaron el clímax más sublime bajo un cielo encapotado y una lluvia torrencial. Se quedaron inmóviles durante un buen rato. Pedro seguía dentro de ella. Temblores sutiles la sacudían cada pocos segundos. Finalmente, empezó a moverse, apoyándose en los brazos. Se soltó de ella y se incorporó.

-Voy a darme una ducha. ¿Quieres venir conmigo?

Paula sacudió la cabeza. Necesitaba un poco de espacio.

-Creo que me quedo aquí un rato.

Él se encogió de hombros.

-Como quieras -dijo él y volvió dentro.

Paula le siguió con la mirada hasta que entró en la habitación. Miró a su alrededor. Los restos de la batalla amorosa estaban por todas partes. Era una locura, delirante. Él tenía razón. Oyó un ruido y le vió regresar. Se había puesto otra toalla alrededor de la cintura y se estaba secando el pelo con otra. Volvió a sentirse expuesta.

-¿Has disfrutado de tu ducha?

Él asintió y entonces sonrió con picardía.

-Habría sido mucho mejor si me hubieras acompañado.

Fue a sentarse junto a ella. Su aroma a limpio la envolvió como un manto. De repente se sintió sucia, recordando esa explosión de pasión que los había consumido un rato antes. Apartó la vista, nerviosa.

-Qué bien se está aquí.

-No puedes quedarte aquí toda la noche.

Ella se encogió de hombros.

-Para serte sincero, la suite,  el hotel. Todo es un poco intimidante. Me da la sensación de que lo estoy ensuciando todo con mi presencia.

-Eso es una locura. ¿De qué estás hablando?

Ella lo miró de reojo y apartó la vista rápidamente.

-Es como si no debiera estar aquí. Cuando tenía nueve años, una de nuestras madres de acogida nos llevó a Gonzalo y a mí a ver un caserón antiguo - Paula sonrió-. Ella era una de las buenas. Era una mansión centenaria. Tuvimos que tomar un tren en Londres. Tenía unas habitaciones enormes. Impresionantes, llenas de antigüedades, cuadros. Un rato después de llegar, me perdí. El grupo había seguido adelante, pero no podía encontrarles. Entré en una habitación llena de muñecas de porcelana diminutas.

Paula hizo una mueca, recordando el momento.

-Evidentemente, los dueños de la casa tenían una colección. Yo estaba fascinada y me fijé en una muñeca en concreto. De repente sentí una mano sobre el hombro. Me asusté tanto que dejé caer la figurita. Había una mujer, gritando, diciendo que yo era una ladrona, que me fuera de allí -se estremeció-. Tenía tanto miedo que eché a correr y al final encontré al grupo. Pasé mucho tiempo pensando que en cualquier momento volvería a sentir esa mano sobre el hombro.

Paula sintió una vergüenza repentina. ¿Por qué le estaba contando esa historia? Pedro se limitó a mirarla. Su rostro estaba medio escondido en la penumbra. Ella se encogió de hombros nuevamente.

-Antes, cuando entramos, y también durante el evento, me sentí como si esa mano pudiera aterrizar sobre mi hombro en cualquier momento. Me sentí como si cualquiera estuviera a punto de preguntarme cómo había entrado.

-Tienes el mismo derecho que cualquier otro a estar en estos sitios.

Paula sonrió a medias.

-Bueno, en realidad no. Pero te agradezco que me digas eso.

Pasión: Capítulo 34

El aire se quedó estático un instante. Se oyó otro trueno.

-¿Qué quieres decir? -le preguntó él con sumo cuidado, sin mirarla.

Paula se encogió de hombros y se volvió hacia la piscina nuevamente. Bajó la vista.

-No sé. Yo solo. Quiero que sepas que nunca he sentido algo así.

Le sintió volverse hacia ella y levantó la vista. Parecía molesto.

-¿Crees que esto es normal para mí? ¿Este deseo delirante?

Paula sintió una punzada de dolor.

-No creo que sea delirante. Es solo que parece que no somos capaces de controlarlo del todo.

-Eso sí lo has entendido bien -le dijo él, pensativo. Apartó la mirada.

De repente fue como si dos piezas encajaran de pronto, y Paula sintió que acababa de toparse con una parte fundamental de Pedro Alfonso. Podía sentir el desenfreno que él se empeñaba en negar; podía sentir lo mucho que odiaba no ser capaz de controlarlo todo. Ella también sentía esa preocupación, pero él estaba realmente furioso consigo mismo por ello. Solo tenía que recordar la fría belleza de Micaela Winthrop para saber a quién preferiría al final. Ella solo era un capricho con el que estaba dando rienda suelta a su lado más salvaje y oscuro. Volvió a mirar la calmada superficie del agua, sintiendo la tensión de Rocco a su lado. Se apartó del borde de la piscina.

-Paula. -dijo Pedro, vacilante.

Ella echó a correr y se tiró al agua, cortándola como una sirena y zambulléndose de golpe. Su vestido de fiesta emitía un millar de reflejos multicolores que se amplificaban bajo la superficie del agua, deslizándose hacia el otro extremo de la piscina.


Pedro se quedó mirando a Paula, sorprendido. La rabia que sentía se desvaneció. Algo distinto crecía en su interior. Era un sentimiento de euforia; la clase de euforia que solamente había sentido una vez en el pasado cuando había visto la cara de horror de su padre al enterarse de que su hijo bastardo le había superado en riqueza. Ella emergió, al otro lado de la piscina. Su vestido era una cascada de colores resplandecientes a su alrededor. Parecía una ninfa, libre, salvaje. Él sintió las primeras gotas de lluvia sobre la cara al tiempo que se quitaba los zapatos y los calcetines. Se sumergió con destreza y cruzó la piscina en la mitad de tiempo que Paula. Le agarró las piernas por debajo del agua y tiró de ella. Le dió un beso. Cuando emergieron juntos unos segundos más tarde, Paula se apartó de inmediato y respiró profundamente. La lluvia era torrencial. Echó la cabeza atrás y se echó a reír. Tenía los brazos alrededor del cuello de Pedro, y él la sujetaba de la cintura. Lo miró.

-¡La lluvia es caliente!

-¿Por qué no crees nada de lo que digo? -dijo Pedro y la besó de nuevo.

La acorraló contra el borde de la piscina y empezó a quitarle el vestido. Paula temblaba de expectación. Aunque la lluvia estuviera a la misma temperatura que el agua, la piel se le puso de gallina. Le bajó el vestido por los brazos, hasta la cintura, descubriéndole los pechos, los pezones duros. Se inclinó sobre ella para besarlos. Reparó en su espalda. Tenía la camisa empapada y se le pegaba a la piel, transparentándose. Su piel bronceada resplandecía. Él la besaba sin tregua. Se inclinó contra el borde de la piscina. La lluvia caía sobre su rostro, acariciándola. La sensualidad del momento era embriagadora. El ruido de la populosa ciudad les llegaba desde las calles, abajo, muy lejos. Apoyó los brazos sobre el borde y se arqueó hacia Pedro aún más. Sintió cómo le quitaba el vestido por las caderas. Podía verlo alejarse sobre el fondo de la piscina, como un charco de colores brillantes. Las manos de Pedro fueron a parar a sus braguitas a continuación. Empezó a presionarle el clítoris y entonces introdujo un dedo entre sus labios más íntimos. Se apretó contra él. Le abrió la camisa de cuajo. Él la ayudó a quitársela y entonces le bajó las braguitas. Ella ya estaba completamente desnuda, pero Pedro todavía llevaba sus pantalones. Metió una mano entre sus piernas y empezó a besarle el pecho. Una lluvia cálida caía sobre ellos. Llovía sobre mojado.

-Pedro -dijo ella de repente, cuando él metió dos dedos dentro de ella, masajeándola adelante y atrás-. Necesito más. Te necesito a tí.

Pasión: Capítulo 33

Ella levantó la mirada, miró sus labios, sus ojos negros, que la atravesaban con una expresión intensa.

-No me mires así.

-¿O qué? -le preguntó ella, sintiendo una repentina y extraña confianza en sí misma.

-O te saco de aquí ahora mismo y hago algo al respecto.

Paula levantó la mirada, sintiéndose atrevida.

-Yo no voy a detenerte.

Pedro la tomó de la mano y se la llevó a través de la multitud. Unos minutos más tarde, estaban en la parte de atrás del coche, con la persiana cerrada. Paula se entregó a los brazos de él, buscando sus labios con desesperación. Un rato más tarde, cuando entraron en el ascensor, de vuelta al hotel, vió la cara de ella reflejada en la  superficie de acero. Estaba roja, avergonzada. Le había hecho detenerse un instante al bajar del vehículo.

-Lo van a saber. -le había dicho en un susurro.

Tenía el pelo suelto y alborotado, los labios hinchados; sujetaba su mano con fuerza. Casi había sentido ganas de meterla de nuevo en el coche y de hacerle el amor otra vez. De repente sintió preocupación por ella. Algo poco habitual en él. ¿Qué le estaba pasando? Él no le hacía el amor a mujeres en la parte de atrás de un coche, ni tampoco se iba de un evento antes de tiempo por ir detrás de una mujer. Cuando llegaron a la suite Paula se soltó y fue a quitarse el collar automáticamente.

-¿Qué haces?

-Quiero quitármelo.

Pedro sintió una presión en el pecho. A lo mejor él no era el único al que le temblaba la tierra bajo los pies. Dió un paso adelante, le quitó el collar, y ella le entregó los pendientes.

-Deberíamos meterlos en la caja fuerte o algo -le dijo, mirando a su alrededor, todavía  evitando su mirada.

Pedro suspiró con impaciencia, pero buscó la caja y puso las joyas dentro. Al volver al salón se quitó la pajarita y la chaqueta. Paula había desaparecido, pero las puertas correderas estaban abiertas. Salió. Ella estaba parada al borde de la piscina, descalza. Su vestido brillaba contra el cielo nocturno, su piel resplandecía como el nácar. Él sintió que caía, caía.

Paula oyó los pasos de Pedro a sus espaldas. Y por fin sintió algo de control. Mientras caminaban por el vestíbulo del hotel, se había sentido como si todo el mundo pudiera ver la vergüenza reflejada en su rostro. ¿Cómo se había convertido en esa mujer atrevida que había seducido a Pedro y le había convencido para hacer el amor en un coche? Él estaba a su lado. Le miró de lado, sintiéndose repentinamente tímida.

Él estaba contemplando el agua. Ella se preguntó si él también se sentía desbordado por esaintensidad de sentimiento. No, no podía ser. Pedro Alfonso no se sentía abrumado por nada. Habló para romper el tenso silencio.

-El aire parece muy denso, húmedo.

Pedro levantó la vista hacia el cielo.

-Se avecina tormenta. La lluvia va a empezar a caer en cualquier momento.

Paula levantó la vista y vió nubes que amenazaban con descargar un aluvión de agua. A lo lejos se oían truenos.

-¿De verdad es cálida la lluvia cuando cae?

-Sí.

Paula respiró hondo y se volvió hacia él.

-¿Qué pasó? Cuando estábamos en la fiesta, en el coche. Me asusta un poco. La forma en la que perdemos el control.

jueves, 30 de abril de 2020

Pasión: Capítulo 32

-¿Bien? No sabía qué sería apropiado.

-Es perfecto.

Fue hacia ella. Sacó las manos de los bolsillos. Paula casi tropezó al verle acercarse. Estaba parada junto a una mesa. Él agarró una cajita en la que no se había fijado. La abrió y se la ofreció. Ella bajó la vista y se encontró con un magnífico collar de diamantes con unos pendientes a juego en forma de lágrima.

-¿Qué es esto?

-Joyas, para que las lleves -le dijo él, frunciendo el ceño.

Ella sacudió la cabeza y se apartó un poco.

-Es demasiado, Pedro. No puedo ponerme eso. Tienen que costar una fortuna.

Una sombra oscura pareció pasar por el rostro de Pedro.

-Son de la tienda del hotel. Hay que devolverlas por la mañana.

Ella le miró con ojos de sospecha.

-¿Solo son para esta noche?

Él asintió. Sus ojos eran un enigma.

-Si quieres.

Paula volvió a mirar las joyas.

-Muy bien. Me las pondré.

Pedro sacó el collar y se lo puso con manos expertas. Después le dió los pendientes. Paula se los puso con manos temblorosas. El collar era frío y pesado.

-¿Vamos? -le dijo Pedro, dándole el brazo.

Ella asintió y se agarró de él. Fueron al lugar del evento en la misma limusina que los había recogido en el aeropuerto. Cuando bajaron del coche, Paula agradeció el manto de aire caliente. Pedro la llevaba hacia un edificio de madera maravillosamente decorado. Todo era tan glorioso y exótico. Nunca había visto nada parecido. Se dejó seducir por los olores y las vistas. Los peculiares fonemas del idioma tailandés. El edificio era un espacio abierto por todos los lados, rodeado de exuberantes jardines. Los árboles estaban iluminados con pequeñas bombillas que les daban un aire mágico. La lluvia había cesado, y las estrellas iluminaban el firmamento. Las hermosas tailandesas se movían entre la multitud con sus faldas largas, sirviendo bebidas y comida. Paula rechazó una copa de champán. Pedro le dió un vaso de agua.

-¿No bebes?

Paula hizo una mueca y evitó su mirada.

-Mi madre era alcohólica, y mi abuela. Nunca he probado el alcohol.

Él se la quedó mirando durante unos segundos. Ella lo miró un instante y entonces apartó la vista. No podía creer lo que acababa de decirle.

-Las mujeres son tan pequeñas. Me siento como un elefante a su lado -le dijo, tratando de cambiar de tema.

Pedro le agarró la mano que tenía libre y se la llevó a la boca. Paula levantó la vista y contuvo la respiración al sentir sus labios sobre la palma de la mano.

-No pareces un elefante. Estás radiante.

-Gr... Gracias -dijo Paula, tartamudeando.

No podía creerse dónde estaba, con ese vestido, con Pedro Alfonso. Era como si la fantasía con la que llevaba tiempo deleitándose se hubiera hecho realidad de la noche a la mañana. Era demasiado. Pedro la condujo hacia la multitud, adentrándose en ella. En los jardines había mesas elegantes con velas que parpadeaban con la brisa. De repente un hombre se les acercó. Le dió una palmada en la espalda a Pedro. Y ese fue el comienzo de una larga velada durante la que mucha gente se acercó a él y le habló de cosas que Paula nunca había oído, cosas que no podía entender, cosas como las fuerzas de mercado, tendencias. Pero tampoco le importaba. Siempre le había gustado escuchar a la gente.

-¿Te aburres?

Paula levantó la vista, sorprendida. Otro hombre acababa de marcharse de su lado.

-¡No! ¿Por qué? ¿Pensaste que sí?

-No -dijo él-. Pero estás muy callada, y eso me puso nervioso.

Ella se encogió de hombros.

-No tengo ni idea de qué estás hablando la mayor parte del tiempo - sonrió-. Pensaba que eso sería un alivio para tí.

Pedro reprimió una sonrisa.

-Aunque pueda parecer extraño, no estoy tan aliviado como esperaba -la miró de frente por fin-. Esa carpeta que llevas en la maleta, con los dibujos, y el texto. ¿Qué es?

Paula se sonrojó. El corazón se le encogió.

-Debería haber sabido que habías mirado eso también. ¿Esperabas encontrar un plan de ataque para robar un banco, o algo así? -apartó la vista, pero Pedro le agarró la barbilla con las yemas de los dedos. Parecía incómodo.

-Puede que haya sospechado algo antes, pero ahora ya no lo sé.

Algo se agitó en el interior de Paula. Respiró hondo y aprovechó esta pequeña brecha de confianza que se había abierto momentáneamente.

-Estudié arte. Algún día quiero escribir libros para niños. Solo son unos dibujos y algunas ideas. Nada especial.

-A mí me parecieron muy buenos.

-¿En serio? -le preguntó Paula, mirándole con curiosidad.

Él asintió. El corazón de Paula dió un salto.

-¿Y qué te hizo querer escribir libros para niños?

Paula jugueteaba con su bolso de fiesta. Nunca se lo había dicho a nadie y se sentía expuesta, descubierta.

-Nunca fui buena alumna en el colegio. No como... -se detuvo antes de decir el nombre de su hermano-. No como la mayoría de los chicos. Siempre me gustó la lectura; verme transportada a otro mundo -se encogió de hombros, sintiéndose estúpida. Evitó la mirada aguda de Pedro-. Bueno, pensé que quizá yo podría hacer eso algún día, escribir libros -bajó la vista.

Pedro la miró unos segundos, en silencio. Su cabello resplandecía como una bola de fuego.

Pasión: Capítulo 31

-Me encanta este calor. Es como seguir en una ducha caliente después de cerrar el grifo. Y los olores son tan exóticos.

Pedro trató de no fijarse en cómo la seda de la camisa, húmeda, se le pegaba a los pechos, definiendo su firme silueta, los pezones duros.  Apretando la mandíbula, la agarró del brazo y la condujo al hotel más exclusivo de Bangkok, uno perteneciente a la prestigiosa cadena de hoteles Wolfe.  Además, él conocía al dueño, Sebastián Wolfe, personalmente. Al entrar en la habitación, Paula miró a su alrededor, extasiada, sin palabras. Tocó los respaldos de las sillas, deslizó las yemas de los dedos sobre la superficie reluciente de las mesas. Abrió las puertas correderas y salió a la enorme terraza, que daba al río Chao Praya. Puso en el suelo el maletín del portátil y fue hacia ella. El mánager del hotel se había marchado ya, después de decirle que no dudara en llamarlo en cualquier momento del día en caso de necesitar algo. Sonrió. Sin duda, Sebastián debía de haberle dicho que le cuidara muy bien. El dueño de los hoteles Wolfe se había casado recientemente con una india preciosa, y acababan de tener a su primer hijo. Sebastián le había mandado una foto de los tres juntos. Una imagen de familia feliz que él no podía soportar. Ahuyentó esos pensamientos y frunció el ceño. ¿Dónde estaba Paula? De repente ella apareció por una esquina, donde un enorme bambú se mecía al viento.

-¡Hay piscina! Nuestra piscina privada.

Él sonrió y metió las manos en los bolsillos. No creía que fuera a ser capaz de tener las manos quietas, sin tocarla.

-Lo sé.

-Oh, claro. Habrás estado aquí muchas veces.

Pedro se dejó llevar y fue hacia ella. La rodeó con el brazo, la atrajo hacia sí y la hizo levantar la barbilla.

-No muchas. Pero sí unas cuantas. ¿Te gusta?

Paula sonrió. Parecía avergonzada.

-¿Que si me gusta? ¿Estás de broma? Este lugar es como un paraíso. Nunca he visto nada parecido. La ciudad es extraordinaria, impresionante. Y este hotel es otro mundo.

Pedro la atrajo hacia sí y habló sin pensar.

-Tú sí que eres extraordinaria.

Paula se sonrojó. Escondió el rostro contra su pecho.

-No. No lo soy -levantó la vista-. Soy de lo más corriente, pero creo que eso es una novedad para tí.

El corazón de Pedro se encogió. Si ella hubiera sabido. Tomó una de sus manos y le dió un beso. Las palmas de sus manos habían empezado a suavizarse.

-Tengo que ver a unos clientes. ¿Por qué no te echas una siesta y te pones cómoda? No creo que vayas a tener mucho jet lag porque dormimos en el avión. Esta noche vamos a un evento, y mañana voy a tener reuniones todo el día.

Paula asintió con la cabeza. Sabía que aquello le quedaba demasiado grande en muchos sentidos. Las palabras de Rocco retumbaron en su cabeza, especialmente una. Evento. Se mordió el labio.

-Lo de esta noche. ¿Es algo muy importante?

Pedro asintió, con un gesto serio en el rostro.

-Mucho. Y habrá un enorme bufé, así que será mejor que traigas una maleta para alimentar a tus vecinos necesitados.

Paula tardó un segundo en darse cuenta de que se estaba riendo de ella.

-Bueno, ahora en serio, solo he estado en ese evento en Londres, así que. ¿Qué hago si la gente me habla?

-Pues les contestas -Pedro esbozó una sonrisa seca-. Aquella noche no tuviste ningún problema en hablar conmigo. Simplemente no des por sentado que todo el mundo es de seguridad -le dijo y se alejó.

De repente Paula se sintió tremendamente ridícula.

-Te veo dentro de unas horas -añadió él, volviendo la cabeza justo antes de salir.

Esa noche Paula se miró por última vez. Pedro la esperaba fuera, en uno de los salones de la suite. Cada uno tenía su propio cuarto de baño y vestidor. Todavía no daba crédito ante tanta opulencia. Todo era de maderas nobles. La iluminación sutil y exquisita. Sábanas de seda. En la suite el aire acondicionado estaba bastante alto y al salir fuera la sensación era como entrar en un horno caliente. Respiró hondo. El vestido que llevaba resplandecía en diversos tonos de rojo y naranja. Se miró las sandalias, también rojas, dió media vuelta y agarró su bolsito de fiesta, de color dorado. Caminando despacio, salió al pasillo. Él la esperaba junto a las puertas correderas. Tenía las manos en los bolsillos y su espalda parecía más ancha que nunca con aquel traje negro. Durante una fracción de segundo, sintió ganas de salir corriendo. Pero en ese preciso momento, él se dió la vuelta. Debía de haberla oído. La miró de arriba abajo.